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Inútil

Su lástima en mi tintero
es un esmalte amarillo
que me apuñala ventanas
en convulsiones de desiertos.

Aplasta,
me pasa por encima
quiere mi última gota
de nada, absoluta.

Libertad que arde
en cada ampolla de mis pies…

Sus ojos son espejismos,
relucientes duraznos de plástico,
un diluvio de sal en cubos
y lágrimas de sol que saben alcohol.

No necesito de tus dedos
en mis llagas sangrantes…

Puesto en cuarentena,
cuento mis plateados pasos,
y nadie entiende
que estoy donde pertenezco.

Soy la enfermedad de lo pábilos,
un juego de llamas frías
que acarician silencios
y que su lengua absorbe como esponja.

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Ácaro

Cabeza de bomba,
despliega intenciones tardías,
ruedas de acero oxidable
con sigilos hediondos a cadáver.

Mañana es un fantasma
con dedos de picos
de pájaro carpintero que se arrastra
en su jaula de alambre.

Sin falanges,
con sueños de diosoma,
busca una nube eléctrica
que despiste sus pies.

Arrugar el ego,
como una lámina de cartulina,
parece ser el signo
de dispersión y acumulación.

A la ave

Ave que quiere doblegar sus barrotes,
deja que la luz nocturna la inflame,
parásito de tela, propulsión y desconfianza,
apala con sus alas sedimentos de plantas grises.

Cristales de estrellas pulverizadas,
sucio hocico que devora paciencia,
un remo diminuto entre los dedos
es el malabarismo de estos ventosos días.

Ave que se pasea, que ama al gusano,
amena dulzura en granitos de arena,
pegada en los abdómenes dorados
que murmuran desgraciadas frecuencias.

Angosta actitud de desenfreno,
difuminados dibujos con plumas,
trazan modestos animales de humo,
se estampan en las frentes grasientas.

Núbil espíritu

Cortando en derredor de sus palabras,
musgo violáceo forjado de óbitos,
su intuición es un muro de resortes,
su punción desarticulada espinada de beldad.

Garabatos de sombras pisadas,
furia de agujas desincronizadas,
destellos de pájaros verdes,
abertura de jaula invisible.

Caigo en razones dibujadas,
caigo desde edificios de telgopor,
caigo sobre ascuas negras,
caigo hasta tergiversar los sueños.

Piel que se le despega de su nariz,
despertares encapuchados de lluvias,
su consecuencia entretejida en los dedos,
su desgarro a borbollón y mezcolanza.

Salpicados de luces traccionadas,
lenguas de a miles lenguas,
rompiente de relámpagos aceitados,
grieta en donde escarba con candor capricho.

Caigo en vacíos llenos,
caigo desde olas de hiel,
caigo sobre colchones de basura,
caigo hasta tener que aprender.

De no soñar

Los puentes se abren,
las flores irrigan colores,
aún en días grises y lluviosos,
en aires pesados y brumosos.

Muñeca frágil de delicado terciopelo,
retumba en el polvo de la sed,
besos voraces se pegan
al olor que destila el vacío.

Frente en alto,
el reflejo que va al choque,
enhebrar la locura con ancha aguja,
hilo de luz refractada.

Franjas de sueños agitados,
dedos que se diluyen en el papel,
carbónicas texturas,
retoña el sudor en la piel.

Las cenizas en las grietas de la mente,
los latigazos de profundas regresiones,
la represión, una guerra interior
de dos bandos que no se ponen de acuerdo.

La noche gravita sobre la pulpa azul,
soltados los oscuros pájaros raquíticos,
se posan en sonrisas melodiosas,
se hunden en relámpagos de medianoche.

La intuición es un siniestro,
el razonamiento son escombros.

Mariposas chuecas bordadas
con súbita desesperación,
para distraer el instinto
y la sed.

Ser filo

Pétalos de una voz tambaleante en palos,
el ritmo de la tormenta destellando palabras
como si se bordara un entretejido
en las ideas, en las obsesiones.

Hay un contaminado océano en la realidad,
una escasa primavera de moja y atún
como una semilla seca que desea florecer
en los modos, en los pasos.

Los pies en la tierra árida,
las manos en las nubes esponjosas,
el eco de los gritos en los sueños.
la manipulación del rayo en línea.

Fragancia blanca que inunda los ojos,
sol que sale pero se esconde en mis hombros
como un muro y su necesidad de ladrillos
desde la base hasta el cielo.

No hay esperanzas que se dejen esperar,
como deseos rellenos de aire.
A no temer del tanteo en la oscuridad,
al deguste de los dedos, al aprender.

Estirar un sonido,
ese que angosta mi alma,
salpicando rubor al pudor,
lagarto que habita en mis pantanos.

Volver a los suburbios

Nadie vió el tiempo,
simplemente se abrió como una herida amortajada,
no necesito de tangos sin música,
ni tormentas subjetivas
para arrastrar mis huesos demacrados.

No sonrío…

Las palabras son anchas,
taladran tu sien hasta secarte los ojos,
no necesito escuchar por escuchar,
ni dulzuras adjetivas
para confiar mi viejo corazón a las palabras.

No espero…

Se resbala la noche,
se encienden las sombras
sedientas de caricias,
sembrando ansias pegajosas.

Cada palabra
parece un cuchillo.
Pensamientos
me cohiben,
si no hay acción,
no hay expresión.

No sirven…

Si los dedos de mis manos
brillaran como el oro,
los gatos
lamerían los dedos de mis pies.

Mi reina,
no soy rey, tampoco águila,
solo un ciego cuervo
con las alas en llamas.

La noche
me abre la puerta,
no me espera
pero no me ignora.

Onerosa pena

Enjambre de pesadillas,
dulce remedio a mis jaquecas,
tengo la lengua púrpura
de lamer tanto desconcierto.

Corazón que fallece,
en turbio río contaminado
de novelas infantiles,
de nubes sepulcrales.

Floto en la tiniebla,
me abraza, me acaricia
me chupa los dedos,
me penetra por los ojos.

Un profundo viento
resquebraja los árboles…

¿Ahora hace frío
o siempre fue así?

En la palidez

Nervios que cortan acero
escupo peces de fuego
arrastrándose por los aires
dibujando esperpentos.

La soledad…
se caerá de madura
es como un fruto agrio
deshaciéndose en mi boca.

Horizonte en sombras,
lacrimoso sueño de avenencia,
empuñando el ego discrepante,
turgente lluvia goteando en mis manos.

Las cenizas…
desentierra la lumbre de mi entraña,
arde y sangra la luna,
deforestando mi corazón.

En la palidez del aliento
y los espíritus sin motores.

Raíz de diecinueve nudos,
culebra que recita un aurora,
con la nariz en la fina vertiente
y un soplido húmedo que roza mi oreja

Lamiendo el barro entre mis dedos,
asmática embeleza atravesante,
nocturno bosque fluorescente,
un relámpago quebró mi cráneo.

Andrajo

Arrastrando
alas de ave enferma,
cuerpo subterráneo
sitiado en espinas.

La palabra en la boca
tiembla como una hoja.

Derramando
el grito de labios sin saliva,
cáscaras de miedo y espesura
se segregan en los dedos.

La astilla en el ojo
vibra en un tedio de piedra.

Atragantado
en la pelusa deforme,
chapuzón de descuido,
médula famélica de ocio.

Pica el puñal del mundo
alojado en la espalda.

Derretido
en la fiebre de la inmolación,
enquistado en los pensamientos
como orilla de rocas picudas.

Sentado en el banco de una plaza
viendo como copulan las palomas