25 Febrero 2011 | Por maria-noel | # Enlace permanente

Ya sé que hace meses que no escribo. Mi hijo menor ya camina y es casi imposible la realización de determinadas tareas, como sentarse a escribir, hacer artesanías, dormir de corrido o mear sin público.
También sé que la cosa por acá anda desierta, y que debería alegrarme de que al menos algún hinchapelotas se digne a comentar acá, aunque más no sea que para promocionar porquerías que no me interesan.
Sin embargo, ya que desde hace un tiempo largo se ha instalado aquí la obligación de asegurar que somos personas mediante el ingreso de un código bajo nuestros comentarios, uno supondría que los mensajes con publicidades o porquerías varias ya no tendrían que estar acá. Pero no es así.
Tengo a una joyería que repite comentarios viejos (que ni por asomo tienen que ver con lo escrito) y otros que me ofrece bolsos Gucci o lentes de sol Armani (si, te creo, papá) y que, encima, me doran la píldora con que mi post es buenísimo y que siga escribiendo, escritos totalmente en inglés, como para que pueda estar perfectamente segura que dicho comentarista, en realidad, no leyó ni bosta.
Quisiera saber, entonces, ¿para qué tanta complicación con los filtros anti spam, los captcha code y la mar en coche? ¿Para que me complican a mí la existencia cada vez que tengo tres minutos libres y quiero leer algún post y comentarlo? Y ni te cuento si por casualidad me olvido del maldito código o meto mal el dedo, porque pierdo todo lo escrito sin posibilidad de recuperarlo (será de Dios, una vez que me salió de una lo que quería decir, me obligan a pensar de nuevo, ¡Y, encima, se despertó el nene!)
Obviamente, no solo en el blog me joden de lo lindo. Mi casilla de mail ya tiene miles y miles de mensajes de herederos de media África que me piden mi tarjeta de crédito para transferirme cuantiosas sumas de dinero; una empresa que me ofrece propiedades en Puerto Madero (y no entienden que no tengo ni para comprarme una parcela en un cementerio privado); descuentos de $10000 para la compra de un 0km (salvo que el 0km valga $10500, no me interesa) y otras porquerías que ya no recuerdo (se nota la poca bola que les doy).
Yo no pido mucho… no espero que me borren todas las porquerías del mundo como por arte de magia. Solo espero que si invierten una fortuna y me complican la vida aplicando un programa anti spam, el mismo funcione. Y que si en las casillas de correo hay un botón de Correo no deseado, no me sigan llegando los mensajes que ya avisé que son basura y no los quiero. ¿Tanto les cuesta?
Como soy buena, les voy a dar un par de días para que busquen el modo de solucionarlo. De lo contrario, tengo un amigo medio piratón que ya me explicó como inundarles el centro de atención al cliente con fotos de Guido Süller y Lita de Lazzari en bolas. Ahí sí que se van a poner a laburar…
24 Octubre 2010 | Por maria-noel | # Enlace permanente

¿Cuántas veces salimos a la ruta sin estar suficientemente preparados y luego nos enojamos por ello?
¿Cuántas veces guardamos lo imprescindible en el baúl y después tenemos que andar parando en medio de la nada para buscarlo?
Para evitar que esto nos suceda es que hoy, querido lector, he decidido regalarle estas recomendaciones.
1- Recuerde que la idea de viajar es pasarla bien desde el inicio de la travesía, y no andar a las puteadas desde que subimos a la autopista. Por ello, lo mejor es ir bien preparado. Por ejemplo, si usted es medio chicato, como yo, no se le ocurra guardar los anteojos en el lugar más recóndito del baúl, porque a la primera de cambio que le pifie a una salida de la autopista porque no vio los carteles, va a empezar con la retahíla de puteadas dirigidas hacia la madre del empleado que puso el cartel, la madre de su copiloto que no le avisó y la suya propia por haberlo hecho chicato. Además, va a tener que desperdiciar tiempo y dinero para retomar el camino, por lo que sus acompañantes lo van a gastar como los mejores y usted se va a calentar como pava de lata.
2- Antes de viajar, procure aquerenciarse de unas cuantas barritas de cereales, bocaditos, alguna porquería salada y otra dulce. También agua o jugos, preferentemente en algún envase térmico irrompible. Esto es por dos razones: en primer lugar, si usted llegara a sufrir algún accidente en algún lugar poco poblado o tiene la mala puntería de desbarrancarse en un sitio con mucha vegetación, puede suceder que tarden algunos días en hallarlo y rescatarlo, y necesitará de esos alimentos y bebidas hasta que ello suceda; en segundo lugar, y no menos importante, es inevitable que, durante el viaje, se le antojen todas las porquerías arriba mencionadas, y si decide comprarlas en las estaciones de servicio, le van a salir un ojo de la cara y la mitad del otro.
3- Cuando conduzca, recuerde que hay dos tipos de conductas imprudentes: las que lo ponen en riesgo a usted y las que ponen en riesgo a terceros. Si bien no lo voy a instar a arriesgarse, soy consciente que cada quien elige como vivir y como morir. Por ejemplo, si usted decide andar en moto sin casco, son sus sesos los que pueden quedar untados en el asfalto si se llega a caer, y si ese es su deseo, pues allá usted. Sin embargo, si usted, por ejemplo, decide adelantarse a una fila de camiones mientras cruza un puente, ahí la cosa cambia, porque no solo arriesga sus sesos sino los de los camioneros, los acompañantes y los del pobre cristiano que venía de frente, tranquilito y por su mano, y que se encontró con un huevón que parece no saber el significado de la doble línea amarilla. En ese caso, simplemente piense: “¿vale la pena convertirme en homicida para ganar dos minutos piojosos?”. Si su respuesta es SI, más vale que se haga ver, porque usted no está en condiciones de manejar ni un Scalectric.
4- La higiene es fundamental. Lleve pañuelitos de papel y/o papel higiénico a mano. La mayoría de las estaciones de servicio son un asco, y más vale prevenir que terminar como Hugo Varela, sacrificando la corbata de seda rojo punzó. También es recomendable llevar varias bolsitas para ir tirando los papeles de las golosinas, las servilletas y la yerba del mate. Las puede ir descartando a medida que pare en las estaciones de servicio y así llegará a destino con el auto más o menos en condiciones y sin andar haciendo mugrerío en la ruta.
5- Use cinturón de seguridad. Ya se lo que usted piensa: que jode, que le arruga la pilcha, que si es su hora se va a morir igual con cinturón o sin él, o que si se cae a un río y no puede abrir el cinturón se va a morir ahogado. Pues bien: que el cinturón jode, es cierto, pero tampoco es para tanto. No se trata de una corona de espinas clavándose en su frente. Y si lo sopesamos poniendo en la balanza ME JODE - y -EVITA QUE ME HAGA BOSTA CONTRA EL PARABRISAS, no hay mucho que pensarlo. ¿Qué le arruga la ropa? Después de pasar doce horas con el culo en el asiento, comiendo tierra cada vez que baja el vidrio de la ventanilla y con los pelos emulando a Valderrama, la ropa arrugada es una nimiedad absoluta. Si usted adhiere al determinismo, y piensa que nada se puede evitar y morirá igual aunque lleve el cinturón, al menos utilícelo para ser amable con los bomberos y evitarles el laburo de andar rejuntando los cadáveres que quedaron desparramados por la colisión. Por último, las posibilidades de caer a un río y no poder abrir el cinturón son, en comparación, mucho menores a las de chocar en seco y salir volando a través del parabrisas. Si aún así no confía en mí, le doy una solución: pegue una tijerita plegable en el parasol y, si es necesario, corte el cinturón y listo. Además, se evita que la caminera lo pare cada dos metros y termine gastando más guita entre coimas y multas que lo que le salió el viaje.
6- Pare cada vez que sea necesario. Si ve que se está durmiendo al volante, pare. Si se está orinando, pare (no haga la cochinada de mear en una botellita vacía). Si se está acalambrando por estar mucho rato en la misma posición, pare. No se haga el canchero haciendo el viaje de un tirón, si después va a quedar hecho pelota los tres primeros días.
7- Cada tanto, mande mensajitos a la familia avisando su paradero. Esto evitará que le rompan los quinotos a cada rato preguntando por donde anda y, de paso, se asegura de que, si algo sucede, sepan más o menos por donde buscarlo y que no termine como los Pomar. Si visita parientes, esto también le servirá para que estén alertas a su llegada y le vayan preparando el mate, algo de comida, o la piecita del fondo.
8- No corra. El trayecto en el auto es parte del viaje, y debe ser disfrutado por usted y sus acompañantes. Si va a llegar todo contracturado por andar a las chapas, y sus acompañantes van a cortar varillas de hierro con el culo durante todo el viaje por su inconsciencia, ya arrancamos mal de entrada. Sepa que es a usted y solo a usted que le parece genial haber llegado a Mar del Plata en una hora cuarenta. El resto de la gente, aunque lo escuche con una sonrisa, estará pensando “¡Que pedazo de boludo!”
9- Goce. No, no me refiero a eso. Bueno, si usted quiere y encuentra un lugar apartado… pero yo hablaba de otra cosa. Quiero que disfrute el viaje, que la pase bien. Ponga esa música que no se atreve a escuchar en casa por lo que pueden pensar los vecinos. Regodéese con los paisajes y los pintorescos pueblitos que vaya atravesando. Si viaja de noche, admire la inmensidad de la nada atravesada de vez en cuando por alguna lucecita. Disfrute del ruido blanco. Celebre a los bocinazos las ocurrencias pintadas en los camiones. Hágase amigo del tipo que carga combustible a la par suya. Convídele un bizcochito y acéptele un caramelo. Cante mientras maneja. Si no sabe cantar, desafine. Búrlese de los más supersticiosos cantando “Amanece en la ruta”. Tome mate con yuyitos a la vera de la ruta. Y piense que, si esta vez se olvidó de algo y terminó puteando igual, ya tiene algo aprendido para el viaje de vuelta.
17 Julio 2010 | Por maria-noel | # Enlace permanente
En el post anterior hablábamos sobre cuánto me fastidia la insistencia. A pesar de eso, tuve que reconocer que, a veces, la insistencia funciona. Para corroborarlo, les presento a Juancito.
Estaba el Padre Demetrio en la puerta de la iglesia. Como era su costumbre, al terminar la misa, había salido a saludar a los feligreses y se quedó una horita conversando con aquellos que lo anduvieran necesitando. Antes de volver a entrar para preparar la siguiente misa, se sentó en las escaleras a fumar un cigarrillo. Sacó entonces su cigarrera de plata española, la abrió y tomó uno de los cigarrillos. Lo golpeó tres veces para acomodar el tabaco, lo puso en su boca y lo encendió. Quiso el destino que justo en ese momento, Juancito pasara a su lado. El joven vio la cigarrera y sintió una especie de amor a primera vista. Inmediatamente, se vino el mangazo.
- Padre Demetrio, ¿no me regala la cigarrera?
- No puedo hijo – le respondió el curita- esta cigarrera es un recuerdo de familia. Fue primero de mi abuelo, luego de mi padre y ahora es mía. Por mi vocación, yo no he de tener hijos propios, pero algún día se la daré a mi sobrino, el hijo de mi hermana.
- Es que a mi me encantó su cigarrera, Padre. Yo la vi y me quedé atontado. Yo no sé como voy a poder vivir sin esa cigarrera, Padre. Es lo más hermoso que vi en mi vida…
- Te entiendo, hijo, pero me es imposible dártela. Lo siento.
Es obvio que cualquiera hubiera desistido, pero no Juancito. Un par de horas después, Juancito volvió a la carga.
- Padre, por favor, no aguanto más. Es imperioso que yo tenga esa cigarrera, Padre. Desde que la vi no puedo pensar en otra cosa. Se la compro. Por favor padre, se lo suplico.
- Ya te he dicho que no puedo, Juancito, es un recuerdo de familia.
- Adópteme Padre, si es necesario, pero quiero esa cigarrera. Deseo esa cigarrera. Necesito esa cigarrera.
- Que no, Juancito, ya te he dicho que no.
A la medianoche, el Padre Demetrio sintió violentos golpes en la puerta de la sacristía.
- ¡La cigarrera, Padre, démela! ¡Por lo que más quiera, se lo suplico, déme la cigarrera!
- Vete a dormir, Juancito, por el amor de Dios y olvida ya la cigarrera.
- No puedo dormir, no puedo comer, casi no puedo respirar de la pena que me oprime la garganta de no tener la cigarrera…
- Comprende, Juancito. Ya te he dicho que esta cigarrera es un recuerdo de familia. Fue primero de mi abuelo, luego de mi padre y ahora es mía. Y algún día, en el futuro, se la daré a mi sobrino, el hijo de mi hermana. Buenas noches, Juancito.
Juancito, sin amedrentarse, siguió insistiendo.
El Padre Demetrio iba a primera hora a comprar los libritos para desayunar…
- La cigarrera, Padre, por favor, se lo suplico, regálemela.
En la misa, en el momento de la Eucaristía…
- En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…
- ¡¡¡La cigarrera, Padre!!!
Durante una boda…
- Si alguno de los presentes tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre.
- ¡¡¡yo!!! ¡¡¡yo tengo que decir que no puedo seguir viviendo sin esa cigarrera, Padre!!!
En la sacristía, en el confesionario, en el baño, en el altar, en el cementerio, durante los bautismos, en los responsos, mientras daba la unción de los enfermos, en mensajes entre suplicantes y amenazantes transmitidos por la radio local, en pintadas con aerosol en el atrio de la iglesia, por cartas documento…
- ¡¡¡La cigarrera!!! ¡¡¡Amo esa cigarrera y tiene que ser mía, cueste lo que cueste!!!
Después de casi un mes, en el que la iglesia estuvo a punto de quedarse sin cura por la insistencia de Juancito, el Padre Demetrio no pudo más que ceder y regalarle la bendita cigarrera.
Inmediatamente, el pueblo volvió a la calma.
Algunas semanas después, una joven se presentó buscando ayuda. El Padre Demetrio se dirigió a su encuentro y le preguntó qué era lo que la atormentaba.
- Mi novio, Padre. Él quiere que tengamos relaciones sexuales, y yo le he dicho que quiero llegar virgen al matrimonio, pero él insiste.
- Hija, sabes que los hombres a veces son muy débiles, y son precisamente las mujeres quienes deben ser fuertes.
- Lo sé, y es por eso que busco su ayuda, Padre. Yo quiero ser fuerte, pero mi novio insiste cada vez más, y yo ya no sé como calmarlo…
- Es sencillo, hija, simplemente debes decirle “Yo te amo, y es por eso que quiero guardarme para ti, …” eee…Fulano…, no sé, como se llame tu novio
- Se llama Juancito
- Entonces dile “Yo te amo, Juan…” ¿Juancito? ¿Has dicho Juancito?
- Si, Padre.
- ¡Date por cogida…!
15 Junio 2010 | Por maria-noel | # Enlace permanente
![huevo_roto[1] huevo_roto[1]](http://blogsdelagente.com/erudita-de-nada/files/huevo_roto1.gif)
¿Se acuerdan de esta frase? (Si se acuerdan, entonces son más viejos que yo…). Para los que no saben su origen, les cuento la historia.
Se estaba por disputar en nuestro país el campeonato mundial de futbol. El entonces D. T. de la selección, don César Luis Menotti, se encontraba armando el plantel que iba a representarnos. La insistencia de la prensa, pidiendo al defensor Vicente Alberto Pernía, ya lo tenía podrido. Evidentemente, los periodistas no entendían que NO significaba, precisamente, NO. Un hastiado Menotti, ante la centésima vez que escuchaba la misma pregunta, se despachó con su hoy clásico “¡Y dale con Pernía!”. Posiblemente, la respuesta de Menotti por sí misma no hubiera pegado mucho, pero Mario Sapag, el cómico argentino, decidió usarla para su caracterización del entrenador. En cada programa, el periodista que entrevistaba a Menotti-Sapag le proponía al técnico incluir al jugador en la selección, y el técnico desechaba la idea con su “¡Y dale con Pernía!”.
La frase se popularizó y, desde entonces, pasó utilizarse como expresión de hartazgo debido a la insistencia.
Si bien la Biblia alaba la insistencia, considero que justamente la Parábola del amigo insistente es una de las más desafortunadas del texto. No me voy a poner a discutir de teología ahora, porque vamos a tardar eones. Baste con decir que la insistencia me suena más a defecto que a virtud.
Sinceramente, ¿cuánto tiempo podemos soportar a un hinchapelotas que insiste con vendernos algo que no queremos, que nos quiere convencer de hacer algo que no nos interesa o que, simplemente, no entiende que algo debe ser de un modo determinado y no como él quiere? Yo, aunque me caracterizo por mi paciencia para ciertas cuestiones, debo reconocer que, en estos casos, soy de tranco corto. Y lo peor de todo es que a mí me toca cada uno…
Hace un par de días, por ejemplo, tenía que hacer un trámite bancario e intenté hacerlo por Internet. Como no pude, me comuniqué con el banco y me dijeron que solo podía hacerlo personalmente en la sucursal de origen de la cuenta. Le mandé un mensaje a la Gorda, avisándole que iba a tener que ir a Ojetelandia (allí donde queda el banco), y le expliqué lo que me habían dicho. La gorda me preguntó si no podía hacer el trámite por Internet, y si había llamado al banco. Volví a mandar el mensaje: Internet no – llamé al banco – sucursal de origen. – “¿y no podés ir a la sucursal de Lanús?”- me volvió a preguntar. ¡Y dale con Pernía! ¡¡¡No, loco, te dije que tengo que ir a la sucursal de origen!!!
Hace un par de veranos, el pantalón de mi uniforme de laburo decidió jubilarse. Me encaminé hacia un local de mis pagos pidiéndole a la vendedora un pantalón de vestir negro básico. La muchacha desapareció hacia el depósito y volvió con un pantalón de vestir verde, una minifalda azul marino y un jean negro capri (por debajo de la rodilla). Le expliqué amablemente que ninguna de las prendas me servía, que no me las iba a probar a pesar de su insistencia y que me trajera lo que le había pedido o no se tomara la molestia de buscar otra cosa porque no me interesaba. La niña volvió al rato con una falda de bambula negra estilo hindú, un palazzo negro de tela acrílica bordado con lentejuelas y el mismo pantalón de vestir verde que había traído la primera vez. ¿Tan difícil es entender “pantalón de vestir negro básico”? No quiero una pollera, no quiero un jean, no quiero lentejuelas y no quiero otro color que no sea negro. Quiero un puto pantalón de vestir negro básico porque es lo único que puedo usar para trabajar, y no me importa si me queda bien, mal o pésimo; no me importa que sea verano y me vaya a cagar de calor; no me importa que los capri estén de moda, que el pantalón de las lentejuelas esté de oferta o que el verde musgo combine con todo.- “¿Seguro que no te querés probar para ver como te quedan?”- ¡Y dale con Pernía! – “Dejá, flaca, cuando te consigas un cerebro vuelvo…”.
Una más (y no jodo más). Hace un rato me llamaron para ofrecerme una tarjeta de crédito. Antes de que la promotora iniciara su perorata, la frené en seco:
- disculpá, pero no estoy interesada. Gracias por llamar…
- pero se trata de una tarjeta Visa del banco…
- sea del banco que sea, no quiero ninguna tarjeta de crédito
- ¿por qué?
- porque es un gasto inútil. Ya tengo una tarjeta y está tirada en un cajón hace meses.
- pero esta tiene muchos descuentos y beneficios… si me dejás un minuto yo te puedo explicar…
- puede ser la mejor tarjeta del planeta, pero igual no me interesa.
- con esta podés ahorrar un montón.
- ahorro más si no la acepto y listo.
- pero yo te digo que te conviene. Mirá, tenés un descuento del 15% en Jumbo todos los viernes…
- no compro en Jumbo. Es el único supermercado que no tiene sucursal por mi barrio y lo que me ahorraría en la compra me lo gastaría en el viaje.
- También tenés un 10% de descuento en la mayoría de los shoppings.
- en el Alto La Ribera, donde compro yo, no aceptan esa tarjeta.
- ¿Alto la Ribera?
- la feria de la salada…
- bueno igual hay muchas otras promociones. Tenés descuentos en restaurantes…
- no como afuera
- …hoteles…
- no viajo
- …teatros…
- la municipalidad presenta obras gratis
- … cines…
- prefiero la tele
- …bueno, pero seguramente habrá algo que te pueda interesar. Además, si ponés débito automático para tus facturas por $500 o más, te bonificamos el 50% de la renovación anual.
- igual no me interesa
- ¡pero te conviene, porque gastás mucho menos que pagando en efectivo!
- nooooo meeeee iiiiinteeeeereeeeesaaaaa
- ¿no te interesa pagar menos?
- ¿y a vos que te importa? ¿Te pedí plata a vos para pagar mis gastos?
- no, bueno, disculpá, pero es que esta tarjeta es tan buena y tiene tantos beneficios…
- ¡Y dale con Pernía! Si es taaaaan buena ¿Por qué no la sacás vos? Mejor aún: llamá a tu vieja, tu viejo, tus hermanos, primos, cuñados, tíos, abuelos y a toda la gente que quieras mucho y beneficialos con la posibilidad de sacar esta fabulosa tarjeta de crédito, ¿Dale?
- bueno, está bien, disculpá la molestia.
- por favor, no es ninguna molestia, que tengas una buena tarde…
En fin. Hay gente que es insistente. Resultan más cargosos que mosca de verano. Yo los aborrezco, pero debo reconocer que, de vez en cuando, la insistencia les termina resultando. ¿Recuerdan, acaso, el chiste de Juancito y la cigarrera?
29 Abril 2010 | Por maria-noel | # Enlace permanente
![la-persistencia-de-la-memoria[1] la-persistencia-de-la-memoria[1]](http://blogsdelagente.com/erudita-de-nada/files/la-persistencia-de-la-memoria11.jpg)
Hace poco, a raíz de un accidente ecuestre que tuvo un amigo y que le valió la amputación de dos dedos, mi madre me recordó que mi abuelo paterno también había sufrido un accidente laboral que lo había dejado en similar situación. Sinceramente, era algo que se me había ido de la cabeza por completo. Y eso que no se trataba de algo insignificante, como un lunar o una arruga… ¡al nono le faltaba un dedo! Creí recordar que se trataba del anular izquierdo, pero mi madre me corrigió que era el índice derecho. Tras mucho esfuerzo, logré recordar la imagen. Eso me hizo pensar en la cantidad de cosas que vamos olvidando con el paso de los años. Por eso, para no olvidar, he decidido tirar algunas pequeñas anclas en mi memoria y compartirlas con ustedes aquí a continuación.
El tío Juan fue siempre un tipo jodón. Solterón y sin hijos, se dedicó a malcriar a sus sobrinos tres décadas atrás y a sus sobrinos nietos en la actualidad. No solo fue siempre nuestro compinche a la hora de hacer macanas, sino que, la mayoría de las veces, fue también el ideólogo de las mismas (como cuando, en un cumple de quince, nos instó a jugar al tiro al blanco con las masas con crema, haciendo puntería sobre los parabrisas de los autos estacionados dos pisos más abajo). En cierta oportunidad, en plena madrugada, tuvo la imperiosa necesidad de tomarse un café. Se puso a recorrer cafés que, a esa hora y con un frío de la hostia, estaban cerrados o aprovechando la nula clientela para hacer la limpieza. Pero Juan seguía con ganas de tomar café. De pronto, como a una cuadra y media, vio las luces de un local que, a juzgar por la gente que entraba y salía, estaba abierto. A medida que se iba acercando, descubrió que el local no era un bar, sino una casa velatoria. El muy caradura saludó a la gente de la puerta, entró a la capilla ardiente, se quedó un largo rato mirando al muerto con cara de compungido y acto seguido encaró para la cocina…
Yo siempre fui moquera. Cada aventura mía terminaba indefectiblemente involucrando sangre, ya fuera propia o ajena, excepto aquella vez que le revolee con la tijera a mi hermano mayor, ya que el susodicho la esquivó hábilmente (pero estuve a unos tres cm de sacarle un ojo). En unas vacaciones en casa de mis tíos de Rosario, mis padres se cansaron de decirme que no anduviera jodiendo donde los hombres estaban trabajando, porque me podía lastimar con alguna astilla o clavo. Yo, por supuesto, no les dí ni cinco de bola. Estaba muy entretenida en medio del quilombo cuando me ensarté un clavo en el pie derecho. El muy simpático había atravesado mi ojota y mi pie, emergiendo alegremente junto a mi tobillo. Pegué un tremendo alarido y todos voltearon a verme. Fue ahí donde comprobé el significado de los términos “sexo débil” y “sexo fuerte”: mientras mamá corría con una toalla para comprimir la herida y parar la hemorragia y la tía corría a encender el auto para llevarme al hospital, papá y el tío corrieron en dirección opuesta, con destino hasta hoy incierto, los muy cobardes.
Lionel es un maestro en el arte hacer cagadas. Cuando la tía Ángela se instaló en su casa, lo tenía decididamente podrido. Para vengarse, se entretenía saliendo por la ventana y tocando el timbre. La vieja tardaba lo indecible para levantarse de la silla y recorrer los cinco metros que había hasta la puerta, para descubrir que no había nadie. Cuando finalmente recorría el camino de vuelta y se desplomaba en su silla, el guacho volvía a salir y tocaba el timbre otra vez. Una siesta, fue capaz de hacerla ir y venir ininterrumpidamente entre las dos y media y las cinco de la tarde.
En otra oportunidad, mientras mi papá dormía, cazó un par de almohadas, una pelota y una peluca vieja y las acomodó en el otro lateral de la cama. Tremenda sorpresa se llevó mi vieja cuando se fue a dormir y se encontró con una rubia mal teñida, acostada al lado de su esposo…
Leandro tenía unos dos años y una imaginación muy activa. Una tarde, se subió al descanso de la escalera y trató de emular a la hormiga atómica. Quedó estampado contra el piso, como las alfombras de oso de los dibujitos animados. Cuando lo levantamos del piso, desconcertado y triste, exclamó: “momiga atómica no güela…”
Ariel no tenía clases, pero yo sí. El tío Juan había llegado de visita y mamá los dejó a ambos almorzando arroz con pollo mientras me llevaba al colegio. Cuando volvió, los encontró a los dos comiendo en silencio. Sin embargo, algo no estaba bien. Un pedazo de piel de pollo pegado a la pared le dio la pauta. Los desgraciados habían jugado a la guerra con el arroz con pollo, de lo cual quedaban vestigios de grasa y salsa en muebles y paredes. Cuando mamá le recriminó a Juan el que le hubiera seguido la corriente al chico, Ariel aclaró: “no, mamá, él la empezó…”
Hasta aquí llego por ahora. La memoria es a veces caprichosa y quién sabe lo que recordaré mas tarde.
Los invito, mientras tanto, a que hagan también un poco de esfuerzo por recordar. Luego, si así lo desean, tienen aquí la puerta abierta para contarnos a todos sobre sus anclas tiradas en la memoria.
21 Febrero 2010 | Por maria-noel | # Enlace permanente
Como para hacerme quedar mal, menos de veinticuatro horas después de haber escrito que mi hijo menor se resistía tenazmente a nacer, el susodicho decidió hacer su entrada triunfal.
El miércoles diecisiete, en el transcurso de la mañana, mi familia y yo nos dirigimos hacia una fábrica de muebles, a retirar la mesa para la cocina que nos andaba haciendo falta. Durante el viaje, logré percibir algunas molestias en el abdomen que iban y venían. Como no eran muy fuertes ni regulares, decidí nuevamente no avisarle a la tropa, para no ponerlos más nerviosos de lo que ya estaban. Sin embargo, mamá se dio cuenta que algo pasaba cuando vio mi cara en el momento en que la gorda, con el auto, se comía un tremendo pozo. Otra vez tuve que decirle que se calme y otra vez la doña empezó a caminar por las paredes.
Yo, mientras tanto, de lo más tranquila. Mientras la gorda compraba algo para almorzar, estaba con el traste en el piso y la pinza en la mano, armando mi recientemente adquirida mesa. No es necesario que aclare que mamá me quería ahorcar…
Apenas un par de horas después, mientras almorzábamos, sentí un dolor que me obligó a levantarme de la silla. Cinco minutos después, otro igual. Y en otros cinco minutos, se vino el tercero. Evidentemente, la joda había empezado.
Bajé a la casa de mamá y le dije que me iba a bañar a ver si me relajaba o ya tenía que salir para el sanatorio. Otras cuatro contracciones en quince minutos me dieron la pauta de que lo segundo sería más acertado.
El viaje en el auto fue sensacional. Me sentía como en Hollywood. Mi hermano y mi vieja iban asomando los pañuelos blancos, la gorda iba ensordeciendo a la gente con los bocinazos y un pibe en moto, al que no pude siquiera darle las gracias, hizo entre ocho y diez kilómetros delante nuestro, abriendo camino y avisando a los automovilistas que veníamos detrás, mientras yo rezaba para que al pobre pibe no se lo llevaran puesto por ayudarnos.
Llegamos al sanatorio, me subieron a la carrera hasta la guardia y el doctor descubrió que ya tenía ocho centímetros de dilatación (gracias a Dios, si me llegaba a decir que estaba en cuatro o cinco, me cortaba las que no tengo), por lo que no había siquiera tiempo de sacarme la ropa para ponerme el camisolín. Así como venía, de remera y sandalias, me llevaron a la sala de partos. El médico llegó a la carrera, terminando de ponerse los guantes. Mientras me revisaba de vuelta, le dije irónicamente que me diga que ya había llegado a diez centímetros, así podía empezar a pujar. Para mi sorpresa, me respondió que, efectivamente, ya estaba con dilatación completa, así que me iba a romper la bolsa para empezar.
La enfermera salió para buscar a la gorda, que se estaba poniendo el ambo para entrar. Un pujo para acomodar al niño, otro para que corone. La gorda entró cagándose de la risa. No le había entrado el pantalón y tuvo que entrar a la sala de partos en bermudas. Llegó en el último momento. Me dio la mano, me sostuvo de la espalda y se vino el tercer pujo.
16:55 hs, Uriel Bautista llegó al mundo.

16 Febrero 2010 | Por maria-noel | # Enlace permanente
Dicen que el embarazo se divide en dos etapas: la primera dura ocho meses; la segunda, una eternidad.
Estoy embarazada de nueve meses y sin novedad en el frente. Mi hijo menor se resiste tenazmente a nacer. No se si es porque está cómodo, por vagancia o si está tratando de crecer aún más, cosa de complicarme el laburo a la hora de parirlo.
Anoche, en las dos o tres horas que logré dormir, soñé con el personaje que hacía Gabriela Acher en un programa de Tato Bores: era una mujer cuyo hijo se negaba a nacer en Argentina, por lo que su embarazo llevaba ya treinta y cinco años. La Acher tenía una panza descomunal, y era frecuente que, durante el sketch, el hijo asomara la mano por debajo de su falda para vaciar de yerba el mate o sacar la bolsa de la basura.
Calculo que, si mi hijo no se decide de una vez, yo voy por el mismo camino.
Mientras tanto, la familia no hace otra cosa que hinchar las guindas. Parece que cuando les dije que iba a avisar si había novedades, no entendieron que el hecho de no llamarlos significa, precisamente, que seguimos como cuando vinimos de España.
Como no es la primera vez que esto sucede, es inevitable hacer un paralelo con el nacimiento de mi hijo mayor.
Estaba a diez u once días de mi fecha probable de parto, un día lunes por la mañana, cuando la doctora me comunica que tengo tres cm de dilatación y que, si para el viernes no hay novedades, me presente con mi bolsito para internarme. Mi bienamado esposo, que durante todo el embarazo estuvo levemente hinchapelotas, en vez de tranquilizarse pensando “cuando mucho, del viernes no pasa”, ya ha omitido el levemente y está a punto de desquiciarme. El resto de la familia, para no desentonar, está igual de insoportable que él.
El día jueves, al levantarme, descubro que estoy un poco mojada y mi pensamiento oscila entre “empecé a romper la bolsa” y “me habré meado”. Antes de caer en la guardia y que me manden de vuelta con la recomendación de apuntarle al inodoro o ponerme pañales, decido esperar un poco hasta estar segura. Por supuesto, ni oso mencionarle el hecho a la gorda, porque el loco es capaz de llevarme en calzones hasta el sanatorio.
Por prevención, decido dejar arreglados todos los detalles de último momento: guardar las últimas pavadas en el bolso, controlar los papeles de la obra social y sacar las últimas fotos. Como se acaba el rollo, propongo ir a revelarlo y comprar un par más. Después de todo, en los programas de medicina siempre hacen que las madres caminen durante el trabajo de parto, así que yo empiezo a caminar desde antes, para ir ganando tiempo. Calculando que vivo a quince cuadras de la estación, más las vueltas por los negocios, arranqué la mañana caminando unos cuatro Km. No está mal, ¿verdad?
En medio del paseo, mamá me descubre hablando por teléfono con mi cuñada, y empieza a sospechar que algo pasa. Le cuento lo sucedido para tranquilizarla pero, en vez de eso, se pone loquísima, y la tengo que bancar el resto de la travesía haciéndome señas como el penado catorce.
Volvemos a casa y nos disponemos a almorzar, mientras la gorda parece sentado sobre un hormiguero y mamá me revienta las costillas a codazos para que me decida a contarle. Le susurro por lo bajo que primero voy a ir al baño, para chequear si perdí líquido o no, antes de contarle.
Debo aclarar que no hizo falta. Ni bien me levanté de la silla, las cataratas del Iguazú inundaron el comedor. La gorda saltó de la silla como si lo hubieran espoleado. Si la terraza de mi casa hubiera sido más grande, me hubiera llevado al sanatorio en el helicóptero de la policía. Desde el baño, a duras penas logro hacerle entender que:
a- estoy empapada y en bolas
b- por más que me apure, tenemos que esperar hasta que llegue nuestro amigo con el auto para llevarnos
c- las últimas fotos que sacamos estaban horribles y hay que repetirlas, y si o si debo hacerlo mientras el niño esté aún adentro
d- si no se calma, lo calmo a cachetazos
Finalmente, llegamos al sanatorio. Si bien me dejan internada por la rotura de bolsa, mi trabajo de parto aún no ha comenzado y debo seguir esperando. Si para la mañana no hay cambios, me pondrán un goteo o decidirán una cesárea. La gorda camina por el techo. Cada treinta segundos me pregunta si estoy bien. Responderle “me siento tan bien que podría ahorcarte si me lo preguntás de nuevo” queda feo en una futura madre. Me dan una pseudo cena a las siete de la tarde, consistente en una pata de pollo y una rodaja de calabaza, que no me llena ni el huequito de las muelas. A las diez de la noche, la gorda consigue que lo dejen pasar con una pizza, solo bajo la promesa solemne de que no me deje comer. Técnicamente, su promesa fue cumplida, si no contamos que le afané una porción cuando se fue al baño.
A la mañana siguiente, aún en foja cero, me ponen el goteo y empieza la carrera. Las primeras contracciones son una delicia, las siguientes ya no tanto. Una hora después descubro que la oxitocina no solo contrae el útero sino también el estómago, y es cuando descubro por qué no tendría que haber comido la pizza la noche anterior. Los últimos veinte minutos, con contracciones cada diez segundos, empiezo a pensar que la adopción no era mala idea.
Al fin llegamos a la camilla de parto. ¡Qué posición tan elegante! Tengo medio culo afuera y las rodillas a la altura de las orejas. Se viene la contracción y la doctora me dice que puje. A estas alturas no vamos a contradecirla. Descanso diez segundos y se viene otra. La doctora me dice “¡vamos mami, mirá el espejo que en el próximo pujo sale!”. Miro el espejo y veo una abertura del tamaño de una pelotita de ping pong. Mi cabeza va a mil: “¿Me está jodiendo? ¡De ahí a que eso se abra como para que pase un pibe van a pasar horas! ¿Justo hoy se tenía que poner en pedo esta mina?”. Sin embargo, y contra todos mis pronósticos, estoy viendo nacer a mi hijo. Está colorado, arrugado, mugriento, baboso… es lo más hermoso que vi en mi vida. “¿Cómo? ¿Ya está? ¡Es una papa! ¡Ponelo de vuelta y volvelo a sacar, que estaba lindo!”. El personal médico duda de mi cordura (hacen bien). Se llevan al niño para revisarlo y limpiarlo, mientras yo me quedo tendida en la camilla.
Si hasta hace diez minutos me daba cosita estar medio en bolas delante de los médicos, ya ni me acuerdo que están ahí.
Si hasta hace diez minutos pensaba que este hijo era el debut y la despedida, se me ocurre pensar que, para el próximo, voy a tener que buscar de vuelta nombres de varón.
Y si hasta hace diez minutos tenía un cagazo de aquellos, pensando en lo que iba a pasar, ahora solo pienso que todo, absolutamente todo, valió la pena.
Jairo, 10-IX-2004 ( a una hora de su nacimiento)
6 Enero 2010 | Por maria-noel | # Enlace permanente
El Siroco es un viento mediterráneo que se origina en el Sahara. Se presenta en masas de aire calientes, secas, tropicales, que son arrastradas hacia el norte y alcanzan velocidad de huracán en el norte de África y el sur de Europa.
El siroco es un viento que, debido a sus especiales condiciones, provoca en personas más sensibles cambios de humor, hasta tal punto que, en conflictos judiciales, se ha usado como atenuante.
Eso, al menos, es lo que dice el gran diccionario de Internet. Sin embargo, pregúntenle a cualquier vecino de Lanús acerca del Siroco y les responderá que es un telo. Es más, el Siroco ha sido El telo de Lanús. Nadie de mi barrio decía “fui a un telo”; simplemente decían “fui al Siroco” y todos sabían exactamente de qué se trataba. Calculo que de los cincuenta mil habitantes que tiene el partido, al menos unos diez mil habrán sido manufacturados en sus instalaciones, más unos cuantos vástagos de las parejas de partidos vecinos, que no tenían auto para ir a los telos más alejados y que aprovechaban la cercanía de Siroco con la estación de trenes. Es que, siendo por años el único albergue transitorio de la zona, los que no tenían casa propia o andaban de trampa si o si terminaban ahí.
Habiendo existido durante años, las anécdotas que rodearon el Siroco han sido miles.
Cierta vez me contaron el caso de una muchacha que estuvo dando vueltas media hora de esquina a esquina junto con su novio, porque siempre le parecía ver a alguien conocido merodeando la cuadra, hasta que finalmente decidió entrar para descubrir que su tío trabajaba allí como conserje.
En otra oportunidad, en una charla sobreviniente a un asalto (andaríamos todos por los catorce o quince años), una compañera dijo haber pasado una vez por la puerta, y mencionó un detalle de la decoración… que solo se podía ver una vez franqueada la entrada. Cuando otro compañero mencionó esta cuestión, no solo pudimos ver a la piba alcanzar un tono entre granate y morado sino que, por el revoleo de ojos, logramos descubrir, además, con quien había ido.
También recuerdo que cuando el famoso bar pool Capítulo I fue inaugurado, en la misma cuadra se había instalado un restaurante llamado Capítulo II. Las mentes podridas (o sea, todos) terminaron acordando que, por lógica sucesión, el Siroco era el Capítulo III.
Cuando el Siroco debió cerrar sus puertas (la crisis llega incluso a esos menesteres), era inevitable sentir que una pieza de nuestro patrimonio cultural se estaba perdiendo. No importa si se trataba de un asiduo concurrente o alguien que no había ido en su vida. Ya sea extrañar un recuerdo, o pensar en una cuenta que nos quedaría pendiente para siempre, la sensación de pérdida era igual.
Pasaron muchos años. Los telos han proliferado, las agencias de remises también y, para ser sinceros, hoy los pibes terminan definiendo el asunto antes de salir del boliche o, simplemente, se llevan a cualquier desconocido a su casa con la anuencia de los padres. Pareciera ser que el Siroco ya no tiene razón de ser.
Sin embargo, hace algunos días andaba por la estación Lanús haciendo compras y vi un cartelito adosado a un poste. Decía “El Siroco vuelve a soplar en Lanús”. Sentí una alegría tremenda, como la que se siente cuando encontrás algo que hace rato andabas extrañando y no te habías dado cuenta… Me parece que para el aniversario de casamiento, nos vamos con el gordo a conocer el Siroco.
9 Diciembre 2009 | Por maria-noel | # Enlace permanente
Desde hace ya varias semanas,se ha producido una epidemia que se extiende más rápido que la gripe A. Últimamente, todo el mundo quiere rejuntarse a comer y chupar, con la excusa de que se termina el año y hay que festejar.
Si la invitación proviene de alguien a quien queremos, con quien solemos vernos en otras oportunidades durante al año, o quienes viven en la loma del upite y solo tenemos oportunidad de estar cuando las vacaciones o los recesos navideños así lo permiten, la cosa es aceptable. El tema de despedir el año pasa a ser un eufemismo de “juntarse a pasar un rato agradable con aquella gente que de verdad ocupa un sitio preferencial en nuestro corazón”.
Sin embargo, desde un tiempo a esta parte, pareciera ser que cualquier ñato que no nos ve hace décadas sintiera el irrefrenable deseo de enmendar años de olvido. Me ha pasado, gracias al bendito Facebook, que mis compañeros de una de las escuelas donde cursé la primaria, a quienes no veo desde 1987, insistan en invitarme a sus reuniones. Teniendo en cuenta que de los cuarenta alumnos del grado apenas si recuerdo a seis o siete, que de los seis o siete que recuerdo ninguno era muy cercano que digamos, que no tengo en mi memoria grandes aventuras pasadas que desee recordar, y que en estos veintidós años que han pasado no hemos tenido noticias el uno del otro… ¿tiene sentido reunirse?, ¿vale la pena efectuar una cena nostálgica, si no tenemos nada por lo que sentir añoranzas? Seré medio agreta, pero considero que si no logramos querernos cuando pasamos siete años viéndonos la cara todos los días, no vamos a lograr querernos en una cena de tres horas.
También existen otros encuentros, con gente que sí vemos seguido, pero que no representan nada para nosotros (o al menos, nada bueno). Son esas cenas de fin de año que se organizan en los trabajos, donde tenemos que soportar a todos esos plomos que nos bancamos durante el año, y a quienes solo aguantamos mediante la repetición exhaustiva del mantra que reza “resistí, resistí, acordate que en casa se acostumbraron a comer todos los días…”. Sumado a eso, tenemos que departir con el mismo jefe que nos puteó la semana anterior, porque no llegamos a cumplir su pedido de hacer el laburo de un mes en tres horas, sin importarle que haber tardado solo cinco horas, olvidándonos de tareas secundarias como comer e ir al baño, haya resultado una proeza digna de figurar en el Guinnes. También tenemos la posibilidad de que se nos aparezca el dueño de la empresa, ante quien debemos fingir simpatía cuando el desgraciado nos paga en negro, el día del arquero y a valores que aún figuran estipulados en australes.
Por último, la frutilla del postre: son esos parientes que solo aparecen para los velorios (cuando aparecen) y que no tienen la menor gana de “desperdiciar” una cena navideña o de fin de año con nosotros pero que, como al fin y al cabo son familia, se sienten en la obligación de intentar un encuentro, aunque por dentro estén rogando que les digamos que no. Así, de paso, después van a poder sacarnos el cuero en la cena navideña con aquellos parientes a quienes sí consideran dignos de su grata compañía.
Ya sé que muchos van a pensar que le busco el pelo al huevo, pero creo que la mesa es sagrada, y uno solo debería compartirla con la gente que quiere de verdad. A veces no se puede, y hay ausencias que se sienten terriblemente. Pero considero que si no puedo tener a todos los seres que quiero sentados a mi mesa, al menos todos los que estén en mi mesa deberían ser seres queridos, y así es como deseo celebrar.
Deseo para todos ustedes que este año, cuando alcen la copa para brindar, tengan la certeza de estar junto a aquellos con quienes de verdad desean estar.
¡Salud!
18 Octubre 2009 | Por maria-noel | # Enlace permanente
Todos sabemos lo que una madre puede llegar a hacer por sus hijos. Conocemos la entrega, el amor incondicional, la persistencia a pesar de todo…
Pero reconozcamos que, en realidad, lo que distingue a nuestras madres del resto son precisamente esos rayes y delirios que las hacen verdaderamente únicas.
Mi madre, por ejemplo, ostenta una cierta bipolaridad que puede llevarla a hacerte sospechar una muerte inminente con tan solo una mirada (es la única persona en el mundo capaz de hacer recular a un gato con solo mirarlo) y al rato cebarte mate como si nada.
Es que ella tiene la virtud de ser, a veces, más niña que sus propios hijos.
En cierta oportunidad, jugando en un sube y baja con mi hermano, llegó a entusiasmarse tanto que el susodicho terminó perdiendo parte de un diente en el proceso (cosa que, al día de hoy, aún le reclama).
También es de las que se prende en cualquier joda, avalando que nos metamos en un terreno baldío para recolectar ciruelas, recibiendo en su casa a personas y animales como si fueran de la familia, o pasando una noche con su hija y su ahijada en una carpa plantada en medio de la terraza solo por diversión.
Como goza de cierta experiencia en el área de las macanas colectivas, nos ha enseñado, por ejemplo, que para jugar a la guerra de higos debemos seleccionar como proyectiles los que aún están verdes, porque pegan con más fuerza y su savia pica más. O que un buen negocio consiste en vender las muestras de los zapatos que el Nono traía de la fábrica (que se hacen con un solo zapato de cada par) promocionándolas como “Calzado para cojos y rengos”.
Otra muestra de su total locura fue aquella vez que, retando a uno de sus hijos que la superaba en altura, se subió a una silla para poder amenazarlo desde arriba. Su furia se iba incrementando a medida que el acusado, ostentando un color entre azul y morado, hacía cada vez mayores esfuerzos para contener la risa. Solo entonces se dio cuenta que, si su intención era imponer respeto, no iba a lograrlo desde arriba de la silla.
En cuanto a su temperamento, debemos reconocer que mamá no se anda con medias tintas. Cuando halló a uno de sus retoños chapoteando en la calle con las patas de rana recién estrenadas, mientras los colectivos le pasaban por al lado, simplemente se las prendió fuego. Y en otra oportunidad, en medio de un reto, llegó a estampar un mate contra la pared opuesta del comedor, a más de dos metros de altura, y dejando un reguero de yerba que parecía la estela del cometa Halley.
Paradójicamente, si hay algo que define a mi madre es, precisamente, que tiene los huevos bien puestos. Fue la que saltó como resorte cuando se me cayó una mesa de bar en la cabeza, mientras todos los demás gritaban como histéricos, y la que me socorrió cuando un clavo atravesó mi ojota y mi pie, saliendo a la atura del tobillo (si, siempre fui quilombera) mientras los hombres de la familia parecía que entrenaban para correr los cien metros llanos.
Es cierto que a veces nos saca de las casillas, porque, en definitiva, mamá es mamá. Es la que se preocupa por todo, más allá de lo razonable. Es la que, cuando uno llega a casa quince minutos tarde, no piensa que perdimos el colectivo sino que fuimos violados y asesinados y estamos pudriéndonos en algún zanjón. Es la que, cuando nos sacamos un nueve en un examen, nos pregunta “¿por qué no un diez?, ¿no habías estudiado?”. Es la que logra exasperarnos cada vez que tiene que aprender a usar un nuevo equipo electrónico (solo Dios sabe como cuernos hizo para aprender a conectar y manejar una máquina de diálisis). Y es la que, con razón o sin ella, siempre va a tener la última palabra.
Pese a su chifladura, debo reconocer que ella siempre está cuando se la necesita. Como el Buda del cuento, tiene la habilidad de multiplicarse por miles, y hacerse cargo de todo y de todos. Ella es:
- la que corre al hospital cada vez que un pariente cae internado
- la que ha tejido una pañoleta para cada crío en trescientos kilómetros a la redonda
- la que puede revocar una pared con las mismas manos con las que cose un vestido de muñeca
- la que escucha durante horas a una amiga en problemas
- la profesional a quien todos admiran (sus hijos incluidos)
- la que pidió como regalo del día de la madre una agujereadora eléctrica porque sabía que mi viejo la quería desde hacía años
- la que con su apoyo y cariño se terminó llenando de hijos postizos
- la que puede consolarte en un mal momento, aunque ella esté pasándola mucho peor
- y es la que, loca y todo, estoy orgullosa de que sea mi mamá.

Mamá en la cancha de Lanús, festejando su primer campeonato.
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