SOY HISTORIA

Voy a contarte una historia. Una historia de suciedad y retazos. Producto de una mente barroca y desvergonzadamente demente.

Una historia de fragilidad y desvelo. Y de postres escondidos.

Siempre creí que la muerte era descanso. Silencio. Negrura eterna.

Y me sorprende con blancos en motto perpetuo, verdes en desorden, rojos en presencia constante, provocando distracciones rotundas, definitivas.

Es como una mácula de hielo se que balancea en un suspiro. Durando lo que dura un estertor de placer en reversa.

Fragilidad enferma de estornudos violentos y quiebres dolorosos.

Saltos contra el vidrio roto de la única ventana.

Resumen de una nada sin vacío, llena de preguntas y dolores.

Todo musicalizado con un piano desertor. Mentiroso en sus notas fugaces, ilusionador de eternidades.

Es una historia con tanta historia que resulta abrumadora.

Así que no. No te la cuento.

Mejor me voy, con las manos llenas de pinturas y huecos llenos de cenizas.

Y te regalo mis notas, repletas de puntos suspensivos.

pnofire

Cla9

30.4.12

Too sexy for my love

En ese tiempo yo no sabía nada del amor ni del sexo.

Apenas si conocía esa puntadita que aparecía en la ingle, que bajaba y subía como un cosquilleo desde las piernas hasta el ombligo cuando lo veía venir caminando hacia mí con andar de pasarela. Lo más cerca que había estado de un otro masculino era el beso con el compañerito de primaria que según supe más tarde, no fue más que un pico.

La pendeja que yo era no podía saber si eso era amor a primera vista o calentura, si es que existiera alguna diferencia. Si eso hubiera sucedido en este tiempo, es decir si yo hubiera nacido en esta era, podría haber buscado en Google o leído en Twitter que uno tarda 8 segundos y algo en enamorarse y que eso que me estaba pasando era completamente normal aunque se sintiera internamente como algo sucio.
¿Cómo saberlo? Por ese entonces tenía el chip de la sexualidad acorde al clima de época, que ponía ante las chicas el debate entre la rigidez del NO a la prueba de amor de Tita Merello y el gusanito de la liberación sexual suavemente acompañada por la música de Los Beatles.
En realidad yo mucho no me debatía porque mi chip vino flexible o fallado, ya que en el segundo encuentro con el sujeto me olvidé de todo y empecé a tomar clases de onomatopeya del orgasmo. Sí, a él le encantaba escuchar con lujo de detalles mis orgasmos y así me acostumbró, bien gritona.

Pero me apresuré en el relato porque entre el primer y el segundo encuentro hubo un abismo de silencio. Ninguno de los dos teníamos teléfono, en ese tiempo el teléfono era cosa de familias pudientes y estaba claro que nosotros no lo éramos. Tan es así que la tarde que nos encontramos, o se podría decir que me encontró, yo me estaba rateando del colegio y había entrado a tomar un café al bar más céntrico y popular. Toda la ropa que llevaba puesta se la había robado a mi hermana la noche anterior, y como me estaba hospedando en la casa de una tía no me animé a darle la dirección. Mi tía me daba alojamiento para que pudiera estudiar, no para que citara a un tipo. Mucho menos a un tipo 10 años mayor que yo. Así que nada de intercambiar números de celulares, ni direcciones de correo electrónico, ni SMS ni MSN. No existía nada de eso, así que quedamos librados a la buena suerte o al destino. Eso era romántico.

Retomemos el hilo temporal. Esa primera tarde se acercó sin anestesia, se sentó a mi lado sin pedir permiso en el apartado de sillones forrados en cuerina color tiza, portando una hilera completa de dientes blanquísimos dentro de una boca carnosa y un llavero que iba y venía entre las manos de dedos largos, tocándose la nariz muchas veces — ahora sé que mentía un poco gracias a una serie que vi por internet—, pero en ese entonces no podía saberlo porque además olía bien. Siempre olía bien y se vestía como para un desfile de modas. Para romper el hielo bromeó con su propio nombre, dijo que era un nombre muy poco original —y era cierto— pero que importaba. El resto de él era tan original, que me hizo pensar que en alguna parte debía tener un tatuaje de marca exclusiva. Yo nunca había visto de cerca a un hombre tan hermoso y encantador, no estoy exagerando nada, ya que nunca hubo después de él un hombre así cerca de mí.

Charlamos un rato —en honor a la verdad habló todo el tiempo él—, yo me limité a sonreír y decir que si con la cabeza, en ese instante la verborragia me había abandonado, así que cuando se fue temí mucho no volver a verlo, aunque más tarde supe que él no se había interesado en mí precisamente por el arte de  la conversación.

Obvio que no le dije que me estaba haciendo la rata del colegio, y ahora que lo pienso yo también me habré tocado la nariz cuando le conté con monosílabos que estaba esperando a una amiga que evidentemente me había fallado y que solía ir muy seguido a ese bar. Entonces se fue. Sin celular, sin correo electrónico, sin Google, sin Twitter, dejó flotando su perfume y se esfumó, como una aparición del paraíso.

Continuará

(El video con la música se los debo. Imposible subirlo. Gracias Blogs de la gente)

HURACÁN

 

wilma

 

Hay cosas que me derriban.

Como una maldición que me cubre para aniquilarme.

Por fortuna no siempre lo logran.

A veces, en un hueco de aire se cuela un recuerdo. Una remembranza de alguna antigua necesidad.

Entonces siento esas garras invisibles que me sacuden con decisión.

La cosa es que últimamente, antes de estrellarme contra todo, siento raíces de pura energía crecerme desde las plantas de mis pies hacia el eterno infierno que me habita.

Y me aferro. Y no me caigo.

Mágicamente logran que me de cuenta una vez más que todo es como es… Está todo a la vista del que quiere ver.

Raíces. Unas buenas raíces es lo que necesitamos para no volar con vientos no deseados. Tormentas ajenas a nuestra razón de ser.

Raíces fuertes, y tan grandes como la frondosa actividad mental y espiritual que nos da ese toque personal como un bello sombrero.

Eso es lo que necesitamos para sobrevivir en esta tierra de vendavales.

(Cuando seamos aire, la canción será otra…)

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Cla9

6/04/12

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Dark Paradise

Lilith se mira el perfil en el espejo empañado del baño que la refleja de cuerpo entero. Toma su pelo húmedo desde las puntas y lo estruja hacia arriba para darle forma natural a sus bucles carmesí, luego los suelta. Él la observa hacer mientras se seca enérgicamente con el toallón que tiene en una de sus esquinas el logo del hotelito en la montaña que eligió para que pasaran juntos el fin de semana.

—Tengo un problema—dice ella sin dejar de mirar su silueta en el espejo. Él se detiene como esperando  una noticia incómoda.

—No, no es eso, no te preocupes—dice la joven mirándolo a través del espejo. Él se acerca por detrás.

—Es un conflicto interno—continúa ella—, no me siento bien siguiendo tu juego.

—Yo no estoy jugando a nada—. Susurra él con los labios en su cuello.

—Metafóricamente. Tu juego consiste convencerme de que este momento es todo lo que existe. Tú y yo, en este cuarto, haciendo el amor en una dimensión sin tiempo, nosotros dos,  nada más importa. Pero ahora, este momento, es  una percepción falsa de eternidad. Mientras estamos del lado de la luz la oscuridad no cuenta. Eso es un engaño. Allá afuera, cruzando esa puerta está esperando la oscuridad. Otra vez. Esperando para cobrarse cada momento de sol…

Él la toma por la cintura y con delicadeza la alza hasta sentarla sobre el mármol, para que los ojos de ella queden justo a la altura de sus ojos. Le acomoda un mechón con el dorso de sus dedos, rodea su cara aniñada con una mano que la contiene por completo. Ella instintivamente adelanta su cadera para pegar sexo con sexo. Él lo acepta con un gesto de supremacía masculina que no se condice con la tristeza que emana de su voz.

—Es bello y poético lo que dices, pero no es del todo verdadero. El juego es así, pero no soy yo quien hace las reglas. No soy el que pone ahí a la oscuridad, no soy el verdugo. También soy el condenado y, te aseguro que sufro tanto como tú. Si esto es alguna especie de juego, es uno en el que ambos perdemos.

Están tan cerca que ya no pueden decirse palabras. Ella se cuelga de su cuello, él la lleva hasta el borde de la cama y de allí hasta el borde del universo.

II

Lilith despierta estirando sus brazos al lado opuesto de la cama. Adán ya no está. Lo supone lejos, tragado por esa insaciable oscuridad. Siente su sexo húmedo de lágrimas en solitario, así como toda ella. Busca en su bolso las malditas píldoras que la ayudarán a no despertar otra vez en el lado oscuro. Él se fue tras su vida hecha de esposa, hijos, carrera, obligaciones. Ella no puede más. No se dejaría engañar otra vez con el juego de la eternidad ficticia. No soporta ser abandonada otra vez. Las píldoras no son más que gentiles pasaportes hacia una verdadera realidad sin tiempo. Sin dolor detrás de las puertas. Semidormida camina hacia la bañera, la llena de agua tibia y perfumada. Adiós Adán, tal vez nos veremos del otro lado. Es una dulce despedida, sin dolor.

III

Adán sube los escalones de dos en dos, ansioso por ver la felicidad de Lilith cuando le cuente las novedades. Avanza con un ramo de rosas rojas en su mano izquierda y las marcas de una noche en vela debajo de los ojos. No pudo dormir. La perspectiva de cruzar esa puerta dejando atrás lo que más ama en el universo le resulta ya insoportable. Lilith tiene razón, él puede elegir. Él puede cambiar las reglas del juego, de nadie más depende, puede romper con su esposa, posponer su carrera, enfrentar al mundo como un niño recién nacido, dejar todo, incluso sus posesiones, nada vale tanto como su amada Lilith. Nada de lo que deje atrás supera la felicidad de pasar una noche a su lado, tomando entre sus manos la cara pequeña y sonriente.

IV

Lilith está hundida en el agua y sus cabellos flotan en una danza que enmarca su rostro, más pálido y bello que nunca. Adán trata de revivirla a sabiendas de que es inútil, mientras en un quinto plano, alejado de toda lógica, un conserje llama al 911.Es el mismo conserje quien le pone una mano en el hombro, murmurando que la deje, que es inútil, que ella se ha ido.Y Adán comprende como son las cosas, como fueron siempre. Ella eligió de que lado estar. Y él no tuvo ni tendrá coraje para seguirla. Esperará hasta que algún otro decida por él, atrapado en el lado oscuro.

Everytime I close my eyes
It’s like a dark paradise
No one compares to you
I’m scared that you won’t be waiting on the other side
Everytime I close my eyes
It’s like a dark paradise
No one compares to you
I’m scared that you won’t be waiting on the other side


Doble o nada (Continuación)


Doble o nada (1ra parte)

Nuncatenés que abandonar la mesa, fue lo primero que me dijo Ernesto cuandodescubrimos que a los dos nos unía esa relación especial con el juego.Erael primer mandamiento en la biblia del jugador.Nosteníamos que quedar ahí pegados a nuestro pleno y no irnos con cualquiera,dejar la mesa como lo hicimos. Lo pienso y no entra en mi cabeza. Nos dejamoscegar por el éxito.  La certeza de que habíamosganado tanta plata nos nubló la razón.Queyo haya caído en la red de la desesperación era entendible pero Ernesto era untipo con experiencia. Antes de conocernos había ganado mucho dinero. Solo queno supo retirarse a tiempo y así como ganó también lo perdió todo. Muchas vecesme contó sus anécdotas de jugador compulsivo. Mientras a mi me horrorizabaescucharlo a él le apasionaba contarme que pasaba día y noche sentado en algunamesa. Que no comía, que podía estar una semana sin bañarse porque el poco quetiempo que pasaba en su casa lo usaba para dormir y volver a jugar al otro día.Sequedó con lo puesto el día que abandonó esta adicción. Pero como todo enfermo tambiéntenía recaídas y yo lo acompañaba.Siemprefui una jugadora social. Nunca gané grandes cantidades ni tampoco perdí todo.Pero mis visitas al casino eran frecuentes. Allí nos conocimos, una noche en elque me iba con unos buenos pesos y Ernesto se me acercó. A las pocas semanasestaba casi instalado en mi casa. Me gustaba mucho pero era inconstante, nadalo llenaba, no podía asumir compromisos, y ya hacía tiempo que tenía ganas decortar la relación.Lacabeza trabaja a una velocidad única. No van a creerme pero en el momento quela bola se posó en el doble cero supe que era el boleto para alejarme de él.Todo pasó rápido por mi mente. Imaginé que él iba a enloquecer con el premio yla verdad yo no tenía ganas de compartir nada con un tipo así. Los roles secambiaron entonces, y él se dio cuenta. Disfruté la desesperación que sintió enese cuarto en que nos dejaron aquella noche. Y aunque me separé de él llorando,cuando los patovas nos mandaron en dos autos diferentes, yo no quería estar conél ni verlo más.Elviaje fue largo, uno de los tipos me hablaba. Me decía que estaba bonita y mepreguntaba que hacía con ese pelotudo. Cuando me bajaron en el descampado sentíun miedo atroz. Me hicieron caminar varios metros. Yo quería correr pero tenía pánico.Estaba de espaldas y esperaba el sonido de la bala. Desde que me sacaron delcasino tuve la certeza de que me iban a matar.¿Quéraro es sentir que te llega la muerte? Lo único que esperaba es que fuerarápida. No quería sufrir. Si me pensaban matar que lo hicieran. Había muchosilencio y luego un golpe muy fuerte. Eso lo recuerdo bien. No se si fue unpalazo o que pero la sensación que mi cabeza se rompía en mil pedazos fueclara. Un golpe seco y fuerte y el calor de la sangre que brotaba. Caí en elpasto, eso fue lo último que vi.Todavíano puedo abrir los ojos pero escucho el murmullo de los médicos. Hago fuerzaspara mover la mano, o para articular palabra pero no puedo. Solo entendí que dijeronque había una lesión importante y que no sabían todavía como iba a ser mirecuperación. Solo necesito abrir los ojos… abrir los ojos, necesitoconcentración…
-Doctor,mi hija abrió los ojos…

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LO QUE TRAE LA MAREA

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Lo que trae la marea es siempre lo que le sobra al mar.

Lo que trae la marea es lo agonizante, lo casi muerto.

Lo que necesita lo cuida, lo retiene (lo esconde).

Indignos de su respeto, nos deja solo ilusiones.

Ilusiones de vuelos profundos y ecos eternos.

Y ya.

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Tanto oleaje abrumador no es idiota (sabe lo que hace).

Sabe qué conservar y qué no.

Conoce la cobardía de los seres que se conforman con minucias.

Con piedritas de colores, con restos de caracolas,

con aguas vivas muertas. Conoce de sus sustos (sus miedos).

Y se ríe.

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Tanto nos falta para una verdadera unidad con todo, que los Grandes no nos creen.

Ven mil gestos simulados de pantomimas patéticas.

Manotazos torpes, ignorantes de consecuencias…

La luna hace todo lo posible por rescatarnos, por vernos bien.

Pero siempre nos falta algo (la ansiedad típica de los cobardes).

El sol se enfurece para sacudirnos de nuestra inercia

(y corremos desesperados a procurarnos un Split).

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Cierta visión limitada hace que vivamos siempre vidas inquietas,

sin disfrutar del momento real…

Ese, en el que somos realmente capaces de todo.

Solamente nos falta una vuelta, un codo.

Y el mar, y el sol y la luna

(y tal vez algunos otros) nos respetarán.

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Cla9

18/3/12

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Más allá del muro

azahares

Aquí estamos las cuatro, vestidas de blanco. Mamá, mi hermana, mi sobrina y yo. Las tres generaciones unidas, listas para caminar hacia lo que se encuentra detrás del gran muro.

Nos percibimos como una sola, así nos educaron para los grandes momentos de la vida. Con vaporosos ropajes hechos para la ocasión, que vestimos sobre el cuerpo limpio y perfumado. Mamá se esmeró entretejiendo flores de estación en las trenzas doradas de Ernestina, la más pequeña de la cofradía. Mariana y yo llevamos sendos ramos azahar en la mano.

No recuerdo otro momento en que hayamos sentido tal comunión, aunque hubo muchos parecidos a éste. Nos recuerda a aquellas tardes inefables de tejido al crochet, tortas caseras y té en el comedor de la abuela Clara. Nos llega una ráfaga del inconfundible aroma a canela de aquellas jornadas. Señal de que la abuela Clara no anda muy lejos. Avanzamos con la confianza que otorgan los aromas que ascienden desde la infancia, trayendo consigo el confort de una época en que estábamos a resguardo y en el mejor de los mundos posibles.

Sentimos que volveremos a entrar en ese mundo una vez que alcancemos la puerta adornada con flores que deja entrever esa luz que materializa el amor más real que jamás hemos sentido. Tomadas de la mano revivimos en segundos los hechos más trascendentes de nuestras vidas, mientras una compasiva llovizna va lavando todo el barro, toda la sangre, toda la mugre acumulada en el tránsito. Agradecemos a todos los actores que nos han honrado con su compañía todo el tiempo que duró nuestra obra.

Cuando podemos ver de cerca a la abuela Clara rodeada de otros rostros conocidos, entendemos que es el momento de dejar caer el telón, de dar vuelta la página y mirar hacia atrás por última vez.

Nuestros cuatro cuerpos están dispersos por la casa. Uno en el comedor, otro en el baño, dos en la habitación.  La sangre está seca y es tanta que parece teñir todo de rojo. El hombre asustado no pudo borrar todas sus huellas, solo atinó a huir tratando de esconder el cuchillo. Ese hombre es el que alguna de nosotras había amado, a quien le habíamos abierto la puerta mientras algunas dormíamos, confiadas. Ese pobre ser encarnado tendrá que esperar mucho, mucho tiempo para llegar hasta donde estamos ahora, tendrá que acarrear ese peso en el alma hasta poder aprobar la lección. De eso se trata todo, pero ni él, ni nadie allá atrás, lo sabe como nosotras.

Para nosotras, el ser del cuchillo es un actor más, un punto oscuro que retrocede en la niebla ilusoria de la realidad de aquel lado del muro.

Nosotras seguimos moviéndonos hacia adelante. Siempre hacia adelante.

DOBLE O NADA

-Jugala a doble o nada- dijo Ernesto cuando vio en mi mano todas las fichas que me quedaban y mi intención de poner solo unas más en la mesa.

Eso tenía Ernesto, le encantaban los retos, y más si los retos eran míos. No sé si él hubiera sido capaz de poner todas las fichas al doble cero. Pero cuando la ruleta paró y los ojos del croupier salieron de sus órbitas me di cuenta que mi suerte y mi valor habían pasado la prueba.

Ernesto me abrazaba, me besaba, gritaba como un loco, la gente aplaudía a mi lado, los miraba girar felices como si el dinero fuera de ellos. En el casino había corridas, una rubia de esas que parecen promotoras del TC gritaba con una voz chillona que perforaba mi tímpano,

-Hizo saltar la banca, hizo saltar la banca- y yo entre nervios pensaba en Gerardo Sofovich o Jacobo Winograb. Que pensamientos raros te vienen en los momentos menos esperados. Y además yo sabía que no había hecho saltar nada.

Enseguida un asistente que no tengo idea de donde salió se acercó a mí y me dijo algunas palabras al oído. Me custodiaron junto con Ernesto a una sala pequeña pero antes tuvimos que caminar por unos pasillos bien luminosos hasta llegar a un corredor que tenía las puertas de varios ascensores. Nunca habíamos visto un lugar así en el casino, y eso que éramos concurrentes habituales.

Una vez adentro subimos, creo, tres pisos y llegamos a esta salita pequeña, toda pintada de blanco y con una ventana con vista al rio. Me senté en un silloncito a esperar y Ernesto caminaba para todos lados como si sufriera un trastorno de ansiedad.

-Flaca, ¿dónde nos trajeron? ya me empiezo a preocupar- dijo  algo nervioso- ¿Cuanto más nos van a tener aquí? ¿A qué hora vinimos?

-Callate querés, no se bien, serán cosas de rutina. Tendrán que darnos algunos papeles, acordate que es mucha, mucha guita la que gané.

-Ganamos querrás decir flaca o acaso no vas a repartir el premio conmigo. Creí que había quedado claro que era una sociedad, en buenas y malas

-¿Sociedad?-le dije- ¿de dónde sacaste eso? Sociedad ahora que gané, cuando ganas vos  no hacemos ningún arreglo me parece o me diste algo antes.

Ernesto tiene la puta costumbre de mirarte desafiante, como queriendo demostrar que es el único que tiene la razón. Esta vez no me gustó.

-Mira flaquita no me vengas con eso ahora, y acá, cállate la boca, lo hablamos cuando  estemos en casa.

-¿En casa? De que casa me hablas Ernesto. El tequilita que te tomaste hace rato te hizo mal. Desde cuando mi casa es tu casa.

Las mujeres tenemos eso, somos capaces de hablar de las cosas más profundas en el lugar y el momento menos indicado.

-No te querés quedar a dormir, tenemos sexo y te vas. No dejás que diga que sos mi novio. Somos amigos, tenemos una relación especial, decís. Y ahora que gané esta platita me venís con “lo hablamos en casa”. Es mi casa chabón. Que te quede claro.

Cada vez me miraba peor. Me di cuenta que tenía ganas de darme un cachetazo, pero no lo iba a hacer, era bicho, justo ahora que yo había ganado tanto en la ruleta, él no me iba a dejar. Me imagino lo que estaría pensando. Departamento nuevo, viajes, ropa  de marca como le gusta comprar, perfumes. Justo ahora Ernesto no me iba a dejar. Era gracioso ver como se tragaba su orgullo cuando me dijo

-No seas tontita, si vos sabés que yo te quiero.

Me le reí en la cara, me le reí a carcajadas. Me interrumpió la llegada de otro hombre. Fue el que nos dio todas las indicaciones.

-Los hicimos esperar porque necesitamos que venga el abogado de la firma- comenzó diciendo- el va a ser el encargado de explicarles lo que pasó.

-¿Lo qué pasó? – se preguntó Ernesto, y frunció el entrecejo entendiendo algo que yo no entendía.

-Sí, indudablemente ustedes sabrán que el casino no dispone del dinero que la señorita ganó. Así que en cuanto llegue el abogado hablaremos con él.

-Para un poco rubio- rugió Ernesto- no hace falta que traigas a ningún abogado, vos nos vas a pagar lo que ganamos, no vamos a arreglar nada de nada.

-Le pido que se tranquilice caballero que pronto vamos a hablar- fue la última palabra que dijo el rubio antes de cerrar la puerta.

Ernesto quiso seguirlos pero como era lógico nos habían dejado encerrados. No se si no fui consciente de lo que pasaba o era la hora o el alcohol, pero mientras él estaba como loco yo no podía contener los bostezos.

-No te duermas infeliz- me dijo- en tu cabecita hueca ¿no te entra lo que está pasando? Ganamos mucha guita flaca, mucha y estos cuervos nos quieren arreglar vaya a saber con cuanto.

- Si pero que podemos hacer, hasta que no vengan no sabemos nada.

-Flaquita nos tienen encerrados no se desde hace cuanto, despertate de una buena vez. Vos me preguntas siempre por qué soy así con vos, porque me enferma tu actitud. Te estás durmiendo cuando nos acaban de decir que no nos van a pagar la plata que ganamos.

No se cuantas horas pasaron pero ya era de día, el estomago me dolía, eran nervios y hambre. Yo me había sentado cerca de la ventana, corrí el silloncito y miraba como salía el sol. Él por el contrario no paró de moverse, se comía las uñas y refunfuñaba cosas que ni recuerdo. Cuando supongo eran las 9 de la mañana una señorita muy bien vestida nos trajo unos desayunos de Mc Donald. Venía acompañada de un gordo que seguramente era de seguridad.

Ernesto les gritaba, les hablaba de su indignación y la falta de respeto, ellos nos dijeron nada, dejaron la bolsa y se fueron.

Yo me tomé el café con el tostado y el jugo. Él no quiso probar nada.

-Comé algo al menos, aunque te enojes nos van a atender a la hora que quieran- me miró con odio.

Pasada una hora y media nos vinieron a buscar. Esta vez no fueron tan amables como cuando nos llevaron, no estaba el rubio de la noche anterior, ni la señorita, ni el gordo.  Eran 4 hombres que parecían de seguridad. Nos tomaron de los hombros como si fuéramos delincuentes, nos sacaron nuevamente por el ascensor. Salimos al subsuelo del casino, ese si lo conocía, eran donde funcionan las cocheras. Estaba vacío, ni siquiera estaba nuestro auto. Ernesto me miró mal. Creo que se asustó como yo porque no dijo nada durante ese el tiempo.

Nos separaron dos viajaron conmigo en un auto y dos se fueron con él. En vano fue pedir que nos dejen juntos o gritar que nos digan donde nos llevaban. Lo último que recuerdo fue un golpe fuerte en la cabeza después de bajarme en el medio de un descampado. Y ahora esto…


coma

Continuará…
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Lala ʚϊɞ
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Cuestión de Estilo

Los diarios referían lo que la engañosa realidad ofrecía a los investigadores.

La víctima, decían en sus páginas, era un jubilado de ochenta años. La policía creía que se trataba de un asesinato en ocasión de robo. El living, recargado de inservibles objetos, estaba desordenado. Sus hijas lloraban la tragedia y la desaparición de las joyas.

Los vecinos declararon que, a pesar de vivir en una casa humilde, por dentro estaba “muy bien equipada”. Coincido con ellos, yo tuve la misma impresión.

Según rezaban los diarios, el cuerpo fue hallado sobre una alfombra del living. Tenía el cable del ventilador alrededor del cuello y las manos atadas con cinta de embalar.

En la alfombra había manchas de sangre, porque antes de ahorcarlo lo golpearon varias veces en la cabeza, para que confesara dónde guardaba el dinero. De los golpes y la sangre puedo dar fe.

Los investigadores tratan de determinar si se trató de un robo planificado con un entregador. No hubo un entregador, pero sí, un oportunista.

Voy a relatarles gran parte de los hechos tal cual sucedieron; el resto quedará en la imaginación más o menos próxima a la realidad.

El hombre se llamaba Rafael Z. Lo conocí 15 años atrás cuando trabajaba haciendo changas para los Jefes de la Zona Sur. Una de mis primeras entregas había sido en la calle Solís. Rafael Z. recibió el paquete. En ese momento me causó sorpresa ver al anciano en un negocio tan audaz (luego, como ocurre siempre, ya nada me volvió a sorprender en este trabajo).

Durante unos meses, puntualmente los lunes, le llevaba al viejo el encargue. En todo ese tiempo jamás cruzamos más palabras que los “hola” y “chau” de rigor; sólo escuché de su boca, el último día, un “decíle al Chino que se vaya a la mierda”. No recibió la entrega y no volví más a la casa de la calle Solís, hasta aquella noche.

Antes de continuar, permítanme que les hable un poco de mi persona.

Desde que comencé a trabajar para los Jefes de la Zona Sur, mi vida cambió generosamente. De una pensión húmeda en la que vivíamos con mi viejita, en pocos años pude comprar un chalecito con patio para que ella pudiera sentarse frente a las rosas y escuchar el canto de los pajaritos en las jaulas, pasión que heredé de mi difunto padre, a quien ella evocaba en cada piar.

Soy una persona leal e inteligente; esas dos condiciones me aseguraron el favor de los jefes. Cuando el trabajo de “repartidor” me quedó chico, fui premiado con el puesto que tenía “el mandíbula” Gómez, quien por un asunto de polleras recibió un tiro en la columna que lo postró en una silla de ruedas.

Mi función como chofer del Gordo “infante” Méndez, no era de mi mayor agrado, sobre todo cuando pasábamos a buscar por la casa de la “Paraguaya”, alguna nueva criatura para que el Gordo abusara en su bulín de Barracas. Debo confesar que sentí alivio y, hasta una especie de felicidad contenida, cuando apareció en un descampado en González Catán con la panza abierta. No se supo oficialmente quién lo mató, pero a los Jefes, los escándalos del “infante”, no les caían bien.

Después de la despanzurrada muerte del Gordo, me convertí en la mano derecha del Chino. Hombre diminuto, de pocas palabras, pero con un cerebro y un coraje que no he vuelto a ver jamás.

El Chino era uno de los Jefes más respetados en el ambiente. Su vida estaba plagada de hazañas: escapes de comisarías, riñas, tiroteos, heridas. La leyenda cuenta que la única vez que fue a parar a la cárcel, el juez después de aplicar la sentencia, lo llamó aparte y se deshizo en disculpas por no poder actuar de otra forma. El chino aceptó las explicaciones, ya que lo condenó a dieciocho meses, cuando sus propios abogados preveían una sentencia no menor a los cinco años.

Puedo afirmar que junto al chino me desarrollé profesionalmente. Aprendí todo lo necesario: amenazar y cumplir con la amenaza.

A medida que pasaba el tiempo, el chino me confiaba trabajos cada vez más complejos. El éxito en todos ellos sumó prestigio a mi nombre.

Así fue como el destino me llevó nuevamente hasta Rafael Z. Hay ciertos códigos que toda persona en este círculo no ignora, o al menos no debe ignorar. Éste no fue el caso de Rafael Z.

“Andá a la calle Solís y traéme lo que es mío”, me había dicho el Chino. Y así lo hice.

Al principio fui amable con el viejo, le pedí el paquete para que no hubiera problemas. “Yo no te doy nada, andáte a la mierda vos y el hijo de puta del Chino”. Fue la oración más larga que le había escuchado decir.

El viejo me lo dio lo que fui a buscar después de sólo dos golpes de culata en la cabeza. Juro que fueron dos y bastante suaves. Apenas un hilo de sangre corría por su sien que goteaba en la alfombra del living. Cuando me retiré, lo noté bastante tranquilo, inclusive le recomendé que usara azúcar para cortar la hemorragia. Me había dado pena aquel hombre.

Días más tarde, el Chino me citó en su oficina. Al llegar puso sobre el escritorio el diario con la noticia del viejo Rafael. “Desaparecé por un tiempito; la cana va a venir en cualquier momento”. En vano traté de explicar que nada tenía que ver con eso. El Chino se reía de mí como si yo fuera un adolescente que se excusaba con un cuento inverosímil frente a un profesor, por no haber estudiado la lección del día.

Hace un tiempo que nadie sabe dónde estoy. Sé que están tras mi pista. Hubo un oportunista, lo sé. Tal vez me utilizaron ¿Los Jefes? ¿El Chino? No lo sé ¿Todos?, por qué no.

El diario decía que Rafael Z. había sido estrangulado con el cable del ventilador. Cómo explicarles que ése no es mi estilo.

COMO RAMA SUELTA

Con los pies violetas del frío, crucé la calle esquivando las olas.

Olas desubicadas, qué hacen por aquí?

Tengo que encontrar a Lupo. Sé que me está esperando. Iba por su alimento cuando la tormenta me alcanzó…

No se veía nada. El entorno era tan ajeno que me llevaba como rama suelta. Sé que perdí el rumbo. Sé que no sabía dónde estaba. Pero Lupo lloraba en mis lágrimas desesperadas, y sólo quería abrazar su pelo atigrado.

Corrí a ciegas, pateando cosas bajo el agua negra. Ya no sentía dolor. El ansia me empujaba como un grito y sólo quería llegar. Un rayo azul casi me ciega, pero logró que vea el camino.

Ahí fue que atravesé paredes que me desgarraron. Y vi mi sangre mezclarse con la mugre.

Vislumbré una manera mediocre de morir. Y no me gustó. A dónde iba? Ahí. Ahí voy.

Una eternidad. Una eternidad, resultó ser el mientrastanto; hasta que lo vi. Entregado. Medio muerto. Con los ojos entrecerrados diciendo a gritos no poder más.

Hay gente que no sabe lo que es no poder más.

Redundan en actitudes devastadoras, como gracia, como signo de poder.

Arremeten con sus psicosis impunemente, ignorando los límites ajenos.

Son sencillamente asesinos de naturalezas…

Ver a mi perro fue como despertar de un sueño reparador. Lo alcé y le di todo lo que tenía para él.

Salimos de ese infierno, arruinados pero vivos.

Y sus orejas me sanaban el alma.

Y sus suaves lengüetazos hacían que todo tenga sentido.

Hoy los dos sabemos que nos une una fuerza superior a cualquier tormenta.

Somos cazadores. Somos sobrevivientes. Estamos alertas.

Y disfrutamos cada minuto de esta vida incierta.

lupus1

Cla9

14.11.11


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