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Combinaciones que no combinan

Jueves 1.30 pm. En pleno microcentro porteño debía dejar una factura por unas cursos virtuales que dí durante todo el embarazo y este primer mes post parto. Créanme que tan en otra estaba que no recordaba exactamente cuánto debía facturar, pero no me quiero ir por las ramas.

Dejé a Felipe con su abuela y yo me fui con Cata que como saben, no es muy fan del cochecito. Sólo upa upa upa y upa… o wawita en su defecto que es más o menos lo mismo. Así que previendo esto, puse la wawita en la parte de abajo del cochecito por si le agarraba un berrinche ensordecedor en pleno obelisco.

Efectivamente, mientras estaba reunida, empezó a lloriquear. A upa se calmaba, en el cochecito lloraba. Así estuvo todo el rato.

Cuando volvíamos para casa, no hizo ni una cuadra que empezó a los gritos pelados, se puso recontra colorada y yo casi que también porque la estaba empezando a pasar muy mal.

Corté por lo sano. Agarré la wawita y volví hasta casa con la beba colgada y empujando un cochecito vacío.

La gente por la calle me preguntaba: ¿qué beba tan chiquita y ya tiene un hermanito?

Mi respuesta (indignada): NO!!! Es la única beba en el universo entero que no se duerme cuando pasea en cochecito.

Y ponía más velocidad en el cochecito como para alejarme rápido de ese comentario tan atinado que se repitió varias veces al cabo de todo el trayecto.

Llegué a casa agotada. Muerta de sed, de calor y con la gorda recontra dormida.

Claro, el cochecito y Cata parecen combinaciones que no combinan. Cata y la wawita sí. El tema es que mi espalda necesita una sesión diaria de masajes después de tanto upa. Y desde luego, no la tengo. ¿Alguien me facilita un free pass para un spa por favor? Gracias.

V.

Recuperando espacios

Ya les conté cuánto me gusta ir a mi barcito preferido, sentarme en un lugar muy luminoso, pedirme un rico café con leche y trabajar desde allí. Claramente es algo que no estoy pudiendo hacer pero que me encantaría hacerlo por un ratito.

Ayer, mi obstetra me dio formalmente el alta. Me dijo que estoy perfecta y me dio el “apto físico” para volver a hacer natación. Eso me disparó la necesidad de tener nuevamente algunos espacios propios que no se superpongan con la lactancia que me tiene algo condicionada teniendo que estar presente cada 3 horas a más tardar.

La cuestión es, que con madre/suegra/marido y alguna amiga medio crazy que se ofreció también, voy a empezar a tener estos espacios para mí nuevamente.

Lo del barcito se soluciona fácil: lo tengo abajo de casa y puedo aprovechar una siesta de la gorda con alguien de confianza para ir y no demorar más de una hora. Lo de natación es más complejo porque implica al menos una hora y media si hago todo cual Meteoro y tengo que coordinar la teta con el sueño y con la vuelta del trabajo de mi marido. Es difícil pero no imposible.

Con estas dos cosas está más que bien para ir empezando.  Y para recuperar mis espacios… y mantener el buen humor (que es clave en tiempos de no dormir y de peques dejando el pañal). No es poca cosa, ¿no creen?

V.

¿Poqué?

Es oficial. Felipe entró en la etapa de los “por qué(s)”. Y por qué es todo: vamos a comer… “¿poqué?”… porque salimos del jardín y la pancita quiere comida para seguir jugando durante el día… “¿poqué?” porque si no, no te dan ganas de salir de la cuna después de la siesta… “¿poqué?” porque el cuerpo necesita que le den de comer para tener fuerzas para jugar… “¿poqué?” (cambio mi dulce tono por uno más a la altura de la fría lectura de Wikipedia) porque las calorías que ingerís se transforman en energía para que gastes en la plaza, ¿y vos querés ir a la plaza hoy no? bueno, entonces, a comer… ah (dice Feli)…creo que “ya entendió”.

Ayer, que tuve el primer monitoreo para chequear que Cata estuviera OK (sí lo está, demasiado cómoda para mi gusto, igual que su hermano, espero que salga antes de la semana 41 porque necesito volver a conocer la comodidad de mi cama) le conté que estaba todo bien y que en unos días, estaba por llegar. Que le iba a traer un regalo re lindo y que íbamos a ir los 4 juntos a la plaza. También le dije que para eso, mamá tenía que ir al hospital, pero sólo unos días, la buscaba y volvíamos los 4 juntos. Bue… qué se yo…yo también estoy ansiosa y se me ocurrió hacer catarsis con el chico. ¡PARA QUÉ! ¡QUIÉN ME MANDÓ!!!!

Me escuchaba con los ojitos yendo de un lado al otro, como procesando mucha pero mucha información (¡demasiada, lo sé!). Entiéndanme, yo almuerzo todos los días con mi hijo de dos años y pretendo establecer algún tipo de diálogo, venía del monitoreo y se lo quería contar… en fin.. Después de todo mi speach, su respuesta (¡obvia!)  fue un “¿poqué?” … ¿Por qué, qué Feli? ¿Por qué viene Cata? ZI… me dijo. Cata viene porque queremos que tengas una hermanita, es re lindo tener una hermanita… “¿poqué?”… Porque jugás mucho, porque la vas a querer un montón, porque va a ser re divertido! …”¿poqué?”… Mirá Feli, no sé por qué, no sé quién nos metió en la boca del lobo… papá y yo queríamos que tuvieras una hermanita, la buscamos a Cata y ya está por venir. Va a ser un quilombo al principio, pero nos vamos a organizar, te lo prometo. Si me ves algo loca esos días, perdoname, se llama POST PARTO.

Ahhhh… me respondió. Fin de la conversación.

V.

Enchufada a 220

Terminó otro fin de semana. Y yo empecé mi semana 37 de gestación, lo que para los entendidos en el tema quiere decir que oficialmente entré en el countdown para la llegada de Cata y esta etapa final me encuentra con un acelere que ni les cuento. ¿Se ubican en la imagen clásica de la mujer a punto de parir? Bueno ok, esa soy yo.  A saber:

(1) Paradójicamente, cuando mi cuerpo más lo necesita, ni él, ni mi hijo, ni yo estamos durmiendo nada. Felipe no tiene una noche sin despertarse pidiendo por su mamá desde hace unos… mmmm… 15 días aproximadamente. No encuentro una postura cómoda para ubicarme las 8 dignas horas que pretendería descansar por lo que me doy vuelta de un lado a otro sin sentido y cada 20 minutos. Mi pobre marido, hace lo que puede, entre una mujer con grandes chances de ser tildada de histérica y un hijo que está a punto de ser destronado de su lugar de hijo único.

(2) A veces ladro, a veces muerdo, a veces sonrío, a veces abrazo… todo sin lógica aparente.

(3) Quiero, necesito, espero, ansío, con todo mi corazón, terminar un bendito proyecto editorial en el que estamos trabajando con Pau desde hace casi un año y medio. Casi que es otro hijo más y me encantaría verlo terminado antes de parir… pero el tema se demora bastante… y claro, ella y sus hormonas no se contienen con la ansiedad.

(4) Mañana tengo el primer monitoreo. Es el momento en que las parteras y el obstetra miden la intensidad y frecuencia de movimientos del bebé. Si está todo ok, nos vemos la semana próxima, sino (siendo muy brusca en mis descripciones) te quedás adentro del sanatorio hasta que el bebé salga de tu panza. Así nomás.

(5) Todavía no hice el famoso bolsito, tengo que hacer unas compras todavía, pero prometo que de mañana no pasa.

(6) Según mi madre, estoy igual excepto que parece que me comí una pelota y está enterita adentro de mi panza. No sé si es bueno o malo, pero garantizo que muy cómodo ya no me está resultando.

(7) Producto de un corte de luz del viernes que se prolongó durante TOOOODA la tarde pero empezó con altibajos por la mañana (cuando volví del jardín con Felipe, tuvimos que jugar a “EL QUE LLEGA HASTA CASA SIN PEDIR UPA POR LAS ESCALERAS SE GANA UN PREMIO”) no pude ni terminar mis pendientes de trabajo ni ir a mi última clase de Acquagym, con lo que a las 9 de la noche estaba cerrando (parcialmente) una nota para México y dejé pendiente mi última clase para hoy (los pormenores de Felipe lleno de caca desde el cuello hasta la punta de los pies cuando volvió la luz, se los cuento en otro post, valen la pena).

(8) Hoy cumplimos 8 años de casados.  Decidimos festejarlo ayer los tres juntos almorzando en el lugar donde fue nuestra fiesta de casamiento. El civil fue el 4 y la iglesia el 6. Mi marido, el mismísimo 4, o sea, el sábado, se apareció con dos regalos maravillosos, mientras yo todavía no tuve tiempo de comprarle nada…

(9) Es oficial, ya la ropa no me entra en la cintura. Parezco una ballena encallada si me dejo todo abierto: camperas, saquitos, camisas. Opto por las poleras, que me marcan bien ¿las formas? que el embarazo me proporciona pero no logro vestirme distinto por más de tres días consecutivos. A esta altura, me pongo lo que me deje digna ante los demás. No busco ser creativa.

(10) Sí, estoy enchufada a 220.

Ya me estoy yendo a buscar al gordo al jardín. La buena noticia es que hoy tengo luz, que Feli está re enganchado con la frase: “Pipe corre mucho” y gracias a eso me pide menos upa por la calle y que el tiempo está inmejorable. No quiero pedirle más al lunes.

¡Excelente semana para ustedes!

V.

Tiempo de licencias

Cuando te desempeñás dentro de una empresa X y estás embarazada, llega un momento de descanso obligado por ley que se llama “licencia por maternidad”. En ese período, la mujer no asiste a sus obligaciones pero sigue siendo considerada formalmente una empleada de la empresa en cuestión, cobra puntualmente sus haberes y la esperan 90 días después para retomar sus actividades.
 
Muchas mujeres extienden esta licencia unos 90 días más manteniendo intacto su puesto de trabajo aunque sin cobrar un peso.
 
En lo personal, si trabajara en relación de dependencia, ya estaría dentro de ese período y podría dedicarme a las últimas semanas dentro de Cata en la panza con exclusividad.
El punto es que no me interesa eso (al menos ahora que cuento con unas 3 semanas más para lucir embarazada), pero sí estoy empezando a notar que no soy la misma que hace un tiempo, que tengo menos energía, menos capacidad de atención, menos paciencia para algunas cosas y muchas pero muchas ganas de dormir hasta el hartazgo.
 
Tuvimos la suerte de reencontrarnos con clientes inactivos que quieren retomar sus proyectos con nosotras empezando en septiembre. Eso es genial. Y son dos proyectos muy lindos para llevarlos adelante. Así que bienvenidos sean.
 
Además, el negocio está en una etapa de maduración y relanzamiento donde nos queremos mostrar un poco más al mundo (¡ya conocerán nuestra web/blog en breve!) y eso es todo un laburo en sí mismo.
 
Entonces, decidir cómo y cuándo parar sin un marco legal que te contenga es difícil. En realidad, siempre vuelvo a la decisión inicial de trabajar por mi cuenta: todo depende de uno, de lo que quiera, de la energía que tenga, del estado del negocio, en fin. Tengo una sensación bastante parecida al momento en que terminé el colegio y empecé la facultad (y la UBA, más específicamente).  Esto de sentirme sin red me llevó un tiempo, pero después todo anduvo sobre ruedas.
 
Y al final, siempre llego a la misma conclusión: trabajar por tu cuenta es hacerte cargo de todo, hasta el más mínimo detalle empieza y termina bajo el ala de tu responsabilidad. Por eso, no es para cualquiera. Por eso, espero iluminarme con una buena idea que mantenga en equilibrio al negocio con este momento tan especial de mi vida.
 
V.

Repensarnos como papás

Sigo con los talleres de comunicación vincular en el colegio de Felipe. Ahora, ya están a cargo de los padres (el próximo encuentro lo coordino directamente yo con otra mamá). Salir de casa a la noche con ese frío polar que de pronto se despertó fue todo un tema, pero como siempre, agradezco haber asistido.

Resulta que como el lema del taller es “usar” la comunicación entre padres e hijos para prevenir algunas cuestiones profundas que hacen a las conductas adictivas entre los chicos y cuánto de eso está directamente relacionado con la autoestima, los papás, nos ponemos a hablar entre nosotros sobre diferentes temas que son disparadores de un montón de cuestiones. Que revuelven lo personal, que tocan las fibras íntimas, que mueven y conmueven. Pero no desde un lugar lacrimógeno. Sino para aprender de la propia experiencia como hijos y reproducir lo bueno y cambiar lo que no lo fue tanto.

Cada tanto, es bueno (útil y necesario) salir de la superficialidad que nos ataca continuamente y que queriendo o sin querer, reproducimos en nuestros vínculos.

Desde luego, no se trata de terapia de grupo ni mucho menos. Sí, de trabajar de a dos, en un espacio de charla cuasi íntimo donde confiás y te confían información. Y escuchar, escuchar mucho. No saben lo que uno aprende cuando cree saberlo todo en materia de escuchar al otro. Resulta que muchas veces uno no escucha, empata todo con su propia experiencia y a partir de allí, decodifica información, comenta, aconseja… cuánto mejor es tener una escucha más abierta, más activa, más latente… para devolverle al otro lo que realmente necesita, no lo que “me pasó a mí en relación con eso”.

Si ese ejercicio podemos aceitarlo y aprenderlo para trabajar con nuestros hijos, no saben cuánto camino tenemos allanado en materia de conformación de su propia autoestima y de fortalecimiento de nuestros vínculos con ellos. Aprender a escucharlos es aprender a reconocer qué quieren, qué necesitan, qué nos están diciendo. No sólo qué queremos nosotros para ellos. Imagínense el desafío en el que me metí con un hijo de dos años que habla muy poquito y una beba que todavía no nació… pero me siento genial yendo… es el mejor momento para empezar una actividad de este tipo.

Ayer hablamos de nuestro pasado como hijos, cuando vivíamos en casa de mamá y papá. Y no saben lo bueno que estuvo. Porque sirve para repensar, para reveer, para tener una mirada crítica sobre ellos en el mejor sentido: hacer conciente lo que estuvo bueno para reproducir y reconocer lo que no lo fue tanto. Aprender a no hacer un copy paste de esa relación. Reveer qué pasa con nuestros hermanos (los que tienen, por supuesto). Y cómo nos vinculamos desde siempre con ellos. No para hacer un revisionismo histórico freudiano sino, para poner un stop, para decir: esto fue lo que viví ¿quiero lo mismo para mis hijos? ¿por qué? y la pregunta que a mí más me interesa: ¿qué imagen queremos que nuestros hijos tengan de uno?

En lo personal, claro que toda esta evaluación tocó alguna fibra personal, sobre todo cuando pensé y repensé sobre mis vínculos con mis padres y esta manía sobreprotectora que no se va con el paso del tiempo, a pesar de convertirme en mamá… o la decisión de mamá de dejar de trabajar cuando quedó embarazada de mí que tanto me marcó. Será por eso que hoy camino casi al límite de la obsesión para no reproducir justamente eso que tanto me asfixió de chiquita.

Al contrario de lo parece, todo se da de una manera muy natural, muy amena. Todos los papás que asistimos queremos lo mismo para nuestros hijos y eso nos une y nos pone en un mismo nivel. Y a todos nos deja pensando.

Yo confirmé (una vez más) lo importante que es para una mamá continuar con su vida por fuera de los hijos, para sentirse llena, plena y poder disfrutar de todo. Cuando sus hijos están con ella y cuando sus hijos ya crecieron y dejaron el nido.

Tras dos horas de taller, la noche terminó con 3 llamadas perdidas de mamá, lo que me obligó a devolverle el llamado previendo una posible desgracia inminente. Al atender me dijo: “decíme que estás abrigada”. Esa es mi mamá. Y ahora de más grande, me da cariño, me da ternura. Si me miro de adolescente, sólo puedo pensar en una cosa: menos mal que hace 15 años atrás no existían los celulares.

¡Excelente fin de semana largo  para todos!

V.

En honor a José Larralde

Hoy empecé bien la mañana. Y por tanto, empecé bien la semana.

En primer lugar, todos llegaron temprano al colegio (para mí es todo un logro!). Y sobretodo Sofi, tenía que llegar temprano sí o sí porrque nuevamente le tocaba ir a la Bandera y ser la secretaria del día. Se creía mil! Jajaja!

Volviendo del colegio, me subo al colectivo y el chofer iba cantando folclore. Todo el colectivo iba mudo (no sé si por el sueño o por la música) pero créanme que era para estar mudos. Las letras no tenían desperdicio, la guitarra sonaba increíble y el canto junto con el recitado eran una combinación única.

Estoy hablando de José Larralde. Los fanáticos del folclore como yo sabrán de quién estoy hablando. Se me erizaba la piel de sólo escucharlo. Y me produjo mucha tranquilidad y mucha paz.

Parecía que todos escuchaban atentamente aquélla voz. En general, cuando subo a un colectivo, suele haber música. Y nunca me llama la atención. Queda como música de fondo que pasa desapercibida.

Pero esta vez no. Y supongo que a muchos les pasó lo mismo que a mí. Porque escuché al menos dos personas que decidieron bajar por adelante para poder preguntarle al chofer: ”¿Quién canta?”, y éste respondía orgulloso: “José Larralde”.

Me quedé pensando en cómo la música a veces influye en nuestras vidas, en nuestro estado de ánimo, en nuestro humor del día.

Soy fanática de la música. Viene de familia. Siempre lo fuimos todos en casa. Y como fanática, mi post de hoy es en honor a José Larralde. Un capo.

Buena semana! Paula

Marido Embarazado

” La embarazada sufre una tentación tremenda: enredada como está en sus emociones, pensamientos y miedos, le queda muy poco tiempo para ver cómo se las arregla su marido con el embarazo. Esto es muy comprensible, después de todo, es una la que está habitada por un alienígena, la que tiene torrentes de hormonas circulando por ahí y la que, de alguna manera, tendrá que entregar la mercancía. El marido sólo tiene que lidiar con una. Pero ahí el problema. Tratar con una embarazada puede ser una tarea muy exigente y pavorosa”.

Como siempre, mi amiga Vicky, a través de su libro, sigue leyendo mis pensamientos y plasmando en un papel las cosas que vivo, pienso y siento en el proceso de este segundo embarazo.

Y en esta oportunidad, quiero reivindicar el papel masculino a través de este post. Confieso que últimamente, las hormonas han hecho estragos con mi humor y si hay algo recurrente en mi ánimo es la inestabilidad. Lo asumo. Y agradezco la infinita paciencia que tiene que tenerme para manejar estos casi 7 meses de embarazo.

En palabras de mi amiga Vicky: ” Ya no existe la mujer con la que se casó. No tiene el mismo aspecto ni actúa como antes. Para muchos maridos esto no es bueno. Antes, aunque no estuviera loco por su esposa (dios no lo permita), al menos estaba familiarizado con ella. Ahora parece poseída, se parece a su mujer pero reacciona muy distinto. No puedo hablar por todas las parejas pero en el caso de mi marido, las cosas son muy sencillas: igual=bueno, distinto=malo. No le gustaba nada ignorar quién iba a recibirlo al terminar la jornada: si la esposa de costumbre con poca necesidad de mantenimiento emocional, o la embarazada hipesensible que se le instaló en la casa”.

Sí, sí, sí, sí… mi marido embarazado está pasando por todo eso y mucho más. También tiene que lidiar con los berrinches de Felipe que se han vuelto moneda corriente y con mi necesidad física de descansar cuando estamos juntos. Pobre. Poco espacio tiene para atravesar este proceso con disfrute.

En este espacio, yo lo reivindico con mayúsculas. Porque es todo un MARIDO y todo un PAPÁ.  Ha llegado a salir antes del trabajo para cuidar a Felipe en estos días en que no tengo quién lo cuide y a veces no llego con alguna reunión.  Y como el gordo está con pesadillas, también se le acomoda en la camita de abajo de la cuna para que él pueda dormir más tranquilo por la noche y yo también.

Un santo. Lo reconozco.

Pero bueno, a cada uno le toca un lugar en este proceso de nueve meses iniciales (y el post parto ni hablar!!). Ninguno es mejor o peor. Es lo que es y si algo debe ser recurrente en estos meses, es la paciencia para lidiar con todo. Y también el humor. Para descontracturar y relativizar. Y reirse de uno mismo.

Estamos en eso gente, estamos en eso.

V.

¿Pasando factura?

Ayer lo busqué al gordo a la salida del jardín. Hasta ahí todo bien. Pero desde el segundo 1 en que lo ví, me preguntó por su “abu”. Le dije la verdad, que empezaba sus vacaciones y que volvía en “unos días” (esos días son tres semanas empezando desde ayer, pero bueno, el chico no entiende de plazos, para él es la misma eternidad que si le dijera “el año que viene”).

Llegamos a casa y se fue entonando la cosa. Cada vez reclamaba por su abu con más fuerza. Y cruzamos el umbral de la puerta de casa y estaba completamente desconsolado, angustiado.

Después empezó a preguntar por su papá, por lo que se me ocurrió llamarlo al trabajo para que se tranquilizara al escuchar su voz.

Imposible.

Ni siquiera se quería sacar la campera. Quería ir a lo de su abu.

Lloró, lloró y lloró.

Contra mis principios, le dí el chupete (que ya no usa durante el día, sólo para dormir). Pero no se calmó.

Panorama de llanto desconsolado y yo que me senté en el piso extendiendole los brazos para abrazarlo. Ni siquiera me enojaba la situación, esto no era un berrinche, era angustia. Me daba mucha pena verlo así.

Y así, después de cuarenta minutos de no parar de llorar, se fue durmiendo en mis brazos, con chupete, campera, delantal, sin almorzar y con esa congoja que te queda en la respiración cuando llorás mucho.

Con diez minutos de sueño en brazos, en los que confirmé que el sueño era profundo, me encontré sentada tipo india en el piso, con Feli a upa sin ningún tipo de reacción y pensando cómo podía llevarlo a su cuarto.

Se me ocurrió arrastrarme con la cola (no se rían, es verdad, no tenía dónde ponerlo para que durmiera en el medio del camino) hasta el cuarto y ponerlo no en la cuna (donde tenía que levantarme y superar los barrotes, algo imposible de hacer desde tan abajo con mi panza) sino en la camita de abajo.

Y eso hice, con el peque y la panza, sin poder levantarme, me arrastré cual india hasta su cuarto (nunca me hizo tan feliz que mi casa sea chiquitita) llegué hasta la cuna, abrí la cama de abajo con una sola mano y como pude acosté a Feli.

Estaba completamente vestido. Supuse que al rato se despertaría porque no era de lo más cómodo dormir así.

Por suerte no durmió “tan poco”, tiró más de una hora y media. Estaría muerto. Y después, apenas se despertó, se levantó y me fue a buscar (lo que confirma que cuando lo pase de la cuna a la cama, apenas se despìerte lo vamos a tener de huesped en nuestra cama).

A las 2 de la tarde ya estaba mucho mejor, le dí algo de comer, lo emponché aún más (bufanda y gorro) y salimos a pasear.

Antes que eso, preguntó por sus otros abuelos, a los que también llamé por teléfono para que les hablara. Algo así sucedió.

No entiendo cómo alguien tan chiquito interpreta estas situaciones, pero algo interpreta, claro está. Son tres semanas, y yo se lo expliqué, pero como dije al principio, para ellos, es lo mismo tres semanas que dos días o un año. No entienden que en un tiempo va a volver.

Mientras tanto, habrá que “pasar el invierno”, tener paciencia y superar estos momentos de angustia y por supuesto, bancarse las facturas que pasa el niño por estar acostumbrado a los mimos de la abuela. Mimos que su mamá, lógicamente no le da, no por mala, sino porque mi función es otra, menos caprichos y más límites, y claro, eso no es tan divertido.

Pero mientras tanto, el peque me pasa factura.

V.

Desvelo productivo

Sé que no aconsejan prender la compu ni la tele cuando estás desvelado, tampoco ninguna luz ni nada que tienda a “despabilarte aún más”. Cuestión que, amigos, heme aquí, a las 3 am del viernes, completamente despierta lidiando con este sueño que nunca llegó y con varios pendientes que me ocupan la cabeza.

Entonces, ¿qué decidí hacer? Cortar por lo sano y tener un desvelo productivo.

Me preocupaban varios temas que empezaban a agilizarse mandando mails, así que hace una hora que estoy bombardeando cibernéticamente a varios amigos.

Si bien la tranquilidad de la noche tiene la paz soñada, esa que anhelo profundamente para trabajar durante el día, las neuronas no me funcionan laboralmente. No puedo. No tengo el chip laboral prendido. Yo trabajo de día y particularmente de mañana. Para la tarde prefiero dejar reuniones o tareas que no requieran demasiada productividad creativa.

De hecho ahora no estoy trabajando… estoy definiendo un par de cosas para mi cumple (hace tiempo que no lo festejo y este año quería hacer algo: tengo mucha gente y poco espacio, estoy resolviendo qué hago).

Bueno,  confieso que mientras escribía las líneas de arriba me dí cuenta de que hay un temita muy básico de trabajo que puedo resolver ahora, sin pensar demasiado, así ya mañana encaro el día lista para otro cliente, así que eso lo voy a hacer ahora también.

¿Ansiosa? Sí! ¿Obse? Cada vez menos… Pero descubrí hace poco tiempo que cuando me pasan estas cosas, lo mejor es hacer algo por tratar de resolverlas aunque sea parcialmente a la madrugada. Nada de ponerme a leer un libro o tomar leche tibia. Hay que resolver en la medida que se pueda, lo que a uno le ocupa la cabeza, para liberarla y dejarla descansar.

Ahora sé que cuando apoye la cabeza en la almohada, va a ser más fácil conciliar el sueño. Algo más rápido. Espero. Porque en 4 horas (con suerte) se despierta Felipe con toda su energía listo para ir al jardín.

Y yo, aquí, intentando que este desvelo, se convierta en un desvelo productivo.

V.