Esa espectacular luna llena arubeña lo tenía preocupado, no había previsto tanta luz.
—Prácticamente es de día —pensó al doblar por Pontón hacia Nord bordeando el Post Kantor. Su sombra era ahora más negra y visible que nunca. Las paredes blancas contra las cuales comenzaba a deslizarse sigilosamente, le parecían -en su torturada mente- iluminadas pantallas de cine.
Moverse con cuidado era la clave. Aunque fuesen las 4:43 de la madrugada, siempre existía la posibilidad de un vecino alcahuete pegado a una ventana. Transcurría un sábado más en febrero, época del carnaval y siempre habían trasnochados por todos lados.
Le entraron ganas de salir corriendo y desaparecer. Esta situación lo atormentaba terriblemente, pero no podía huir pues las consecuencias mañana serian sumamente dolorosas.
Al circular la rotonda iba respirando agitadamente, —¡cobarde de mierda! —se insultó apretando los puños con rabia. Un grupo de alcoholizados makambas le gritaron no se qué sarta de obscenidades desde un viejo impala amarillo. Ni se inmutó, estaba completamente enfocado en lo que vendría. Escuchó su miedoso corazón acelerarse al ir llegando al lugar señalado.
—Mejor rodeó la manzana y entró por detrás — susurró casi imperceptiblemente. Un terreno abandonado al fondo de la casa le brindaría mayor protección y los arboles lo cubrirían de cualquier chismoso. Solo rogaba no tropezar con alguno de esos chollers que ocasionalmente maduraban su guayaba tirados sobre el pasto del baldío.
Respiró hondo y se subió el cierre de la campera. —¡Está fresco! —dijo. Aunque sabía que la temperatura le llegaba desde adentro. Era un auténtico pavor lo que escarchaba su cuerpo. Recordaba nítidamente la última vez que lo había intentado. A solo unos pasos de lograrlo y de repente el error en el instante postrero. Profunda frustración, pero más que nada dolor. Todavía sentía los cortes y moretones consecuencia del fallido intento, no perdió un ojo gracias a la divina providencia.
En medio de esa noche carnavalesca se preguntaba qué carajo hacia otra vez en aquel temido lugar y casi a la misma hora. Si juró en mil ocasiones no volver a hacerlo.
Él era Rudy, “the Killer,” él más rudo y profesional de la mafia, él que silenció a tantos en Ámsterdam sin dejar ni la más mínima pista. Nunca le tembló ni una pestaña. Le tenían más respeto que al mismísimo Satanás.
Sus piernas temblaron al pisar el pasto del campito. Un perro lloró a lo lejos y ese aullido lastimero fue como suyo. —Nadie a la vista — masculló. Solo un par de pericotes, que le parecieron del tamaño de un dinosaurio, jugueteaban en las ramas de un eucaliptus. Se imaginó gritando mordido por uno de esas bestias y por las dudas se alejó del árbol. A solo cinco metros de la casa sintió dos voces acercándose. Se zambulló detrás de un matorral de yucas pinchándose la frente y el lado derecho del cuello, pero los intrusos no llegaron a verlo. Rogó que no pasaran cerca de la ventana del dormitorio, si se despertaba todo se iría al mismísimo demonio.
Había planeado una acción tan rápida como efectiva. Todo estaba perfectamente calculado, o acaso no era él un auténtico profesional del crimen. La semana pasada la “Orga” lo había elevado al escalafón uno de asesinos, su currículum lo ameritaba, 37 trabajos perfectos. Hacía ya un año que lo habían trasladado a Aruba. Quedó fascinado con la bella isla antillana. Aquí estaba bajo las órdenes de un curazoleño capo de las apuestas clandestinas. Había realizado tres trabajos limpios para él. Entonces porqué las manos transpiradas, la respiración agitada, los nervios, la agonía.
Los borrachos o drogadictos -no estaba para contemplar diferencias- debían haber visto a los dinosaurios porque huían a los tropezones. El camino expedito, —¡adelante Rudy— se dio fuerzas— en diez minutos todo habrá acabado. —Una maldita vocecita en su interior le replicó —si no acaban contigo primero.
Pese a saber que podía destrabar el portón que da al baldío de un tirón -había estudiado todo minuciosamente para evitar los problemas de la otra vez- trepó el muro, no fuera a ser que un chirrido de aquel viejo trasto de hierro lo delatase. Gracias a los guantes y a la ropa reforzada, las botellas rotas pegadas en la parte superior de la pared no le hicieron daño. Cayó como un felino dando tres vueltas por la tierra y se pegó inmediatamente a la pared cercana a la puerta trasera.
—¡La puta que lo parió!— la exclamación le brotó de las mismas entrañas. La luz de la pieza estaba prendida, no había previsto, ni remotamente, que a esa hora su objetivo estuviese despierto. Tenía la certeza de que no había nadie más en la casa. ¿Estaría leyendo o quizás viendo televisión? Se asomó con cautela a la ventana y a través de una pequeña apertura entre las verdes cortinas vio aquello que le inspiraba terror y por lo cual había experimentado su primer gran frasco. —No puedo fallar —se dijo sabiendo que si hoy no lo hacía bien, no tendría otra oportunidad. —La vida nunca da tres chances —afirmó bajito al momento que un pega pega cantaba a centímetros de su cabeza. Casi le da un infarto.
Le agarraron unas ganas locas de tumbar la puerta, entrar corriendo y estrangular aquella apestosa criatura. Exprimirle hasta el último juego de vida mientras miraba sus ojos suplicantes. El corte aún no cicatrizado debajo del ojo le titilo y fue como una advertencia. El recuerdo de los golpes recibidos le devolvió la mesura y el miedo.
Tenía una copia de la llave, el problema mayor era la alarma, estaba localizada a la derecha del armario y tendría solo quince segundos para desactivarla. Lo hizo solo en diez, a resumidas cuentas era un experto. Entró al cuarto, la alimaña roncaba, era un sonido asqueroso. Sus medias blancas- se descalzó antes de entrar-pisaron la alfombra gris. La beretta 92 parecía cobrar vida bajo el sobaco. —Ágil y veloz, desplazamientos sincronizados —decía para sus adentros mientras se acercaba al aposento.
El reloj electrónico marcó la hora cinco, se le ocurrió pensar que en cualquier instante sonarían las campanas de una iglesia que había a pocas cuadras de allí y la peste abriría lentamente sus repulsivos ojos para enfocarlo como la última vez. Se acercó a la ventana y la destrabó, si tenía que escapar de nuevo perseguido por la bestia, aquella abertura sería la mejor opción. Una lejana melodía, como de Calipso, acarició sus oídos. Tanteó el arma y se aproximó al ser demoniaco. Calculó la distancia, repasó mentalmente los movimientos que debería hacer, teniendo siempre presente las equivocaciones del pasado. —El hombre es el único animal que tiene dos tropezones con la misma piedra —pensó Rudy y una mueca de pavor se dibujó en su rostro al observar la piedra frente a él.
Una gota de sudor surcó su frente mientras acariciaba su beretta, los húmedos dedos empuñaron la 92 mientras se la acercaba a diez centímetros de la frente, su índice avanzó milimétricamente sobre el gatillo, presintió la sofocaba explosión y creyó ver brotar la sangre entre ceja y cela. De repente el objetivo se movió y el número uno pegó un respingo para atrás y deslizó silenciosamente el revólver bajo la cama. Se desvistió en completo silencio y se acostó a la vera de su querida esposa.
Claudius Philips el rey del Calipso se oía a lo lejos, otra noche de tragos y mujeres había terminado. El killer lanzó un suspiro de alivio, reprimido en parte, no fuese a ser que el monstruo se despertara…
Aclaraciones
Post Kantor: Correo
Makambas: Término despectivo para identificar a los holandeses. (Papiamento)
Cholers: Vagabundos, sin casa. (Papiamento)
Guayaba: Borrachera.
Pega pega: Una especie de lagartija con ventosas en las patas y piel semi transparente, con un canto estridente.
Calipso: Ritmo musical del Caribe.
Letanías de oportunidades perdidas, imágenes que cual flashes intentan alumbrar una mente ya indefensa.
Sombras lúgubres que se entrecruzan ondulantes, siniestras y de fondo un aullido, como de clavo hiriendo el pizarrón, destrozando mis oídos ya sin tímpanos.
Gozos y dolor, pasión y desamor, destierro y añoranzas, todo mezclado en cruel desfile frente a unas estáticas pupilas.
El arrepentimiento de no haber ido un poco mas lejos.
La cómoda cobardía que engendra al conformismo.
Lo que nunca fue siempre por culpa de los otros.
Honda pesadumbre que oprime un pecho carente de latidos.
El deslizarse desnudo por un tobogán metálico engrasado. Al final un tanque con las heladas aguas del llanto de aquellos a los que hicimos daño.
Intento aferrarme al recuerdo de un beso, de una sonrisa, de la mirada de un niño, a un simple atardecer tomados de la mano.
Es en vano, mis articulaciones no responden a los débiles impulsos de un agujereado cerebro.
Se acerca el final, un helado viento congela mi reseca piel. Ya no hay futuro, el pasado huye conmigo.
Destilo angustioso los últimos segundos de una insulsa vida.
Pude haberlo hecho mejor.
Que si hay un Dios, me de el castigo merecido…
—¡Me tiene absorbida, todo es él, todo es acerca de él! Su trabajo, el fútbol, los amigos. Mi horario gira alrededor de su vida. Prepararle la comida, lavarle y plancharle la ropa, limpiar la casa. Estar disponible cuando a él se le pega la regaladísima gana.
—¡No lo soporto más! Maduro la posibilidad de independizarme, ser yo misma. Sueño con tener el coraje de insultarlo “¡Basta insensible de mierda!” Pegar un portazo y gritar al cielo que ahora es Marina la que va a comenzar a vivir.
—¡Julio de aquí, Julio de allá! Marina no existe para nada. Estoy convencida que siente vergüenza de mi presencia. Que le incomoda todo de mí. Mi dulce voz, lo que opino, como me visto. Ni siquiera me ha presentado a su familia. Me esconde de sus padres y hermanos, como si fuera una leprosa. Sé que no soy linda, diría todo lo contrario, pero soy inteligente y emprendedora. Puedo salir adelante sola si me lo propongo. Conseguirme un hombre que me considere, que me mime, que se sienta orgulloso de mí.
—¡Basta de protegerme, de ocultarme tras él! Tengo que olvidarlo para siempre, ser valiente y caminar por la calle libre y soberana. Tantos años sometida, humillada sicológicamente, cobardemente atrapada. Nos conocemos desde la adolescencia y siempre ha sido una relación tortuosa, enfermiza. Mantenida solo por el miedo. Es increíble como el miedo puede reducir a un espíritu al grado de un abyecto parasito.
—¡Que linda estas esta tarde Marina! —me miro al espejo y me piropeo juntando fuerzas. Me he maquillado usando el labial purpura que tanto me gusta. Además me puse el vestidito corto, floreado, que tan lindo talla mi cuerpo y los tacos rojos altos que realzan mis sexis pantorrillas.
—¡Quedate con tus miserias Julito. Desgraciado impotente de mierda! Si te he visto no me acuerdo, —exclamo entusiasmada.
A punto de girar el picaporte de la puerta exterior, suena el teléfono de casa. Tiemblo, pienso en no contestar y salir corriendo, pero el miedo, una vez más, controla la situación.
—¿Julio, sos vos? —dice Mario, el mejor amigo de la bestia.—Estamos organizando un partidito de futbol cinco para esta noche a las ocho. Después nos comemos un asadito en casa y salimos a levantar trolas a la costanera.
Escucho entre indignada y entristecida y pienso: —¿De putas por la costanera? ¡Qué asco! Y me deja otra vez sola y encerrada.
Miro la puerta de la esperanza, me duele el estómago. Son solo unos pasos hacia la libertad. Mi puño se abre y la llave cae en la alfombra. Me dirijo resignado hacia el aparato, una lágrima rasga mi mejilla.
—¡No hay ningún problema Marito! Dame unos minutos, me preparo y salgo. Yo llevo el vino como siempre…
Paladeó un trago de mate cocido con deleite mientras raspaba dos rodajas de pan cereal que se habían tostado de más. Juancito y Sandra acababan de marcharse a la escuela y su mujer, que tenía cita con el médico, se llevó el auto y no volvería hasta pasado el mediodía.
Inclinó su obesa humanidad sobre la mesada de granito negro y agarró la jalea de membrillo. Después de depositar todo sobre la mesa, chequeo si el diario Los Andes ya estaba en el frente. Salió al jardín en boxers y una remerita desteñida que no le pasaba del ombligo. Sintió más frío de lo imaginado, pero siguió adelante, no podría desayunar tranquilo si no encontraba la noticia. Con angustia y arrebato, al medio de la vereda, buscó la sección de policiales, no llegó a ella, en la segunda página halló lo esperado:
GENERAL ALVEAR ¡ULTIMO MOMENTO!
Murió un hombre electrocutado en la bañera de una casa situada en Patricias Mendocinas. Se trataría de el reconocido gerente de una empresa pública, estaríamos en presencia de un infortunado accidente. Ampliaremos mañana.
Era todo lo que necesitaba saber, cerró el periódico y lo arrojó al tacho de basura. Aspiró profundamente y se apoyó contra el buzón rojo de lata, un leve mareo lo había desestabilizado. Miró al cielo con los ojos empapados, una sensación dulce lo embargaba. Sintió como que allí, parado frente a un nuevo amanecer, volvía a respirar aire fresco. Doña Chicha, escoba en mano, lo miraba extrañada desde la vereda de enfrente. —¿Se encuentra bien Hipólito? —inquirió la curiosa vecina. —Como nunca en mi condenada vida señora —dijo el gordo pelado y regresó a su casa dando pequeños brincos, acompañados por estridentes risotadas.
Tras acabar el desayuno, se dedicó a buscar el aparato de radio que no había podido localizar al despertarse. —Quien sabe donde lo guardó Juan —pensó aburrido el empleado municipal. Tendría que aguardar el mediodía para observar el primer informativo por la TV. local.
Alrededor de las ocho y media se sentó en uno de los sofá del living, apoyó el termo y el mate recién preparados sobre la mesa del velador y colocó un cd de Richard Clayderman en el portátil, buscando Balada para Adeline. Era el tipo de música que lo ayudaba a relajarse. Estiró las piernas y descansó su cabeza sobre el mullido respaldo. —Resultó más fácil de lo pensado —se dijo Hipólito Barraquero espantándose una fastidiosa mosca de su oído derecho. En la calle, el sistema hidráulico de un camión basurero sonaba apenas perceptible. La bolsa de residuos ya estaba afuera desde ayer. No necesitaban sacarla a último momento. El perro del vecino, gracias a Dios, permanecía ahora siempre atado.
Durante los pasados once años elucubró, con morboso interés, el plan criminal. A la noche, estructuraba con precisión los pasos a dar y al día siguiente se arrepentía, a veces en el momento culmine. Como cuando se fueron todos los empleados del departamento a pasar semana santa al Valle Grande. A sabiendas de su afición por las aves, lo invitó (solo a él) a subir a una alta montaña para observar un nido de cóndores, instalado en un escarpado precipicio. O en aquella cena de trabajo, cuando siguió al mozo que iba por los cafés, llevando un sobrecito con un potente veneno en el bolsillo. O la tarde en que salieron a cazar ñandúes, liebres y vizcachas al Cerro Colorado. No había nadie en mil metros a la redonda y la escopeta de dos caños temblando en sus traspiradas manos. Siempre el miedo paralizador, junto a la puta y cobarde conciencia, dándole la razón al despreciable cuando proclamaba: —Te faltan huevos para todo Barraquero, nunca pasaras de ser un simple segundón. Esa actitud de creerse perfecto, superior, lo desquició desde el segundo inicial de una enfermiza relación. Veintidós insoportables años aguantándolo como jefe y verdugo. Veintidós temporadas esperando lo trasladasen, se jubilara o se muriese para ocupar su puesto, para dejar de sentirse una inmunda cucaracha pisoteada y escupida. Y siempre las bromas, la humillación, el picante menosprecio.
Sus compañeros de laburo lo bautizaron con los sobrenombres más diversos: trapo de piso, el chirolita del jefe, el felpudo, el punchinball, etc, etc. —Me voy a jubilar un día después que vos, no soportaría que un inepto total ocupe mi estratégico puesto —le dijo seriamente dos días antes. Allí fue cuando se decidió a matarlo. Esa mañana le comentaron también que el bastardo se estaba acostando con su esposa, parece ser que era el único aun no enterado. —Tu mejor cualidad es esa mujercita deliciosa que tenés —le expresó baboso una tardecita en que tomaba el te en su casa. No podía sacar de su mente la mirada libidinosa del cretino sobre las nalgas de Susana. El empujón final se lo dio la propia victima ayer al mediodía. Pasado el almuerzo, el jefe lo encontró sentado en la plaza central, enfrente de la repartición pública. Hipólito estaba sumido en aguda tristeza. El abominable lo miró y sonriendo le dijo: —Yo que vos me pego un tiro, peor no podía ser tu vida querido, para que gastar aire,¿no? Respiro hondo, abarrotando sus pulmones de aire. Recordarlo le provocaba taquicardia y acidez. —Todo va a cambiar desde hoy —se estimuló apretando con fuerza los puños. Su autoestima se elevaría, mejoraría su relación con Susana. Sería promovido a jefe, ganaría más y todos, incluyendo sus hijos, comenzarían a respetarlo. Ya no habría risitas hirientes a sus espaldas y lo que era fundamental, no tendría que verle la cara al soberbio hijo de puta ese.
Sintió pena por el padre del malnacido, un venerable anciano por el que sentía cariño y respeto. El viejo (varias veces) había llamado la atención a su hijo por la forma miserable en que trataba al empleado más fiel. Cuando él estaba presente, el maldito simulaba ser comprensivo y afectuoso. El respetable señor solía venir a Alvear muy de vez en cuando. Se notaba que no se encontraba cómodo conviviendo con el déspota de su hijo. Siempre le recomendaba a Hipólito que cambiase de trabajo y que recuperase su dignidad. Existía un elemento incomprensible para el humillado hombre. ¿Por qué él era el único depositario de las burlas de su superior? Le dolía la forma cordial y reservada con la que, el ahora difunto, trataba al resto de sus subordinados.
Extrajo una cajita de chicles Adams de mentol del cajón de la repisa, bajo el televisor y se llevó tres a la boca. Era casi el mediodía y había comenzado a lloviznar, cerró las ventanas y entornó las cortinas. Tendría que empezar a cocinar, hacia rato que su mujer no lo hacía. Ella era de deprimirse muy fácil y se la pasaba acostada llorando y maldiciendo el momento en que conoció a Hipólito. —Todo cambiará mi amor —musitó esperanzado. Tuvo deseos de besarla y pedirle perdón por todo lo que no le había podido dar. Se sintió feliz, con ganas de vivir, de intentar cosas nuevas. Era otro Hipólito el que iban a conocer desde ahora. Sin el yugo del tirano, estaba liberado. Ya no sufría la opresión y el inmovilismo que le provocaba el solo verlo. — Fue tan fácil. Unicamente empujar con un palo de escoba, desde la ventana del baño, la radio eléctrica, para que cayera adentro de la bañera donde el condenado estaba —penso Hipólito complacido. Antes de echarse a correr, escuchó un gemido ahogado y vio unas chispas reflejarse en los azulejos. Lo tenia bien estudiado. Vivía solo, siempre se bañaba a la misma hora, cerca de la medianoche y escuchaba un programa de música clásica.
Su esposa lo saludó apática desde la puerta de la cocina. No lucia tan triste como era de esperarse por la muerte del amante. —¿Te enteraste quien murió? —le preguntó mientras hacia señas a los niños para que dejaran las maletas en sus cuartos. —Si, increíble, que muerte más terrible. No se la deseo a nadie, pero creo que fue un castigo divino por toda la maldad que hizo en este mundo —dijo el hombre exultante, disfrutando de este momento, soñado por tanto tiempo. —Crei que te caía bien el pobre viejo. —dijo asombrada Susana— Mirá que venir a visitar al hijo solo un par de días al año y terminar así.
Si hubo algo que identificó al negro Carmona durante su extensa trayectoria como entrenador, fue su pasión casi enfermiza por las tácticas defensivas.Profesor de educación física de varios colegios secundarios, entre ellos el mío, lo conocí a mediados de los setenta. Su color de piel acentuado por el sol, parecía más que negro, azul oscuro. De ademanes ampulosos, sonrisa amplia y labia generosa. Poseía la virtud de hacer creíble lo inverosímil, lógico lo ridículo.Relataba a quien quisiera (o no quisiera) oírlo, la historia de su bisabuelo africano, Zulú creo. Un gran guerrero que con solo un puñado de subordinados, derrotó a cientos de colonizadores europeos mucho mejor pertrechados.
La clave del éxito radicó en una innovadora estrategia defensiva, la cual no viene al caso relatarles, ni tampoco me acuerdo.Se inicio en las lides directivas como técnico de la cuarta división del Andes futbol club. Escogió a los jóvenes más altos y robustos que encontró en la zona. El promedio del equipo era de un metro noventa de altura y ciento cincuenta kilos de peso. Alineaba a los once jugadores en el arco, conformando una barrera casi imposible de superar. Solo el portero tenía permitido romper la formación y era para revolear la pelota lo más lejos posible. En la primera y también última recordada temporada, la compacta escuadra empató cero a cero los doce partidos de la etapa clasificatoria. Las estadísticas en esa fase fueron dignas de un campeón; única oncena invicta y sin ningún gol en contra. Lástima que en semifinales perdió por penales con Sacachispas cinco a cero. El negro no había podido enseñarle a ninguno de sus matungos a patear correctamente una pelota.
El guardameta en el básquet fue una magistral innovación suya, la puso en práctica con la selección de mi escuela en el intercolegial del 79. El polaco Kozinski cursaba sexto año y medía dos metros veintitrés centímetros, aquella temporada se convirtió en la estrella del campeonato. Se paraba frente al aro y no dejaba pasar ni una. Por suerte la regla de pelota que va descendiendo es tanto, aun no regía. Una noche en el colmo de la desfachatez, Carmona le puso guantes para atajar. Evitar las faltas al rival era el axioma fundamental, pues en los tiro libres no se permitía arquero. Era cómico ver a sus jugadores esquivando sin disimulo al contrario que llevaba la pelota. Solo intentaban un ataque al final del juego, con la idea de ganarlo dos a cero. A veces con el permiso del coach, uno o dos integrantes del plantel se retiraban para hacer alguna diligencia personal y él ni siquiera se molestaba en reemplazarlos. Retornaban únicamente para la última jugada. No recuerdo en que terminó todo aquello, aunque puedo asegurarles que los resultados más bajos en la historia de dicho deporte sucedieron esa temporada.
No volví a saber de él por mucho tiempo. Una noche (como dos décadas después de mis épocas de escolar), nos encontrábamos con un par de amigos en un bar viendo por televisión una aburrida velada boxística. Nos llamó la atención ver, en una de las peleas preliminares, a uno de los pugilistas en una estática posición fetal. Lo suficientemente parado como para no ser descalificado, soportó estoico durante ocho rounds un verdadero diluvio de golpes. Inmóvil, no retrocedió ni un centímetro, ni siquiera se levantaba para ir a su rincón cuando sonaba el gong. Faltando un minuto de pelea, al otro contendiente le agarró un calambre de tanto tirar trompadas y se derrumbó agarrotado en el centro del cuadrilátero. La sonrisa del protagonista de esta historia inundó la pantalla. Ante mi estupor, el negro cruzaba exultante las cuerdas para felicitar al triunfador.
Un pequeño detalle le impidió celebrar con champagne aquella apoteótica demostración de coraje deportivo. El rigor mortis (y no sus indicaciones), había sido la principal causa de la inmaculada defensa de su pupilo.
Se inició como un sueño efímero, una salpicadura de imágenes de fuego y polvo, en las cuales veía al primer y segundo avión incrustándose en las torres gemelas. Luego la gente arrojándose desde las ventanas humeantes. Me desperté en el suelo, con el aliento entrecortado, hecho un nudo entre las sabanas y la almohada. Me sucedió la madrugada del cuatro de septiembre del dos mil uno, siete días antes del infausto atentado. Entonces no lo comenté con nadie, aunque creo habérselo dicho como al pasar a mi hijo mayor. En definitiva, se trataba de una pesadilla más de las que me venían sucediendo regularmente en los meses anteriores. Por aquel año, trabajaba de bartender en el quincho de la piscina del Hotel Las Palmas, en Miami Beach. Allí mismo, días después, observé estupefacto el desarrollo de los acontecimientos.
—Esto yo lo soñé, igualito—les dije temblando a mis compañeros de laburo, con la vista pegada al televisor.
Las caras de burla e incredulidad, abortaron cualquier intención de brindarles mayores precisiones. En los meses siguientes no volví a mencionar el tema, ni siquiera con mi familia. Lo que menos deseaba era ser tratado como un fenómeno circense. Intenté convencerme de que había sido todo una alucinación, pero la procesión siguió rodando por dentro. El asunto me torturó, noche tras noche. Al principio hasta evitaba cerrar los ojos, para no encontrarme con los inquietantes pantallazos. El tiempo fluyó y poco a poco fui olvidándome del singular incidente. No porque las pesadillas desaparecieran, sino porque las nuevas visiones resultaban vagas e inconexas, imposibles de relacionarlas con hechos concretos. Veía personas extrañas, sufriendo accidentes en lugares desconocidos. No sabía, ni me interesaba saber, si estas cosas sucederían realmente.
El gran Tsunami se convirtió en la siguiente revelación. Me fue dada (¿por quién?) con una semana y media de antelación. Vi a los pobres asiáticos sucumbir ante el devastador fenómeno natural. Escuché sus gritos al ser levantados por las olas y arrastrados, junto a edificios y automóviles, tierra adentro. Al despertar comprendí, sin dudas, que se avecinaba otra calamidad. Por los rostros deduje que eran orientales, aunque no tuve ni la más pálida idea de la locación. Esa vez sentí la imperiosa necesidad de comentarlo con alguien.
—En poco tiempo sucederá algo muy feo, —le dije a mi esposa a la mañana siguiente mientras tomábamos mate.— Espero equivocarme mi amor, pero esta cruz es demasiado pesada y no puedo cargarla solo.
—Al fin me vas a contar lo que te tiene de tan pésimo humor en este último tiempo, — exclamó la riojana con cara acusadora, como intuyendo que le iría a comentar algún affaire amoroso.
El alivio que me recorrió al compartir mis aprensiones e incertidumbres, fue inmediato. La expresión que inauguró el rostro de Viviana, indicaba que no creía ni una pizca de lo que le estaba contando (¿quién no?). En pocos minutos su incredulidad se transformó en rabia y terminó en pena.
—No me pidas que te crea, —dijo al comprender por fin que no estaba bromeando.
Al comienzo llegó a pensar que se trataba de otro de esos rebuscados cuentos fantásticos, que le leía de vez en cuando.
—A mí también me gustaría que no fuese verdad, que se tratase de mi cerebro jugándome una mala pasada y que los cables se me estén cruzando. Cualquier cosa sería mejor que este espantoso don. Tocado o iluminado, sos la única persona en quien puedo confiar mi amor, —expresé con un susurro asfixiado.
Me miró con una mixtura de resignación y miedo y por unos segundos sopesó las palabras como si fuera a decirme la frase de su vida.
—No nos queda más que mantener el secreto, por ahora y esperar a ver qué pasa en los días por venir.
Semana y media después se produjo el Tsunami. Ese día estaba libre, mi mujer me llamó desde el trabajo. Con un fino hilo de voz me preguntó entrecortadamente si había escuchado las noticias. Al borde de la desesperación, decidimos ese atardecer que ante la próxima visión clara de una catástrofe, daríamos a conocer a los medios de prensa las características del suceso por venir.
—¿Y qué si es un designio divino?, no puedo seguir escondiéndome —le comenté a Viviana, asombrándome al instante por traicionar de esa manera mi hasta entonces estoico ateísmo.
—Al principio te van a tomar por un lunático, pero después de dos otras predicciones cumplidas, el mundo sucumbirá ante la evidencia —me confortó mi adorada, agarrando mis manos y pegando su húmeda mejilla a mi frente.
El silencio áspero y denso nos inmovilizó. Por minutos permanecimos abrazados en la penumbra del comedor. El sonido del antiguo cucú de mi abuelo nos llegaba en un apagado eco lúgubre. Nos recorrió la certeza que toda posibilidad de una vida normal, en familia, se iba esfumando para siempre. Por meses, ignoré las decenas de alucinaciones nocturnas. Por suerte no reconocí a nadie de esos pobres infelices que terminaban su existencia de manera trágica. Mal que mal seguía con mi rutina diaria.
La tercera premonición me llegó a principios de este 2010. Vi espantado como Puerto Príncipe era asolado por el peor terremoto de la historia moderna. En esta ocasión reconocí la ciudad. Vivo cerca de Little Haití en Miami, he trabajado con numerosos haitianos y en más de una ocasión observé fotos y videos de la ciudad isleña. Esa mañana me quedé hasta tarde en la cama, mi mente a mil, planeaba los pasos a seguir. Decidí esperar unas horas, cuando Viviana volviera del trabajo, me ayudaría a redactar las gacetillas que enviaríamos a los medios de prensa. No me pude contener y como a las seis de la tarde, llamé a mi gran amigo haitiano Jean Mendiell. Me costó encontrar una forma creíble de convencerlo para que sacara a su familia de la capital caribeña. No necesité abundar en detalles, dijo solo una frase y luego me corto la llamada con la voz coagulada por el llanto.
—Si se trata de una broma, es de muy mal gusto mi señor —exclamó con el respeto con que siempre me trataba.
Allí me enteré que el terremoto había pasado minutos antes y que esta vez el aviso me fue dado solo con medio día de antelación. Figúrense como me sentí cuando aquella noche, frente al televisor, era herido por una metralla de crudas imágenes. No sé si pude haber hecho algo en tan corto tiempo, es probable que no, pero nadie sacaría ya de mi conciencia, las decenas de miles de muertos que provocó el sismo. Pasé semanas enteras habitado por un zombi, caminaba de un lado al otro sin musitar palabra alguna. Mi esposa mandó a los niños dos meses a Argentina y trató de darme soporte anímico, aunque ella estaba tan destruida como yo. No hallábamos explicación ni salida para lo que nos sucedía. Mi psiquis era una madeja sin punta para desenredar. Ni dos horas dormía por día, obligando a mi compañera a despertarme cada quince minutos. Así y todo, pequeños flashes de ignota gente acudían a mí
En marzo pareció arribar la solución. El siquiatra de un amigo, me recetó unos poderosos somníferos que cortaron de cuajo los malditos sueños. Por más de ocho meses viví sin las postales del averno. Dentro de lo lógico, comencé a recuperarme, retorné al hotel y volví a sonreír. Hasta aceptamos la invitación de una pareja amiga para salir a pasear (las dos familias) una noche de estas. Fue un espejismo, traté de convencerme que todo había concluido, pero lo veía venir. Era como que el efecto de las pastillas disminuía progresivamente y algo borroso de sonidos guturales luchaba por aflorar, como un monstruo anestesiado reaccionando lentamente.
Anoche al fin pasó. Tuve la premonición más escalofriante de todas. Después de ella, da lo mismo avisar o no, resulta igual que lo crean o no. Es tan inverosímil como espeluznante, nada se puede hacer. Sucederá pasado mañana, en la noche buena del 2010. Vi pinitos de navidad por todos lados. Luces multicolores en los frentes de las casas. Rostros alegres, risas, música. Una verdadera celebración a la vida. Sucedía en Miami, pero también en Nueva York, Los Ángeles, Chicago, Londres, Roma, Rio, Bs. As. etc. etc. El planeta resultaba invadido por cientos de ovnis, de los cuales descendían miles de extraterrestres altos y grises, de ojos rasgados. Masacraban en solo un par de horas a toda la humanidad, para poblar luego ellos una tierra en ruinas. Nada queda por hacer, no quiero esperar que lleguen. Escribí este testimonio con la remota esperanza que algún sobreviviente lo lea en el futuro, aunque en mi visión ni uno quedaba. Me encuentro junto a Viviana y mis dos niños, es noche buena y sobre la mesa del comedor hay cuatro vasos con jugo de naranja, en su interior cuatro pastillas de cianuro burbujean, desintegrándose.
Augusto Cardinalli – Miami – 24 de diciembre del 2010
Los cuatro cuerpos caídos de las sillas. El mantel arrastrado hacia el piso, los vasos quebrados. Un triste villancico de navidad se desprende desde la casa vecina y las notas musicales ondulantes penetran mansas recorriendo los cadáveres. El teléfono comienza a sonar y el contestador automático graba el siguiente mensaje:
—¿Cómo está la familia Carinelli? Les deseamos una hermosa navidad. Quizás más tarde pasemos a saludarlos. Como sea, Agustín, te aviso que ya compramos las entradas para el cine. El viernes a las 21:30, después de cenar, ¿les parece bien? Es de las películas que te solían gustar mi amigo. Purita ciencia ficción, se llama “Invasión en Christmas”, dicen que está buenísima…Chaucito
Transcurría la primavera de 1986, mediados de octubre, si mal no recuerdo. El colorido contraste de árboles y flores, sumado al alegre trino de las aves, insuflaba a nuestros espíritus quijotescos una inyección de utopías. Combustible necesario para intentar transformar una sociedad anquilosada y temerosa, tras siete años de una terrible dictadura militar. Ese celeste domingo la pasamos en el parque Sarmiento, organizamos un improvisado picnic que rematamos con un partidito de futbol. Hombres y mujeres mezclados en una bataola divertidísima. Todo fue un preámbulo para la jornada militante que se avecinaba.
Era noche de pintadas en el barrio Jardín. El vecindario cordobés se convertía en una caldera política por aquellos días. Se aproximaban las elecciones estudiantiles en la Universidad Nacional de Córdoba y debíamos luchar durísimo para retener la conducción estudiantil. Conformábamos el Frente Santiago Pampillón, por esos días, la única agrupación estudiantil de izquierda que dominaba una importante federación en Argentina.
La guerra de las pintadas alcanzaba su punto de ebullición la semana anterior a la esperada votación. A diferencia de los demás grupos políticos con los cuales teníamos habituales enfrentamientos del tipo oral (insultos de todo calibre), los muchachos de Perón se hacían entender a golpes y cadenazos. No existía nada que los irritase más, que encontrar a los “zurditos” blanqueando un muro que acababan de pintar.
Debido a la polución lumínica, el cielo, totalmente despejado, mostraba solo alguna que otra estrella. En aquella velada artística, se encontraban los pesados de la organización: el tuerto, el turco, el coco y el tato, mas seis o siete subalternos, Magda, Analia,Augusto, Pepe, etc (Que de última éramos siempre los que menos trabajábamos)
Cristina se encargaba de corregir nuestras groseras pinceladas. Cristina…mi primer gran amor. Lastima que ella nunca se enteró. El estilista era el tato, diseñaba las letras con una rapidez y calidad inigualables. El tito Sawca nos proveía la ración de vitaminas indispensables (Unas ricas cervecitas). Por supuesto, no podía faltar Coniglio, el entrañable Sergio Fabián. Amigo de cien y una aventura. Compinche de mas de cuarto de siglo, hoy también viviendo en Miami. Esta es solo otra de sus singulares anecdotas.
Pasada la medianoche, comenzamos nuestro derrotero por las paredes más apetecibles. La hora era ideal para eludir los feos epítetos provenientes de los vecinos, indignados por la forma en que ensuciábamos los muros del barrio. Al final de la avenida Hipódromo encontramos lo deseado, no nos amedrentó el hecho de que fuese una pintada fresca de los peronchos. Me acuerdo que tras unos minutos, hicimos un parate en la blanqueada. Esperábamos que Sergio, con dos tachos en sus manos, volviera de la esquina. Una oportuna canilla le proveería del vital elemento.
El estruendo de tambores y gritos nos hizo parar de un salto, abandonando los cómodos canteros de santa ritas donde estábamos sentados. Conocíamos y temíamos ese ruido. Como treinta militantes de la Juventud Peronista, con todo su arsenal bélico, aparecieron en la esquina opuesta a la entrada de la pista hípica.
—¿Y Sergio? —pregunté alarmado, no recuerdo a quien.
—Demasiado tarde, si no se escondió…lo masacraron. —Comentó sonriendo Augusto Carinelli. El gracioso del grupo.
Mientras corríamos, desbandándonos cada uno por su lado (como habíamos planeado de antemano), volví a pensar en mi amigo. Seguro no se había percatado de la llegada de nuestros rivales políticos. Quienes comenzaron su bulla de repente, al divisarnos como a una cuadra de distancia.
Por siempre retendré la curiosa imagen que capturaron mis retinas esa madrugada. Los militantes del Santiago Pampillón buscando la protección de las calles aledañas a la avenida, y el nutrido grupo de la J.P vociferando barbaridades como ochenta metros detrás. Esto no constituía novedad alguna. No era la primera, ni seria la última vez que evitáramos inmolarnos por la causa libertaria. El elemento distintivo de aquella visión, fue el individuo que venia marchando en medio del compacto grupo.
Sergio Fabián Coniglio se había abierto la camisa y tenia todo el pelo revuelto. Alzaba amenazante su puño izquierdo y hasta creí divisar en sus ojos un velo de ira. Sin duda, el camuflaje perfecto. Pude distinguir la conocida voz entre el griterío, les diré que sus insultos resultaron los mas groseros que escuchamos tras nuestras espaldas.
Ah…me olvidaba un detalle. Una gruesa cadena que sostenía en su mano derecha, completaba la ingeniosa metamorfosis que lo salvó de la golpiza de su vida.
Se despertó sobresaltado, le pesaba la cabeza y sentía la boca pastosa. El corazón latía apresurado. Una aguda puntada en el oído derecho le obligó a cerrar los ojos con fuerza. «Triste, solo e inmensamente desamparado», fue la primera frase que se proyectó inaugurando su mente esa mañana. Dos cosas lo sorprendieron en aquel insulso momento. El terrible dolor de estómago con el que se había acostado, ya no existía, y las molestas goteras —regalo del huracán Wilma— habían desaparecido.Se vistió con la remera que tenía escrito “Viva el río en Paraná”, la bermuda verde pálido y las ojotas marrones. De la boutique “Me cago en la elegancia”, como solía criticarlo un amigo. Pensaba levantarse a las seis treinta y eran ya las nueve y media. El maldito reloj despertador había fallado una vez más. ¿Lo habría puesto anoche? Solo recordaba haber tenido la intención.
Aquel 30 de diciembre —mientras caminaba por Harding rumbo al supermercado Publix— Mauricio Iparraguirre repasó el peor año de su ahora miserable vida. En enero recibió la triste noticia desde Entre Ríos. Su abuelo materno, Lorenzo, había fallecido dos días después de cumplir los 99. Fue un cándido ser humano que con suma dedicación y cariño suplió la ausencia de sus padres, fallecidos en un incendio cuando él solo tenía cuatro años. Ahora, su ilusión de compartir juntos el centenario quedaba hecha añicos. Nunca se perdonaría el no haberlo ido a visitar en los últimos doce años. Las palabras de amor y agradecimiento que planeaba decirle quedarían eternamente atascadas en su garganta.
Cruzó la calle sesenta y nueve esquivando a un grupo de jóvenes que iban al parque a jugar al fútbol. «Rosarinos», pensó al observar las camisetas de Newel’s y Central. En los primeros años del nuevo milenio, miles de argentinos arribaron a Miami. Con el estatus de país con visa waiver, sus habitantes no necesitaban más que presentar su pasaporte para entrar al país del norte. Lentamente fueron aglutinándose en Miami Beach, especialmente en el área donde vivía Mauricio. A esta zona, comenzó a conocérsela como la pequeña Buenos Aires.
En marzo comenzó a tener problemas para orinar. Los fuertes dolores y las gotas de sangre que expulsaba lo impulsaron a hacerse una serie de chequeos. Le costó dos mil dólares enterarse de que tenía un ramificado cáncer de vejiga. No poseía seguro médico y el tratamiento costosísimo le consumió en pocos meses los ahorros de más de diez temporadas. Era todavía una incógnita el tiempo que aún le quedaba de vida.
Agosto lo recibió con la noticia de la suba alevosa en los intereses de la hipoteca de su departamento. De seis punto cinco pasaba a pagar once punto nueve. Si le agregaba el aumento de impuestos y, seguro, su mensualidad, cambiaba de $1100 a $2.000. La burbuja de un sobrevaluado mercado inmobiliario había explotado, haciendo imposible a miles de nuevos propietarios seguir manteniendo sus inmuebles. Alquiló un humilde mono ambiente y dejó de pagar las siete tarjetas de crédito cargadas hasta el límite. Bancarrota total.
—Un domingo nublado, caluroso y húmedo. ¡Vaya invierno el de Miami! —murmuró el hombre al pesarse en la balanza de la entrada.
Era una costumbre que tenía desde que, por su enfermedad, empezó a adelgazar drásticamente.
—Ciento treinta y siete libras —dijo con voz temblorosa.
Había perdido cuarenta en los últimos ocho meses y su condición no parecía mejorar.Entró lentamente y se dirigió al área de atención al cliente. Allí vendían los periódicos y podría comprar también la lotería de la Florida. «Si nadie la ha sacado, pensó Mauricio, debía tener un pozo como de treinta millones.»
Para cerrar el 2007, se quedó sin trabajo. Ya no podía soportar el esfuerzo que requería ser un empleado de la construcción. Maestro mayor de obras, había estado en el oficio desde los 19 años, ahora ya no podía ni manejar la cuchara de albañil. Tenía que encontrar con urgencia algo tranquilo que le diera aunque sea para sobrevivir. No quería volver a la Argentina hecho una piltrafa. A pedir limosna.
—¡Qué suerte de mierda, más jodido no podría estar! —insultó por lo bajo—. Solo falta que me cague un pájaro y me pise un auto al salir de aquí.
Agarró el Nuevo Herald y puso junto a la registradora el cartón con los números a jugar. Sintió una rara sensación, como de humedad, corriéndole por el rostro.
—¿Qué será? —se preguntó.
La cajera lo miró con lástima mientras extendía la mano.Siguió inventariando mentalmente sus desgracias. Su ex esposa y su hija se mudaron a otro sitio en Paraná. No le dieron la nueva dirección y cambiaron el número de teléfono. No querían saber nada más de él. «¡Desaparece de nuestras vidas, por favor!», fue la lapidaria frase…
Apoyó su mano derecha en el mostrador. Por poquito no cae redondo al piso. Cerró con fuerza los ojos, como queriendo borrar la imagen que le había hecho perder la verticalidad. Movió poco a poco los párpados y volvió a enfocar la pizarra. No había duda, allí estaban… Siete: los años de panchito, su chihuahua adorado. Trece: la edad de la hija negada. Catorce: fecha del nacimiento del abuelo Lorenzo. Veinte: fue el día de junio en que su mamá lo tiró al mundo. Cuarenta y cinco: inviernos perdidos. Cuarenta y ocho: su número favorito. Aspiró hondo y revisó la lista una vez más. Observó la fecha del sorteo y el monto del premio. Sintió que le dolía el corazón. Creyó que por unos instantes le dejaba de latir para seguir luego su descompasado ritmo. Una repentina arcada le llenó la boca con un sabor agrio. El pánico inicial permutó en alegría incontenible. Resultaba increíble. Mauricio Iparraguirre se había convertido en el poseedor del único billete ganador del Loto de la Florida. Tan solo veintiocho millones de dólares.
La empleada lo miraba ahora entre intrigada y asustada. Mauricio dejó que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas. Por un minuto, permaneció inmóvil. Los ojos exageradamente abiertos, como no queriendo pestañear y encontrarse con que todo fuese un simple espejismo.
—¿Se encuentra bien, señor? ¿Puedo ofrecerle un vaso de agua?_ le preguntó la cajera paisa al verlo a punto de desmayarse.
—¡Extraordinariamente bien mi cielo! —dijo el nuevo millonario a la vez que le estampaba un beso a la azorada mujer _. ¡Se encuentra usted en presencia del flamante ganador del loto! —agregó exultante y al instante se arrepintió de tamaña indiscreción. Con la yeta que cargaba, seguro lo asaltaban y lo cagaban a palos antes de cobrar el primer peso.
Decidió actuar con cautela y disfrutar de ese momento único. Una vez en la vida toda la suerte del mundo estaba de su lado.
—¡A ver! —dijo Mauricio—. ¿Qué voy a hacer con tanto dinero?
Comenzó a organizar sus anhelos más postergados. Compraría una mansión en el sur de su país. A orillas del lago Torrentoso, en Villa la Angostura. Había visitado el lugar en la niñez y las imágenes de ese paraíso le quedaron impresas para siempre. Buscaría a la familia abandonada y les pediría perdón, luego se irían a vivir todos juntos. Viajarían por el mundo, París, Egipto, Italia. China. Los mejores hoteles, los más lindos regalos, todos los lujos para ellas. Sintió una fuerte punzada en la espalda y tomó un trago de agua. Aspiró hondo y tiró el vaso de plástico en el depósito de productos reciclables.
—Apenas salga del súper tengo que ir a la iglesia. Debo pedirle perdón al tata mayor —se recriminó en voz baja.
Hace unos días nomás había increpado duramente a Dios. Le reclamó el que lo hubiera ignorado durante toda su vida. «¡Nunca me diste una ayudita!», le dijo. «A estas alturas ni siquiera estoy seguro que existas», agregó.
Mauricio se sintió repentinamente mareado. Buscó a tientas la silla más cercana en el Deli y se sentó pesadamente.
—Esta maldita taquicardia no afloja —protestó.
La alegría no le había permitido fijar su atención en el cada vez más desacompasado ritmo cardíaco. De repente se sintió exhausto. Algo frío le corría por la frente. Se pasó la mano y la miró sorprendido. No había rastros de nada. Ni agua ni transpiración. Una burbuja de aire pareció explotarle en el pecho. Luego una dolorosa sensación de vacío total. Dirigió su mirada al techo y lo encontró más bajo y sucio. Un bipeo insoportable acallaba los ruidos del supermercado. Juntó sus palmas y las levantó.
—¡Ahora no, Diosito! —suplicó confundido—. ¿Por qué me das todo y al instante me lo quitas?
Se paró para luego caer ruidosamente, tirando la silla a un costado. Tanteó el piso mojado, aunque sus ojos lo mostraban seco, y se aferró a la pata de la mesa En el último suspiro de su inservible vida, Mauricio comprendió lo que pasaba. Se creyó el ser más patético del planeta. No existía nada que recriminarle al altísimo. Ni sus últimos quince minutos de éxtasis habían resultado auténticos. Una lúgubre sonrisa fue la expresión final que habitó su rostro.
Llovía copiosamente sobre Miami. En un destartalado mono ambiente, un hombre moría abrazado a la pata de su cama. La alarma del reloj sonaba indicando las seis y treinta de aquel aburrido domingo.
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