Agosto 11, 2008 | Por latidos | Claves: español, esperanza, machado, olmo, poema, poeta, sevilla | # Enlace permanente
Estando en 4º año del Comercial Nº 6 América de Buenos Aires , la profesora de Literatura hizo que estudiara de memoria este poema de Antonio Machado, el que nunca olvidaría. Y el que viene a mi memoria cuando por esas cosas de la vida flaquea la esperanza.
“Es Mayo de 1912, y han pasado ya varios meses desde la vuelta de Antonio y Leonor a Soria, desde París, de donde han traido la enfermedad de la hemoptisis como acompañante. Han luchado con todas sus fuerzas para curar el terrible mal, alquilando una casita en el paseo del Mirón para buscar el aire puro de Soria, como antídoto fundamental. Pero nada mejora la situación de la enferma, ni siquiera el mayor de los afectos que le dedica en cada minuto Antonio Machado.

Un día pensando en esto el poeta se para a observar, seguramente en el paseo de San Saturio, un olmo centenario que está afectado por la enfermedad de la grafiosis y que acabará indudablemente con su vida. Esto le sirve de inspiración al poeta para crear el bellísimo poema “A un olmo seco”, en el que encuentra un paralelo con la lamentable situación de su mujer, Leonor Izquierdo.”

UN OLMO SECO
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera
.
Agosto 8, 2008 | Por latidos | Claves: estepario, filosofía, haller, hesse, letras, literatura, locos | # Enlace permanente
Hoy elegí el fragmento de una novela del escritor alemán Hermann Hesse. Combina autobiografía con fantasía especialmente al final de la obra. La escribe como consecuencia de una profunda crisis vivida por el escritor en la década de 1920. Hesse nació en 1977 y fue Premio Nobel de Literatura en 1946
El padre y el abuelo de Hesse fueron misioneros en la India y le transmitieron sus conocimientos del hinduismo y el taoísmo. Éstos, junto con el romanticismo alemán, otorgan a toda la obra de Hesse un trasfondo místico y trascendental.
“El lobo estepario” (1927) estudia la personalidad de un individuo, Harry Haller quien atraviesa a lo largo de la novela varias transformaciones y, a la vez, el libro va pareciéndose cada vez menos a lo que al comenzar a leerlo el lector presupone que sería. El humorismo, el teatro “sólo para locos”, las clases de fox-trot, el tractat… diversos elementos ayudan a crear un ambiente mitad filosófico, mitad terrorífico.
Con Ustedes , uno pequeño y otro mas extenso fragmento de
El lobo estepario
Hermann Hesse (Fragmento)
“Ahora bien, a nuestro lobo estepario ocurría, como a todos los seres mixtos, que, en cuanto a su sentimiento, vivía naturalmente unas veces como lobo, otras como hombre; pero que cuando era lobo, el hombre en su interior estaba siempre en acecho, observando, enjuiciando y criticando, y en las épocas en que era hombre, hacía el lobo otro tanto.”
“Me encontré arrebatado, en un mundo agitado y bullicioso. Por las calles corrían los
automóviles a toda velocidad y se dedicaban a la caza de los peatones, los atropellaban
haciéndolos papilla, los aplastaban horrorosamente contra las paredes de las casas.
Comprendí al punto: era la lucha entre los hombres y las máquinas, preparada,
esperada y temida desde hace mucho tiempo, la que por fin había estallado. Por todas
partes yacían muertos y mutilados, por todas partes también automóviles apedreados,
retorcidos, medio quemados; sobre la espantosa confusión volaban aeroplanos, y
también a éstos se les tiraba desde muchos tejados y ventanas con fusiles y con
ametralladoras. En todas las paredes anuncios fieros y magníficamente llamativos
invitaban a toda la nación, en letras gigantescas que ardían como antorchas, a ponerse
al fin al lado de los hombres contra las máquinas, a asesinar por fin a los ricos
opulentos, bien vestidos y perfumados, que con ayuda de las máquinas sacaban el jugo
a los demás y hacer polvo a la vez sus grandes automóviles, que no cesaban de toser,
de gruñir con mala intención y de hacer un ruido infernal, a incendiar por último las
fábricas y barrer y despoblar un poco la tierra profanada, para que pudiera volver a salir
la hierba y surgir otra vez del polvoriento mundo de cemento algo así como bosques,
praderas, pastos, arroyos y marismas. Otros anuncios, en cambio, en colores más finos
y menos infantiles, redactados en una forma muy inteligente y espiritual, prevenían con
afán a todos los propietarios y a todos los circunspectos contra el caos amenazador de la
anarquía, cantaban con verdadera emoción la bendición del orden, del trabajo, de la
propiedad, de la cultura, del derecho, y ensalzaban las máquinas como la más alta y
última conquista del hombre, con cuya ayuda habríamos de convertirnos en dioses.
Pensativo y admirado leí los anuncios, los rojos y los verdes; de un modo extraño me
impresionó su inflamada oratoria, su lógica aplastante; tenían razón, y, hondamente
convencido, me quedé parado ya ante uno, ya ante el otro, y, sin embargo, un tanto
inquieto por el tiroteo bastante vivo. El caso es que lo principal estaba claro: había
guerra, una guerra violenta, racial y altamente simpática, en donde no se trataba de
emperadores, repúblicas, fronteras, ni de banderas y colores y otras cosas por el estilo,
más bien decorativas y teatrales, de fruslerías en el fondo, sino en donde todo aquel a
quien le faltaba aire para respirar y a quien ya no le sabia bien la vida, daba persuasiva
expresión a su malestar y trataba de preparar la destrucción general del mundo
civilizado de hojalata. Vi cómo a todos les salía risueño a los ojos, claro y sincero, el afán
de destrucción y de exterminio, y dentro de mí mismo florecían estas salvajes flores
rojas, grandes y lozanas, y no reían menos. Con alegría me incorporé a la lucha.
Pero lo más hermoso de todo fue que junto a mi surgió de pronto mi compañero de
colegio, Gustavo, del cual no había vuelto a saber nada en tantos decenios, y que en
otro tiempo había sido el más fiero, el más fuerte y el más sediento de vida entre los
amigos de mi primera niñez. Se me alegró el corazón cuando vi que sus ojos azules
claros me miraban de nuevo moviendo los párpados. Me hizo una seña y le seguí
inmediatamente con alegría.
-Hola, Gustavo -grité feliz-, ¡cuánto me place volver a verte! ¿Qué ha sido de ti?
Furioso, empezó a reír, enteramente como en la infancia.
-¡Bárbaro! ¿No hay que hacer más que empezar a preguntar ya y a perder el tiempo
en palabrería? Me hice teólogo, ya lo sabes; pero ahora, afortunadamente, ya no hay
más teología, muchacho, sino guerra. Anda, ven.
De un pequeño automóvil, que en aquel momento venía hacia nosotros resoplando,
echó abajo de un tiro al conductor, saltó listo como un mono al volante, lo hizo parar y
me mandó subir; luego corrimos rápidos como el diablo, entre balas de fusil y coches
volcados, fuera de la ciudad y del suburbio.
-¿Tú estás al lado de los fabricantes? -pregunté a mi amigo.
-¿Qué dices? Eso es cuestión de gusto; ya lo pensaremos luego. Pero no, espera; es
preferible que escojamos el otro partido, aun cuando en el fondo es perfectamente igual.
Yo soy teólogo, y mi antecesor Lutero ayudó en su tiempo a los príncipes y poderosos
contra los campesinos, vamos a ver si corregimos aquello ahora un poquitín. Maldito
coche, es de esperar que aún aguante todavía un par de kilómetros.”
Para leer la obra completa
http://www.portalcoquimbo.cl/descargas/estepario.pdf
Agosto 6, 2008 | Por latidos | Claves: borges, ensayo, eternidad, filosofía, historias, hombre, letras, tiempo | # Enlace permanente
El siguiente es un fragmento de Historias de la eternidad de Jorge Luis Borges, un ensayo publicado en 1936 donde principalmente aborda el tema principalmente desde los puntos de vista platónico, cristino y nietzschereano. En el texto elegido desarrolla su teoría personal luego de haber comenzado en forma cronológica, aspecto que el escritor advierte en un pequeño prólogo.
FRAGMENTO HISTORIAS DE LA ETERNIDAD
IV
” Sólo me resta señalar al lector mi teoría personal de la eternidad. Es una pobre eternidad ya sin Dios, y aun sin otro poseedor y sin arquetipos. La formulé en el libro El idioma de los argentinos, en 1928. Trascribo lo que entonces publiqué; la página se titulaba Sentirse en muerte. “Deseo registrar aquí una experiencia que tuve hace unas noches: fruslería demasiado evanescente y extática para que la llame aventura; demasiado irrazonable y sentimental para pensamiento. Se trata de una escena y de su palabra: palabra ya antedicha por mí, pero no vivida hasta entonces con entera dedicación de mi yo. Paso a historiarla, con los accidentes de tiempo y de lugar que la declararon.
“La rememoro así. La tarde que precedió a esa noche, estuve en Barracas: localidad no visitada por mi costumbre, y cuya distancia de las que después recorrí, ya dio un extraño sabor a ese día. Su noche no tenía destino alguno; como era serena, salí a caminar y recordar, después de comer. No quise determinarle rumbo a esa caminata; procuré una máxima latitud de probabilidades para no cansar la expectativa con la obligatoria antevisión de una sola de ellas. Realicé en la mala medida de lo posible, eso que llaman caminar al azar; acepté, sin otro consciente prejuicio que el de soslayar las avenidas o calles anchas, las más oscuras invitaciones de la casualidad. Con todo, una suerte de gravitación familiar me alejó hacia unos barrios, de cuyo nombre quiero siempre acordarme y que dictan reverencia a mi pecho. No quiero significar así el barrio mío, el preciso ámbito de la infancia, sino sus todavía misteriosas inmediaciones: confín que he poseído entero en palabras y poco en realidad, vecino y mitológico a un tiempo. El revés de lo conocido, su espalda, son para mí esas calles penúltimas, casi tan efectivamente ignoradas como el soterrado cimiento de nuestra casa o nuestro invisible esqueleto. La marcha me dejó en una esquina. Aspiré noche, en asueto serenísimo de pensar. La visión, nada complicada por cierto, parecía simplificada por mi cansancio. La irrealizaba su misma tipicidad. La calle era de casas bajas, y aunque su primera significación fuera de pobreza, la segunda era ciertamente de dicha. Era de lo más pobre y de lo más lindo. Ninguna casa se animaba a la calle; la higuera oscurecía sobre la ochava; los portoncitos más altos que las líneas estiradas de las paredes parecían obrados en la misma sustancia infinita de la noche. La vereda era escarpada sobre la calle; la calle era de barro elemental, barro de América no conquistado aún. Al fondo, el callejón, ya campeano, se desmoronaba hacia el Maldonado. Sobre la tierra turbia y caótica, una tapia rosada parecía no hospedar luz de luna, sino efundir luz íntima. No habrá manera de nombrar la ternura mejor que ese rosado.
“Me quedé mirando esa sencillez. Pensé, con seguridad en voz alta: Esto es lo mismo de hace treinta años… Conjeturé esa fecha: época reciente en otros países, pero ya remota en este cambiadizo lado del mundo. Tal vez cantaba un pájaro y sentí por él un cariño chico, y de tamaño de pájaro; pero lo más seguro es que en ese ya vertiginoso silencio no hubo más ruido que el también intemporal de los grillos. El fácil pensamiento Estoy en mil ochocientos y tantos dejó de ser unas cuantas aproximativas palabras y se profundizó a realidad. Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo: indefinido temor imbuido de ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del Tiempo; más bien me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la inconcebible palabra eternidad. Sólo después alcancé a definir esa imaginación.
“La escribo, ahora, así: Esa pura representación de hechos homogéneos noche en serenidad, parecita límpida, olor provinciano de la madreselva, barro fundamental no es meramente idéntica a la que hubo en esa esquina hace tantos años; es, sin parecidos ni repeticiones, la misma. El tiempo, si podemos intuir esa identidad, es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, bastan para desintegrarlo. “Es evidente que el número de tales momentos humanos no es infinito. Los elementales los de sufrimiento físico y goce físico, los de acercamiento del sueño, los de la audición de una música, los de mucha intensidad o mucho desgano son más impersonales aún. Derivo de antemano esta conclusión: la vida es demasiado pobre para no ser también inmortal. Pero ni siquiera tenemos la seguridad de nuestra pobreza, puesto que el tiempo, fácilmente refutable en lo sensitivo, no lo es también en lo intelectual, de cuya esencia parece inseparable el concepto de sucesión. Quede, pues, en anécdota emocional la vislumbrada idea y en la confesa irresolución de esta hoja el momento verdadero de éxtasis y la insinuación posible de eternidad de que esa noche no me fue avara.” ”
Si les interesa el texto completo pueden ingresar a
http://www.asmgyf.org.ar/laudania/tiempo/articulos/001.htm
Agosto 4, 2008 | Por latidos | Claves: barca, calderon, literatura, platón, sueño, teatro, vida | # Enlace permanente
LA VIDA ES SUEÑO es una obra de teatro de Pedro Calderón de la Barca. Consta de 3 actos y en el final del segundo se produce un monólogo en la voz de Segismuno, el personaje protagonista cuyo fragmento elegí hoy compartir con Uds.
El influjo de esta concepción platónica en la obra es evidente. Segismundo vive en un principio dentro de una cárcel, de una caverna, donde permanece en la más completa oscuridad por el desconocimiento de sí mismo; sólo cuando es capaz de saber quién es, consigue el triunfo, la luz.
Según Platón, en su Alegoría de las Cavernas, el hombre vive en un mundo de sueños, de tinieblas, cautivo en una cueva de la que sólo podrá liberarse tendiendo hacia el Bien. Únicamente entonces el hombre desistirá de las apariencias y llegará a la luz o a la verdad.
“Es verdad; pues reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición,
por si alguna vez soñamos;
y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte!
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
de estas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.”
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