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Andrajo

Arrastrando
alas de ave enferma,
cuerpo subterráneo
sitiado en espinas.

La palabra en la boca
tiembla como una hoja.

Derramando
el grito de labios sin saliva,
cáscaras de miedo y espesura
se segregan en los dedos.

La astilla en el ojo
vibra en un tedio de piedra.

Atragantado
en la pelusa deforme,
chapuzón de descuido,
médula famélica de ocio.

Pica el puñal del mundo
alojado en la espalda.

Derretido
en la fiebre de la inmolación,
enquistado en los pensamientos
como orilla de rocas picudas.

Sentado en el banco de una plaza
viendo como copulan las palomas

Cadáveres exquisitos virtuales

¿La luna rasgará acaso la ventana trillada?

La puta manchada trocó anoche el llanto acribillado sobre el agua incrédula.

La serpiente parida desterrará exactamente las tumbas lúcidas, comiendo de cualquier cama.

El farsante malogrado esclaviza tal vez un secreto mudo que extirpa con excrementos.

Una cruz encandilante quemó un jamás en una tarde rapaz que ahoga menos que el alma.

El conjuro embarrado se tatuó bajo un invertebrado crepuscular abortando alrededor su tridente.

Un grito aplastado sacudió un terremoto aislado atormentando la sien.

El pisapapeles ignorado, malgastaba tal vez la forradura de sus secretos mantenidos bajo llave, una cometa desinhibida que planea sobre un caos imantado de ojos hecho cenizas.

La insana desvirgada giraba sobre la transmutación legendaria equilibrando tal vez un rayo de terciopelo incendiado por un gato camuflado que afila sus garras.

Un banquete de diván, convidaba supuestos sobre una plataforma de hielo seco y el duelo esquizofrénico retardaba tal vez una baba plateada de dromedario.

Realizado junto a Sangre Azul
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Edifico en la espera

No hay grito ni susurro
dibujados en el aire.
Esferas de abandono
resaltan el frío en las manos.
Espero la llegada
del pájaro de bronce
que con su plúmbeo aleteo
destierre a las bacterias inquietas.
Edifico incertidumbre,
garganta seca de viejos problemas.
Y así divisaré la verruga
del chueco dedo índice del destino.

Suspendido en el aire

Ebrio de atmósfera azul,
signos y estrellas.
Desgarrando la frente
que el hechizado arrastra.

El escalofrío aireado,
florece la improvista
en los sueños de siestas,
abigarrada en personajes.

La sombra traga su grito,
espera la huella de la luna,
silba el viento,
golpeando las ventanas.

Con el pecho atravesado
por el hado gris,
enterrado desnudo
en un bosque de cemento.

Sagrada flor que tanto hilo,
escarba el vientre crepuscular,
falseada en pulcritud,
se atisba y desciende en órbitas.

Los ojos de la vigilia

En la retina de la noche,
inexorable pesimismo
atado a tantas fábulas
contaminadas, televisivas.

El rótulo de la luna
con una daga atravesada
en el vientre fértil
de opacidades y fracasos.

El andar endemoniado,
el suspiro vigilante,
el grito leproso,
el remordimiento neurótico.

En la cruza del lobo,
el viento entiende
así de su soledad
singular y sentenciosa.

Durmiendo rodeado de mortuorios

Es el grito disfrazado
a través de los pasillos,
obnubilados y descendentes,
cerrados, de escasa luz.

Alguien cayendo.

Habitación de paredes apretadas,
rastros de cabellos negros,
en la inmensa nube blanca,
tan suave, tan infame.

Extraños ojos fallecientes.

Dentro de alguien mas,
hay un escueto frío blanco,
corazón de luna, cubierto de nieve,
creyente, imparcial.

Dragaste la sangre, deformándola

Corona de espinas
para el fatigado insaciable,
que escondía los suspiros
y desoía los halagos.

Esfuérzate y respira en mi lugar.

Serán unos eternos años
creciendo para abajo,
mirándola desaparecer,
en forma ordinaria, mundo durmiente.

Irritando profundos espejos.

Succionando las sonrisas,
presionando las horas,
dentro de un nuevo cruel día
en tus inverosímiles ojos lentos.

La noche siempre es terror.