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Lokura (a la que admiro)

Muévete en las palabras
que salpico de mis dedos,
en los arduos pensamientos
que desmantelas con imágenes.

Inconsciencia kamikaze,
locura que me envuelve,
de la rareza que nos brota
cortados por la misma navaja.

Sos como un volcán
que no sabe explotar
que salpica de solo
simple y pura inercia.

Poder de tu ego contra el humilde,
poder de tu ego contra tu ego,
desplegando las alas carmesí,
que pueden crear disyuntivas.

Negras mariposas te revolotean
en esos cielos alienados,
en esos ojos verdes grisáceos
que son mi quimérica ambición.

Y te duele lo que sos,
en tus rincones de flores muertas,
en tus desastres cotidianos,
en tus vacuidades de luz,
en tus necesidades de sombras,
en tus caballitos de batalla,
en tus amores perdidos
en tus dolores podridos.

Muñeca de trapo
de botones descosidos,
de horizonte rasgado
empapada por una lluvia ácida,
arrasada por la ansiedad,
acariciando el fuego,
para saberte de tu límite

De la sangre que te obsesiona,
manchadas en sueños de azulejos,
en tus labios sedientos de palabras,
veintisiete son las tumbas sin cruces.

Tal vez seas mi sexto sentido.

Vividores del país que nunca fue

Beso la miseria,
escapo para lo que soy,
desconozco el límite,
el arma es la armadura.

Fantasma desnudo,
hijo de la simpleza,
vómito onírico,
libertad imaginaria.

Pluma de rabia,
la gente es la lluvia,
las miradas son frías,
aunque nos creíamos diferentes.

Entre la puja,
que no pertenecemos,
son pocos los que ganan,
multitudes las que pierden.

Tristeza inscrita,
tatuada en los calambres,
las penas saben nadar,
ahogándonos en ellas.

Olas de sometimiento,
lagrimas resignadas,
nuca helada,
serenidad arremolinada.

Fiebres surtidas
de contradicciones
con fuegos coronados
y agónicos deseos.

Dolores que ríen,
vivos picados sugestivos,
condenables suplicios,
la muerte del vértigo.

Párpados extenuados,
de tanta injusticia,
de tanta impotencia,
de tanta sangre inocente derramada.

Miserias inmortales,
de tanta corrupción,
de tantos negociados,
de tanta avaricia descontrolada.

Lacras humanas,
gobernantes de un país,
que nunca pudo ser,
sostenido por mitos, fantasmas y mentiras.

Los sindicatos,
llenos de mafia,
alzando la bandera de los muertos,
bailando en sus ataúdes.

Los trabajadores,
excluidos, vomitados.
Arrastrados por una dignidad
tan ingenua, tan luminosa.

Golpeados por el sistema
con la furia de una tormenta,
mucha hambre,
mucha telestupideces.

Parado en ningún lugar,
siendo una sombra, una lápida,
ángel caído sin destino,
demonio pólipo convertido.

Atmósfera nocturna

La noche tiene ojos de pupilas dilatadas y largas garras que acarician. Se percibe un bramido de resquemor, un estrépito interior confabulado por aureolas fogosas. Estrellas de color sazón, ineludibles de movimientos infalibles insertándose en las sombras que vadean por la atención de los buitres galanteados, agazapados, armados filosamente preparados para los descuidos y las caídas.
Crecen los cementerios a raíz de los desencantos. Los halagos son la moneda corriente que gira con una eternidad brillante. Pero las mentiras están hechas de mentiras y nada mas.
Evolucionan las horas dentro de la música de fondo que puede perturbar, angustias que bailan con hondos espasmos.
La noche impregnada en el cuero, siempre con una actitud amenazante que parece tambalear en el abismo.
Son las féminas, los seres mas bellos que creó este mundo, reinas sin coronas que no se cansan de transgredir con ese sepulcroso silencio falseado de necesidad.
Somos los perpetuos obnubilados que yacen en la tormenta de luces artificiales, la dicha de una muerte salvaje y digna. Cuerpos magnetizados por la furia y el descontrol, que la vida se encarga de reprimirnos, desinhibidos por las tinieblas, es la sed ardiente en la que los corazones desgarrados ahogan como rebeliones de mil gritos de dolores acumulados.

El lugar

En las arrugas de tu sabana
solía esconderme
cuando saboreaba tu capullo
y activaba tu palpitar.

Cada sonido bañaba mi alma,
socavándola, estirándola,
eran tiempos sabrosos
de suma fe y llamas.

El mundo se reducía,
toda expresión valía.

Cuando el cielo era una lagrima
desplegándose en los rincones
donde las palabras eran mudas
y cantaban las miradas.

Danzantes espíritus jóvenes
nos hacíamos de frescuras,
embrigándonos de sombras,
soledades y dolores.

Cuando las tinieblas no eran
mas que meras nubes negras.

Nos ocultábamos de las miserias
que nos atormentan en cada día,
con tantos vestigios de piel,
nutriéndonos de pasión y deseos.

Último nacimiento (Primera ofrenda)

Ángel terrible,
desdeñado al destruir,
sofocando con seducción
en oscuros respiros.

¿Quién puede salvarse?

Cuando la noche
cubierta de un viento
muerda tu rostro
alterándote aún mas.

¿Quién oculta su destino?

La decepción de la anhelada,
suavidad y refuerzo,
retiene su corazón herido,
comprimido en el espacio.

¿Quién piensa en ella?

Los brazos del vacío,
arrojada entre gemidos,
ensanchando, aún mas
su vuelo más íntimo.

¿Quién te necesita?

Percibe tus estrellas
en tus exigentes primaveras,
levantando una ola
con la ventana abierta.

¿Quién pudo con eso?

Distraído por las expectativas
buscando un nuevo anuncio
con cuadros grandes
y pensamientos extraños.

¿Quién supo contener?

El abrumo de la nostalgia
en el canto de los mares,
celebrando un sentimiento
bastante inmortal.

¿Quién puede pensar?

Recomenzando la alabanza,
eterna e inalcanzable,
desidratando un héroe
hasta su mismo ocaso.

¿Quién puede vivir?

Último nacimiento,
naturaleza agotada
ante viejos dolores
ante nuevas presunciones.

¿Quién puede liberarse?

Concentrado en el salto,
la ventaja de no pertenecer,
de tanto resistir
con mucho estremecimiento.

¿Quién sabe escuchar?

Precio a la infinidad y la pena

Densas lagrimas de tempestad,
colmados por licores siniestros,
inconsolable desconsuelo ultrajante,
extendiendo la locura como los dolores.

¿Vale tanta infinidad?

Es que los descorazonados
están atrapando los horizontes,
haciendo de sus ojos
verdaderas armas de filo interés.

¿Vale tanta pena, corazón?