Archivo para la categoría ‘Fede Chedrese’
7 Noviembre 2010 | Por fedechedrese | # Enlace permanente
“Se solicitan con urgencia dadores de sangre del tipo cero, factor RH negativo. A quienes puedan suministrarlo, por favor dirigirse al Hospital Municipal de Boulogne, sala de Hemoterapia”
Alberto escuchó el llamado en la radio zonal. Sabía que este tipo de anuncios se hacían constantemente, pero era la primera vez que le prestaba atención desde el deformado colchón de su pequeña pieza. La mañana era de una claridad tan intensa que lo obligó a entrecerrar los párpados al mirar por la ventana. No tenía nada que hacer más que juntarse con sus amigos en alguna esquina para fumar porros y tomar cerveza.
En sus momentos de reflexión, cuando recostado boca abajo deja caer sus brazos y acaricia la húmeda madera del piso, sabe positivamente que esa vida que lleva está lejos de todo lo que anhela: un trabajo estable, construir la pieza en el fondo de la casa de los viejos y, eventualmente, formar una familia. Y al final de esas tribulaciones, la conclusión es la misma: solo necesita una oportunidad, un llamado, que la fortuna lo convoque a su mesa para probar los manjares de ser otro. Continúa leyendo el contenido de este post
29 Agosto 2010 | Por fedechedrese | # Enlace permanente
Claro, madera, eso es. Necesito madera para frenarlo. Tal vez para detener la grasa se utilicen otros elementos, pero yo estoy seguro de que lo puedo hacer con madera. De cualquier tipo: dura, gruesa, blanda, con dibujo, sin dibujo, pulida, encerada, astillosa, barnizada, del quebracho, del roble, del álamo, del ciprés, del sauce. No conozco más árboles. En fin, hay mucha para frenarla. Debo frenarla.
No me había costado tanto identificar a aquello con la grasa. Será porque siempre me ha revuelto el estómago cuando veía las hornallas de la cocina sucias o el horno atiborrado de años de cocina. Nunca fui de los que comían el asado frío. Evitaba ver a las tortas fritas mientas se freían en la grasa burbujeante.
Lo deduje más rápido. Estar aquí con el destino cumplido (al menos para la ciencia), me apura con mis elucubraciones. Pero la madera, ésa sí que me costó.
No puedo perder más tiempo, si lo logro, nada ni nadie me detendrá para instalarme en las sierras cordobesas.
Reclino la cama, ordeno cerrar las cortinas. Cierro los ojos; la grasa empieza a fluir. Imagino dónde está y cómo avanza ¡Ahora, ya!, comienzo a oponerle madera. Soy demasiando meticuloso, elegí una caja de fósforos (de doscientos veintidós fósforos). Intento una especie de fuerte contra los indios, pero sólo logro un trunco fortín contra algún malón del otro lado de la Zanja Alsina.
No me desanimo (no hay lugar para debilidades). Convoco madera. La de los helados. Me distraigo al recordar las balsas que construíamos de pequeños, que servían también para apoyar la pava. Un palito, dos palitos, tres palitos… y afloja, cede el avance la grasa.
Es lenta, pero implacable. Al igual que el agua, busca por donde escabullirse. Sigo con más madera. La del viejo mueble donde mi abuelo guardaba la browning que sólo usó una vez y última. Desarmo primero los cajones con herrajes de bronce y los ubico firmes, recuerdo que eran gruesos y pesados. Coloco los costados, lo que termina pareciendo una barrera infranqueable. Con la madera del fondo, que siempre es ordinaria y delgada, refuerzo a las otras. La batalla es mía. Estoy cansado. Tengo apetito, buena señal. Devoro una gelatina de postre.
Hora de levantarse, aunque todavía no amaneció. Hacha en mano a derribar el cordón de álamos que bordea el camino hacia el casco del campo en Pergamino. Los voy acopiando a un costado para colocarlos todos al mismo tiempo. Son más de lo que recuerdo; uso la motosierra, ahora sí.
El álamo no va a resistir demasiado; por algo los buenos muebles no los hacen con esta madera. Necesito roble, cedro o ¿quebracho?, sí, ¿por qué, no? Lo usan para los durmientes de las vías del ferrocarril, y si soporta un tren, la grasa…
San Isidro, Acassuso, Martínez, La Lucila, Olivos, levanto cada uno de los durmientes y los armo contra la asquerosidad.
¡Mierda!, estos médicos, ¿y ahora?, ¿qué quieren?, ¿qué más quieren? Hoy no fue un gran día, aunque me engaño con un empate.
No recuerdo haber visto demasiada madera en Córdoba, fui una sola vez hace ya tanto tiempo. Se me ocurren hierbas y bebidas amargas. Nada que me sirva. De cualquier modo, cuando viva allá, no la voy a necesitar.
Un antes del amanecer, uno más. Voy al baño, me complace que lo haga sin dificultad. A pesar de ello, quito los ojos del espejo, me da miedo mi química desnudez.
¡La mueblería de Don Fernando!, puro roble y algarrobo. A desarmar sillas y mesas. Me da pena el bargueño para doce copas. Las bebidas las dejo a un lado y con el martillo, desclavo.
La grasa es despiadada, pero hay mucha madera.
Está el sauce que tiene todas las raíces al aire, ése sobre la panamericana. Servirá para distraer. Agrego un poco de los aserraderos de San Fernando y Tigre, de las casas de antigüedades de la calle Libertador, de las mueblerías de la avenida Belgrano, de la madera virgen del Delta, de los bosques talados en el Amazonas, del desmonte para la soja, del quebracho colorado arrancado con sangre en el Chaco, de la cajita musical de cedro y nácar de mi abuela; todo me tiene que ayudar. Todo servirá.
Hoy, la grasa no avanzó.
Siete de la mañana, dormí dos horas más. La enfermera del turno mira con desconfianza, por el horario y sobre todo por mi sonrisa. Pido té, sí, claro que con galletitas.
Lo espeso no se ha movido; no quiero arriesgarme. Recordé los pupitres ancestrales de la escuela. Buena calidad. Una vez escribí una canción de los Beatles en uno de ellos con la punta del compás. Ahora me viene enterita a mi mente. Eso es madera también.
En los días subsiguientes usé toda la madera que he visto a lo largo de mi vida, hasta llegar a los zuecos de la enfermera nocturna. Y como un último intento dispuse la mesada de aglomerado enchapada en fórmica, como la barrera definitiva.
Una semana después abandoné el hospital. El personal me despidió con sonrisas y ojos asombrados mientras agitaban comentarios incrédulos. Y yo les respondí acariciando la pelusa de mi cabeza que crecía vigorosa.
Autor: Fede Chedrese
Para: El octavo Círculo.
Blog comunitario de escritores que también podemos leer aquí.
7 Agosto 2010 | Por fedechedrese | Claves: El octavo círculo | # Enlace permanente

Desocupados,Tempera sobre arpillera, 218 x 300 cm, 1934
Eterno no es el sueño
Sí, eterna es la vida
No quiero abrir los ojos
Sé que aún permanece la desdicha
Inútil tener lágrimas;
el llanto se ha perdido
Encerrado en un laberinto
de caras, miserias y espantos…
Y mis manos que no sirven,
porque no aprendieron jamás
a trepar aquellos muros
fríos, lejanos y muertos;
de esta realidad hiriente
que nos aplasta y confina
a desear de esta vida,
eterno nuestro sueño.
15 Julio 2010 | Por fedechedrese | # Enlace permanente
Desde el día en que encarcelaron a mi padre por comunista panfletario, mi vida tomó un tinte vocacional.
Me recibí de panfletario o “panfletero”, pero no, con el significado difamatorio del término, sino con el sentido vulgar de repartir volantes informando sobre las más diversas cuestiones.
Mis inicios fueron humildes: Ofertas en carnes y jamones, dos por uno en lavandería, adelgace en dos semanas y uno que me deja un sabor dulce y nostálgico: el clásico “Préstamos en el acto”.
En aquellos días hice mis primeras armas. Conocí el poder de iniciar un rumor y esparcirlo, a veces, con sorprendente velocidad; otras, con lentitud; pero siempre llegando a abarcar, al principio un barrio, y con el tiempo, toda una ciudad.
Mi sofisticación no se hizo esperar. Comencé a repartir poesías de amor y picarescas de mi propia autoría. El éxito me guiñó el ojo e, inmediatamente fui contratado por mucha gente que por su timidez o cobardía, me utilizaron como un canal de expresión. Así fue como en poco tiempo inundé ciudades enteras de “declaraciones de amor”, “promesas de venganza”, “mensajes de despecho” y “rectificaciones públicas”, entre otras.
Miles de hojas, de los más originales diseños y deslumbrantes colores, fueron distribuidas en las esquinas más tumultuosas de la ciudad. Eran dignos de ver los amontonamientos y peleas que protagonizaban los transeúntes para obtener algún ejemplar. Hasta he sido testigo de personas que aseguraban poseer todos y cada uno de los panfletos que, a lo largo de los años, había repartido. Algunos decían que me había convertido en un objeto de culto, una voz entre los oprimidos y abandonados, entre los “mudos sociales”. Nunca quise presumir, pero el ego es lo más flojo de todas las partes del cuerpo; por aquel martes de mayo, preparé la que, seguro sería, mi obra maestra.
Entregué durante cinco días sin detenerme, mas sólo para comer y dormir, un papel blanco de once por diecisiete centímetros. En la parte superior, con letras pequeñas rezaba la leyenda: “Esto es tu panfleto, exprésate”.
Los días que siguieron fueron vertiginosos, inolvidables y los últimos de mi carrera.
La gente en los cafés, en los colectivos, en trenes y en subterráneos estaban ávida por escribir el dictado que emanaba de sus espíritus. Intercambiaban sugerencias y pareceres sobre sus panfletos. Fueron días gloriosos. Las personas comenzaron a conocerse. Vecinos salían en ayuda de otros vecinos con los que nunca habían cruzado una sola palabra. Se enteraron de sus miserias y amarguras. El espejo reflejó sus miedos y en el prójimo se descubrieron. Comenzaron los porqués y las dudas sobre la realidad revelada. Cayeron espantados los velos que tapaban injusticias y sin ni siquiera pretenderlo, se alzaron voces antes calladas.
Estuve detenido algunos días en la comisaría por averiguación de antecedentes. Me arrestaron bajo la dudosa figura jurídica de “subversión ideológica”. Me dejaron libre a cambio de la promesa de que nunca volvería a ejercer esta “indigna profesión”.
Por esta razón hoy, mis amigos, cuando despertaron en la mañana, recibieron este impreso.
La noche es mi aliada y mi vocación sigue siendo la palabra. Si alguna vez ven una sombra que el amanecer proyecta por debajo de sus puertas, no se asusten, es el panfleto que ha llegado. Por favor, no lo arrojen en la vía pública.
3 Julio 2010 | Por fedechedrese | # Enlace permanente
Paseabas de un lado a otro, sin mirarme, sin mirarte. En el balcón el gato parecía imitar tus movimientos sobre la baranda. Yo trataba de no pensar, me concentraba en los lomos de los libros casi inentendibles para mis ojos cansados.
El vino no era malo, se dejaba. Vos, no. Tenias la robe de chambre mal puesta, estaba seguro de que era tu maligna intención. Las luces tenues me mostraban la panza de uno de tus pechos. Ibas y venias, como el gato en el balcón.
La primera copa era historia, al servirme la segunda, arañé sutilmente la etiqueta. Abriste la canilla para llenar la bañera. Sin hablarme caminabas sensual, agarrando tu estrecha cintura para marcar lo que yo había ofendido.
No usabas nada debajo, como yo te había enseñado, y por ese motivo, paseabas como el gato. Ya el vino me sabía igual, la tercera copa me torturaba. Sentía la melena que crecía al reflejo de mis colmillos.
Saltabas del baño a la cocina, con zancadas firmes. Cambiabas de flanco tan fácil, como lo hace el viento, para ir de la cocina al living, con el torso seguro.
Esbelta, mágica, veloz, inquieta, gacela.
El gato ya no estaba. Volqué la copa. De un solo zarpazo te tomé de la cadera. Esquivaste el primer embate. Saltaste, corriste, huiste.
El depredador siempre da la esperanza de la salvación: acorralada en el pasillo, te saqué el cinturón de la bata, que cayó como un desvencijado telón. No escuche lo que me decías, pero por el movimiento de tu boca supe que eran insultos conocidos. Abrí mis fauces y te mordí en un beso largo. Te movías, como las presas ingenuas.
Cargándote a la habitación susurraste tus últimos quejidos, para terminar de comprender que siempre ibas a ser mi trofeo.
El gato volvió al balcón, su sombra se fundía con la del león y la gacela, que se amaban, salvajes, sobre la estepa.
16 Mayo 2010 | Por fedechedrese | # Enlace permanente
El hotel era el mismo en el que 25 años antes nos habíamos hospedado con mis padres. Su fisonomía estaba un tanto diferente: la fachada enmohecida, la maleza salvaje hecha carne en las paredes y las baldosas sueltas del caminito de entrada. Se me ocurrió que nadie se había vuelto a acordar de este lugar desde que lo abandonamos aquel verano.
Toqué timbre en la recepción. Un vaho húmedo y repugnante me detuvo en el cancel de la puerta. Tomé aire y me acerqué al mostrador. No sabía cómo ni por qué todavía retenía en mi mente el número de la habitación que habíamos ocupado por ese entonces. Pedí la 122.
El cuarto era más pequeño de lo que recordaba. Coloqué el bolso y el casco de la moto sobre la cama de arriba. En el baño enjuagué el polvo que me cubría. Ubiqué la caja de metal sobre la mesa. Saqué todos los elementos menos uno que había olvidado. Me quité los borceguíes. A uno de ellos le extraje el cordón. Serví todo el contenido de una pequeña botella de whisky en el vaso que había encontrado en el baño. Me recosté cuando todavía retenía la bebida en un gran buche. Lo fui tragando lentamente, como el suero vital de un enfermo. Continúa leyendo el contenido de este post
26 Abril 2010 | Por fedechedrese | # Enlace permanente
La calle por donde caminaba aquella mañana con velocidad la señora Borinsky era inclinada; sin embargo, no parecía significarle esfuerzo la pendiente a pesar de su edad y de todos esos achaques que la asediaban.
Pero claro, Mrs. Borinsky, como ella se hacía llamar en algunos círculos pretenciosos, estaba aterrada.
Caminaba girando para un lado y para el otro, como un molinete sometido al capricho del viento. Parecía como si la estuviesen persiguiendo. Aferraba una bolsa de papel junto a su pecho. Sus medias de algodón caían sobre los tobillos. Calzaba unas pantuflas de paño originariamente azul y que los años habían vuelto gris plomo. Su pollera, a pesar de ser larga, no lograba cubrir la enagua color salmón. En definitiva, todo hacía pensar que la señora Borinsky había salido de su casa obligada por una razón tan grande como para mostrarse con sus pelos enmarañados y sin teñir, la cara lavada, y vestida con los colores de una murga.
Continúa leyendo el contenido de este post
8 Abril 2010 | Por fedechedrese | # Enlace permanente
Siempre me pasa lo mismo. El sueño me vence a la misma hora, quince minutos antes de que termine mi programa favorito, recostado a medias con una pierna apoyada en el suelo y con Tato, mi gato, enraizado en los pelos de mi pecho.
Lo peor es a la mañana siguiente. Las cervicales torcidas como las teclas de un piano caído del cielo, la aureola de la baba seca sobre mi camisa y los arañazos que me deja Tato cuando salta desde mi pecho en busca de alguna estúpida cucaracha, esas que pululan desde hace tiempo en el baño.
Irma, la señora que cada tanto realiza la limpieza de mi departamento, me aconseja como a su nieto (“vos sos como mi nieto, el del medio”). Que debo cuidarme de dormir destapado, alimentarme bien por las noches y dejar que el gato duerma en su canasto (“como vas a sacarlo de tu cama el día que tengas una esposa”) Le explique muchas veces que ya tuve una esposa y que por eso tengo al gato. No cree que sea sincero; poco me importa.
Lo real es lo que sentí durante toda una semana del pasado noviembre. Desde ese episodio no considero a Tato una simple compañía, como nadie considera a un hijo como un gasto.
Aquella mañana de lunes parecía igual a otras: cervicales dobladas como bandoneón, la baba, la aureola, mi camisa arrugada y… “Tato”, grite mientras me paraba de un salto.
Lo busque por todo el departamento. Primero revisé los tres ambientes, luego rincón por rincón. Debajo de la cama, del sillón, en la bañadera, dentro de los placares y de las alacenas. Seguí con los sitios más insólitos: en las cacerolas, dos veces en la heladera (la segunda porque pensé que algo se movía en el cajón de las verduras). Aterrado abrí bruscamente el microondas, ya había escuchado muchas historias macabras. Nada.
Me resigne el primer día, supuse que habría salido en búsqueda de otros gatos. Lo imaginé con una pandilla de techo en techo, como aquellos dibujos animados que veíamos de chicos. Acercándose la noche eché un vistazo por los alrededores del edificio.
A media noche, el señor Fernández, el portero, se sorprendió al verme parado frente a su puerta, con mi cara de vértigo, los cabellos desmechados pegados con sudor sobre mi amplia frente, y una mirada de súplica, tan implacable que el hombre no dudó en acompañarme en el rastrillaje. Me abrió la puerta de la terraza, del cuarto de los tanques de agua y el de la caldera en desuso. Miré desde los cuatro lados hacía el vacío, pero solo vi plantas y cabezas diminutas que caminaban en ambos sentidos.
No me dormí hasta media madrugada: las cervicales, la baba, la aureola y la incomodidad del jean.
A las 7.30 toqué el timbre del 1° A, la viejita me atendió con una sonrisa que no borró durante los dos minutos que estuve allí. No había visto ningún gato, ni siquiera sabía que se pudieran tener animales en el edificio. Mentí diciéndole que era una nueva disposición.
En el 2° piso, un matrimonio que salía a trabajar, se mostró acongojado con mi situación. Ellos habían tenido dos gatos de angora durante 12 años. “Los dos murieron con tres meses de diferencia”, me decía la mujer mientras intentaba mostrarme unas fotos que todavía poseía en su billetera. Se lo impedí agradeciendo la atención recibida y antes de que subieran al ascensor, yo ya estaba oteando en el 3° piso.
Analía vive en el tercero D, no quise empezar por su departamento, pero nadie me atendió en los otros cinco. Me sentía un poco avergonzado. Habíamos tenido un romance pasajero, con marchas y contramarchas. Nos visitábamos a horas insólitas. Alguna vez he golpeado su puerta a las cinco de la mañana y ella lo ha hecho a las tres. Teníamos un sexo bastante agotador o para decirlo de otra manera, nos exigíamos más allá de nuestros límites. Creo que eso y lo ruidoso del asunto, me fueron alejando lentamente, esquivando, ocultando, excusando, hasta convertirnos en dos personas que vivían en dos ciudades distintas y no en un mismo edificio.
A punto de golpear la puerta, me acobardé. Volví sobre mis pasos pero ya era tarde. La puerta se abrió de repente. Ella estaba saliendo para su trabajo, vestida con unos pantalones color cobre y una camisa blanca suelta y larga hasta apenas por debajo de la cola. Sus ojos de color miel mostraron asombro al verme. Balbuceé algún tipo de saludo convencional (“¿todo bien?”, “¿qué contás?”, “sí, bárbaro”, “me alegro”), mezclado con una conversación de lo más trivial (“mucha humedad”, “un bajón el transito”, “ir a capital un garrón”). Luego le expliqué la razón por la que estaba acá. (“¿un gato tenés?, ja ja”). Si hasta ese momento ella me había despertado cierta excitación, ese comentario irónico y burlón cumplió con el efecto contrario. Comencé a despedirme. Ella percibió que me había molestado y amagó con recomponer la charla preguntándome algo acerca del gato, pero algo sutil e imperceptible noté en sus ojos, como el recuerdo de un disgusto. Dejó la pregunta a la mitad y casi automáticamente me saludó con un (“chau, nos vemos, supongo”) y me dejó solo frente a su puerta, como si todo hubiera sido una charla con un fantasma.
Golpeé la puerta del 4° E, al comprobar que nadie aparecía, presioné la tecla del timbre que sonó como las campanas de la Iglesia de San Pedro y San Pablo. La señora Su Jieng me escrutó desde su metro con cincuenta como si yo fuera un ladrón que venía a robarle sus bienes y pertenencias. Tenía un delantal de cocina amarillo, con manchas marrones, en una de sus manos empuñaba un hacha de cocina de la que goteaba un líquido rosado y viscoso, como el que uno aprecia cuando troza un pollo. (“no gato, acá, no gato”) me decía como un perfecto chino que intenta hablar argentino. Quise explicarle como era Tato pero, sin escucharme y a los gritos repetía (“no gato, no gato, a otla palte”). Me fui maldiciendo a la china. Pero no me callé y le dije lo que pensaba acerca de Pearl Harbor y del control estatal sobre el buscador Google, que Mao les había lavado la cabeza y que eran una plaga en el Once. (“Koleana, yo, Koleana”) repetía la china.
Me acosté profundamente decepcionado y deprimido: las cervicales, la baba, la aureola y los zapatos sin desatar.
Desperté de madrugada a causa de una pesadilla. En ella, Tato caminaba apaciblemente por la avenida de una ciudad vacía, cuando de repente, desde el horizonte que marcaba la perspectiva de la calle, se encendió un pequeño hongo que se proyecto en segundos hasta donde estaba mi gato, arrasando con todo a su paso.
Un pensamiento horrible me inquietó profundamente. La imagen de la señora Jieng con el hacha goteando y este sueño sobre Hiroshima me dieron la clave de este misterio del que Tato y yo éramos victimas: en ningún momento le había mencionado a la mujer del 4° E que mi gato había desaparecido.
Abrí la ducha y mezclando el agua fría y caliente, logré la temperatura ideal para relajarme y pensar en mis próximos pasos.
Esta vez, Fernández no se sorprendió demasiado cuando me vio nuevamente parado en su puerta. Mi semblante no era el de desesperado de la primera vez. Ahora mis ojos delataban un plan preciso, osado, uno que define, a quien lo lleva a cabo, como a una persona de éxito, y la de un fracasado y tibio a quien se rinde ante el temor a lo desconocido.
(“de ninguna manera, eso de las llaves maestras es un mito”, “aparte sería incapaz de entrar a un departamento o darte la posibilidad de que entrases vos”, “eso de mi relación con la del 7° es mentira”, “¿sobreprecios en la pintura del edificio?”, “¿de qué habla?”, “no, no, señor, el instalador de aire no es mi primo”, “sí, de mi señora puede ser”, “¿fotos?, ¿qué fotos?…)
La llave era igual a la de mi departamento, con la excepción de que estaba cortada por la mitad. La probé en mi puerta. Abrió con la misma facilidad con la que violábamos los diarios íntimos de nuestras amigas de la adolescencia.
Ahora debía asegurar los movimientos de la señora Jieng. Fernández me había dicho de mala gana que ella acostumbraba a salir entre las 14 y 15 hs, el me cubriría en la portería y llamaría a mi teléfono celular en caso de que volviese. Confiaba en Fernández por el simple hecho de que si yo caía, él también.
Tal cual había dicho el portero, a las 14.05 Hs, la china salió del edificio con su canasta de compras.
El departamento estaba en penumbras. Las persianas bajas hasta unos treinta centímetros del suelo, las ventanas cubiertas con una especie de cortina estilo romana con estampados de flores y figuras humanas que descansaban a orillas de un río, en la que hombres ejecutaban lo que me parecía unas liras y mujeres vaciaban jarrones con agua que tenían el mismo dibujo de la cortina que en ese momento yo miraba. Darme cuenta de ese detalle me llevó demasiado tiempo valioso, por lo que me dirigí directo hacia la cocina, sin apreciar los cristaleros llenos de insignificantes adornos de animales, personas diminutas, vasijas pequeñas y otra infinidad de objetos que presumiblemente representaban la cultura de china o de Japón.
La cocina era impecable, pero con un olor tan penetrante que no pude evitar fruncir mi nariz para mitigar el asco. Poseía una enorme heladera, la cual estaba pegada a otro, igual de inmenso, freezer. Primero abrí la heladera. Los estantes estaban atestados de frascos y paquetes escritos en oriental. No pude intuir qué eran esos artículos, sus formas, texturas y olores eran desconocidas para el normal de la gente. Sin perder tiempo fui directo al freezer.
En un primer momento supuse que los trozos de carne congelada serían pecetos o carré de cerdo, tal vez alguna bondiola o un buen pedazo de vacío. Pero los cortes no eran los que habitualmente vemos en las carnicerías. Al colocarlos todos sobre la mesada, me ocurrió lo que habitualmente experimento cuando una especie de miedo e ira invade mi ser, sensaciones que uno las tiene por separado, pero que en mí se manifiestan todas juntas a través de gestos en mi rostro un tanto extraños: la boca en forma de puchero, el resuello acelerado, los ojos tan abiertos que se tornan bizcos y un eterno parpadeo.
Las examiné una por una tratando de comprender. Intentaba descubrir en esos cadáveres alguna señal de Tato, no podía creer que la señora Sue Jieng sea una persona tan desalmada como para asesinar a mi gato y freezarlo como a un lechón para navidad. Enseguida, aparecieron ante mí un torbellino de imágenes: la china, el hacha, “no gato, no gato”, el goteo viscoso, los animales muertos…
Dos horas más tarde, Tato apareció en el palier del edificio, lo encontró Fernández cuando sacaba las bolsas de residuos. Pero ya era demasiado tarde.
La mujer lo merecía, debía enfrentarse cara a cara con el fruto de su inhumanidad. Había colgado trozos de carne por todo el departamento de la japonesa, algunos desde la araña en el living, otros los coloqué a modo de invitados en los sillones. A un cadáver rosado, envuelto al vacío, lo escondí bajo la colcha de la cama, emulando a la película del Padrino.
Tato caminaba como antes sobre mi pecho, sus uñas clavadas eran un bálsamo. Yo estaba recostado sobre la cama, acomodando mis cervicales como mejor podía. Escuché el tumulto que bajaba desde el 4° piso. Los gritos y contra gritos aturdían la paz habitual. (“Holol, esto es un holol. Monstluo, ese homble es un monstluo”)
La policía golpeó mi puerta en la madrugada. Yo tenía de vuelta a mi gato y eso era lo único que importaba.
Ultimos Comentarios