Septiembre 12, 2009 | Por licrock | Claves: adolescencia, adonde, algo, algunos, amar, amor, años, antes, aquellos, arroz, atrapantes, aun, avanzar, besos, busca, cabo, cajón, comer, como, creí, cry, cubre, cuenta, dados, darse, desafío, desafíos, desde, desierto, destino, dónde, encontré, entonces, eran, esa, están, everybody, falta, fin, flote, fueron, hasta, hurts, inmortal, insoportable, ir, juntando, levedad, libraba, llenan, manto, mas, me, mero, mis, muchos, muerte, mundo, naciera, niñez, olvidados, oscuridad, parte, partir, pasaron, pensando, pero, poco, polvo, primeros, qué, quería, quizás, recorrí, recuerdos, repartir, saber, salí, sentimientos, ser, si, sin, solo, sometimes, soñados, suficiente, también, tan, tanto, tener, tenia, tiniebla, tropezones, varios, vez, volver, yo | # Enlace permanente
Pasaron varios años, algunos se llenan de oscuridad en el cajón de los recuerdos, la suficiente como para no darse cuenta de si están juntando polvo o tan solo fueron olvidados. Creí amar más de una vez y no sin muchos tropezones salí a flote de la niñez hasta la adolescencia, pensando tanto en aquellos primeros besos, dados o soñados, como en la “insoportable levedad del ser”. Recorrí parte del mundo en busca de algo mas que arroz para comer y un poco de amor para repartir, me encontré solo en el desierto de mis sentimientos sin saber dónde ir, qué quería ser, sin tener adonde volver y sin saber partir quizás también por esa falta de destino. Pero aun entonces, ser inmortal me libraba de la muerte, los desafíos eran atrapantes por el mero desafío y yo solo tenia que avanzar entre la tiniebla que cubre como un manto al mundo desde antes de que naciera. Solo avanzar… al fin y al cabo “everybody hurts sometimes” y Everybody cry…”
Juan Lobo
Septiembre 9, 2009 | Por licrock | Claves: conflicivo, niñez | # Enlace permanente
“EL INMORTAL, RELATOS MIENTRAS PASA EL TIEMPO”
El inmortal es el que traspasa los límites de la muerte, puede ser no- vivo, puede ser no- muerto. Es aquél que sencillamente supera los límites de la supervivencia.
Prologo
Desde hace mas de diez años, varios años más, vengo juntando relatos escritos a la inmortalidad del tiempo. Relatos sobre papeles de diversos tipos y tamaños, hasta los hubo de esos con los que nos limpiamos cuando vamos al baño, en blogs de Internet, en el vacío o en el aire, en canciones, entre tintas de diversas texturas y colores, manchados de vino, café, quemados por el cigarrillo a veces y siempre sobre cargados de etcéteras. Relatos sobre mi vida, sobre vidas ajenas, sobre la vida misma, sobre el amor, sobretodo sobre el amor. Relatos propios y de nadie, relatos de todos. Relatos que junté para que puedan ser leídos. Relatos apilados a continuación.
El niño:
Hay un niño jugando en un basural. Solo en el medio del campo. Juega con las botellas. Juega en un auto abandonado. Rompe, arregla, inventa, sueña, imagina, es conciente de su soledad, parece disfrutarla; pero es conciente al mismo tiempo de que no hay nadie con quien compartirla. Como huérfano. Perplejo, complejo, observando como las moscas juguetean con la mierda… hace fuerza, aprieta el culo queriendo aguantar y se caga encima… placer… culpa… vergüenza… soledad… venganza solitaria… el problema será cuando los demás se den cuenta. Ellos, que son tan perfectos, tan ajenos, tan lejanos de la mierda.
De los primeros tiempos:
Pasé mi niñez perdido entre preguntas sin respuestas y la incomprensión de mis mayores, a quienes yo tampoco podía comprender. Eran tiempos de cambio, aunque ninguno de real importancia, la democracia llegaba con un gran sabor amargo, aunque nadie lo admitía, si bien por un lado habían terminado los tiempos de dictadura, también sin duda se habían extinguido los tiempos de revolución. De cualquier manera de eso era mejor no andar hablando mucho. Por las dudas. Mi madre trabajaba mas horas que de las que disponía la semana y mi padre, que había partido tiempito atrás de casa, se había muerto en el camino a causa del cáncer de pulmón. Esto último no pudo evitar la cantidad realmente dañina de cigarrillos que fumo por día.
El hecho que nos compete al relato presente tendría lugar recién en sexto grado, allá por mis 10 años de edad, donde encontraría por primera vez el amor, lo perdería y nunca lo volvería a encontrar… a pesar de haberlo divisado en ocasiones. Ella se llamaba Julieta, durante años recordé con más afecto a Roberta – la puta del barrio con la que debute sexualmente- que a Julieta; pero Julieta, la primera, Ella de Almagro, Yo de Palermo, era sin dudas la más bella de la cuadra, de ambos barrios y del colegio. La primera de mis historias de amor inconclusas empezaría en medio de una disputa de honor, casi un duelo, del que saldría victorioso en principio y perdería luego en el despacho del director. Justo en el instante de la trompada con la que derribaría a mi oponente, en el momento donde marqué su nariz de por vida y aquél caía al suelo, divisé unos ojos de cielo primero, luego su rostro, entre la multitud que hacia ronda para no perderse la contienda en la que supuestamente me partirían la cabeza. Ella era sencillamente hermosa. Sus ojos dijeron algo que los míos respondieron sin haber llegado la conversación a mi cerebro. Dos días más tarde me encontré escribiendo mis primeros poemas de amor, mis primeros poemas. De la cantidad de versos escritos, recitados, perdidos, rotos, al tacho y varios, recuerdo solo uno: “cuando mis labios rocen los tuyos tocaré el cielo con las manos”. Bastó para conseguir el beso, no sé si toqué el cielo pero si subí a la luna y me convencí de que Julieta era el motor que daría marcha, guía y vida misma a mis días hasta el día que me muera…De allí parte una historia que une la pasión, el dolor, el honor y los primeros traumas, no sin un poco de tragedia, pero que dejaré para dar lugar a vuestros propios recuerdos, cuando amaron sin importar nada mas que aquellos primeros besos. La Escuela primaria… o en la escuela me enseñaron mal o el mundo definitivamente se ha equivocado.
No recuerdo cómo fue, se que tardo años en desvanecerse aquella ilusión, aquel amor contra todo, aquella obsesión. Pero un día, muchos años después de que ella rechazara todos mis intentos por lastimarnos, lo que era el motivo de todo acto presente pasó al pasado y luego, no sé realmente si de un día para el otro o lentamente, fue olvidado. Aunque por una noche, la luna se unió a nuestro beso y pude sentir que el amor era algo alcanzable, tocable, era todo lo que había soñado. No recuerdo tampoco, con que acto arruiné la velada, pero sin dudas no podía terminar ni la velada ni el romance de otra manera; así fue como descubrí también que los demás, aquellos, tenían razón, sin dudas estaba loco. La locura y el amor me acompañan desde entonces, era el destino que vislumbró aquel brujo barato una tarde que creí perdida… pero que valdría la advertencia.
Juan Lobo
Abril 20, 2009 | Por licrock | Claves: indio, punta | # Enlace permanente
10.2.98
PEPE- COCO- CARLITOS- TIJU.
PUNTA INDIO.
Siguiendo el camino del gaucho, que le llaman, uno se puede encontrar con la vieja ruta 11. Aun de tierra, camino aserruchado, traicionero de noche; pasando el penal de Magdalena es que transcurre la historia que voy a contarles. Si es que se la puede llamar historia.
Hay que pasar el penal, el Regimiento 8 de Infantería, a la izquierda se pasará por “El Destino”, lugar cuya historia será narrada también en algún momento. Pero al llegar a Punta Indio encontraremos un acceso con la leyenda: “El Sarandí”, justo al lado de la despensa “El Oasis”. Tomando el camino llegaremos derecho al río, Río de La Plata, desviándonos a la izquierda encontraremos un descanso, maltrecho por el uso, donde suelen acampar los pescadores. Algunas cabañas de alquiler son la única edificación… y La Casa. La casa. La última del camino. El pilar reza: “10.2.98 PEPE- COCO- CARLITOS- TIJU”. Han pasado 11 años. Y en esa casa hoy vacía estuvo encerrada una Bestia. Bestia que intentaremos descubrir.
La casa siempre estuvo ahí, por eso es que a nadie en Sarandí parece llamarle la atención. Se dice que en algún momento fue cambiada por dos autos, dos Peugeot. Pero nadie sabe decir si fue entonces que Coco y su pandilla se hicieron con la finca. En el verano del 98, aunque nadie en el pueblo los recuerde, Pepe, Coco, Carlitos y Tiju brindaban con vino y comían pescado asado bajo el alero trasero. Eso fue antes de que las ventanas fueran tapiadas, antes de los barrotes de hierro, cuando había una cocina donde hoy está “La Jaula”. Brindaban y se reían, se reían y comían. Haciéndose bromas, algunas mas pesadas y otras mas ligeras, con un humor tendiente siempre a las pesadas. La noche era amiga de la casa y la casa era el refugio de ellos, disfrazados de cuatro forajidos, solo eran cuatro hombres escapados de sus mujeres.
Pero al verano siguiente, o quizás el que le siguió al siguiente… la casa ya no poseía aquella luz de alegría. Del oscuro interior se escuchaban solo rasquidos, golpes y aullidos. Los mitos empezaron a circular, junto con las historias de fantasmas. La gente de la zona, tan acostumbrada como dije, pasaba por la puerta sin percatarse, pero los pescadores de Sarandi ya no hablaban de otra cosa. A veces alguno, perdida una apuesta, se intentaba acercar a la casa para ver que era lo que había en su interior; pero nadie logro jamás pasar el portal hasta que cesaron los sonidos.
Algún verano, ya es una obviedad que nadie sepa cual. Los chillidos, los aullidos, los gritos y rasquidos se apagaron. Se apagaron justo con lo último que había de apagarse en esa casa. La casa yace allí, en pie, ideal para ser repleta de pasión un fin de semana por prófugos de la ciudad. Sin embargo yace fría, vacía, carente de vida, sin dueño, sin inquilino, a la espera de que lo que sea que haya muerto allí desaparezca por completo.
ALDO BACCARO
Punta Indio- abril 2009
Febrero 4, 2009 | Por licrock | Claves: amor, beso, carla, etc, pablo, soledad, vos, yo | # Enlace permanente
Pablo tomaba siempre el mismo camino al volver a casa, no sabía con exactitud, tampoco se lo preguntaba realmente, si era el mas cómodo, el mas rápido o el mas corto de los caminos, pero volver por ahí implicaba pasar todos los días por la misma calle, la misma cuadra, la misma casa, ver todos los días aquella mujer parada en la puerta, expectante, sonriente, radiante, hermosa, Carla. Todos los días al pasar por ahí, el mismo sueño daba rienda a su imaginación. Tanto, que las imágenes se le presentaban ya en forma de recuerdo, como si repitiese todos los días la misma secuencia de algún día vivido en una realidad paralela. Un deja vu.
Imaginaba ser aquella su casa de retorno, que nunca hubo existido aquella solitaria casa en el primer piso al final del camino, su casa era aquella por la que todos los días pasaba. Imaginaba estacionar su automóvil sin mucha pericia sobre la acera, descender del vehículo sin quitar la vista de aquellos ojos bonitos, pasar a su lado y posar su mano derecha sobre aquella mejilla izquierda, en el mismo momento besar aquella otra mejilla derecha muy suavemente pero de manera intensa; del mismo modo que lo haría yo si fuese Pablo y vos fueses Carla… resistiendo casi, apenas, a tomarte de las caderas y estrechar tu alma contra el marco del portal. Luego entraría y mientras ella cerrase lentamente la puerta iría directo a preparar un baño para dos. Se desvestiría sin prisa mientras dejase correr el agua y se escuchasen los pasos de ella subir lentamente la escalera. Ella le ofrecería un trago y el comenzaría a quitarle la ropa aun mas lentamente. Besaría su cuello mientras un “te quiero” de ella suspirase en su oído. Abrazo, si, ha de haber un abrazo antes de sumergirse, siempre lentamente, en el agua. Ella lavaría su cuerpo, el lavaría el cuerpo de ella; igual que lo haría yo si vos fueses ella. La esponja pasaría saturada de jabón una y otra vez por el cuerpo de ambos mientras el agua llena de vida una tarde de amor.
Una copa de vino sobre la mano extendida de Carla sería la chispa adecuada para encontrar el condimento perfecto para la carne asada que Pablo pondría en el horno. No creo que hagan falta las palabras, Pablo tampoco lo creería. El sacaría la carne del horno y se propondría servir la mesa mientras Carla serviría la segunda copa para ambos. Solo sonrisas y miradas, no haría falta más. Solo sonrisas cómplices de lo que vendrá después y miradas provocativas en busca del primer beso de la sobremesa. El postre es después de la cena, pero después de la cena es el postre… no habría café esa noche. El postre los encontraría en la cama, aunque hubiesen querido comerlo en el sillón del living, la cama los encontraría comiéndose como al mas dulce de los postres, tal como te comería yo si fueses Carla y yo fuese Pablo.
Todos los días pasaba pablo a mirar la mujer del umbral en la casa a mitad de camino entre su trabajo y la soledad. Soledad que ya no baila. Soledad que está sola. Soledad que todavía sueña con una bella dama llena de otra soledad esperando en su puerta. Soledad que como la mía, si yo fuese Pablo y vos fueses Carla, se abrazaría a la tuya deseando que la eternidad ponga preso a ese instante.
ALDO BACCARO
Feb. 2009 Bs. As. ARGENTINA.
Diciembre 9, 2008 | Por licrock | # Enlace permanente
Había una vez una rosa; encerrada en un triste y mugriento bozal de perro. Era una rosa fresca, recién cortada, de color amarillo, con un brillo azulado, al revés de aquellos ojos que la miraron desde un rostro de mujer. Por sus pétalos podían observarse aun las gotas frágiles de una brisa veraniega. No sabia, la rosa, no tenía idea de qué era lo que hacia allí dentro; ni de cómo, ni cuando fue a parar a ese agujero, a esa cueva, a esa cárcel, a esa garra que la mantenía presa del deseo. Lo cierto es que la rosa permanecía allí, en silencio. Esperaba, quizás, el amor… aunque realmente no lo creo.
Fue mucho después, aun después de que marchitara, cuando el joven la encontró y la tomo con sus manos. La sostuvo durante un rato, la contempló, parecía estudiarla con sus ojos tristes… con otro rato mas se sentiría identificado. Pero una lágrima casi perdida, de esas que parecen provenir de los recuerdos, se escapó de uno de sus ojos. Lentamente caía cuando la vio pasar junto a sus dedos. Debió haberse asustado, fue todo un solo gesto, abrió bruscamente las manos; la lagrima golpeo fuerte contra el piso, en un instante fotográfico, como una bomba al estallar, así también, fue a dar la rosa al suelo. Sus pétalos ya muertos, carentes de los colores de la vida, se esparcieron con el primer viento manchados por la gota; pareció que la rosa suspiraba en un impulso nervioso y daba su último grito, único, tardío, antes de que llegara la lluvia.
Rosa y lágrima tiñeron las primeras gotas de lluvia, fundiéndose en un color entre sepia y negro, pero luego se fueron, como si se esfumaran, desaparecieron, se perdieron. El joven apretó su abrigo por el cuello, prendió casi en el mismo acto un cigarrillo, miró al cielo, gris y feo en esa tarde; rascó por ultima vez su cabeza, tomó su bolso y subió al primer colectivo que pasaba por allí.
Pero yo me quedé allí. Había estado presente en cada momento. Yo conocía el perfume de esa rosa, pero no podría describirlo. Había sentido en persona el temblor de aquellas manos, fueron mis ojos los que vieron aquellos dedos soltar el tallo. Fue entonces mía la lágrima que estalló junto a aquellos pétalos. Y claro está que a la rosa la conocía bien, pero no había sido yo el que la había puesto en aquel estado. Quién era el joven, no lo sé, puede que haya sido yo, pudo haber sido cualquier otro o tan solo un sueño de esclavo.
Extrañaba sus piernas acariciando mis labios, extrañaba sus labios acariciando mis dedos, extrañaba sus ojos besando mis brazos y el abrazo tierno de mis ojos en su pelo. La extrañaba… y no tardé mucho en comenzar a odiarla. Debo confesar que me dio mucha tristeza ver el balde de frutas podridas, que hubieran podido ser frutillas o duraznos, pero que tan solo se pudrían y se seguían pudriendo unas con otras. Una vez mas extrañé tenerla cerca, así… como cuando su piel descansaba en mi hombro. Pero tan solo, quizás por ello, empecé a odiarla.
Enseguida, las nubes se calmaron, el cielo destiñó su celeste sobre ellas, el aire y la realidad se contagiaron de un color tornasolado. Yo me paré, apagué mi cigarrillo contra el mismo suelo que la flor y la lágrima habían tocado, apreté también el cuello de mi abrigo y partí perpendicularmente, hacia el lado contrario, de donde había ido aquel muchacho.
Aldo Baccaro
Junio 2002, Buenos Aires.
Noviembre 18, 2008 | Por licrock | # Enlace permanente
El despertador comenzó a hacer ruido a eso de las seis treinta, pero Juan lo escuchó recién a las siete… siete y diez. Prendió el calefón y abrió el agua para que vaya corriendo. El perro lo seguía por toda la casa molestando su desplazar, le sirvió un plato de comida como para que se entretenga y entro a la bañadera. El agua caía y caía, como cuando cae y cae, como esa lluvia espesa de verano. Juan pensaba en ese día tan parecido a los demás, ese día que estaba comenzando y que no traería nada nuevo.
Recalentó una tasa de café en el microondas y prendió la TV para ver el noticiero. Jamas se interesó por las noticias, menos a la mañana, pero le gustaba que algo hiciese ruido a humano mientras se cambiaba. Tomó su café frío como todas las mañanas antes de salir a la calle. Caminó dos cuadras hasta la parada de colectivos y perdió el suyo por quedarse mirando una rubia demasiado llamativa. Tomó el siguiente sin importarle el hecho seguro de que iba a llegar tarde.
Entró a la oficina quince minutos atrasado y se sirvió su segundo café del día. Se encontró con su escritorio tal cual lo había dejado el día anterior. Prendió la maquina P.C. y comenzó su actividad: Hacer huevo hasta la hora de comer. Llenó planillas con datos y mas datos, datos vacíos, horas vacías. Almorzó un pedazo de tarta y una coca, de postre el quinto café del día. La tarde la pasó igual que la mañana. Salió del trabajo con el tiempo justo para ir a la facultad. Y otra vez, subte, colectivo; pasó otra hora mas del día, una hora de gente, tumulto, violencia, sexo morboso y todo lo que implica viajar en subte y colectivo en horas pico, hasta durmió una pequeña siesta.
Llegó al aula donde tenía clase y se sentó con sus compañeros de costumbre. Intentó tomar interés por las palabras del profesor, pero la verdad es que no podía. No pasó mucho tiempo pensando cómo un profesor podía decir tantas palabras y desplegar todo su vocabulario y no decir nada. Se resignó y pasó el resto de la clase conversando con sus compañeros sobre temas triviales, aunque siempre lo discutan como si fueran a resolver el mundo. Salió en el descanso a tomar el octavo café del día y se encontró con una amiguita que no estaba tan mal… pero no, no era ella la persona que él estaba buscando.
Otra vez el colectivo, cerca de las doce de la noche estaba abriendo la puerta de su casa. Como todas las noches entro con es esperanza idiota de que alguien lo esperase con la cena lista, pero se encontró con un vacío profundo: la soledad. Ofendido decidió no cenar y se acostó, como a la hora se durmió sabiendo que el día siguiente sería igual. Lo que no quería reconocer es que Juan era él.
ALDO BACCARO
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