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Renuncias

Una daga con aroma a rosas,
rosas rojas bañadas por un frío crepúsculo…

De esos días
en que solo el viento
sabe a donde va.

Una púrpura lengua que borra el suelo,
suelo emparchado con tergopol en migas…

De esas tardes
en donde el vacío
reinará en una vasta alma.

Relámpagos de voz,
dinamismo de árbol.

Noches sin noches.

 

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Afrenta

Regaré de sal y alcohol
sobre la tierra de tus heridas,
cavando una oscura cueva
en tu caprichoso y dócil corazón.

Serás mi piel ajena,
la amarga sangre
que se estancará
en mi paladar.

Trasvestiré a tu ángel,
lo compraré con opacas piedras
para meterlo en un laberinto
de espinas y dulces venenos.

Tu estrella mas brillante
conduce un río
de residuos cloacales
que se clavan en mi alma.

Seré el abusador
de tus frágiles sueños,
que mutilará tu inocencia
con palabras de deseo.

Beberé de tus saladas lágrimas,
le pondré una correa a tus miedos,
obligándolos a rascarme las rodillas
con sus propias pestañas.

Seré la fiebre de tus primaveras,
el pétrio silencio
en que eyacularán todos
tus cristalinos zumbidos.

Extraviaré mi oxidada daga
debajo de tu cama deshecha.

Me odiarás por siempre,
aún así…

Seré lo mejor de tu vida.

Pupilas colgantes

El zorro quiere de su zorra:
todas las noches,
una fiebre litúrgica,
un enjambre de abejas furiosas,
un hospital incendiado,
un fantasma payaso,
una cama de vidrio,
una silueta escamosa,
un calor oscuro,
una luna desgarrada,
unos huesos en polvo,
un transplante de vida,
mil noches de noches,
labios púrpuras,
pensamientos muertos,
el ardor y el salpullido,
el aleteo de un canto,
o el alarido animal,
joyas de azúcar,
saladas con obsesiones,
un príncipe sin corona,
una daga filosa,
una órbita de estrellas,
un rezo del infierno,
pupilas colgantes,
en puentes colgantes,
en cuadros colgantes,
en amantes colgantes.

En la pista de disección

Sepulta tus labios de puñal,
junto a la cruz aterciopelada,
con la noche en tu retina,
quemando los suspiros hechizados.

Conozco del ciervo que recorre tus venas,
se parecen a mis escorias estampadas.

Danza en la pista ensangrentada,
no sería la primera, ni la última vez,
para lastimar tus melodiosos pies,
para sudar martirios y amnesias.

Alzo el reclamo de la luna abultada
de ese fuego gris tan confuso.

Inserta en tu pecho la daga,
que despliegue una aurora,
que el azufre domina la atmósfera,
con la alondra picoteando tu corazón.

Rompo el aliento edulcorante
como el cristal de promesas insostenibles.