Marzo 11, 2010 | Por ROma | Claves: cordoba, feminismo, futuro, guerra, hembrismo, machismo | # Enlace permanente
A la presidente y su consejo de gobierno mundial:
- Buen día pendejo, bienvenido al centro de operaciones de la ciudad de Córdoba, has sido seleccionado por mi comandante en jefe Fur.
- Este… Si…
- ¡Veo q lo conociste! Entonces será más fácil explicarte el proyecto de nuestro batallón, podría cambiar el curso de esta guerra pendejo ¿Cómo me dijiste que te llamabas? Ah! cierto no me dijiste, cuidado con las puertas, son muy bajas viste, es un bunker.
- Entiendo señor
- No me vengas con formalismos pendejo, no me presenté soy el General Gabriel Urquiza. Generalmente me llaman Urquiza, bueno acá te dejo, vos López llévalo a su cuartito que voy a hablar con Fur. ¡Un gusto tenerte con nosotros pendejo!
Estábamos operando en el búnker de la Ciudad de Córdoba como el centro de operaciones de los hombres destinados al sector central del país, abarcaba Santiago del Estero, San Luís, La pampa, Mendoza y demás provincias cercanas. Éramos uno de los 4 sectores junto con el sector Porteño, el Patagónico y el Norteño. Ese día me habían traído un novato recomendado por mi Comandante en Jefe, amigo mío desde hacia un buen tiempo y persona de mi confianza, por eso ni pensé en entrevistar al nuevo. Establecidos bajo el antiguo Palacio de Justicia (hoy solo ruinas causa de la guerra) nos concentrábamos en un Búnker lleno de ratas y mal olor, con muchas pequeñas galerías y puertas muy bajas en las que te golpeabas la cabeza hasta acostumbrarte. El ambiente oscuro que reinaba las inmediaciones terminaba por agudizarte la vista por el hecho de tener solo algunas lámparas que iluminaban poco, vestidos con ropa militar y otras prendas fuertes yo resaltaba por le hecho de haber sido uno de los primeros en tomar la ofensiva por lo que vestía unas botas de policía, un pantalón militar, una camisa y un saco de Jean atiborrado de elementos. Mis pulseras eran tema de discusión entre los soldados quienes no entendían porque las tenía y mi pelo largo atado junto con mi barba daba un aspecto más viejo del que realmente tenía. Llegué al cuarto donde estaba Fur e hice salir a todos los presentes.
- Afuera todos.
- Hola Urquiza, que buena manera de decir hola.
- No entres con formalismos hermano, sabés porque estoy acá.
- El chico tiene muy buenas ideas, aunque a mí tampoco me transmitió mucha confianza
- Es muy débil, necesita entrenamiento.
- Por eso te lo di a vos.
- Va a formar parte de la junta ¿no?
- Si, como dije, tiene buenas ideas.
- Nos vemos en una hora en el cuarto de reuniones.
Sin dejar que me contestara salí, más tranquilo por haber dejado en claro el tema. Ese día teníamos la reunión acerca de una nueva estrategia de nuestro plan para ponerle fin a la guerra lo cual me tenía un poco ofuscado. Fur, sin embargo, parecía calmado, su as en la manga (el chico) parecía haber dominado sus impulsos. Fur era un hombre de estatura media, corpulento, con varios años de gimnasio encima y un rostro marcado por las batallas pero de gran sensibilidad, usaba campera de cuero así como todos los altos rangos y mostraba una gran barba que cubría casi toda su cara. Su mirada de “asesino a sueldo” era solamente una careta, el era un hombre de buenas intenciones y yo confiaba totalmente en él. Al salir de su cuarto fui al mío, totalmente diferente al de Fur, tenía pegados pósteres de una época de recitales, un reloj, una cama destendida, una silla, un banco y un escritorio para escribir, todo eso en un espacio para una persona. Llegué y me preparé mentalmente para la reunión, toqué mi collar alguna vez regalado por alguien a quién no debía nombrar. Me levanté y mandé a buscar al chico para que lo mandaran al cuarto de reuniones, cosa que llamó la atención de los soldados y a los minutos me encontré sentado solo con el chico esperando a mi compañero.
- Bueno chico, no me has dicho tu nombre
- Mariano señor, Mariano Fortte
- Bueno Fortte, esto es sencillo, más o menos sabrás a donde estás y porqué ¿o no?
- Sssi, es el centro de operaciones de los Hombres de la ciudad de córdoba, instituido luego de la revolución por parte de los Hombres hacia el autoritarismo de las Mujeres.
- Perfectamente, entonces sabrás que hace 10 años que estamos en guerra, y que ellas, dominantes de los recursos militares y establecimientos de antaño, tienen una logística e inteligencia más fuerte que la nuestra.
- Si señor.
- Urquiza por favor.
- Si Urquiza, pero no por eso nos vamos a dar por vencidos
- Perfectamente, por lo que sé has sido reclutado por tener ingeniosas ideas que aportar a nuestro proyecto y eso nos diferencia de ellas, la unión que tenemos y sencillez.
- Eso dicen de mí señor, usted lo evaluará.
- Bueno, viendo y considerando que mi compañero no está, paso a explicarte cual es el plan que tenemos para terminar con esta guerra. Nuestro laboratorios han desarrollado un virus que ataca directamente a las mujeres, este virus penetra en el cuerpo de las mujeres mediante las esporas de las plantas que se esparcen microscópicamente por el aire y atacan el centro nervioso que las distingue de los hombres, llevándolas primero a un estado de inconciencia parecido al sueño para luego dejarlas en coma y dar un shock eléctrico a su red nerviosa, descubriendo su muerte horas después (o días) sin rastro del virus, de esta manera exterminaríamos a nuestro enemigo y pondríamos fin a la guerra.
-¿Puedo opinar señor?
- Evidentemente.
- Gracias, yo pienso que su idea es muy práctica pero ¿no cree que estarán pagando justas por pecadoras?
- Esta guerra empezó porque la idea de feminismo fue desvirtuada a decir “las mujeres debemos tener el poder porque el hombre es inútil más que para procrear” según el discurso de la última presidente democrática, luego empezó la dictadura y los hombres fueron usados como fuerza bruta de trabajo y se crearon los centros de procreación, fuimos marginados y ahora es nuestro turno de deshacernos de estas arpías que tanto tiempo aguantamos como iguales.
- Señor, pero no todas las mujeres son así, así como todos los hombres…
-¡Así como todos los hombres tampoco! pero eso no les interesó ¿no?
- De todas maneras señor…
Interrumpió la conversación Fur que acababa de entrar y ambos miramos sorprendidos al haber olvidado que vendría.
- Dejen de discutir estupideces, vos sabés Urquiza que no puedo estar más de acuerdo con vos, pero es cierto también que esta guerra fue empezada por dejarse llevar por las diferencias y desvirtuar la relación entre los humanos.
- Si Fur, tenes razón, los exámenes y los laboratorios cuando revelaron la diferencia cerebral entre el hombre y la mujer advirtieron que ninguno era mejor que el otro, sino simplemente diferentes, me dejé llevar.
Fur tenía esa capacidad para tranquilizarme, a pesar de que sus gustos no eran los mismos que los míos sabía lo que estaba bien y me lo recordaba.
- Fortte, veo que conociste a Urquiza, y que te enteraste de nuestro plan. Nuestro laboratorios han aislado la parte de la mujer que convierte a muchas de ellas en lo que son, y que otras no tienen, por eso es que traje los resultados de las diferentes capacidades de las mujeres que podrían servir para elegir cuales de ellas matar y cuales no.
- Si señor, lo veo conveniente, aunque si me dejan opinar creo que el problema de esta guerra fue que no lograron entender las diferencias, y podríamos vivir en paz de nuevo.
- Pfff, ¿vivir en paz? estas mujeres no logran ver más allá de sus polleras e histeriquismos.
-¿Resentidas por haber sido así esclavizadas hasta la declaración de sus derechos?
- ¡Probablemente Fur! pero luego maduramos y las pusimos de igual a igual y ellas se tomaron del codo y nos esclavizaron a nosotros.
- Le hago una pregunta señor, ¿estuvo usted enamorado?
Titubeé un segundo, había tocado mi talón de Aquiles, no sabía que contestarle. Sí, estuve enamorado, tuve una hija pero me partieron el corazón cuando nos dejaron solos por unirse a ese estúpido grupo hembrista y llevarse a mi hija.
- Posiblemente, no lo he descubierto aún. ¿Porque chico?
- Porque me parece que el problema que surge es por lo que usted dijo, el feminismo llevado al hembrismo, y también por la cantidad de corazones rotos y de problemas maritales que día a día producían más y más divorcios, pero esto también fue causa de un gran egoísmo, falta de comunicación y principalmente compañerismo. Eran cada vez más parejas de sexo que parejas para compartir, cada vez menos charla y entendimientos y mucho pensar en uno mismo.
- El chico tiene razón Urquiza, por eso es que seleccionamos mujeres para que sobrevivan.
- Perdón Señor, pero no creo que matarlas ponga solución al hecho, es más, nos convertiríamos en ellas.
El chico se estaba acostumbrando a la charla y se metía con ideas que me hacían recordar mis años de idealista, aún así seguía pendiente de mi plan el cual estaba preparado para lanzarse inmediatamente ya que los hombres, más prácticos que las mujeres, no esperaban para nada.
- No lo había pensado pendejo, pero de todas maneras no creo que ellas se pondrían a reflexionar una paz siendo que están muy bien acomodadas ahí arriba con esos vendidos que las sirven como caballos.
- Piénselo así, seremos parte de una matanza porque estamos resentidos, vamos a hacer lo mismo que ellas, sería mejor ser inteligentes y buscar mejorar eso que yo le comenté (y ustedes estuvieron de acuerdo) son las causas de este problema.
- Concuerdo en parte con vos chico, pero eso se puede hacer eligiendo que tipo de gen es el que queremos eliminar, matando a ese tipo de mujeres, por eso el virus selecciona a las que tengan histeriquismo, dualismo, etc.
- Pero señor, si se han encontrado rastros de esos genes en los hombres también, y creo señor, que sería de cobardes y poco inteligentes el buscar el camino más corto y no el correcto.
Fur se vio sorprendido, y yo aún más, nunca vi a un hombre no muy afecto a las mujeres en ningún sentido defenderlas y realmente conciliar la idea de salvarlas y buscar un intermedio, una comunicación. Yo seguía pensando que era muy utópico lo que el chico decía, quizás porque con los años me he ido cerrando de mente, pero aún así algo de lo que decía me movía el corazón.
- Urquiza… el chico tiene razón, no puedo evitar darle la razón, abortemos la misión y enviemos una embajada de paz a negociar, aunque no queramos sabemos muy bien que sería de cobardes matarlas y que muchos hombres y mujeres viven juntos clandestinamente en esta guerra creyendo en vivir felices y en la paz, creyendo en su complementación y no división gracias a sus diferencias.
No podía creer lo que escuchaba, sin embargo tenía razón, pero no quería dar el brazo a torcer, tantas noches trabajando, tanta gente confiaba en mí.
- Me Fur, esas son utopías que la humanidad demostró ¡que no existían! y que el amor es simplemente costumbre.
- Deja de decir estupideces Urquiza, ¿acaso lo tuyo con Victoria fue costumbre?, ¿y tu hija producto de convivir mucho tiempo?
- Yo…
Una lágrima rodó por mi mejilla, recordaba a mi pequeña cuando fue llevada por su madre, tenía terror de matarla a ella también, que hubiera heredado el gen. El chico no se movía hasta que soltó unas palabras.
- Señor, creo que debería abortar la misión y pensar en enviar una embajada de paz como sugirió Fur.
- Yo también lo creo chico, espero estar a tiempo.
Las miradas de ambos se desorbitaron cuando dije eso, Fur se acordó de que el envío del virus era automático y el chico creo que lo adivinó. Corrí hacia el laboratorio porque me habían convencido, no quería ser uno más de los que realmente empezaron esta guerra, independientemente si eran hombres o mujeres, eran egoístas y cerrados. Pasé entre medio de mis soldados volcando una olla de comida y golpeándome repetidas veces en la cabeza con los marcos de las puertas, llegué al laboratorio y del apuro no lograba poner la clave para ingresar. La puerta blanca, pulcra guardaba el lugar en donde se manipulaban los virus y la computadora encargada de enviarlos una vez cargados los datos. Cansado agarré mi arma y disparé a la puerta entrando forzosamente, encendí la pantalla del monitor para ver que el proceso estaba al 50%, logré pararlo desconectando la computadora y cerrando manualmente las compuertas pero ya era tarde, una gran parte del virus se había espacirdo, solo podíamos confiar en que no avanzara tan rápido. Justo en ese momento llegó Fur y el chico.
- ¿Que pasó?
- Se envió el 50% del virus Fur…
- Señor, ¿no tienen un antiviral?
- Estaban trabajando en ello chico
- Urquiza, que vamos a hacer.
- No quejarnos por los problemas y buscar una solución como siempre te he dicho, busca los médicos y que empiecen a preparar un antiviral, tenemos que advertir a las mujeres, espero que encuentren justificable nuestro error, lo lograste chico, vamos a tener que trabajar con ellas, ahora salgamos de acá, movámonos ahora.
- Si hermano.
- Gracias Señor.
- Urquiza pendejo, Urquiza.
Corrí hacia mis hombres y les dije del problema rápidamente y deje a Fur hablando por mí, derivé al chico con un grupo de paz al que me uniría para ver a las Mujeres y me fui a mi cuarto a cambiar. Así era mi vida, agitada y sin tiempo para quejarse de los problemas, porque así no se solucionan. Desde ese día que he recuperado un poco de esa utopía juvenil y en este momento sigo recorriendo el mundo, llevando el antiviral a cada lugar que puedo y entristeciéndome por los miles de cuarteles tanto de hombres como de mujeres que nos rechazan y que quieren seguir la guerra, pero contento de tener compañeras que nos acompañen. El clima es frío en estas latitudes, pero cuando tenemos un propósito lo demás es solo un problema, y los problemas se solucionan haciendo, no quejándose. Termino por Ahora mi declaración de la ruptura del Grupo Hombres de la Ciudad de Córdoba y le hago saber de esta manera los sucesos que dieron causa al esparcimiento del virus, aclarándole señora Presidenta que el laboratorio fue quemado y el antiviral reproducido para que no se pueda hacer más daño del que ya hemos hecho.
Atte. Gral. Gabriel Urquiza
Octubre 21, 2009 | Por ROma | Claves: cesar, cordoba, corresponsal, cuento, fantastico, mario, roma, viajero | # Enlace permanente
Queridos lectores
Como dice en la aclaración de mi blog, este es para fomentar la cultura cordobesa de cualquier aspecto, y para inagurar esto les presento un cuento (algo largo pero atrapante) escrito por Mario Cesar.
Este cuento habla de un corresponsal viajero que para aquel no familiarizado con la palabra es, en cordobés, un periodista que va recopilando historias para el medio viajando por el interior. No los jodo más, leanlo, muy interesante.
Corresponsal viajero
Primera nota de viaje: Me llamo Aquiles Robles, soy corresponsal viajero novato. Veintitrés años de edad y cero años de experiencia periodística. Aún así, espero que mis notas resulten interesantes.-
Salí hacia el norte, por mandato de mi Jefe de Redacción del diario El Tremolar. Quería le hiciera una serie de notas sobre la vida en los rincones alejados de las rutas, allí donde nadie llega y nadie sale, porque hasta los muertos permanecen cerca en improvisados camposantos, como guardianes de las almas restantes.-
Así que tomé rumbo a lo desconocido. No conociendo caminos, lo mejor para moverme han sido dos caballos que compró el diario en los corrales de la salida de la ciudad a un vendedor de dudosa estampa. Sin papeles, sin recibos y poca certeza de propiedad, eran los únicos disponibles y en uno de ellos acomodé un par de bolsas con ropas, yerbera, pava, fósforos, algunos remedios para emergencias, un par de alforjas con cosas de urgencia como ser unas limetas de ginebra, una frazada arrollada y otros cachivaches. En el otro me subí como si fuera jinete experto, até fuerte a mi mandíbula el barbijo del sombrero, acomodé bien el poncho colorado que me defendería del polvo del camino y emprendí la marcha. Me sentí como aquellos conquistadores que salían dispuestos a sumar el horizonte en sus imperios. Claro que yo solo intentaba llegar a algunos pueblitos mucho más cercanos, a la vez que lejanos de lo que en nuestra soberbia llamamos civilización.-
Después de algunos días en blanco siguiendo senderos adivinados entre montes y cañadones, se me apareció a la vista un poblado rodeado de algunos matorrales dispersos.-
Las patas de los caballos se enterraban en el polvo fino como el talco que forma el guadal, y en el aire se levantaba una nube espesa al paso de nuestro cuerpo expedicionario de dos palafrenes y un jinete. Envolví la cabeza con un pañuelo grande, puse de costado el caballo para que diera cara al viento y así, costaleando con trote corto, me fui arrimando.-
De solo ver a lo que me acercaba daban ganas de salir disparado. Pero tuve en claro que era también una oportunidad de contar las vivencias que me habían pedido.-
Salió a recibirme un enorme perro negro de pelo bien corto, patas largas y costillas que casi escapaban de su cuero polvoriento. El pobre no tenía fuerzas ni para ladrar así que se limitó a olfatear los caballos y no encontrando algo de su interés dio la vuelta y se alejó, como con desprecio.-
Unas cabras miraron con curiosidad mientras se paraban en sus patas traseras y bajaban ramas de una morera buscando algún brote. No éramos mis caballos y yo suficientemente importantes para que detuvieran la tarea, así que nos dejaron seguir sin intervenir.-
Había escuchado la expresión “sol que parte la tierra” pero siempre me pareció exagerada, hasta ese día. Allí donde el polvo se había volado la tierra mostraba unas grietas secas en las que cabía bien la mano. Era tan dura que el trote de los caballos resonaba como golpeando sobre piedra. Al menos es lo que me pareció escuchar, tanto era mi asombro.-
Dos esqueletos blanquecinos, de un equino y un vacuno, yacían a un costado mostrando aún jirones del cuero arrancado por los carroñeros y que se sacudían al viento, adheridos a unas costillas descarnadas que se estaban disgregando. Sus huecas calaveras apuntaban al cielo, como esperanzadas de algo.-
Crucé despacio por lo que podía ser la calle principal, solo que no era ni calle siquiera sino un espacio supuestamente más transitado que los otros. Algunos perros ladraron sin salir de la sombra y un par de gallinas cruzaron velozmente, asustadas por tanto tránsito, deduje sonriendo.-
Alguien se asomó, miró con curiosidad y salió despacio al frente de la casa. Era un anciano de oscura piel apergaminada, largos bigotes grises y barba raleada. Su indumentaria consistía en un sombrero negro gastado tirando a marrón por el polvo y con barbijo ajustado, una camisa de mangas largas con remiendos de distintos colores, pañuelo atado al cuello, unas bombachas camperas sostenidas con un cinto de cuero al que estaban adosadas algunas monedas, simulando una rastra. Unas alpargatas bigotudas con agujeros que mostraban algunos dedos cerraban el cuadro de semejante figura.-
Saludé tocando el ala de mi sombrero, gesto que me fue respondido en silencio. Quise imaginar qué estaría pensando el hombre, pero me resultó imposible.-
Claro que tenía que conversar con alguien para cumplir la tarea encomendada, así que a medida que avanzaba buscaba donde apearme. Los pocos habitantes que fui cruzando pasaban a mi lado con indiferencia, como si no existiera, tanta era su soledad hecha marco de vida que seguramente creyeron que era un fantasma. Y si así hubiera sido poco habría durado el espectro sin huir de semejante cuadro. Para mis adentros bauticé el lugar: Las Penurias.-
Casi saliendo ya del escaso caserío la encontré. Cargaba con leña un horno de barro de boca ennegrecida mientras a su lado una batea tapada con lona aguardaba con los panes a cocinar.-
Saludé y me respondió.-
– Buenas tardes, señora.
– Güenas señor. ¿Cómo está?
La corta respuesta era, de todos modos, una invitación a seguir hablando, así que detuve la marcha, descendí lentamente y, previo atar las riendas a una rama de espinillo, me acerqué casi con miedo de espantar la única persona que hasta ese momento no era muda.-
Se trataba de una mujer robusta, de cabellos negros opacos recogidos y atados con una tirita de tela a la nuca. Una cara redonda de piel morena, ojos chispeantes y nariz aplastada, ofrecía una sonrisa de dientes blancos con un par de huecos de piezas faltantes. Pechos grandes sostenidos, es un decir, solo por una blusa desteñida. Unas bombachas camperas, similares a las del anciano que cruzara unos metros antes, cubiertas con un delantal atado a la cintura salpicado con rastros de harina. Pies descalzos, sucios, de plantas encallecidas.-
– Señora, quisiera conversar con usted.
– ¿Y pa´qué?. Si se puede saber…
– Ocurre que quiero conocer cómo se vive por acá, cómo es la gente, qué hace….
– ¿Y a usté que le importa…? –Me contestó casi con enojo.
– Simple, y disculpe el atrevimiento. Solo que mi trabajo es el de contar las historias que voy encontrando en el camino.
– Vea don, aquí la gente no vive. Aquí la gente dura y nada más. Así que poco va a encontrar para sus cuentos.
– Bueno, al menos dígame algo de usted…
– Mire. Aquí vivimos cuatro. Yo, mis dos hijas y el marido de las tres…
– ¿Y cómo es eso? –Pregunté con asombro.
– Simple. Primero se juntó conmigo, dispué con la Micaela, m´hija la más grande y más dispué con la Dolores, la más chica.
– ¿Y no tuvieron problemas?
– Sepa don: Todo lo que pasó está en un sumario que se hizo en la comesaría de Las Flores por una denuncia mía, así que vaya y pregunte ahí, que tienen todo asentau. Aquí nos vinimos cuando se terminó el bochinche del sumario porque en Las Flores la gente es muy chismosa.-
Me hice el propósito de no perder semejante historia, así que seguí con otros temas teniendo bien anotados los datos para averiguar.-
– Usted se llama….
– Angélica Solores, casi cuarenta años.
– Casada, o juntada, digo…
– Viuda, y no sé de quién…
– No le entiendo. ¿Cómo que no sabe de quién es viuda?
– Mi primer marido, el padre de mis hijas se fue a la cosecha y no volvió, así que dejé pasar unos años y me volví a casar porque seguro se había muerto. Mi segundo marido también se fue sin volver, por lo que supongo también es finao. Así que soy viuda pero no sé de cual de ellos, o de los dos. Simple, ¿vio?…Pero mejor pasemos adentro porque si no el sol nos va a cocinar.
Sus modales hoscos habían desaparecido y ofrecerme entrar a su casa fue todo un gesto de enorme valor. En el campo la hospitalidad es muy apreciada.-
La sequía ha hecho estragos en la zona. El viento sopla con un silbo grave y monótono filtrándose por las rendijas de las ventanas que tratan de cerrar los huecos con sus formas quebradas en falsa escuadra. A todas las casuchas que he visto les cabe la misma descripción. Las puertas, cuando las hay, están sostenidas con trozos de cueros clavados a los postes que hacen las veces de marcos. Una soguita sucia obra de cerradura, para lo que se la ata a un clavo de cabeza doblada. El agua de las lluvias, el sol y la falta de cuidados han ido pudriendo la partes de abajo de las puertas, armadas con pedazos de tablas unidas a unos travesaños precarios mediante clavos oxidados. La podredumbre sacó pequeñas tiras de esos cerramientos por lo que más que puertas de madera podría decirse que semejan cortinas desflecadas endurecidas por las soledades.-
Las paredes hechas de barro amasado con bosta de caballo, sostenido con cañas entrecruzadas, sirven para frenar los fríos, los calores y los vientos. Pero son totalmente inútiles para frenar las desdichas. Algunas paredes muestran haber estado blanqueadas con cal en otros tiempos.-
Los techos tienen caída hacia un solo lado y están armados con cañas acomodadas juntas y bien atadas sobre travesaños de troncos de diversos orígenes. Sobre las cañas algunas maderas y encima de todos una capa de tierra con plantas pequeñas que en algo reducen, supongo, la intensidad de los calores del verano y las heladas del invierno.-
En una sola pieza se cocina, se come, se duerme, se ama. El único espacio separado es el de la letrina, hecha a los fondos con un pozo de unos dos metros de profundidad y una tapa de madera agujereada que hace las veces de piso del retrete, rodeado de angostas paredes de barro, una lona en la entrada y, en algunos casos, un techo de ramas secas.-
Los pisos son del mismo material que las calles: Tierra apisonada por pies que van y vienen siempre, como buscando un destino. Los pocos pobladores que alcancé a ver transitaban cerca de las paredes, más para evitar el sol que para eludir algún tránsito del que solo pude ver un jinete mal montado en escuálido jamelgo, un burro aburrido pellizcando los rincones en busca de un verde escaso y una majadita de cabras quejosas arreadas por un chiquilín descalzo armado de una vara que lo superaba en altura.-
Cada casa con su árbol y cada árbol con su perro dormido a la sombra. Los pocos árboles que quedan en el monte sirven de refugio a algunos pájaros sobrevivientes de la dura sequía.-
Por lo que me contó Angélica, el lugar supo ser parada del ferrocarril y por razones desconocidas un día ya no pasó. Se lo esperó en vano varios días, hasta que el encargado del parador juntó sus cosas y se fue, dejando abandonada la construcción que con exageración llamaba “La estación”.-
Con el cierre del tránsito ferroviario se terminaron algunas changas para descargar algo de provisiones u otros materiales y también se terminó el agua traída con vagones cisternas y que se cargaba en tanques elevados con una bomba que desapareció junto con el encargado.-
Se afincaron la soledad, la tristeza y el silencio. Un trío temible que se empecina por prevalecer ante los esfuerzos de los que deciden hacerle frente.-
Algunas cabras y vacas daban tiempo atrás algo de alimento. Leche y carnes que se sumaban a siembras de maíz, zapallos y algunas verduras de hojas. Árboles de moras silvestres, mandarinas, limoneros y otros aportaban frutos. Pero de a poco fueron desapareciendo como siguiendo la sombra del tren, murmuraba Angélica más para sí que para ser escuchada.-
Antes, el agua era escasa pero siempre alcanzaba para lo elemental. Se la sacaba de las represas cavadas en algunos desniveles o de lagunas naturales que duraban todo el año para regocijo de los animales. No había límites de las propiedades así todos se servían del lugar más cercanos.-
Pero la temporada seca, mucho más que las anteriores, ha terminado con las reservas. Ahora solo queda un zanjón con un hilo de agua que se filtra desde las entrañas de la tierra con un fuerte gusto salobre. Con la fuerza del sol toma enseguida una tonalidad verdosa. Allí se apretujan cabras, caballos, burros y vacunos pujando por un sorbo que apague la sed pero que a veces los termina matando por su excesiva salobridad. En los extremos más alejados de la zanja beben los pájaros, los perros y alguno que otro bicho salvaje como zorros, liebres, vizcachas y hasta avispas silvestres-
También la gente se sirve, filtrando el agua con un trapo para nada limpio, sacándole los palitos y basuritas que dejaban caer los animales. Y con esa recolección turbia se cocina, se lava y se bebe. No entiendo cómo sobrevive esa gente después de ingerir semejante caldo de microbios, parásitos, sales y estiércoles. Tal vez no mueren por no haber acumulado todavía suficientes sufrimientos, digo yo.-
Así me fue relatando Angélica las vivencias y avatares del caserío. Me convidó algo de pan casero de la horneada anterior, regalándome un buen trozo que cuidé de envolver con un pañuelo y colocar en el fondo de la alforja de alimentos.-
En el centro de la pieza, que hace las veces de vivienda total, un enorme tocón seco de quebracho bien cortado a nivel sirve de mesa, con una vela apagada calzada en una vieja botella y bien al centro.-
Una cama doble, una cama turca y un catre tijera forman parte del mobiliario que se completa con un brasero humeante en un rincón sobre el cual pende una olla negra, redonda, de tres patas, de hierro. Apilados sobre un cajón dado vuelta se ven algunos platos de enlozado con cachas, vasos de formas dispares, una pava ennegrecida y otros elementos difíciles de reconocer de lejos.-
– Señora Angélica, ¿está usted sola? ¿Y sus hijas? ¿Y su mari…digo yerno?
– Han salido todos al monte a buscar leña y algo de comer. En esta época se suelen encontrar camoatices con bastante miel, aunque las avispas son bravas. También algún animalito que tirar a la olla, como ser liebres, mulitas y, si hay suerte, puede que encuentren un viracho. Si no consiguen algo habrá que carnear una cabra.
– Y aprovechan todo, seguro…
– Así es. Con la sangre de las cabras hacemos chanfaina mezclada con cebollas, ajíses putaparió y las achuras. Entonces invitamos a los vecinos porque es mucho lo que sale y no es cuestión que se pudra. De paso conversamos y nos reímos.
Ahí supe que los otros habitantes no eran mudos, como había supuesto.-
Casi al descuido colgué mi poncho colorado de un clavo junto a la puerta y me senté en un banquito de patas cortas, dispuesto a seguir indagando en ese desfile de asombros.-
– Cuénteme cómo hacen si se enferman.
– Hay una culandrera que nos saca los males. Ayer no más andaba yo con un dolor en los pieses que no podía más. Me fui a verla. Colocó unos granitos secos que sacó de una bolsita, los tiró dentro de un vaso con agua mientras rezaba una plegaria. No me va a creer pero me dijo que tenía sacado dos nervios chicos y uno grande y que se me iba a pasar por la noche.
– ¿Y…?
– Así fue. Esta mañana no me dolía más nada. Es muy sanadora Doña Savita.
– Pero debe haber otras cosas, además de dolores.
– Seguro. Pero para cada cosa tiene remedios. Sobre todo yuyos. También mide el empacho, hace cataplasmas, pone ventosas, les cura el ojeo a los recién nacidos. Hay que ver como dejan de llorar los chicos después que los atiende.
– ¿Y con los partos?
– Hay pocos, porque es poca la gente joven. También Doña Savita es baqueana y atiende bien los nacimientos.
– ¿Y si no da resultado con sus curas?
– En ese caso hay que morirse, nomás. Qué tanto…alguna vez aiser.
Como la tarde se terminaba, decidí seguir viaje.-
Angélica me indicó la ruta hacia Las Flores, apuntando al sol que huía.-
Avancé a buen paso, sin cansar las cabalgaduras, aprovechando que el viento se había calmado. El único ser vivo que apareció en esta etapa fue una iguana que cruzó velozmente delante nuestro sin dignarse a mirarnos. Las chicharras del monte comenzaron sus estridentes llamados mientras algunas luciérnagas se iban presentando a medida que la oscuridad se acercaba.-
En Las Flores pregunté por alguna habitación para dormir y, si fuera posible, darme el lujo de un buen baño. Conseguí una especie de hospedaje, pensión o no sé como llamarlo donde me calentaron algo de agua en una pava enorme que entibió una bañadera enlozada y me relajó del cansancio. Me sirvieron una cena opípara de sopa, tripa rellena con arroz y
un trozo de carne asada algo dura pero sabrosa. Todo acompañado con una jarrita de vino indudablemente rebajado.-
Cuando quise armar la precaria cama y extender el poncho caí en la cuenta que lo había dejado colgado en lo de Angélica. Bueno, si mañana paso siguiendo mi ruta lo recupero, no sin antes visitar la comisaría para enterarme bien de la historia de la pintoresca mujer.-
Aquí termino por hoy. Es hora de dormir.-
– - – -
Segunda nota de viaje: Sigo lo que comencé ayer, y esto que escribo creo es mi último reportaje, vaya sabiéndolo mi Jefe. Solo la certeza de estar nuevamente en Las Flores, con todo lo que le falta a este pueblo, me anima a seguir con el relato.-
Son las once de la noche y paso a contar lo ocurrido en este día tan particular.-
Temprano me apersoné en la comisaría del pueblo con mi cuaderno de notas y mi máquina fotográfica que ayer no tuve presente, lástima. En la puerta, como de guardia, un pequeño perro lanudo y sucio, mandíbula en el suelo, me siguió con los ojos sin mover la cabeza. Con disimulada sonrisa me dije. “Perro policía pero de civil, debe ser detective…..”
Un sargento de uniforme desteñido, desabrochado, me atendió con desgano.-
– ¿Qué busca el señor?
– Sepa usted disculpar mi atrevimiento, pero quisiera saber si me pueden facilitar un sumario para darle una ojeada.
– Eso no está permitido a menos que sea parte interesada.
– Ocurre que soy del diario El Tremolar y me intereso por un caso.
– Si me dice de que se trata le pregunto al comisario….
– Mire, son las actuaciones por una denuncia de Angélica Solores.
Como si hubiera nombrado el mismo Satanás, el sargento abrió los ojos, dejó caer la mandíbula y se escabulló con premura hasta una especie de oficina que estaba más allá del mostrador. Solo escuché algo así como ¡Otro más…!. Me quedé desconcertado.-
Se hizo presente un oficial que hacía las veces de comisario. Gordo, pelado, mordisqueando una galleta sostenida con una mano. En la otra un mate que sorbía ruidosamente.-
Me miró con curiosidad.-
– Así que usted quiere saber cosas de la Angélica Solores.
– Sí señor, si no le es problema. Solo por curiosidad.
– Le voy a prestar el libro de actuaciones donde figura asentado el caso. Tendrá que leerlo aquí mismo. Si quiere le doy un lugar en la oficina mientras hago una recorrida por el pueblo. No lo puede sacar de la c
omisaría y si lo hace lo voy a perseguir y se va a tener que comer varios días de calabozo y algún coscorrón. ¿Me entiende?
– Muy claro. Solo voy a tomar algunos apuntes.
– Bien. Sargento, proceda y cuide que todo vaya bien.
El nombrado sacó de un armario un libro que de entrada me llamó la atención. Descolorido, bastante roído. Lo llevó hasta el escritorio del comisario, abriéndolo con mano temblorosa en una hoja señalada con un trozo de cartón. En silencio me indicó un sillón y volvió al despacho, dejando la puerta abierta para no perderme de vista.-
Qué raro, estaba señalado. Pensé.-
Primero comencé a leer pero me di cuenta que tenía que copiar todo, tal cual figuraba, mientras un detalle me aceleraba el corazón. No podía creer en lo que estaba leyendo. Con un gran esfuerzo, palabra por palabra, fui asentando en mi libreta de apuntes todo lo que el libro de actuaciones me ofrecía. El detalle me asaltaba a cada momento. Decidí transcribir textualmente, con la ortografía y gramática originales, aunque no me creyeran:
“Denuncia de Angélica Solores contra Bonifacio Estrella, acusándolo de aber abusado de ella y de sus dos hijas.”
“El día de oy, 15 de enero de 1909, se presenta ante mi, Marcos Andrade, Comisario de Policía de Las Flores, una mujer que dijo venía a levantar una denuncia y la que respondiendo a las preguntas que le hizo contestó; llamarse Angélica Solores, viuda (no sabe de quien), santiagueña de treintai ocho añios deedá, quien vive en una casa blanquiada de verde que ay al otro lao de la estasión, en el camino que va pal matadero. Dispues deso le pasé la palabra a eya y dijo: que la primera ves se casó con Francisco Carreño, de quien tuvo dos hijas, la Micaela y la Dolores de 18 y 15 añios deedá cada una de eyas; que eran mui felises pero un día el se fue a trabajar a la cosecha pero como estuvo cuatro añios sin volver pa las casas ni dar señiales de vida, eya creyéndolo muerto se volvió a casar con el Casimiro Reyes, de quien tuvo otros tres hijos más. Que no sabe porque causa Reyes, tambien la abandonó hace ya mucho tiempo, y como no esta sigura si sus dos maridos son muertos o no, es que no sabe de cual deyos es viuda. Que hace un añio se conoció con el Bonifacio Estrella, foguista de tren, quien quiso casarse denseguida con eya, pero la disente de miedo que le pasara lo mismo que con los otros maridos no le dio el si y solo le asetó vivir arrimada con el pero guardandolé el rispeto como si fuera su esposo endeveras. Que el Estrella se portó bien al prinsipio, era cariñioso con sus hijas y corría con los gastos de la casa. Pero muy pronto la disente se dió cuenta que entre él y la Micaela, haiba algo y no está desasertada, porque cuando aclaró las cosas resultó que su hija ya estaba gruesa y que el seductor era su propio marido. Que por supuesto ubo un gran barullo entre ellos, pero como se habían acostumbrado a vivir todos juntos, arreglaron las cosas, pero como marido de la Micaela, con eya “nihablarse”. Claro que eya sentía perderse un marido joben y con empleo como Estrella, pero dispuso de lo que pasara ´que iba aser´. Que la disente le entregó a la pareja su cama matrimonial y eya se fue a dormir en el catre que usava la Micaela; que las cosas siguieron bien un tiempo no más, porque el cartero Prutozio Gomez al verla libre a la disente empesó a cortejarla, pero al enterarse Estrella de esos amores, le proibió a Gomez, que se llegara a las casas, alegando que mientras él sostuviera la familia el mandaba. Que la disente reconoce que Estrella tiene rason en parte, pero que eya tambien la tiene, porque ya que él la dejó por su hija no puede proibirle a que eya busquela felicidad al lao de otro ombre. Que a pesar de sus protestas Estrella se impuso y la disente le izo caso porque comprendía que a pesar de sus caprichos el ombre no es malo del todo y le decía que por ay le acía una caída, pero la disente no aflojó. Que cuando después de tantas desilusiones pensaba renunsiar a los ombres, buscando la felicidad del nieto que la Micaela stá por darle, resulta que Estrella se le mandó mudar de las casas llevándose a la otra hija, la Dolores, de quince añios deedá y de yapa media sonsa, por que si no, no se explica como puede aberse ido con un ombre así. Que si la disente estubiera en otras condiciones no pediría nada pero obligada a dar este paso teniendo en cuenta que dispué e lo ocurrido, es muy difisil encontrar otro ombre que se quiera aser cargo de la familia. Que por eso presenta esta denuncia pidiendo a la autoridad que le hagan justicia obligando a Estrella a volver a la casa y que se case con cualquiera de sus hijas, así se sienta más obligado a cumplir sus compromisos, y que si él no quiere casarse con las muchachas la disente a pesar del resentimiento que le guarda, todavía estaría dispuesta a sacrificarse casándose con él, nada más que para salbar el honor de la familia. Oido todo lo que ha dicho, di por terminada la denunsia, firmando la disente conmigo y los testigos don Froilan Sombra, mas conocido por el Rengo Sombra, el peluquero Vitorio Avalos, vecinos de esta comisaría y ombres de toda mi confianza. Fdo: Marcos Andrade, Angélica Solores, Vitorio Avalos, Froilan Sombra.-
Nombrese: Al sargento Feliciano Troncoso para que pida prestados dos cabayos y en cuanto pueda salga atras de la pareja y la agarre ande aya. Fdo: Marcos Andrade.-
Las Flores, veinte de enero de mil nuevecientos nueve. Abiendo vuelto el Sargento Troncoso trayendo la pareja que se disparó, resuelvo que se presenten ante mi presensia para tomarles declarasión. Fdo: Marcos Andrade.-
Un rato mas tarde la ago trair a mi escritorio a la menor Dolores Carreño que esta detenida por averse mandao a mudar con el marido de la hermana y habiendo prometido que contaria todo lo que ha sucedido, empesé por preguntarle por cuantos añios tenía y las demas cosas que se pregunta a las personas que cain presos, contestando yamarse como ya lo dijo al prinsipiar, hija de su madre Angélica Solores, santiagueña tanvien como toda la familia, tien no mas de quince añios y no sabe escribir cartas ni leerlas y si firmar. El suscrito tiene la obligación de dejar costancia que la muchacha está bien desarroyada y que a pesar de la edá que confiesa, ya es mujercita y buena. Preguntada para que diga si sabe porque a caido presa contesta: que sabe que la an tomao por aberse fugado con Bonifacio Estrella, preguntada para que cuente todo lo que aya pasado contesta: que eya lo quiso a Estrella dende que lo conoció y que el le correspondió denseguida pero como eya era algo chica todabia y el tenía compromiso con su madre y su hermana la Micaela, resolvieron esperar; que ase una semana Estrella la a probao como mujer y está muy conforme con eya, y que sino la queren creer que e lo prigunten a Estrella. Preguntada para que diga si está o no arripentida del paso que a dao contesta: que no se arripiente de nada, que Estrella ya ha cumplido con su madre y su ermana y bastante que a debido esperar mientras él las atendía a eyas antes que a la disente y lo justo es que aura se lo dejen a eya siquiera por un tiempo para que el pueda conoserla mejor y dispues elija con quien quiere quedarse. Que su madre ha hecho esta denunsia por despecho y no quiere desir otras cosas piores para que la gente no able. Ante la repentina salida de la muchacha termino con eya firmando los dos con los mismos testigos que usé la primera ves. Fdo: Marcos Andrade, Dolores Carreño, Vitorio Avalos, Froilan Sombra. Dispues lo ago pasar al acusado que fue tomado prisionero junto a la mujer que disparó con él y como el ombre me prometiera desir la verdá de todo, emprincipié por priguintarle quien era, contestándome en presensia mía y del sargento Troncoso que no me deja mentir, yamarse Bonifacio Estrella, santafesino como de veinticinco añios, casado, bien parecido y buen empleado en el Ferrocarril del Sur. A priguntas de si a estao preso y tiene antesedentes contesta: ´nunca´. Preguntao si sabe porque a caido preso contesta que sabe que lo emos agarrado por lo que a echo, y se pone a disposición de la autoridad. Preguntado para que cuente como an pasado las cosas, contestando: que lo único que a echo es fugarse con la Dolores porque la quiere y eya lo corresponde. Preguntado si antes vivía con la Micaela Carreño, contestó que es verdá, que eya está por tener un ijo del disente y que la quiere mucho tambien porque la muchacha es buena y no se habría sentido animada a meterlo en este enriedo sino que la madre qui a echo todo el baruyo enojada porque al prinsipio vivía con eya y dispés la dejó. Preguntado si le ha dado palabra de casamiento a alguna deyas, contestó que no, porque el disente ya es casado con la Rimunda Bustos, pero que si la mujer se muere pronto como tiene esperansa, porque la pobre ase mucho questá enferma, entonses talves pueda cumplir con la Dolores, aunque sea, pero con la vieja nunca. Preguntado si su esposa sabía de sus relaciones con las Carreño, contesta: que sabía todo, pero que el disente cumple con sus obligaciones y no tiene ningún visio, antes que ande chupando y jugando por los boliches, su mujer le permite que tenga sus distrasiones afuera de la casa, pues como su mujer es sensata comprende que estando eya enferma y siendo el disente un ombre sano y joben, tiene que tener sus tentasiones. Preguntado si no se le a olvidao de decir alguna cosa, contesta: que quiere desir ante la autoridad que no se ciente culpable de nada, ya que si bien reconoce que a echo vida marital con la Angélica Solores y sus dos hijas, tambienes cierto que el sostenía a toda la familia con su trabajo y entonses lo justo es que eyas le pagaran de alguna forma el servisio que el les asía. Como ya se a echo tarde y no tenemos velas en la comisería terminamos con esta declarasión firmando los tres con el sargento Troncoso, porque los testigos que usamos siempre nos pidieron que los dejemos descansar por esta vuelta y les emos dado con el gusto. Fdo: Marcos Andrade, Bonifacio Estrella, Pablo Troncoso, sargento.-
Las Flores, 25 de enero de 1909. Pareciendo al suscrito que la mujer Dolores Carreño se a disparao por su gusto con su sedutor Bonifacio Estrella y que entre eyos se quieren, resuelbo largarlos a los dos, ya que viviendo juntos no an echo mal a naides pues ay que tener en cuenta que aunque sea casado su mujer es enferma y no le sirve para nada. Pero para que mi consencia quede tranquila voy a mandarle el sumario al mismo Jefe de Policía del departamento para que lo rebise y diga si está bien o no lo echo por mi. Fdo: Marcos Andrade.-
Las Flores, 25 de enero de 1909. Señor Jefe de Policía Don Liberato Monje. Querido compadre: Con el cartero Gomez que va a Mercedes a comprarse ropa y hacerse retratar para antes de casarse le mando la denuncia que a levantao en esta comisaría doña Angélica Solores, viuda (no sabe de quien), contra Bonifacio Estrella, un buen muchacho que a sido marido de la denunciante y de sus dos hijas, la Micaela y la Dolores, para que rebises el sumario y me digas si está bien o mal lo que el suscrito a resolvido por su cuenta. Como me parece que al tal Estrella le gusta mas la Dolores que es la mejor de las tres, yo los e dejao en libertá a los dos porque me parece que a nosotros que alguna ves fuimos tambien potros no tenemos el derecho de estropiar la felicidad de naides. Vos arás lo que te paresca, porque para eso sos el jefe, pero mirá, pa mí que la vieja a echo la denuncia por despecho nomás, despue que el moso las cambió por sus hijas y por eso me parese que si los dejamos en libertá, se an de volver a arreglar entre eyos otra ves. Es cierto que si a sido marido de todas, pero pensá tambien que si el ombre les daba de comer, no es justo que las tres comieran de sus costiyas y de arriba nomas. Total que si lo metemos preso a él eyas se van a arreglar con el primer prójimo que se arrime a pararles la oya, y entonces, ante que anden cambiando de monta, me parese lo mejor dejar las cosas como están, así eyas siguen viviendo con Estrella no más y el cuidando la decencia de las casas. (que decís vos). Escribime. Tu compadre. Fdo: Marcos Andrade.-
Jefatura de Policía. Departamento de Mercedes. Enero 26 de 1909.
Y Visto: El sumario instruido por denuncia de Angélica Solores acusando a Bonifacio Estrella de abusar de eya y de sus hijas.
Y considerando: Que tanto la denunciante como sus dos hijas son tres mujeres en estado de merecer, las que deben ya saber lo que le conviene y puesto quean vivido muy a gusto con el acusado mientras él les daba de comer, y solo se quejan aora cuando el cansado de sostener la familia las abandona para quedarse con una sola, lo que me parece muy bien echo, puesto que segun se mire el abuso es mas de eyas que de él.
Resuelvo: Aprobar el procedimiento del comisario de Las Flores Don Marcos Andrade y disponer el archivo de estas atuaciones. A ruego del Señor Jefe de Policía Don Liberato Monje por no saber hacerlo, firmado: Emilio Demilio, Secretario y Comisario de órdenes.”
Apenas había terminado de copiar las actuaciones cuando atiné a sacarle una foto a la primera hoja, la que dejé a revelar cerca de la pensión, y salí disparado hacia Las Penurias, como yo había bautizado el lugar. No podía creerlo. Los hechos plasmados en las actuaciones habían ocurrido hacía más de sesenta años. No entendía nada de nada.-
Mi caballo casi revienta en el galope más intenso del que se tenga historia, según me pareció. Y llegué. El guadal era el mismo, los esqueletos del costado estaban ahí, con sus jirones de cuero flameando, pero… de las casas solo había unos pocos restos de paredes de adobe de unos escasos centímetros, techos caídos, desgranados, con grandes arbustos crecidos y secos. No se encontraba un ser viviente, ni perros, ni cabras, ni burros. Solo polvo volando entre las ruinas de lo que un día antes era ante mi vista un caserío pobre pero vivo.-
Me llegué hasta donde Angélica Solores me había atendido en medio de sus tareas. Del horno solo estaban restos de un par de ladrillos quebrados, casi molidos, con yuyos altos brotados entre las imaginadas juntas de lo que fuera el piso, apenas marcado.-
Descendí lentamente. No atiné a atar el caballo. Solo me dirigí hacia donde ayer no más se levantaban las paredes de la casa en que había estado y de las que ahora solo se adivinaban sus rastros. Ni las camas, ni la olla negra de hierro, nada, nada….
En el medio de ese vacío estaba el tocón. Sobre él una gran piedra chata y debajo de la piedra algo que se asomaba. La levanté, despacio. Allí, doblado con esmero, estaba mi poncho colorado, aquel que quedó colgado de un clavo en la entrada.-
Desde el monte se escuchaba el canto de las palomas torcazas, recordándome a mi infancia cuando mi madre solía decir que anunciaban la aparición de La Solapa, aquel fantasma que se llevaba a los niños que no dormían ni dejaban dormir la siesta obligatoria.-
Siempre me reí de semejante historia, hasta ese momento. Juro que a cada cántico se me erizaban los pelos.-
Corrí hacia mi caballo, que casi se espanta. Monté de un salto y salí despavorido hacia el primer rumbo que encontré.-
Una eternidad después, cuando mi caballo decidió no correr más, me detuve junto a una laguna a tomar agua y respiro. Quise comer algo y abrí una alforja. Adentro, bien envuelto, estaba un trozo de pan casero, el mismo que había recibido de manos de Angélica Solores, duro como la piedra más dura. Lo tiré espantado al suelo y volví a montar. Reencontré el camino a Las Flores y galopé sin detenerme. Pasé lo más lejos posible de la comisaría y me escabullí en la pensión o como sea se llame el tugurio donde conseguí una pieza.-
Recordé entonces que el poncho colorado había quedado otra vez olvidado, sobre el tocón.-
Que siga ahí, me dije. Lo que es yo no pienso volver.-
Por eso, Señor Jefe de Redacción, le mando esta crónica y en ella reciba mi renuncia al trabajo de corresponsal viajero.-
Va también la foto que saqué de la primera hoja, por si no me cree.-
Suyo.-
Aquiles Robles

Autor: Mario Carlos Cesar, Córdoba Argentina.
Nota: La segunda parte con la foto de la primera hoja no la tengo conmigo en este momento y para aumentar su impaciencia la voy a postear en un tiempo, asi que esperenla con ansias.
ROma
Julio 2, 2009 | Por ROma | Claves: consuelo de locos, cordoba, cuento, esperanza, frase, literatura argentina, relato, vida | # Enlace permanente
Él se sienta en la puerta de su casa,los adornos del techo de la galería resuenan suave respondiendo a la brisa cálida de la primavera que se aproxima. Sus ojos observan cada detalle repasados ya tantas veces pero que ocultan secretos aún por revelar. La madera del borde de la galería se estira, sus columnas sostienen majestuosas un techo inclinado hacia el exterior que deja ver una película de agua cuando ll
ueve. Los distintos tipo de flores adornan la base de la galería a los costados de la escalera que baja hacia ese jardín que ostenta un verde pasto tan fresco como cada mañana con el rocío bañando sus hojitas y una puerta que divide el jardín del exterior apretada entre dos paredes con rejas que hacen parecer a esta casa de un piso un fuerte de años ya olvidados. Él repasa cada detalle mirando pero a la vez sin mirar, sentado en la silla que él mismo construyó. Esa casa de un piso, con la terraza que contiene el techito que hace parecer una torre del castillo, las ventanas barnizadas, los espejos, muebles y demás que denotan un interior esplendoroso ganado con el sudor de la frente, del cerebro y del sueño es una casa con una imponente fachada en la que todo el barrio reposa su mirada, es una casa de un sueño de un niño que decidió volver a su barrio natal cuando fuera grande y vivir feliz allí el resto de su existencia. Él mira sin mirar, lo saludan y saluda sin saludar, sonríe sin sonreír, se alegra sin ser feliz. Él lo tiene todo: una profesión basada en una vocación de construir, un sueldo hinchado, unos vecinos cultos que escuchan música clásica, un estado físico envidiable para sus ya pasados 40 años, un talento innato para la danza, una voz imponente y casi una carrera en seducción. Mira los árboles de su entrada recordando cuando los plantó y recorre sus ojeras con sus dedos mientras recuerda cuando fue la última vez que pudo dormir más de 6 horas sin desvelarse. La última noche no pudo dejar de ver su techo y por más que sus ojos le pedían a gritos que los dejara reposar, cada vez que lo hacía se sentía atrapado. Su barba, aunque desalineada, en algún tiempo fue su orgullo, su “kilombo ordenado” decía él y a las mujeres nunca disgustó. Es más, un par de vecinas sintieron mucha curiosidad sobre la suavidad de su rostro y de sus sábanas.
Pasa un conocido que lo llama amigo y a él saluda, este conocido fue quien lo ayudo con su proyecto del comedor para niños en donde comían todos los chicos del barrio y también con quién armó aquella revuelta del 14 de agosto en la plaza pa
ra pedir fondos para la escuela pública de la vuelta de su casa. Cuando lo ve pasa por su mente aquél amigo que olvido hace tiempo, aquel amigo que pasó a ser un conocido, recuerda a su vez a aquel amigo que hace tiempo no llama pero que sigue siendo amigo y de la cantidad de amigos que hizo cuando pintó y armó los arcos para aquellas canchas de la villa. No olvida cuantos amigos le ha dado esta vida, cuantos conocidos y cuanto a aprendido de cada uno. Saca una armónica de su bolsillo y entona una melodía que le trae tranquilidad a su mente, la tranquilidad le hace falta para pensar, replantearse las cosas, entender que es su vida y como seguir adelante.
Pasa el conocido, lo saluda y nota en la sonrisa de él cuanta hipocresía hay en ese saludo y cuanta mentira tiene esa felicidad fingida, “¿porqué será tan poco feliz el pobre?” piensa el viejo, “yo creo que nadie más lo ha notado en este barrio, y bueno, los años no vienen solos ¿no? já! si estos jóvenes supieran” y sigue su camino. Desde el frente el kiosquero de la cuadra lo observa como cada mañana, “Son las 7 de la mañana y ha vuelto a salir de su casa a tocar la armónica” le dice a su mujer quien desde adentro responde, “dejalo viejo, seguramente a la tarde se pone a hacer ejercicio afuera, ya no te preocupes por él”, “es que no puedo vieja, sabes cuanto le ha dado a este lugar pero últimamente hace las cosas con la misma fuerza y espíritu, pero sin una sonrisa”. El kiosquero vuelve a sus quehaceres mientras el diarero mira una vez más a este personaje, y él le devuelve la mirada sin sacar sus ojos de los del diarero, tan seguro de si mismo como de su conciencia a lo que el diarero desvía y sigue su camino. Él sigue sentado, su mirada ojea lo que no ve y sus oídos ya no oyen la sinfonía de su jardín. Una lágrima cae y acaricia su mejilla, llega su boca y el sabor salado se mezcla con el amargo que ha dominado sus papilas desde ya unos años. Él intenta decir lo que tiene en su corazón pero no le sale, es un grito y un suspiro al mismo tiempo, se ha sacado tantos pesos de encima toda su vida y se ha cargado de tanto p
peso después sin miedo porque sabía que lo iba a poder descargar pero este peso fue creciendo hasta quedar aprisionado, sabe que se puede retirar, sabe que debe pensar en positivo y sabe principalmente que siempre hay una mínima esperanza pero su corazón no entiende la lógica, lógico…
Él se para, baja de a poco esta escalera, se da vuelta, mira esta casa, este césped que alguna vez fue suyo, mira con esos ojos que alguna vez fueron suyos, cae una lágrima sobre ese rostro y siente el peso de 3 relaciones destruidas, 3 engaños, 3 te amo y sabe que ya nada es suyo. Se sienta sobre el pasto mojado, seca esas lágrimas y deja el paso abierto a otras, ya sabe lo que va a pasar, otro amigo que vendrá, le repetirá el mismo discurso sobre la esperanza y el amor y se volverá a su casa con su familia y él volverá a quedar solo rodeado de personas que lo saludan por compromiso y que lo admiran y le temen como a un héroe. El peso lo dobla
mientras ese corazón duele con cada pinchazo. Se dobla sobre si mismo y no comprende como él tan alegre y positivista puede sentirse así, es una contradicción, y eso lo pone peor. Él se vuelve a entrar en su casa y olvida este frío que le recorre esa espalda. Ya no es dueño de nada, porque no tiene con quién compartir todo eso que alguna vez fue suyo, no es dueño ni siquiera de sus recuerdos porque no tiene a quién contárselos, ni es dueño de sus muebles porque no tiene con quién disfrutarlos, no es dueño de si mismo porque no tiene a quien regalárselo, es solo enemigo de ese peso que lo dobla y por el que regalaría todo lo que alguna vez fue suyo por quitárselo de encima. Él ya no es dueño, porque no tiene con quien disfrutar ni compartir lo que le debería pertenecer.
Entra a su casa y agacha la cabeza con un suspiro, cierra la puerta y se dispone a seguir con las actividades que en su momento lo hicieron sentir vivo, reconoce lo poco que le queda de tanto que debería tener, piensa estúpidamente en el consuelo de los tontos:”siempre hay esperanzas, si pensas en el vaso medio vacío nunca se va a llenar” e intenta volver a su vida. Se está por secar las lágrimas cuando escucha esa voz que lo llama, mira de soslayo y ve a quien creía haber olvidado que ll
ama con miedo. Sale de su puerta y la mira asombrado. Incrédulo baja las escaleras de a poco mientras no responde y ella acomoda su cabellera colorada y sus anteojos reflejan el sol y muestran unas curvas que no se han modificado con la edad. Él saluda saludando y su corazón recuerda a su a amiga y a su ley de “la amistad entre el hombre y la mujer no existe” y entiende, lógico. Cree en el consuelo de su locura: “¿y porque no?”. Él tiene miedo, pero no se asusta de enfrentarlo como siempre, está loco dirian algunos, pero el loco no sufre su locura.
Mira vieja, ahora esta sonriendo de otra manera, más no se, que se yo. Feliz – Dice el kiosquero -Hay viejo deja de decir estupideces, si sonríe, sonríe, no te hagas el poeta – le responde su esposa -Sabes muy bien que esa es mi vocación frustrada. Sonríe con felicidad, ojala sea esto lo que le devuelva esa pasión que nos regalo tantas veces. Ese debería ser el titular de hoy – piensa el kiosquero mientras lo ve saludándola con un beso – Aunque debería abrazarla, si se muere por hacerlo – repite mientras se aleja en su bicicleta. El conocido sigue su camino por la vereda.
Los árboles, el pasto y la madera escuchan el sonido de la brisa cálida que recorre el cuerpo de él, lo sienten estirarse por la primavera que se acerca, ven esos secretos aún por revelarse, saborean el gusto dulce que vuelve y huelen el aroma de la sangre llenando el corazón. Saben que esa primavera va a poder consolar el peso que a él aqueja porque en su brisa trae todo lo que alguna vez fue suya, para devolvérselo, como un regalo más que como un consuelo…
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