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El declino de la venta mundial de armas.

La venta mundial de armas descendió un 38 por ciento durante el año pasado, alcanzando así el nivel más bajo de comercio armamentístico desde el 2003, según ha confirmado este sábado el conocido como ‘think-tank’ del Congreso estadounidense, Congressional Research Service.

La recaudación por la venta de armamento durante el año 2010 se redujo a 40.400 millones de dólares (casi 30.000 millones de euros), cuando en 2009 la cifra rondaba los 65.200 millones de dólares (más de 48.300 millones de euros), de acuerdo con las cifras de esta organización.

Sin embargo, a pesar de la fuerte crisis financiera que sacude a las principales economías globales, Estados Unidos continúa liderando el mercado armamentístico al concentrar el 57,2 por ciento de los acuerdos comerciales de este tipo. En el caso norteamericano, el descenso se cifró en un 6 por ciento hasta los 21.300 millones de euros (cerca de 15.800 millones de euros).

En la segunda posición se encuentra Rusia, que aglutina el 19,3 por ciento del comercio y recibió un total de 7.800 millones de dólares (unos 5.800 millones de euros) a cambio de la venta de armas. A Estados Unidos y Rusia le siguen, por este orden, Francia, Reino Unido, China, Alemania e Italia.

Los países desarrollados son los principales vendedores de armas a nivel internacional, de acuerdo con el informe realizado por el Congressional Research Service, que está considerado como uno de los documentos más detallados sobre la venta de armamento disponible para el público.

El montante económico que se movió en las diversas transacciones comerciales de armas entre países desarrollados rozó los 30.700 millones de dólares (2.200 millones de euros), el 76,2 por ciento del mundo, lo que supone un descenso de más del 50 por ciento, en comparación con 2009.

Por otro lado, India es el país que lidera el comercio armamentístico entre las potencias en vías de desarrollo con un beneficio de 5.800 millones de dólares (casi 4.300 millones de euros), seguido de Taiwán, que recibió menos de la mitad de la cuantía que generó Nueva Delhi. Los siguientes son Arabia Saudí, Egipto, Israel, Argelia, Siria, Corea del Sur, Singapur y Jordania.

El especialista en seguridad internacional del Congressional Research Service y autor del estudio, Richar Grimmett, ha atribuido dicha reducción “generalizada” de la venta de armas a nivel mundial a “las dificultades creadas por el incierto estado de la economía global”

“En vistas a las dificultades presupuestarias a las que han hecho frente muchos países compradores (de armas), prefirieron postergar o limitar los beneficios de un mayor sistema armamentístico”, ha añadido.

Grimmett ha esgrimido que “algunas potencias deciden limitar su compra para mejorar los sistemas actuales o entrenar y apoyar sistemas” defensa, según ha informado el diario estadounidense ‘The New York Times

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Las nuevas guerras coloniales

Igual que ocurrió durante la Guerra Fría las contradicciones entre las grandes potencias del globo se dilucidan hoy mediante conflictos bélicos en la periferia pobre del sistema. El llamado Tercer Mundo resulta el escenario donde la disputa mundial adquiere sus expresiones más crueles y si antes se trataba de una dura competencia entre Oriente y Occidente, entre “comunismo y democracia”, desaparecido el campo socialista (en particular la Unión Soviética) se asiste hoy a un juego mucho más complicado de fuerzas en pugna por alcanzar la hegemonía.

A los protagonistas de ayer -que en la práctica permanecen en el conflicto actual- habrán de agregarse otros nuevos, todos ellos en busca de lo mismo: materias primas esenciales, áreas de influencia, control de mercados, corredores estratégicos, bases militares, gobernantes “amigos” y en el caso de los Occidentales una obsesión de vieja data que ya aparece en las formas clásicas del colonialismo, a saber, la imposición violenta de sus valores, la forzada integración de las sociedades periféricas en el nuevo orden mundial así sea al precio de destruir culturas completas (genocidio incluido) en aras del “progreso de la humanidad”.

La pugna por la hegemonía mundial aparece entonces como un transfondo insoslayable en el análisis de las guerras en curso, de los levantamientos armados espontáneos o debidamente fomentados, de los golpes de estado contra gobiernos no controlables o contra tiranos políticamente agotados, en medio de una dinámica creciente de inestabilidad política y desgarros sociales que dibujan de manera tan dramática el cuadro de casi todos los países del mundo pobre y dependiente. Por supuesto, cada conflicto tiene sus propios motivos y no es sensato reducir todo a la intervención de fuerzas extrajeras, de la misma forma que es bastante ingenuo considerar que las naciones más poderosas en pugna por el control mundial son agentes respetuosos de la soberanía y la autodeterminación de los demás, resultan inocentes protagonistas y fieles garantes de la legalidad internacional y sobre todo, que lejos de intereses espurios, en sus “misiones” tan solo les anima un sincero amor por la humanidad y el deseo de extender la democracia por el mundo. Hasta el más ciego puede constatar cómo la política internacional de las naciones ricas no es otra cosa que un discurso cínico de justificación de agresiones, desembarcos, bloqueos y toda clase de medidas de fuerza bruta que nada tienen que ver con el supuesto y jamás practicado “derecho internacional”. No resulta entonces extraño que antes que el respeto universal por tratados y normas internacionales predomine de nuevo la “diplomacia de las cañoneras” y si bien algunos gobiernos intentan conservar un lenguaje retórico de respeto por los demás, cada vez se impone con mayor claridad la expresión sin tapujos del supuesto derecho del más fuerte como origen natural del poder.

Las guerras actuales tienen para quienes las alimentan y promueven ganancias de todo orden. Para el llamado complejo militar-industrial – que existe no solo en los Estados Unidos aunque allí tenga su máxima expresión- los beneficios económicos son inmediatos y seguros con independencia de los resultados del conflicto tal como se puede comprobar en la destrucción de Iraq, la batalla perdida de Afganistán, el atolladero de Pakistán, la bomba de tiempo que supone el conflicto en Palestina, la también perdida guerra contra las guerrillas en Colombia y la actual agresión contra Libia: los inmensos raudales de dinero que han recogido las empresas de la guerra arrojan un balance inmediato y ampliamente favorable así sea al alto precio de propicar mil otros conflictos y llevar a extremos inéditos las contradicciones de todo tipo aún a sus propios países. La guerra, como ocurrió antaño, juega entonces un papel importante en la búsqueda de salidas a la crisis del capitalismo, una suerte de mecanismo automático del sistema que opera con independencia de los riesgos inmensos que supone.

Por supuesto, no solo gana el complejo militar-industrial. Los beneficios a mediano y largo plazo se suponen comunes para todos los grupos de la clase dominante metropolitana. Despúes de la agresión inicial vienen la ocupación, el saqueo y por supuesto la “reconstrucción”, asegurándose el objetivo central de la cruzada que no es otro que controlar los recursos naturales del país sometido, al precio más bajo y en las mejores condiciones posibles.

El gran inconveniente de esta estrategia de nueva colonización es -tal como sucedió en el pasado- que lejos de trascurrir en armonía y amistosa cooperación entre en las potencias interesadas se producen inevitables roces que alimentan una dinámica de confrontración de impredecibles consecuencias. Los Estados Unidos aparece como la gran potencia que aspira a hegemonizar este proceso de saqueo planetario, admitiendo a Europa como una especie de socio menor, incómodo pero necesario. Pero en el escenario mundial se mantiene Rusia, que a pesar de sus dificultades temporales tiene un potencial nada desdeñable y sobre todo sigue siendo una potencia nuclear imposible de ignorar, al tiempo que a la palestra suben economías en ascenso como Brasil, India y sobre todo China. Algunas aspiran al menos a hegemonías regionales pero Estados Unidos y China, dadas sus dimensiones, buscan una influencia y un dominio planetarios y tienen todas las condiciones para conseguirlo. Para muchos analistas Estados Unidos es ya una potencia en declive en tanto que China lo es en ascenso, convertida ya en la segunda economía del mundo y con aspiraciones a convertirse en la primera antes de una década. Así, se dan pues todas las condiciones para una confrontración multipolar que bien puede desembocar en una guerra generalizada. Todo conduce a pensar que en lugar de una era de entendimiento y paz lo que se está gestando es probablemente una versión nueva y más terrible de las guerras mundiales del siglo anterior. Y es así porque desplazar el enfrentamiento entre potencias a la periferia del sistema tiene sus límites. Solo es cuestión de tiempo que el cerco militar a China por parte sobre todo de los Estados Unidos y la estrategia de hostilizar y desmembrar Rusia desemboquen en una confrontación directa de incalculables resultados.

En Latinoamérica y el Caribe la confrontación no parece hoy tan aguda como en Asia y África pero se produce igualmente. Brasil es sin duda el mayor obstáculo para una potencia como Estados Unidos que debe aceptar ya la presencia de China, Rusia, Japón y Europa en una región que siempre consideró suya en exclusiva. Hay demasiados recursos en juego y procesos sociales y políticos muy agudos que bien pueden servir para propiciar intervenciones bélicas mediante las cuales se busque recuperar protagonismo. De nuevo, antes que enfrentarse a Brasil directamente, Europa y los Estados Unidos en particular activan conflictos en la periferia de este coloso suramericano (en Venezuela y Colombia, de manera particular) con la finalidad de debilitar sobre todo el proceso de integración y reducir en lo posible las nuevas relaciones con China que en países claves de la región ya reemplaza a los Estados Unidos como socio preferente. Por supuesto, se mantiene la estrategia de ahogar a Cuba por todos los medios y frustrar el posible surgimiento de experiencias similares en el área. Pero de momento, la región se beneficia de las urgencias que otros frentes imponen a las potencias occidentales.

Por supuesto, en todo este incierto panorama los pueblos tienen un protagonismo decisivo. Los movimientos sociales en Latinoamérica y el Caribe, los levantamientos en el mundo árabe, las luchas nacionalistas en Asia y el descontento creciente de la misma población metropolitana encierran un potencial inmenso que puede determinar una salida que no sea la guerra o convertir ésta en una oportunidad para dar nacimiento a una nueva era. Como se afirmaba entonces, existe la posibilidad de que la guerra desemboque en una revolución o que una gran revuelta ciudadana detenga la locura de la guerra.

Hiroshima, la ciudad de la paz destruída por la guerra.

Hoy, 6 de agosto, es un día para recordar a las víctimas de las armas nucleares. Se cumplen 65 años del bombardeo nuclear sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, que fue seguido tres días después por el de Nagasaki.

Este día debe servir para recordar el peligro, muy real y presente, que sigue suponiendo el armamento nuclear para la supervivencia del planeta.

Apenas pasadas las ocho de la mañana del 6 de agosto de 1945, en las postrimerías de la II Guerra Mundial, el bombardero militar estadounidense Enola Gay dejaba caer sobre la ciudad de Hiroshima la bomba de uranio “Little Boy”, de cuatro toneladas de peso. La bomba estalló con una fuerza equivalente de 12.500 toneladas de explosivo altamente destructivo. Se estima que murieron más de 140.000 personas. Tres días después, una segunda bomba (esta vez de plutonio) fue arrojada sobre la ciudad de Nagasaki, causando también la destrucción de la ciudad y la muerte de alrededor de 100.000 personas.

Como consecuencia de la detonación sobre Hiroshima, una enorme bola de fuego envolvió la ciudad. Muchas personas se volatilizaron, dejando sus sombras pegadas sobre calles y muros. Las “sombras muerte” son dibujadas cada año por los habitantes de la ciudad como una conmemoración de los que así murieron.

Muchos murieron por el extremo calor. Otros lo hicieron en el corto plazo como consecuencia de alteraciones de salud como síndrome agudo de radiación, diarreas, hematomas, disminución de glóbulos blancos en la sangre, etc. Los supervivientes de estos bombardeos se llaman a sí mismos Hibakusha, y muchos de ellos sufren graves afecciones de salud como leucemia y diversos tipos de tumores, anemia, y trastornos psíquicos.

Como ocurre con numerosos hechos históricos, en estas décadas ha habido diferentes interpretaciones sobre el porqué de estos bombardeos. Con el paso de los años, la mayoría de los historiadores apunta a que no eran necesarios en términos militares para poner fin a la guerra, y a que se utilizaron con fines de experimentación y para demostrar al mundo quién era la nueva potencia mundial una vez acabada la II Guerra Mundial. En este año 2010 es destacable que, por primera vez, un alto funcionario estadounidense (el embajador del país en Japón) asiste a los actos conmemorativos.

Este año ha habido algunas iniciativas relativas al desarme y la no proliferación nuclear, aunque muy insuficientes. Las principales potencias acumulan más de 7.500 armas nucleares operativas y un total superior a 22.000 cabezas. No se trata de una cuestión del pasado sino de un peligro muy real que hay que abordar con seriedad y decisión.

Hiroshima fue proclamada Ciudad de la Paz por el parlamento en 1949, a iniciativa de su alcalde, Shinzo Hamai (1905-1968).

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