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Too sexy for my love

En ese tiempo yo no sabía nada del amor ni del sexo.

Apenas si conocía esa puntadita que aparecía en la ingle, que bajaba y subía como un cosquilleo desde las piernas hasta el ombligo cuando lo veía venir caminando hacia mí con andar de pasarela. Lo más cerca que había estado de un otro masculino era el beso con el compañerito de primaria que según supe más tarde, no fue más que un pico.

La pendeja que yo era no podía saber si eso era amor a primera vista o calentura, si es que existiera alguna diferencia. Si eso hubiera sucedido en este tiempo, es decir si yo hubiera nacido en esta era, podría haber buscado en Google o leído en Twitter que uno tarda 8 segundos y algo en enamorarse y que eso que me estaba pasando era completamente normal aunque se sintiera internamente como algo sucio.
¿Cómo saberlo? Por ese entonces tenía el chip de la sexualidad acorde al clima de época, que ponía ante las chicas el debate entre la rigidez del NO a la prueba de amor de Tita Merello y el gusanito de la liberación sexual suavemente acompañada por la música de Los Beatles.
En realidad yo mucho no me debatía porque mi chip vino flexible o fallado, ya que en el segundo encuentro con el sujeto me olvidé de todo y empecé a tomar clases de onomatopeya del orgasmo. Sí, a él le encantaba escuchar con lujo de detalles mis orgasmos y así me acostumbró, bien gritona.

Pero me apresuré en el relato porque entre el primer y el segundo encuentro hubo un abismo de silencio. Ninguno de los dos teníamos teléfono, en ese tiempo el teléfono era cosa de familias pudientes y estaba claro que nosotros no lo éramos. Tan es así que la tarde que nos encontramos, o se podría decir que me encontró, yo me estaba rateando del colegio y había entrado a tomar un café al bar más céntrico y popular. Toda la ropa que llevaba puesta se la había robado a mi hermana la noche anterior, y como me estaba hospedando en la casa de una tía no me animé a darle la dirección. Mi tía me daba alojamiento para que pudiera estudiar, no para que citara a un tipo. Mucho menos a un tipo 10 años mayor que yo. Así que nada de intercambiar números de celulares, ni direcciones de correo electrónico, ni SMS ni MSN. No existía nada de eso, así que quedamos librados a la buena suerte o al destino. Eso era romántico.

Retomemos el hilo temporal. Esa primera tarde se acercó sin anestesia, se sentó a mi lado sin pedir permiso en el apartado de sillones forrados en cuerina color tiza, portando una hilera completa de dientes blanquísimos dentro de una boca carnosa y un llavero que iba y venía entre las manos de dedos largos, tocándose la nariz muchas veces — ahora sé que mentía un poco gracias a una serie que vi por internet—, pero en ese entonces no podía saberlo porque además olía bien. Siempre olía bien y se vestía como para un desfile de modas. Para romper el hielo bromeó con su propio nombre, dijo que era un nombre muy poco original —y era cierto— pero que importaba. El resto de él era tan original, que me hizo pensar que en alguna parte debía tener un tatuaje de marca exclusiva. Yo nunca había visto de cerca a un hombre tan hermoso y encantador, no estoy exagerando nada, ya que nunca hubo después de él un hombre así cerca de mí.

Charlamos un rato —en honor a la verdad habló todo el tiempo él—, yo me limité a sonreír y decir que si con la cabeza, en ese instante la verborragia me había abandonado, así que cuando se fue temí mucho no volver a verlo, aunque más tarde supe que él no se había interesado en mí precisamente por el arte de  la conversación.

Obvio que no le dije que me estaba haciendo la rata del colegio, y ahora que lo pienso yo también me habré tocado la nariz cuando le conté con monosílabos que estaba esperando a una amiga que evidentemente me había fallado y que solía ir muy seguido a ese bar. Entonces se fue. Sin celular, sin correo electrónico, sin Google, sin Twitter, dejó flotando su perfume y se esfumó, como una aparición del paraíso.

Continuará

(El video con la música se los debo. Imposible subirlo. Gracias Blogs de la gente)

Dark Paradise

Lilith se mira el perfil en el espejo empañado del baño que la refleja de cuerpo entero. Toma su pelo húmedo desde las puntas y lo estruja hacia arriba para darle forma natural a sus bucles carmesí, luego los suelta. Él la observa hacer mientras se seca enérgicamente con el toallón que tiene en una de sus esquinas el logo del hotelito en la montaña que eligió para que pasaran juntos el fin de semana.

—Tengo un problema—dice ella sin dejar de mirar su silueta en el espejo. Él se detiene como esperando  una noticia incómoda.

—No, no es eso, no te preocupes—dice la joven mirándolo a través del espejo. Él se acerca por detrás.

—Es un conflicto interno—continúa ella—, no me siento bien siguiendo tu juego.

—Yo no estoy jugando a nada—. Susurra él con los labios en su cuello.

—Metafóricamente. Tu juego consiste convencerme de que este momento es todo lo que existe. Tú y yo, en este cuarto, haciendo el amor en una dimensión sin tiempo, nosotros dos,  nada más importa. Pero ahora, este momento, es  una percepción falsa de eternidad. Mientras estamos del lado de la luz la oscuridad no cuenta. Eso es un engaño. Allá afuera, cruzando esa puerta está esperando la oscuridad. Otra vez. Esperando para cobrarse cada momento de sol…

Él la toma por la cintura y con delicadeza la alza hasta sentarla sobre el mármol, para que los ojos de ella queden justo a la altura de sus ojos. Le acomoda un mechón con el dorso de sus dedos, rodea su cara aniñada con una mano que la contiene por completo. Ella instintivamente adelanta su cadera para pegar sexo con sexo. Él lo acepta con un gesto de supremacía masculina que no se condice con la tristeza que emana de su voz.

—Es bello y poético lo que dices, pero no es del todo verdadero. El juego es así, pero no soy yo quien hace las reglas. No soy el que pone ahí a la oscuridad, no soy el verdugo. También soy el condenado y, te aseguro que sufro tanto como tú. Si esto es alguna especie de juego, es uno en el que ambos perdemos.

Están tan cerca que ya no pueden decirse palabras. Ella se cuelga de su cuello, él la lleva hasta el borde de la cama y de allí hasta el borde del universo.

II

Lilith despierta estirando sus brazos al lado opuesto de la cama. Adán ya no está. Lo supone lejos, tragado por esa insaciable oscuridad. Siente su sexo húmedo de lágrimas en solitario, así como toda ella. Busca en su bolso las malditas píldoras que la ayudarán a no despertar otra vez en el lado oscuro. Él se fue tras su vida hecha de esposa, hijos, carrera, obligaciones. Ella no puede más. No se dejaría engañar otra vez con el juego de la eternidad ficticia. No soporta ser abandonada otra vez. Las píldoras no son más que gentiles pasaportes hacia una verdadera realidad sin tiempo. Sin dolor detrás de las puertas. Semidormida camina hacia la bañera, la llena de agua tibia y perfumada. Adiós Adán, tal vez nos veremos del otro lado. Es una dulce despedida, sin dolor.

III

Adán sube los escalones de dos en dos, ansioso por ver la felicidad de Lilith cuando le cuente las novedades. Avanza con un ramo de rosas rojas en su mano izquierda y las marcas de una noche en vela debajo de los ojos. No pudo dormir. La perspectiva de cruzar esa puerta dejando atrás lo que más ama en el universo le resulta ya insoportable. Lilith tiene razón, él puede elegir. Él puede cambiar las reglas del juego, de nadie más depende, puede romper con su esposa, posponer su carrera, enfrentar al mundo como un niño recién nacido, dejar todo, incluso sus posesiones, nada vale tanto como su amada Lilith. Nada de lo que deje atrás supera la felicidad de pasar una noche a su lado, tomando entre sus manos la cara pequeña y sonriente.

IV

Lilith está hundida en el agua y sus cabellos flotan en una danza que enmarca su rostro, más pálido y bello que nunca. Adán trata de revivirla a sabiendas de que es inútil, mientras en un quinto plano, alejado de toda lógica, un conserje llama al 911.Es el mismo conserje quien le pone una mano en el hombro, murmurando que la deje, que es inútil, que ella se ha ido.Y Adán comprende como son las cosas, como fueron siempre. Ella eligió de que lado estar. Y él no tuvo ni tendrá coraje para seguirla. Esperará hasta que algún otro decida por él, atrapado en el lado oscuro.

Everytime I close my eyes
It’s like a dark paradise
No one compares to you
I’m scared that you won’t be waiting on the other side
Everytime I close my eyes
It’s like a dark paradise
No one compares to you
I’m scared that you won’t be waiting on the other side


Más allá del muro

azahares

Aquí estamos las cuatro, vestidas de blanco. Mamá, mi hermana, mi sobrina y yo. Las tres generaciones unidas, listas para caminar hacia lo que se encuentra detrás del gran muro.

Nos percibimos como una sola, así nos educaron para los grandes momentos de la vida. Con vaporosos ropajes hechos para la ocasión, que vestimos sobre el cuerpo limpio y perfumado. Mamá se esmeró entretejiendo flores de estación en las trenzas doradas de Ernestina, la más pequeña de la cofradía. Mariana y yo llevamos sendos ramos azahar en la mano.

No recuerdo otro momento en que hayamos sentido tal comunión, aunque hubo muchos parecidos a éste. Nos recuerda a aquellas tardes inefables de tejido al crochet, tortas caseras y té en el comedor de la abuela Clara. Nos llega una ráfaga del inconfundible aroma a canela de aquellas jornadas. Señal de que la abuela Clara no anda muy lejos. Avanzamos con la confianza que otorgan los aromas que ascienden desde la infancia, trayendo consigo el confort de una época en que estábamos a resguardo y en el mejor de los mundos posibles.

Sentimos que volveremos a entrar en ese mundo una vez que alcancemos la puerta adornada con flores que deja entrever esa luz que materializa el amor más real que jamás hemos sentido. Tomadas de la mano revivimos en segundos los hechos más trascendentes de nuestras vidas, mientras una compasiva llovizna va lavando todo el barro, toda la sangre, toda la mugre acumulada en el tránsito. Agradecemos a todos los actores que nos han honrado con su compañía todo el tiempo que duró nuestra obra.

Cuando podemos ver de cerca a la abuela Clara rodeada de otros rostros conocidos, entendemos que es el momento de dejar caer el telón, de dar vuelta la página y mirar hacia atrás por última vez.

Nuestros cuatro cuerpos están dispersos por la casa. Uno en el comedor, otro en el baño, dos en la habitación.  La sangre está seca y es tanta que parece teñir todo de rojo. El hombre asustado no pudo borrar todas sus huellas, solo atinó a huir tratando de esconder el cuchillo. Ese hombre es el que alguna de nosotras había amado, a quien le habíamos abierto la puerta mientras algunas dormíamos, confiadas. Ese pobre ser encarnado tendrá que esperar mucho, mucho tiempo para llegar hasta donde estamos ahora, tendrá que acarrear ese peso en el alma hasta poder aprobar la lección. De eso se trata todo, pero ni él, ni nadie allá atrás, lo sabe como nosotras.

Para nosotras, el ser del cuchillo es un actor más, un punto oscuro que retrocede en la niebla ilusoria de la realidad de aquel lado del muro.

Nosotras seguimos moviéndonos hacia adelante. Siempre hacia adelante.

Todos

Cuando éramos chicos no había Halloween, o al menos nosotros no lo conocíamos con ese nombre. El 1 y 2 de noviembre eran feriados por el día de todos los santos y de todos los muertos. Lo tradicional era, entonces, ir a llevar flores al cementerio. Mamá se arrodillaba en la tierra, cuando llegábamos a la tumba de un hermanito fallecido de bebé que no llegué a conocer.

Cuando me fui del pueblo rompí la tradición que yo había seguido cumpliendo tras la muerte de mamá. Tenía algo de macabro y algo de dulce esa metódica reunión familiar entre los de este lado y los del otro; aunque se limitaba a cumplir con una simple rutina: sacar las flores secas, vaciar y enjuagar bajo la canilla los floreros y la jardinera, llenarlos con agua clara y acomodar las flores con cierto arte, pulir con Brasso las partes metálicas y con un paño húmedo limpiar bien la parte de mármol o cerámica. Toda la secuencia era en silencio y con la devoción de quien realiza una ceremonia sagrada. Se cumplía bajo el sol o la lluvia, moviendo las manos como si se acariciara al familiar que yacía ahí abajo o allá arriba, en la fila alta de nichos. Vuelvo al pueblo después de 15 años y justo es el día de todos los santos. O Halloween. Lo recuerdo porque veo subir al micro una chiquita con su disfraz de bruja. Trato de dormir pero el frío no me deja. El aire acondicionado está fuerte. Pienso en levantarme para pedirle al chofer que lo apague, pero vengo sentado del lado ventanilla y la mujer que viene sentada al lado duerme a pierna suelta. Ronca. Su mandíbula cuelga laxa y de la boca sale un aliento fétido. Me muero de frío. Intento pasar sobre las piernas sin tocarla pero me resbalo y la despierto. Es horrible. No me gusta nada todo esto. El micro va vacío, salvo por mi acompañante y la nena disfrazada. Su madre parece haberse esfumado. Recuerdo que la leyenda dice que en Halloween se abre una puerta que comunica el mundo de los vivos y el de los muertos. Yo no creo en esas cosas. Entonces me inclino para ver afuera. Estamos entrando al cementerio del pueblo. Una larga fila de siluetas con sus mortajas puestas están esperando. El chofer frena y abre la puerta. Están todos. Todos los muertos.

La dueña

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Me serví el primer café dispuesta a abrir toda la correspondencia acumulada sobre el escritorio desde el viernes pasado.
El fin de semana había empezado con una punzada en medio del pecho que a esta altura ya era como la pisada de un elefante.
Servicios. La cuota del seguro del auto. Más servicios. El seguro contra incendios, robo y hurto. Expensas. La cuota de la seguridad privada de la manzana. Resumen de la tarjeta. La cuota de la alarma monitoreada. Ayer mataron a un compañero de Santi en un asalto. 23 años. No puedo más.
¿Qué proporción de mis ingresos se va en sentirme a salvo?
¿Estoy realmente a salvo?
¿Alguien puede estar a salvo?
¿A salvo de qué?
El pié de elefante pesa cada vez más. Tengo que salir a tomar aire. La terraza parece la única opción, pero el smog no afloja.
Una vez escuché a alguien hablar de un lugar donde se pueden dejar las bicis sin candado en la vereda. Donde se duerme la siesta con la ventana y la puerta abierta.
Tal vez sería hora de ir cerrando todo, soltando todo, dejando de ser la dueña de tantas cosas que se llevan todo el aire en el esfuerzo por protegerlas. Poseerlas.
Es raro ver a un águila en esta ciudad. Es raro ver a un ser del aire en la tierra.
Sin embargo se acerca y se posa en mi puño, señalándome un punto más allá del horizonte de los edificios grises.
Me susurra cosas raras que sin embargo suenan coherentes.
Me dice que yo también soy como ella, un ser del aire. Y que no podemos sobrevivir en la tierra.
Entonces comprendo. Soy la dueña. La única dueña de mí vida, y puedo hacer lo que quiera con ella.
¿Volar, por ejemplo?.

El último barrilete

Barrillete estrella

La confección del barrilete empieza por la selección de la caña adecuada. Ni muy gruesa ni muy fina, la caña debe permitir un corte transversal simétrico para obtener varillas fuertes y flexibles con las que se armará el esqueleto. Liviandad y flexibilidad son los requisitos.

Después está el tema del papel. Héctor ha hecho barriletes hasta con papel de diario, pero una vez al año le permiten comprar papel especial de varios colores. Esta vez eligió los colores patrios, para hacer una estrella celeste y blanca con su sol en el centro.

El papel barrilete es cosa delicada, hay que tratarlo con mucho cuidado para que no se dañe. Ante todo ponerlo en un lugar a salvo de Norita,  la bebé, no sea cosa que le ponga encima las manitos pegoteadas con dulce de leche como pasó el año pasado con la otra hermanita. Por ese percance a último momento fue que el barrilete de Juan Massolo ganó el primer premio del concurso, por prolijidad, nada más. Y porque Juancito no tiene una bebé hinchapelotas de hermana.

Héctor tiene, además, la precaución de atar a Norita a su silla alta y solo en esas condiciones le permite estar presente mientras él, con todos los elementos dispuestos en el piso del galponcito, fabrica el barrilete que este año, sí o sí, lo llevará a la gloria. A lo más alto. A ganar el primer premio para que Marta Lucero, la nueva de 6º le de un beso y lo felicite. Si señor.

Este año decidió agregarle una fila doble de flecos de papel todo alrededor, y la cola la hizo con trozos anudados de tela azul y blanca que guardó de los sobrantes del taller de confección de la madre. Atento a los fuertes vientos que están soplando en la zona serrana, Héctor elige un tipo de hilo que no puede cortarse: el hilo choricero que usa su padre en las carneadas para atar los embutidos.

Otra cosa con la que hay que ser muy cuidadoso es con el engrudo: ni muy líquido ni muy espeso, hay que ir de a poco echándole agua a la harina, le enseñó la madre. Si está muy líquido puede romperse el papel, si es muy espeso cuesta distribuirlo.

En el medio de la estrella va pegado el sol. Es lo último que le queda por hacer y está todo listo para mañana a la mañana.

Tuvo que terminarse justo el engrudo. Tuvo que ir a la cocina a prepararlo. Tuvo que tardar cinco minutos. En esos cinco minutos tuvo que llegar Blanca del colegio y bajar a Norita de la silla.

Héctor alcanza a ver de lejos, pero no llega, el momento en que Norita toma el barrilete del papel y lo desgarra. No quiere exagerar pero siente como si le desgarraran el corazón. Odio.

No tiene papel suficiente para hacerlo de nuevo, así que se las arregla para remendar la rotura. Igual sabe que así como quedó no gana. Le va a ganar otra vez Juancito Massolo. Minga de beso de la nueva de 6º.

Norita se ríe ¿sarcásticamente? con el chupete colgando a un costado de su boca.

Entonces se le ocurre aquella idea. Con los trapos que le sobraron ata a Norita a la estructura de caña. Asegura bien el torso por debajo de los brazos y ata con doble nudo las muñecas a una caña transversal. Ella se ríe, divertida, acostumbrada a los juegos un poco sádicos del hermano.

La carga hasta afuera. Hay viento, un viento espectacular para remontar barriletes.

Hay que ponerse en la punta de una pendiente en la sierra, luego correr hacia abajo largando el hilo de a poco, tirar y aflojar, correr y soltar hilo, hasta que el barrilete tome la altura necesaria.

Después mirarlo como vuela y disfrutar.

Los gritos de Norita llegan amortiguados a la casa cuando el barrilete ya flamea alto sobre los picos pedregosos.

Héctor ve venir a la madre corriendo en su dirección y se asusta.

Entonces abre la mano y suelta del todo el hilo.

El dos de oro

El dos de oro

-¡Ruso! ¡Ruso! Vení para acá, ¡Ruso! ¿Qué te pasa?

El Ruso corre por el costado de la vía como enajenado, como si hubiera visto algo o a alguien conocido. Corre ágil como si se le hubiera pasado de golpe la vejez, la renguera y la casi ceguera. El Ruso es un cusco mediano, raza perro, que alguna vez fue todo pelo y que tengo desde hace mucho.

-Ruso y la puta que te parió-. Piso mal y me tuerzo el tobillo y encima lo pierdo de vista justo donde los rieles hacen una curva cerrada, como 20 metros más adelante. Por ahí donde las vías se ensanchan y se multiplican y sirven para que las locomotoras hagan combinaciones. Un poco después de la avenida donde están todos los talleres del automotor y eso. ¡Me lo van a cagar pisando!-, pienso

- ¡Ruso! ¡Ruso! No me vuelvas loca, pichu, dale, volvé. -. Digo despacio como si él pudiera escucharme.

De pronto lo veo en la entrada a un taller. Le mueve la cola a un hombre que se agacha para acariciarle la cabeza. El Ruso actúa como si lo conociera. No lo conozco.

- Hola-. Digo esperando que el Ruso se de vuelta y de señales de que soy la dueña. Pero no. Está fascinado con el hombre que lo acaricia.

- Hola. ¿Qué necesitás?-. Me dice el hombre que sigue jugando con el perro y sin mirarme.

-Estee…soy la dueña del perrito. No se que le pasa, se me escapó, me trajo corriendo hasta acá. Es algo que nunca hace, es raro. ¿Ruso? -. Digo con la voz casi quebrada ante la indiferencia del ingrato.- Encima me torcí el tobillo, ay, como me duele, la p…

Recién entonces él me mira. Él el hombre, no el perro. Me mira con unos ojos celestes celestes celestes como hace rato no veía. “El dos de oro” pienso y no se de dónde me sale ese pensamiento.

- Hola. Estás temblando, pasá, vení, ponete al lado de la salamandra que así te calentás un poco, ahí te traigo una silla. ¿Querés un mate? -¿Tan mal estoy para merecer tanta amabilidad? Pienso pero no abro la boca.

Tiene barba entrecana de tres días y un gorrito tejido del que sobresalen algunos mechones de pelo que seguro es rubio. Pese a los ojos tan claros tiene la piel bronceada, más que bronceada, curtida, y las manos…las manos son ambiguas. No podría decirse que son las de alguien que hace un trabajo rudo, pero tampoco son de un oficinista. Tiene un jean con varios días de uso, camisa escocesa de lanilla, borcegos de cuero. Pilchas de laburo. El Ruso no deja de hacerle fiestas y seguirlo a todas partes.

-¿Te conozco de algún lado? O me hacés acordar a alguien, no se. – Puede ser- , me dice. – ¡¿Pasás siempre por acá? Yo tengo este taller hace poco. – No, no, de otro lado-. Le digo. – Ah, bueno, mirá como se te hinchó ese tobillo! Si querés te lo vendo. – ¿Sabés algo de esto? ¡Me muero!, justo hoy tenía que pasarme esto…¡Claro!-, me paro en seco- ya se a quien me hacés acordar. ¡A mi viejo!. Le decían “el dos de oro” por los ojos, viste. Ojazos. Tenía los ojos más lindos que vi en mi vida. Qué loco. El Ruso tenía adoración por él.

- Disculpame-, le digo sonándome la nariz después del arranque de llanto – en estos días me pongo hipersensible, viste. Por el bendito día del padre, que aunque trato de no darle bola…

-Hay cosas que nunca vamos a superar-, me dice- y a lo mejor esta bien eso. Está bueno para que no nos olvidemos…

Claro, la muerte de mi viejo es una de esas cosas que nunca voy a poder superar. A veces me cuelgo pensando y pidiendo una señal. Si al menos tuviera una señal, no se, algo a qué aferrarme, algo que me confirme que algún día en algún lugar nos vamos a encontrar. Que lo voy a volver a ver… Que no se terminó todo acá. No se, digo pavadas, no me hagas caso.

Nos quedamos un rato largo charlando en el taller y tomando mate con el perro durmiendo panchamente a sus pies. Cuando se ofrece a llevarme a casa el Ruso se vuelve a comportar raro. Se sube solo al auto ni bien se abre la puerta. Se instala en el asiento trasero y mira por la ventanilla. Jamás en la vida pude hacer que el Ruso se suba a un auto.

Me levanto mucho mejor. Es lunes, ya pasó. El dolor del tobillo también pasó. Me acuerdo del hombre del taller y que no le pregunté como se llama ni le pedí el teléfono. Bueno, para ser honesta él tampoco me dijo nada. Tengo que pasar a agradecerle, me hizo tan bien, mucho más la charla que el vendaje, claro. El Ruso se va a poner contento. Lo llevo al garaje y le abro la puerta del auto para que suba. Nada, ni bola. Le pido que suba, lo empujo, lo reto, nada. Se plantifica sentado en el piso y me mira como si yo estuviera loca.

Está bien, ganaste, le digo. Vamos caminando, está lindo el sol.

Antes de llegar a la curva, ahí donde las vías se bifurcan para que las locomotoras hagan cambios, el Ruso se pone a gemir. Primero gime, después ladra, por último aúlla. Se adelanta un poco y vuelve gimiendo, como si quisiera decirme algo. Olfatea el camino, corre hasta la vereda, vuelve a olfatear y gime. Torea, gime, aúlla.

Cuando llego adonde debería estar el taller me doy cuenta: no hay taller. Debe ser en la otra cuadra, pienso. –Señor, un taller mecánico con una persiana metálica verde, por acá. – No, no creo, no. Acá nunca hubo un taller así-. Me dice el quiosquero con seguridad. – Pero-, insisto- un taller que atiende un hombre de ojos celestes celestes, como de cuarenta, con un gorrito de lana que…-.No, no, estás confundida, me dice el quiosquero un poco fastidiado.

No es en la otra cuadra, ni en la otra, tampoco en la anterior. Lo se porque el Ruso se queda plantificado justo justo en el lugar donde debía estar el taller. Donde estaba ayer. Donde estuvo por unas horas para darme una respuesta, un toque de ángel y desaparecer.

El Ruso me mira directo a los ojos y se calma. Entiende que yo ya entendí. Y me acompaña caminando despacito de vuelta a casa. Curiosamente, ni él ni yo rengueamos ya.

Aguacate fresco

Que Ariana y yo celebraríamos el primer aniversario en el restorán de comida mexicana donde nos habíamos conocido, estaba claro desde el principio. Así que había hecho la reserva una semana antes, diciendo que queríamos una decoración especial en la mesa, que describí detalladamente. 

Entramos radiantes, con el triunfalismo de quienes saben que superaron un año difícil. Así que no entendíamos la confusión del mozo tratando de explicarnos algo que no tenía pies ni cabeza.

El discurso que incluía frases como “derecho de admisión” “parejas normales” y otras incoherencias, terminó significando que teníamos que irnos porque en ese lugar no se permitía que las parejas de lesbianas celebren su aniversario. Ni ninguna otra cosa.

- Acá a diez cuadras hay un lugar para gente como ustedes.- Concluyó el tipo que salió de atrás y nos empujaba sin sutileza hacia la salida.

- Qué paradoja- dijo Ariana en voz demasiado alta- que gente que se gana la vida haciendo tortillas no acepte…

-¿Qué decís? Vámonos, no hagamos escándalo-. La frené dándole un codazo.

Era absurdo todo, pero más que nada que Ariana sacara a relucir un sentido de la ironía que yo no le conocía, en un lugar público. Más absurdo todavía era que yo buscara una imagen poética a la cual aferrarme para limpiar el futuro recuerdo de ese día. Encontré algo sobre las mesas. Los potes con guacamole, frijoles refritos y salsa picante, redondos y llenos de color, se convirtieron en ojos. Fueran del color que fuesen, tenían una mirada condenatoria, algunos, escandalizada. Los más, desilusionada.

Los comensales, aparentando normalidad, se sumergían en las copas de tragos Margarita.

Descubrí que todos los ojos eran una copia de los ojos de mamá cuando le presenté a Ariana, o de Pablo, cuando le dije la verdad.

Empujadas hasta la vereda por un grupo pulposo de brazos al que no le pude ver los ojos, rogábamos al unísono que viniera un taxi pronto. Antes de que los que espiaban por las ventanas de toda la cuadra salieran a lincharnos. Así de poético.

El sonido de unas ruedas acompañadas de un chillido de fierros rozándose parecía venir hacia nosotras desde una distancia de dos cuadras.

Me levanté masajeándome el cuello justo cuando la camilla guiada por dos hombres de verde pasaba a toda velocidad por el pasillo del hospital. Me había quedado dormida esperando el parte médico, y claro, lo del restorán había sido un sueño. Nunca llegamos. Un tiroteo entre no se quien y no se quien. Una bala perdida que había ido a parar a la ingle de Ariana. Era ella la que ahora estaba abierta al medio en un quirófano, aunque quisiera ser yo para estar anestesiada cuando vengan a decirme que…

Supe que se acercaba mamá porque reconocí su taconear nervioso sobre el piso de mosaicos. Y porque siempre que ella se acerca la antecede, como un perfume, una mala onda que me hace entrechocar los dientes.

La dejé recitar el discurso que traía preparado, que como de costumbre filtré hasta hacerlo tan ininteligible como un coro de nipones gangosos.

Levanté la cabeza sólo cuando oí la pregunta que usa como remate para toda ocasión:

- ¿Por qué ME hacés ESTO, Mariela?

Entonces empecé a sacudirme. A sacudirme por algo que creí una crisis de llanto.

- ¡Hey! Flaca…flacuchi.

No era llanto lo que me sacudía, era Pablo. Lo debo haber mirado mal.

Lo raro no era el sueño dentro de otro sueño ni que me acordara de todo, lo raro era que despertarme con el brazo de Pablo rodeando mi cintura me pareciera obsceno.

- Evidentemente la comida mexicana me cae mal-. Dije desprendiéndome de él con un revolear de sábanas.

- Y el tequila-. Remató Pablo- Dale, levantate que preparo café. A las cuatro tenemos que llevar a mi hermana a Ezeiza.

Tuve que mirarme un rato largo en el espejo del baño para reconstruir mi realidad, cosa que no me trajo ningún alivio.

No sabía si tomarme lo que quedaba del tequila con un blister de ansiolíticos, tomarme el palo o decirles a todos la verdad. Sobre todo a ella.

Me asomé al cuarto donde Ariana dormía ignorando mis sentimientos. Tan hermosa. Cerré la puerta despacito y dejé que siga siendo mi cuñada. Me tomé el café, salí al balcón a fumar y tres horas más tarde la acompañamos con Pablo al aeropuerto.

Me esforzaba en buscar un lenguaje poético para guardar el momento, y me aferré a una chispita de amor correspondido que atravesó sus ojos de aguacate fresco. Y me quedé esperando que venga de México en sus vacaciones, toda la vida. Así de poético.

Cambio

 

Algo llega de pronto

una fragancia

que nunca antes visitó mi noche,

tras el brillo delgado de unos ojos

que desgarran, felinos, algún velo

de antigua data.

Y cambia

en un microsegundo

la apacible inquietud

de la galaxia.

Lils 30-01-11

Orbs y ruleta

De la serie Cuénticos.

Introducción

 

He de tener mis dudas,

pero he de asumir el riesgo

por ese 1 por 100.

Por ese 1 por 100 de gente que puede comprender,

se ha de asumir el riesgo.

He de cantar la canción,

sabiendo que quizá nadie la entenderá.

He de pintar el cuadro,

sabiendo que quizá no haya nadie que lo aprecie".

 

Reconozco que hubo un tiempo en el que sufrí el síndrome de Mesías, pero fue mucho antes de mi relación con Escéptico. La pulsión por predicar mi verdad había disminuido a raíz de algún estrepitoso fracaso que no recuerdo, así que en el momento en que lo conocí solamente me obsesionaba el deseo de experimentar una relación de pareja donde yo pudiera ser yo misma al 100%. Sin tratar de cambiar al otro pero manteniendo en lo alto la bandera de mis convicciones. Paradoja. No lo había logrado con Rústico, ni con Simpático, ni siquiera con Lúdico. ¿Por qué creer que funcionaría con Escéptico?

Supongo que porque la necesidad se disfraza de posibilidad y nos induce, como en la ruleta, a coronar un solo número teniendo 36 en contra. Pensamiento mágico que le dicen.

Por suerte – o por desgracia- la necesidad disfrazada suele ser bilateral. Entonces atraemos a otro necesitado que finge no necesitar, y como ambos fingimos, puede pasar que nunca nos enteremos cuál era la real necesidad, o lo que es peor, ni nos demos cuenta de que teníamos una necesidad. (Todo eso suele simplificarse con la palabra amor)

Entonces el entusiasmo inicial de él por acompañarme a tomar mate al bosque energético tenía el mismo origen que mi entusiasmo por concurrir a su taller literario. La necesidad agitaba y hacía sonar las fichas en nuestras manos. 

- ¿Te parece?- me dijo, arrugando la frente la tercera vez que lo propuse- ¿Otra vez al bosque ése? Habiendo cincuenta kilómetros de playa…

- El bosque ése – le dije- es un lugar especial.

- Está bien, es lindo, es pintoresco, es fresco, pero hay miles de lugares más cerca para ir a tomar mate.

-No es tan lejos. En media hora estamos.

Pensé en agregar que la energía del lugar y no los mates era lo importante. Que tan así era que había despertado el interés de la comunidad científica internacional y que el mismísimo Einstein había venido…

Me callé porque no quise escuchar otra vez que eso era puro chamuyo de pseudo-científicos, impreso con errores de ortografía y pésima sintaxis en un folleto dirigido al iluso turista new age. Sacando lo de turista, todo eso vendría a ser yo.

Hubo un tiempo de vaivenes de la bola alrededor del cilindro en que se equilibraban las hostilidades por fuera y las afinidades por dentro (de las sábanas). Provista con un arsenal de estrategias de seducción y mi álbum de fotos tomadas en el bosque trataba de explicarle que eso que se veía como manchitas, algunas blancas, otras con forma y color en su interior, eran ORBS, círculos de energía o tal vez microscópicas criaturas que se concentran en lugares de alta vibración espiritual; como el bosque energético. A lo que él retrucaba que eso pasa comúnmente con las cámaras digitales por algún efecto o defecto de la lente. Acto seguido cambiaba de tema y me enseñaba a armar un mapa conceptual o wathever como paso previo de la escritura de mi novela.

Yo me mordía la lengua para no decirle que mi repentino interés en la literatura obedecía más bien a que si iba a experimentar una relación donde pudiera ser yo misma al 100% me apetecían los hombres con barba candado y ojos oscuros que escriben libros que tienen su foto en la contratapa. Que si además huelen a perfume varonil no solo era capaz de inscribirme en su taller y fingir interés en escribir una novela, sino también creérmelo. Me lo callaba sin perder de vista las fichas apostadas. No de nuevo, decía.

Así que fui llenando la heladera – por fuera- con papeles sostenidos con imanes, sistema que me pareció el más divertido para armar mi mapa conceptual o whatever. Ahí iba anotando el nombre de los personajes, sus parentescos, perfiles psicológicos, el orden cronológico, los flashbacks, los flashforwards y todas esas palabras que suenan tan bien cuando sabés pronunciarlas.

Hasta que una ráfaga de viento impulsada por dos ventanas opuestas que se abren simultáneamente –nada en el universo es aleatorio- hizo volar los papelitos, junto con los stikers de deliverys y el mini almanaque al piso de abajo. No más mapa conceptual o whatever. Que alivio.

Ahí pude al fin mirar de frente a mi ruleta imaginaria y aceptar con resignación que la bola ya había caído en el cero y yo tenía mi apuesta – como siempre- en negro el once.

Mientras trataba de recuperar los stikers y el mini almanaque, sostenida por los pies de la baranda del balcón , me pregunté cuánto tiempo le lleva a uno atreverse a mirar el paño para ver como el rastrillo voraz te arrebata las fichas. Me dije que cada vez menos, si es que asimilamos experiencia. Quedé conforme con mi respuesta, aunque no contenta.

La cruda verdad era que a Escéptico no le interesaban los orbs, ni la new age, ni los cambios de paradigma. Mucho menos los duendes del bosque de los que nunca me animé a hablarle. Tampoco tuve valor para preguntarle que fue lo que lo hizo interesarse en mí, pero estaba claro que no fueron las luces que me rodean cuando me siento a meditar sobre el suelo acolchado de hojas, ni la danza de huellas duplicadas en la arena al atardecer, ni mis conversaciones con el interior del tronco del pino central. Más que obvio era que nunca compartiría mi fascinación por el susurro de las olas, ni me acompañaría hasta el portal de entrada al mundo elemental entre los médanos, oculto atrás de unos elegantes bambúes.

Y no es que sea un mal tipo, no, a Escéptico le resulta imposible ver el mundo como yo lo veo. A pesar de esos ojos que hacen tanto juego con su barba candado, de esa boca a la que le calza cómoda la sonrisa y de su magnífico arte de contar historias en las que lo que (para mí) es importante no tiene cabida.

Cuando le dije que el viento me había hecho un favor al llevarse el mapa conceptual o whatever de la novela que nunca tuve deseos de escribir y que me iba al bosque a tomar mate porque no había nada que me interesara más que ser yo misma al 100% me miró sin mirarme. Supongo que estaba viendo como la bola caía y el rastrillo se llevaba sus fichas. Como buen jugador se palpó los bolsillos para ver si tenía más. Creo que tenía, porque me dejó las llaves y se fue rápido, después de murmurar golpeándose la frente:

-Que mala leche. Nunca me gustó el 22.

Lloré un par de días, no lo voy a negar. Después revisé la cartera y confirmé que me quedaban unas pocas fichas, de un alto valor, eso sí. Lo pensé bien y me propuse que antes de apostar de nuevo, mejor me dedico a investigar por mi cuenta de que se trata el “yo misma”.

.

He de cantar la canción,

sabiendo que quizá nadie la entenderá.

He de pintar el cuadro,

sabiendo que quizá no haya nadie que lo aprecie".

Lils

Con este texto, que sirve como introducción a la serie “Cuénticos” que continuará publicándose en mi blog personal el año que viene, me despido del Octavo Círculo hasta mediados de Febrero en que volveré a compartir con mis compañeritos circuleros el placer de escribir en este espacio comunitario. Les deseo a todos lo mejor de lo mejor y nos estamos viendo.

Abraxos


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