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BLOG CERRADO POR (largas) VACACIONES.
¡GRACIAS!
Noches desveladas,
veladas por el incierto acierto
de desear lo imprudente.
Creyendo con devoción
que la prudencia es sabia,
próspera y adecuada
para salvar amores,
para romper distancias.
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Gotas evaporadas
de lágrimas confusas
que sólo destiñen boletos de tren,
de viajes hacia la nada.
El terror se ciñe en ese ceño
del momento aquel que,
inadecuadamente,
crujen y duelen las entrañas.
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Cla9
4/7/12
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Esto empezó acá
Entre el primer y el segundo encuentro pasó una semana.
Una semana. Un abismo. Cualquier cantidad de tiempo es un abismo si del otro lado está el hombre más lindo del mundo. Me prometí mil veces no volver a cometer el error de no saber donde encontrarlo. Me olvidé inmediatamente de todas las promesas y temores cuando lo vi aparecer, hamacándose sobre la pasarela invisible que se extendía entre la puerta del bar y mi mesa, de nuevo, a la misma hora y en el mismo lugar, un abismo después.
Esta vez lucía un pantalón negro de vestir muy ajustado arriba y con botamangas anchas. Un recorte en la cintura que cerraba a un costado con botones forrados hablaba de un modelo exclusivo que no tardaría en ser copiado por otros. Lo acompañaba con una camisa de encaje blanco con un largo cuello en pico que dejaba entrever la piel bronceada del torso y los brazos. En la muñeca derecha, un Rolex. Así se vestía en las tardes de otoño y ese look, solo en él podía resultar tan masculino.
Parecía decidido a no dejarlo todo en charla de café. Eso que ponía frente a mis ojos como un trofeo resultó ser la llave de un auto, así que cinco minutos después cerramos el abismo en el asiento de atrás de un Fiat 600 y no volvió a haber tiempo ni distancia durante los seis meses que siguieron.
De abril a octubre. Seis meses. Un mundo. La vuelta al mundo en una cama. Cama, sillón, asiento de atrás, hotel, casa de amigo, depósito de negocio, siempre por la tarde. Otoño, invierno, primavera.
En ese mundo hubo un acuerdo tácito: nada necesitaba ser hablado. Ni la virginidad, ni el trabajo, ni el estudio, ni el origen, ni los sentimientos que nos profesábamos. Ni pasado ni futuro. Nos bastaba el presente de los cuerpos. Que otros hablaran. Que pusieran los adjetivos, los sustantivos, los puntos, las comas y los juicios. Y no tardaron en hacerlo.
En octubre quedé libre por faltas en el colegio y el mundo se empezó a poner preguntón. Mi familia se empezó a poner molesta, hicieron tantas preguntas idiotas que no supe qué contestar. ¿Estás consumiendo drogas? ¿Estás embarazada? ¿Por qué nos hacés esto?. Un delirio. A nadie se le ocurrió la respuesta más simple: yo quería coger. Coger con él, todo el tiempo. Coger. ¿Tan difícil de entender es eso? Pero no lo dije porque era obvio de toda obviedad, no me cabía en la cabeza que no lo supieran.
Entonces me llevaron al médico, del médico al ginecólogo, del ginecólogo al psiquiatra. Y nada. No me encontraron nada. Tampoco pude romper el cerco ni escaparme nunca más. Otra vez el abismo, ahora más grande, porque del otro lado estaba no solo el hombre más lindo del mundo sino también el que mejor cogía.
Los otros, esos que siempre saben lo que tenemos que hacer, lo que está bien y lo que está mal, empezaron a poner palabras allí donde nosotros, él y yo, los primeros interesados, no habíamos puesto nada más que placer.
A él lo llamaron de varias formas: delincuente, mafioso, estafador, corruptor de menores, ladrón, en fin. Lo encerraron, me encerraron. Fin de la historia.
Aún así, nada podía cambiar el hecho de que él había sido el hombre más lindo del mundo y el que mejor me cogía. Para siempre.
Más tarde, cuando aprendí a disfrazar las verdades más puras con palabras bonitas, cuando por fin me resigné a ser políticamente correcta, empecé a decir que fue el gran amor de mi vida.
Fin
Voy a contarte una historia. Una historia de suciedad y retazos. Producto de una mente barroca y desvergonzadamente demente.
Una historia de fragilidad y desvelo. Y de postres escondidos.
Siempre creí que la muerte era descanso. Silencio. Negrura eterna.
Y me sorprende con blancos en motto perpetuo, verdes en desorden, rojos en presencia constante, provocando distracciones rotundas, definitivas.
Es como una mácula de hielo se que balancea en un suspiro. Durando lo que dura un estertor de placer en reversa.
Fragilidad enferma de estornudos violentos y quiebres dolorosos.
Saltos contra el vidrio roto de la única ventana.
Resumen de una nada sin vacío, llena de preguntas y dolores.
Todo musicalizado con un piano desertor. Mentiroso en sus notas fugaces, ilusionador de eternidades.
Es una historia con tanta historia que resulta abrumadora.
Así que no. No te la cuento.
Mejor me voy, con las manos llenas de pinturas y huecos llenos de cenizas.
Y te regalo mis notas, repletas de puntos suspensivos.
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Cla9
30.4.12
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En ese tiempo yo no sabía nada del amor ni del sexo.
Apenas si conocía esa puntadita que aparecía en la ingle, que bajaba y subía como un cosquilleo desde las piernas hasta el ombligo cuando lo veía venir caminando hacia mí con andar de pasarela. Lo más cerca que había estado de un otro masculino era el beso con el compañerito de primaria que según supe más tarde, no fue más que un pico.
La pendeja que yo era no podía saber si eso era amor a primera vista o calentura, si es que existiera alguna diferencia. Si eso hubiera sucedido en este tiempo, es decir si yo hubiera nacido en esta era, podría haber buscado en Google o leído en Twitter que uno tarda 8 segundos y algo en enamorarse y que eso que me estaba pasando era completamente normal aunque se sintiera internamente como algo sucio.
¿Cómo saberlo? Por ese entonces tenía el chip de la sexualidad acorde al clima de época, que ponía ante las chicas el debate entre la rigidez del NO a la prueba de amor de Tita Merello y el gusanito de la liberación sexual suavemente acompañada por la música de Los Beatles.
En realidad yo mucho no me debatía porque mi chip vino flexible o fallado, ya que en el segundo encuentro con el sujeto me olvidé de todo y empecé a tomar clases de onomatopeya del orgasmo. Sí, a él le encantaba escuchar con lujo de detalles mis orgasmos y así me acostumbró, bien gritona.
Pero me apresuré en el relato porque entre el primer y el segundo encuentro hubo un abismo de silencio. Ninguno de los dos teníamos teléfono, en ese tiempo el teléfono era cosa de familias pudientes y estaba claro que nosotros no lo éramos. Tan es así que la tarde que nos encontramos, o se podría decir que me encontró, yo me estaba rateando del colegio y había entrado a tomar un café al bar más céntrico y popular. Toda la ropa que llevaba puesta se la había robado a mi hermana la noche anterior, y como me estaba hospedando en la casa de una tía no me animé a darle la dirección. Mi tía me daba alojamiento para que pudiera estudiar, no para que citara a un tipo. Mucho menos a un tipo 10 años mayor que yo. Así que nada de intercambiar números de celulares, ni direcciones de correo electrónico, ni SMS ni MSN. No existía nada de eso, así que quedamos librados a la buena suerte o al destino. Eso era romántico.
Retomemos el hilo temporal. Esa primera tarde se acercó sin anestesia, se sentó a mi lado sin pedir permiso en el apartado de sillones forrados en cuerina color tiza, portando una hilera completa de dientes blanquísimos dentro de una boca carnosa y un llavero que iba y venía entre las manos de dedos largos, tocándose la nariz muchas veces — ahora sé que mentía un poco gracias a una serie que vi por internet—, pero en ese entonces no podía saberlo porque además olía bien. Siempre olía bien y se vestía como para un desfile de modas. Para romper el hielo bromeó con su propio nombre, dijo que era un nombre muy poco original —y era cierto— pero que importaba. El resto de él era tan original, que me hizo pensar que en alguna parte debía tener un tatuaje de marca exclusiva. Yo nunca había visto de cerca a un hombre tan hermoso y encantador, no estoy exagerando nada, ya que nunca hubo después de él un hombre así cerca de mí.
Charlamos un rato —en honor a la verdad habló todo el tiempo él—, yo me limité a sonreír y decir que si con la cabeza, en ese instante la verborragia me había abandonado, así que cuando se fue temí mucho no volver a verlo, aunque más tarde supe que él no se había interesado en mí precisamente por el arte de la conversación.
Obvio que no le dije que me estaba haciendo la rata del colegio, y ahora que lo pienso yo también me habré tocado la nariz cuando le conté con monosílabos que estaba esperando a una amiga que evidentemente me había fallado y que solía ir muy seguido a ese bar. Entonces se fue. Sin celular, sin correo electrónico, sin Google, sin Twitter, dejó flotando su perfume y se esfumó, como una aparición del paraíso.
Continuará
(El video con la música se los debo. Imposible subirlo. Gracias Blogs de la gente)
Hay cosas que me derriban.
Como una maldición que me cubre para aniquilarme.
Por fortuna no siempre lo logran.
A veces, en un hueco de aire se cuela un recuerdo. Una remembranza de alguna antigua necesidad.
Entonces siento esas garras invisibles que me sacuden con decisión.
La cosa es que últimamente, antes de estrellarme contra todo, siento raíces de pura energía crecerme desde las plantas de mis pies hacia el eterno infierno que me habita.
Y me aferro. Y no me caigo.
Mágicamente logran que me de cuenta una vez más que todo es como es… Está todo a la vista del que quiere ver.
Raíces. Unas buenas raíces es lo que necesitamos para no volar con vientos no deseados. Tormentas ajenas a nuestra razón de ser.
Raíces fuertes, y tan grandes como la frondosa actividad mental y espiritual que nos da ese toque personal como un bello sombrero.
Eso es lo que necesitamos para sobrevivir en esta tierra de vendavales.
(Cuando seamos aire, la canción será otra…)
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Cla9
6/04/12
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Lilith se mira el perfil en el espejo empañado del baño que la refleja de cuerpo entero. Toma su pelo húmedo desde las puntas y lo estruja hacia arriba para darle forma natural a sus bucles carmesí, luego los suelta. Él la observa hacer mientras se seca enérgicamente con el toallón que tiene en una de sus esquinas el logo del hotelito en la montaña que eligió para que pasaran juntos el fin de semana.
—Tengo un problema—dice ella sin dejar de mirar su silueta en el espejo. Él se detiene como esperando una noticia incómoda.
—No, no es eso, no te preocupes—dice la joven mirándolo a través del espejo. Él se acerca por detrás.
—Es un conflicto interno—continúa ella—, no me siento bien siguiendo tu juego.
—Yo no estoy jugando a nada—. Susurra él con los labios en su cuello.
—Metafóricamente. Tu juego consiste convencerme de que este momento es todo lo que existe. Tú y yo, en este cuarto, haciendo el amor en una dimensión sin tiempo, nosotros dos, nada más importa. Pero ahora, este momento, es una percepción falsa de eternidad. Mientras estamos del lado de la luz la oscuridad no cuenta. Eso es un engaño. Allá afuera, cruzando esa puerta está esperando la oscuridad. Otra vez. Esperando para cobrarse cada momento de sol…
Él la toma por la cintura y con delicadeza la alza hasta sentarla sobre el mármol, para que los ojos de ella queden justo a la altura de sus ojos. Le acomoda un mechón con el dorso de sus dedos, rodea su cara aniñada con una mano que la contiene por completo. Ella instintivamente adelanta su cadera para pegar sexo con sexo. Él lo acepta con un gesto de supremacía masculina que no se condice con la tristeza que emana de su voz.
—Es bello y poético lo que dices, pero no es del todo verdadero. El juego es así, pero no soy yo quien hace las reglas. No soy el que pone ahí a la oscuridad, no soy el verdugo. También soy el condenado y, te aseguro que sufro tanto como tú. Si esto es alguna especie de juego, es uno en el que ambos perdemos.
Están tan cerca que ya no pueden decirse palabras. Ella se cuelga de su cuello, él la lleva hasta el borde de la cama y de allí hasta el borde del universo.
II
Lilith despierta estirando sus brazos al lado opuesto de la cama. Adán ya no está. Lo supone lejos, tragado por esa insaciable oscuridad. Siente su sexo húmedo de lágrimas en solitario, así como toda ella. Busca en su bolso las malditas píldoras que la ayudarán a no despertar otra vez en el lado oscuro. Él se fue tras su vida hecha de esposa, hijos, carrera, obligaciones. Ella no puede más. No se dejaría engañar otra vez con el juego de la eternidad ficticia. No soporta ser abandonada otra vez. Las píldoras no son más que gentiles pasaportes hacia una verdadera realidad sin tiempo. Sin dolor detrás de las puertas. Semidormida camina hacia la bañera, la llena de agua tibia y perfumada. Adiós Adán, tal vez nos veremos del otro lado. Es una dulce despedida, sin dolor.
III
Adán sube los escalones de dos en dos, ansioso por ver la felicidad de Lilith cuando le cuente las novedades. Avanza con un ramo de rosas rojas en su mano izquierda y las marcas de una noche en vela debajo de los ojos. No pudo dormir. La perspectiva de cruzar esa puerta dejando atrás lo que más ama en el universo le resulta ya insoportable. Lilith tiene razón, él puede elegir. Él puede cambiar las reglas del juego, de nadie más depende, puede romper con su esposa, posponer su carrera, enfrentar al mundo como un niño recién nacido, dejar todo, incluso sus posesiones, nada vale tanto como su amada Lilith. Nada de lo que deje atrás supera la felicidad de pasar una noche a su lado, tomando entre sus manos la cara pequeña y sonriente.
IV
Lilith está hundida en el agua y sus cabellos flotan en una danza que enmarca su rostro, más pálido y bello que nunca. Adán trata de revivirla a sabiendas de que es inútil, mientras en un quinto plano, alejado de toda lógica, un conserje llama al 911.Es el mismo conserje quien le pone una mano en el hombro, murmurando que la deje, que es inútil, que ella se ha ido.Y Adán comprende como son las cosas, como fueron siempre. Ella eligió de que lado estar. Y él no tuvo ni tendrá coraje para seguirla. Esperará hasta que algún otro decida por él, atrapado en el lado oscuro.
Everytime I close my eyes
It’s like a dark paradise
No one compares to you
I’m scared that you won’t be waiting on the other side
Everytime I close my eyes
It’s like a dark paradise
No one compares to you
I’m scared that you won’t be waiting on the other side
Nuncatenés que abandonar la mesa, fue lo primero que me dijo Ernesto cuandodescubrimos que a los dos nos unía esa relación especial con el juego.Erael primer mandamiento en la biblia del jugador.Nosteníamos que quedar ahí pegados a nuestro pleno y no irnos con cualquiera,dejar la mesa como lo hicimos. Lo pienso y no entra en mi cabeza. Nos dejamoscegar por el éxito. La certeza de que habíamosganado tanta plata nos nubló la razón.Queyo haya caído en la red de la desesperación era entendible pero Ernesto era untipo con experiencia. Antes de conocernos había ganado mucho dinero. Solo queno supo retirarse a tiempo y así como ganó también lo perdió todo. Muchas vecesme contó sus anécdotas de jugador compulsivo. Mientras a mi me horrorizabaescucharlo a él le apasionaba contarme que pasaba día y noche sentado en algunamesa. Que no comía, que podía estar una semana sin bañarse porque el poco quetiempo que pasaba en su casa lo usaba para dormir y volver a jugar al otro día.Sequedó con lo puesto el día que abandonó esta adicción. Pero como todo enfermo tambiéntenía recaídas y yo lo acompañaba.Siemprefui una jugadora social. Nunca gané grandes cantidades ni tampoco perdí todo.Pero mis visitas al casino eran frecuentes. Allí nos conocimos, una noche en elque me iba con unos buenos pesos y Ernesto se me acercó. A las pocas semanasestaba casi instalado en mi casa. Me gustaba mucho pero era inconstante, nadalo llenaba, no podía asumir compromisos, y ya hacía tiempo que tenía ganas decortar la relación.Lacabeza trabaja a una velocidad única. No van a creerme pero en el momento quela bola se posó en el doble cero supe que era el boleto para alejarme de él.Todo pasó rápido por mi mente. Imaginé que él iba a enloquecer con el premio yla verdad yo no tenía ganas de compartir nada con un tipo así. Los roles secambiaron entonces, y él se dio cuenta. Disfruté la desesperación que sintió enese cuarto en que nos dejaron aquella noche. Y aunque me separé de él llorando,cuando los patovas nos mandaron en dos autos diferentes, yo no quería estar conél ni verlo más.Elviaje fue largo, uno de los tipos me hablaba. Me decía que estaba bonita y mepreguntaba que hacía con ese pelotudo. Cuando me bajaron en el descampado sentíun miedo atroz. Me hicieron caminar varios metros. Yo quería correr pero tenía pánico.Estaba de espaldas y esperaba el sonido de la bala. Desde que me sacaron delcasino tuve la certeza de que me iban a matar.¿Quéraro es sentir que te llega la muerte? Lo único que esperaba es que fuerarápida. No quería sufrir. Si me pensaban matar que lo hicieran. Había muchosilencio y luego un golpe muy fuerte. Eso lo recuerdo bien. No se si fue unpalazo o que pero la sensación que mi cabeza se rompía en mil pedazos fueclara. Un golpe seco y fuerte y el calor de la sangre que brotaba. Caí en elpasto, eso fue lo último que vi.Todavíano puedo abrir los ojos pero escucho el murmullo de los médicos. Hago fuerzaspara mover la mano, o para articular palabra pero no puedo. Solo entendí que dijeronque había una lesión importante y que no sabían todavía como iba a ser mirecuperación. Solo necesito abrir los ojos… abrir los ojos, necesitoconcentración…
-Doctor,mi hija abrió los ojos…
Lo que trae la marea es siempre lo que le sobra al mar.
Lo que trae la marea es lo agonizante, lo casi muerto.
Lo que necesita lo cuida, lo retiene (lo esconde).
Indignos de su respeto, nos deja solo ilusiones.
Ilusiones de vuelos profundos y ecos eternos.
Y ya.
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Tanto oleaje abrumador no es idiota (sabe lo que hace).
Sabe qué conservar y qué no.
Conoce la cobardía de los seres que se conforman con minucias.
Con piedritas de colores, con restos de caracolas,
con aguas vivas muertas. Conoce de sus sustos (sus miedos).
Y se ríe.
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Tanto nos falta para una verdadera unidad con todo, que los Grandes no nos creen.
Ven mil gestos simulados de pantomimas patéticas.
Manotazos torpes, ignorantes de consecuencias…
La luna hace todo lo posible por rescatarnos, por vernos bien.
Pero siempre nos falta algo (la ansiedad típica de los cobardes).
El sol se enfurece para sacudirnos de nuestra inercia
(y corremos desesperados a procurarnos un Split).
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Cierta visión limitada hace que vivamos siempre vidas inquietas,
sin disfrutar del momento real…
Ese, en el que somos realmente capaces de todo.
Solamente nos falta una vuelta, un codo.
Y el mar, y el sol y la luna
(y tal vez algunos otros) nos respetarán.
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Cla9
18/3/12
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Aquí estamos las cuatro, vestidas de blanco. Mamá, mi hermana, mi sobrina y yo. Las tres generaciones unidas, listas para caminar hacia lo que se encuentra detrás del gran muro.
Nos percibimos como una sola, así nos educaron para los grandes momentos de la vida. Con vaporosos ropajes hechos para la ocasión, que vestimos sobre el cuerpo limpio y perfumado. Mamá se esmeró entretejiendo flores de estación en las trenzas doradas de Ernestina, la más pequeña de la cofradía. Mariana y yo llevamos sendos ramos azahar en la mano.
No recuerdo otro momento en que hayamos sentido tal comunión, aunque hubo muchos parecidos a éste. Nos recuerda a aquellas tardes inefables de tejido al crochet, tortas caseras y té en el comedor de la abuela Clara. Nos llega una ráfaga del inconfundible aroma a canela de aquellas jornadas. Señal de que la abuela Clara no anda muy lejos. Avanzamos con la confianza que otorgan los aromas que ascienden desde la infancia, trayendo consigo el confort de una época en que estábamos a resguardo y en el mejor de los mundos posibles.
Sentimos que volveremos a entrar en ese mundo una vez que alcancemos la puerta adornada con flores que deja entrever esa luz que materializa el amor más real que jamás hemos sentido. Tomadas de la mano revivimos en segundos los hechos más trascendentes de nuestras vidas, mientras una compasiva llovizna va lavando todo el barro, toda la sangre, toda la mugre acumulada en el tránsito. Agradecemos a todos los actores que nos han honrado con su compañía todo el tiempo que duró nuestra obra.
Cuando podemos ver de cerca a la abuela Clara rodeada de otros rostros conocidos, entendemos que es el momento de dejar caer el telón, de dar vuelta la página y mirar hacia atrás por última vez.
Nuestros cuatro cuerpos están dispersos por la casa. Uno en el comedor, otro en el baño, dos en la habitación. La sangre está seca y es tanta que parece teñir todo de rojo. El hombre asustado no pudo borrar todas sus huellas, solo atinó a huir tratando de esconder el cuchillo. Ese hombre es el que alguna de nosotras había amado, a quien le habíamos abierto la puerta mientras algunas dormíamos, confiadas. Ese pobre ser encarnado tendrá que esperar mucho, mucho tiempo para llegar hasta donde estamos ahora, tendrá que acarrear ese peso en el alma hasta poder aprobar la lección. De eso se trata todo, pero ni él, ni nadie allá atrás, lo sabe como nosotras.
Para nosotras, el ser del cuchillo es un actor más, un punto oscuro que retrocede en la niebla ilusoria de la realidad de aquel lado del muro.
Nosotras seguimos moviéndonos hacia adelante. Siempre hacia adelante.