Posts etiquetados como ‘espacio de trabajo’

¿Poqué mamá?

Felipe dice: ¿eto? tocal mamá??? (entiéndase: ¿puedo tocar esto mamá?)

Yo: no gordo, mejor no, es la libreta de trabajo de mamá.

F: ¿Poqué?

Yo: Porque mamá escribe lo que tiene que hacer y después lo hace.

F: ¿Poqué?

Yo: Porque así me ordeno: escribo todo y cuando lo voy haciendo, lo voy tachando, ¿ves? (le muestro una cantidad infinita de listas tachadas).

F: ¿Poqué?

Yo: Porque me gusta tener todo tildado al final del día.

F: Ah…¿poqué?

Yo: Porque soy una neurótica obsesiva mi amor.

F: Ti.

Fin del cuestionario.

V.

Agotada pero feliz

Indescriptible es el relato de mi día de hoy. Salió un programa, entró otro, combiné una reunión con el show infantil que tenía previsto, aproveché alguna siesta truncada para deglutir como pude un almuerzo tardío con aspecto de té generoso, recogí al menos unas cinco veces por la calle, las diferentes partes del cuerpo de una Sra. Cara de Papa que mi suegra le regaló hoy a mi hijo luego de un rápido pasaje por el free shop de Montevideo y respondí ya como un disco rayado, unas ¿veinte? veces al menos: “no, Feli, galletitas no hay más”.

La sola idea de recordar paso por paso me agota a mí y supongo que a ustedes los aburrirá. Pero, a pesar de lo movidito del día, todos, la pasamos genial.

Definitivamente es bueno el sacrificio de aprender a hacer malabares con el tiempo. Cada día que pasa necesito con más intensidad estar el tiempo justo y necesario dentro de casa. Por algún motivo necesito salir imperiosamente. El motivo no es un misterio: trabajo desde casa, cuido a mi hijo desde casa, vivo en mi casa, transitamos muchos fines de semanas lluviosos…en fin… demasiados usos para un mismo lugar. Por eso, hoy bien valió la corrida. Y para rematarla, me ofrecieron dictar un módulo de 4 clases de e-marketing arrancando el martes próximo.  Y lo acepté. Agotada, pero feliz.

V.

Barajar y dar de nuevo

Si algo entendí después de mi corta experiencia de dos años y pico como mamá, es que lo recurrente en la crianza de los chicos, es el cambio continuo. Lo que te sirve hoy, mañana no. Porque crecen, maduran, necesitan otras cosas.

Es una obviedad y parece una pavada, pero cuando padecés de una necesidad profunda de controlarlo todo (me animaría a decir que Pau es igual) es fundamental poder sentirte organizada.

Nuestro gran “pro” como empresa es que si algo somos, es organizadas. Nuestra gran “contra” es que la otra cara de la súper organización detrás de las mamás pulpo que pretendemos ser, es una gran cuota de estructura y rigidez que nos termina limitando para pensar nuevas opciones.

Ayer tuvimos una reunión algo “reveladora” donde nos permitimos barajar y dar de nuevo con nuestro día a día laboral, los chicos y los cambios que se vienen de cara al 2011. En lo personal, Cata será mi gran desafío, Feli seguirá creciendo y eso espero que también le suceda a nuestro negocio.

Más allá de las conclusiones concretas a las que llegamos, lo que me queda clarísimo es que lo primero que tenemos que tener en cuenta para manejarnos como pretendemos (esto es, poder compatibilizar de una manera creativa nuestros roles de mamás, mujeres y profesionales) es que la FLEXIBILIDAD nos tiene que guiar en este camino.

Y que queremos seguir creciendo como profesionales, no “a pesar” de tener un rol completamente activo en la crianza de nuestros hijos, sino “gracias a” poder ubicarnos desde ese lugar.

Ya estamos jugadas y no podemos (ni queremos) dar marcha atrás en este camino de maternidad y de independencia profesional que elegimos hace unos años.

Como dice Drexler en su canción: “ya está en el aire girando mi moneda… y que sea, lo que sea”. Y todo será para mejor, no tengo dudas de ello.

V.

Pestes invernales… en otoño

Cuando el pediatra dice: “que no vaya al jardín hasta el lunes”… lo que digo es: “ok, perfecto” y lo que pienso es: “¿y cómo me las arreglo toda la semana si encima ya está fresquito como una lechuga?”

Cuando el pediatra dice: “que no salga en todo el fin de semana”… lo que digo es: “ah, está bien, sigo con las nebulizaciones entonces” y lo que pienso es: “ok, a seguir usando la tele de niñera y que la culpa me carcoma en otro momento, por lo menos, en el finde, la cosa está más repartida durante el día”.

Cuando el pediatra dice: “hay que vacunarlo”… lo que digo es:”uh, pobre gordo, ¿esto le puede traer fiebre?” y lo que pienso es: “no me banco que lo pinchen, si encima le sube la fiebre y tiene que faltar más días no sé qué voy a hacer… ¡odio las vacunas!”.

En fin… las visitas al pediatra me provocan miles de sensaciones. Más si no son las de rutina estrictamente. Tal como fue la de ayer.

Por suerte la neumonía pasó, pero por prevención, hasta el lunes no lo mandamos al jardín. Salir, puede. Lo que no conviene es el jardín.

Confieso que escuchar eso lo primero que provocó en mí es la pregunta frenética de cómo me las arreglo hasta el lunes, visto y considerando que el gordo ya está bien, que no se la banca tanto en casa porque quiere jugar, ya no sé qué cuestión pedagógica inventarle para alejarlo de la tele y enchufarlo a otros juegos y por supuesto, el trabajo y las reuniones siempre necesitan su espacio. Espacio del que me siento completamente privada cuando el peque se enferma.

Confieso también que esta sensación me da culpa. Es mi hijo el que está enfermo y yo pienso que no tengo cómo arreglármelas. Qué mala madre soy. Después pienso que esas cosas se me ocurren justamente porque no está tan mal ya que si así estuviera, no tendría ni siquiera tiempo para pensar en cómo trabajo… simplemente tendría que cancelar todo y ya. A costa de sentirme insatisfecha por supuesto, pero sabiendo que no tengo otra opción.

 En otras palabras, tener un hijo, es tener una obligación 24×7. No lo digo como un peso, sino como una realidad. Después de todo, pareciera que los roles se invierten: a la hora de pensar en casa, con un chico enfermo, en esta época de pestes, el que manda es el pequeño, el gran jefe de sólo dos años. Y al trabajo, es necesario ponerle un límite. Ese que justamente es tan difícil ponerle a tu hijo cuando las papas queman.

Y bueno, ya que estamos en tren de confesiones, les cuento que otra cosa que pensé cuando el pediatra me dijo que hasta el lunes no volvía al jardín fue: “medio mes de jardín  pagado al cuete”. Sépanlo, lo digo sin culpa. El invierno también me provoca esta sensación. Pagar el jardín y que no vaya por fiebre, tos, resfrío, gripes y demás. Un clásico que se repite hasta que se hacen un poco más grandes. Semanas y semanas de ausencias que no se corresponden con la cuota que llega puntualmente todos los meses para avisarme que pago por 15 días lo mismo que por 30.

Pero qué le vamos a hacer. Esperar sentados a que llegue la primavera y dejar pasar el invierno. Y sí, también vacunarlos. Puede ser una buena opción para que este año los colegios no pasen dos meses enteros con las puertas cerradas. Y ya que estamos, que los pediatras, no estén saturados de trabajo.

Ese es mi deseo para este invierno… que todavía no empezó.

V.

Day Off

Generalmente que un hijo se enferme es una preocupación primero y una desorganización después ya que hay que ver cómo sigue tu día a día si el pequeño se queda en casa.

Eso me pasó ayer.

La diferencia con otras veces, es que decidí tomármelo con soda y “compensar”. Claro, decidí aprovecharme de los beneficios de trabajar vía home office.

Como no tuvo nada serio, más que unas líneas de fiebre (pero fue lo suficientemente molesto para que no fuera al jardín y él que es un cuete, estuviera pachucho todo el día) lo dejé en casa conmigo y cada tanto chequeaba la compu como para contestar todos los mails.

Él tuvo su día libre y yo lo quise acompañar. Como podía hacerlo (y el día anterior estuvimos corriendo con Pau trabajando hasta último momento para entregar todo en tiempo y forma) me dediqué a mimarlo un poco sin culpa.

No les voy a mentir. Felipe encerrado por más que tenga fiebre y esté caído, llega un momento que se convierte en algo “insistente” con sus necesidades. La palabra “Barney” la escuché unas…¿50 veces en el día? y el DVD sigue calentito de tanto que lo hicimos trabajar… ¿y el león? toda la tarde me pidió un león que no termino de entender cuál es ni dónde está… y para callarlo un poco (efecto post antifebril, claro está) no tuve mejor idea que volver a ponerle… Barney. Sí, lo confieso. Tuvo sobredosis de TV. También pintamos y jugamos con sus libros y revistas, pero él tenía fiaca y ganas de estar en la cama (nuestra) y la cama inevitablemente le refiere a la tele que tiene enfrente y no lo puedo dominar. Todo un día en casa fue intenso.

Lo bueno fue que yo también me pude tomar el día. Pude trabajar en su siesta y chequear mails permanentemente. Me desconecté sin desconectarme ni sentirme agobiada por el trabajo.

Me pareció una buena vuelta de tuerca porque no siento haber desatendido nada.

Eso sí, al final del día, llegó su papá y el rato de juego entre ellos, me pareció una bendición del cielo. Genial tener la posibilidad de cuidarlo todo el día y no estresarme por ver qué hacía con él mientras yo salía a trabajar. Pero es agotador y súper demandante. Imposible negarlo.

Me encanta que mi trabajo me permita darme el lujo de cuidar a mi hijo si está enfermo. Y lo voy a volver a hacer en la medida de mis posibilidades.

Desde luego, a la hora de la cena, me puse a pelar papas con unas ganas locas que ni les cuento, mientras Feli estaba jugando ya en el baño con su papá. Nunca estuve tan contenta de pelar papas, les juro. Y creo que pelé como un kilo.

Es que fue un ratito de pensar en otra cosa. O de no pensar… en Barney… Y eso también me vino bien.

V.

Una más de la familia

Vengo de una familia numerosa. Somos cinco hermanos. Cuando éramos chicos, mamá trabajaba. De hecho, trabajó siempre. Por lo tanto, no le quedó otra que tener ayuda en casa. Una chica (hoy señora) que la ayudaba con la casa y también con nosotros, los entonces peques.

Hoy es a mí a quien le toca vivir esa situación. Mi familia no es tan numerosa, pero al trabajar en casa, obviamente necesito ayuda. Más que nada alguien que se ocupe de los chicos mientras yo me siento frente a la compu.

Hace ya más de un año que me encontré con la persona ideal. Buena persona (fundamental). Honesta y de mucha confianza (fundamental). Super cariñosa con los chicos (más que fundamental). Cocina espectacular (no fundamental pero claro que suma!). Rápida. Proactiva. Y miles de etcéteras.  Pero me quedo más que nada con que tiene pasión por mis hijos y éstos por ella. Todos le tomamos cariño y la sentimos como parte de la familia.

Esta semana, por razones que no tienen nada que ver con nosotros ni con su trabajo en casa, me dijo que renunciaba. Lo dijo casi con lágrimas en los ojos. Y después de explicar sus razones, me dijo: “No sé cómo voy a hacer para no ver más a los chicos”. Y yo pensaba: “No sé cómo voy a hacer para vivir sin vos”.

Siempre fui de decir que en un trabajo nadie es imprescindible. Pero en este caso, tuve que contradecirme. Porque más allá de todos las cualidades que ya les conté (que son muy difíciles de encontrar!), para nosotros ya no era alguien que venía a trabajar. Era casi una más de la familia. Así lo sentimos.

Así que amigas y amigos, estoy un poco de luto. Bastante. Con todo lo que esto implica. Sin ayuda. Con laburo por delante. Y sin ayuda. Con el inicio de clases. Y sin ayuda. Con mudanza en puerta. Y sin ayuda.

Pero a no desesperar. Tengo algunas opciones dando vueltas. Veremos qué tal resultan. Ya les contaré. Ahora pienso…si estas personas pasan a ser parte de nuestras familias tal como les describí anteriormente ¿no es loco tener que hacer una especie de “selección de personal” para elegir a quien pasará a formar parte de tu vida y de tu familia?

Sensación rara…

Paula

Es oficial, está decidido

A veces las cosas son lo que son y otras, son lo que son y lo que parecen. Para trabajar mejor, necesito un espacio propio donde Feli no esté dando vueltas y yo pueda concentrarme 100%.

Sencillamente no puedo alquilar una oficina. Tampoco pretendo mudarme en el corto plazo para tener una casa más grande y un estudio ahí (en el mediano plazo, sí lo pienso, pero ahora no).

Lo que resolví,  es comprarme una notebook, que me permita trabajar fuera de casa y tener un espacio independiente para esos momentos y así separar claramente, los momentos de trabajo con los de ocio y esparcimiento con Felipe ya que por razones lógicas, a Felipe con casi dos años, no puedo dejarlo mucho tiempo solo jugando. No se la banca.

No sé si es lo correcto. Es lo que más me cierra y con lo que vengo pensando desde hace un tiempo largo. Pero el crecimiento de Felipe y sus necesidades, así como las mías y las de mi trabajo, me hicieron tomar esta decisión de una manera más rápida y con menos vueltas.

Será que cuando uno necesita algo verdaderamente, la solución llega rápidamente. Y cuando lo que necesito es un espacio propio de trabajo, a falta de oficinas, buenas son las notebooks.

V.

Es dar lo mejor

Para mí, ser mamá, es dar lo mejor. Lo mejor que tengas, lo mejor que puedas. Pero siempre me pregunto qué es lo mejor.

Lo mejor es lo mejor para mi hijo? para mí? para los dos? Puede ser que lo mejor para él no sea lo mejor para mí o al revés?

A veces me parece que sí. Y eso me confunde un poco. Y pone a prueba todas las estructuras que conforman mi imaginario social, colectivo y hasta mi instinto maternal.

Ahora que terminan las clases, me estoy organizando para no aburrirlo todo el día en casa. Y estoy pensando en hacer cosas con amiguitos y al aire libre. El tema es que eso me “consume” mucho tiempo de mi día, que también necesito aprovechar para trabajar.

Como saben, trabajo por mi cuenta y desde casa la mayoría de las veces.

Es buenísimo, pero por momentos los espacios se empastan un poco. Y tengo que dejar de trabajar para cambiar pañales o dejar de jugar a embocar los aros en el palito para responder un mail.

Esos momentos se me mezclan mucho en la cabeza. Buscando lo mejor para él, quizás ando por un camino medio ambiguo que no lo beneficia tanto. Quizás tenga que separar mejor los espacios. Ser más clara. Y el verano me va a enfrentar a ese desafío.

Quizás me salga, quizás no.

Pero escribiendo estas líneas se me ocurrió pensar una cosa. En una de esas, ser mamá no es dar lo mejor. Ser mamá puede ser querer dar lo mejor. Con todo el amor del mundo. Con la mejor de las intenciones. Y que a veces funcione. Y otras, no. Mejor me relajo un poco con el tema, esto es prueba-error, ¿no?

V.