EL BOEDO ROCK BAR TEMPORADA 2 HISTORIA 1

“LA CASONA” (borrador)

 

                Como muchos saben y para los que no, el Boedo Rock Bar, actualmente conocido como Baccaro Bar & Club Social, está instalado en una casona muy antigua. La finca original consistía de un local en la esquina de Castro Barros e Av. Independencia y una vivienda continua sobre la calle Castro Barros. En la esquina supo existir también la famosa confitería “Ruta 3”, de Los Gallegos también dueños de la casa de sepelios, hoy en ruinas, a mitad de cuadra. Es infinita la cantidad de historias, tanto del terreno de los vivos como el de los muertos, que albergan esas paredes, esa cuadra, esa esquina. De no ser por las luces del Bar, esa esquina sería de lo más tenebrosa. En más de una ocasión, antes de abrir o después de cerrar el local El Viejo, Jota, Yo mismo, hemos escuchado y visto cosas rarísimas. Personas que ya no están, por así decirlo, o animales que aparecen y desaparecen. EL hecho de que, al menos,  dos de los dueños anteriores se hayan suicidado no es un dato menor.

                Varias veces me quedé a dormir en los altos de la casona, como solía hacerlo El Viejo, la verdad es que cada vez tengo menos ganas de dormir allí.  En plena mañana, se escucha gente caminar por el techo, rizas en la cocina, gente que sube las escaleras conversando; pero cuando me levanto sorprendido a ver de quién o qué se trata… nada. Otra cosa curiosa que me ha pasado, es cerrar una canilla y que se vuelva a abrir; o servirle a un extraño cliente una copa de vino y este se desvanezca en el aire en el momento de tomarla.  Llamenlé Fantasmas, Superstición, como quieran. Pero pasan cosas en la casona que la ciencia no entendería jamás. El por qué los santos se dan vuelta y miran a la pared, es el misterio más temido.

                Entre todos estos, está también “El Marinero”, un viejo barbudo que gusta de tomar ginebra; “El Funebrero o Empleado de la casa de sepelios” que se toma el agua de los floreros, literalmente, o se toma la copa del Gauchito Gil, nunca tiene un mango y acusa devolvernos la gentileza el día que pasemos por su local… ay mamá; También hay dos damas, muy bonitas, una la vimos partir así que no daremos nombre, la otra es una señora, de edad indescifrable, por momentos añeja, por momentos invita al deseo… a lo que siempre está dispuesta, dice tener ciertos poderes y saber algunos secretos de cocina.  Pero de ellos les hablaré en próximas historias. Para que no guarden temor, debo confesar que la mayoría de estos espectros se retiran cuando el local se llena de gente, por lo general son gustosos de aparecer como primeros u últimos clientes; los claros gestos en sus caras, de enfado, en cuanto empieza a llegar la gente al bar, son tan evidentes como que, Fantasmas, yo no creo pero que los hay los hay… Brujas… una y media, Duendes… son varios y se esconden como los ratones entre las tuberías y las paredes.

                La casona en si misma es otro misterio, muy vieja, guarda sin duda vida entre sus paredes, no solo por las plantas y yuyos que salen de ellas, sino por sus movimientos. Cuando el local tuvo una noche a full, es muy común ver a las paredes cansarse, transpirar y hasta achicarse, como si pidieran que le vaciemos la casa. En invierno tiemblan, en verano se hinchan, en otoño pierden pedacitos de pintura y revoque como si perdieran hojas, en primavera florecen. Y  a veces, solo a veces, la casa habla. Cuando habla, hay que callar, respetar y, si lo pide, retirarse.

La casa es grande y sabe tener corazón, de eso no tenemos dudas. Albergar tantos jóvenes por noche durante tantos años… es sin duda su gesto. La casa abraza, besa, se enoja pero perdona, la casa es vieja pero muy buena… la casa es una abuela, una abuela de 142 años a la que le gusta el calor y las risas por las noches.

Bueno gente, hasta aquí la historia de La Casona, en la próxima les contaré  algunas anécdotas sobre El Marinero, El Funebrero y La Señora.

 

Lic. Baccaro


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S-G YANZON
Febrero 15, 2011, 3:34 pm, Reportar este Comentario S-G YANZON dijo

El muchacho casi no podía hablar. Tenía la mandíbula dislocada, un brazo quebrado y la lengua casi partida en dos. En esa condición llamó a una casa, y como pudo dijo: «Allí abajo está mi amigo, Evan Rivera. Sálvenlo.»

Tanto Rodel Panis, de dieciséis años de edad, como Evan Rivera, de dieciocho, habían caído por un risco de 65 metros. ¿Qué había pasado? Otro joven, David Salanoa, los había obligado a saltar, poniéndoles un cuchillo a la garganta.

Todo fue una locura juvenil. Para vengar el suicidio de un hermano suyo, David Salanoa obligó a saltar del risco a sus dos compañeros. David, endrogado, los acusaba de ser responsables de la muerte de su hermano.

Cuando la policía realizó las investigaciones de rigor, halló la trama del caso. Todos esos jóvenes eran miembros de pandillas juveniles y practicantes de ritos satánicos. El trágico incidente fue producto de esos ritos en conjunto con la música rock, el alcohol y las drogas.

Dave Hart, un investigador social que era especialista en la música rock, explicó que hay tres tipos de esta música. «Primero —dijo Hart— está la música rock “recreativa”, que pone a los jóvenes a bailar y a menearse. Segundo, está la música metálica rock “violenta”, que hace que los jóvenes se arrojen del escenario, salten por encima de las gradas o se amontonen unos sobre otros. La tercera, y más terrible, es la música metálica rock que los muchachos llaman “negra”, es decir, “satánica”. Esa es la que los lleva a la violencia y al suicidio.»

Esta música rock, combinada con ritos extraños en los que se adora al diablo, es una de las amenazas más serias a la juventud moderna. Pocas cosas trastornan con tanta fuerza y con tanta rapidez a nuestros incautos adolescentes.

¿Por qué será que a nuestros jóvenes los atrae tanto lo que provoca violencia? Lo que produce la paz no les interesa. Lo que calma el espíritu no tiene atracción. Se necesita gritar y brincar y destruir y matar. Si no es así, no se ha gozado.

Algo anda mal. Un comportamiento así no es, no puede ser, el resultado de lo juicioso, de lo equilibrado, de lo pacífico. El mero hecho de desear la violencia debe hacernos dudar de nuestro juicio. ¿Qué nos está pasando?

Lo que nos pasa es que hemos abandonado los principios morales de nuestro Creador, y el resultado siempre será el caos y la destrucción. Regresemos a Dios. Busquemos su divina gracia. Llenémosnos de Él. Él nos dará su paz.

http://www.conciencia.net

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