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Cómo refutar los argumentos a favor de la eutanasia y el suicidio asistido

Por Adolfo J. Castañeda
Coordinador Auxiliar para Latinoamérica de Vida Humana Internacional


Introducción Presentamos a continuación algunas ideas que nos podrán ayudar a refutar los principales argumentos a favor de los crímenes de la eutanasia y del suicidio asistido. Como lo que diremos aquí se basa en lo que se ha dicho en las otras ventanas bajo este tema, recomendamos al lector que las visite, sobre todo las siguientes: La enseñanza de la Iglesia Católica sobre la eutanasia y el suicidio asistido La eutanasia y el suicidio asistido también están mal desde el punto de vista secular Alternativas a la eutanasia y el suicidio asistido En realidad lo que vamos a decir aquí es una especie de síntesis o de visión de conjunto de lo dicho en las ventanas mencionadas. Nuestro objetivo es proporcionarle al visitante una visión sintética de la mentalidad antivida de la eutanasia y el suicidio asistido, sus principales argumentos, la refutación de los mismos y la visión pro vida que debe sustituir a dicha mentalidad antivida. 1. Un planteamiento equivocado Los argumentos en pro de la eutanasia y el suicidio asistido explotan el miedo normal que todos le tenemos, no tanto a la muerte en sí, sino al sufrimiento y a la soledad ante ella. Este sufrimiento es causado muchas veces por el uso exagerado de “medios desproporcionados” de la medicina, es decir, medios que infligen cargas graves (dolores agudos, etc.) al enfermo y que son mayores que los beneficios que se suponían debían de ofrecerle. Como nadie quiere estar en esa situación, ni debe estarlo, los promotores de la eutanasia y del suicidio asistido se aprovechan de ese temor normal planteando una disyuntiva equivocada. ¿En qué consiste ese planteamiento equivocado de los promotores de la eutanasia y el suicidio asistido? Consiste en plantear dos alternativas extremas: (1) o le aplicamos la eutanasia al enfermo (2) o morirá irremediablemente lleno de dolor y sufrimiento. Lógicamente, este argumento suscitará la aceptación de muchos que creen equivocadamente que esas son las dos únicas opciones. La razón de ello es que mucha gente cree, equivocadamente también, que lo que enseña la religión o la medicina es que debemos mantener con vida al enfermo no importa los medios que se utilicen y que el no hacerlo constituye un acto de eutanasia. Entonces concluyen que ellos están también a favor de la eutanasia. Esto es un lamentable error. En primer lugar no es un acto de eutanasia el retirar o el negarse a proporcionar “medios desproporcionados”, siempre y cuando se respeten los legítimos deseos del enfermo (por favor, diríjase cuando pueda a las ventanas arriba mencionadas para una explicación más a fondo de esto). Por consiguiente no tenemos que mantener a un enfermo sufriendo grave e indefinidamente por causa del uso de unos “medios desproporcionados”. Esto implica que el planteamiento de los promotores de la eutanasia y el suicidio asistido está equivocado. Existe una tercera vía: que no es ni la de matar al enfermo por medio de la eutanasia y el suicidio asistido, ni tampoco la de dejarlo sufrir indefinidamente por causa de unos “medios desproporcionados”. Pero, ¿qué pasa cuando el enfermo sufre dolores intensos que no son el producto de unos “medios desproporcionados”? En esos casos, como ya se explicó en las ventanas arriba mencionadas, podemos utilizar, de forma adecuada, los analgésicos o calmantes que la auténtica medicina proporcione. Puede ser que esos analgésicos tengan como efecto colateral la aproximación de la muerte o la pérdida de la consciencia, parcial o completa. Sin embargo, aún el uso de tales calmantes puede ser lícito si se cumplen las siguientes condiciones, las cuales son muy razonables y de sentido común: (1) no hay otra alternativa mejor (no hay disponibles otros analgésicos que no tengan estos efectos), (2) no hay más nada que se pueda hacer, (3) se trata de un dolor grave que experimenta un paciente terminal, y (4) el enfermo ya cumplió o puede razonablemente cumplir con sus deberes graves: arreglar sus asuntos familiares, recibir los sacramentos, etc. La intención aquí no es matar al enfermo por medio de fármacos para entonces aliviarle sus sufrimientos, sino la de aliviarle sus sufrimientos por medio de medicinas adecuadas, aún corriendo el riesgo de que la muerte se aproxime más rápidamente por ello o que pierda la consciencia, parcial o completamente, siempre y cuando haya graves motivos. Muchos de los que están a favor de la eutanasia y del suicidio asistido, alegan falsamente de que este argumento sobre los analgésicos es hipócrita porque, dicen ellos, es el mismo acto de dar una medicina que en definitiva puede matar al enfermo y que lo único que cambia es la intención nuestra. A esos tales respondemos que no se trata sólo de la buena intención, sino de proporcionar al enfermo una dosis adecuada a su dolor. Muchas veces la eutanasia ocurre cuando los médicos partidarios de ella proporcionan dosis que ellos saben matarán de seguro al enfermo. Pero cuando un médico que respeta la vida proporciona un analgésico cuya dosis está encaminada a aliviar el dolor, pero que al mismo tiempo y lamentablemente puede tener un efecto ulterior no deseado de acelerar el proceso de la muerte y hay motivos serios de por medio para proporcionar dicha medicina (los que mencionamos antes), entonces no hay ninguna razón para llamarle a ese acto “eutanasia” ni “suicidio asistido”. Está claro que no es un acto de hipocresía, sino que se hizo lo mejor que se pudo en una situación difícil. Está claro también que si el médico pro vida tuviera a su disposición un analgésico mejor, uno que no tuviera los efectos mencionados, utilizara ése y no otro. El problema muchas veces es que muchos médicos no han sido entrenados adecuadamente en el tratamiento paliativo y por eso es que se cree que no hay alternativas. Aquí amerita aclarar un punto muy importante: si bien estamos obligados moralmente a nunca matar directamente a un inocente, sino a respetar su vida siempre; esto no implica que debamos mantener su vida a toda costa y con cualquier medio (de nuevo remitimos a las ventanas arriba mencionadas para una explicación más detallada). Recordemos que la vida corporal es un bien muy elevado, incluso es el más fundamental, la base y condición de todos los demás, pero no es el bien más grande que existe, la vida espiritual es más importante. Puede ser que la serenidad espiritual de un enfermo terminal peligre ante la experiencia de un dolor muy intenso, entonces, con el uso adecuado de analgésicos para calmar el dolor, y no para matar, tratamos de mitigárselo, aunque se corra el riesgo (de nuevo, por graves motivos), de que se aproxime la muerte o la pérdida de la consciencia. Resumiendo, ante el dolor de un enfermo terminal, no estamos obligados a utilizar o a mantener el uso de “medios desproporcionados”. Sí estamos obligados a proporcionarle las curas necesarias al enfermo, como el agua, la alimentación (oral o médica), las medicinas, los calmantes, la ventilación adecuada, la atención higiénica y del confort y, por encima de todo, el amor y la solidaridad. No tenemos por qué ni debemos matar al enfermo ni dejarlo sufrir indefinidamente. La eutanasia y el suicidio asistido constituyen una hipocresía y una falsa “compasión” que buscan la vía fácil, egoísta y cómoda para resolver los problemas, en vez de sacrificarse por el enfermo y darle nuestro amor y compasión. 2. El falso “derecho” a morir y el derecho a vivir Los que promueven la eutanasia y el suicidio asistido hablan del “derecho a morir”. En realidad todos nos vamos a morir, de manera que no hace falta inventar un “derecho” para ello, la naturaleza, queramos o no, se encargará de que nos muramos. No tenemos por qué, ni debemos apurarnos en este asunto. Si lo que se quiere decir con “derecho a morir” es que todo ser humano tiene el derecho a morir en paz y dignidad, cuando la muerte natural le llegue, entonces no hay nada que objetar. Pero lamentablemente eso no es lo que los partidarios de estos crímenes quieren decir con el falso “derecho” a morir. Lo que ellos quieren decir es que la persona tiene el “derecho” a que le apliquen la eutanasia, el suicidio asistido o a suicidarse, incluso cuando ella lo estime conveniente. Estos activistas llegan también a decir la barbaridad de que el acto de matarse a uno mismo o de procurar la ayuda de otros para lograrlo es un “acto final de autodeterminación”, “liberación” o “muerte misericordiosa” (”mercy killing”). Todos estos términos son eufemismos, es decir, frases bonitas pero engañosas, que intentan esconder la terrible realidad que se pretende promover: la eutanasia, el suicidio asistido y el suicidio. Pero quizás lo que más quieren ocultar los partidarios de estos crímenes es el egoísmo de los saludables para con los enfermos. Cuando una sociedad crea una mentalidad propicia a la eutanasia y al suicidio asistido, en realidad le está diciendo a los ancianos, a los enfermos terminales y a los familiares de los pacientes comatosos: “Miren, no le vamos a ayudar, no vamos a estar con ustedes para aliviarles el dolor o para ayudarles a cargar sus cargas, sino que vamos a ‘ayudarles’ a que se quiten del medio o vamos a hacerlo con su consentimiento o incluso sin él.” No existe el “derecho” a quitarse la vida ni a pedir que otros nos la quiten, ni tampoco, por supuesto a quitársela a otro, aunque nos lo pida. Las súplicas de un enfermo o anciano de que lo matemos no son tanto una petición de muerte, sino un grito de desesperación de una persona en una situación vulnerable ante el dolor. ¿Vamos a abandonar a esa persona en esa situación o vamos a ayudarla a salir de ella para que recupere sus cabales y reciba el amor, la solidaridad y la paz que necesita antes de morir de forma natural? Es una hipocresía inconcebible decir que el enfermo terminal tiene el “derecho” a decidir su destino (la muerte), cuando en realidad su situación mental (a veces causada por los que lo rodean con una mentalidad en pro de la eutanasia) es lo que lo ha llevado a ese momento de desesperación y cuando es él y no nosotros el que está pidiendo eso. Sin embargo, independientemente de una condición de intensa vulnerabilidad psicológica, el suicido (asistido o no) y, por supuesto, la eutanasia siempre son actos graves y nunca lícitos. Algunos objetan que por qué el “derecho” a morir por la propia mano no existe, si es la propia persona la que lo decide. Respondamos a este argumento parte por parte. En primer lugar se trata de un argumento circular y por tanto falaz. Decir: “yo tengo el derecho a suicidarme porque yo lo decido” no prueba absolutamente nada. En el fondo implica que la decisión propia lo justifica todo, lo cual es una aberración y la destrucción, a nivel de principio, no sólo de la vida misma, sino de la convivencia social. Pero lo peor de esta mentalidad es la concepción errada de la persona humana que está a la base de la misma. En efecto, si yo digo que es lícito matar a alguien, ayudarlo a que se mate o matarme a mí mismo porque está (o estoy) sufriendo o porque su (o mi) vida “carece de la calidad o sentido suficiente”, entonces yo estoy diciendo que la vida humana y en último caso la persona humana tiene un valor extrínseco y relativo, es decir, condicionado a la posesión de ciertas cualidades o ventajas. Estoy diciendo que la persona humana carece de una dignidad o valor intrínseco y absoluto, es decir, que no vale por el mero hecho de ser persona, sino a condición de que posea ciertas cualidades (de salud, etc.) que la sociedad considera necesarias para que merezca seguir viviendo. Esa forma de pensar, ademas de inhumana y equivocada, es extremadamente peligrosa, ya que conlleva a un declive resbaloso e interminable de muerte. En efecto, los promotores de la eutanasia y del suicidio asistido comenzaron con retirarle el agua y los alimentos a los pacientes comatosos, luego promovieron la falsa “solución” de darle una inyección letal con el consentimiento de sus familiares, ahora en Holanda están matando a los pacientes terminales y a los ancianitos aún sin su consentimiento, luego continuarán eliminando aún a aquellos que no son pacientes terminales ni pacientes graves ni ancianos. El “control de calidad” no tendrá fin. La razón fundamental de que nadie tenga el “derecho” a matarse o ayudar a otros a hacerlo es porque todos tenemos una dignidad, es decir, un valor intrínseco y absoluto, y los valores así no se destruyen, se protegen y se aman. En realidad la base de la salud mental y del mismo amor es el valor de la persona. Si yo pierdo el sentido de mi propio valor o dignidad (la dignidad nunca se pierde, no importa en qué condición me encuentre, pero el sentido si puede perderse, aunque no debería perderse), si yo pierdo, repito, el sentido de mi propia dignidad, eso equivale a perder mi auto-estima y mi salud mental. Lo que yo necesito en ese caso es que me ayuden a recuperar ese sentido, esa autoconsciencia de mi propio valor como persona, no que me “ayuden” a liquidarme. Si la sociedad pierde el sentido o la conciencia del valor incondicional de la persona humana, perderá también la capacidad de amar incondicionalmente, ya que el amor y el valor son realidades correlativas, no se ama lo que no se percibe como un valor. ¿Qué será entonces de nuestra sociedad, de nuestras familias, de nuestros matrimonios? Si los esposos no se aman de esa manera, si los padres no aman a sus hijos de esa manera y viceversa, si los ciudadanos no se aman o al menos no se respetan de esa manera, ¿qué pasará con las generaciones posteriores, cómo crecerán nuestros hijos, qué clase de ser humano tendremos en el futuro? Una sociedad que no es capaz de servir auténticamente (eso es amar) a sus miembros más débiles ha perdido el sentido de su propia humanidad y de lo que significa ser civilizado y se ha convertido en una sociedad caracterizada por la barbarie, una sociedad donde el hombre es el lobo del hombre, donde se pisotea ese derecho y ese deseo que está sembrado en lo más profundo del corazón de toda persona, lo admita explícitamente o no, de que lo traten como persona y no como una cosa, que lo traten como un fin en sí misma y no como un medio para otro fin. La mentalidad en pro de la eutanasia y del suicidio asistido lleva en sí misma el germen de la destrucción social y de lo que significa ser persona, por ello debe ser denunciada y refutada por todos los medios legítimos a nuestro alcance. Pero no sólo eso, debe ser también sustituida por una mentalidad a favor de la vida y del amor, por una mentalidad a favor de la protección de los más débiles y enfermos, por un progreso adecuado en el campo de la salud, por una mentalidad creadora de formas cada vez mejores de compasión y ternura y por un correspondiente léxico pro vida: “persona” no “vegetal”, “vida humana” no “vida sin sentido”, etc. En definitiva se trata de construir una civilización en pro de la persona y no en contra de ella.

¿Qué es la anticoncepción de emergencia?

Por Miguel Fuentes

El término “contracepción o anticoncepción de emergencia”, indica un conjunto de prácticas puestas en acto para impedir un embarazo eventual no deseado, cuyo mecanismo de acción es el de contrarrestar el desarrollo del embrión humano, una vez que se ha llevado a cabo la fecundación. Dado que no puede excluirse que el acto sexual, haya tenido lugar, varios días antes de la ovulación, la “contracepción de emergencia”, puede actuar, a veces, bloqueando la ovulación, pero se trata, sobre todo, de una acción directa sobre el embrión, y por consiguiente de una práctica “abortiva”. El término “de emergencia” indica que tales prácticas se deben emplear en un tiempo inmediatamente posterior al acto sexual que se presume fecundante. Entre las motivaciones adoptadas de quienes sostienen tal campaña a favor de la “contracepción de emergencia”, estaría la de contener los efectos de los “fracasos” de la contracepción así llamada “ordinaria”, y de reducir el porcentaje de mujeres que no utilizan ninguna técnica contraceptiva, y recurrirían, por ello, ocasional o repetidamente al aborto quirúrgico como instrumento de control de la natalidad. Aborto que, en determinadas situaciones, viene considerado como inseguro para la mujer. Esta práctica (abortiva) del control de los nacimientos viene siendo empleada desde hace varios años por algunos países del Norte de Europa y de Norte América. Hoy en día hay una enconada campaña para difundirla en países en vías de desarrollo, muchas veces aprovechando condiciones de catástrofes (guerra, carestía, migraciones en masa, etc.). Las formas que hoy se usan en la “contracepción de emergencia” son: el suministro repetido de muy altas dosis de estrógenos, o de elevadas cantidades de una combinación de estrógenos y progestágenos, o de solo progestágenos; el suministro de danazol; la inserción de la espiral o DIU (dispositivo intrauterino). En algunos países se usa también la mefiprestona, mejor conocida como RU486, que actúa –al igual que el danazol–, impidiendo el implante del embrión fecundado (aunque también actúa en períodos más avanzados del embarazo). Resulta claro que el mecanismo de acción de la así llamada “contracepción de emergencia” se explica en la mayoría de los casos, impidiendo que un embrión fecundado se anide en la pared uterina y que continúe su desarrollo. Se ocasiona, en otras palabras, un aborto, es decir, la muerte de un ser humano concebido recientemente. Por este motivo es un contrasentido que en la literatura especializada se afirme que la “contracepción de emergencia” no actúa como un mecanismo abortivo o que gracias a la “contracepción de emergencia” se reduce el porcentaje de los abortos. A una afirmación tal se ha llegado por considerar que el embarazo comienza con la implantación del embrión en las paredes uterinas (por lo tanto no antes del sexto día, como límite mínimo, y no después del día 14, como límite máximo); el embrión es llamado “pre-embrión”; y el aborto se considera como tal, sólo si ocurre después de la implantación. En consecuencia –se dice– la “contracepción de emergencia” , si se actúa antes de la implantación, no determinaría el aborto de un embarazo ya iniciado: el efecto sería únicamente el de “impedir la nidación del embrión en el útero”. Sin embargo, diga lo que se diga, la supresión de una vida humana en cualquiera de sus fases es un aborto. Por tanto, es necesario volver a otorgar el significado correcto a cada término, de forma que todos sepan cuál es la realidad que comporta la “contracepción de emergencia”. Y esta realidad debe interpelar la conciencia de cada uno, particularmente de los operadores sanitarios (médicos, enfermeras, farmacéuticos, etc.) que deben estar capacitados para presentar una objeción de conciencia si –en nombre de la dignidad de la persona– no quieren cooperar, mediante la prescripción o la administración de tales productos, al asesinato de individuos humanos. El hecho de que estos productos puedan tener en algunos casos sólo un efecto anovulatorio o que no tengan ningún efecto en el caso en el que no exista una fecundación, no modifica el juicio ético sobre tal práctica. De hecho, al recurrir a la “contracepción de emergencia” se asume voluntaria y deliberadamente el riesgo de provocar un aborto. En otras palabras, si sucediera un embarazo, la mujer o el médico se habrían decidido por el aborto. Bibliografía para profundizar: Centro de Bioética de la Universidad del Sacro Cuore (Roma), Declaración sobre la llamada “contracepción de emergencia” (8/03/1997). Nota: Este artículo fue publicado en el boletín de Catholic.net de enero 23, 2004. Para recibir este excelente boletín escriba a : newsletter4@loring.catholic.net.

“Anticoncepción de emergencia”

Declaración sobre el comienzo de la vida humana de la Comisión Nacional de Etica Biomédica de Argentina


Con motivo de una causa judicial, en la que se pide prohibir la fabricación y comercialización de una píldora de “anticoncepción de emergencia”, el Ministro de Salud de la República Argentina solicitó a la Comisión Nacional de Bioética que se expidiera sobre cuál es el momento del inicio de la vida humana. La Comisión, creada mediante Decreto de Presidencia de la Nación No. 426/88, se reunió en la Ciudad de Buenos Aires, el 30 de septiembre de 1.999, según el Acta Pertinente. De la misma surge que la inmensa mayoría de los participantes declararon que la vida comienza en el instante de la fecundación, no de la implantación del óvulo fecundado. Encontrándose presentes los señores Dr. Adrián Crescenti, Dr. Juan Alfredo Louge, Dr. Lino Barañao, Pbro. Julio Méndez, R.P.Juan Carlos Meinvielle, Dr. León Isaac Bernstein, Dr. Pedro Tabuenca, Dr. Roberto Bedrossian, Sr. Demóstenes Stefanides, Dr. Jaime Elías Bortz, Dr. Jorge A. Insúa, Dr. Hugo O.M.Obliglio, Dr. Luis Allegro, Dr. Rolando Hereñú, Dr. José Merlo, Dr. José Nucci, Dra. Alicia Verme, Dr. Carlos Ortega, Dr. Oscar González Carrizo, luego de un intercambio de opiniones entre los presentes, se somete a votación la siguiente pregunta: ¿Cuándo comienza la existencia de una vida humana? Toma la palabra el Dr. Pedro Tabuenca, representante de la Universidad Adventista Del Plata: “La vida humana comienza en el instante de la concepción”. Luego lo hace el Dr. Luis Allegro, en representación de la Asociación Médica Argentina, en común con el Dr. Rolando Hereñú y expresa que el voto es el siguiente: “Que el comienzo de la vida humana se produce en el momento de la unión de los dos gametos, masculino y femenino, esto es, del espermatozoide con el óvulo”. El Dr. Jorge A. Insúa, en representación de la Academia Nacional de Medicina, expresa: “Consideramos que el ser humano existe desde el momento de la unión de los dos gametos, en ese estado es un ser humano en estado embrionario, y que entonces el comienzo de la vida es la unión de los dos gametos”. El Dr. José Nucci, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Tucumán, dice: “La vida humana comienza con la unión de dos gametos”. El Dr. Demóstenes Stefanides, de la Iglesia Ortodoxa Griega, se adhiere a la definición del Dr. Allegro. El Dr. Jaime Elías Bortz, en representación del Seminario Rabínico Latinoamericano, dijo: “La vida humana comienza en un momento de difícil precisión y el producto de la concepción, de acuerdo a autoridades rabínicas legales, adquiere status jurídico de persona en el momento de su nacimiento”. El Dr. José Merlo, que representa a la Iglesia Evangélica Metodista, expone: “La vida comienza en la unión del espermatozoide con el óvulo, es el momento de la concepción, que figura, por otra parte, en nuestra Constitución Nacional, artículo 75, inciso 22″. El Dr. Daniel Adrián Crescenti, de la Excelentísima Corte, expresa: El comienzo del desarrollo de la vida humana se establece en el momento de la concepción, es decir, cuando el espermatozoide fecunda al óvulo, momento a partir del cual se sucede una serie de mecanismos biológicos, químicos, moleculares, físicos, etc., que permiten que el nuevo ser adquiera características humanas». El Dr. Hugo O.M. Obiglio, de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, expresó: “La vida humana comienza desde la concepción, que ocurre con el contacto entre el espermatozoide y el óvulo. Se ha definido, al respecto, la Academia Nacional de Medicina, y figura en nuestra Constitución Nacional». El Dr. Juan Alfredo Louge, en representación del Ministerio de Justicia, expone: “La vida humana comienza desde el momento de la concepción, así lo establece nuestra Constitución Nacional». Adhiere al voto del Dr. Obiglio. El presbítero Juan Carlos Meinvielle, en representación de la Conferencia Episcopal Argentina, expresa: “Cada ser humano existe y comienza su desarrollo a partir de la unión de los gametos”. El Dr. Roberto Bedrossian, en representación de la Convención Evangélica Bautista, deja constancia de que también opina como médico y por haber ejercido el profesorado de Ciencias Biológicas durante muchos años, dice: “El proceso embrionario o concepción comienza con la unión de los gametos femenino y masculino, es decir, con la fecundación”. La Dra. Alicia Verme, en representación del Ministerio de Salud y Acción Social, adhiere a la posición del Dr. Obiglio. El Dr. Oscar González Carrizo, en representación del Ministerio de Salud y Acción Social, adhiere a la posición del Dr. Allegro.

Eutanasia:Cuando el mèdico mata al paciente

Por el Dr. J.C. Willke


Calificar la eutanasia llamándola activa o pasiva, directa o indirecta, voluntaria o involuntaria, o suicidio asistido sólo logra confundir. Hipócrates vivió en el siglo IV antes de Cristo. Hasta entonces, el médico cumplía una doble función; una era curar…¡la otra matar! La gran contribución de Hipócrates, que pasó a la era Cristiana y guió la profesión de médico durante los siguientes dos milenios, fue la de separar la función de curar y la de matar del médico. A partir de entonces, el médico solo curaría. A través de los siglos, el juramento hipocrático ha contenido la frase, primun non nocere, “en primer lugar, no hacer daño”. En la actualidad, los médicos que se gradúan ya no toman el juramento hipocrático. Con el aborto y el apresuramiento para legalizar la eutanasia, los médicos, trágicamente, han vuelto a asumir esa doble función. EL PRECIO DE LA VIDA Cuando se da el paso gigantesco de ponerle un precio a la vida juzgando que tiene solamente un valor relativo, el resultado es fatal, porque los precios pueden ser rebajados. Los nazis los rebajaron; Holanda los rebajó; el aborto ha demostrado lo mismo. Cuidado con cometer errores, las consecuencias pueden ser terribles. Recordemos a William L. Shirer que entrevistó a un juez nazi procesado y condenado a muerte en Nuremberg. El juez lloraba diciendo, “¿Cómo pudo suceder algo así?” El Sr. Shirer respondió, “Señor juez, sucedió la primera vez que usted autorizó matar una vida inocente.” TUBOS Y MÁS TUBOS Los partidarios de la eutanasia no dudan en acusar a los médicos de no permitir al paciente morir en paz. El típico cuadro que presentan es el de un anciano atado a una cama, agonizando, en constante dolor y con tubos en todos los orificios naturales de su cuerpo y en algunos artificiales. El médico trata de mantenerlo vivo, quizás para obtener un mayor honorario o quizás porque no quiere admitir que ha perdido la batalla para salvar una vida. Una observación común entre personas retiradas es: ” No quiero que se me mantenga vivo con todos esos tubos y mediante tratamientos caros y dolorosos.” MEJOR UN CUIDADO COMPASIVO Años atrás, los tratamientos capaces de salvar vidas eran limitados. Con mucha frecuencia, la misión del médico consistía en reconfortar y eliminar el dolor mientras el paciente se dirigía a una muerte inevitable. Más adelante, con el desarrollo de antibióticos, cirugías más adelantadas, unidades de terapia intensiva y coronaria y nuevos fármacos, se hizo posible evitar la muerte. Para los médicos hubo un largo proceso de aprendizaje, desde los excesos para mantener viva “demasiado tiempo” a una persona agonizante, hasta aprender a “desistir” y permitir que ocurra la muerte natural. Hoy, casi todos los médicos saben tratar muy bien a sus pacientes terminales. UNIDADES DE CUIDADOS INTENSIVOS ¿ Es la unidad de cuidados intensivos (U.C.I.) un lugar tan aterrador y doloroso que los pacientes no quieren volver al mismo? Un estudio importante arroja luz sobre esto. (1) A pacientes ancianos que fueron previamente tratados en una unidad de cuidados intensivos, se les preguntó si estaban dispuestos a someterse nuevamente a un tratamiento en la U.C.I. ” si el mismo prolongaba su vida de la mejor manera posible” durante 10 años. El 96% de los pacientes respondió que sí. El porcentaje permaneció alto cuando se les hizo la misma pregunta pero reduciendo el tiempo a 5 años, 2 años, 1 año ó 6meses. El 76% aun dijo sí aunque se le prolongara la vida durante un solo mes. BIOLÓGICAMENTE TENACES Los pacientes terminales, acaban muriendo. Aunque los partidarios de la eutanasia hablan constantemente sobre esos casos, no son su verdadero objetivo. Son más bien aquellos que se piensa que deben morir, pero que no mueren… los biológicamente tenaces. Por lo general, tales personas no sufren dolor y sus vidas no dependen de aparatos terapéuticos, pero son, según el juicio de muchos, una carga para la sociedad. Se trata de las personas con derrames cerebrales, esclerosis múltiple, enfermedad de Lou Gehrig, daños cerebrales, tetraplegia, etc. EL DOLOR La bibliografía en favor de la eutanasia enfatiza continuamente el dolor constante, imposible de aliviar, insoportable, agonizante… Salvo raras excepciones, el dolor físico se puede controlar. Un sano consejo cuando se confronta el problema de que un ser querido padece dolor constante, es “busque otro médico”. Si el médico propio no puede controlar el dolor, busque otro que lo haga. “El reclamo de que el dolor físico agudo es una razón válida para matar a un paciente no tiene fundamento”. (2) El segundo tipo de dolor que constituye la razón principal por la cual hay algunas personas que pueden llegar a sentir deseos de ser eliminadas, es el dolor emocional, la desesperación, la pérdida de la esperanza, la falta de amor, la angustia, la soledad, la pérdida de la dignidad, cansarse de la vida y no querer depender de otros. EL SUICIDIO El suicidio entre aquellos que padecen serias discapacidades prácticamente no existe. Son las personas “normales” a su alrededor las que consideran que su calidad de vida es inaceptable y las que desean su muerte. (3) Salvo raras excepciones, los que cometen suicidio están deprimidos. La depresión clínica es por lo general una disfunción bioquímica que puede ser aliviada mediante tratamiento a base de fármacos. Más de la mitad de aquéllos que cometen suicidio han visitado a un médico el mes anterior. Sus quejas más comunes fueron insomnio, falta de apetito, fatiga y otros síntomas típicos de la depresión clínica. Desgraciadamente, muchos médicos no diagnostican ni tratan una depresión latente. Generalmente los pacientes que tienen deseos de morir comparten estos sentimientos con personas de su entorno. Si después de consultar sus preocupaciones continúan sintiéndose de esa manera y llegan a pedir el suicidio o lo cometen, dependerá mucho de la respuesta que reciban de estas personas. (4) ALIMENTO Y AGUA Cuidados básicos: consisten en hacer que el paciente se encuentre cómodo y suministrar atención y cariño. Esto incluye, sábanas limpias, habitación acogedora, una sonrisa, un baño, posición apropiada, almohadas, alimento, agua y cuidados personales. Cuidados terapéuticos: incluyen el uso de fármacos, cirugía y otros cuidados dirigidos a curar una enfermedad, reparar una lesión, extirpar un tumor, etc.… La terapia puede ser dividida entre la habitual, como dar antibióticos, entablillar un hueso roto, operar un apéndice; y la extraordinaria, como cirugía de corazón, transplante de órganos, etc. El cuidador ha sido siempre considerado negligente si no brinda el cuidado básico; es su deber. El tratamiento extraordinario nunca ha sido obligatorio y ha sido juzgado a la luz de muchos factores. Prioridades confundidas: algunos ahora han cambiado el alimento y el agua de la categoría de “cuidados básicos” a la de “tratamiento”. Por tanto, si se toma la decisión de detener el “tratamiento”, el alimento y el agua pueden ser retirados. Si el doctor retira la terapia, el paciente a veces muere. Si el doctor retira el alimento y el agua, el paciente siempre muere, y de forma dolorosa. Retirar el alimento y el agua no implica “dejarlo morir”, implica “hacerlo morir”. ¿Alimento y agua?: cuando un paciente es incapaz de tragar, hay otros medios de darle alimento y agua. Los sueros intravenosos se utilizan temporalmente durante el periodo post-operatorio; después se puede suministrar alimento y agua durante semanas a través de un tubo naso-gástrico. Si el paciente tiene incapacidad permanente para tragar, se le puede insertar un tubo en el estómago a través de la cavidad abdominal. Esto proporciona al paciente una forma permanente, conveniente e indolora de alimentarse. La alimentación por medio de estos tubos es un método limpio, barato y efectivo, y utiliza simples batidos de leche. No manchan ropa ni sábanas y el cuidador sabe exactamente la cantidad de alimento consumida. Los partidarios de la eutanasia etiquetan los tres métodos anteriores como “alimentación artificial”; cuando en realidad son métodos de “administración artificial” de alimentos. ES LEGAL EN HOLANDA Desde que se legalizó la eutanasia en Holanda, lo que comenzó aplicándose sólo en casos extraordinarios, se ha transformado en rutina. Veinte mil de las 130.000 personas que mueren cada año en ese país son matadas o ayudadas a morir por médicos. ¡La mitad de las mismas no pidió morir! Estas incluyen ahora recién nacidos cuya calidad de vida se considera deficiente y adultos (e incluso adolescentes) depresivos en buenas condiciones físicas. (5) Miembros de una organización visitan rutinariamente a los ancianos hospitalizados para revisar sus casos y prevenir que sus médicos los maten. (6) La Asociación Holandesa de Pacientes colocó una advertencia en la prensa denunciando que, en muchos hospitales, los pacientes son matados sin su permiso o conocimiento ni el de sus familiares. El anuncio aconsejaba a los pacientes y a sus familias informarse cuidadosamente sobre cada paso del tratamiento y, en caso de duda, consultar a un experto confiable fuera del hospital. (7,8,9) Los jueces han establecido los requisitos que deben ser cumplidos antes de que un médico mate a un paciente. Los mismos incluyen peticiones para morir voluntarias y repetidas, dolor incontrolable, fuerza mayor (el médico no tiene otra opción), testigos y dos médicos que lo corroboren. Pero pocos de estos requisitos son considerados y el requisito de petición voluntaria por una persona en el uso de sus facultades mentales, hecho repetidamente, ha sido rutinariamente ignorado. CAMBIÉ DE IDEA Lo que el anciano dice en la reunión de la iglesia o aún en el consultorio del médico no es necesariamente lo que el mismo paciente dirá cuando realmente se tenga que enfrentar con la posibilidad de morir. La vida, a pesar de sus limitaciones, es un bien al cual la mayoría se aferra. NECESIDAD DE EDUCAR Cuanto más sabe la gente sobre el cuidado de los enfermos terminales, y los pros y los contras de la eutanasia, menos la apoyan. (10) Entre los médicos, el apoyo a la eutanasia es mayor entre aquellos que menos saben sobre ella. (11) OTRAS RAZONES Los médicos con frecuencia se equivocan al determinar que un paciente va a morir. Cuando los únicos testigos vivos son el médico y aquellos que quieren que el paciente muera, ¿quién confirmará que el paciente realmente pidió morir? Si la sociedad aprueba la eutanasia, ¿cuántos ancianos la pedirán para dejar de ser una carga para sus seres queridos? ¿Es de verdad voluntaria lo que llamamos “eutanasia voluntaria”? Los médicos y la familia pueden presionar a un paciente vulnerable para que pida la muerte. En Holanda todo el progreso logrado para ofrecer cuidados paliativos de calidad ha desaparecido y sólo quedan unos pocos centros; mientras que en Inglaterra, donde la eutanasia está prohibida, hay más de 300. Debido al costo que supone atender al creciente número de ancianos de EE.UU. los cuidados paliativos de calidad estarían cada vez menos disponibles si la eutanasia fuese legal. RESUMEN Supuestamente, la eutanasia resuelve un problema en nombre de ideales de compasión y autonomía. Pero sus defensores promueven medidas que, a pesar de sus buenas intenciones, resultan coercitivas y crueles. Si logran su propósito, esa actividad deshumanizará a los ancianos tanto o más que cualquier otro abuso indiscriminado de la tecnología médica. (12) La tragedia que recaerá sobre los pacientes depresivos y con tendencias suicidas sólo será igualada por la que vivirán los enfermos terminales, particularmente los ancianos y las personas pobres. El suicidio asistido y la eutanasia se transformarán en la forma rutinaria de tratar las enfermedades graves y terminales, como ya ocurre en Holanda; y los cuidados paliativos serán recortados para todos. (13) “Cuando los pacientes terminales reciben cuidados paliativos apropiados y apoyo afectivo, el deseo de suicidarse desaparece”. EL PAPEL DEL MÉDICO Durante más de 2000 años la gente ha confiado en sus médicos para que “no hagan daño”. Esta confianza ha sido severamente socavada por el aborto legal. Por favor, que no se continúe destruyendo esa confianza asignándoles nuevamente el papel de verdugos. Las Asociaciones de Médicos de EEUU, Australia y Canadá, han condenado la eutanasia. J.C. WILLKE, M.D. Patient…Preference for Med. I.C.U., Danis y otros, JAMA 12 de agosto de 1988, Vol. 260, No. 6, págs. 797-802.
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H. Hendrin, Seduced by death, W. Norton, 1996, pág. 218.
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Nota: Este es el texto de un folleto publicado por Hayes Publishing Company y traducido por Vida Humana Internacional (VHI). Se puede obtener de VHI o de Hayes Publishing Company, a razón de : 100/$23 (más gastos de envío); 500/$100 (más gastos de envío); 1000/$170 (más gastos de envío). Diríjase al catálogo de VHI o a Hayes Publishing Co. Inc., 6304 Hamilton Ave, Cincinnati, Ohio, 45224. Tel: (513) 681-7559; Fax: (513) 681-9298; E-mail: hayespub@aol.com. También está disponible el libro “Suicidio asistido y eutanasia” del mismo autor, a través de VHI. Su costo es $7.95 (más gastos de envío).


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