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Tómbola

Una mujer con piel de playa,
acicala mi sueño de caucho.

¿Por dónde se arrastran sus hilos de azúcar?

Soy un tuerto insomnio
que se ahoga con maíz de hierro,
lo vomito en nubarrones compactados,
y visto una piel de asidero neumático.

¿Cuándo lloraste una glándula dorada?

Crisis en las olas de septiembre,
deforma el alambre de su voz.

¿Cómo pude amasar vida en toda su muerte?

Soy una mantis religiosa
que nada en un capullo de sangre,
la encajono en un aplauso,
la inflo con zumbido hirviente.

Nada gira.

 

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Anómalos impactos

El perdón cava un estruendo,
en mis ojos,
en los tuyos.

Tus palabras eran un narcótico
que degustaba en silencio,
un pájaro agonizando en las sombras,
un alud aplastando a una cabra.

El aleteo de los instantes,
en mis manos,
en las tuyas.

Tus palabras eran una ventana
que empañabas con tu aliento,
una jauría hinchada de fiebres,
una estatua chorreando alquitrán.

La desnudez de las heridas,
queman en mi piel
y en la tuya.

Tus palabras eran un corazón
que convulsionaba y vomitaba sangre,
un alarido en la oscuridad,
un tañido en la sien.

 

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Afrenta

Regaré de sal y alcohol
sobre la tierra de tus heridas,
cavando una oscura cueva
en tu caprichoso y dócil corazón.

Serás mi piel ajena,
la amarga sangre
que se estancará
en mi paladar.

Trasvestiré a tu ángel,
lo compraré con opacas piedras
para meterlo en un laberinto
de espinas y dulces venenos.

Tu estrella mas brillante
conduce un río
de residuos cloacales
que se clavan en mi alma.

Seré el abusador
de tus frágiles sueños,
que mutilará tu inocencia
con palabras de deseo.

Beberé de tus saladas lágrimas,
le pondré una correa a tus miedos,
obligándolos a rascarme las rodillas
con sus propias pestañas.

Seré la fiebre de tus primaveras,
el pétrio silencio
en que eyacularán todos
tus cristalinos zumbidos.

Extraviaré mi oxidada daga
debajo de tu cama deshecha.

Me odiarás por siempre,
aún así…

Seré lo mejor de tu vida.

Océano

Un océano vibra entre sus piernas,
se traga los condominios de sus vestigios,
una púrpura aura nos envuelve como telarañas,
su sonido mudo, mi sordo gemido.

Un viento carcome estas paredes
se esconde en el hueco de su espalda,
una verde nube traspasa mis bolsillos,
su famélico defecto, mi suave virtud.

Una montaña parte nuestras cabezas,
se inmola con mi filoso codo,
un amarillento estruendo rompe el borde ,
su pegada ilusión, mi dramático sueño.

El sol y la luna
se encastran con un mar de aire
y busco en su piel
la cresta de esas olas.

Biología

En las fauces del tiempo,
el destino es la dentadura amarillenta
que muerde mi mano.
 
Descontando los pasos al infierno,
esta sonrisa es una burbuja de la realidad,
grasientos pernos explosivos, agrupados.

La oscura noche fundida en la piel,
calles silvestres impares,
luces de hechos injustos.

El riesgo atascado en la sangre.

La miseria de mi actualidad.

Mi egoísmo puede esperar
mientras se escurre
la arena en tus manos.

Así rugen lágrimas de impotencia.

Núbil espíritu

Cortando en derredor de sus palabras,
musgo violáceo forjado de óbitos,
su intuición es un muro de resortes,
su punción desarticulada espinada de beldad.

Garabatos de sombras pisadas,
furia de agujas desincronizadas,
destellos de pájaros verdes,
abertura de jaula invisible.

Caigo en razones dibujadas,
caigo desde edificios de telgopor,
caigo sobre ascuas negras,
caigo hasta tergiversar los sueños.

Piel que se le despega de su nariz,
despertares encapuchados de lluvias,
su consecuencia entretejida en los dedos,
su desgarro a borbollón y mezcolanza.

Salpicados de luces traccionadas,
lenguas de a miles lenguas,
rompiente de relámpagos aceitados,
grieta en donde escarba con candor capricho.

Caigo en vacíos llenos,
caigo desde olas de hiel,
caigo sobre colchones de basura,
caigo hasta tener que aprender.

Borde

Besos de alud color bronce,
helados médanos encrespados
espejeando un tumultuoso espíritu
que se resquebraja al tiempo.

Sueños empedrados que tiemblan,
el surco tatuado en la tierra.

Un hueco en la inconsciencia,
un mazo de mariposas tiesas,
un rayo de tormenta bajo mi cama,
una lágrima colgada al borde de la ventana.

El filo de un fuego gris,
un extraño extrañar…
Desangrante

Verdugo de promesas rodantes,
el cortejo de una bruma incandescente,
túnica plateada que todo lo llena,
menos una hambruna de carne nerviótica.

Sobre un manto de estrellas oscuras,
cazando pelusas con formas de lagartijas,
pliego mis dedos de ceniza caucásica
y traigo una nevada montaña de ruido.

Cabalga sobre un globo de cristal,
sodomiza su escuálida cordura,
aprieta el polvo de su piel
y lo arrulla como a un bastardo sin techo.

Afuera…
se descascaran los corazones
en el frío interior.

Suspiros desgajados,
son caños acariciados por el viento,
son recuerdos que se amotinan en el cerebro,
son días grises que se hacen chicle.

Romance necrófilo

La paciencia me arranca la piel
con la espátula oxidada del tiempo
son esas sanguijuelas grisáceas
que me explotan en la cara.

Poso mi pie frío en su caliente vientre,
un enjambre de polillas color ocre,
alimentándose de sus húmedos ojos
que vociferan por lo trémulo y la coalición.

Su sombra se hace cascadas
inundan los parásitos de mi cuerpo
que violan mis memorias polvorientas,
profanando mis cenizas ácidas.

Estallante y nauseabundo olor,
atascado espíritu que no riega,
mas que el amarillento bilis hepático
que lo junta con su lengua.

Una oscura nube parió gotas de sal,
desmembrando mi helado corazón.