Cuestión de Estilo

Los diarios referían lo que la engañosa realidad ofrecía a los investigadores.

La víctima, decían en sus páginas, era un jubilado de ochenta años. La policía creía que se trataba de un asesinato en ocasión de robo. El living, recargado de inservibles objetos, estaba desordenado. Sus hijas lloraban la tragedia y la desaparición de las joyas.

Los vecinos declararon que, a pesar de vivir en una casa humilde, por dentro estaba “muy bien equipada”. Coincido con ellos, yo tuve la misma impresión.

Según rezaban los diarios, el cuerpo fue hallado sobre una alfombra del living. Tenía el cable del ventilador alrededor del cuello y las manos atadas con cinta de embalar.

En la alfombra había manchas de sangre, porque antes de ahorcarlo lo golpearon varias veces en la cabeza, para que confesara dónde guardaba el dinero. De los golpes y la sangre puedo dar fe.

Los investigadores tratan de determinar si se trató de un robo planificado con un entregador. No hubo un entregador, pero sí, un oportunista.

Voy a relatarles gran parte de los hechos tal cual sucedieron; el resto quedará en la imaginación más o menos próxima a la realidad.

El hombre se llamaba Rafael Z. Lo conocí 15 años atrás cuando trabajaba haciendo changas para los Jefes de la Zona Sur. Una de mis primeras entregas había sido en la calle Solís. Rafael Z. recibió el paquete. En ese momento me causó sorpresa ver al anciano en un negocio tan audaz (luego, como ocurre siempre, ya nada me volvió a sorprender en este trabajo).

Durante unos meses, puntualmente los lunes, le llevaba al viejo el encargue. En todo ese tiempo jamás cruzamos más palabras que los “hola” y “chau” de rigor; sólo escuché de su boca, el último día, un “decíle al Chino que se vaya a la mierda”. No recibió la entrega y no volví más a la casa de la calle Solís, hasta aquella noche.

Antes de continuar, permítanme que les hable un poco de mi persona.

Desde que comencé a trabajar para los Jefes de la Zona Sur, mi vida cambió generosamente. De una pensión húmeda en la que vivíamos con mi viejita, en pocos años pude comprar un chalecito con patio para que ella pudiera sentarse frente a las rosas y escuchar el canto de los pajaritos en las jaulas, pasión que heredé de mi difunto padre, a quien ella evocaba en cada piar.

Soy una persona leal e inteligente; esas dos condiciones me aseguraron el favor de los jefes. Cuando el trabajo de “repartidor” me quedó chico, fui premiado con el puesto que tenía “el mandíbula” Gómez, quien por un asunto de polleras recibió un tiro en la columna que lo postró en una silla de ruedas.

Mi función como chofer del Gordo “infante” Méndez, no era de mi mayor agrado, sobre todo cuando pasábamos a buscar por la casa de la “Paraguaya”, alguna nueva criatura para que el Gordo abusara en su bulín de Barracas. Debo confesar que sentí alivio y, hasta una especie de felicidad contenida, cuando apareció en un descampado en González Catán con la panza abierta. No se supo oficialmente quién lo mató, pero a los Jefes, los escándalos del “infante”, no les caían bien.

Después de la despanzurrada muerte del Gordo, me convertí en la mano derecha del Chino. Hombre diminuto, de pocas palabras, pero con un cerebro y un coraje que no he vuelto a ver jamás.

El Chino era uno de los Jefes más respetados en el ambiente. Su vida estaba plagada de hazañas: escapes de comisarías, riñas, tiroteos, heridas. La leyenda cuenta que la única vez que fue a parar a la cárcel, el juez después de aplicar la sentencia, lo llamó aparte y se deshizo en disculpas por no poder actuar de otra forma. El chino aceptó las explicaciones, ya que lo condenó a dieciocho meses, cuando sus propios abogados preveían una sentencia no menor a los cinco años.

Puedo afirmar que junto al chino me desarrollé profesionalmente. Aprendí todo lo necesario: amenazar y cumplir con la amenaza.

A medida que pasaba el tiempo, el chino me confiaba trabajos cada vez más complejos. El éxito en todos ellos sumó prestigio a mi nombre.

Así fue como el destino me llevó nuevamente hasta Rafael Z. Hay ciertos códigos que toda persona en este círculo no ignora, o al menos no debe ignorar. Éste no fue el caso de Rafael Z.

“Andá a la calle Solís y traéme lo que es mío”, me había dicho el Chino. Y así lo hice.

Al principio fui amable con el viejo, le pedí el paquete para que no hubiera problemas. “Yo no te doy nada, andáte a la mierda vos y el hijo de puta del Chino”. Fue la oración más larga que le había escuchado decir.

El viejo me lo dio lo que fui a buscar después de sólo dos golpes de culata en la cabeza. Juro que fueron dos y bastante suaves. Apenas un hilo de sangre corría por su sien que goteaba en la alfombra del living. Cuando me retiré, lo noté bastante tranquilo, inclusive le recomendé que usara azúcar para cortar la hemorragia. Me había dado pena aquel hombre.

Días más tarde, el Chino me citó en su oficina. Al llegar puso sobre el escritorio el diario con la noticia del viejo Rafael. “Desaparecé por un tiempito; la cana va a venir en cualquier momento”. En vano traté de explicar que nada tenía que ver con eso. El Chino se reía de mí como si yo fuera un adolescente que se excusaba con un cuento inverosímil frente a un profesor, por no haber estudiado la lección del día.

Hace un tiempo que nadie sabe dónde estoy. Sé que están tras mi pista. Hubo un oportunista, lo sé. Tal vez me utilizaron ¿Los Jefes? ¿El Chino? No lo sé ¿Todos?, por qué no.

El diario decía que Rafael Z. había sido estrangulado con el cable del ventilador. Cómo explicarles que ése no es mi estilo.

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