Cuando el pediatra dice: “que no vaya al jardín hasta el lunes”… lo que digo es: “ok, perfecto” y lo que pienso es: “¿y cómo me las arreglo toda la semana si encima ya está fresquito como una lechuga?”
Cuando el pediatra dice: “que no salga en todo el fin de semana”… lo que digo es: “ah, está bien, sigo con las nebulizaciones entonces” y lo que pienso es: “ok, a seguir usando la tele de niñera y que la culpa me carcoma en otro momento, por lo menos, en el finde, la cosa está más repartida durante el día”.
Cuando el pediatra dice: “hay que vacunarlo”… lo que digo es:”uh, pobre gordo, ¿esto le puede traer fiebre?” y lo que pienso es: “no me banco que lo pinchen, si encima le sube la fiebre y tiene que faltar más días no sé qué voy a hacer… ¡odio las vacunas!”.
En fin… las visitas al pediatra me provocan miles de sensaciones. Más si no son las de rutina estrictamente. Tal como fue la de ayer.
Por suerte la neumonía pasó, pero por prevención, hasta el lunes no lo mandamos al jardín. Salir, puede. Lo que no conviene es el jardín.
Confieso que escuchar eso lo primero que provocó en mí es la pregunta frenética de cómo me las arreglo hasta el lunes, visto y considerando que el gordo ya está bien, que no se la banca tanto en casa porque quiere jugar, ya no sé qué cuestión pedagógica inventarle para alejarlo de la tele y enchufarlo a otros juegos y por supuesto, el trabajo y las reuniones siempre necesitan su espacio. Espacio del que me siento completamente privada cuando el peque se enferma.
Confieso también que esta sensación me da culpa. Es mi hijo el que está enfermo y yo pienso que no tengo cómo arreglármelas. Qué mala madre soy. Después pienso que esas cosas se me ocurren justamente porque no está tan mal ya que si así estuviera, no tendría ni siquiera tiempo para pensar en cómo trabajo… simplemente tendría que cancelar todo y ya. A costa de sentirme insatisfecha por supuesto, pero sabiendo que no tengo otra opción.
En otras palabras, tener un hijo, es tener una obligación 24×7. No lo digo como un peso, sino como una realidad. Después de todo, pareciera que los roles se invierten: a la hora de pensar en casa, con un chico enfermo, en esta época de pestes, el que manda es el pequeño, el gran jefe de sólo dos años. Y al trabajo, es necesario ponerle un límite. Ese que justamente es tan difícil ponerle a tu hijo cuando las papas queman.
Y bueno, ya que estamos en tren de confesiones, les cuento que otra cosa que pensé cuando el pediatra me dijo que hasta el lunes no volvía al jardín fue: “medio mes de jardín pagado al cuete”. Sépanlo, lo digo sin culpa. El invierno también me provoca esta sensación. Pagar el jardín y que no vaya por fiebre, tos, resfrío, gripes y demás. Un clásico que se repite hasta que se hacen un poco más grandes. Semanas y semanas de ausencias que no se corresponden con la cuota que llega puntualmente todos los meses para avisarme que pago por 15 días lo mismo que por 30.
Pero qué le vamos a hacer. Esperar sentados a que llegue la primavera y dejar pasar el invierno. Y sí, también vacunarlos. Puede ser una buena opción para que este año los colegios no pasen dos meses enteros con las puertas cerradas. Y ya que estamos, que los pediatras, no estén saturados de trabajo.
Ese es mi deseo para este invierno… que todavía no empezó.
V.