Lecturas para pensar
Cuando la mujer queda embarazada (sea el primero o no), tiene una tendencia innata a querer buscar información, a interesarse por temas relacionados con la nueva maternidad que la llevan a “relacionarse” con especialistas en el área, entrar a diferentes webs, recibir newsletters, etc.
Gracias a eso, sé que Cata mide más o menos lo que un atado de acelga y pesa algo así como un melón. No sé por qué esta gente que me manda los newsletters está empecinada en comparar a mi hija con el mundo frutal y vegetal, pero entiendo que como comparación es bastante gráfica.
También ofrecen artículos de todo tipo escritos por especialistas. Y a algunos de ellos, les presto especial atención.
Ayer leí uno relacionado con el momento del “stop” para la embarazada que me interesó mucho. Tenía que ver con encontrar el momento justo de parar para “darle el debido respeto al embarazo” que éste se merece, sin idealizar la figura de la embarazada pero dándole un lugar de “nido” que en definitiva es lo que es el útero hasta que el niño se decide a conocer el mundo exterior que habitará durante toda su vida.
Hubo una parte que me llamó particularmente la atención. Y la cito: “Hay muchas miradas diferentes de la sociedad ante la embarazada: la de la envidia, la ingenua -que cree que todo es lindo en el embarazo-, la que cree que la embarazada es una discapacitada –que no puede hacer su vida normal, ni trabajar, ni tener relaciones sexuales- o la que la considera algo sagrado”, explica. A veces, son las propias mujeres las que no se dan su lugar, opina Brígida Morgenroth , especialista en cursos de pre y pos parto. “En ocasiones, la embarazada misma no se siente protagonista, no toma conciencia de los cambios que está viviendo, no vive con la intensidad suficiente su embarazo”.
Ahí paro yo la lectura y pienso: ¿qué es vivir con intensidad suficiente cada embarazo? ¿cuál es “la medida optima de intensidad” con la que se debe vivir? la verdad, no tengo una respuesta clara. Es inevitable pensar en este último tramo que estoy transitando, que pueden ser días o pueden ser horas, no dejé de trabajar, no sólo porque no quiero, sino porque tenemos varios pendientes que me ocupan la cabeza demasiado como para quedarme tranquila si me desligo por completo. El punto es, que no me creo una workaholic por eso, pero sí es cierto que siento que a esta altura con la panza anterior (y mucho menos trabajo) ya me había desligado por completo de todas mis obligaciones.
Sigo pensando entonces ¿vale la comparación entre ambas panzas? ¿vale pensar que me estoy perdiendo de algo? Creo que no. No sólo porque un segundo hijo es completamente distinto del primero, sino porque las circunstancias que lo rodean pueden cambiar y uno tiene que saber adaptarse a ellas. Lo que me encanta de esta segunda panza es justamente eso: que me permitió no desconectarme tanto del afuera, que Feli fue un cable a tierra continuo y que me sentí muy bien a lo largo de estos 9 meses pudiendo hacer todo, absolutamente todo lo que quería hacer.
Pero lo que más me gusta, es que creo que es un preludio para lo que viene. El post parto que con Felipe fue tan para adentro, con Cata forzosamente será distinto, y creo que distinto para mejor: con menos miedos, con más pedido de ayuda, con Felipe dando vueltas y con un trabajo que no quiero desatender. Encontrar el momento oportuno para volver a combinar ambos mundos va a ser el desafío esta vez. Como la anterior. Sólo que ahora creo que sé mejor cómo tengo que hacer las cosas.
V.

Va a salir todo bien, te vas a organizar y se te iràn las dudas, cada embarazo es diferente, cada parto tambièn lo es. Y cada hijo no es igual al otro…
Abrazo