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Ambiniestro

Era incomodo vestir un Balenciaga negro, a esa hora de la tarde, en ese antiguo deposito, devenido a atelier, pero más lo era ese tipo, desalineado, que la miraba fijamente desde largo rato, sin decir una palabra, solo viéndola, por momentos de manera contemplativa y desdeñosa y por otros, como si la desnudara, como si el raso se pudiera hacer jirones sin tocarlo, hubiera salido corriendo, si no fuera por los reproches y burlas que, sin dudas, recibiría de su esposo, aquel que había acordado la ejecución de su pintura por el reconocido artista, ese del cual, ya tenían una pintura en su mansión, formando parte de la basta colección de belleza de la que ella se sentía parte también, posiblemente, retratarla no era más que otra manera de exhibirla para su marido.

A un par de metros de ella, un lienzo en blanco que también parecía esperar, aburrido, alguna definición por parte del pintor, todo dentro de ese mugriento universo, estaba en vilo de la manifestación ese dios de la plástica.

Casi apoyado contra la pared con las manos detrás de su espalda, inmóvil, como cuando era castigado en el colegio por usar su mano izquierda para escribir, lo cual terminó dándole el don de poder pintar con ambas manos. Quieto, como se quedaba cuando su madre lo sermoneaba por haber sido castigado en el colegio. Detenido, como estuvo días enteros después de haber sido capturado en el puerto de Alicante al fin de la guerra. Paralizado, como cuando esperaba las duras criticas de su profesor de arte, en aquella Francia que acogió a los perdedores de la utopía vecina de los años 30.

Maldijo el momento que aceptó la propuesta del banquero, maldijo el absenta, tomado con el dinero bebido por la sed de la necesidad de beber sin sed, pero era tarde para lamentarse.

La espátula, tan brillante, que puesta en otro lugar que no fuera oculta entre sus manos, hubiera desentonado con el resto del paisaje, iba de la mano derecha a la izquierda, sabiéndose la herramienta ejecutora del desenlace, fuera con la mano izquierda, deslizándose por el lienzo, cargada de negro marfil o que la derecha la incrustara entre los hilos del raso del Balenciaga buscando el rojo carmín garanza.

Tomando mate en Concordia

Hay quien asocia viajar traer fotos y obsequios de Free shop, los alfajores zonales, artesanías u otra cosa, personalmente, me ha pasado, en mi vida que raramente el andar por ahi me haya acercado a los comercios, más bien todo lo contrario, de mis viaje terminé trayendo amigos, recuerdos anécdotas y costumbres.

El número 13 fue sagrado para los mayas, por las fases lunares anuales, su calendario tenia 13 meses. Para los gringos es de mal agüero el viernes y para nosotros, los locales el martes 13, una combinación con mala prensa si las hay, los griegos, el Cábala, los cristianos, todos le pusieron mala onda a la fecha, y al menos una vez al año se da.

El Cosaco, allá en Concordia, tenía una costumbre para esos días, estrenaba mate.

Agarraba un porongo sin uso, con el cuchillo verijero le tallaba un trece, lo curaba y arrancaba el día con ese mate y lo usaba hasta el próximo martes 13, en el que se sucedía nuevamente la ceremonia.

No conocí a nadie con esa costumbre, vaya uno a saber de donde salió, traté de rastrear en libros en Internet, nada… el único tipo del que supe que hiciera ese conjuro fue el cosaco, andaba a caballo a pesar de tener más años que el mismo río, su rostro, parecía surcado por los mismísimos accidentes fluviales que el mapa de esa Mesopotamia,  tan alejada de Abakan.

Nuestra charla fue tan breve como el tiempo que me llevó tomar un par de mates de ese recipiente, curado con vodka y azúcar por dentro y contra el mal augurio con el número en cuestión por fuera. No era ni martes ni viernes y si era 5 de un julio más húmedo que frío en Entre Ríos.

La próxima vez que te convide un mate, ya sabés por qué tiene grabado un número.

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Maltorro

Acostarse a las 8 de la noche, era vivir un infierno en vida, ni siquiera guardado en Olmos había sufrido algo así, pero rescatarse, arrancar de cero, laburando en la panadería, tenia ese costo, y si a otro lugar tampoco quería volver era al ropi, que iba como trompada en el pabellón, pero ahora, había que dormirse en seco.

El problema no radicaba solamente en lo anti natural que, para un nocturno, era tratar de dormir, en el periodo que más atento y despierto se sentía, si no en el entorno, los ruidos de la pensión, que se le colaban por las orejas sin pedir permiso y entre esos sonidos, los que más lo sacaban, eran los del Chino y la Pokemon, la pareja de la pieza de al lado.

El Chino y la Poke vivían de bondi, salvo cuando se desmayaban, él, fisura mal, de tetra, milanga, o lo que pintó y ella de los viajes que se comía por negarse a darle plata al tipo, la molía a palos a la fea ese hijo de puta; cruzar a la mina con los ojos en compota o marcada a lonjazos, lo amotinaba, nada lo ponía más violento que la violencia, la del abusador.

Hacia semanas que se metía en la cama y sistemáticamente, apenas empezaba a relajar, un golpe contra un mueble, o la pared lindera lo sobresaltaban, más de una vez estuvo así de ir a acomodarle los patitos al Chino, pero no se podía jugar a terminar de nuevo engriyado, se quedaba masticando la mierda en la oscuridad.

La bruma de esa madrugada no dejaba ver mucho más que un par de metros adelante, cerca del arco del potrero se cruzaron el Chino, camino a la pensión, volvía de gira y el iba para el trabajo, o lo había esperado en ese lugar, no recuerda.

- Dame fuego amigo.

El chino sacó como pudo un encendedor que cuando quiso darle termino cayéndose, o quizás él alejó un poco la mano, para que no llegue a destino.

Puteando el fisura, se agachó a levantarlo, cuando subió la vista, aún en esa posición, vió un pan francés en la mano derecha del otro:

- Ey amigo ¿so gil vó? ¿Llevá pan a una pa…

Antes que el Chino entendiera que estaba viendo un silenciador improvisado y que de la otra punta del pan estaba encajado el caño de un .38  ya tenia en la frente los dos corchazos. Así quedaría de regalo para la fiambrera, donde los morgueros determinarían que las balas encamisadas extraídas, podían ser de 7 calibres distintos, la falta de marcas de estrías imposibilitaba confirmar el arma y la ausencia de vaina servida solo les dejaba a los ratis la teoría de un encargue a un killer.

El, siguió el camino que lo llevaba a su trabajo, caminando, en el trayecto se deshizo del mudo de miga, los guantes de látex, descargó y envolvió el fierro que terminó al fondo de la mochila.

Pasaron casi 8 meses desde que el Chino perdió en un ajuste de cuentas entre traficantes, según informaron los especialistas en el Popu y Crónica, cuando una noche en la que ya el sueño le iba entrando como un susurro, los gritos y golpes que provenían de la pieza de la Pokemon y Tatú, su nueva pareja, lo desvelaron…

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