No quiero despedir el año
Desde hace ya varias semanas,se ha producido una epidemia que se extiende más rápido que la gripe A. Últimamente, todo el mundo quiere rejuntarse a comer y chupar, con la excusa de que se termina el año y hay que festejar.
Si la invitación proviene de alguien a quien queremos, con quien solemos vernos en otras oportunidades durante al año, o quienes viven en la loma del upite y solo tenemos oportunidad de estar cuando las vacaciones o los recesos navideños así lo permiten, la cosa es aceptable. El tema de despedir el año pasa a ser un eufemismo de “juntarse a pasar un rato agradable con aquella gente que de verdad ocupa un sitio preferencial en nuestro corazón”.
Sin embargo, desde un tiempo a esta parte, pareciera ser que cualquier ñato que no nos ve hace décadas sintiera el irrefrenable deseo de enmendar años de olvido. Me ha pasado, gracias al bendito Facebook, que mis compañeros de una de las escuelas donde cursé la primaria, a quienes no veo desde 1987, insistan en invitarme a sus reuniones. Teniendo en cuenta que de los cuarenta alumnos del grado apenas si recuerdo a seis o siete, que de los seis o siete que recuerdo ninguno era muy cercano que digamos, que no tengo en mi memoria grandes aventuras pasadas que desee recordar, y que en estos veintidós años que han pasado no hemos tenido noticias el uno del otro… ¿tiene sentido reunirse?, ¿vale la pena efectuar una cena nostálgica, si no tenemos nada por lo que sentir añoranzas? Seré medio agreta, pero considero que si no logramos querernos cuando pasamos siete años viéndonos la cara todos los días, no vamos a lograr querernos en una cena de tres horas.
También existen otros encuentros, con gente que sí vemos seguido, pero que no representan nada para nosotros (o al menos, nada bueno). Son esas cenas de fin de año que se organizan en los trabajos, donde tenemos que soportar a todos esos plomos que nos bancamos durante el año, y a quienes solo aguantamos mediante la repetición exhaustiva del mantra que reza “resistí, resistí, acordate que en casa se acostumbraron a comer todos los días…”. Sumado a eso, tenemos que departir con el mismo jefe que nos puteó la semana anterior, porque no llegamos a cumplir su pedido de hacer el laburo de un mes en tres horas, sin importarle que haber tardado solo cinco horas, olvidándonos de tareas secundarias como comer e ir al baño, haya resultado una proeza digna de figurar en el Guinnes. También tenemos la posibilidad de que se nos aparezca el dueño de la empresa, ante quien debemos fingir simpatía cuando el desgraciado nos paga en negro, el día del arquero y a valores que aún figuran estipulados en australes.
Por último, la frutilla del postre: son esos parientes que solo aparecen para los velorios (cuando aparecen) y que no tienen la menor gana de “desperdiciar” una cena navideña o de fin de año con nosotros pero que, como al fin y al cabo son familia, se sienten en la obligación de intentar un encuentro, aunque por dentro estén rogando que les digamos que no. Así, de paso, después van a poder sacarnos el cuero en la cena navideña con aquellos parientes a quienes sí consideran dignos de su grata compañía.
Ya sé que muchos van a pensar que le busco el pelo al huevo, pero creo que la mesa es sagrada, y uno solo debería compartirla con la gente que quiere de verdad. A veces no se puede, y hay ausencias que se sienten terriblemente. Pero considero que si no puedo tener a todos los seres que quiero sentados a mi mesa, al menos todos los que estén en mi mesa deberían ser seres queridos, y así es como deseo celebrar.
Deseo para todos ustedes que este año, cuando alcen la copa para brindar, tengan la certeza de estar junto a aquellos con quienes de verdad desean estar.
¡Salud!
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Si digo la verdad quiero estar solo con mi marido y mis hijos, listo.
Pero dicen que soy agreta, pero estar acompañada con gente que me siento incómoda no va…
Después están las despedidas, los brindis, los parientes que nos juntamos antes y después de la fecha, el club, la parroquia, los vecinos, los amigos y seguimos despidiendo y ganando kilos.
Abrazo