La nube tenia forma de perro, o podía ser una oveja recién esquilada se dijo intentando sonreír. Mirar el cielo en busca de nubes con formas se le había hecho costumbre, un juego que había empezado con mamá y había seguido con su hijo.
Existían varios lugares que parecían elegidos por una mano invisible, esos lugares que eran excelentes e irremplazables. Tenían un palo borracho viejísimo y frondoso en el fondo de la estancia que era secundado por un alambrado de púas, acostarse a su sombra para mirar el cielo era uno de esos lugares. Más allá, pasando el corral estaba el tanque australiano, sublime para descansar con el agua hasta el cuello y observar el celeste en busca de formas.
Su madre ya no estaba, había fallecido a los 86 años, murió en su cama, con la foto de su padre en el regazo. Se fue tranquila la vieja dejándolos con esa sensación de vacío cuando alguien parte para no volver, ese lugar que no puede ser ocupado por nadie.
Pedro buscó primero la sombra del palo borracho, se echó por varias horas contemplando el cielo y adivinando el capricho de las nubes; después, insatisfecho todavía en su cacería, tomó rumbo al tanque australiano y dejándose solo los calzoncillos, se hundió en sus frescas aguas.
Trataba que el celeste drene sus pensamientos, que esa paz que transmite el color de un cielo despejado se le inyecte en el alma y lo ayude a pasar las horas.
Vio una nube, la forma se le implantó en la mente como un sello de oficina pública, con un golpe sordo y fuerte.
Entendió que uno puede hacer todo para olvidar, buscar sustento en otras actividades, la mente ocupada no tiene tiempo para lastimar, le decían. Pero esa nube con la forma de su hijo sí tenía tiempo, todo el tiempo del mundo, rasgando las probabilidades, la realidad que se instala como la sed extrema.
Prefería estar ahí que verlo en el hospital, con el respirador que se desconectaba porque el tiempo no lo es todo, porque el tiempo tiene fin.
Lloró al cielo y maldijo las formas mientras la nube se desfiguraba por las altas ráfagas de un viento impulsado por el capricho.
Solo lo sujetaban sus uñas al precipicio, aferrado a los ladrillos del edificio observaba la noche cruda envuelto en su soledad. Rastrillaba con sus ojos nocturnos en búsqueda de su presa, el hambre acalambraba su cerebro y nublaba la sensación de vida; el raquitismo de su razón, de la cordura.
La llovizna mojaba su cresta y resbalaba por las alas negras, mojaba su piel marcando con las gotas deslizantes cada uno de sus espectaculares músculos, como si fuesen los dedos de un artista modelándolo con cera.
Oyó el silbido de cada noche venir del callejón, cuando la cacería era pobre, ella le salvaba el pellejo. Lo buscaban además, como lo que era, una criatura que vivía fuera del regazo del Señor. Pero que descansaba en el de ella. Dormía entre sus piernas cuando podía, rodeados de la niebla del amanecer. Su adoración lo cubría con una manta ni bien el sol comenzaba a despuntar, ese brillo que lo derretía y lo dejaba exhausto, que lo adormecía. No podía esperar el día en cualquier lado, sería la presa perfecta para sus cazadores.
Esa noche lloviznaba, era hermoso sentir las gotas frías chocar su rostro, sentirlas libres, sin alas, sin ser diferentes unas de otras.
Comía del animal que le había traído ella, lo devoraba mientras su amor lo miraba con la tristeza del corazón que lo ha perdido, que ha vivido su transformación, de un niño a una criatura sin denominación. Salvo la que le han dado en la ciudad, esa que antes lo acunaba como un hermoso humano y ahora le daba caza.
El hombre alado, le decían.
Volaba a su escondite antes que salga el sol, se despedía de su madre con lágrimas en los ojos, así era siempre y lo seguiría siendo. Sus plumas negras brillantes destellaban como hojas de acero cuando batía las alas y emprendía el regreso a la nada, a la soledad absoluta; a la reclusión de un ser incomprendido, como si fuese un animal peligroso.
“El hombre le da caza a lo que no entiende, de una u otra forma, tratan de desaparecer aquello que no llegan a comprender, lo esconden o lo destruyen. Algunos inventan fábulas a su alrededor. Eso también es así, lo que no sabemos, inventamos”, le había dicho su madre una noche que satisfecho descansaba en sus piernas mientras ella le acariciaba la negra cresta.
Volaba hacía la destierro cuando una flecha le dio en el pecho, su madre dio un grito de angustia al verlo caer sobre las terrazas desiertas del inminente amanecer, se abalanzaron los cazadores sobre su cuerpo alado y atado de manos y pies, esperó entre los gritos de dolor de su madre y los de los cazadores de esa furiosa ciudad, los primeros rayos del sol. Se derritieron sus alas entre las calles azules, el último aliento salió de su pecho en un susurro que solo su madre alcanzó a entender…
“Me verás volver, a la ciudad de la furia”
————————————————
“En la Ciudad de la Furia”
Me veras volar
Por la ciudad de la furia
Donde nadie sabe de mi
Y yo soy parte de todos
Nada cambiara
Con un aviso de curva
En sus caras veo el temor
Ya no hay fabulas
En la ciudad de la furia
Me veras caer
Como un ave de presa
Me veras caer
Sobre terrazas desiertas
Te desnudaré
Por las calles azules
Me refugiaré
Antes que todos despierten
Me dejarás dormir al amanecer
Entre tus piernas
Entre tus piernas
Sabras ocultarme bien y desaparecer
Entre la niebla
Entre la niebla
Un hombre alado extraña la tierra
Me veras volar
Por la ciudad de la furia
Donde nadie sabe de mi
Y yo soy parte de todos
Con la luz del sol
Se derriten mis alas
Solo encuentro en la oscuridad
Lo que me une con la ciudad de la furia
Me veras caer
Como una flecha salvaje
Me veras caer
Entre vuelos fugaces
Buenos Aires se ve tan susceptible
Ese destino de furia es
Lo que en sus caras persiste
Me dejaras dormir al amanecer
Entre tus piernas
Entre tus piernas
Sabras ocultarme bien y desaparecer
Entre la niebla
Entre la niebla
Un hombre alado prefiere la noche
Me veras volver
Me veras volver
A la ciudad de la furia.-
Lanzado en el álbum Doble vida, en 1988, en el segundo corte. La «ciudad de la furia» es Buenos Aires, que está expresamente identificada en la letra. Ha sido considerada la Nº 48 entre las 100 mejores canciones de rock argentino
Miraba estupefacto la pared de su departamento, despertó sentado en el sillón de la abuela que le había regalado su madre. Dolía todo, pero más la cabeza y las manos. Se las miró. Estaban manchadas de negro. La tinta le subía por los dedos hasta la muñeca y notó que las yemas latían lastimadas, sangraban apenas, sangre casi seca.
La habitación giraba como un barco pirata mecido por las olas de una tormenta que se va hacía el horizonte, arrastrando las nubes negras y dejando la llovizna rezagada.
Tardó en recuperar los sentidos aturdidos, los manchones de la pared se estaban aclarando en líneas, en frases, palabras. Se aclaraban en su caligrafía.
Recordaba fuego y sabía que estaba enfermo. O al menos lo suponía, no era normal hacer lo que hacía, poder hacer lo que hacía. Lo que le obligaban quizá, no era su elección ni lo quería.
Era cuestión de los Dioses, del Dios, de todos los que habitan las estrellas.
Se miró las manos negras y lastimadas.
Sonrió de manera lastimosa.
Estaba cansado y ya sabía que era lo que hacía una persona cansada.
Se equivocaba.
Se levantó tambaleando, tomándose la cabeza tratando de que se quedase quieta de una puta vez, si odiaba algo más que el dolor eran las nauseas. Se acercó a la ventana y desde el piso 15 miró la ciudad.
Mientras contemplaba las personas ir de un lado a otro se dio cuenta que todavía sonreía. ¿De qué?, no tenía motivos para hacerlo, ninguno. Ni el efímero recuerdo de la felicidad que existió en su vida.
“¿A que vida me refiero?”, pensó.
Regresó al sillón y contempló la pared garabateada, una línea tras otra, las palabras dibujadas sobre la pintura ocre.
No recordaba haberlas escrito, como tampoco la vez que había dibujado una plaza que nunca había visto, o si compró o no un CD de una banda que nunca había escuchado.
Había momentos que no sabía si estaba despierto o soñando. No sabía que era lo que comía, suponía que lo hacía en algún momento porque la cocina estaba completamente sucia, llena de platos, vasos y cubiertos mugrientos.
El sillón era cómodo, nunca encontraría uno mejor que ese. No existía uno mejor que ese. Tan mullido que era como sentarse en una nube, igual que ponerse los auriculares y escuchar vuelta por el universo de Cerati y Melero.
Suspenderse de la vida terrenal.
Se volvió a mirar las manos manchadas de tinta.
Las yemas lastimadas y la sangre seca que salpicaba el apoyabrazos.
La sien le golpeaba todavía, igual que la maza de un camionero tanteando las ruedas en un parador desierto del sur. Golpe tras golpe. Uno más fuerte que el otro.
La puerta cayó delante de sus pies mientras se esfumaba al igual que la última pitada.
Ni bien entraron en el departamento se llevaron las manos a la boca y nariz, el olor era nauseabundo y la luz escasa. Uno de los hombres encendió la linterna y recorrió el lugar hasta dar con unos pies descalzos. Los siguió por las piernas, la ingle, panza, torso; completamente desnudo, de un color gris oscuro. Llegó al rostro y no pudo evitar que el espasmo de su estómago dejase que de su boca salte un poco de vómito.
–¿Cuánto debe llevar así Doctor?
–Al menos una semana –dijo acercándose al sillón donde descansaba el cuerpo. –Trate de dejar quieta la linterna por favor.
El médico miró al hombre muerto en el sillón, sonreía, estaba seguro. Sus ojos estaban blancos y abiertos, fijos al frente. Se incorporó y tomó la linterna que el portero, todavía cubriéndose la boca, sostenía tambaleante. El haz de luz discurrió por el piso hasta la pared, la recorrió apresurado primero, viendo hasta donde estaba escrita. Luego, al ver que iba de lado a lado, se alejó del cuerpo inerte y posó toda la atención a las palabras.
Chocó con algo.
Bajó la linterna y vio en el piso, un cuadro pintado con bastante exquisitez. Era una plaza hermosa y colorida, pero extrañamente vacía. Lo que había pateado había dado contra la pared en un sonido roto. Un CD.
Lo tomó y quedó contemplándolo por un rato largo, eterno.
Un perro ladró en el pasillo.
Sintió una humedad caliente, no era del ambiente, no era lluvia de verano, ni el vapor del tren que ha perdido.
El perro lo despertó de su sueño, o lo sumergió en él. Era difícil distinguir entre ellos, entre la vejez y la juventud de un corazón en vaivén.
Despertó en la plaza, en el lugar que había vivido casi toda su vida.
La música le llegaba desde el otro extremo como un brazo de notas dulces, los chicos que festejaban vaya uno a saber que cosa, se los notaba felices, y los envidió.
Le dolía la cabeza y la punta de los dedos, se los miró, estaban manchados con los colores de las tizas que levaba en su bolso hecho con un pedazo de jean.
Había dibujado una habitación, varios hombres estaban en su pintura, uno de ellos sostenía una linterna mientras otro sonreía sentado en un sillón.
–No se si tiene para escucharlo, pero se lo regalo igual –la voz lo sorprendió arrancándolo de su pintura en la vereda de la plaza. Levantó la vista y vio a uno de los chicos que le alcanzaba algo. Era un CD.
–Acabamos de editarlo –le dijo sonriendo y al ver que no lo tomaba continuó. –Una de las canciones habla de usted. Es el primero, el nombre del disco.
Miró el disco que le tendía el chico, después de unos segundos revisando la tapa (un garabato de un hombre dibujando en una plaza rodeado de una llamarada), lo agarró y leyó el nombre del disco.
“Dedos de Pintura”.
El medico aguzó la vista forzándola en medio de la oscuridad y el olor tenso que parecía tomar cuerpo.
Una y otra vez estaba escrito en la pared ocre la frase, “Dedos de Pintura”.
Se volvió al portero y sonriendo le dijo.
–Escribió la canción del primer disco que sacó mi hijo, ¿que loco no? –preguntó, sé preguntó. Ya era hora de ponerle fin a esa discusión absurda y distanciadora.
Volvió a mirar la tapa del disco y sonrió pensando.
Aunque quería acostumbrarse no podía, eran los ojos, había tenido desde chico miedo a los ojos muertos. Se hundía en ellos, creía que un brazo de humo negro podría salir de ahí y llevarlo hacía los adentros. Arrastrarlo al mundo de los andantes sin alma, de los purgantes, los vacíos. Creía que sería una luz mala. Pero el arriero debía cumplir el trabajo del patrón o no comía, de tripas corazón, colgar el cuero de oveja en la montura y salir galopando mientras los cascos levantan polvareda que se arremolina detrás como la cola de un cometa.
Lo sigue el perro, sin nombre, era su simple compañía. El perro flaco que se alimenta de lo que puede, como el carancho, como casi todos por esos pagos.
Pero comer de un bicho que encontró muerto no era la mejor idea, más si no encontraba signos de que alguien lo había matado recientemente, podría contraer alguna enfermedad. No. Mejor no comerlo, “a lo sumo llevar pa’ hervirlo y engullirlo con pan con chicharrón”, pensaba.
Agarró el facón que llevaba en la espalda, al costado de la cadera, el filo lanzó un brillo al darle el sol de pleno mientras su perro olisqueaba la sangre seca de la vaca muerta. Los caranchos revoloteaban y graznaban quejándose de la visita indeseada.
Clavó la rodilla al suelo a un lado de la vaca, la lengua sobresalía de entre la dentadura inmensa, miró hacía adelante y con la vista periférica buscó los ojos muertos. Debía arrancarlos de cuajo y guardarlos junto a los otros, sacarlos antes de que lo arrastren en su vacío, arrojarlos al saco de cuero.
Un carancho graznó desde un espinillo y se levantó una pequeña brisa calurosa, pasó a un lado suyo como la exhalación de un horno a leña, igual al eructo de un bicho de fuego.
Se levantó muy despacio, sin intenciones de alterar a los pájaros ni a los espíritus, limpió el filo del facón en la gramilla manchada de rojo y levantó la vista al cielo. Un nubarrón cruzaba lentamente el cielo azul como una mancha de tabaco masticado en medio del patio, la nube le pareció una vaca muerta, quizá era su propia cabeza que le jugaba malas pasadas. Se sintió un poco mareado, sintió que el estómago le daba vueltas en si mismo, estiró la mano buscando algo donde asirse pero no encontró nada y cayó al piso. La bolsa de cuero se le escapó de la mano mientras el facón se le clavaba en el costado, esa mezcla del frío del filo y el calor de la sangre propia le arrancó un escalofrío, el de la muerte era quizá.
Se tanteo el costado herido, el dolor no era tanto, pero al mirarse la mano empapada en sangre supo que era grave. Ahí en el piso, tratando de arrastrarse para llegar al caballo, pensó en los ojos de la vaca. Fue como si pensarlo los transportase, aparecieron frente a él, saliendo los dos de la bolsa de cuero, “una bolsa con ojos muertos”.
Fue lo último que vio, esos ojos blancos y sueltos escapando del escondite, fue lo último que vio sin morir.
Ya sin fuerzas sintió como los caranchos se abalanzaban sobre él, sobre su rostro, sobre sus ojos. Solo el perro intentó detenerlos con un ladrido famélico, pero al final, se terminó uniendo a ellos; después de todo se tienen que alimentar con lo que encuentra, como los caranchos.
Le habían dicho que no sentiría nada, se lo habían dicho el primer día que lo operaron, le habían dicho que los que eran como él estaban preparados para eso, para no sentir ningún dolor. Muchas cosas le habían dicho, no se cansaban de decirle cosas, nuevas y repeticiones. Lo peor de todo no era la repetición de las cosas, sino, el recordarlas al dedillo. Todo. Nada escapaba.
Había otros, pero estaban escondidos como él. No tenía contacto con ellos como ellos tampoco con los demás, era por seguridad.
Lo único que sabía era un número, lo único que lo conectaba a él con los demás era un simple número.
Ocho.
Eran ocho.
Trató durante un tiempo no muy largo identificar las distintas conexiones que podrían existir con ese número, había varias, pero todas sin lógica.
Una de las cosas que diferencia a los hombres de todo lo demás, junto con el pulgar y la razón; el alter ego, la Ilógica.
Realizó muchos trabajos, la mayoría de ellos en el sur de América. Asesinó al presidente Colombiano y se internó en la selva para desmembrar las organizaciones gerrilleras, lo hizo solo, sin ayuda alguna. Volvió bastante averiado, y se sometió a varias operaciones que lo dejaron nuevamente activo.
Simultáneamente se enteraba de las acciones de los otros siete.
Secuestros y desaparición de capos de la mafia Italiana, Rusa y Alemana. Ataques con bombas a palacios Arabes donde se suponían ventas de armamento, ataques a traficantes de blancas y esclavos en Africa. Mas secuestros de mafiosos y emperadores empresariales en los Estados Unidos, bombas y masacres de líderes de carteles mexicanos. Otros en Nueva Zelanda e Islandia, más traficantes de armas de Corea y Japón. Asesinos nazis encontrados en lugares públicos, integrantes del Ku Klux Klan y lideres del Medio Oriente identificados con ataques terroristas.
Cada uno de los actos eran llevados con precisión y bajo la intención de que fueran de estado publico mundial.
Luego de regresar de la última misión, le informaron que se encontraría con sus siete hermanos, estaba en habitación espejada de siempre, en ese lugar donde brazos robóticos lo operaban emitiendo sonidos agudos entre soplidos y chasquidos.
Le dijeron que esta era “casi” la más importante de todas las misiones, por eso, lo harían entre los ocho. Le mostraron lo que llevaría dentro suyo, lo que le colocarían para no ser detectado. Y le dijeron cual era la razón, la utilidad, el fin.
Le dijeron que después de esa misión vendría la más importante que harían, la espera; le entregaron un localizador y lo bendijeron.
“Que tus días sean largos en la tierra”, sonó una voz metálica desde uno de los costados de la habitación, después un clic seco y tres chasquidos que indicaban su partida.
El lugar de encuentro era en Flen, uno de los 9 municipios de la provincia Sueca Södermanland, lugar donde los ocho se unirían para formar un solo ser, el noveno.
La grabación que llevaba incrustada en su cabeza le decía el propósito de la reunión, lo repetía una y otra vez, incansablemente. Sus ojos se movían como en respuesta a la grabación de la voz metálica, buscando los taxis, barcos y aviones que lo llevarían hasta Suecia, hasta Flen.
Se encontrarían en el Mundo Medio, la mitad de todo; donde se hundió el cuchillo para separar las partes. Midgard, en el nórdico antiguo “Miðgarðr”, el mundo de los hombres creado por los dioses, Odín y sus hermanos Vili y Ve. Midgard representa la tierra asentada por los hombres, un “asentamiento/residencia en el centro del mundo conocido”, de allí el término común de “Tierra del Medio”.
Llegaron los ocho desde el Norte, Noreste, Este, Sureste, Sur, Suroeste, Oeste y Noroeste, cada uno llevando consigo una grabación, las coordenadas y una pequeña cajita incrustada en medio del pecho.
El encuentro se produjo en medio de una granja, cada uno parado en los ocho puntos cardinales, en medio de ellos había una piedra runica con la inscripción “en Midgard”.
Tembló un poco el suelo, inmutables los ocho cardinales vieron como la runa se elevaba y debajo de ella aparecía una pequeña estatua del gigante Yemir, derrotado por Odín y sus hermanos para crear un mundo habitable para el hombre. Con el cráneo de Yemir los dioses habían cerrado la bóveda del mundo y sus sesos dieron origen a las nubes. Le encargaron dicho trabajo a cuatro enanos, Norori, Suori, Austri y Vestir que simbolizaban a los 4 puntos cardinales.
Los carros de la luna y el sol giraban sobre Mundo Medio creando el día y la noche, y cuando sus carros se cruzaban, generaban el eclipse. El que se daría en pocos minutos.
Sus torsos se abrieron y las cajas metálicas salieron a la luz tenue mientras el eclipse tomaba forma, los ochos no enanos, los que fueron creados para abrir el Mundo Medio, los que fueron hechos por los arrepentidos para que den fin a Midgard y todo lo que en ella andaba.
Los ocho robots soltaron el virus que transportaban, y Odín y todos los dioses estuvieron de acuerdo. Los ocho seguirían caminando los días, en guardia hasta que decidieran nuevamente los que se sientan arriba que era hora de volver a unir los continentes.
Mientras tanto, sus días serían largos en la tierra.-
IMPORTANTE. Los contenidos y/o comentarios vertidos en este servicio son exclusiva responsabilidad de sus autores así como las consecuencias legales derivadas de su publicación. Los mismos no reflejan las opiniones y/o línea editorial de Blogs de la Gente, quien eliminará los contenidos y/o comentarios que violen sus Términos y condiciones. Denunciar contenido.
Ultimos Comentarios