Dientes de leche

Hace años que te ocupás de mi boca, pero nunca me había fijado en tu potencial de macho. Sos casado, y además, ese guardapolvo blanco que siempre usás en tu consultorio, imponía una distancia, una pared de hielo, que parecía difícil de derretir.

Un día de semana, a las dos de la tarde, nos cruzamos por casualidad en un banco y me saludaste con un suave beso que acarició mi mejilla. Yo estaba con una amiga, y cuando te fuiste, me hizo notar lo fuerte que estás. A partir de ahí cambió mi mirada y vos lo percibiste porque eras cada vez más simpático.

Por fin, ayer llamaste a mi celular, al número que cierta vez le di a tu secretaria. Me dijiste que pasara pronto por tu consultorio. No pregunté qué querías y estuve ahí en el último turno, a las ocho de la noche.

Abriste la puerta y no tenías tu guardapolvo. Me sonreíste en la penumbra de la entraba y tus dientes brillaron como los de un lobo que está cerca de su presa.

Tomaste mis manos y te acercaste suavemente. Fuiste girando mi cuerpo, soplaste suavemente mi cuello, y me hiciste estremecer. Supe en ese momento que tu aliento de macho me llamaba y que mi instinto de hembra me guiaba hacia vos.

Muy suavemente, empujaste mi cabeza hacia abajo, abriste tu pantalón y me dijiste “abrí la boca”, como siempre lo hacías… pero está vez usaste otro instrumento y no hubo quejas ni dolor.

Tu verga se perdió en mi boca y manejabas mis movimientos con tus manos. Mi lengua no se cansaba de envolver, chupar, lamer y acariciar tu pija. Quise probar el sabor de tus huevos y me incliné suplicante. Me diste el gusto y probé el mejor manjar. Volví a tu pija para que ninguna gota de tu esencia se perdiera y por un rato me regalaste tus gemidos. Pronto estabas a punto de explotar pero no querías hacerlo solo. Entonces levantaste mi pollera, y con tus manos corriste mi tanguita roja hacia un costado. Mi clítoris hinchado te deseaba palpitante y tu lengua mojada y suave no me hizo esperar. Chupaste mi carozito, lo acariciaste con tu lengua y suavemente me hiciste acabarte la boca… bebiste mis jugos de hembra y, ya seguro, me volviste a arrodillar para que probara los tuyos…

El placer fue de los dos y te pedí un turno para la próxima semana.

Serás mi dueño esta noche…

Vos esperabas el 152, y yo también estaba ahí. Me llamaron la atención tu espalda de gigante y los muslos poderosos, que la tela de tu jean no podía disimular. Me excitaba tu aspecto de macho capaz de saciar a una hembra hasta sus más profundos deseos, capaz de permitir y de provocar la entrega total.

Me preguntaste como iba mi noche, y te conté un poco lo que había pasado: la larga caminata, la espera para tomar mi tren de regreso a casa. Llegó el colectivo. Sin darnos cuenta, nos sentamos juntos y me contaste no sé qué aburrida cena con amigos… quise callarte, porque presentía la pasión que podía estallar entre nosotros, y te besé porque sabía que la puerta era tu boca. Tu lengua respondió violadora y lujuriosa, nuestras salivas se mezclaron y la reacción fue en mi conchita, que depertaste con un beso y que luego humedecerías con muchos otros.

De ahí, a tu casa, fueron pocos pasos, y muchos besos mojados, tus manos en mis tetas y mi mano queriendo calibrar el estado de tu verga, que no me desilusionó, ni lo haría luego.

Ya en tu cama comprobé la dureza de tu pija, su sabor salado y lujurioso. Probé las gotas de humedad que mi lengua provocaba y succioné hasta adormecer mis labios. Tu pija brillaba con mi saliva y se ponía cada vez más roja, más violácea y más dura.

El macho que sos, también quiso probar mis sabores y hundió su lengua en lo más profundo de mi cuerpo. Tus dedos acompañaron, me penetraron y el leve movimiento me provocó una primera explosión que hizo temblar mi cuerpo y dejo en tus brazos una muñeca rota, que pronto tus caricias revivieron.

Tu lengua intrusa volvía a lamer mi conchita, y preparaba el camino para tu pija que, palpitante, esperaba llenarme. Yo también lo deseaba y no había por qué esperar. Mi concha estaba resbalosa y mojada, lista para recibirte. Me penetraste y mil líneas de placer cruzaron mi cuerpo. Largos minutos dirigiste mis movimientos y los tuyos haciéndome gozar, y haciéndome bañar tu verga con mis acabadas. Me completaste, me llenaste, y me vaciaste de deseo. Quise devolver el placer que me brindabas y ofrecí mi boca a tu semilla. Tu mirada me indicó que la idea te gustaba, que vos también ardías de deseo y tu verga, entre espasmos, me dio de beber, me alimentó, al ritmo de tus gemidos…

Cuando volvimos a respirar, compartimos un pucho y te pregunté tu nombre.


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