Anoche cené con amigas de la facu allá por Palermo (¿Soho? ¿Hollywood? ¡qué se yo!). Comimos riquísimo pero más allá de todo, rescato del evento cinco momentos que me hicieron agradecer que venciera la fiaca de salir en la noche lluviosa para cenar con ellas:
(1) Puesto nro. 5: Recordar viejas épocas. Charlas de los pros y contras que tuvo haber cursado en la UBA. Lo que odiábamos las largas esperas para que nos tomaran el final o aquella nota que nunca figuraba en actas y que te demoraba burocráticamente para cualquier trámite. También recordamos lo lindo de la heterogeneidad de la gente que conocimos y el grupo lindo que armamos.
(2) Puesto nro. 4: Hablar de nuestro presente. Si bien la mayoría nos vemos, con una especialmente habíamos perdido prácticamente el contacto. Nos pusimos al día con todo, charlamos como si nos hubiéramos visto ayer y mientras tanto nos deglutíamos una rica bandejeada de asado, un plato de ñoquis y una caesar con pollo… ahhh y el brownie del final, fue un placer de los dioses. Nada de esto impidió que mantuviéramos una conversación fluida. ¿Habrá sido que no masticamos casi nada, que hablamos con la boca llena o que comimos como pajaritos? No, nada de eso. Me inclino por pensar que optamos por deglutir todo cuanto pudimos cuando no nos tocaba nuestro turno de conversar.
(3) Puesto nro.3: Los hijos. El tema permanente de conversación. Cómo son, cuántos querés tener, cómo te arreglás con el día a día, cuántas horas les dedicás a ellos y cuántas a tu trabajo, quién los cuida, el lugar que ocupa la suegra, cuánto poetc etc etc…
(4) Puesto nro.2: ¡Qué linda la versatilidad de ocupaciones! Y eso que salimos todas del mismo lugar. Sin embargo, una se dedicó a los recursos humanos, otra tiene su marca de ropa que cuida y administra como si fuera oro, otra tiene su agencia de comunicación y yo que me especializo en contenidos específicamente (si no lo comprenden, no importa, voy a dedicar un post a explicarlo, creo que ya es hora).
(5) Puesto nro. 1: La anécdota de la noche. Una de las cuatro (la más marquera, la más top) trabaja en una oficina de 9 a 18 hs todos los días. Se viste impecable pero siempre llega con rodete y zapatillas (tipo Secretaria Ejecutiva, sí) y justifica este comportamiento porque a las 7 despierta a sus hijos, los cambia, les da el desayuno y se los lleva al cole, lo que no le da tiempo para terminar de ponerse linda. Pero cruza el umbral de su escritorio y despliega un arsenal de broches, ganchos, maquillajes y el buen par de zapatos que seguro se corresponden con el conjuntito del día. Ayer, el más chiquito que todavía usa pañales, se hizo caca antes de salir. Y cuando digo se hizo caca, digo “se hizo caca de pies a cabeza”. Íntegro. Tuvo que cambiarlo todo y limpiar un poco el piso porque algún resto cayó por los costados. En fin, un asco (sí, seguíamos comiendo mientras tanto…).Lo cambió y salieron. Todo normal. Llegó a la oficina, se puso bonita como siempre y empezó su día: entrevistas, reuniones, call conference vía Skype, etc etc etc. Por la tarde, estando en el baño, notó que en su camisa preciosa, perfecta, blanca inmaculada y con un broderie súper fino, había una mancha de proporciones medias, nada del otro mundo, pero que en semejante blanco, resaltaba a más no poder. Una mancha con forma de “Y”. ¿Qué raro? ¿Qué será? Lo primero que pensó fue en echarle la culpa al delineador líquido, pero no, el delineador era negro, y esto era más clarito. Después pensó en el aceto de la ensalada del mediodía, pero tampoco, ese día al final no la había condimentado como siempre… Y sí amigos, llegó a la escatológica necesidad de tener que olerla y perdonen el término pero se los transcribo tal cual lo dijo mi amiga: “¡Esto es mierda! ¡M-I-E-R-D-A!” Gritó sola e indignada dentro del baño. Y así, agarró frenéticamente el jabón, y se sacó la mancha de “caca” que su hijo le había dejado como recuerdo desde la mañana.
Sí, parece que las madres tenemos “recuerdos” de nuestros hijos continuamente en nuestro trabajo. Yo sin ir más lejos, tengo mi cuaderno de todos los días plagado de dibujitos de Felipe. Ya me convertí en una experta en leer lo que está debajo de los garabatos.
Salir con amigos es lo más de lo más. A veces, siendo mamá, uno se pierde de esos espacios. Pero qué lindos son… Y qué bueno recuperarlos cada tanto. No sólo para saber de la vida del otro, sino para reirte junto con ellos de las cosas que les pasan y también contar tus cosas. Y reirte, reirte mucho. ¿Hay algo más lindo que reirse de las cosas que a uno le pasan? Para relajar, desdramatizar, descomprimir.
No sólo me encantó verlas en esta salida. También fue “terapéutico” dejar por un ratito la rutina que me acompaña y esuchar otras historias. Historias de otras mujeres, de otras mamás, de otras profesionales que también hacen malabares para educar como quieren a sus hijos. Siempre con amor y la mejor de las voluntades. Pero cada una con su estilo, a su manera.
Y así nos divertimos y nos reimos por un rato de nosotras mismas. De la vida que nos encuentra ya más grandes, con hijos, con maridos, con profesiones… Todas tan distintas, pero en el fondo, tan iguales.
¡Descansen mucho este finde! Júntense con amigos y gente querida ¡Y ríanse mucho!
V.