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A la ave

Ave que quiere doblegar sus barrotes,
deja que la luz nocturna la inflame,
parásito de tela, propulsión y desconfianza,
apala con sus alas sedimentos de plantas grises.

Cristales de estrellas pulverizadas,
sucio hocico que devora paciencia,
un remo diminuto entre los dedos
es el malabarismo de estos ventosos días.

Ave que se pasea, que ama al gusano,
amena dulzura en granitos de arena,
pegada en los abdómenes dorados
que murmuran desgraciadas frecuencias.

Angosta actitud de desenfreno,
difuminados dibujos con plumas,
trazan modestos animales de humo,
se estampan en las frentes grasientas.

Secuencias especulativas

Garganta nocturna,
árbol de temblequeo afiebrado,
eleva los fósforos consumidos
haciendo del horizonte una mofa.

Boca de selva,
escupe un astro congelado,
derramado el vacío de estas noches
que duermen y se estilizan en adventicio.

Neblina de ánimas,
la desesperación es una cruz de cobre,
tierna fragilidad del sonido del resplandor,
peleando contra el recuerdo y el olvido.

Huérfano cantor
posado bajo el suspiro oxidado,
la marea arrastró un pájaro hasta mi cama
con ojos inyectados de pugna.

Volcán desafinado,
barco arrullado en un atardecer,
angustia brillosa como un zafiro,
del jardín solo afloran suicidios.

Peces de ciudad
retienen el ladrido blanquecino
voltereta del caparazón abollado,
paisaje de bolsillo y humedad.

Abanico de miel,
glucosa boreal que pelan los dedos,
tu luna se desplaza con el atentado,
espero atento al ocaso de la timidez.

Cometa estoico,
lobo cosido de incertidumbres,
las huellas de la flor en polvo
solo propaga espinas luminosas.

Noctámbula

Alma nocturna,
manos desgarradoras,
enseñadas,
cortando mi aliento.

Lluvia ígnea,
ojos veloces,
imprudentes,
abandonando mis bosques.

Sombras ciegas,
dedos renacidos,
convalecientes,
abrillantando mis epidemias.

Silencio sagrado,
párpados pálidos,
desdichados,
bendiciendo mis obsesiones.