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En el baldío

Me gustaría escuchar como cruje el imperio,
escuchar como se retuercen sus huesos de cemento,
arrancar su lengua de hielo con un certero mordisco,
abrirle el pecho con un trozo de vidrio
y bailar en sus heridas, en las hemorrágias,
desgarrar la carne consagrada de dolor,
emborracharme de esa sangre de tragedia,
quebrar el pálido pulso putrefacto.
Me gustaría escupir la rabia en forma de meteorito
y que lo destruya todo,
sin excepción.

Vividores del país que nunca fue

Beso la miseria,
escapo para lo que soy,
desconozco el límite,
el arma es la armadura.

Fantasma desnudo,
hijo de la simpleza,
vómito onírico,
libertad imaginaria.

Pluma de rabia,
la gente es la lluvia,
las miradas son frías,
aunque nos creíamos diferentes.

Entre la puja,
que no pertenecemos,
son pocos los que ganan,
multitudes las que pierden.

Tristeza inscrita,
tatuada en los calambres,
las penas saben nadar,
ahogándonos en ellas.

Olas de sometimiento,
lagrimas resignadas,
nuca helada,
serenidad arremolinada.

Fiebres surtidas
de contradicciones
con fuegos coronados
y agónicos deseos.

Dolores que ríen,
vivos picados sugestivos,
condenables suplicios,
la muerte del vértigo.

Párpados extenuados,
de tanta injusticia,
de tanta impotencia,
de tanta sangre inocente derramada.

Miserias inmortales,
de tanta corrupción,
de tantos negociados,
de tanta avaricia descontrolada.

Lacras humanas,
gobernantes de un país,
que nunca pudo ser,
sostenido por mitos, fantasmas y mentiras.

Los sindicatos,
llenos de mafia,
alzando la bandera de los muertos,
bailando en sus ataúdes.

Los trabajadores,
excluidos, vomitados.
Arrastrados por una dignidad
tan ingenua, tan luminosa.

Golpeados por el sistema
con la furia de una tormenta,
mucha hambre,
mucha telestupideces.

Parado en ningún lugar,
siendo una sombra, una lápida,
ángel caído sin destino,
demonio pólipo convertido.

Sápido

Herida caliente,
tapizada de rayos,
labios cargados de esplendor,
pálabras teñidas de pantanos.

Vestido atonal,
tablada en la miseria,
flores de fuego violento,
colores fundidos de lujuria.

Días azucarados,
tajeados en tus hombros,
joyas de agua podrida
ensordecidas por la rabia.

Gritos goteando,
tambaleando en lo real,
ojos encerrados en el ayer,
haciendo una noche sabor abismo.