NOCHES DESVELADAS

 

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Noches desveladas,

veladas por el incierto acierto

de desear lo imprudente.

Creyendo con devoción

que la prudencia es sabia,

próspera y adecuada

para salvar amores,

para romper distancias.

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Gotas evaporadas

de lágrimas confusas

que sólo destiñen boletos de tren,

de viajes hacia la nada.

El terror se ciñe en ese ceño

del momento aquel que,

inadecuadamente,

crujen y duelen las entrañas.

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Cla9

4/7/12

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SOY HISTORIA

Voy a contarte una historia. Una historia de suciedad y retazos. Producto de una mente barroca y desvergonzadamente demente.

Una historia de fragilidad y desvelo. Y de postres escondidos.

Siempre creí que la muerte era descanso. Silencio. Negrura eterna.

Y me sorprende con blancos en motto perpetuo, verdes en desorden, rojos en presencia constante, provocando distracciones rotundas, definitivas.

Es como una mácula de hielo se que balancea en un suspiro. Durando lo que dura un estertor de placer en reversa.

Fragilidad enferma de estornudos violentos y quiebres dolorosos.

Saltos contra el vidrio roto de la única ventana.

Resumen de una nada sin vacío, llena de preguntas y dolores.

Todo musicalizado con un piano desertor. Mentiroso en sus notas fugaces, ilusionador de eternidades.

Es una historia con tanta historia que resulta abrumadora.

Así que no. No te la cuento.

Mejor me voy, con las manos llenas de pinturas y huecos llenos de cenizas.

Y te regalo mis notas, repletas de puntos suspensivos.

pnofire

Cla9

30.4.12

HURACÁN

 

wilma

 

Hay cosas que me derriban.

Como una maldición que me cubre para aniquilarme.

Por fortuna no siempre lo logran.

A veces, en un hueco de aire se cuela un recuerdo. Una remembranza de alguna antigua necesidad.

Entonces siento esas garras invisibles que me sacuden con decisión.

La cosa es que últimamente, antes de estrellarme contra todo, siento raíces de pura energía crecerme desde las plantas de mis pies hacia el eterno infierno que me habita.

Y me aferro. Y no me caigo.

Mágicamente logran que me de cuenta una vez más que todo es como es… Está todo a la vista del que quiere ver.

Raíces. Unas buenas raíces es lo que necesitamos para no volar con vientos no deseados. Tormentas ajenas a nuestra razón de ser.

Raíces fuertes, y tan grandes como la frondosa actividad mental y espiritual que nos da ese toque personal como un bello sombrero.

Eso es lo que necesitamos para sobrevivir en esta tierra de vendavales.

(Cuando seamos aire, la canción será otra…)

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Cla9

6/04/12

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Doble o nada (Continuación)


Doble o nada (1ra parte)

Nuncatenés que abandonar la mesa, fue lo primero que me dijo Ernesto cuandodescubrimos que a los dos nos unía esa relación especial con el juego.Erael primer mandamiento en la biblia del jugador.Nosteníamos que quedar ahí pegados a nuestro pleno y no irnos con cualquiera,dejar la mesa como lo hicimos. Lo pienso y no entra en mi cabeza. Nos dejamoscegar por el éxito.  La certeza de que habíamosganado tanta plata nos nubló la razón.Queyo haya caído en la red de la desesperación era entendible pero Ernesto era untipo con experiencia. Antes de conocernos había ganado mucho dinero. Solo queno supo retirarse a tiempo y así como ganó también lo perdió todo. Muchas vecesme contó sus anécdotas de jugador compulsivo. Mientras a mi me horrorizabaescucharlo a él le apasionaba contarme que pasaba día y noche sentado en algunamesa. Que no comía, que podía estar una semana sin bañarse porque el poco quetiempo que pasaba en su casa lo usaba para dormir y volver a jugar al otro día.Sequedó con lo puesto el día que abandonó esta adicción. Pero como todo enfermo tambiéntenía recaídas y yo lo acompañaba.Siemprefui una jugadora social. Nunca gané grandes cantidades ni tampoco perdí todo.Pero mis visitas al casino eran frecuentes. Allí nos conocimos, una noche en elque me iba con unos buenos pesos y Ernesto se me acercó. A las pocas semanasestaba casi instalado en mi casa. Me gustaba mucho pero era inconstante, nadalo llenaba, no podía asumir compromisos, y ya hacía tiempo que tenía ganas decortar la relación.Lacabeza trabaja a una velocidad única. No van a creerme pero en el momento quela bola se posó en el doble cero supe que era el boleto para alejarme de él.Todo pasó rápido por mi mente. Imaginé que él iba a enloquecer con el premio yla verdad yo no tenía ganas de compartir nada con un tipo así. Los roles secambiaron entonces, y él se dio cuenta. Disfruté la desesperación que sintió enese cuarto en que nos dejaron aquella noche. Y aunque me separé de él llorando,cuando los patovas nos mandaron en dos autos diferentes, yo no quería estar conél ni verlo más.Elviaje fue largo, uno de los tipos me hablaba. Me decía que estaba bonita y mepreguntaba que hacía con ese pelotudo. Cuando me bajaron en el descampado sentíun miedo atroz. Me hicieron caminar varios metros. Yo quería correr pero tenía pánico.Estaba de espaldas y esperaba el sonido de la bala. Desde que me sacaron delcasino tuve la certeza de que me iban a matar.¿Quéraro es sentir que te llega la muerte? Lo único que esperaba es que fuerarápida. No quería sufrir. Si me pensaban matar que lo hicieran. Había muchosilencio y luego un golpe muy fuerte. Eso lo recuerdo bien. No se si fue unpalazo o que pero la sensación que mi cabeza se rompía en mil pedazos fueclara. Un golpe seco y fuerte y el calor de la sangre que brotaba. Caí en elpasto, eso fue lo último que vi.Todavíano puedo abrir los ojos pero escucho el murmullo de los médicos. Hago fuerzaspara mover la mano, o para articular palabra pero no puedo. Solo entendí que dijeronque había una lesión importante y que no sabían todavía como iba a ser mirecuperación. Solo necesito abrir los ojos… abrir los ojos, necesitoconcentración…
-Doctor,mi hija abrió los ojos…

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LO QUE TRAE LA MAREA

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Lo que trae la marea es siempre lo que le sobra al mar.

Lo que trae la marea es lo agonizante, lo casi muerto.

Lo que necesita lo cuida, lo retiene (lo esconde).

Indignos de su respeto, nos deja solo ilusiones.

Ilusiones de vuelos profundos y ecos eternos.

Y ya.

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Tanto oleaje abrumador no es idiota (sabe lo que hace).

Sabe qué conservar y qué no.

Conoce la cobardía de los seres que se conforman con minucias.

Con piedritas de colores, con restos de caracolas,

con aguas vivas muertas. Conoce de sus sustos (sus miedos).

Y se ríe.

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Tanto nos falta para una verdadera unidad con todo, que los Grandes no nos creen.

Ven mil gestos simulados de pantomimas patéticas.

Manotazos torpes, ignorantes de consecuencias…

La luna hace todo lo posible por rescatarnos, por vernos bien.

Pero siempre nos falta algo (la ansiedad típica de los cobardes).

El sol se enfurece para sacudirnos de nuestra inercia

(y corremos desesperados a procurarnos un Split).

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Cierta visión limitada hace que vivamos siempre vidas inquietas,

sin disfrutar del momento real…

Ese, en el que somos realmente capaces de todo.

Solamente nos falta una vuelta, un codo.

Y el mar, y el sol y la luna

(y tal vez algunos otros) nos respetarán.

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Cla9

18/3/12

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DOBLE O NADA

-Jugala a doble o nada- dijo Ernesto cuando vio en mi mano todas las fichas que me quedaban y mi intención de poner solo unas más en la mesa.

Eso tenía Ernesto, le encantaban los retos, y más si los retos eran míos. No sé si él hubiera sido capaz de poner todas las fichas al doble cero. Pero cuando la ruleta paró y los ojos del croupier salieron de sus órbitas me di cuenta que mi suerte y mi valor habían pasado la prueba.

Ernesto me abrazaba, me besaba, gritaba como un loco, la gente aplaudía a mi lado, los miraba girar felices como si el dinero fuera de ellos. En el casino había corridas, una rubia de esas que parecen promotoras del TC gritaba con una voz chillona que perforaba mi tímpano,

-Hizo saltar la banca, hizo saltar la banca- y yo entre nervios pensaba en Gerardo Sofovich o Jacobo Winograb. Que pensamientos raros te vienen en los momentos menos esperados. Y además yo sabía que no había hecho saltar nada.

Enseguida un asistente que no tengo idea de donde salió se acercó a mí y me dijo algunas palabras al oído. Me custodiaron junto con Ernesto a una sala pequeña pero antes tuvimos que caminar por unos pasillos bien luminosos hasta llegar a un corredor que tenía las puertas de varios ascensores. Nunca habíamos visto un lugar así en el casino, y eso que éramos concurrentes habituales.

Una vez adentro subimos, creo, tres pisos y llegamos a esta salita pequeña, toda pintada de blanco y con una ventana con vista al rio. Me senté en un silloncito a esperar y Ernesto caminaba para todos lados como si sufriera un trastorno de ansiedad.

-Flaca, ¿dónde nos trajeron? ya me empiezo a preocupar- dijo  algo nervioso- ¿Cuanto más nos van a tener aquí? ¿A qué hora vinimos?

-Callate querés, no se bien, serán cosas de rutina. Tendrán que darnos algunos papeles, acordate que es mucha, mucha guita la que gané.

-Ganamos querrás decir flaca o acaso no vas a repartir el premio conmigo. Creí que había quedado claro que era una sociedad, en buenas y malas

-¿Sociedad?-le dije- ¿de dónde sacaste eso? Sociedad ahora que gané, cuando ganas vos  no hacemos ningún arreglo me parece o me diste algo antes.

Ernesto tiene la puta costumbre de mirarte desafiante, como queriendo demostrar que es el único que tiene la razón. Esta vez no me gustó.

-Mira flaquita no me vengas con eso ahora, y acá, cállate la boca, lo hablamos cuando  estemos en casa.

-¿En casa? De que casa me hablas Ernesto. El tequilita que te tomaste hace rato te hizo mal. Desde cuando mi casa es tu casa.

Las mujeres tenemos eso, somos capaces de hablar de las cosas más profundas en el lugar y el momento menos indicado.

-No te querés quedar a dormir, tenemos sexo y te vas. No dejás que diga que sos mi novio. Somos amigos, tenemos una relación especial, decís. Y ahora que gané esta platita me venís con “lo hablamos en casa”. Es mi casa chabón. Que te quede claro.

Cada vez me miraba peor. Me di cuenta que tenía ganas de darme un cachetazo, pero no lo iba a hacer, era bicho, justo ahora que yo había ganado tanto en la ruleta, él no me iba a dejar. Me imagino lo que estaría pensando. Departamento nuevo, viajes, ropa  de marca como le gusta comprar, perfumes. Justo ahora Ernesto no me iba a dejar. Era gracioso ver como se tragaba su orgullo cuando me dijo

-No seas tontita, si vos sabés que yo te quiero.

Me le reí en la cara, me le reí a carcajadas. Me interrumpió la llegada de otro hombre. Fue el que nos dio todas las indicaciones.

-Los hicimos esperar porque necesitamos que venga el abogado de la firma- comenzó diciendo- el va a ser el encargado de explicarles lo que pasó.

-¿Lo qué pasó? – se preguntó Ernesto, y frunció el entrecejo entendiendo algo que yo no entendía.

-Sí, indudablemente ustedes sabrán que el casino no dispone del dinero que la señorita ganó. Así que en cuanto llegue el abogado hablaremos con él.

-Para un poco rubio- rugió Ernesto- no hace falta que traigas a ningún abogado, vos nos vas a pagar lo que ganamos, no vamos a arreglar nada de nada.

-Le pido que se tranquilice caballero que pronto vamos a hablar- fue la última palabra que dijo el rubio antes de cerrar la puerta.

Ernesto quiso seguirlos pero como era lógico nos habían dejado encerrados. No se si no fui consciente de lo que pasaba o era la hora o el alcohol, pero mientras él estaba como loco yo no podía contener los bostezos.

-No te duermas infeliz- me dijo- en tu cabecita hueca ¿no te entra lo que está pasando? Ganamos mucha guita flaca, mucha y estos cuervos nos quieren arreglar vaya a saber con cuanto.

- Si pero que podemos hacer, hasta que no vengan no sabemos nada.

-Flaquita nos tienen encerrados no se desde hace cuanto, despertate de una buena vez. Vos me preguntas siempre por qué soy así con vos, porque me enferma tu actitud. Te estás durmiendo cuando nos acaban de decir que no nos van a pagar la plata que ganamos.

No se cuantas horas pasaron pero ya era de día, el estomago me dolía, eran nervios y hambre. Yo me había sentado cerca de la ventana, corrí el silloncito y miraba como salía el sol. Él por el contrario no paró de moverse, se comía las uñas y refunfuñaba cosas que ni recuerdo. Cuando supongo eran las 9 de la mañana una señorita muy bien vestida nos trajo unos desayunos de Mc Donald. Venía acompañada de un gordo que seguramente era de seguridad.

Ernesto les gritaba, les hablaba de su indignación y la falta de respeto, ellos nos dijeron nada, dejaron la bolsa y se fueron.

Yo me tomé el café con el tostado y el jugo. Él no quiso probar nada.

-Comé algo al menos, aunque te enojes nos van a atender a la hora que quieran- me miró con odio.

Pasada una hora y media nos vinieron a buscar. Esta vez no fueron tan amables como cuando nos llevaron, no estaba el rubio de la noche anterior, ni la señorita, ni el gordo.  Eran 4 hombres que parecían de seguridad. Nos tomaron de los hombros como si fuéramos delincuentes, nos sacaron nuevamente por el ascensor. Salimos al subsuelo del casino, ese si lo conocía, eran donde funcionan las cocheras. Estaba vacío, ni siquiera estaba nuestro auto. Ernesto me miró mal. Creo que se asustó como yo porque no dijo nada durante ese el tiempo.

Nos separaron dos viajaron conmigo en un auto y dos se fueron con él. En vano fue pedir que nos dejen juntos o gritar que nos digan donde nos llevaban. Lo último que recuerdo fue un golpe fuerte en la cabeza después de bajarme en el medio de un descampado. Y ahora esto…


coma

Continuará…
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Lala ʚϊɞ
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Cuestión de Estilo

Los diarios referían lo que la engañosa realidad ofrecía a los investigadores.

La víctima, decían en sus páginas, era un jubilado de ochenta años. La policía creía que se trataba de un asesinato en ocasión de robo. El living, recargado de inservibles objetos, estaba desordenado. Sus hijas lloraban la tragedia y la desaparición de las joyas.

Los vecinos declararon que, a pesar de vivir en una casa humilde, por dentro estaba “muy bien equipada”. Coincido con ellos, yo tuve la misma impresión.

Según rezaban los diarios, el cuerpo fue hallado sobre una alfombra del living. Tenía el cable del ventilador alrededor del cuello y las manos atadas con cinta de embalar.

En la alfombra había manchas de sangre, porque antes de ahorcarlo lo golpearon varias veces en la cabeza, para que confesara dónde guardaba el dinero. De los golpes y la sangre puedo dar fe.

Los investigadores tratan de determinar si se trató de un robo planificado con un entregador. No hubo un entregador, pero sí, un oportunista.

Voy a relatarles gran parte de los hechos tal cual sucedieron; el resto quedará en la imaginación más o menos próxima a la realidad.

El hombre se llamaba Rafael Z. Lo conocí 15 años atrás cuando trabajaba haciendo changas para los Jefes de la Zona Sur. Una de mis primeras entregas había sido en la calle Solís. Rafael Z. recibió el paquete. En ese momento me causó sorpresa ver al anciano en un negocio tan audaz (luego, como ocurre siempre, ya nada me volvió a sorprender en este trabajo).

Durante unos meses, puntualmente los lunes, le llevaba al viejo el encargue. En todo ese tiempo jamás cruzamos más palabras que los “hola” y “chau” de rigor; sólo escuché de su boca, el último día, un “decíle al Chino que se vaya a la mierda”. No recibió la entrega y no volví más a la casa de la calle Solís, hasta aquella noche.

Antes de continuar, permítanme que les hable un poco de mi persona.

Desde que comencé a trabajar para los Jefes de la Zona Sur, mi vida cambió generosamente. De una pensión húmeda en la que vivíamos con mi viejita, en pocos años pude comprar un chalecito con patio para que ella pudiera sentarse frente a las rosas y escuchar el canto de los pajaritos en las jaulas, pasión que heredé de mi difunto padre, a quien ella evocaba en cada piar.

Soy una persona leal e inteligente; esas dos condiciones me aseguraron el favor de los jefes. Cuando el trabajo de “repartidor” me quedó chico, fui premiado con el puesto que tenía “el mandíbula” Gómez, quien por un asunto de polleras recibió un tiro en la columna que lo postró en una silla de ruedas.

Mi función como chofer del Gordo “infante” Méndez, no era de mi mayor agrado, sobre todo cuando pasábamos a buscar por la casa de la “Paraguaya”, alguna nueva criatura para que el Gordo abusara en su bulín de Barracas. Debo confesar que sentí alivio y, hasta una especie de felicidad contenida, cuando apareció en un descampado en González Catán con la panza abierta. No se supo oficialmente quién lo mató, pero a los Jefes, los escándalos del “infante”, no les caían bien.

Después de la despanzurrada muerte del Gordo, me convertí en la mano derecha del Chino. Hombre diminuto, de pocas palabras, pero con un cerebro y un coraje que no he vuelto a ver jamás.

El Chino era uno de los Jefes más respetados en el ambiente. Su vida estaba plagada de hazañas: escapes de comisarías, riñas, tiroteos, heridas. La leyenda cuenta que la única vez que fue a parar a la cárcel, el juez después de aplicar la sentencia, lo llamó aparte y se deshizo en disculpas por no poder actuar de otra forma. El chino aceptó las explicaciones, ya que lo condenó a dieciocho meses, cuando sus propios abogados preveían una sentencia no menor a los cinco años.

Puedo afirmar que junto al chino me desarrollé profesionalmente. Aprendí todo lo necesario: amenazar y cumplir con la amenaza.

A medida que pasaba el tiempo, el chino me confiaba trabajos cada vez más complejos. El éxito en todos ellos sumó prestigio a mi nombre.

Así fue como el destino me llevó nuevamente hasta Rafael Z. Hay ciertos códigos que toda persona en este círculo no ignora, o al menos no debe ignorar. Éste no fue el caso de Rafael Z.

“Andá a la calle Solís y traéme lo que es mío”, me había dicho el Chino. Y así lo hice.

Al principio fui amable con el viejo, le pedí el paquete para que no hubiera problemas. “Yo no te doy nada, andáte a la mierda vos y el hijo de puta del Chino”. Fue la oración más larga que le había escuchado decir.

El viejo me lo dio lo que fui a buscar después de sólo dos golpes de culata en la cabeza. Juro que fueron dos y bastante suaves. Apenas un hilo de sangre corría por su sien que goteaba en la alfombra del living. Cuando me retiré, lo noté bastante tranquilo, inclusive le recomendé que usara azúcar para cortar la hemorragia. Me había dado pena aquel hombre.

Días más tarde, el Chino me citó en su oficina. Al llegar puso sobre el escritorio el diario con la noticia del viejo Rafael. “Desaparecé por un tiempito; la cana va a venir en cualquier momento”. En vano traté de explicar que nada tenía que ver con eso. El Chino se reía de mí como si yo fuera un adolescente que se excusaba con un cuento inverosímil frente a un profesor, por no haber estudiado la lección del día.

Hace un tiempo que nadie sabe dónde estoy. Sé que están tras mi pista. Hubo un oportunista, lo sé. Tal vez me utilizaron ¿Los Jefes? ¿El Chino? No lo sé ¿Todos?, por qué no.

El diario decía que Rafael Z. había sido estrangulado con el cable del ventilador. Cómo explicarles que ése no es mi estilo.

COMO RAMA SUELTA

Con los pies violetas del frío, crucé la calle esquivando las olas.

Olas desubicadas, qué hacen por aquí?

Tengo que encontrar a Lupo. Sé que me está esperando. Iba por su alimento cuando la tormenta me alcanzó…

No se veía nada. El entorno era tan ajeno que me llevaba como rama suelta. Sé que perdí el rumbo. Sé que no sabía dónde estaba. Pero Lupo lloraba en mis lágrimas desesperadas, y sólo quería abrazar su pelo atigrado.

Corrí a ciegas, pateando cosas bajo el agua negra. Ya no sentía dolor. El ansia me empujaba como un grito y sólo quería llegar. Un rayo azul casi me ciega, pero logró que vea el camino.

Ahí fue que atravesé paredes que me desgarraron. Y vi mi sangre mezclarse con la mugre.

Vislumbré una manera mediocre de morir. Y no me gustó. A dónde iba? Ahí. Ahí voy.

Una eternidad. Una eternidad, resultó ser el mientrastanto; hasta que lo vi. Entregado. Medio muerto. Con los ojos entrecerrados diciendo a gritos no poder más.

Hay gente que no sabe lo que es no poder más.

Redundan en actitudes devastadoras, como gracia, como signo de poder.

Arremeten con sus psicosis impunemente, ignorando los límites ajenos.

Son sencillamente asesinos de naturalezas…

Ver a mi perro fue como despertar de un sueño reparador. Lo alcé y le di todo lo que tenía para él.

Salimos de ese infierno, arruinados pero vivos.

Y sus orejas me sanaban el alma.

Y sus suaves lengüetazos hacían que todo tenga sentido.

Hoy los dos sabemos que nos une una fuerza superior a cualquier tormenta.

Somos cazadores. Somos sobrevivientes. Estamos alertas.

Y disfrutamos cada minuto de esta vida incierta.

lupus1

Cla9

14.11.11

RESPIRAR

 

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Cuando pude respirar

te vi tal cual sos.

Ningún humo denso borroneó tu imagen.

Ninguna ceniza opacó tu luz.

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Recorro tus colores como turista,

sin apuro, curiosa, con risa.

Bebo el rocío de tus lágrimas con agradecimiento.

Vagueo sin culpa por las opciones de las formas.

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Respirar no es poca cosa.

Suena como el imprescindible bajo,

y tiene el sabor de lo obvio.

Pero nace, enferma y muere,

como todo por aquí.

Como tantos, como muchos.

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Respiro y todo tiene otro olor.

Otro silencio, otra pausa.

Es como una vida nueva,

que renueva y clarifica.

.

Disfruto cada segundo de esta libertad condicionada,

hasta la próxima tanda

de esperanzas ahogadas.

.

Cla9

11.10.11

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