Olvidate que me acuerde
Ayer, día caótico. Nada salió como debía, pero no importa. Voy a un punto: el celular. ¿Cómo puede ser que esté(mos) tan súbditamente relacionados a punto tal de que su falla impacta en la organización del día a día?
Entre otras cosas, tuve una reunión en un café y esperé un rato largo hasta que decidí darla por suspendida porque no tenía cómo ubicar a los que iban a asistir. ¿El punto? Caí en que no recuerdo ningún número celular de memoria. Ni uno. Ni el de mi marido que uso todos los días. La bendita agenda hizo estragos mi capacidad de memorizar.
Cuando llegué a casa, me encontré con mi marido que me prestó su celu, la llamé a Pau y me dijo que todavía seguían ahí: ¡en el piso de arriba!. Ustedes dirán ¡qué naba! ¿nunca se te ocurrió subir? Yo, al menos me lo pregunté desde el segundo en el que me enteré dónde estaban finalmente. Es que nunca me imaginé un segundo nivel, desde mi óptica, el local terminaba ahí abajo, dónde yo estaba. No reparé en ninguna escalera ni nada similar. Mi única preocupación era ubicar telefónicamente a Paula.
Pero claro, olvidate que me acuerde de los teléfonos sin la agenda del celu. ¿Tendré que volver a las típicas agendas escritas tipo directorio viejo? ¿O agudizar mi memoria tal vez? mmm, no sé. Lo que sí sé, es que un día común no puede colapsar por no tener el celular disponible. No da.
V.

