Sigo con los talleres de comunicación vincular en el colegio de Felipe. Ahora, ya están a cargo de los padres (el próximo encuentro lo coordino directamente yo con otra mamá). Salir de casa a la noche con ese frío polar que de pronto se despertó fue todo un tema, pero como siempre, agradezco haber asistido.
Resulta que como el lema del taller es “usar” la comunicación entre padres e hijos para prevenir algunas cuestiones profundas que hacen a las conductas adictivas entre los chicos y cuánto de eso está directamente relacionado con la autoestima, los papás, nos ponemos a hablar entre nosotros sobre diferentes temas que son disparadores de un montón de cuestiones. Que revuelven lo personal, que tocan las fibras íntimas, que mueven y conmueven. Pero no desde un lugar lacrimógeno. Sino para aprender de la propia experiencia como hijos y reproducir lo bueno y cambiar lo que no lo fue tanto.
Cada tanto, es bueno (útil y necesario) salir de la superficialidad que nos ataca continuamente y que queriendo o sin querer, reproducimos en nuestros vínculos.
Desde luego, no se trata de terapia de grupo ni mucho menos. Sí, de trabajar de a dos, en un espacio de charla cuasi íntimo donde confiás y te confían información. Y escuchar, escuchar mucho. No saben lo que uno aprende cuando cree saberlo todo en materia de escuchar al otro. Resulta que muchas veces uno no escucha, empata todo con su propia experiencia y a partir de allí, decodifica información, comenta, aconseja… cuánto mejor es tener una escucha más abierta, más activa, más latente… para devolverle al otro lo que realmente necesita, no lo que “me pasó a mí en relación con eso”.
Si ese ejercicio podemos aceitarlo y aprenderlo para trabajar con nuestros hijos, no saben cuánto camino tenemos allanado en materia de conformación de su propia autoestima y de fortalecimiento de nuestros vínculos con ellos. Aprender a escucharlos es aprender a reconocer qué quieren, qué necesitan, qué nos están diciendo. No sólo qué queremos nosotros para ellos. Imagínense el desafío en el que me metí con un hijo de dos años que habla muy poquito y una beba que todavía no nació… pero me siento genial yendo… es el mejor momento para empezar una actividad de este tipo.
Ayer hablamos de nuestro pasado como hijos, cuando vivíamos en casa de mamá y papá. Y no saben lo bueno que estuvo. Porque sirve para repensar, para reveer, para tener una mirada crítica sobre ellos en el mejor sentido: hacer conciente lo que estuvo bueno para reproducir y reconocer lo que no lo fue tanto. Aprender a no hacer un copy paste de esa relación. Reveer qué pasa con nuestros hermanos (los que tienen, por supuesto). Y cómo nos vinculamos desde siempre con ellos. No para hacer un revisionismo histórico freudiano sino, para poner un stop, para decir: esto fue lo que viví ¿quiero lo mismo para mis hijos? ¿por qué? y la pregunta que a mí más me interesa: ¿qué imagen queremos que nuestros hijos tengan de uno?
En lo personal, claro que toda esta evaluación tocó alguna fibra personal, sobre todo cuando pensé y repensé sobre mis vínculos con mis padres y esta manía sobreprotectora que no se va con el paso del tiempo, a pesar de convertirme en mamá… o la decisión de mamá de dejar de trabajar cuando quedó embarazada de mí que tanto me marcó. Será por eso que hoy camino casi al límite de la obsesión para no reproducir justamente eso que tanto me asfixió de chiquita.
Al contrario de lo parece, todo se da de una manera muy natural, muy amena. Todos los papás que asistimos queremos lo mismo para nuestros hijos y eso nos une y nos pone en un mismo nivel. Y a todos nos deja pensando.
Yo confirmé (una vez más) lo importante que es para una mamá continuar con su vida por fuera de los hijos, para sentirse llena, plena y poder disfrutar de todo. Cuando sus hijos están con ella y cuando sus hijos ya crecieron y dejaron el nido.
Tras dos horas de taller, la noche terminó con 3 llamadas perdidas de mamá, lo que me obligó a devolverle el llamado previendo una posible desgracia inminente. Al atender me dijo: “decíme que estás abrigada”. Esa es mi mamá. Y ahora de más grande, me da cariño, me da ternura. Si me miro de adolescente, sólo puedo pensar en una cosa: menos mal que hace 15 años atrás no existían los celulares.
¡Excelente fin de semana largo para todos!
V.