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5 Marzo 2012 | Por eloctavocrculo | Claves: Lauris | # Enlace permanente
-Jugala a doble o nada- dijo Ernesto cuando vio en mi mano todas las fichas que me quedaban y mi intención de poner solo unas más en la mesa.
Eso tenía Ernesto, le encantaban los retos, y más si los retos eran míos. No sé si él hubiera sido capaz de poner todas las fichas al doble cero. Pero cuando la ruleta paró y los ojos del croupier salieron de sus órbitas me di cuenta que mi suerte y mi valor habían pasado la prueba.
Ernesto me abrazaba, me besaba, gritaba como un loco, la gente aplaudía a mi lado, los miraba girar felices como si el dinero fuera de ellos. En el casino había corridas, una rubia de esas que parecen promotoras del TC gritaba con una voz chillona que perforaba mi tímpano,
-Hizo saltar la banca, hizo saltar la banca- y yo entre nervios pensaba en Gerardo Sofovich o Jacobo Winograb. Que pensamientos raros te vienen en los momentos menos esperados. Y además yo sabía que no había hecho saltar nada.
Enseguida un asistente que no tengo idea de donde salió se acercó a mí y me dijo algunas palabras al oído. Me custodiaron junto con Ernesto a una sala pequeña pero antes tuvimos que caminar por unos pasillos bien luminosos hasta llegar a un corredor que tenía las puertas de varios ascensores. Nunca habíamos visto un lugar así en el casino, y eso que éramos concurrentes habituales.
Una vez adentro subimos, creo, tres pisos y llegamos a esta salita pequeña, toda pintada de blanco y con una ventana con vista al rio. Me senté en un silloncito a esperar y Ernesto caminaba para todos lados como si sufriera un trastorno de ansiedad.
-Flaca, ¿dónde nos trajeron? ya me empiezo a preocupar- dijo algo nervioso- ¿Cuanto más nos van a tener aquí? ¿A qué hora vinimos?
-Callate querés, no se bien, serán cosas de rutina. Tendrán que darnos algunos papeles, acordate que es mucha, mucha guita la que gané.
-Ganamos querrás decir flaca o acaso no vas a repartir el premio conmigo. Creí que había quedado claro que era una sociedad, en buenas y malas
-¿Sociedad?-le dije- ¿de dónde sacaste eso? Sociedad ahora que gané, cuando ganas vos no hacemos ningún arreglo me parece o me diste algo antes.
Ernesto tiene la puta costumbre de mirarte desafiante, como queriendo demostrar que es el único que tiene la razón. Esta vez no me gustó.
-Mira flaquita no me vengas con eso ahora, y acá, cállate la boca, lo hablamos cuando estemos en casa.
-¿En casa? De que casa me hablas Ernesto. El tequilita que te tomaste hace rato te hizo mal. Desde cuando mi casa es tu casa.
Las mujeres tenemos eso, somos capaces de hablar de las cosas más profundas en el lugar y el momento menos indicado.
-No te querés quedar a dormir, tenemos sexo y te vas. No dejás que diga que sos mi novio. Somos amigos, tenemos una relación especial, decís. Y ahora que gané esta platita me venís con “lo hablamos en casa”. Es mi casa chabón. Que te quede claro.
Cada vez me miraba peor. Me di cuenta que tenía ganas de darme un cachetazo, pero no lo iba a hacer, era bicho, justo ahora que yo había ganado tanto en la ruleta, él no me iba a dejar. Me imagino lo que estaría pensando. Departamento nuevo, viajes, ropa de marca como le gusta comprar, perfumes. Justo ahora Ernesto no me iba a dejar. Era gracioso ver como se tragaba su orgullo cuando me dijo
-No seas tontita, si vos sabés que yo te quiero.
Me le reí en la cara, me le reí a carcajadas. Me interrumpió la llegada de otro hombre. Fue el que nos dio todas las indicaciones.
-Los hicimos esperar porque necesitamos que venga el abogado de la firma- comenzó diciendo- el va a ser el encargado de explicarles lo que pasó.
-¿Lo qué pasó? – se preguntó Ernesto, y frunció el entrecejo entendiendo algo que yo no entendía.
-Sí, indudablemente ustedes sabrán que el casino no dispone del dinero que la señorita ganó. Así que en cuanto llegue el abogado hablaremos con él.
-Para un poco rubio- rugió Ernesto- no hace falta que traigas a ningún abogado, vos nos vas a pagar lo que ganamos, no vamos a arreglar nada de nada.
-Le pido que se tranquilice caballero que pronto vamos a hablar- fue la última palabra que dijo el rubio antes de cerrar la puerta.
Ernesto quiso seguirlos pero como era lógico nos habían dejado encerrados. No se si no fui consciente de lo que pasaba o era la hora o el alcohol, pero mientras él estaba como loco yo no podía contener los bostezos.
-No te duermas infeliz- me dijo- en tu cabecita hueca ¿no te entra lo que está pasando? Ganamos mucha guita flaca, mucha y estos cuervos nos quieren arreglar vaya a saber con cuanto.
- Si pero que podemos hacer, hasta que no vengan no sabemos nada.
-Flaquita nos tienen encerrados no se desde hace cuanto, despertate de una buena vez. Vos me preguntas siempre por qué soy así con vos, porque me enferma tu actitud. Te estás durmiendo cuando nos acaban de decir que no nos van a pagar la plata que ganamos.
No se cuantas horas pasaron pero ya era de día, el estomago me dolía, eran nervios y hambre. Yo me había sentado cerca de la ventana, corrí el silloncito y miraba como salía el sol. Él por el contrario no paró de moverse, se comía las uñas y refunfuñaba cosas que ni recuerdo. Cuando supongo eran las 9 de la mañana una señorita muy bien vestida nos trajo unos desayunos de Mc Donald. Venía acompañada de un gordo que seguramente era de seguridad.
Ernesto les gritaba, les hablaba de su indignación y la falta de respeto, ellos nos dijeron nada, dejaron la bolsa y se fueron.
Yo me tomé el café con el tostado y el jugo. Él no quiso probar nada.
-Comé algo al menos, aunque te enojes nos van a atender a la hora que quieran- me miró con odio.
Pasada una hora y media nos vinieron a buscar. Esta vez no fueron tan amables como cuando nos llevaron, no estaba el rubio de la noche anterior, ni la señorita, ni el gordo. Eran 4 hombres que parecían de seguridad. Nos tomaron de los hombros como si fuéramos delincuentes, nos sacaron nuevamente por el ascensor. Salimos al subsuelo del casino, ese si lo conocía, eran donde funcionan las cocheras. Estaba vacío, ni siquiera estaba nuestro auto. Ernesto me miró mal. Creo que se asustó como yo porque no dijo nada durante ese el tiempo.
Nos separaron dos viajaron conmigo en un auto y dos se fueron con él. En vano fue pedir que nos dejen juntos o gritar que nos digan donde nos llevaban. Lo último que recuerdo fue un golpe fuerte en la cabeza después de bajarme en el medio de un descampado. Y ahora esto…

Continuará…
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Lala ʚϊɞ
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24 Noviembre 2011 | Por fedechedrese | # Enlace permanente
Los diarios referían lo que la engañosa realidad ofrecía a los investigadores.
La víctima, decían en sus páginas, era un jubilado de ochenta años. La policía creía que se trataba de un asesinato en ocasión de robo. El living, recargado de inservibles objetos, estaba desordenado. Sus hijas lloraban la tragedia y la desaparición de las joyas.
Los vecinos declararon que, a pesar de vivir en una casa humilde, por dentro estaba “muy bien equipada”. Coincido con ellos, yo tuve la misma impresión.
Según rezaban los diarios, el cuerpo fue hallado sobre una alfombra del living. Tenía el cable del ventilador alrededor del cuello y las manos atadas con cinta de embalar.
En la alfombra había manchas de sangre, porque antes de ahorcarlo lo golpearon varias veces en la cabeza, para que confesara dónde guardaba el dinero. De los golpes y la sangre puedo dar fe.
Los investigadores tratan de determinar si se trató de un robo planificado con un entregador. No hubo un entregador, pero sí, un oportunista.
Voy a relatarles gran parte de los hechos tal cual sucedieron; el resto quedará en la imaginación más o menos próxima a la realidad.
El hombre se llamaba Rafael Z. Lo conocí 15 años atrás cuando trabajaba haciendo changas para los Jefes de la Zona Sur. Una de mis primeras entregas había sido en la calle Solís. Rafael Z. recibió el paquete. En ese momento me causó sorpresa ver al anciano en un negocio tan audaz (luego, como ocurre siempre, ya nada me volvió a sorprender en este trabajo).
Durante unos meses, puntualmente los lunes, le llevaba al viejo el encargue. En todo ese tiempo jamás cruzamos más palabras que los “hola” y “chau” de rigor; sólo escuché de su boca, el último día, un “decíle al Chino que se vaya a la mierda”. No recibió la entrega y no volví más a la casa de la calle Solís, hasta aquella noche.
Antes de continuar, permítanme que les hable un poco de mi persona.
Desde que comencé a trabajar para los Jefes de la Zona Sur, mi vida cambió generosamente. De una pensión húmeda en la que vivíamos con mi viejita, en pocos años pude comprar un chalecito con patio para que ella pudiera sentarse frente a las rosas y escuchar el canto de los pajaritos en las jaulas, pasión que heredé de mi difunto padre, a quien ella evocaba en cada piar.
Soy una persona leal e inteligente; esas dos condiciones me aseguraron el favor de los jefes. Cuando el trabajo de “repartidor” me quedó chico, fui premiado con el puesto que tenía “el mandíbula” Gómez, quien por un asunto de polleras recibió un tiro en la columna que lo postró en una silla de ruedas.
Mi función como chofer del Gordo “infante” Méndez, no era de mi mayor agrado, sobre todo cuando pasábamos a buscar por la casa de la “Paraguaya”, alguna nueva criatura para que el Gordo abusara en su bulín de Barracas. Debo confesar que sentí alivio y, hasta una especie de felicidad contenida, cuando apareció en un descampado en González Catán con la panza abierta. No se supo oficialmente quién lo mató, pero a los Jefes, los escándalos del “infante”, no les caían bien.
Después de la despanzurrada muerte del Gordo, me convertí en la mano derecha del Chino. Hombre diminuto, de pocas palabras, pero con un cerebro y un coraje que no he vuelto a ver jamás.
El Chino era uno de los Jefes más respetados en el ambiente. Su vida estaba plagada de hazañas: escapes de comisarías, riñas, tiroteos, heridas. La leyenda cuenta que la única vez que fue a parar a la cárcel, el juez después de aplicar la sentencia, lo llamó aparte y se deshizo en disculpas por no poder actuar de otra forma. El chino aceptó las explicaciones, ya que lo condenó a dieciocho meses, cuando sus propios abogados preveían una sentencia no menor a los cinco años.
Puedo afirmar que junto al chino me desarrollé profesionalmente. Aprendí todo lo necesario: amenazar y cumplir con la amenaza.
A medida que pasaba el tiempo, el chino me confiaba trabajos cada vez más complejos. El éxito en todos ellos sumó prestigio a mi nombre.
Así fue como el destino me llevó nuevamente hasta Rafael Z. Hay ciertos códigos que toda persona en este círculo no ignora, o al menos no debe ignorar. Éste no fue el caso de Rafael Z.
“Andá a la calle Solís y traéme lo que es mío”, me había dicho el Chino. Y así lo hice.
Al principio fui amable con el viejo, le pedí el paquete para que no hubiera problemas. “Yo no te doy nada, andáte a la mierda vos y el hijo de puta del Chino”. Fue la oración más larga que le había escuchado decir.
El viejo me lo dio lo que fui a buscar después de sólo dos golpes de culata en la cabeza. Juro que fueron dos y bastante suaves. Apenas un hilo de sangre corría por su sien que goteaba en la alfombra del living. Cuando me retiré, lo noté bastante tranquilo, inclusive le recomendé que usara azúcar para cortar la hemorragia. Me había dado pena aquel hombre.
Días más tarde, el Chino me citó en su oficina. Al llegar puso sobre el escritorio el diario con la noticia del viejo Rafael. “Desaparecé por un tiempito; la cana va a venir en cualquier momento”. En vano traté de explicar que nada tenía que ver con eso. El Chino se reía de mí como si yo fuera un adolescente que se excusaba con un cuento inverosímil frente a un profesor, por no haber estudiado la lección del día.
Hace un tiempo que nadie sabe dónde estoy. Sé que están tras mi pista. Hubo un oportunista, lo sé. Tal vez me utilizaron ¿Los Jefes? ¿El Chino? No lo sé ¿Todos?, por qué no.
El diario decía que Rafael Z. había sido estrangulado con el cable del ventilador. Cómo explicarles que ése no es mi estilo.
21 Octubre 2011 | Por fedechedrese | # Enlace permanente

Apareció temeroso, apoyado sobre el cancel de la puerta. Indeciso para entrar, como si esperase una invitación. Ella lo recibió con una sonrisa que no tenía otra finalidad que alentarlo. Lo tomó de las manos y hundió la cabeza en su pecho. El calor de la mujer que lo amaba lo reconfortó.
Ella, como si lo hubiese ensayado mil veces, le puso las manos sobre la cara, y con suaves y pacientes movimientos acarició su larga barba. Lo volvió a abrazar pero esta vez su intención fue más allá. Comenzó a recorrerle el cuello con certeros y colmados besos. Él se sintió verdaderamente amado. Dejó caer su túnica tal como ella se lo insinuó. Su piel cobriza se erizó frente al recorrido circular de sus uñas.
Es sabido, desde tiempos inmemoriales, que entregarse al amor ayuda a mitigar el dolor. Y así lo profesaban ellos, con esa pasión que solo puede corresponderles a dos pecadores.
Que Dios haya expulsado al hombre del paraíso debido al insidioso influjo de la mujer, tal como lo afirman las Sagradas Escrituras, es una historia que no resiste lo suficiente frente al santísimo placer de estos amantes. Más bien supondríamos que el hombre simplemente abandonó aquella tierra perfecta por simple aburrimiento.
Reían de alegría, entregados a la inmensidad de la estera donde retozaban, inconscientes de la historia, del futuro y de la vastedad de sus vidas.
Al anochecer, el frescor comenzó a habitar el desierto, hombre y mujer regresaron a sus realidades.
Él se incorporó y observó los olivares que amansaban el agresivo paisaje. El temor que lo aquejaba en los últimos días quedaba asimilado. Comprendió el plan que el Altísimo tenía para este mundo. Rezó dando gracias.
Ella le avisó que la hora había llegado. Lo ayudó a vestirse y partieron donde lo esperaban. La mesa era larga y todos se sintieron iluminados cuando ingresó a la estancia. Se sentó en el medio e intercambió algunas palabras amenas con quienes tenía cerca.
Le acomodó con disimulo la túnica a la altura de los hombros y apoyando sus manos en ellos ejerció una leve presión. Esto no significaba otra cosa que María Magdalena lo amaba incondicionalmente.
Entonces Jesús miró a sus discípulos diciendo: “Tomad y comed todos de este pan, porque este es mi cuerpo”, y tomando un cáliz dio gracias y se los dio “bebed todos de él, que esta es mi sangre, que será derramada por muchos para remisión de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”.
Los amantes se miraron con ternura, Dios les había prometido la vida y un amor inacabable.
1 Octubre 2011 | Por fedechedrese | # Enlace permanente

Yo tenía 17 años cuando decidí tomar el camino que me trajo hasta acá. Mi madre se había empeñado siempre en protegerme. Le exigió a mi padre lo imposible para que un cristal evitara mi contagio del mundo: el liceo, técnicas de bordado, clases de piano, de modales y buenas costumbres, de canto, etc.
Mi padre, un inmigrante gallego, bonachón y duro trabajador, consiguió darnos un buen pasar a mi madre y a mi. A la distancia creo que no nos merecíamos tanto esfuerzo por parte de él. Ella lo atormentaba con metas que debían cumplir para estar a la altura de tal o cual, de competencias sordas entre sus compañeras del club de naipes y barajas y de sofisticados peinados de las revistas de moda.
Él pasaba 16 horas en su panadería, sin feriados y con muy pocos descansos. Ella no me permitía darle una mano, como si la harina me infectara un virus mortal. A la hora de la siesta, mientras mi madre desparramaba ronquidos por toda la habitación, yo salía a hurtadillas de mi casa con una muda de ropa en una bolsa; al menos por dos o tres horas ayudaba a mi padre con pequeños quehaceres del negocio. El pobre se agarraba la cabeza cada vez que me veía, “si se entera tu madre, nos mete a los dos en el horno”. Pero yo sé que a él le fascinaba mi compañía, no tanto por lo que trabajaba, sino porque sentía que no estaba construyendo un sueño en vano, que su sangre estaba con él.
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30 Agosto 2011 | Por fedechedrese | # Enlace permanente

Luis Enrique Zabala era de esos tipos simpáticos con los que te enganchas enseguida. Esos que les brindás amistad completa en tiempo record, los llevas a tu casa, los presentás a tu familia, se ofrecen a hacer el asado y sin darte cuenta lo hacen todos los domingos como algo natural, y no lo notás hasta que iniciás algún tipo de negocio, donde a la corta o a la larga te terminan cagando.
Así era Luis. Digo “era” porque ahora yace frente a mí, recostado sobre la vereda con su cabeza colgando desde el cordón hacia la calle, fugándose su vida a través del agujero entre sus ojos.
No era mentira su viudez ni el abandono que sufrió por parte de sus dos hijos cuando partieron para España, tampoco lo eran los trabajos que había tenido ni las amistades a lo largo de su vida. La señorita que nos presentó a Carmen y a mí, debo creer que era su novia, aunque ahora que lo pienso algo esquivo había en su mirada. Tal vez ella sabía de las intenciones de él y por ese motivo dejamos de verla en los últimos meses.
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22 Agosto 2011 | Por eloctavocrculo | # Enlace permanente
Era incomodo vestir un Balenciaga negro, a esa hora de la tarde, en ese antiguo deposito, devenido a atelier, pero más lo era ese tipo, desalineado, que la miraba fijamente desde largo rato, sin decir una palabra, solo viéndola, por momentos de manera contemplativa y desdeñosa y por otros, como si la desnudara, como si el raso se pudiera hacer jirones sin tocarlo, hubiera salido corriendo, si no fuera por los reproches y burlas que, sin dudas, recibiría de su esposo, aquel que había acordado la ejecución de su pintura por el reconocido artista, ese del cual, ya tenían una pintura en su mansión, formando parte de la basta colección de belleza de la que ella se sentía parte también, posiblemente, retratarla no era más que otra manera de exhibirla para su marido.
A un par de metros de ella, un lienzo en blanco que también parecía esperar, aburrido, alguna definición por parte del pintor, todo dentro de ese mugriento universo, estaba en vilo de la manifestación ese dios de la plástica.
Casi apoyado contra la pared con las manos detrás de su espalda, inmóvil, como cuando era castigado en el colegio por usar su mano izquierda para escribir, lo cual terminó dándole el don de poder pintar con ambas manos. Quieto, como se quedaba cuando su madre lo sermoneaba por haber sido castigado en el colegio. Detenido, como estuvo días enteros después de haber sido capturado en el puerto de Alicante al fin de la guerra. Paralizado, como cuando esperaba las duras criticas de su profesor de arte, en aquella Francia que acogió a los perdedores de la utopía vecina de los años 30.
Maldijo el momento que aceptó la propuesta del banquero, maldijo el absenta, tomado con el dinero bebido por la sed de la necesidad de beber sin sed, pero era tarde para lamentarse.
La espátula, tan brillante, que puesta en otro lugar que no fuera oculta entre sus manos, hubiera desentonado con el resto del paisaje, iba de la mano derecha a la izquierda, sabiéndose la herramienta ejecutora del desenlace, fuera con la mano izquierda, deslizándose por el lienzo, cargada de negro marfil o que la derecha la incrustara entre los hilos del raso del Balenciaga buscando el rojo carmín garanza.
12 Agosto 2011 | Por Lils | # Enlace permanente

No me acuerdo del nombre completo de la señora de Pérez. Era un nombre poco usual para cualquier tiempo. Lo que recuerdo es que cada vez que mamá la nombraba hacía un mohín que indicaba que algo no estaba del todo bien. Mamá usaba códigos gestuales para el sarcasmo, muy sutiles, para ser captados únicamente por la familia. Lo cierto es que si fuera hoy, la señora de Pérez se pondría unas calzas atigradas sin preocuparse por estar algo excedida de peso y sujetaría sus rulos rubios artificiales con vinchas y hebillas de colores flúo e iría a la carnicería del pueblo maquillada como para protagonizar una ópera. Así me la imagino, reconstruyendo con fantasías lo que se me olvidó.
El exceso decorativo, por decirlo de alguna manera, de la señora de Pérez, no terminaba en su look personal. Su afán por decorar la casa llegaba hasta el alero de tejas, que soportaba el peso de toda una familia de enanos de yeso y una manada de elefantes de todo tamaño, conviviendo con docenas de floreros con flores artificiales que, aquí y allá se desteñían verano tras verano. La capillita de la virgen de Luján en la entrada, un clásico, lucía velas encendidas a todo trapo. En el living casi no quedaba lugar para humanos, todo estaba copado por almohadones, mantelitos, cortinas, cerámicas de todo tipo, tamaño y color, jarrones, gatos y carpetitas de croché. Un anticipo de lo que varios años más tarde habría en el depósito de un negocio de todo por dos pesos.
La señora de Pérez, la del nombre y el vivir exótico, les había puesto nombres de lo más comunes a sus dos hijos varones: José y Juan Carlos.
Lo cierto es que la señora de Pérez fue mi primera suegra y como tal, una experiencia inolvidable. El hecho de que la recuerde más a ella que a su hijo dice bastante de esta historia. Claro que lo de “novios” fue una calificación unilateral, ya que entre él y yo no hablamos del tema ninguno de los doscientos días en que volvimos juntos a casa después de la escuela durante el primer grado. Que eso fue todo.
Eso y lo del cumpleaños, que fue bochornoso.
Nunca había ido a otros cumpleaños que los de mis primos o primas, así que fui, con la timidez propia de los siete años y la mía, que no era poca. La señora de Pérez estaba exultante sobre sus tacones y por la rosácea en su cara deduzco -ahora- que se había tomado algún licorcito de los muchos que coleccionaba y exhibía alineados en la parte superior del bargueño. Entonces tuvo la brillante idea: ni bien terminamos de cantar el feliz cumpleaños, la señora de Pérez pidió silencio, me tomó de los hombros y anunció, delante de treinta desconocidos y varios compañeros, que yo era la novia de su hijo. Tengo el aturdido recuerdo de que adornó el anuncio hablando de mis virtudes, mientras me zamarreaba y me tomaba de la barbilla diciendo “¿No es una muñequita? ”
Supongo- ahora- que la señora de Pérez se habría quedado con las ganas de tener una hija y una oleada de compasión y empatía me recorre. Pero en ese momento la quería ahorcar con su pañuelo de seda floreado. Lo pensé, antes de salir corriendo a campo traviesa para refugiarme en los brazos de mamá, que, discreta como era, no insistió mucho en saber que me había pasado.
Por suerte era noviembre, ya habían terminado las clases y Juan Carlos no iba al club. Al año siguiente busqué un camino alternativo para volver a casa después de la escuela. Y me enamoré de Carlos Alberto, el único huérfano del grado.
8 Agosto 2011 | Por lauris ʚϊɞ | # Enlace permanente

Tengo sueños proféticos.
Y no es gracioso ni simpático. Muchas de las veces, cuando sueño temo que al otro día pase una tragedia o que me llamen para decirme que tal o cual espichó.
De manera racional investigué todo lo que tenía que investigar, me han dicho que es imposible, que son coincidencias, pero cuando las cosas empiezan a pasar, yo me cago en las patas.
No me gusta.
Desearía que desaparecieran, no soñar más. Sin embargo una que otra noche se aparece ante mi, como si estuviera viendo una película en el cine. Veo la escena completa, con los actores de la historia desempeñando claramente su rol.
No, no es un deja vu. Es una premonición.
Recuerdo patente uno de los últimos, tres mujeres lloraban al muerto, yo las miraba y les decía que porqué lo velaban antes de tiempo, ellas respondían que estaba muy mal, que ya pronto moriría.
Y así fue, al medio día del día siguiente el teléfono sonó y antes de atender supe lo que iban a decirme.
No suelo contarlo, porque si lo cuento voy a tener que contarles también que cuando sueño se aparecen ante mí a decirme si están bien o mal.
Él está bien, tranquilo, en paz, por ejemplo, pero ella, la esposa de mi jefe, ella no está contenta. Claro es muy distinto ella se fue antes de los 50, el casi a los 80.
Pero que voy a hacer, tocarle la puerta de la casa y decirle: jefe, mire su mujer está preocupada, no puede irse porque ve que usted y su hijo no están haciendo nada bien las cosas. Me va a pedir psiquiatría, de eso estoy segura. Pero también que puede hacer un tipo que de buenas a primeras se queda viudo.
En casa convivo con los espíritus, no los veo, pero siento que están. Hubiera creido que solo me pasaba a mi si no fuera porque mi hijo más chico también ha manifestado la presencia. No me gustan los fantasmas que vienen a la noche me dijo el día en que yo tampoco la pase muy bien al dormir.
Curo.
No sé cómo, pero si se que alguien está mal, me concentro, entro en un trance que no puedo explicar y pasado un rato siento que voy curando. Cosas simples, pero estoy segura que podría curar enfermedades más complejas.
Puedo leer las cartas, si miro la televisión y están tirando el tarot y esas cosas, puedo interpretar los arcanos antes que la tarotista lo diga, tengo una total exactitud sobre la lectura que están realizando.
Se que de intentarlo podría hacer cosas grandes en estas artes pero no quiero. Lo mío son las ciencias exactas, mi formación es en la matemática y la física. Medible y comprobable.
A veces tengo la sensación de que soy dos en una, una despierta y otra dormida. Una consciente y otra en trance. Tratando de descifrar esos enigmas que circulan en mi. Algunos dicen que es un don, yo no estoy tan segura.
Y lo peor de todo es que como no se lo que viene, no duermo más tranquila y siempre estoy a la espera de lo peor.
21 Julio 2011 | Por fedechedrese | # Enlace permanente

Barrabás le anudó la corbata y le dejó el último botón de la camisa sin abrochar.
–Así es mejor – justificó.
Enrique lo miró con desdén y lo abotonó hasta el final. Sacó del ropero un ambo azul con botones dorados y se vistió.
- Es más bonito el gris, con ese te parecés al viejo Ajab – reía Barrabás.
- Callate, no me dejás concentrar.
- Iluso, creés que por tu patético atuendo vas a conseguir los favores de la hija de Doña Carmen; siento vergüenza de estar a tu lado.
- Andate, yo no pedí tu compañía – replicó Enrique enfurecido.
- Me hacés reír tanto cuando explotás de ese modo, puedo ver la ira en esos tristes ojillos. Somos más parecido de lo que crees.
Arrojó el saco sobre la cama y se colocó el gris. Sintió bronca por el silencioso grito de victoria de Barrabás.
- ¿La señorita Lucila sabe que vas a visitarla?
- Claro, le dejé una esquela avisándole.
- ¿Cuál?, ¿ésta?
Podía leerse en la tarjeta que colgaba del índice y pulgar de Barrabás, la letra caligráfica y obsesiva de Enrique, solicitándole, con frases ampulosas, que lo recibiera para hablar de ciertos temas.
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15 Julio 2011 | Por eloctavocrculo | # Enlace permanente
Hay quien asocia viajar traer fotos y obsequios de Free shop, los alfajores zonales, artesanías u otra cosa, personalmente, me ha pasado, en mi vida que raramente el andar por ahi me haya acercado a los comercios, más bien todo lo contrario, de mis viaje terminé trayendo amigos, recuerdos anécdotas y costumbres.
El número 13 fue sagrado para los mayas, por las fases lunares anuales, su calendario tenia 13 meses. Para los gringos es de mal agüero el viernes y para nosotros, los locales el martes 13, una combinación con mala prensa si las hay, los griegos, el Cábala, los cristianos, todos le pusieron mala onda a la fecha, y al menos una vez al año se da.
El Cosaco, allá en Concordia, tenía una costumbre para esos días, estrenaba mate.
Agarraba un porongo sin uso, con el cuchillo verijero le tallaba un trece, lo curaba y arrancaba el día con ese mate y lo usaba hasta el próximo martes 13, en el que se sucedía nuevamente la ceremonia.
No conocí a nadie con esa costumbre, vaya uno a saber de donde salió, traté de rastrear en libros en Internet, nada… el único tipo del que supe que hiciera ese conjuro fue el cosaco, andaba a caballo a pesar de tener más años que el mismo río, su rostro, parecía surcado por los mismísimos accidentes fluviales que el mapa de esa Mesopotamia, tan alejada de Abakan.
Nuestra charla fue tan breve como el tiempo que me llevó tomar un par de mates de ese recipiente, curado con vodka y azúcar por dentro y contra el mal augurio con el número en cuestión por fuera. No era ni martes ni viernes y si era 5 de un julio más húmedo que frío en Entre Ríos.
La próxima vez que te convide un mate, ya sabés por qué tiene grabado un número.
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