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CRISIS – ESTANFLACIÓN Y CONFUSIÓN: 1973-81

 La ofensiva neoliberal y monetarista contra la teoría y la política convencional keynesiana se desataría en la década de los setenta, pero no fue fácil el ascenso hasta las cumbres gubernamentales. En estos años los problemas contradictorios produjeron políticas igualmente contradictorias, que llevaron a los policymakers a nadar entre dos aguas peligrosas. Es hasta fines de la década que se adoptan políticas antiinflacionarias basadas en medidas monetaristas, aunque todavía de manera superficial, pero la orientación ya había sido tomada. Será en los ochenta cuando se realicen las principales transformaciones estructurales, basadas en el liberalismo monetarismo; desde Inglaterra, la cuna del keynesianismo, y en Estados Unidos, se daría la señal de arranque, para ser inmediatamente seguidos por otros gobiernos de economías desarrolladas. La adopción de políticas recesivas, antiestatales y antilaborales, no fueron comprendidas por muchos teóricos y funcionarios desplazados sino como medidas insensatas que solamente profundizaban la crisis y la desigualdad. Los críticos no consideraban que pudiera tener alguna racionalidad la nueva marea y negaron cualquier posibilidad de éxito. Sin embargo, los gobernantes, como cascada, uno tras otro aplicaron medidas, sin hacer caso a los llamados de cordura. Los insanos de la teoría económica, recibían el premio Nobel como reconocimiento a sus aportaciones en el campo del liberalismo, el monetarismo, de la desregulación, de las decisiones individuales, de la teoría de la elección pública. No concibo a la burguesía y a su Estado como partidarios del haraquiri japonés. No acepté la filípica -por parte de teóricos resucitados- de la incapacidad, obsolescencia y falta de entendimiento de los personeros de la política y de la teoría monetarista y liberal. Alguna lógica debía tener la llamada contrarrevolución monetarista neoliberal para que se hubiera convertido en prioritaria. En este capítulo me concentro en explicar la necesidad del sistema para cambiar de políticas estratégicas a largo plazo. Las razones primordiales de los gobernantes, no tienen que coincidir –en una primera etapa- con los intereses de sus representados, y mucho menos con los teóricos apoltronados del pasado. Desbrozar y barbechar es la primera fase. Ese fue el objetivo durante los años pasados del ascenso neoliberal. I.1 ECLECTICISMO Y ACEPTACIÓN: DÉCADA DE LOS SETENTA Inglaterra va a representar el laboratorio de cambios de estrategias económicas. A la caída del gobierno conservador de Edward Heat, en 1974, en donde Margaret Thatcher había sido ministra de Educación, le sucede el gobierno laborista de Harold Wilson, que aplica un programa de inspiración keynesiana el cual propugna una mayor participación estatal, un impulso de las inversiones, la reestructuración de la industria, la imposición del control de salarios y de ganancias, la nacionalización de las empresas constructoras de barcos, de la industria aeronáutica, de la principal empresa automotriz; en este gobierno se nacionaliza también la primera constructora de herramientas, y se crea un organismo para reestructurar y dirigir las empresas estatales. Todas son medidas en la mejor tradición keynesiana, que, finalmente, no levantaron la economía inglesa y, en cambio, si estimularon la inflación, hasta tasas del 25 por ciento. En 1976 asume el poder el laborista James Callaghan. De inmediato firma un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), el 7 de junio, por medio del cual se concedía a Inglaterra un préstamo de 7.9 mil millones de dólares (19.4 mmd), el más grande otorgado a un país miembro. A cambio, el gobierno se comprometía a seguir una política restriccionista antiinflacionaria. Ahora, la nueva política laborista se guiaba por los principios monetaristas neoliberales de reducción del gasto público, limitación del crédito y reducción del circulante monetario. El 28 de septiembre de 1976 el primer ministro Callaghan dijo ante el Congreso del Partido Laborista: “durante mucho tiempo hemos creído que cabría evitar la recesión e impulsar el nivel de empleo disminuyendo los impuestos e incrementado el gasto público. Sinceramente, debo confesar que tal opción no es defendible y que, mientras se recurrió a ella, sólo sirvió para inyectar mayores niveles de desempleo. Tal es la historia de los últimos veinte años”1. Era la negación de las políticas económicas que aplicaban los gobiernos occidentales desde la Segunda Guerra Mundial. Aunque la crisis del keynesianismo se manifiesta desde la segunda mitad de la década de 1960, no va a ser sino hasta fines del decenio de 1970 en que realmente se adopta una política monetarista neoliberal firme y cada vez más predominante. Antes, la situación inflacionaria y el desequilibrio de la balanza de pagos habían determinado medidas monetarias pero combinadas con las políticas fiscales que producían resultados contraproducentes, porque no resolvían los problemas principales2. Un ejemplo, es el paquete de medidas económicas del gobierno de Richard Nixon en Estados Unidos el 15 de agosto de 1971, en el que se decidió la inconvertibilidad del dólar en oro, devaluando la moneda, y, posteriormente, en 1973 se adoptó el sistema de flotación del tipo de cambio; se aplicó una política restriccionista y de reducción del presupuesto, aunque, también la política keynesiana del control de precios y salarios. Fue una política que no dejó contentos ni a los keynesianos ni a los monetaristas. La misma situación ecléctica continuaría en el siguiente gobierno; a fines de 1974, el gobierno de Gerald Ford determinó que la “amenaza mayor era la inflación”, y medio año después, cuando se incrementó el desempleo, bajó la producción y se niveló la inflación, cambió la política porque para ese momento la recesión era la amenaza mayor3. Durante la gestión del republicano Ford (1974-1976) se confrontaron las dos estrategias, una impulsada por el Presidente y otra por la mayoría demócrata en el Congreso. Una dirigida para controlar la inflación, la otra para salir de la recesión4. En ese periodo el Banco de Pagos Internacionales (BPI) también daba orientaciones. En el Informe Anual de 1972-73 se quejaba de que “atender a la opinión pública ha obligado a los gobiernos a otorgar elevada prioridad al pleno empleo y a la expansión económica, y (por tanto) la persecución de otros objetivos sólo puede ser parcial e intermitente”, se refiere a la inflación; objetivo que fracasaba por la moderación de las políticas monetarias, según ellos mismos advierten. En la misma reunión anual, en voz del presidente del congreso de directores y presidente del BPI, se pidió a los gobiernos que acabaran con la inflación con “la única forma de lograrlo”, es decir con el respaldo de la opinión pública “de las medidas antiinflacionarias, no a intervalos y de modo parcial, sino en forma vigorosa y persistente”5. El Fondo Monetario Internacional en su reunión anual de septiembre de 1974 parte del reconocimiento de la caída profunda de la producción y ubica a la inflación como “el problema económico predominante en todo el mundo”. Desde tiempo atrás venía alertando sobre la posibilidad de que los precios se aceleraran y sólo recomendaba las medidas combinadas; todavía en el año de 1974 y 1975 propone medidas cautelosas, ya que “los esfuerzos para combatir la inflación tropiezan con la disyuntiva de obtener resultados significativos en el frente de los precios sin afectar en forma indebidamente severa el crecimiento y el empleo”6. En la primera cumbre de países industrializados (G-7) en Rambouillet, Francia, en noviembre de 1975, se discutió la situación recesiva e inflacionaria de la economía mundial y se resolvió “acabar con la inflación y el desempleo”7. Posteriormente, en junio de 1976 la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) adopta una estrategia antiinflacionaria en la que “se trata de aceptar, a regañadientes, una reducción del desempleo bastante lenta, por el momento, mientras se apaciguan las expectativas inflacionarias, a fin de lograr más tarde tasas más bajas de desempleo en condiciones no inflacionarias”8. Dicha estrategia fue recomendada por un grupo de expertos internacionales, presididos por el ex-Jefe del Consejo de Asesores Económicos, Paul McCracken; concluyeron que era posible alcanzar -a la vez- el empleo y la estabilidad de precios en el mediano plazo, y, que era deseable y posible volver a lograr las tasas de crecimiento previas a 1973 con políticas expansionistas, hasta que el crecimiento del sector privado empezara a acelerarse por sí mismo. Esta estrategia se conoció como el “enfoque de la locomotora” y fue apoyada por el FMI, pero finalmente provocó más la inflación que crecimiento y arrojo una mala reputación a la llamada coordinación de políticas o “síntesis de objetivos”, ahora contrapuestos9. Esta situación ecléctica y dubitativa de la primera mitad de los setenta obedece a una situación sin precedentes: la recesión acompañada de inflación. Se atacó el fenómeno primeramente, reacción inmediata y normal, con políticas keynesianas de gasto y déficit público que condujeron a una inflación intolerable. Se adopta ante esta situación una política monetaria restriccionista, que provoca más recesión y desempleo, y de nuevo se retoma la política keynesiana. Se tenía que romper con ésta vacilante política, se tenía que definir el problema mayor y decidir atacarlo con una política a largo plazo. En la reunión anual de 1976 del FMI se decide romper con la cohabitación de políticas económicas antagónicas. Se pasa de varios años de combate simultáneo con políticas combinadas a priorizar el enemigo; ahora, ya no son dos enemigos al mismo nivel, ya no más dos flancos a la vez. La estrategia es acabar primero con uno y después con el otro. Dejar que la recesión y el desempleo crezcan hasta que la inflación baje y se controle. En la histórica reunión de 1976 se ponen en la balanza los dos problema y se subraya que “el costo económico y social de la inflación, aunque menos inmediato y obvio que el desempleo, puede resultar todavía más corrosiva” y había que detenerla porque “en las circunstancias actuales, la continuación de la recuperación se vería amenazada por políticas que causen más inflación”. Desaparecen las graves preocupaciones sobre el desempleo de anteriores informes, ahora se aconseja “dejar que durante un tiempo, la tasa general de desempleo fuera más alta de lo que ha sido la norma en el pasado”10. La nueva orientación de política económica queda muy explícita con la explicación que hace el director-gerente del FMI en su discurso del 14 de octubre de 1976: “Como se señala en el Informe Anual, actualmente se está de acuerdo en general en que sería erróneo basar las políticas en una hipótesis de una elección a largo plazo entre la inflación y el desempleo. Los resultados obtenidos últimamente indican claramente que los efectos de las políticas destinadas a estimular el crecimiento y el empleo pueden ser muy transitorias si no disminuye la elevada inflación actual de precios y se reducen en gran medida las expectativas inflacionarias. Sólo se podrá moderar la inflación si las políticas fiscal y monetaria logran moderar y mantener bajo control la expansión de la demanda agregada. Deben seguirse firmemente estas políticas y no deben disimularse sus riesgos como ocurrió a fines de la década de 1960 y principios de la de 1970 para forzar un aumento a corto plazo de la producción”11. Desde 1975, año de la recesión generalizada, se celebran reuniones cumbres de los siete países industrializados para analizar y tomar decisiones sobre la economía mundial. Es en el cónclave de Londres, en 1977, en la que se decidió hacer de –lo que yo llamo- la “revolución antikeynesiana” la doctrina oficial. Le correspondió al primer ministro laborista, Callaghan, en los mismos terrenos en donde surgió el keynesianismo, darle el golpe; dijo en forma sencilla y clara: “se decidió dejar de lado la fórmula de Keynes, consistente en alentar periódicamente la inflación bajo la cobertura de un ‘estímulo a la demanda’ ya que –prosigue- actualmente se admite que, a la larga, tal estrategia es la responsable de una situación que impide el pleno empleo”12. En el Informe de 1979 de las Naciones Unidas se reconoce que en el último período la política monetaria se colocó a “la vanguardia de las medidas antiinflacionarias”, acentuándose el control de la oferta monetaria más que el precio del crédito o tasa de interés, “además, -continúa el Informe- los gobiernos se propusieron, y siguen proponiendo, reforzar las medidas monetarias restrictivas reduciendo sus actuales déficit presupuestarios”. El mismo organismo reconoce “ineficacia de los instrumentos tributarios y monetarios tradicionales para hacer frente al empeoramiento de la interacción, entre las medidas antiinflacionarias y las destinadas a combatir el desempleo”13. Estas declaraciones y las primeras acciones acababan con la política del pleno empleo keynesiano y empujaban al primer plano a los teóricos monetaristas. Ahora coincidían los organismos internacionales y los gobernantes con las tesis monetaristas y neoliberales. I.2 DESARROLLO Y AUGE: DÉCADA DE LOS 0CHENTA-NOVENTA El gobierno laborista de Callaghan en Inglaterra, a pesar de que se portó más “conservador” que los conservadores tradicionales y que contó con la ayuda y supervisión del FMI, no logró sus objetivos de estabilización y control de la inflación; las medidas restrictivas encontraron firme resistencia en los trabajadores ingleses. A fines de 1978 los 60 mil trabajadores de la Ford se mantuvieron en una huelga de nueve semanas que terminó con un aumento de 17 por ciento, muy por encima del tope salarial de cinco por ciento; en tanto, los obreros de la ESSO y Shell arrancaron aumento de 15 por ciento. A principios de 1979 las huelgas y las demandas hasta por el 40 por ciento de aumento salarial eran incontrolables a tal grado que al periodo de 1978-79 se le llamó el “invierno del descontento”. El 28 de marzo de 1979 renuncia el gobierno laborista. El 4 de mayo los conservadores ganan las elecciones y Margaret Thatcher se convierte en Primera Ministra. El gobierno de Thatcher, del 4 de mayo de 1979 – 28 de noviembre de 1990, pasó a la historia como un gobierno duro e inflexible, y la primera ministra como la “Dama de hierro”. Se tomaron decisiones que cambiaron la historia. En el ámbito de los países industrializados, es en Inglaterra donde se combatieron las ideas y las estructuras keynesianas, nacionalistas, laboristas y socialistas de manera firme y autoritaria hasta lograr desmantelarlas en una parte importante. Margaret Thatcher no tenía duda de cuáles eran los problemas, las causas y las soluciones; para ella, Inglaterra estaba enferma; este era su diagnóstico: en declive económico, productivo, desempleo, disminución del bienestar social, cultura antiempresarial, inflación de dos dígitos, sobreempleo, holgazanería, violencia, envidias, desesperación, discordia; Inglaterra era el “enfermo de Europa”. Las causas: el socialismo, la intervención del Estado, las doctrinas keynesianas, los sindicatos. Las soluciones: el conservadurismo, reducción del sector público, disciplina financiera, la privatización y la reforma sindical14. “Curar la enfermedad británica con el socialismo era como intentar curar la leucemia con sanguijuelas”, decía Thatcher, quien percibió que “se había producido un cambio de marea en la sensibilidad política del pueblo británico. Habían renunciado al socialismo -el experimento de treinta años había fracasado plenamente- y estaban dispuestos a probar otra cosa. Ese cambio de marea era nuestro mandato”15. Las medidas fueron en tres niveles: la política fiscal, la política monetaria y la reforma de los sindicatos. Se “retrocedieron las fronteras del Estado” con la reducción del sector público, la disminución de gastos y la deuda pública, la congelación y disminución de la plantilla, la reducción de la tasa de crecimiento de los salarios públicos, la privatización de las empresas nacionalizadas, con el recorte de impuesto sobre la renta, la desregulación, el recorte de los subsidios industriales. Se dio prioridad al combate de la inflación por medio de la reducción y el control de la oferta monetaria, de la elevación de los tipos de interés, la eliminación del control de precios y del control de cambios; se combatió al socialismo y al laborismo con la restricción del poder de los sindicatos. Margaret Thatcher se sentía “equipada a una edad temprana con el enfoque mental y los instrumentos de análisis idóneos para reconstruir una economía devastada por el socialismo estatal”; era “una optimista a largo plazo en favor de la libre empresa y la libertad, ayudándome a soportar los desoladores años de supremacía socialista de los sesenta y los setenta”16. Se daba cuenta de que sus compañeros de gobierno eran incoherentes entre lo que decían y lo que hacían, fue Ministra de Educación en 1970-74 en un gobierno conservador con orientaciones intervencionistas, pero no pudo hacer nada por modificar las políticas,17 no era su tiempo. Su concepción básica consistía en que “era tarea del Gobierno establecer un marco de estabilidad -ya fuera estabilidad constitucional, el cumplimiento de la ley, o la estabilidad económica proporcionada por una moneda solvente- dentro de la cual las familias y los negocios individuales fueran libres de perseguir sus propios sueños y ambiciones. Teníamos que dejar de decirle a la gente cómo debían ser sus ambiciones y cuál era la manera exacta de hacerlas realidad. Eso dependía de ellos”18. Se adoptaron medidas radicales a contracorriente: se recortaron los impuestos cuando los ingresos disminuían, se eliminó el control de precios en momentos en que la inflación se aceleraba, se cortaron los subsidios industriales ante la inminencia de una recesión, se restringió el sector público cuando el sector privado era demasiado débil para crear nuevos empleos. Eran medidas que necesariamente desaceleraban más a la economía. Se había decidido combatir a la inflación, con la orientación monetarista, y a la vez cambiar las estructuras públicas, sindicales y privadas, con medidas liberales y antirregulacionistas. La economía era una cuestión política y de largo plazo. Durante el gobierno de Thatcher disminuyeron las altas tasas de inflación, se debilitó considerablemente el poder de los sindicatos y del partido laborista -que volvió a perder estrepitosamente en las elecciones de 1983-, se fortaleció la moneda y el tipo de cambio, aumentaron las inversiones extranjeras, el desempleo era “la mancha negra”, porque se mantenía elevado. Se fortaleció al sector de la oferta, renació la economía de la empresa privada, aumentaron las inversiones empresariales, la rentabilidad y la productividad; “los cambios aumentaron la eficiencia y la flexibilidad y de ese modo capacitaron a la empresa británica para satisfacer las demandas del mercado interno y externo. Sin ellos, la economía no hubiera podido crecer tan velozmente ni producir tales mejoras en beneficios, nivel de vida y empleo: en síntesis, el país hubiera sido más pobre”19. En el periodo de Thatcher los precios al consumidor aumentaron un 7.8 por ciento promedio anual, tasas menores en relación con la década anterior, que fue de 12.8 por ciento; la producción creció a tasas anuales de dos por ciento menores al 2.5 por ciento del periodo previo y el desempleo se incrementó de 3.6 por ciento en el decenio de 1970 a 9.2 ciento en los ochenta. A Thatcher le sucedió el gobierno de John Major, también conservador, que continuó con la obra neoliberal. Los resultados, en 18 años de gobierno liberal, son contradictorios, se reconoce una economía y una empresa saneada, una inflación baja, la tasa más alta del producto y el desempleo más bajo con relación a las tasas de Europa continental, mayor consumo, más desigualdad social -el 10 por ciento de la población más pobre disminuyó su participación en el ingreso disponible del 4.1 al 2.5 por ciento, mientras que el 10 por ciento más rico pasó de 20 a 26 por ciento-, disminuyeron los afiliados a los sindicatos de 13.3 millones en 1979 a 7.3 millones en 1996, lo mismo sucedió con las huelgas y los días de trabajo perdidos20. La elección de Ronald Reagan en noviembre de 1980 fortaleció la tendencia liberal y monetarista que era representada principalmente por Inglaterra, y en segundo lugar por Alemania con el gobierno de Helmut Schmidt. La economía de Estados Unidos se encontraba con tasas de inflación de dos dígitos, que se convirtió en la preocupación principal del gobierno de Carter y de la Reserva Federal (Fed). Se adoptó en octubre de 1979 por parte de la Fed una política monetaria restrictiva para frenar la inflación: se disminuyó la tasa de crecimiento de la oferta monetaria y por tanto se elevaron los tipos de interés, cayó la Bolsa de valores, disminuyó el crédito, se frenó el gasto de los consumidores y de las empresas, se contrajo la economía y se elevó el desempleo a tasas superiores al 10 por ciento en 1982, era la recesión. En 1981 el gobierno de Reagan sorprendió con un presupuesto público basado en la teoría del control de la oferta (ver III.3.1.3), que proponía la disminución de los impuestos, la reducción de la demanda nominal agregada, la reducción del gasto público, la disminución de la tasa de crecimiento del dinero; eran medidas para reducir la inflación y a la vez aumentar los incentivos en las empresas y los individuos, para que se elevara la producción y el empleo. El gobierno de Reagan (1981-1988) se propuso reducir los impuestos en 275 mil millones de dólares en un período de tres años; las tasas marginales se redujeron en forma drástica para las familias de mayores ingresos y se aplicó la tasa máxima del 50 por ciento al ingreso; se eliminaron todos los impuestos a las nuevas inversiones y se eliminaron regulaciones para estimular la expansión de los negocios. A la vez la Fed aplicó una política monetaria de dinero escaso que hizo subir las tasas de interés a niveles nunca antes vistas. Eran políticas que por un lado pretendían estimular la oferta productiva y por el otro la frenaban. En un primer momento el freno resultó ser más fuerte que el acelerador de la economía y condujo a una mayor recesión. Los resultados de las medidas restrictivas fueron un descenso de la inflación, que pasó de la media anual de 12 por ciento del período 1979-1980 a un cuatro por ciento en el período 1983-88. “La baja inflación y el exceso de capacidad de principios de los años ochenta prepararon el terreno para la larga expansión que experimentó la economía durante la administración Reagan”, dice Paul A. Samuelson. El PIB real creció ininterrumpidamente desde 1982 hasta 1989, a una tasa anual media de 3.5 por ciento; el desempleo descendió de más de un 10 por ciento anual en 1982 a un 5.5 por ciento en 1988-89, en los dos periodos de gobierno de Reagan la tasa promedio anual de desempleo fue de 7.6 por ciento, y, a partir de 1982, la inflación se mantuvo en un 3.5 por ciento en promedio. “La política monetaria restrictiva fue costosa, pero consiguió erradicar la inflación de la economía de los Estados Unidos”21. En cuanto al presupuesto público, la política ofertista presuponía que las rebajas en impuestos aumentarían la producción y los ingresos fiscales. No sucedió así, por el contrario se incrementó considerablemente el déficit fiscal, que se cubrió con deuda que desplazó los préstamos privados. En los primeros años del segundo periodo de Reagan, 1985-86, el déficit público llegó a una tasa de 5.4 por ciento del PIB, la más alta desde el fin de la Segunda Guerra Mundial; el déficit del periodo 1975-79, considerado alto, alcanzó un promedio de tres por ciento, tasa que fue superada en la primera etapa de gobierno de Reagan con un 4.8 por ciento promedio anual. La deuda pública, por consiguiente, se incrementó del 25 por ciento en relación con el PNB a mediados de los setenta a tasas superiores al 40 por ciento una década después. El programa de estímulo a la oferta presentó niveles de desigualdad social, porque redujo impuestos del seguro social sobre la renta de familias de altos ingresos y no así a las de bajo ingreso, hubo cortes en los programas de bienestar social, se redujeron los cupones para alimentos, los apoyos a los alquileres subsidiados, se recortaron los programa de capacitación. Fue una política de alejamiento del Estado en actividades de bienestar social y en las regulaciones que favoreció a las empresas y perjudicó a los sectores más pobres22. Al final del periodo del gobierno de Reagan el déficit presupuestario continuó siendo alto, aunque no tanto como en 1985-86, porque no se elevaron los impuestos y los gastos de la defensa continuaron siendo prioritarios, y, por tanto no disminuyeron sino que siguieron creciendo. En 1985 se aprobó por el Congreso la “Ley del presupuesto equilibrado y de control de emergencia del déficit” (Ley Gramm-Rudman-Hollings), que imponía una reducción paulatina del déficit que llevaría a un presupuesto equilibrado en 1991. Objetivo que no se alcanzó en el periodo del presidente George Bush, a pesar de que aumentaron los impuestos.( ver II.3.1, II.3.2) Los demás países industrializados continuaron con los lineamientos de políticas liberales y monetaristas, pero no con la firmeza y decisión que se aplicaron bajo los gobiernos de Thatcher-Major en Inglaterra y de Reagan-Bush en Estados Unidos; en Alemania el primer ministro socialdemócrata Helmut Schmidt, en el periodo de la segunda mitad de los setenta hasta 1983, aplicó una política similar a la de Inglaterra; el gobierno que le sucedió, el demócrata cristiano Helmut Kohl, continuó con la misma orientación antiinflacionaria y liberal. El presidente socialista Miterrand en Francia en su primer año 1981-82 aplicó un programa de reformas sociales, estatista y nacionalizador de grandes empresas y bancos, medidas que muy pronto revirtió asumiendo, a medida que la inflación aumentaba, políticas monetarias duras23. Italia, en los primeros años de los ochenta y debido a la recesión, aplicó políticas keynesianas de estímulo a la demanda. Sin embargo, tanto Francia como Italia, que se salían de la orientación mundial, retomaron a partir de la mitad de la década de 1980 una política antiinflacionaria, de creación de desempleo y disminución del Estado de bienestar. “La cuestión es simplemente que ha habido en los países de la OCDE un cambio ideológico generalizado y de largo alcance, en que el estancamiento del producto y el aumento del desempleo constituyen un resultado deliberado de la política. Ésta ha logrado acabar con la inflación”, diagnosticaba Angus Maddison24. Para la mitad de los ochenta el neoliberalismo y el monetarismo antiinflacionario se había convertido en la teoría y la política oficial de la mayoría de los principales países capitalistas y por tanto su influencia se extendió a los demás países25. El FMI en el Informe Anual de 1986 constataba la realidad: “la estrategia ha tenido mucho éxito en lo referente al control de la inflación”, porque los precios en los países industrializados continuaban disminuyendo por quinto año consecutivo, y en 1985 se colocaban por primera vez, desde 1967, en un nivel inferior al cuatro por ciento; se reconocía que los principales países industriales “han tratado de ir reduciendo la tasa de crecimiento de ciertos agregados monetarios y de limitar la proporción de recursos reales y financieros absorbidos por el sector público. Al mismo tiempo, también se ha procurado mejorar el financiamiento de los mercados, mediante diversas reformas estructurales. Esta estrategia general, que se empezó a principio de la década en curso, continuó marcando la política de los países industriales en 1985 y primeros meses de 1986”26. Sin embargo, había diferencias en la aplicación de las orientaciones generales, en el caso de la política fiscal, algunos países tenían éxito en reducir el déficit fiscal, Japón y Alemania, mientras que en Francia y el Reino Unidos tendió a estabilizarse en 1983-84, y en Canadá, Estados Unidos e Italia el déficit se mantenía en un nivel alto. El gasto público continuaba incrementándose de manera considerable en relación con 1979. Las medidas estructurales que se aplicaban eran la desreglamentación, como en sectores de las industrias del transporte y las telecomunicaciones en Estados Unidos, la liberalización de los mercados financieros, la eliminación de la indización de salarios en varios países europeos, la privatización de empresas estatales y medidas para mejorar el funcionamiento del mercado laboral. No obstante, se señalaban “contratiempos” en algunos países porque no disminuían los subsidios en la proporción esperada y en una gran parte de los países europeos “el mercado laboral sigue sometido a rigideces que retrasan la recuperación de un buen nivel de empleo”; la producción de los siete principales países industriales en los tres años posteriores a la recesión de 1982 promediaba un 3.5 por ciento, con tasas de desempleo del 7.5 por ciento anual y de 11 por ciento en los países europeos27. Para la mitad del decenio de 1980 el crecimiento de la economía de los países industriales era débil, el desempleo seguía una tendencia ascendente, con tasas mayores a las recesiones anteriores, la inflación descendía, alcanzando los niveles de fines de la década de 1960; las medidas de restricción fiscal y monetaria y las reformas estructurales seguían siendo consideradas necesarias para una crecimiento sostenido no inflacionario, pero había resistencias sociales y estructurales que impedían su decidida aplicación. La estrategia avanzaba, pero no completamente. Para la segunda mitad de los ochenta, 1986-90, la producción de los países industriales había crecido en 3.3 por ciento promedio anual, la tasa de desempleo en 6.5 por ciento y la inflación un 4 por ciento. La producción había aumentado un punto en relación con la primera mitad de los ochenta, el desempleo era un punto menor y la inflación había descendido dos puntos porcentuales. La década se terminaba con una desaceleración económica iniciada en Estados Unidos y en Inglaterra a mediados de 1989 que se convirtió en recesión en los próximos años. Las causas inmediatas fueron una política monetaria restrictiva para hacer frente a presiones inflacionarias en 1987-88, a la incertidumbre de la Guerra del Golfo de 1990, al aumento de los precios del petróleo y otras materias primas. Meses después se sumarían a la recesión Francia e Italia, mientras que Alemania y Japón mantenían tasas altas de crecimiento, mismas que descendieron en el periodo 1991-93 y 1992-93 respectivamente. La política fiscal a fines de los ochenta en los principales países industriales fue, en general, neutral o moderadamente restrictiva, con excepción de Alemania, según, afirma el Informe de 1991 del FMI; la política monetaria fue restrictiva y con elevación en las tasas de interés, de esta manera se respondía al crecimiento de la producción en los años 1987-88, y a mas altos déficit presupuestarios que presionaban los precios. En el caso de Estados Unidos no se logró equilibrar el presupuesto en el año 1991 como estaba legalmente obligado, por lo que se adoptó un plan quinquenal de reducción del mismo. En Canadá también se programó reducir el déficit a mediano plazo28. La recesión que empezó en algunos países industriales en 1989, se presentó con fuerza en 1990-93, pero la inflación no había cedido sino aumentado a tasas superiores del cinco por ciento en 1990 y 4.5 por ciento en 1989 y 1991, había subido dos puntos en relación con 1987. Esta situación llevó al FMI a hacer “hincapié en la necesidad de una orientación a mediano plazo de la política económica” y a que los objetivos “sean consecuentes con la estrategia de crecimiento a mediano plazo aplicada por los países desde principios de los años ochenta. Entre otros objetivos, mediante dicha estrategia, se trata de lograr un alto grado de estabilidad de precios, es decir, una tasa de inflación baja y estable que no distorsione las decisiones económicas; fomentar el ahorro, especialmente mediante la reducción del déficit público y eliminar los obstáculos que afectan a la eficiencia de la asignación de los recursos e impiden alcanzar un alto nivel de empleo mediante la reforma estructural”. Las cifras de recesión y de inflación, superiores a lo anteriormente alcanzado, crearon incertidumbre en la economía, pérdida de credibilidad en la política económica y preocupación de que se estuviera dando lugar a mayores presiones proteccionistas y aumentos en los déficit públicos. Se recomendaba “una intensificación del saneamiento fiscal en muchos países industriales, especialmente en Estados Unidos, Canadá, Alemania, Italia y el Reino Unido, así como en varios países industriales menores”. Se reconocía que los “cuantiosos” déficit presupuestarios constituían un grave problema, dada la necesidad de mayor ahorro mundial, de reducir las altas tasas de interés, y, por tanto, aumentar las tasas de inversión y la creación de empleo. Los directores del FMI acordaban que “la estrategia a mediano plazo no ha fracasado, sino que en realidad no se la ha aplicado cabalmente”. En 1992 y 1993 la tasa de inflación regresó a los niveles de 1987, había crecido un 3.2 por ciento en los países industriales y en algunos casos con tasas más bajas desde los años sesenta, en Japón y Canadá al dos por ciento, Estados Unidos al tres por ciento y 4.5 por ciento en la Comunidad Europea29. En el periodo 1989-1993, -en donde se ve una situación vacilante y flaqueza en la aplicación de las políticas fondomonetaristas-, se presenta la mayor oportunidad para la aplicación rotunda, firme y decisiva de las políticas liberales y monetarias: el desplome de los países socialistas de Europa Oriental, Central y la URSS. Casi tres decenas de ex-países socialistas y nuevos países surgidos también del socialismo decadente se han incorporado formalmente al campo capitalista. Están en transición al capitalismo. No hay precedentes. Esta conversión representa la más importante transformación estructural, económica, política y social del siglo XX. No hay parangón, ni siquiera con la Revolución Rusa, o la invasión soviética en la Europa Oriental, o la Revolución China. La construcción socialista de decenas de años está en entredicho. Para esos países no hubo más que un solo camino, una sola política, en su objetivo de construir el capitalismo de mercado: la teoría librecambista y el monetarismo moderno. Se abrió un nuevo flanco de países que sigue siendo el gran laboratorio para el liberalismo (ver III.1.4). Después de la recesión de principios de los noventa la economía de los países industriales se recuperó a tasas del 2.8 por ciento en 1994; dos por ciento y 2.2 por ciento en los dos años siguientes; son tasas de crecimiento del producto inferiores a las posteriores a la recesión de los inicios de la década de los ochenta, la economía de los países más importantes se recuperaba pero no al nivel anterior. El desempleo, con excepción de Estados Unidos y el Reino Unido, continuaba aumentando a tasas consideradas máximas en la posguerra, como en Alemania con 11 por ciento, Francia e Italia con 12 por ciento. La inflación, en cambio, continuaba la tendencia descendente a partir de 1992 a la tasa más baja en los países industrializados de 2.4 por ciento en 1996. Japón tuvo deflación de -0.6 y -0.5 por ciento en los dos últimos años, Alemania, Francia y Canadá tasas menores al dos por ciento, Estados Unidos y Reino Unido entre dos y tres por ciento, sólo Italia mantuvo un cinco por ciento30. Los directores del FMI consideraban que la baja tasa de inflación era “un notable éxito” y que era el “resultado de la determinación con que se adoptaron medidas para controlar la inflación y sobre todo de la aplicación de una política monetaria centrada en el objetivo primordial de alcanzar y mantener una razonable estabilidad de precios”; la política monetaria “seguía siendo un eficaz instrumento de la política macroeconómica”. Otras medidas, como la flexibilidad de los mercados de trabajo, el aumento de la competencia y la apertura al comercio exterior y a los capitales, servían como complemento a las políticas monetarias antiinflacionarias31. Los déficit fiscales se redujeron en los últimos dos años: Estados Unidos pasaba de dos por ciento en 1995 a uno por ciento en 1996, Canadá de 4.3 a dos por ciento, Francia de cinco a cuatro por ciento, Alemania mantenía un 3.3 por ciento, Italia descendía de 7.7 6.7 por ciento; había tasas de déficit público que seguían siendo elevadas en varios países, y, por tanto, consideradas un problema grave, al igual que la deuda pública que mantenía “una trayectoria insostenible”. En el caso de los países de Europa Continental había la presión para reducir sus déficit a tasas menores a tres por ciento, como condición para la constitución de la Unión Económica y Monetaria en 1999. Estos desequilibrios fiscales los atribuían a los gastos sociales para cubrir el alto desempleo en Europa; el FMI insta a los gobiernos a “corregir las distorsiones del mercado de trabajo”, para disminuir el desempleo, con medidas de rebajas en las aportaciones de los empleadores a la seguridad social en el caso de trabajadores jóvenes y menos calificados, aumentando la flexibilidad salarial, reduciendo o eliminando las cláusulas de indexación, mejorando la educación y la capacitación laboral. El FMI analizaba –a mitad de los noventa- el bajo crecimiento del producto y el alto desempleo de algunos países industriales como resultado de las distorsiones, la rigidez estructural y la falta de flexibilidad del mercado de trabajo, que impedía la rentabilidad de las empresas y la creación de empleos; el Estado destinaba, de acuerdo a su diagnóstico, mayores recursos a la seguridad social por el desempleo, lo que provocaba un déficit mayor, que debía ser cubierto con deuda que elevaba las tasas de interés y desplazaba la inversión privada. Recomendaban los directores del FMI que el saneamiento fiscal tenía que ser por medio del recorte de los pagos de transferencias más que por aumento de impuestos32. En el caso de Estados Unidos el déficit público había desaparecido en 1998 con el primer superávit desde 1969; lo mismo sucedió en 1999 y 2000, acumulando 431 mil millones de dólares en tres años33. En la segunda mitad de los noventa, Estados Unidos había presenciado una prosperidad económica y social contrastante con las dos últimas décadas; era una nueva forma de producir, con base al impulso de las llamadas Tecnologías de la Información y Comunicación, que fue nombrada como una “nueva economía” para diferenciarla del periodo recesivo, inflacionario, de baja productividad, de alta tasa de desempleo y bajos salarios, es decir, una “vieja economía”. (ver III.2.1) El cambio de marea, que los teóricos monetaristas percibían en la segunda mitad de los setenta, estaba plenamente establecido veinte años después. El keynesianismo había sido desplazado en la política económica y la teoría heterodoxa, el monetarismo neoliberal, se había convertido en la teoría ortodoxa. El mundo había cambiado de nuevo. I.3 MARCO POSKEYNESIANO: LA REACCIÓN Stephen P. Dunn argumenta que el poskeynesianismo no ha muerto, como los críticos de la corriente ortodoxa se “han encargado entusiastamente de proclamar”, sino sucede todo lo contrario porque, afirma: “lo que estamos viendo es el hundimiento de la economía convencional predominante”34, refiriéndose al monetarismo. Sin embargo, Dunn reconoce que la corriente poskeynesiana se encuentra marginada e incluso en su interior hay el reconocimiento de que “a menos que se haga algo, el poskeynesianismo podría no sobrevivir”. La conclusión del autor es que la estrategia más razonable, más práctica, es que la corriente atraiga o se comprometa con otros planteamientos metodológicamente compatibles, lo que contribuiría a un mayor desarrollo y, es posible, a su prosperidad. Argumenta que la principal fuente de confusión y diferencia entre la teoría neoclásica y el poskeynesianismo es metodológica. Bhaduri y Steindl a principios de los ochenta consideraban apenas digno de discutir el contenido del monetarismo, y se preguntaban desconcertados ¿cómo, ésta ideología gradualmente ganaba terreno y se convertía en “el credo de los círculos gobernantes en algunos países y con mucha influencia en otros”?35 Estos economistas hacían notar que el monetarismo estaba asociado a una política monetaria y fiscal restrictiva, misma que siempre había sido apoyada por los banqueros y los financieros, la City de Londres y Wall Street; ya que estos eran los que demandaban altas tasas de interés y presupuestos restringidos. De tal manera que “la teoría monetaria había encontrado un hogar en aquellos círculos más que en cualquier otro”. Consideraban que el ascenso de la influencia del monetarismo en el mundo había sido precedido por un cambio de poder de la industria a los bancos. Era vista como una ideología de los banqueros y los rentistas y, por tanto, servía como un antídoto a la ideología keynesiana. Se preguntaban los poskeynesianos ¿por qué había ganado tanto poder a pesar del daño que estaba causando al capitalismo industrial? Algunos poskeynesianos hablan del “rompimiento del consenso entre los economistas” en la mitad de los setenta como consecuencia del shock petrolero y de la stagflation -la persistente e intolerable tasa de desempleo e inflación a la vez- que llevó a que “se disolviera el amplío acuerdo en teoría económica” que tenían los economistas de mainstream de la época y los gobernantes; la situación económica contradictoria produjo conflictos entre la Fed y el Tesoro, entre la Casa Blanca y el Congreso, entre la política monetaria y la fiscal, misma que en el periodo 1950-60 “había sido una política combinada de pleno empleo y razonable estabilidad de precios”36. Para uno de los más connotados poskeynesianos, Paul Davidson, la creciente tendencia inflacionaria y la stagflation mundial llevó al “colapso de la dominación de la teoría económica keynesiana neoclásica” y la creencia en la curva de Phillips. En estas circunstancias, con la “exposición de las imperfecciones de la teoría, los monetaristas friedmanos fácilmente atacaron el marco teórico keynesiano neoclásico y corrieron a llenar el vacío”37. Hay cierta coincidencia entre los poskeynesianos de que el ascenso del monetarismo fue a partir del otoño de 1979, cuando la Reserva Federal, con Paul Volcker, cambió la política monetaria dando principio a lo que llaman “el experimento monetarista”: restricción de la oferta monetaria-altas tasas de interés-dinero caro y escaso, para combatir la inflación de dos dígitos a fines de la administración Carter y principios de la de Reagan. También coinciden que a mitad de 1982, en medio de una grave recesión e insolvencias bancarias y financieras, la Fed se “puso el sombrero de prestamista de última instancia y abandonó el experimento”38. No obstante, otros poskeynesianos reconocen que en la era de Reagan se asentó lo que ellos llaman una “contrarrevolución” contra la “nueva economía”, la “revolución” que los economistas keynesianos de la administración Kennedy y Johnson habían lanzado en los sesenta. La administración Reagan había adoptado una estrategia económica radical ofertista que unió una política fiscal de alto déficit a una política monetarista restrictiva de la Reserva Federal. Esta política, afirman, dejó un déficit fiscal estructural, que fue la principal causa para una creciente deuda nacional, y una política fiscal encadenada a una “moda de estabilización”, y, por consiguiente, era una herramienta ineficaz para alcanzar un crecimiento de pleno empleo, mientras que la política monetaria se había convertido en el único instrumento de política macroeconómica. Además, percibían que, el cambio a una política fiscal más restrictiva se estaba propagando a los principales países y se convirtió, desde entonces, en un patrón internacional39. Para los poskeynesianos el monetarismo es una “concepción irreal de la economía moderna, de las instituciones y de la historia y por tanto sus políticas monetarias son equivocadas”40; otros veían al monetarismo en retirada porque algunas bases teóricas de la política monetaria, como la estabilidad de la relación dinero-ingreso y la velocidad de la circulación del dinero, estaban en crisis “porque los eslabones que conectaban los sectores reales y financieros habían cambiado en los ochenta”41. Los autores Fazzari y Minsky reconocían en 1984 que el monetarismo sobrevivía y que “no había un modelo bien articulado no-monetarista para los gobernantes”, en un momento en que el keynesianismo ortodoxo se encontraba con un bajo prestigio. Por lo tanto, su objetivo era bosquejar una alternativa teórica al monetarismo y a la política económica. Proponían, con base a Keynes y a Kalecki, un déficit público cuando cayera el empleo y un superávit cuando ocurriera inflación; dentro del marco fiscal, la política monetaria debería acomodar la política fiscal y las necesidades de los negocios, se debería evitar las altas tasas de interés y aliviar los efectos depresivos de las bancarrotas, y el banco central debía ser prestamista de última instancia. En fin, proponían una política económica “marcadamente diferente de los principios que han guiado la política de estabilización en los Estados Unidos en los años recientes”42. A fines de los ochenta el prolífico poskeynesiano, Randall Wray, estuvo tentado a desechar las opinión de Beryl Sprinkel, de Thomas Moore (ambos asesores del Presidente, CEA’s) y de Alan Greenspan (desde entonces el Presidente de la Junta de Gobernadores de la Fed) porque consideraba que tenían opiniones equivocadas de tipo monetaristas, ofertistas, “o algo peor”, con respecto a temas polémicos como la inversión, el ahorro, el déficit público, las tasas de interés, el crowding out; “sin embargo, reconocía, que estos economistas mantienen importantes posiciones como responsables de política económica y sus opiniones sobre los déficit no están lejos de las opiniones presentadas en los manuales de economía”43; por tanto, finalmente, retomaba sus planteamientos para debatirlos. El mismo trato despectivo le iba a dar a otro grupo de economistas como, Barry Bosworth, William Nordhaus, Charles Schultze, entre otros que se encontraban envueltos en la “histeria” por la escasez de ahorro. El profesor Randall calificaba: “tristemente todos estos artículos carecen de teoría. Realmente, la mayoría de los análisis probablemente reprobarían cualquier clase de principios de macroeconomía” y se sorprendía de que se estuviera enseñando economía en las universidades por los economistas menos notables44. Así era el nivel, así era parte de la reacción poskeynesiana al ascenso del monetarismo en Estados Unidos en la década de los ochenta. I.4 CUESTIONAMIENTOS Lo anterior retorna puntos de vista de autores identificados con la corriente keynesiana, que muestra la constante y ancestral polémica con la teoría monetarista y liberal. Aunque el keynesianismo surge en la década de los treinta y se convierte en dominante en las esferas académicas y gubernamentales a partir de los cuarenta, realmente pertenece a una tradición teórica de dos siglos anteriores. Es la vieja lucha entre los proteccionistas y liberales, entre los cuantitativistas y anticuantitativistas, entre la Banking School y la Currency School, entre Malthus y Ricardo, entre fiscalistas y monetaristas, entre globalifóbicos y globalífilicos, etc. En más de dos siglos de economía política ha prevalecido la divergencia, una oposición radical, a veces llevada al extremo y en otras concertada (síntesis neoclásica); las teorías se han convertido en mainstream en épocas claramente diferenciadas, en situaciones distintas; pero no siempre una teoría ha dominado única y exclusivamente. Aunque la obra de Adam Smith es del último tercio del siglo XVIII y tuvo buena acogida, fue hasta principios de la segunda mitad del XIX que sus ideas comenzaron a prevalecer en Inglaterra y a extenderse a escala mundial hasta ser dominante a fines de ese siglo (ver Apéndice: III.1.1) . Se van a sumar al liberalismo clásico, los marginalistas-subjetivistas-neoclásicos del último tercio del siglo XIX. Con esto se conformó una teoría a nivel macro y microeconómico suficiente para satisfacer las necesidades del creciente sistema capitalista industrial, progresista, pujante y globalizador. Era una teoría pragmática e ideológica, que con el tiempo fue más justificadora del orden establecido que eficaz en la solución de problemas económicos. Solamente por su incapacidad para resolver, atenuar o acortar, los efectos dañinos de la Gran Depresión de los treinta, se puede entender el desplazamiento de la vieja teoría por una aparentemente nueva doctrina, “nueva economía” le llamaron en los sesenta. Misma que con el tiempo se volvió también ineficaz. Con base al marco poskeynesiano (I.3) surgen las siguientes preguntas: ¿Por qué se desplaza una teoría-política económica? o ¿por qué se mantiene como sabiduría convencional? ¿por qué una es ortodoxa y otra heterodoxa? ¿por qué unas son revolucionarias, progresistas, y otras son contrarrevolucionarias, conservadoras? ¿quién o cómo se definen? ¿por qué si mueren, reaparecen? ¿realmente las teorías mueren? ¿por qué los gobiernos insisten “tercamente en sus orientaciones de política así se les esté cayendo el mundo”45? ¿por qué se insiste en aplicar teorías consideradas obsoletas y equivocadas? ¿por qué no se les hace caso a los “responsables, a los competentes”46? ¿quiénes son los ilusos, ingenuos? ¿quiénes los realistas y pragmáticos? ¿hay buenos y malos? ¿por qué el pleno empleo y el capital productivo es justo? ¿la lucha antiinflacionaria es injusta? ¿vivimos en el peor de los mundos posibles? ¿ya “murió el monetarismo”47? ¿resurge el keynesianismo? Son muchas las preguntas. Voy a dar mi punto de vista, respuestas en algunos casos, con base a un viejo método de análisis, que también muchas veces ha muerto, y que me parece lo más rescatable del conjunto del arsenal teórico marxista. I.5 RESPUESTAS: MÉTODO Marx analizaba las variables, los fenómenos económicos y a las instituciones a partir del sistema de producción dado. En ese sentido se determinaba lo “justo e injusto” de una política económica o de una demanda patronal u obrera; es justo si es “necesario e inevitable” para el sistema económico, si es acorde con las leyes generales del capitalismo48; en este caso la medida política o la variable económica sirve realmente para el desarrollo del sistema, de lo contrario es “injusto” y afecta al sistema y al capital. Los conceptos conservador y revolucionario son fundamentales en este análisis. En la medida en que queden claros se entenderán con facilidad otros como superfluo, natural, necesario, inevitable, o necesidad inevitable que a Marx y Engels les gustaba utilizar49. Engels, analizaba la utilidad y la necesidad de las clases sociales de acuerdo a la época histórica, por ejemplo, en Inglaterra definía a la aristocracia terrateniente del siglo XVIII como económicamente superflua, y a los capitalistas los veía en 1881 como “una figura superflua”, debido al creciente desarrollo económico que ellos habían contribuido a crear y en ese tiempo ya “eran incapaz de regentar el gigantesco sistema de producción”. Engels en un optimismo desbordante o en un afán senil, como lo hizo en su juventud50, creía que las condiciones productivas y la organización y conciencia de la clase obrera industrial ya estaban adecuadas para la revolución socialista, de tal manera que llamaba a la burguesía a quitarse de en medio y la conminaba “dad a la clase obrera la oportunidad de demostrar de lo que es capaz” porque era la clase necesaria51. Sobrestimó la madurez revolucionaria de la clase obrera y subestimó a los capitalistas y las posibilidades del capitalismo. Lo mismo habían hecho en el Manifiesto Comunista con los movimientos obreros de 1848. El pronóstico fue equivocado, el método es correcto. Engels y Marx son dialécticos hegelianos. Su método de análisis es la dialéctica hegeliana convertida al materialismo. Para Hegel “todo lo real es racional, y todo lo racional es real”, pero, para Engels, la realidad debe corresponder a la necesidad: “la realidad, al desplegarse, se revela como necesidad” y también la necesidad tiene que acreditarse, en última instancia, como racional52; es una tríada dialéctica: necesidad-racionalidad- realidad. Lo que hoy es una realidad lo es porque hay una necesidad y una racionalidad, pero mañana puede ser una irrealidad debido a que se acabó la necesidad y la racionalidad, y continuando con esta dialéctica pasado mañana puede de nuevo convertirse en una realidad. Lo anterior debe tener un sustento material. Son las condiciones materiales, el modo de producción de la vida material o las fuerzas productivas-relaciones de producción las que deben dar fundamento a la realidad, a la necesidad y a su racionalidad. Siendo así, hay una correspondencia entre los fundamentos materiales y el fenómeno dependiente. En el estudio clásico de Marx sobre la concepción del materialismo explica que las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones sociales de producción, porque se transforman de formas de desarrollo de las fuerzas productivas en ataduras de las mismas. Se inicia entonces una época de revolución social53. Lo que era una correspondencia o una determinación entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales se acaba, y, entonces, lo que era real, porque era necesario, se transforma en lo contrario. En el momento de la correspondencia, las relaciones sociales de producción son revolucionarias, porque son las adecuadas y las necesarias para que se desarrollen las fuerzas productivas materiales; la superestructura y las ideas de cómo debe desarrollarse y dirigirse a la sociedad son también las necesarias, de tal manera que la clase dominante llega a representar el interés general o nacional de la sociedad, logrando la conformidad. Esta armonía entre el modo de producción material, el Estado, las clases sociales y la conciencia social es lo que permite un desarrollo superior. En este sentido los cuatro aspectos son revolucionarios y deben desplegar todas sus potencialidades para que sean una realidad. Aunque la parte material, la económica, es la determinante, lo es en términos generales, porque “se halla también sujeta a las repercusiones del movimiento político creado por él mismo y dotado de una relativa independencia: el movimiento del poder estatal, de una parte, y de otra el de la oposición, creada al mismo tiempo que aquél”. El Estado desempeña un papel importante de tal manera que en algunos momentos históricos puede ser decisivo -esto también puede ser para individuos-, puesto que al estar en concordancia con las clases dominantes, representa sus intereses materiales. Para Engels “el poder del Estado sobre el desarrollo económico puede efectuarse de tres maneras: puede proyectarse en la misma dirección, en cuyo caso éste discurre más deprisa; puede ir en contra de él, y entonces, en nuestros días y si se trata de un pueblo grande, acaba siempre, a la larga, sucumbiendo; o puede, finalmente, cerrar al desarrollo económico ciertos derroteros y trazarle imperativamente otros, caso este que se reduce, en última instancia, a uno de los dos anteriores. Pero es evidente que en el segundo y en el tercer caso el poder político puede causar grandes daños al desarrollo económico y originar un derroche de masa de fuerza y de materia”54. Cuando la clase dominante ya cumplió con su función económica, el sistema de producción y la conciencia social dejan de ser útiles, dejan de ser necesarios, se convierten en superfluos55 y, entonces, son una traba, un obstáculo al desarrollo de las fuerzas productivas, se da un estancamiento que perjudica a las nuevas clases o sectores de clases que representan unas relaciones sociales superiores y estalla la revolución social. O, simplemente, se dan reformas a las superestructuras, que a su vez modifican –más reformas- la estructura económica y alargan la permanencia del modo de producción, hasta que se hace insostenible. El Estado, en esta situación, es el que más se resiste e impide el cambio hasta que es desplazado o sustituido por quienes representan las nuevas necesidades materiales. Engels en un texto poco conocido cita partes del discurso que Marx debió haber pronunciado en el Congreso de los librecambistas (ver Apéndice III.1.2), en donde hace un reconocimiento explícito a los clásicos de la economía política en cuanto a la vigencia presente y futura de las leyes del capitalismo: “Todas las leyes relativas a esto que aparecen expuestas en las obras clásicas de los economistas sólo actúan realmente bajo el supuesto que el comercio se vea libre de toda clase de trabas, de que la competencia funcione con absoluta libertad, no sólo en un país, sino en toda la tierra”. Estas leyes que determinan la producción y distribución, descubiertas por Smith, Say y Ricardo se “vuelven más exactas y precisas y dejan de ser meras abstracciones a medida que se impone el librecambio”; Marx le da toda la razón a “los maestros de la ciencia” cuando ellos argumentan que sus conclusiones descansan sobre el supuesto que el comercio se halle libre de todas las trabas56. De acuerdo a Marx y Engels había concordancia entre la economía política, sus propuestas y las leyes del capitalismo y la forma que adoptaban en el siglo XIX. El capitalismo decimonónico necesitaba amplias libertades para desarrollarse a toda plenitud. Los teóricos expresaban esa necesidad y sus ideas eran asumidas por la clase industrial. I.6 KEYNESIANISMO DISFUNCIONAL Y REACCIONARIO: REALIDAD La polémica que viene desde mediados del siglo XVIII entre librecambistas y proteccionistas se define –por supuesto, en última instancia- por las condiciones materiales del modo de producción, por las necesidades de valorización del capital y de su realización. Sucedió en el siglo XIX y también se definió en el siglo XX a partir de los mismos elementos. Los dos sistemas son necesarios e inevitables en determinadas circunstancias y son justos si representan al desarrollo económico, si obedecen a las leyes de la economía política, a las leyes del capitalismo y a los intereses de la clase que representa el progreso. El proteccionismo fue progresista cuando representó a la burguesía comercial del siglo XVI y XVII, pero dejó de serlo cuando surgió el interés de una nueva clase -la burguesía industrial- que desarrollaba al capitalismo hacia formas superiores. El librecambismo era la ideología y la forma de gobierno más adecuado puesto que impulsaba las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. Las revoluciones políticas y sociales de los siglos XVII y XVIII en Inglaterra y en la Europa continental era la respuesta al estancamiento económico del sistema mercantilista y a la superestructura correspondiente. El Estado desempeña un papel clave en esta definición. Aunque lo hace para legitimar y aplicar masivamente lo que la realidad ya ha demostrado. Primero es la realidad y después la aprobación. El liberalismo dio muestras de agotamiento desde la crisis de 1873, pero se prolongó hasta la Primera Guerra Mundial. Todavía en el periodo de entreguerras hubo empecinamiento en mantenerlo a toda costa. Era una política estatal retardataria, reaccionaria, cuando en la realidad ya se estaba adoptando el proteccionismo, la intervención estatal y el Estado del bienestar57. Surgen voces que predican en el desierto y dudan que los intereses creados vayan a reconocer las ideas revolucionarias58. Se requiere de una o varias crisis profundas para romper con una inercia que viene de siglos o décadas59. Se requieren nuevas condiciones que muestren la disfuncionalidad de las políticas y estructuras normales. Se requieren pruebas evidentes de que la crisis afecta los intereses materiales de la clase dominante y que se dude de los principios económicos y sociales que han acompañado a generaciones60. Esto es lo que pasó durante los años de estancamiento y crisis de la economía mundial desde la Primera y la Segunda Guerra Mundial con el liberalismo clásico y la política económica convencional. Es lo mismo que aconteció desde la segunda mitad de 1960 y se prolongó hasta la década de 1970. El keynesianismo se había vuelto deficiente, impotente, molesto, disfuncional, inútil y reaccionario61. El Estado y la política económica keynesiana iban en contra del desarrollo económico, le causaban daño y derrochaban fuerza y materia, como dijo Engels. A tal grado era un tipo de Estado superfluo que desde dentro de las entrañas burocráticas surgieron las fuerzas que lo iban a limitar y a someter. Era un Estado capitalista que se reformaba para mantener la vigencia y el desarrollo del sistema. I.7 MONETARISMO NEOLIBERAL: MONEDA DE USO COMÚN La teoría monetarista liberal se convirtió en teoría de Estado; ésta situación es una verdad demostrada, es una “moneda” de uso corriente en los medios gubernamentales, en los organismos internacionales, en las publicaciones diarias y en los medios académicos; es lugar común en esos medios e instituciones reconocer la relación entre participación del Estado, déficit fiscal, incremento del circulante, inflación, inestabilidad, sobrevaloración del tipo de cambio, devaluación, inflación, alza en las tasas de interés, crisis productiva, desempleo, disminución de la inflación. La afirmación multicitada de Friedman: “el hecho fundamental es que la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario” es el dogma monetarista convertido en ortodoxia. De acuerdo a una de las interpretaciones que se hace del análisis marxista del dinero (ver Apéndice: III.2.1) una parte de ese enunciado es cierta: el excesivo circulante moderno, el dinero de curso obligatorio sin respaldo metálico, produce inflación. En esto los monetaristas han tenido la razón y ha sido suficiente para que la teoría gane adeptos. El monetarismo, y el neoliberalismo, demostró su utilidad, su necesidad y racionalidad en este periodo de estancamiento productivo e inestabilidad monetaria y cambiaria. Los resultados son el alejamiento del Estado de tipo keynesiano, el fortalecimiento de las empresas (sobre todo en un primer momento del capital financiero) y el mercado libre, la globalización, la disminución y el control de la inflación, la recuperación de las ganancias, la derrota y la disciplina (en términos marxistas) de la clase obrera, en fin el cambio de relaciones de fuerzas entre las clases sociales. I.8 EL PEOR DE LOS MUNDOS POSIBLES62: LA DECISIÓN ¿Cómo explicar, a más de dos décadas de su adopción, la aberración y anomalía que ha representado la política y la teoría monetarista liberal? ¿Cómo explicar el engaño, la tozudez, el desvarío, la perturbación, la locura, la estupidez de la burguesía mundial? Se explica de la misma manera que se explicó la adopción de la política keynesiana. Para no ir más lejos: por la necesidad que el sistema tiene de una herramienta útil que resuelva pragmáticamente problemas que se consideran graves y perjudiciales para sus intereses materiales. En ese momento decisivo de la historia económica del capitalismo se consideró que la inflación era “más corrosiva” que cualquier otro problema: “el costo económico y social de la inflación, aunque menos inmediato y obvio que el desempleo, puede resultar todavía más corrosiva” y había que detenerla porque “en las circunstancias actuales, la continuación de la recuperació

Definición de recesión y sus síntomas



Un recesión es un periodo de tiempo de duración mayor a doce meses durante el cual el porcentaje de crecimiento del Producto Interior Bruto de una economía es negativo.

Para la Oficina Nacional de Investigaciones Económicas (National Bureau of Economic Research) de Estados Unidos, considera como recesión cualquier decrecimiento continuado de la actividad económica por dos o más trimestres consecutivos.

Cuando no existe crecimiento, y además hay inflación, se dice que hay estanflación. Si la recesión se prolonga por mucho tiempo se le llama depresión.

De esta definición, no se puede tener un 100% de certeza de estar en una recesión hasta que hayan pasado al menos seis meses. Sin embaro, hay síntomas que pueden ayudar a definir hacía donde se drige una economía.

¿Cuales son los síntomas que hacen pensar en una recesion?

  • Aumento del desempleo, ante la incapaciad de generar nuevos empleos porque no hay crecimiento; en el caso de un crecimiento negativo, aumentan los despidos.
  • Disminución del consumo, ya sea por el aumento de precios (inflación), o por la disminución de la capacidad de consumo (menos dinero, mayores tasas de interés en créditos, etc).
  • Aumento en la cartera vencida de los créditos, provocada por la falta de capacidad de pago de los deudores, que a su vez es provocada por la inflación y el aumento en tasas de interés.
  • Disminución del PIB, ya que disminuye el consumo.
  • Aumento de inventarios, sobre todo en la industria manufacturera.