Septiembre 10, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
El sol caía detrás de las colinas de Alta Escocia. En el jardín oeste del castillo, Harriet Leigh y George Waring sellaban con un prolongado beso su compromiso, a escondidas. Recostados en el muro que exhalaba perfumes de verano, se prometieron esperarse un año. El tiempo que George debía pasar en el frente. Quizás a su retorno, victorioso tal vez, el padre de Harriet accedería a entregar la mano de su hija a Waring. La gloria le haría olvidar que George era tan sólo un soldado de la Armada Británica, sin más título que su valentía y sin ascendencia noble. Waring, cortándose un rulo rojizo de su cabello, lo escondió amorosamente en el corsé de Harriet, mientras ésta secaba sus lágrimas con un pañuelo bordado de puntillas que guardó en el bolsillo de su prometido. El cuerpo gallardo de George, caminando sendero abajo hacia el río, sería una imagen que Harriet recordaría para siempre.
No habían pasado treinta días cuando llegó al pueblo la noticia de la muerte de dos soldados escoceses a manos de los franceses. Uno de ellos era Waring. Su navío de línea, el Britania II, había atacado a una fragata francesa. En el enfrentamiento habían muerto seis ingleses y otros tantos del bando contrario. Las averías ocasionaron el hundimiento del buque francés y dejaron fuera de combate al Britania.
Harriet lloró a su prometido seis meses, seis días y seis horas. Luego de los dos primeros de llanto y encierro en una de las torres del castillo, herencia de sus antepasados, se ensimismó con entusiasmo obsesivo en la confección de un vestido de bodas. Sentada tras los ventanales románicos transitó el invierno entrelazando minuciosamente los bolillos mientras miraba caer serenamente la nieve. Los días y su consuelo se fueron alargando, y la primavera la sorprendió con su obra terminada y el corazón dispuesto a la búsqueda de nuevos afanes. Se probó secretamente el vestido y lo guardó en un arcón.
Lord Leigh agradeció a la providencia el giro de las circunstancias y se dedicó de lleno a la búsqueda de un candidato digno para su hija: el hijo de un amigo íntimo, Peter Campbell, escocés de pura cepa, primogénito del duque de Greenock.
Harriet recibió la estación de las flores sepultando su tristeza y las cenizas del recuerdo de George bajo los copos de la última nieve. Acomodó sus bucles y sus faldas y, como una ninfa que acaba de sufrir su última transformación, se lanzó a disfrutar el nuevo tiempo y el nuevo pretendiente. Era tal su deseo de iniciación que no puso reparos por la situación y se propuso a sí misma enamorarse de Peter. Menos apuesto que seductor, los doce años que le llevaba a Harriet lo convirtieron en el guía que ella necesitaba para su aprendizaje erótico. Amante de la cacería y los placeres mundanos, la introdujo en el mundo banal y despreocupado de la nobleza y el ocio. Lo recorrieron todo: bailes, festines, caminatas por el bosque y los tan ansiados momentos del amor. Harriet se entregó a ellos con avidez primigenia respondiendo más a sus instintos que a su imaginación. Sin embargo, a poco, comenzó a desilusionarse. No entendía por qué tras lo maravilloso del instante sobrevenía una sensación de zozobra. Hasta que descubrió la razón: no podía evitar que la imagen de George se le presentara como inquiriéndola. En ocasiones su presencia era tan intensa que Harriet comenzaba a sollozar. Peter la amaba. Su primera atracción sensual había mudado por una fascinación profunda y se desesperaba frente a esos desconsuelos sin explicación.
En honor a la moral y las buenas costumbres, la pareja no compartía la habitación en el castillo. Sus encuentros eran fortuitos y secretos. Cuando Peter permanecía allí, lo hacía en un cuarto de huéspedes ubicado en una de las torres que daban al este con vista al mar. Y fue allí donde una noche ocurrió lo inesperado. Había tormenta. En la pieza el viento húmedo se colaba con furia por todos los innumerables resquicios de las paredes. Peter dormía de espaldas, apenas cubierto por el plumón. Fue simultáneo: la ventana que se abrió como empujada por alguien y la caída brusca del candelabro que dio en la nuca de Campbell, quitándole la vida. La conmoción y el horror recorrieron el castillo al día siguiente. Los guardias revisaron la habitación sin observar nada extraño, mucho menos sobrenatural, y el deceso de Peter fue atribuido a una sinrazón del destino.
Harriet recibió el hecho como un alivio. No estaba enamorada de Peter y no lo podía confesar. Su padre en cambio, se creyó responsable en cierto modo de la tragedia. La impresión y su avanzada edad lo golpearon con dureza y se derrumbó en una depresión, de la que no logró salir. Murió a fines del invierno. De tristeza o de inanición. Nunca se supo.
Y nuevamente para Harriet, fue empezar la primavera y suspirar por el amor inalcanzable. Esta vez llegó de la mano de un primo cinco años menor que ella. La ausencia de su padre dio carta blanca para la relación, que se mostró abiertamente: Brian Scott era hijo de una prima de su madre y vivía en una población cercana. Todo él era una carcajada colorada. Alto y robusto, había heredado de su familia el noble oficio de constructor de catedrales. Enamorado de la vida la derrochaba a mansalva. Para Harriet fue como una campanada en el aire y se entregó a él con renovada confianza.
Sin embargo la imagen de George no la abandonaba. Cada vez que ella hacía el amor, él estaba allí. La muchacha se sentía extraña. Imaginaba que eran otras manos las que la acariciaban y que era Waring y no su nuevo pretendiente quien la penetraba. El pudor la obligaba a callar y las ideas y las sensaciones se entremezclaban en su mente. El marino era un presente permanente.
El noviazgo con Brian Scott no duró mucho. Un atardecer de septiembre, Brian había bebido cerveza hasta tarde con sus amigos y salió para retornar a la casa familiar. Dio unos pocos pasos afuera de la fonda y sintió un dolor brutal como si una daga se le hundiera en el pecho. Apareció muerto y ensangrentado al pié de su caballo. Nadie fue capaz de encontrar rastros del asesino ni dar con el arma blanca que lo había ajusticiado. Harriet asistió a las exequias que se hicieron en la abadía construida por los Campbell y lloró largamente su ilusión desvanecida. Sin que nadie notase nada extraño, y como en un suspiro, una mano transparente secó las lágrimas de la joven con un bellísimo pañuelo bordado de puntillas.
El otoño y el invierno vistieron y desvistieron de colores el paisaje. La primavera trepaba por la sangre cuando Walter y Harriet se descubrieron. Hacía varios años que Walter James trabajaba como cuidador de los caballos de la familia, pero su condición social había vedado el encuentro. Fueron las ansias y la desesperación de Harriet las que le abrieron los brazos a James, quien la admiraba calladamente.
Las tardes, las noches y las madrugadas con Walter, le hicieron alcanzar la máxima escala del placer, no porque James fuese un amante experto, sino por las imaginaciones que surgían en la mente de la muchacha, a partir de estar haciendo el amor con un plebeyo. Fascinada la joven, lo disfrutó todo: el sexo en la húmeda y lúgubre pieza del caballerizo, el secreto acogedor del heno en lo alto del establo, el escondite arriesgado en el carruaje. La seducción de lo prohibido alimentó la nueva relación con una fuerza insospechada y la excitó más que nunca antes. Harriet alcanzó su deseo. La imagen de Waring se fue desdibujando y esa sensación misteriosa pasó a ser sólo un recuerdo irreal.
La felicidad plena suele ser una estrella fugaz. Un anochecer, luego de haberse amado largamente, rodeados por el aroma a pasto seco y estiércol, Harriet volvió a sentir el vacío y la congoja final. Guardó en silencio su inquietud y aferró el cuerpo de James, durmiéndose sobre su hombro. Si hubiera presentido lo futuro, seguramente se habría quedado despierta: una fuerza sobrenatural detuvo el corazón de Walter para siempre. Los primeros rayos iluminaron el establo. El cuerpo ya frío del muchacho, espantó a la joven que, sin sujetar siquiera sus ropas, cruzó aterrada los jardines hasta refugiarse en su habitación.
La muerte de James trascendió como maleficio y Harriet se mantuvo encerrada días y días, apenas comiendo. Sus pensamientos deambulaban inestables, pero no quiso que nadie se hiciese cargo de ella.
La noche llegaba y Harriet peleaba consigo misma para no dormirse. Extrañas imágenes y pesadillas la perseguían noche tras noche. De a poco los párpados cedieron y un aroma a mar la fue invadiendo: bruma y humedad la rodeaban. Estaba en un barco. Entre la penumbra y la niebla se escuchaba ligera, casi sagrada, una gaita. Varios soldados realizaban alguna ceremonia. Harriet estaba próxima a ellos, pero no la percibían. Se acercó aún más y allí los vio. Sobre el puente seis hombres yacían bajo la bandera británica. Recibían los honores de la despedida. Uno de ellos era Waring. Los cuerpos se encontraban alineados en diagonal a la proa y cada uno tenía los ojos cubiertos por sendas monedas de cinco chelines. Harriet los miraba con una extraña serenidad. Se dirigía a George. Le acariciaba el rostro con las manos. Los marinos pasando casi por encima de ella, tomaban de a cuatro cada cuerpo, lo balanceaban siete veces y lo arrojaban al mar. El sonido y el agua helada y salada le salpicaban el rostro. Llegó el turno de George. Harriet trato de detenerlos. Tiró los brazos para sujetar las ropas deshilachadas de su amado, pero el vaivén la empujó contra la cubierta. En ese mismo momento vio caer una de las monedas que el muerto llevaba en sus ojos, y rodar hasta encajarse en una grieta de las tablas del puente. Harriet gritaba. Le pedía a los soldados que esperasen, que no lo tiraran todavía. Sabía que la tradición exigía que se portaran las monedas para entrar en el mundo de los muertos. Corría desesperada hacia la borda. Una Muerte gigante emergía de las aguas y decía: “George, vagarás por la tierra hasta que pagues”. Todo se volvía tan negro, como si no hubiese siquiera noche…
Harriet despertó llorando.
Sólo habían pasado seis días del sueño esclarecedor. Hacía muchas horas que Harriet Leigh no era vista. Un mayordomo golpeó su puerta y no recibiendo respuesta la empujó hasta abrirla. Harriet estaba muerta. Posiblemente por envenenamiento. Su boca se fruncía con una mueca pero su cuerpo lucía bellísimo en un blanco vestido de bodas. Sus ojos estaban ocultos por dos monedas. Nadie, excepto ella, supo lo que apretaban sus puños crispados: una esterlina de plata en el derecho y un bucle de cabello rojizo en el izquierdo.
(graciela castro)
Septiembre 5, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
Internada en el bosque del insomnio me doy cuenta de que no hay bestia más feroz que mi pasado. Acostada al borde de un sueño imposible, se me agotan los recursos para conseguir la calma.
Lo de las ovejitas saltando el cerco resulta caótico. La séptima se engancha una pata en una de las tablas y queda gravemente herida. Y yo ni siquiera puedo acariciarla. El pronóstico reservado sobre el infortunio del ovino suma a mi angustia un sentimiento de culpa desgarrador. Le pido al destino que decida ente cremación o entierro y se encargue de los trámites pertinentes. Mi desvelo me vuelve incapaz de resolver el inconveniente ocasionado.
Pruebo con ciervos. Son tres. El último salta con exagerado entusiasmo y se viene a pique. Clava su cornamenta a centímetros de mi cuerpo. Por desgracia un ojo le queda abierto y me acusa con la mirada. Hago un esfuerzo para convencerme de que no tuve nada que ver con la torpeza de este cuadrúpedo pero, en definitiva, la que lo hizo saltar el cerco fui yo. Su muerte humedece mi almohada.
En un claro del bosque siento la posibilidad de caer rendida. Sin embargo se me acerca un lobo. Es ése, el que desde que sabe que ya no puedo correr tan rápido como antes amenaza con devorarme. Le propongo que por hoy no me moleste. Le explico que mañana tengo un día largo y necesito descansar. Llegamos a un acuerdo en el que no confío.
Finalmente decido prender la luz y leer un cuento de un autor japonés. En la última página me distraigo y el sueño se arroja sobre mí. Sin darme cuenta, el lobo se acomoda a los pies de mi cama.
(Agustina Ingouville)
Septiembre 4, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
I. Onírica salomónica
El hombre canoso arbitra la pulseada. Nadie tuerce el brazo lo suficiente. Alguien tiene que ganar antes del corte. La verdad del más fuerte. El hombre canoso disfruta el suspenso. Y “vamos a una pausa”… Fogwill y su frase, la del “equilibrio justo” que justo se rompe por una maderita. Falta de control y la torre se derrumba. El hombre canoso interviene para el bien de todos. Ganó otra vez. Lo justo es justo. Se inclina la balanza hacia un lado, oscila hacia el otro. Se queda quieta, en equilibrio. ¿Entonces la partió al medio, justo al medio? El hombre canoso llama al escribano. Hay otras balanzas, hay cifras exactas. Se debe pesar en la electrónica: una mitad 117,17 gs. La otra mitad, idéntica. La prueba dio positiva. El hombre canoso muerde la manzana y llora. No era lo previsto. “Me cortaron la pierna”. Señal de ajuste.
II. Onírica anoréxica
Discuto con mamá (cara de Narda, pero es mamá). “No quiero ayudarte más. ¡No quiero que seas mi jefa ni mi Petrona!”. Blanca, mi madre, cocina mirando al frente, le habla siempre a otro. Siempre ella: Blanca pregunta, Blanca contesta, Blanca acota. Yo no abro la boca. Mi voz no sale al aire. “Picá la albahaca”. Me manda. Armas blancas en la tabla… para matarla… clavar la garganta, atragantarla. ¿Qué me pasa? ¡Esto no es canal a! Omití las demás vocales. Me las comí. Tendré que vomitarlas. Basta de acatarla. Toso con la o y molesto un poco. Vamos a una pausa. Me pide que me serene. Me envenena tanta e. Les haré saber que la receta de berenjenas es de Berreteaga. Hay dos que no puedo vomitarlas, me cuesta. Escupo alguna u, puteo, apunto con el puño. Es que son las cerradas, la u y la i son más cerradas que yo. Yo debo ser una i. Mejor me guardo algo de mí para el próximo bloque. Mamá sonríe al aire mientras amasa. Las amas de casa la aman. Yo no la trago.
(jorgelina balsa)
Septiembre 1, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
I
Me es imposible precisar exactamente el tiempo que llevo así, pero puedo decir que cuando todo sucedió, enseñaba mis años juntando el pulgar y el meñique y levantando el resto de los dedos libres. Después fue un gesto irrealizable.
Los primeros años lloraba desconsoladamente. Lloraba porque no podía mover mis extremidades, lloraba porque no podía sacar los ojos de un punto fijo, lloraba porque era un niño.
Aunque las referencias temporales que conservo son pobres, recuerdo que después de mucho tiempo, entraron soldados al museo – los reconocí de inmediato porque en ese entonces me llamaban mucho la atención, como a cualquier niño – y comenzaron a mover esculturas y quitar cuadros. Me llevaron hasta una especie de almacén y me metieron en una caja. Cuando volví a ver la luz, me encontré en una sala inmensa, ricamente decorada. Paredes cubiertas de libros, objetos que nunca había visto antes y un gran escritorio de madera. Yo ocupaba un lugar central, siempre mirando hacia el escritorio. El dueño de la casa era un hombre algo mayor, que de vez en cuando se paraba a admirar mis formas. Alguna vez pensé que si me miraba lo suficiente, sería posible escapar, pero eso jamás sucedió. Durante años escuché las conversaciones entre el dueño de casa y las visitas; hablaban de una Nueva Alemania y de la guerra que se avecinaba. Así fui entendiendo cómo era el resto del mundo más allá de mi inmovilidad, del gesto eterno, del teatro de piedra.
El día que comenzaron las explosiones, la casa quedó desierta. Una de las bombas – ya a esa altura sabía mucho sobre la guerra y sobre lo que estaba ocurriendo – explotó en la calle y destruyó todos los vidrios de la sala. Más de una vez entraron a la vivienda para usar las ventanas y disparar hacia la calle. Uno de esos hombres fue alcanzado y me acompañó durante muchos días.
Volvieron los militares, pero el uniforme y las formas eran otras. La sala fue reacondicionada y ante mi desfilaron hombres hablando lenguas que no había escuchado nunca. Entendí que habíamos perdido la guerra, pero me alegré de tener nuevas cosas que aprender; todo cambio me ayudaba a romper el atroz aburrimiento. Al poco tiempo decidieron trasladarme. Sé que viajé en un camión y que fui depositado en algún lugar, pero volví a perder la noción del tiempo. Entonces, enterrado en la oscuridad, volvieron las ganas de llorar.
II
Hoy volví a ver la luz. Estoy en una especie de galpón y soy estudiado por un grupo de personas; son alemanes y puedo entender lo que dicen. Mientras una mujer me limpia con un pincel, los demás hablan animadamente: qué milagro encontrarme en ese depósito del ejército, de qué habré sido testigo, qué historias contaría de poder hablar. Además discuten sobre una muestra que incluirá las obras que se han salvado de la guerra: volveré al museo.
Me trasladan una vez más y me depositan en aquel lugar que ocupaba en la sala del museo. La muchedumbre comienza a entrar. Miles deambulan, observándolo todo. Algunos prestan atención a otras partes de mi cuerpo, otros pasan de largo. Sólo uno se detiene y me mira a los ojos.
No quiero conectarme pero no puedo desviar la mirada. Aunque sé que es imposible, uso toda la fuerza de voluntad para cerrar los ojos. Entonces aparece la misma escena que repetí infinidad de veces, cuando sentí que me miraban fijamente desde aquella ala del museo. Fue cuando me escapé del grupo y corrí hasta la escultura del guerrero desnudo. Tenía los ojos vivos, brillantes y me miraba fijamente. Entonces sentí una especie de remolino, una caída sin caer y el miedo me hizo cerrar los ojos. Al abrirlos vi que tenía a un niño parado enfrente. El niño era yo, pero podía verlo desde un ángulo superior, como en un diabólico juego de espejos. Entonces vi a la maestra Kurtz acercársele por detrás y llamarlo usando mi nombre. Entonces el niño me habló:
“Thanke”, dijo, mirándome a los ojos.
La maestra Kurtz rió y le explicó que las estatuas no hablaban, que estaban huecas y que no tenían vida. Ambos sabíamos que se equivocaba. Ella volvió a usar mi nombre y los vi alejarse. Traté de llamarla, de explicarle, pero no pude abrir la boca. Por eso no quiero mirar al que me observa; no quiero que nadie viva esta vida petrificada
Vuelvo a sentir el remolino, la caída, las nauseas. Siento que me toman de la mano; había olvidado el contacto, la piel, la temperatura. El torbellino desaparece, las imágenes se vuelven claras. La mano que me sostiene es de una mujer. Sonríe y me explica quién es el guerrero desnudo, la prisión que me retuvo durante tanto tiempo. Y me quedo viendo a la mujer porque no quiero volver los ojos a la estatua, no quiero guardar en mi memoria esa última mirada.
Me dejo llevar por la que será mi madre, aferrado a esa mano suave. Busco sus ojos y le enseño que puedo juntar el pulgar y el meñique. Entonces la escucho decir que en poco tiempo deberé enseñar un dedo más.
(matìas castro sahilices)
Agosto 31, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
“… y el demonio aceptó la invitación a la cena,
sin saber que los alimentos habían sido consagrados…” (C. Marturin, Cartas)
Los zapatos se movían entre los sucios adoquines con habilidad, esquivando charcos y desperdicios. El hedor que emanaba de las fábricas de cerveza y de los cueros hervidos en orín de las curtiembres inundaba las calles; las fragancias agradables flotaban en otras zonas de aquella capital.
Caminó hasta la posada que regenteaba Seamus por calle Brushfield y al llegar a la entrada, se encontró con una de las chicas atendiendo a un cliente; al pasar junto a la pareja la mujer le sonrió entre gemidos mal actuados. Dentro de la fonda, las figuras se movían borrosas envueltas en una nube de tabaco y humedad. Se acercó a la barra esquivando borrachos y Seamus le indicó con un movimiento de cabeza que la esperaban arriba.
Subió las escaleras y entró en la habitación. Mientras el agente Burton la observaba sentado en la cama, comenzó a desnudarse. Luego tomó las ropas que tenía tendidas sobre una silla y se vistió con un gesto de asco. Burton no pudo evitar sonreír.
« Le he traído algo », dijo el agente, ofreciéndole un objeto cubierto con un trapo. Sin decir una palabra, ella tomó el envoltorio y lo escondió bajo el abrigo que acaba de ponerse.
Salió de la posada recorriendo el laberinto de pasajes y calles estrechas. Varias veces debió esconderse para evitar el contacto con posibles clientes. Esperó bajo un portal oscuro que un grupo de hombres pasara sin notar su presencia y giró para tomar calle Aldgate. Entonces caminó en dirección a la iglesia de San Botholph, sintiendo de vez en cuando la brisa proveniente del río; era el único alivio frente al permanente tufo del alcantarillado al descubierto.
Antes de cruzar calle Mitre, la noche engendró un carruaje que se detuvo cortándole el paso, como si hubiera estado ahí esperándola. El cochero se apeó y abrió la puerta que se encontraba frente a ella. Una mano negra, enguantada, la invitó a subir. Sintió una fuerza descomunal cuando su mano la estrechó para ingresar al vehículo y a pesar de su larga experiencia en el oficio, el pulso se le aceleró. El caballero usó una voz ronca para darle indicaciones al cochero y éste agitó las riendas. El carruaje comenzó a moverse y el ruido de los cascos le dio cierta tranquilidad: tenía la impresión de que la respiración entrecortada delataría su estado. Notó el aroma que nacía de sus ropas y sintió vergüenza; la suciedad de la que venía se imponía sobre el olor a cuero y perfume del interior del coche.
El hombre permanecía en silencio y la oscuridad dentro del vehículo era absoluta. De vez en cuando alguna tenue luz entraba por las ventanas y dejaba ver el traje fino que vestía el caballero. Entonces el carruaje se detuvo junto al Támesis, en uno de los muelles de la rivera este. Ella miró por la ventana y comprobó que el amarradero se encontraba totalmente desierto; por más que gritara nadie acudiría a su ayuda.
El conductor descendió y abrió la puerta a su lado. Luego rodeó el carruaje y ayudó a bajar al caballero. Ella observó cómo la capa negra que éste vestía se abría como las alas de un murciélago. También vio un sombrero y un maletín. Descendió como pudo sin la ayuda del cochero y cayó sobre un charco de agua y barro.
El caballero la tomó del brazo gentilmente pero con firmeza. Volvió a sentir una fuerza tremenda y entendió que mientras esa garra la tuviera presa, sería imposible escapar. Dejaron el carruaje y el cochero atrás. La bruma espesa dificultaba la visión pero el hombre parecía conocer el lugar. Finalmente se detuvieron detrás de un viejo almacén.
Ella sintió las maderas húmedas y podridas a su espalda, mientras el hombre dejaba el maletín en el suelo. La mano, fría y mecánica, buscó bajo su vestido. Ella esperó en vano el frío en su sexo; la mano enguantada se apoyó bajo la parte inferior de su estómago, donde empezaba el vello púbico. Aunque la fragancia que nacía del hombre era exquisita, la empalagaba y le hacía arder la nariz. El caballero seguía apretando la zona como si se tratara de una visita de médico, buscando algo, comprobando. Con la otra mano enguantada, la seguía aferrando del brazo. Ella pensó en el cochero y se convenció que de tener éxito, no podría ser perseguida en ese mundo de bruma y edificios deshabitados. Debía actuar rápidamente: sabía que de un momento al otro la garra que la sostenía se aflojaría para buscar el filo escondido. Después, el corte de oreja a oreja, el calor de la sangre, el vientre abierto, los órganos envueltos para regalo o condimentados sobre una sartén. Entonces, cuando sintió que los dedos comenzaban a aflojar la presión en su brazo, ella apretó el gatillo bajo el abrigo y el olor a pólvora eclipsó el rico perfume y el vulgar aroma que desprendían sus prendas. Luego de vaciar el tambor del pequeño revolver sobre la figura, se perdió entre los edificios portuarios, hundida en la niebla de la noche.
Llegó a la posada después de caminar dos horas y aunque debió cruzar las zonas más peligrosas de la ciudad, su oficio le había enseñado a no temerle a nadie. Pasó frente a Seamus sin mirarlo, volvió a subir las escaleras y entró al cuarto rentado por la Agencia. Burton la estaba esperando.
« ¿Y bien?» preguntó el agente.
« Su Majestad y las putas de Whitechapel ya pueden dormir tranquilas », dijo ella, mientras repetía el gesto de asco y se quitaba el sucio disfraz.
(matías castro sahilices)
Agosto 27, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
La noche iba oscureciendo lentamente la calle y las veredas. En una casa se veía la ventana iluminada y, dentro del recuadro blanco, un hombre y una mujer. Los separaba la luz de la lámpara que caía sobre la mesa.
Hablaban. Él en voz alta. Algunas de las palabras, que se escapaban por la ventana, eran indecisas, a veces rogaban y a veces exigían. Las manos, mientras tanto, se movían en el aire como intentando una caricia pero ella bajando la cabeza ignoraba el intento y recibía sólo las palabras. El resto de la sala, hasta donde llegaba la luz, estaba vacío. Sobre el piso, unos platos rotos, un florero y también unos libros caídos.
En un acto de ternura inútil él trató de tomar las manos de ella, que estaban allí como abandonadas bajo la luz de la lámpara, pero las manos se retiraron precisas escondiéndose debajo de la mesa. El gesto de ella fue espontáneo. Irreparable. Aunque seguía sentada frente a él, pareció alejarse un poco, como si hubiera trazado un círculo imaginado pero impenetrable; las palabras del hombre no entraban, solo iban y volvían. Se quedó callada mirando la calle. Los vidrios de la ventana reflejaron en secreto su otra mirada: una mirada que ya no tenía miedo.
La ventana, levemente abierta, movió la cortina; la tela con un movimiento liviano cayó como un velo opacando la luz. Pero a su través, se vio que una figura se levantaba, desapareciendo del rectángulo iluminado. Después la puerta se abrió y se cerró casi sin ruido.
Se abrió un poco más la ventana corriendo la cortina y, apoyándose en el marco de madera, él miró la calle. Ella caminaba por la noche con sus dos valijas. Y, a pesar de la penumbra que delineaban los árboles de la vereda, él tuvo la certeza de que en los ojos de ella, claros y desafiantes, había una silenciosa despedida. Los motivos los llevaba anotados en los moretones de su cara.
El hombre quedó allí mirando la sombra de la mujer, ya perdida entre las otras sombras. Despacio cerró los vidrios y apagó la luz. La ventana ciegamente a oscuras se quedó vacía.
(lydia bermúdez)
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En ese instante sentí una horrible tristeza y, sin embargo,
algo así como un brote de risa empezó a cosquillearme el alma.
F. M. Dostoievski
Yo creía que me estaría esperando con impaciencia, pero me equivoqué. Alina me preguntó al verme por qué había tardado tanto y sin esperar respuesta salió para no sé dónde. Por supuesto, lo hizo adrede. Pero no hay por qué extenderse en estos pormenores; todo esto podría constituir un relato especial, que no quiero intercalar en esta historia. Sin embargo es necesario que me explique. Hay mucho que contar.
Esperaban a comer a la señora de Regules y al chico de los Rivas. Como de costumbre, en cuanto había dinero invitaban a comer. Se me antoja que él estaba locamente enamorado de Alina. Cuando ella entró se le encendió el rostro con todos los colores del ocaso. En la mesa, habló hasta por los codos de finanzas. De vez en cuando me atrevía a objetar algo, para no verme privado por entero de mi autoridad. Yo estaba de raro humor y, por supuesto, antes de mediada la comida me hice la pregunta usual y de siempre: ¿la quiero? Cierto era que me había sentido mejor durante esos quince días de ausencia que ahora, en el día de mi regreso, aunque todavía en el camino desatinaba como un loco. En cierta ocasión (esto pasó en Chivilcoy), me dormí en el vagón y, por lo visto, empecé a hablar con Alina en voz alta, dando mucho que reír a mis compañeros de viaje. Y ahora, de nuevo, me hice la pregunta: ¿la quiero? Y de nuevo no supe qué contestar; o, mejor dicho, de nuevo, por centésima vez, me contesté que la odiaba. Sí, me era odiosa. Había momentos (cabalmente cada vez que terminábamos una conversación) en que hubiera dado media vida por estrangularla. Y sin embargo, juro por lo más sagrado que si en un puente me hubiera dicho efectivamente “¡Tírese!”, me hubiera tirado en el acto, y hasta con placer. Yo lo sabía. Y ella, por su parte, lo comprendía perfectamente.
A la caída de la tarde, como era menester, logré hablar con Alina un cuarto de hora. Se me antoja que hasta entonces me había mirado como aquella emperatriz de la antigüedad que se desnudaba en presencia de un esclavo suyo, considerando que no era hombre. Confieso que el corazón me latía fuertemente y que no las tenía todas conmigo. Ello ocasionó el que yo me desbocara y echara por alto toda cortesía.
—No sé por qué ni cómo la quiero. ¿Sabe? Quizás no tiene usted nada de guapa. Figúrese que ni tengo idea de si usted es hermosa de cara. Su corazón, huelga decirlo, no tiene nada de hermoso y quizás sea usted innoble de espíritu.
Ella me miraba de tal modo… Primero me tomó como un idiota, pero al final quedó con la impresión de que era hombre bueno y acomodaticio. En resumen, tuve la suerte de acabar mereciendo el absoluto beneplácito de la señorita.
—Casémonos y me llevas a Budapest —dijo con desdén.
Efectivamente, tuvimos una boda. Han transcurrido ya dos meses desde ese día imbécil, ¡y cuánto jaleo, escándalo, algarabía y aspaviento! Nora, que era en efecto una chica excelente (claro que en su género), me dijo hacia el final del festín: “Eres bueno y listo… ¡sólo lamento que seas tan tontorrón!”
¿Qué contaré de Budapest? En la tarde del segundo día, Alina quiso conocer la ciudad y el deshielo. Recuerdo que llevaba un vestido de seda de mucho vuelo, gris oscuro. La pollera se le pegaba a los muslos (no estaba bien abrigada). No dijo nada hasta llegar a la avenida. Por el lado de la Dobrina Stana, caballos erizados de estalagmitas y polizontes rígidos. Me acuerdo que me paré a mirar el río, batiendo contra los pilares, enfurecidísimo. Cuando levanté la mirada, la divisé al extremo mismo de la avenida. Cómo le gustaba caminar sola. Torció hacia la plaza Vladas y desapareció. Supuse que después de la plaza venía el puente de los Mercados. Valía asomarse al parapeto del puente y sentir en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. A ciencia cierta, no recuerdo en qué iba pensando durante el camino. Cuando ya alcanzaba el final de la avenida me sentí de pronto lleno de temor, quién sabe si no se perdería (con ese frío y dejarse el abrigo en el Burglos). Con cada paso mi espanto se redoblaba. Por la plaza Vladas seguí hasta el nacimiento del puente, un poco andando, un poco corriendo, hasta que la vi.
Todo cruzó ante mis ojos en tres segundos. Ella caminaba como si tuviera derecho a todos los honores. En el centro del puente desolado, una mujer harapienta de pelo negro y lacio esperaba con las manos cerradas pero ya tendiéndose. Sin temor, Alina alargó también las manos. La mujer del puente se apretó contra su pecho y las dos se abrazaron rígidas y calladas, como repitiendo un ensayo general, con el río trizado golpeando en los pilares. Lentamente se separaron y Alina en su vestido gris, siguió su camino sin dar vuelta la cara, el pelo un poco suelto contra el viento, yéndose.
La mendiga gritó. Parecía no estar del todo en su sano juicio. Recuerdo que me miró de arriba abajo, con terrible fijeza. Para ese entonces estaba a cinco pasos de mí. Valía quedarse, un poco por el miedo que me venía de adentro, un poco por la angustia que reflejaba su semblante. Me puso ambas manos en los hombros. Deseaba al parecer leer algo en mi rostro. Me escuchaba, pero por lo visto sin entender lo que le decía. Me causaba sobresalto, porque se me antojaba que de veras iba a volverse loca. Le dí un gulden y lo rechazó con desprecio. Por fin nos separamos.
Cuando llegué a la habitación del hotel, Alina estaba allí, sentada en el sofá. Pienso que eran las siete de la tarde, poco más o menos. Ella miraba en torno suyo de modo extraño, como si estuviera saliendo de un letargo. Quise tomarla de la mano, pero inesperadamente me apartó de sí. Así era, tenía hecho el equipaje. Todo ello fue una locura y una enorme sandez.
Pero vamos al asunto. Hoy se cumplen dos meses desde mi regreso y anoche fue otra vez. No es más que un sueño, pero cómo adhiere. Llegaba a la terrible ciudad y era de tarde, casi de noche. Andaba a paso de turista buscando una plaza contra el río (el mapa en el bolsillo de mi sastre azul) y al final de la plaza empezaba el puente. Lo crucé hasta el centro, andando con trabajo porque la nieve se oponía. En la semipenumbra noté una figura sentada. Me acerqué, miré… y se me cortó la respiración: era Alina. Recuerdo que me miró de arriba abajo, sin moverse de su sitio. No pude apartar los ojos de ella. Había algo extraño en la expresión de su rostro, algo fijo y ávido en la cara sinuosa. Sentí miedo. Y ella estuvo tan de acuerdo conmigo que gritó. La mendiga gritó.
Me enderecé rígido en la cama, nada más que por pensar: ¿Y si está? (Porque todo lo pienso con la secreta ventaja de no querer creerlo a fondo). Yo digo: ¿Y si está? Quizás haya en esto una cierta mezcla de premoniciones, un auto-envenenamiento de la propia fantasía, o quizás otra cosa… no sé. Sí, en ocasiones la idea más loca, la que parece más imposible, se le graba a uno en la cabeza con tal fuerza que acaba por juzgarla realizable. Más aún, si esa idea va unida a un deseo fuerte y apasionado. Yo podría irme ahora mismo a Budapest, si realmente se me antojara. Pero me he vuelto un canalla con el tiempo, ya no le tengo respeto. A veces sé que tiene frío. Que sufra, que se hiele. Sí, Alina Reyes y por eso anoche fue otra vez, sentirla y el odio. Todavía no es fácil decirlo.
(cecilia lerz)
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Todo alrededor mío es blanco. Paredes, techos, pisos, cortinas. Hasta el lugar en donde me tienen sentada está cubierto con algo blanco. Una mujer toda blanca se me acerca. Y un hombre, también todo blanco, me mira amenazante. Los dos están muy cerca y me miran. Tienen algo en las manos, y ya están casi tocándome.
¡Qué miedo! Estoy muerta de miedo. Estoy tan asustada, que ni siquiera puedo llorar. Ni tampoco gritar. Pero con miedo y todo, cuando miro sólo sus caras, no me parecen tan asustadores. Y me hablan y me hablan, pero yo no los escucho. El miedo no me deja. Mis ojos buscan desesperadamente algo conocido. Me siento sola. Y ahí encuentro la mirada de mamá. ¡Justo mi mamá! ¡Que está más asustada que yo!
Le pido ayuda en silencio, pero mamá… nada. No reacciona. Me mira con una sonrisa rara. Parece una mueca. No se da cuenta que le estoy pidiendo ayuda y ahí se queda inmóvil. Como clavada en el piso y agarrada de los barrotes de la cama para no caerse.
La cabeza me duele. Tengo ganas de llorar. ¡Pero no! ¿Si lloro y mamá se asusta? Aprieto fuerte los dientes y espero al de blanco que se me viene. Me anda por la cabeza con algo brilloso y siento como unas cosquillas. Por suerte no duele nada.
Y a todo esto, mamá sigue ahí. En la misma posición, y con la misma sonrisa tonta. Por momentos la pierdo de vista, porque el de blanco se me pone por delante, en esto de andarme por la cabeza. Pero la vuelvo a encontrar, y eso me tranquiliza.
-Listo. Ya está -me dice el doctor-. ¿Viste que no dolió?
No le contesto y pienso: ¡me quiero iiiiiiiirrrrr!
Y a mamá la felicita, y le dice que soy muy valiente. Y ahí me entero que él fue el de la idea de que se agarrara de los barrotes de la cama. Parece que estuvo a punto de desmayarse.
Y no era para menos. El susto por mi caída, la sangre que corría por mi cara, el viaje hasta el hospital sosteniendo una toalla en mi frente. ¡Y encima le dijeron que me tenían que coser! Fue mucho para mamá.
El doctor le dice que me lleve al día siguiente para curar la herida. Pero yo juro no volver nunca más. Y cuando nos vamos, le pregunto a mamá por qué tenía esa sonrisa rara (no le dije tonta para que no se ofendiera). ¿Y sabes qué me contestó? ¡Que era para que yo no me asustara! ¡Qué caradura! Habrase visto tu abuela, ¿eh?
(cristina mustafá)
Agosto 21, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
Abrió la ventana y dejó que la humedad del día la envolviera. Hacía días que llovía y el aire pegajoso y tibio le apaciguó la piel. Elisa suspiró y volvió a enfrentarse al espejo para mirarse detenidamente. Allí estaban: blancas manchas informes salpicándole la piel aquí y allá. Unas semanas antes no había dado importancia al cosquilleo que había sentido en la nuca. Nuevamente piojos, había pensado en ese entonces, y había sonreído aliviada al notar que la picazón había desaparecido luego del tratamiento. Pero ahora, enfrentada a esas sombras blancas poblándole el vientre, Elisa supo que aquello había vuelto.
Hacía ya mucho tiempo desde la última vez. Recordaba a su madre susurrándolo con el médico, pero a la luz de la distancia y sin un solo síntoma, Elisa había llegado a creer que eso jamás había existido. Evocó vagamente las noches calenturientas y la transpiración pegajosa de su niñez. También en ese entonces, corpúsculos viscosos aparecían esparcidos por su cuerpo en las siguientes mañanas. No era mucho más lo que le venía a la memoria, quizás la brevedad del asunto.
Miró nuevamente por la ventana, el invierno había sido frío pero de a poco llegaba a su fin, pronto comenzaría su trabajo en la huerta. Añoraba como nunca el contacto con la tierra, su perfume, su humedad. Esperaba ansiosa volver a sentir el regusto del polvo en su boca. Mientras, solo le quedaba concentrarse en la costura.
Acaso fue una semana después cuando comenzaron las náuseas. Pequeñas volutas abultadas la recorrieron por debajo de la piel, a la par que desde lo profundo de su ser nacían las arcadas que le provocaban una espesa saliva bajo la lengua. Ahora Elisa temió. Evaluó quizás la visita al médico pero en seguida la desechó; se dijo que mejor sería dejar que pasara solo, como aquella vez cuando niña y en cambio decidió estudiar los signos que se presentaban en cada ocasión para poder predecir los eventos. En vano lo intentó, los accesos la sorprendían cada vez y ella sólo alcanzaba, entonces, a permanecer quieta y tirada en la cama esperando a que todo volviera a la normalidad. Eran apenas instantes, uno o dos cada tanto y ella no podía decir si iban en aumento o no, porque en cuanto notaba que el acceso se repetía más de la cuenta, éste se discontinuaba. Aprendió a sobrellevarlo. Enrique, su marido, no lo notaba y eso la hacía feliz. Mientras lo pudiera mantener en secreto no habría de que preocuparse.
Pero entonces sucedió algo más. Así, de la nada, una tarde sintió que el pecho se le volvía vacío. Un enorme agujero que se abría y crecía dentro suyo hasta casi abarcarla por completo. Elisa cosía cuando lo sintió por primera vez y ante lo desconocido sintió pánico. Se sostuvo aferrada a la mesa que tenía frente a ella y resistió la fuerza que la abarcaba. Por un instante pensó que desaparecería y, cuando ya se daba por perdida, todo volvió a la normalidad. Esto es nuevo, pensó. Esto no tengo registro de haberlo pasado antes. Se palpó el pecho donde había comenzado el vacío y todo estaba como antes. Pellizcó sus brazos y se hizo daño. Ella existía aún, con apenas un mareo pero entera. Más tarde, mientras se duchaba, se examinó con más detalle y descubrió que aquellas manchas blancas eran ahora verrugas gelatinosas adheridas a su piel. La mañana siguiente decidió consultar al médico pero los exámenes no arrojaron luz sobre sus problemas. ¿Un vacío? ¿Cómo era eso? ¿Volutas? Ni las radiografías, ni los análisis de orina, ni nada de nada hablaba de enfermedad alguna. Pero ella sabía. Ahora, sentada frente a la televisión apagada, podía hacer un repaso somero de los acontecimientos y supo que aquello había vuelto por más.
La tarde era cálida, entrada ya la primavera. Un aire cargado de perfumes empapaba la huerta donde Elisa transpiraba y arremetía limpiando los canteros. La tierra húmeda desprendía ese vaho entre agrio y fresco, apenas mentolado, y Elisa enterraba sus manos desmenuzando los terrones, alisando la superficie. Primero fue una leve presión sobre el estómago. Le cortó apenas la respiración. Luego las volutas comenzaron su recorrido, esta vez más lentamente, más espesas, ocupándola desde la base del cuello, bajando en tumulto por los brazos, el pecho, la espalda y en un sordo dolor siguieron bajando. En la boca del estómago le nació una arcada que no intentó sofocar; regurgitó y escupió un moco primero, luego una, dos, tres larvas salieron en un mismo movimiento. Se convulsionó, echó hacia atrás su cabeza y como gritando en silencio abrió su boca para lanzar hasta el último vestigio.
Sus labios se estiraron dando paso a un vacío que creció y creció hasta cubrirle la cara. Una lengua gelatinosa apareció pujante en ese hueco a la par que las piernas de Elisa se deformaban bajo la presión de las volutas. Se esparció la lengua, se engrosó y siguió desarrollándose desde el interior mientras su boca se agrandaba para dejarle paso. El molusco se generaba desde el interior de Elisa y la fue invirtiendo hasta completarse y yacer, por fin, en la tierra húmeda.
(catalina llorente)
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De haber sabido hubiera empezado a contar historia poco antes. Desde agua en pecera donde todo era más plácido y lenguaje habría sido más claro. Ahora parece tarde, me encuentro en medio de plato a punto de ser cortado y cenado por hombre gordo. Parece juego de palabras nada más. Ser cenado. Cercenado. Un Cercenado de agua salada, eso soy.Hombre gordo está por cortar a mí en pequeños trozos, pinchar con tenedor y hombre gordo después me llevará a su boca. Presiento que aún entre sus dientes seguiré teniendo tacto y sentiré dolor. Hasta hace momentos, hombre gordo rascaba su ombligo bajo camiseta musculosa. Desde pecera yo veía con repugnancia. Él había tomado sopa de Chin, ensalada de Cochy, omelet de Jé Jé y entraña de Pafú. Había, hombre gordo, comido todo pan de panera. Faltaba poco para que acabara botella de vino blanco de casa. De su cabeza bajaban gruesas gotas de sudor. Hombre gordo levantó mano e hizo gesto con cabeza, apuntó dedo a pecera mía y ordenó a mozo: “Tráigame Cercenado. Mozo, ¿con qué sale?”. Mozo chino contestó: “Ya voy, comensal”. Cara de hombre gordo miró mal. Estaría pensando: ¡chino de mierda! ¿No ve que acabo de terminar comida? Hombre gordo rió y eructó y se sirvió resto de vino. Mozo hundió red en agua y arrinconó a mí. Después capturó. Hizo recordar a situación similar cuando sacaron de mar. Aunque ahora aire olía a frito. Mozo me apretó con dos dedos por costados de garganta y obligó a tragar líquido ácido y sal. Lengua empezó a cosquillear, lengua quería hablar pero parecía idiota. Cuerpo mío empezó a sentir entumecido. Una vez en plato, sólo movía cabeza, era imposible saltar. Luego, en mesa, hombre gordo acercó cara para mirarme. Yo me vi en brillo de ojos. Era realmente cosa sin forma. Aceptaba, así era yo, pero decían qué sabroso. Chino de mierda volcó salsa caliente sobre lomo. Quemaba y picaba, pero lengua a punto de morir no podía gritar. Antes de ser cenado por hombre gordo, pude levantar cabeza y mirar hacia pecera. Yo era último. Pecera vacía parecía mar muerto. Yo había venido de lugar muy lejos. Habían pescado en océano Pacífico. En restaurante habían tratado bien, aunque habían dejado sin compañeros. Ahora parecía final mío. Hombre gordo arrancó aletas, después cortó cola y llevó a su boca. Preferí no ver. Giré cabeza y miré mozo chino que iba hacia cocina y lancé maldición. Hombre gordo cortó en seis trozos y masticó. Dejó cabeza para final, pero ésta no pudo triturar. Con gran trago de vino logró pasar por garganta. Cercenado, pero todavía vivo, en vientre de hombre gordo, en medio de oscuridad, empiezo a quedar dormido.
(stephan lauscher)
Agosto 18, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
A Inés, el llamado de teléfono en su trabajo la sorprendió. Era la hermana de un viejo vecino de aquellos años transcurridos en el campo. Máximo, sí, claro. Cómo no voy a acordarme de Máximo. Y sí, pasó mucho tiempo. El pedido expresado por la mujer fue más inesperado aún que la llamada. Iré a verlo, desde luego.
Colgó el teléfono y las imágenes se sucedieron una sobre otra: Inés joven, enamorada, recién casada. Ese lugar hermoso y agreste al que la llevó el contrato de trabajo de su esposo. Su casa, el paisaje enorme, la lejanía de la familia. Y entre ese despliegue de fotos la imagen de aquel paisano de edad incierta, curtido por la intemperie y una desazón interior, que apenas se adivinaba en sus palabras. Había quedado solo en la casa de infancia por imposición familiar, cuidando a una madre anciana. Los nuevos vecinos habían inaugurado otro tiempo de vida para este hombre: tuvo con quien compartir, a quien contar, a quien soñar…
Para Inés, Máximo había sido algo así como el hermano mayor que no tuvo, o un amigo de la infancia con quien no se tienen reparos. Él, en cambio, había imaginado en ella la compañera que no llegó a tiempo. Ella fue su monólogo de amor. La había amado en silencio. La había amado a pesar de saber que era de otro. La había amado sin decírselo.
El mensaje telefónico develó aquel secreto y la realidad de hoy: a Máximo le quedaba poco tiempo de vida. Incansable frente a los rigores del clima y el trabajo, no estuvo dispuesto a luchar contra la enfermedad. Y ésta ganó. Lo consumió en un par de años. Se sabía cerca del final. Por eso la llamaba. Por eso nombraba a Inés. Por eso pedía por su presencia.
Inés llegó a la habitación del hospital. Inquieta, abrió la puerta. La imagen de desamparo físico la golpeó. Se sobrepuso. Se acercó y lo saludó sonriendo. Máximo murmuró unas palabras que ella no llegó a entender. Se sentó a su lado en la cama. Tomó una de sus manos y dejó que el silencio dijese lo necesario. Él la miró y un estremecimiento lo recorrió. Inés nunca olvidaría la mirada de amor de esos ojos. Leyó en ellos lo que las palabras ya no tenían fuerzas para expresar. Sintió algo raro, como una vergüenza absurda tal vez. Pero no bajó la vista. Intuyó el valor de ese momento. Se quedó allí. Sin hablar, sin moverse. Sin soltar su mano. Mirándolo fijamente hasta que se quedó dormido.
Entró la enfermera: Señora, ya es tiempo. Ella salió de la habitación, y lloró.
Dos días después él no fue más que el recuerdo en una foto. Ella, el ángel secreto que lo reconcilió con la vida, justo antes de encontrarse con la muerte.
(graciela castro)
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Despacio Mimí, cuidado Ninón, que hay para todos. A ver, a ver… Acá estás Sixto, pobrecito mi bebé, te traje un poquito de lechita que conseguí para vos. Tomá, tomá toda la lechita que tenés que crecer y hacerte grande. Así podés conocer a mi otro Sixto, el que conocí en esta plaza, el día que pasaba por acá y de abajo de este banco alguien cantaba.
-Malena canta el tango -decía y como yo me llamo Malena giré la cabeza y me lo encontré, todo envuelto en diarios, paliando el frío.
-Como ninguna -dijo mirándome.
Al principio no supe qué hacer y le ofrecí un pedazo de pan que guardaba para Adela, tu mamá. Él dejó de cantar y alargó la mano envuelta en trapos. Entonces cambió de canción y me canturreó algo que no entendí, quizás fuera en otro idioma, no sé. Yo me quedé mirándolo devorar ese trozo de miga dura y todavía seguía en eso cuando él terminó y me dijo:
-Este milonguero te ofrece su afecto más hondo y cordial -así me dijo.
Yo estaba un poco atontada y no dije nada pero al parecer a él no le importó. Se levantó y dobló los diarios que antes lo envolvían y siguió cantando mientras ordenaba sus cosas. Yo le dije que me llamaba Malena pero que no cantaba. Se me quedó mirando.
-No preguntaba ni sabía tu nombre –cantó.
-Te dí el pan de Adela, pero puedo buscar más, no importa –le dije.
Pero no me contestó; planchaba las hojas de diario con las manos sobre el banco así como acariciándolas. Un ratito estuvimos así, él planchando y doblando, yo mirándolo. Después levantó la cabeza y me dijo:
-Che papusa oí, las calles de Buenos Aires tienen ese no se qué, yo me voy pa´ Esmeralda al norte, pa´el lado de Retiro.
Y se fue. Con los diarios bajo el brazo, se fue. Caminaba despacio y derechito y como iba para el mismo lado que yo, lo seguí. Un poco apartada porque no sabía si él quería que lo hiciera. Igual se dio cuenta pero no me dijo nada, iba en silencio y de repente empezó a cantar de nuevo.
El duende de tu son, che bandoneón,
Se apiada del dolor de los demás
Y así de repente como había empezado, dejó de hacerlo. Así era él, un rato cantaba y después… ¡se callaba! Nos fuimos a Retiro donde había mucha gente. Y anduvimos por entre medio de todas esas personas que caminaban tan rápido y no nos notaban, y entonces me acordé de que Adela me estaba esperando a que le llevara su pan. Por eso me fui.
¿A quien le falta un poquito? A ver, a ver… Polaquito, ¿vos comiste? Tomá, queridito, tomá. Bueno, bueno. Tranquilo, ¿te gustó? ¡Son todos tan buenos conmigo! Acá tengo otro poquito de pizza que encontré en el tacho, coman mis gatitos que Malena los cuida a todos.
Era bueno mi Sixto, y cantaba muy bien. Después de esa vez que lo encontré, se me hizo rutina desayunar con él y con Adela, sentados en este banco de la plaza. Él hablaba poco, a él le gustaba cantar y a mí me gustaba escucharlo. Estábamos bien los dos, caminábamos las calles de Buenos Aires que él me iba haciendo conocer con sus canciones.
San Juan y Boedo antiguo y todo el cielo
Pompeya y más allá la inundación
Y nos íbamos para allá.
A veces nos metíamos en el subte para no mojarnos porque llovía y nos quedábamos en los pasillos. Como siempre él cantaba, la gente que pasaba le ponía monedas en el cacharro. Con esas monedas se compraba alguna golosina que me la compartía. Una vez se compró un vino que se tomó casi solo porque a mí me no me gusta y esa noche cantó más que nunca. Más tarde, se durmió sin taparse, así que lo hice yo, para que el frío de la mañana no lo enfermara. También esa noche yo me quedé con él y fue la primera vez que pasamos la noche juntos. Después de esa vez, se me hizo costumbre dormir con él. Dormíamos juntitos, así, pegaditos para darnos calor. Me traje mi manta que mi tía Esthercita me tejió por si un día me casaba pero yo nunca me casé. Y la juntábamos y dormíamos los dos, abrigaditos, así juntitos.
Amémonos mi bien que en este mundo –me cantaba mi Sixto.
Bueno, bueno, bueno. Ahora me voy, chiquitos, porque tengo un viaje largo hasta la casa donde él vive. Porque tienen que saber que ahora vive en una casa que lo cuidan mucho. Porque un día que íbamos así, caminando, como siempre, él cantando y yo escuchándolo, pasó un señor de traje y corbata que se le dio por decir que el Sixto era su papá.
-¡Papá! ¡Papá! -le decía, y mi Sixto lo miraba pero no decía nada. Y yo que estaba al lado suyo le tomé la mano para que no se preocupara. El señor insistía y le contaba cosas que yo no sabía, hablaba de la casa de Mariel o algo así, y que por qué se había ido que lo habían buscado tanto y que lo extrañaban mucho, y otras cosas más que ya ni me acuerdo. Hasta que mi Sixto le preguntó:
-¿Sos Jorge?
-Sí, viejo, soy Jorge –y lo abrazó. Lloraba el señor que era Jorge. Lloraba y le decía que lo quería mucho y que suerte que por fin lo había encontrado.
Yo le solté entonces la mano para que se fuera con el tal Jorge y él se dio vuelta y me cantó
Adiós muñeca compañera de mi vida
Alma querida
De estos tiempos
Me pareció que a lo mejor estaba un poquito triste porque tenía los ojos húmedos, como si llorara, no quería dejarlo tan solito con ese desconocido por eso lo seguí. El señor de saco y corbata se dio cuenta y fue muy amable conmigo y me regaló unos billetes pero yo igual los seguí hasta que entraron en una casa muy importante a poquitas cuadras de donde estábamos. Y ahora me voy para allá. Tengo que apurarme si quiero verlo, porque seguro que hoy, con este lindo solcito, lo van a sacar a caminar y entonces yo puedo acompañarlo. ¡Vieran como se pone cuando me ve! La vez pasada me cantó:
Quereme así piantao, piantao, piantao
Trepate a esta ternura de loco que hay en mi…
La Nancy, que es la señora que lo lleva y que es muy amable conmigo, me contó que en la casa nunca canta, que está siempre calladito y que solo lo hace cuando me ve.
Loco, loco, loco
Cuando anochezca en tu porteña soledad…
(catalina llorente)
Agosto 14, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
El escenario del reiterado duelo se mostraba calmo. El cielo limpio. Una pared de piedras por detrás encajonaba el río formando el pozón, epicentro de lo que se vendría. De este lado, un verde llano al que se accedía por una huella. Los colores encendidos por la humedad del otoño, momento ideal de la temporada de pesca; todo parecía expectante, como anunciando el desafío final. Todo silencio. El fluir del agua, murmullo de pájaros, el plaf de algún pez cada tanto. Pronto el sonido del motor de la camioneta irrumpiría atravesando el bosque, y desaparecería la ansiedad acumulada del salmón, que esperaba a su rival.
La temporada anterior el duelo había sido suspendido después de quién sabe cuántos años. La experiencia le decía al pez que el pescador volvería a insistir. Confiaba en las palabras del hombre que se lo había anticipado al despedirlo, mientras lo miraba a los ojos, en aquel primer encuentro, cuando el salmón era un joven y el pescador un novato: “Volveré en esta misma época cada temporada, y lucharemos por nuestro honor. Te reconoceré. Me esperarás.” Después había desenganchado el anzuelo, había palmeado al salmón en el lomo, para finalmente soltarlo en el agua. A continuación desarmó el campamento y montado a su 4×4 se marchó rumbo a su casa a miles de leguas de allí. A partir de esa primera vez regresaba cada año, lo pescaba y luego de liberarlo, volvía a repetir las mismas palabras.
Dos largos años le había llevado al pescador recuperarse del último ataque y adaptarse a su nuevo brazo. Ahora volvía encantado a ese mundo tan diferente. Manejaba su ahora 8×8 como un tanque por una senda y tarareaba una canción que brotaba de su estéreo extratosfónico. Algo como “Du-du-du. Da-da-da: a la mader faker azla la-la. Du-du-du. Da-da-da. Du-du-du. Da-da-da… ”. Y tiraba la lata de su quinta cerveza.
El pescador había invertido parte de su fortuna en las cirugías, mientras el salmón vivía en su líquida nada. Los aconteceres de uno y de otro en el último tiempo habían sido muy distintos. Mientras el gran salmón digería el brazo derecho del pescador, en el transcurso de un día, quizás dos, el hombre era hospitalizado y operado de urgencia. A la par que el hombre se iba recuperando, el ahora gran salmón, crecía en forma despiadada. Pensaba el pescador que tal vez el comer carne humana hacía desarrollar al pez de tal manera. De las heridas en el paladar del animal causadas por los anzuelos ya no quedaban rastros. La apariencia del brazo del pescador y sus movimientos mostraba que el implante había sido un éxito total. La camioneta avanzaba a través del bosque, adentro el hombre maquinaba su estrategia. Pero cada vez que se imaginaba sacando al gran salmón del agua, él desenganchándole el anzuelo, no podía evitar recordar el espanto cuando el salmón, que todavía parecía normal, le había comido el primer dedo. El dolor del segundo dedo al año siguiente. El tirón, la vez que le arrancó la mano. El clack en el codo cuando se llevó el antebrazo. Y del brazo, hacía dos años, el desgarramiento, la sangre chorreando hacia el pozón, el desmayo y la espera. Espera que el gran salmón había mitigado, por matar el tiempo, mordiendo el señuelo de otro pescador, a quien había visto tan falsamente apasionado como a una presa muerta.
Al gran salmón no le gustaba parecer un carroñero, era por eso que había decidido esperar a su hombre hasta el año siguiente. Después de una temporada de ausencia, todo estaba listo, el implante biónico funcionaba a la perfección, su dueño miraba con orgullo su brazo nuevo, y cada tanto se lo pellizcaba, mientras rehacía las ultimas leguas. De repente la tarde había oscurecido el bosque. Para pescar debería esperar hasta el siguiente día. Cuando descubrió el claro que ese abría delante suyo, dio una última acelerada, apagó el motor y la música, y se dejó llevar por el impulso. Bajó; no le costaba nada reconocer el lugar, encendió una linterna, la apoyó sobre el capot y la dirigió hacia el sitio donde acostumbraba acampar. Sacó un bolso fluorescente de la caja de la camioneta, y lo apoyó donde apuntaba la luz. Volvió a su camioneta, destapó una cerveza, apretó un botón de su teléfono y el bolso se desplegó trasformándose en una carpa. El silbido del aire inflando el colchón tapó los últimos ruidos de la tarde; desde la negrura del pozón, el gran salmón, presa de la curiosidad, saltó fuera del agua, tratando de ver qué hacía su pescador, qué ardides se traía esta vez. El hombre preparó su equipamiento para el día siguiente, después comió algo de unas latas y se acostó. Cansado por el viaje se fue quedando dormido, pensando en aquel pez, en cuánto habría crecido, en levantarse bien temprano con la primera luz del ansiado día. El gran salmón vio que afuera el hombre apagaba la luz y supo que tendría que esperar, antes de irse a dormir, el pez con una sonrisa entre dientes volvió a repasar su plan.
Acababa de salir el sol. Ahora el pescador estaba de nuevo frente a su pozón con la emoción cuantiplicada. Pensaba que se encontraría con una bestia de cuatro pies, quizás más. El hombre miraba sobre la superficie del agua cómo las olitas descomponían al sol en miles de fragmentos que se hamacaban y encendían intermitentemente y se sentía completo, feliz. Esa mañana el gran salmón sólo dejó ver por un instante parte de su lomo y enseguida se escondió en lo profundo por el resto del día. El pescador no cabía en su sorpresa. Sabía que lo que había visto no era producto de su imaginación. Y también sabía que había venido preparado para todo. Terminó de armar su caña con gran destreza. Enhebró la tanza más fuerte que había traído. La mano implantada y todos sus dedos se desenvolvían mejor que la antigua mano original. Ató uno de los señuelos que especialmente le habían diseñado. Se paró, dio un paso dentro del pozón, afirmó sus botas entre las piedras bajo el agua. Infló el pecho de aire. Y tiró: zuc-zuc, zumbó la caña, dio un latigazo y la línea dibujó en el aire un vuelo inédito y magnífico que arrancó dos sonrisas. Una de él y otra, la del pez, bajo el agua. El señuelo se clavó y nadó como una ninfa. Pero nada picaba. El pescador lanzaba y recogía, volvía a lanzar y recogía nuevamente. Insistió, lanzando y recogiendo hasta que se hizo de noche.
Los primeros tres días no le dieron piques, a partir del cuarto sólo mordieron el anzuelo tres salmones comunes, cómplices del gran salmón, uno por día, de menor a mayor, pudieron sentir el cuidado del pescador para devolverlos, la cara desencajándose del famoso contrincante.
A primera hora del séptimo día el gran salmón practicó sobre la bruma del pozón un salto triple mortal de más de dos metros y se volvió a clavar en el agua. El pescador, que tomaba un café mirando el pozón desde su carpa, en la distracción apretó la taza hasta reventarla. No siempre controlaba la fuerza de su mano biónica. Después dio un reprimido grito de alegría y arrojó el bollo de metal a unos ciento cincuenta metros. No estaba soñando, el salmón era más grande que un hombre grande. El pescador enseguida se puso el traje, las botas, el sombrero. Se paró. Fue hasta su caña que había dejado lista, la agarró, se quedó paralizado un segundo y después caminó con decisión hasta su camioneta y de la caja sacó un estuche alto como él mismo. Se acercó al agua, abrió el estuche y extrajo un lanza-arpón automático que instaló sobre un trípode. Con el brazo biónico dio un latigazo de caña y la línea salió danzando espirales en el aire; antes de que el señuelo se hundiera en el agua, el gran salmón volvió a saltar y después de hacer piruetas entre la tanza se zambulló de nuevo casi sin salpicar. Se le había calentado la sangre de sólo ver el arpón. Estaba solo, después del primer salto los otros salmones se habían ido. Siempre en momentos como este se quedaba sin testigos. El gran salmón empezó a nadar en círculos persiguiéndose la cola, dos, tres, diez vueltas. El pozón parecía el torbellino de un gran desagüe. Se detuvo, buscó el señuelo y lo mordió, después comenzó a nadar alejándose río abajo, hasta que sintió que la línea se tensaba; justo antes de que el pescador pudiera perder pie, frenó, giró y empezó a volver. Al llegar de nuevo frente al hombre dio un salto mortal hacia atrás y quedó suspendido en el aire, agitando, ante el desconcierto del hombre, las nuevas aletas que había desarrollado y así quedaron mirándose cara a cara. En los ojos del pescador había fuego. En los del pez, ironía. Pero lo que el gran salmón creía había sido una decisión suya, era el anzuelo clavado en su paladar, la tanza tirando, la mano biónica girando a tres mil revoluciones por minuto la manija del reel, y la fuerza del brazo del pescador que lo había sacado del agua y lo sostenía. El pescador afirmó la caña en su ingle, liberó la mano izquierda y apuntó el lanza arpón entre medio de los ojos de la bestia.
Esto no es deportivo: alcanzó a pensar el gran salmón, antes de oír el disparo. En un acto reflejo se había sacudido justo cuando el arpón era disparado y por eso había terminado clavado en las piedras detrás suyo. Todo fue muy rápido. Antes de caer al agua pudo abrir sus fauces, ver en los ojos del hombre el terror y en el mismo acto engullirse al pescador de un solo bocado. Esta vez el gran salmón cayó al agua desprolijamente y se hundió. El pozón rebalsó por unos instantes, llegando a mojar las ruedas de la camioneta.
Echado, con la panza contra las piedras, sintió por unos minutos el pataleo del hombre en su garganta. El atracón que lo mataría. Durante un buen rato el pez se contorsionó como una serpiente, masticó como un rumiante, regurgitó, y finalmente escupió hacia fuera del agua el sombrero, las botas, el traje de goma, la caña y el brazo artificial del pescador. El amasijo quedó en la orilla como un chicle exageradamente grande.
El gran salmón se quedó en esa posición y se fue quedando dormido, con una sensación de congoja, por saber que no le podría contar su historia a nadie, pero también con el sabor del deber cumplido.
(stephan lauscher)
Julio 25, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
Ensayemos un cuento, un cuento cuyo protagonista sea un niño a punto de crecer. Pensemos en Florián, por ejemplo. Florián que llevaba el cielo en sus ojos. No solo porque su forma asemejaba una perfecta bóveda, sino porque su color, como el cielo, viraba del celeste matinal, cuando la quietud de su alma se le escapaba por entre las pestañas negras; pasaba por los violetas cargados de tormentas, los grises parcos; ojos que chisporroteaban lágrimas, resplandecían en ilusiones, y se abandonaban en el color del mar, en las tardes, cuando el verde es el color indefinido entre la esperanza y la pereza. Florián era sus ojos y su mirada. Nadie notaba que además, resbalando un poco más abajo por una nariz apenas recta y medida, sus labios se abrían en una sonrisa y dejaban ver una finísima línea de dientes perlados, perfectos en su diseño y proporción.
Así era él. Imaginemos que vivía en una casona cerca del mar, llena de cuartos que le estaban prohibidos y de los que solo conocía su existencia por las referencias de las mujeres que los habitaban. Y también imaginemos que además de ese mundo que le estaba vedado, existían una cocina cuadrada y fría, un pasillo que comunicaba la cocina con el comedor donde a mitad de camino se abría la salita que hacía las veces de habitación (ahí estaba su camita, un ropero azul y una silla donde Florián dejaba su ropa cuando a la noche se acostaba a dormir). Y que sobre el final del pasillo, un comedor recargado de cortinados, borlas, flecos, pasamanerías y almohadones dividía ambas partes de la casona. Él nunca se había atrevido a pasar más allá de esos cortinados. Sabía que los ricos brocados ocultaban paredes descascaradas pero también sabía que uno de ellos separaba el comedor de la sala, lo diurno de lo nocturno, lo permitido de lo prohibido.
El problema era que, a pesar de que nuestro Florián vivía rodeado de mujeres, no podía descubrir aún cuál de todas ellas era su madre. En las tardes, cuando la cocina se habitaba con el cotorreo de las voces femeninas, Florián se entretenía intentando descifrar cual sería. A veces, la sonora carcajada de alguna de ellas, nacida de una ocurrencia suya, o una caricia tirada al pasar de otra, lo inducían a imaginar que la había hallado y empezaba entonces el juego de encontrar las semejanzas entre él y esa madre soñada. Florián caminaba detrás de la mujer imitando los ademanes y gestos que alcanzaba a percibir e iba hilando una historia que le pudiera pertenecer a él y a esa mujer que entonces creía fervientemente era su madre. Así, hasta que de tanto soñar, sus ojos se desteñían en un atardecer, languidecían, se apagaban y quedaban por un tiempo en la oscuridad de un cielo sin estrellas.
Lo cierto es que una mañana Florián se encontró con la Madama. Claro que debía suceder, casi sin remedio. Como tantos días, nuestro amigo jugaba secretamente a descubrir el misterio que lo rodeaba sentado entre los almohadones de seda roja y esos cortinados pesados que lo separaban de alguna madre que aún tenía la esperanza de hallar. Las palabras que entonces escuchó lo embelesaron, no tanto por el significado de las mismas sino por el timbre ronco y grueso de la mujer que las pronunciaba. Todo su cuerpo quedó en suspenso, la Madama hablaba del otro lado del cortinado y a él, la musicalidad de las palabras que escuchaba lo iba sumergiendo en un estado casi hipnótico.
…
-Vos sabes cómo es esto, Gallo. Te traigo a la chica, pero yo tengo que saber que la vas a cuidar. Porque siempre es lo mismo, te las entrego nuevitas y no pasa una semana que ya están pidiendo pista. ¡No sirve, querido! A las pollas hay que sobarlas despacio, para que tiren –decía la voz acercándose.
-Negra, te lo canto como que me llaman El Gallo, ¡esa pichona tiene resto! ¡Te lo aseguro! Vos traela que yo me encargo.
-¡Y cómo!
El cortinado se abrió.
-¡Pero mirá quien está acá! –exclamó la Madama–. Hablando de encargarse, este es Florián, ¿no? ¿Qué anda haciendo este pibe por acá?
Definitivamente, Florián nunca había visto a la Madama. No que recordara. Y nunca la olvidaría a partir de entonces. La mujer, de un tamaño que a los ojos de cualquiera era grande y en los del chiquilín se veía descomunal, llevaba los labios pintados de rojo. Eso fue lo primero que notó. Gruesos labios rojos. Una cierta cantidad de dientes amontonados y una sonrisa amplia como amplio era su cuerpo. Y por encima, un par de ojitos brillaban oscuros y vivaces.
La mujer se acercó, acercó su cara a la de él y le levantó el mentón para estudiar detenidamente esos ojos que se habían teñido ahora del color azul más suave que ella jamás hubiera visto. Se quedaron por un instante así, uno y otro mirándose, los ojos de ella recorriéndolo, los ojos de él fijos en esa boca roja que reía y lo atrapaba. Finalmente ella descargó toda su inmensidad en el sofá y con una risa jocosa le indicó a El Gallo que se sentara.
-Así que tenés a este mocoso acá, tremendo chico –dijo, y soltó otra carcajada gruesa.
El Gallo rió también, pero al lado de la de ella, su risa no tenía ni gracia ni magia.
-¡Miralo al pibito! Vení pibe, vení, ¡acercate! – y estirando la mano lo tomó del brazo y lo atrajo hacia ella.
Florián quedó así, paradito, enfrentado a esos pechos blandos, rodeado de opulencia, embebido en su perfume de alcohol y tabaco.
Luego la dama dejó de sonreír y con manos de seda le quitó la ropa. Primero la camisa y con una mano regordeta le acarició los hombros desnudos y recorrió la depresión del tórax. Luego lo tomó de las caderas y acercándolo, posó sus labios sobre la boca de Florián. Cuidadosamente lo besó y derramó su sensualidad recorriendo con su lengua la boca del niño.
Un instante después, la Madama estallaba en una risa franca.
-Tenés fuego, Florián, ya se nota. Miralo, si hasta lo tiene duro –dijo echándose hacia atrás.
El Gallo rió nervioso. Florián permanecía absorto frente a ella. La cara se le había puesto roja y allí abajo le ardía. Con esfuerzo, la mujerona se levantó y sin dejar de reír lo apartó y continuó su camino hacia la cocina donde desapareció. El Gallo la siguió un tranco más tarde y nuestro amigo quedó solo, aún mirando el hueco del sillón, la boca dibujada de rojo, el pecho desnudo y flaco y un par de pantalones caídos en los tobillos.
Un tiempo estuvo Florián acariciándose la boca, mirando el espectro de ella en el perfume y el ruido de sus palabras. Luego se vistió y salió buscando el mar. La Madama se le había quedado pegada en la boca y en los ojos.
Esa tarde las mujeres debieron notar la ausencia en la cocina pero seguramente continuaron con su cháchara y pronto la noche las llamó a su deber.
Ahora lo tenemos a Florián pendiente del cortinado, expectante del menor indicio que le devuelva un poco de la Madama.
Los primeros días su fiebre por verla le producía un cierto dolor en alguna parte del cuerpo, luego ese dolor fue transformándose en una inquietud que no le permitía permanecer sentado en los almohadones tal como ella lo había encontrado la primera vez. Y al poco tiempo una sola idea pasaba por su cabeza. Los baños en el mar, la fiebre por dibujar su cara, las tertulias de la cocina, nada ya calmaba esta sed. Algo se había encendido en él, algo que no tenía nombre aún y que sabía lo había esperado y buscado desde siempre, sin conocerlo.
Una tarde, sentado en la penumbra del rincón donde dormía, todavía con el lápiz y un retrato a medio terminar, Florián decidió que esa mujer sería su madre. Suya y para siempre.
Así que este pequeño se levantó de las sombras, buscó la camisa floreada que reservaba para los momentos importantes, prendió los botones y parado frente al espejo sacó pecho y tironeó la tela para abajo. Para plancharla y para hacerla crecer. Con los pantalones tuvo que hacer otro tanto. Por último, mojó su cabeza y dedicó una buena cantidad de minutos a poner en orden la eterna rebeldía de sus mechones. Finalmente, salió del espejo que no lo ayudaba y enfrentó el pasillo. Con la vista fija en el cortinado por donde ella había aparecido, Florián caminó y con paso vacilante lo atravesó.
Del otro lado, una música pegajosa y un vaho a tabaco guiaron los pasos de Florián. El salón estaba apenas vacío, sólo un par de chicas que se recostaban contra el respaldo de un sillón reían sofocadamente. Un poco más adelante, la barra de un bar contaba con otra parejita demasiado entretenida en ella misma como para notar a Florián que, pegado a la oscuridad, caminaba con ambas manos en los bolsillos, la cabeza alta y un temor no disimulado en sus grandes ojos de cielo. Se detuvo un instante mientras giraba la cabeza de una punta a la otra buscando. Ni rastros de esa voz, ni de su risa, ni de sus labios rojos. Respiró profundo, una, dos veces. Alguien en el fondo, más allá de la barra, entró y produjo un sordo revuelo de mujeres. Florián dio un paso atrás, giró y empezó a recorrer el salón en sentido contrario, siempre pegado a la oscuridad de las paredes, evitando las luces que lo alarmaban. Más allá de la arcada, una cortina de tul bajaba del techo y ocultaba una puerta. Se acercó vacilante, pegó los oídos, unos crujidos ahogados se escuchaban. Por el filo de la puerta un perfume se escapaba tenue. Tembló. Su dama, su madre, sus labios rojos. Volvió a alisar su camisa pero esta vez para darse coraje. Golpeó tímidamente y esperó. Traspiraba, golpeó en el aire, golpeó por tercera vez, los ruidos del otro lado le llegaban ahora más nítidos. Una silla se volteó, algún mueble rayó el suelo, Florián se decidió y encaró el picaporte. Abrió la puerta todavía con alguna timidez y todavía con el pecho inflado. Ahora el ruido era rítmico, algo golpeaba al fondo del ambiente. Florián caminó semiagachado en la oscuridad por lo que parecía un pasillo ancho, al fondo alcanzó a distinguir la silueta de un escritorio con un velador encendido iluminando montañas de papeles, y un poquito más atrás, el golpeteo se adornaba de jadeos. Vuelta el color rojo a inundarlo todo, la cara de Florián, el pecho, la boca del estómago y más abajo algo que se ponía rígido. Su cielo se volvió tornasolado. Avanzó unos pocos pasos más y completó la escena. Detrás del escritorio, envueltos en una composición despareja de cuerpos, en completo contraste de blanco y negro, en violentos gritos sin ton ni son, la Madama y El Gallo resoplaban un amor de carne.
Florián se sumergió en el agua helada.
Intentémoslo de nuevo, una ola helada lo arrasó, lo arrastró a una fantasía llena de hielo. Tenía un arma en sus manos, pesaba, era fría y olía a pólvora. Florián la levantaba a la altura de su cielo, apuntaba. ¡Pum! Disparaba. ¡Pum! ¡Pum!
¡Pumpumpum….! La Madama gritaba, se incorporaba sin sus labios rojos. El Gallo se tapaba abajo, ahí donde Florián apuntaba. ¡Pumpumpumpum!
Mientras la ola lo sacudía, le mojaba la cara con su agua salada, le encogía la ropa y le llenaba la boca de un gusto amargo, alguien le pegó un bofetón. Florián se encontró la cara del Gallo frente a la suya.
-¿Qué hacés acá pendejo de mierda? ¿Quién te dejó pasar? -le gritaba.
Y lo peor, una voz que quiso ser ronca, se arrastró entre los efluvios del alcohol.
-Tenía que ser tu… hijo de esa gran puta… tan guacho como el que lo engendró –escupió desde el fondo de su lecho. Y todavía gritaba cuando finalmente el Gallo logró empujar a Florían fuera del cuarto.
No había ola, no había agua, ni sal, ni pólvora, ¡ni nada! Solo una bronca que dolía. Así se enteró Florián que no había madre, así supo quien sería él por el resto de sus días.
Ahora Florián ya no lleva el cielo en sus ojos. Es un muchachón más bien callado, anda siempre serio y una sombra muerta le cruza la mirada.
(catalina llorente)
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Era domingo, algo de luz quedaba del día.
Yo caminaba… al menos eso trataba. En realidad no sentía mis propios pasos. Las baldosas eran como nubes, nimbos que definían esas delgadas líneas divisorias.
La calle desolada remitía a un desierto y yo, sediento en él, me dirigía hacia el puente. Ese era mi único destino cierto. El plan: un salto al arroyo profundo y frío, el oasis que saciaría tanta desesperanza y agonía. Mi vida se presentaba como la ausencia inesperada de cualquier sentimiento. Mis días se reducían a la nada misma.
Acercándome al lugar elegido, en ese preciso momento cúlmine con el que sueña cualquier mortal que se encuentra a pasos de alcanzar su meta, descubrí lo inesperado: una mujer con su pelo al viento, mirando un punto inexistente en el lejano horizonte. Y faltándome tan solo cinco pasos, sin que ella siquiera pudiese percibirme, subió al umbral del puente, decidida a saltar.
De repente todo se daba vuelta. Yo dejaba de ser el protagonista de un suicidio, para convertirme en testigo del fin de la vida de otro.
No sé cómo mis pasos se aceleraron, ni como calculé la distancia propicia para no llegar tarde. La tomé de la campera y la atraje hacia a mi con toda mi furia. Eso fue un instinto. Algo difícil de explicar para una mente analítica y precavida como la mía. Solo sentí que no podía dejarla caer, aun sin importar cuánto odiaba la bendición de vivir en ese momento. Cayó en mis brazos.
Detrás de las lágrimas encontré su rostro frágil y desolado. Escondiendo la necesidad de preguntarme quién era yo para decidir sobre ella y su destino. Solo pude recibir de aquellas lágrimas un rastro de alivio que escondía un dejo de felicidad y dejaba entrever en un suspiro que aquella decisión no estaba definitivamente tomada.
Esa noche ella salvó mi vida y yo la suya.
En medio de la oscuridad caminamos hasta mi casa. Tomamos una taza de chocolate caliente, y me contó que estaba embarazada. Que ese mediodía se lo había informado a sus padres, motivo suficiente para que la echaran a la calle. Luego de deambular toda la tarde había llegado a la misma decisión que yo y a la misma hora.
Ella estaba sola y yo con ganas de encontrarle a mi vida algún sentido. Se quedó a vivir conmigo. El embarazo transcurrió sin complicaciones, y mi tarea se remitía a cuidarla.
Fueron unos meses en los que sentí la calidez de la brisa en la mañana, lo estimulante que era el sol en la cara en esos días de otoño. Lo gratificante de pisar las hojas y escuchar su crujido. La ceremonia en que se convertía llegar a casa, y más aun después de que una lluvia intrépida me dejara empapado y ella me alcanzara una toalla. Escucharla contar la historia de todas las tortas que había cocinado para luego venderlas. Y así endulzo mi vida…
Fue entonces cuando advertí que la vida era una sucesión de ideas que desencadenan en un plan individual que, según creemos, puede salvarnos. Pero quizá fuera de ese plan maestro exista lo sorprendente. Tal vez el destino no está tenemos la asombrosa capacidad oculta de dejar de pensar y sentir el impulso de un sentimiento, dormido o ausente, que nos haga formar parte de la historia de otro.
Resulta incomprensible pensar como comenzó todo, el día en que justamente había decidido que todo se terminaba. Siete meses después, un domingo de septiembre llego lo esperado.
La casa se llenó de ruidos que le dieron vida a mi vida; el jardín brotó de flores y Benjamin hacía una morisqueta diferente cada amanecer.
Sin embargo, algo sucedía con la misma periodicidad desde que ella llegó: se levantaba muy temprano, merodeaba por la casa como nerviosa, y luego ponía a calentar el agua para un té. Cuando regresaba con la taza entre sus manos yo le preguntaba como había dormido y ella siempre me daba la misma respuesta: algunas pesadillas, pero se desvanecieron.
(gabriela izurdiaga)
Julio 19, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
Al lado de un banco, el río. Sólo pinos y silencio. Allí sentado en el parque de su hotel, leyendo, él comenzaba la rutina de sus tardes. A veces, las letras se le perdían un poco y los ojos se le iban llenaban de recuerdos. Volvía a ver a esos muchachos enamorados, llenos de esperanzas, que decidieron irse para América: él y Berta, recién casados. Ya el aire de la guerra se metía en todos los rincones. Los rumores asolaban a Alemania y el nazismo, lentamente, se iba instalando.
En un pueblo pequeño, al lado de los Andes, construyeron un albergue de esquiadores. Otros inmigrantes alemanes habían traído hasta estas tierras, áridas y deshabitadas de la Patagonia, los pinos de sus montañas. Copiando un poco aquel paisaje. Inevitables, de allá iban llegando malas noticias.
Ella, quizás por eso, había ido perdiendo la sonrisa; poco a poco el tiempo interior de Berta se fue deteniendo. Con sobresaltos, sólo le quedaron algunos pedazos sueltos de memoria. Ausente, encerrada en el silencio, ella esperaba que su vida se acabara. Y se acabó una mañana, allá, donde el río se encajona y son profundos los remansos.
En el comedor de manteles amarillos los turistas desayunaban. Ruidosos. La mujer sola y ensimismada miraba por la ventaba, tenía los codos apoyados en la mesa mientras que con sus manos enmarcaba su cara. Él la miró, iba a ofrecerle más café pero no quiso interrumpirla. Pensó que ella estaba en un viaje remoto, alejado en el tiempo, de esos que él también hacía.
Todos se fueron a esquiar, ella se quedó. Y se quedó así, mirando la ventana ya encandilada por el sol.
Esa tarde, él estaba en el banco del parque con su libro en la mano. Por debajo del murmullo del río, escuchó unos pasos. Se levantó, vio a la mujer y con un saludo la retuvo. Y sentados juntos, hablaron. A pesar del frío, la tarde pareció entibiarse un poco.
A la mañana siguiente, en el comedor de manteles amarillos, la mujer se sentó mirando la ventana. Y antes de que ella iniciara esos viajes lejanos que él también hacia, el hombre se acercó. La jarra humeaba y sin preguntarle nada le sirvió más café y se sentó con ella. Volvieron a hablar, como la tarde anterior, y él supo, un poco oyendo y otro poco imaginando, que ella había venido también perseguida por los recuerdos. Miró esa boca que ahora le sonreía y le pareció tan linda esa sonrisa que pensó que con la tibieza de ese gesto, quizás, podrían sobornarse los recuerdos para que de una vez por todas partieran. Y él sonrío también. Apresurando un poco su esperanza.
(lydia bermúdez)
Julio 1, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
Desde allí, yo solo veía un pequeño horizonte. Era una tarde hermosa, debían ser las seis o seis y media. No sabía donde estaba el reloj. Lo supuse por la entrada del sol.
Era raro verla dentro de aquel pequeño departamento a esa hora, más aun siendo domingo. Al principio pensé que estaría cansada, tanto como para dormir sin moverse. Solía verla así, cuando después de llevarme con ella a la mesa y estar un rato largo junto a la vieja máquina de escribir, se desvanecía en su cama. Dicen que los escritores son melancólicos.
Pero aquel día me pareció extraño. Era temprano para aquella escena.
Los días pasaron. Yo no me sentía bien: ella no se levantaba y mi estado residual era progresivo. Además temía que las moscas vinieran a visitarme. Pero lo que más lamentaba era no poder hacer nada. Es raro sentirse tan bien con una persona, verla todos los días, compartir su trabajo, y de repente, sentirse tan lejos. Era, pese a todo, consciente de mi naturaleza. Lloré. Sí, lloré.
Sentí los llamados a la puerta reiteradas veces. Seguramente era doña Elvira, la vecina. Siempre preparaba pastelitos fritos de membrillo en exceso, esa era su excusa para acercarse a convidarlos.
Hasta que un día entró la brisa de la mañana, aquella que solía ser una aficionada matutina se convertía ahora en una extraña visita. La policía estaba tirando la puerta abajo.
Eso fue un desfiladero de gente que ella no conocía. Tomaron fotos, revolvieron su escritorio y abrieron las ventanas. Desconozco las causas de su largo sueño. Ellos algo murmuraban, pero yo estaba interiormente destrozada.
Volví al lugar de siempre al cabo de dos semanas, cuando su hermana fue a limpiar y ordenar todo. Y entonces volví a ver el ángulo de siempre, pero ya sin mi dueña. Allí quedé con el resto de mis compañeras, debajo de la alacena que ella había pintado de color verde opaco para que resaltáramos colgadas de unos ganchitos, para que nos luciéramos aún más.
Simplemente me quedé con el recuerdo de haber sido su preferida, la elegida de todas las noches para su infusión de manzanilla con miel. Pasé mucho tiempo cuestionándome acerca de mi destino, ¿quién me cedería un lugar en su vida?, ¿sería yo la favorita o una más entre todas mis compañeras?
Luego de unos días se volvió a abrir la puerta. Una mano estilizada me tomó y haciendo un despliegue acrobático, me envolvió en un suave papel de color blanco. El mismo destino corrieron las demás.
Lo último que divisé fue un hilo de luz anaranjado, por eso supuse que debían ser las seis o seis y media de la tarde.
(gabriela izurdiaga)
Junio 15, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
La tarde se va oscureciendo. Es esa hora en que siempre, sin saber por qué, empiezo a sentir un poco de tristeza.
Miro la galería llena de grandes macetones y las puertas pintadas de verde que se asoman a esa sombra fresca. Estoy sentada en los escalones, un poco más allá está mi abuela que teje; enlaza con sus manos arrugadas la lana en las agujas. Cada una en su propio silencio. Mi abuela en su silencio adulto y yo en el pequeño silencio de mis pocos años.
Miro sus zapatillas y me parece que aun estoy viendo mis pies descalzos, en otra tarde anterior a esta. Iban corriendo por el piso frio y eran más chicos de lo que son ahora. La abuela con sus manos aun jóvenes enterraba unos gajitos de rosas, suavemente, en los macetones vacios. Yo, cómplice de aquella alegre ceremonia del entierro, llevaba una regadera y dejaba, detrás de mí, unos chorritos de agua que se me iban escapando. Esos troncos espinosos lentamente fueron creciendo; les habíamos dado vida.
Ahora los miro y es como si los fuera reconociendo. Ya son rosales adultos y están todos florecidos.
Siento un aire que viene más apurado que los otros y veo que se estremece una rosa. Una rosa amarilla. Tiene los pétalos más abiertos que las demás. Uno de ellos se desprende de la flor y vuela; temblando cae sobre las baldosas rojas. Y otros pétalos caen también, acompañándolo sin hacer ruido. La abuela teje, yo miro en silencio y entre las dos la rosa amarilla que, poco a poco, se va deshaciendo.
Siento un vacío justo en el estómago y dos lágrimas redondas se me escapan sin querer.
Entiendo en este momento que la vida se termina. Y me quedo así, muy quieta, mirando el aire.
(lydia bermúdez)
Mayo 30, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
Eulalio Troncoso, con su mochila colgada del hombro izquierdo, entrecerraba los ojos escrutando el cartel de arribos y partidas de la terminal. Al mismo tiempo intentaba entender, por sobre el bullicio, lo que decía la voz de mujer, monótona y mecánica, que salía de algún lugar entre los techos.
Durante un año y medio había podido sobrellevar, con dificultad, su relación con Ercilia, una mujer paraguaya cinco años mayor que él. Ella le reclamaba pasión, un amor más físico y él daba vueltas alrededor de las cosas sin detenerse en ninguna. Pasaba muchas horas delante de un cuaderno en blanco, con un lápiz en la mano y la mirada clavada en la pared; ¿cómo es?, repetía en ese estado, muchas veces, ¿cómo es? Cuando lo escuchaba, Ercilia apretaba los dientes y lo dejaba solo.
Ya separados, Eulalio acomodó las pocas cosas que tenía en la pieza de pensión de Humberto 1º al cuatrocientos, lo único que podía pagar trabajando como mozo en una fonda del barrio de Congreso. Día tras día, durante años, recorrió los pasillos entre las mesas del local sirviendo a los comensales los escasos platos que ofrecía el menú.
Llevaba siempre la cabeza un poco ladeada hacia la izquierda, la mandíbula inferior caída y las cejas levantadas y fruncidas. Sus ojos miraban, casi siempre, un poco más allá de los objetos que manipulaba, lo que hacía que pereciese, en cierta forma, un ciego. Al terminar cada jornada comía solo, en la última mesa, junto al ventanal del fondo, casi sin mirar, tampoco, los bocados que lograba ensartar con el tenedor y llevar a su boca. Parecía todo el tiempo metido en un recuerdo borroso u oyendo voces que los demás no oían.
Influenciado por la televisión, comenzó a asistir tres veces por semana a una iglesia evangélica en Rivadavia y Sarandí. Durante las dos horas que duraba la reunión, contemplaba, inmóvil y absorto, la gesticulación desmedida del pastor. Al salir, de regreso a la pensión, se detenía de repente, varias veces, con la misma expresión de extrañamiento en su rostro, como si de repente consiguiera entender algo y al querer fijarlo en su mente ese algo se desvaneciera para siempre. Su situación en el trabajo empeoró paulatinamente y un miércoles lluvioso, después de volcarle encima un plato de mondongo a la española a un viajante rosarino, lo despidieron.
Dejó la iglesia y se recluyó, durante algunas semanas, en una biblioteca cerca de Parque Lezama. Leía y leía, ensimismado, todo tipo de libros, siempre con el cuaderno al costado, en el que nunca dejó asentada una nota. Tiempo después participó en reuniones espiritistas con falsos médiums y se sometió, incluso, a sesiones de hipnosis pero lo único que logró fue reducir aún más sus raquíticos recursos. Cuando estaba ya al borde de abandonarse y había comenzado a pensar en el suicidio, apareció por casualidad, una luz de esperanza.
Nicola Fortunna, un anciano con el que había hecho relación en Plaza Dorrego, le habló de un mítico sabio o santón italiano, llamado Persei, que, según él, conocía el por qué de la vida y tenía la llave del conocimiento. Fue tan convincente Nicola en su relato, o tan necesitado Eulalio de esa luz, que decidió de inmediato, sin esperar un día más y por los medios que fuera, ir en busca de Persei. La tarea no era sencilla ya que Nicola desconocía el paradero actual del sabio, profeta o lo que fuera. Sabía con certeza que había estado viviendo en Porto Alegre hasta hacía unos cinco o seis años; después, nada más. Pero la ilusión de Eulalio era tan grande, que sin dudarlo, empeñó un reloj de oro y otras alhajas que guardaba, herencia de sus padres, saldó su deuda en la pensión y compró el pasaje.
La empresa Flechabus anuncia la partida de su servicio de las 18.30 horas con destino a Porto Alegre, Brasil, por plataforma 23. Era martes y era mayo. El corazón de Eulalio se aceleró y una sonrisa se le dibujó en el rostro.
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Estaban sentados en la vereda de enfrente, al sol. Unos directamente en el suelo, otros en sillas o reposeras. Eran varios, diez o doce. No podía explicar por qué estaban juntos, pero algo los unía, no sabía qué. Una de las mujeres, a la que conocía por su nombre, le masajeaba cariñosamente el pie derecho. Llamó su atención un movimiento en una rama de un árbol, a su izquierda. Alcanzó a ver un pequeño pájaro de color marrón que movía la cabeza lentamente hacia uno y otro lado. Se quedó mirándolo como presintiendo algo. Como en cámara lenta o más bien como en un movimiento cuadro por cuadro, el ave cambiaba su tamaño, forma y color de manera extraordinaria, logrando una metamorfosis total, una hermosura deslumbrante, con las plumas infladas y de colores vivos, ofreciéndose orgullosa a quién quisiera verla, para volver poco a poco y de manera secuencial a su forma primera, pequeña, marrón y sin atractivo particular. Y así sucesivamente durante un tiempo quieto, estancado, que no pasaba.
¿Café, té o gaseosa?, despertó escuchando como si viajara dentro de un gusano gigante que serpenteaba en un túnel sinuoso. Se tomó un instante para responder, mientras aclaraba su mente. Sentía la mirada impaciente del auxiliar. Gaseosa, dijo, apurado, decidiéndose por las burbujas.
Corrió la cortina que ocultaba la ventanilla y la luz de la mañana lo golpeó en la cara.
Más allá, las ondulaciones verdes de la tierra uruguaya se le aparecían como una alfombra mágica que lo llevara a través de ese cielo azul hasta el destino deseado.
Persei, se dijo para adentro.
Persei, repitió, para que le quedara grabado.
(continuará)
(daniel miglioli)
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Subo, saco el boleto y me siento como siempre, dispuesto a zambullirme en la vida de los pasajeros eventuales, sin que ellos lo sepan. De tanto andar en colectivo se me pegó el hobby de la “escucha ajena”. Me apasiona meterme en la vida de las personas. Oir sus diálogos, imaginar el antes y el después, relacionar palabras sueltas y enhebrar en la Babel de voces, el hilo que transita cada porción de humanidad. No hago más que acomodarme con el diario (en el que finjo estar absorto de modo que nadie sospeche mi intención), para que empiecen a darme vueltas toda clase de historias. Subo al máximo el nivel de escucha de mis oídos:
Atrás mío, unas treintañeras: Que volvió terrible del fin de semana con Eduardo. Que no le gusta la comida, que le da miedo la noche, que… El motor del colectivo acelera bruscamente. Me quedo con las razones inconclusas. Y ellas siguen: ¿Y pensás qué es eso? ¿No sabe lo de tu primo? No. No se lo puedo explicar hasta que sea más grande. Un amor prohibido, sin lugar a dudas. La mujer que va junto a mí, llama con su celular. Lo acerca a la oreja: Hola, mi amor ¿todo bien? No alcanzo a escuchar la voz que contesta. Atrás, casi un susurro: ¿Y tu primo, qué? Una frenada. El llanto de un bebé en el primer asiento. Me pierdo lo que sigue. A mi lado el diálogo telefónico continúa: En veinte minutos estoy ahí. ¿Preparaste el colchón? Me hago la película: La esperará desnudo mirando el reloj. ¿Cómo que no hay?! Fijate en la alacena. La de atrás se levanta para bajar: Me contás mañana. Las palabras van y vienen, se entrelazan, me cercan. Intento atraparlas: ¿Me habré olvidado de comprar arvejas? –duda ante el celular. Ahora entiendo lo del colchón. Bueno, buscá fideos. Un torbellino de voces escolares acaba de invadir el colectivo. La de al lado: Oh,no. Seguro que hay. Al parecer su amor tampoco encontró fideos. Boludo, correte, no jodás. Ché, ¿vos sabés quien le metió el chicle a la Pato? Me cuesta mantener mis historias hilvanadas. Está bien, amorcito, por lo menos herví el agua. Chau. Y qué culpa tiene el pobre, si ella no compró los ingredientes. ¡Vos sabías!…La vieja se enojó con todos y ahora, mañana…¿Por qué no lo dijiste? ¿Te crees que soy buchón? Y la Pato es una agrandada. Le sacó la madre (*). ¿A quién?
Las voces se pierden hacia atrás. ¡Un perro! ¡Un perro! El colectivo frena brutalmente. El laberinto de palabras se estrella contra el parabrisas mientras los seres que las habitan intentan sujetarse con poca suerte. Me quedo sin aliento y sin palabras. Ellas escapan hacia cientos de historias similares, que en miles de colectivos hacen más corto el viaje a millones de oídos.
Lo de la frenada, ocurre casi siempre. Cuando no, me llevo las historias conmigo. Absurdamente intentan pasar por encima de las mías propias, exigiéndome argumentos y futuro. Me resisto. Las encierro en el bolsillo y las obligo a dormir, palabra sobre palabra, hasta el próximo viaje.
(*) Expresión popular de algunas regiones del país, en alusión a la frase “andate a la puta que te parió”.
(graciela castro)
Mayo 22, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
La tarde preconizaba tormenta. Parada en la terraza de mi casa vacía miraba la oscuridad creciente de un cielo ya plomizo. Observaba el revuelo de las aves entre las nubes y el tenue balanceo de las copas en los árboles cercanos. Con la primera brisa me encerré, e inmediatamente el viento comenzó a soplar.
Ráfagas desiguales se desataron, empujaron con vehemencia puertas y postigos. Golpearon cerrojos. Lo sentí colarse por las rendijas, silbando. Exhalaba y retenía. Cerré los ojos deseando que pasara pero sus descargas musitaron palabras delicadas. Te amo, murmuró y lo intuí pegado a mi piel. Me dejé acariciar dudando. Ramalazos ligeros penetraron las hendijas y me despojaron de adornos y atavíos. Y sus mil manos me recorrieron en ternuras desconocidas. Lo sentí soplar con arrebato, con frenesí, con ímpetu, tintineando ventanas, sacudiendo el polvo de vacíos y soledades. Y yo sin animarme a volar.
Pero el viento cesó y llegó la noche. Lo busqué en la soledad oscura, quise hacerme una con él y el frío me devolvió su ausencia.
La mañana llegó en calma, el viento dejó a su paso un jardín de ramas y hojas desparramadas, algún cartel caído y distancia.
Y esperé. Muchos días y muchas noches pasaron y esperé. Junté ramas y hojas y esperé. Y la casa se volvió ancha y silenciosa y las tardes largas. Y esperé. Pasaron las estaciones y floreció el jardín y esperé.
Y el viento volvió.
Apenas como una tenue brisa al comienzo, pero luego sopló y sentí la caricia de su aliento y sonreí. Y cuando las primeras ráfagas comenzaron a golpear, abrí mis alas y el soplo me abrazó. Me elevó imperceptiblemente al principio, raudo y veloz más tarde, me encumbró y me dejó caer, me transportó. Luego me tomó y me llevó, y me levantó las faldas y me estremecí. Voló el viento y me arrastró lejos. Y me besó. Lo sentí cálido y húmedo. Lentamente abrí mis labios y el viento se volvió pasión y me atravesó. Se tornó ciclón de fuego. Y me elevó en ráfagas cálidas. Alto. A los cielos infinitos. Y transformada en nube planeé. Surqué planicies, floté desiertos de arena, navegué mares. Y abrigada en él me volví aire, viento, nube, cielo y amé.
(catalina llorente)
Mayo 20, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
El reflejo del ventanal que da a Grand Street me devuelve la sonrisa de un tipo desnudo que sostiene una trompeta, la luz ámbar de la lámpara a lo largo del bronce y una repentina sensación de vértigo. De cualquier manera ya no tiene importancia qué recuerdo antes de caer, abrir los ojos y verme tendido en el suelo.
Me pongo de pie y recorro el cuarto, las agujas del reloj marcando la media noche y mientras los cadáveres de botellas de whisky me acusan desde el living con sus dedos de fiesta y soledad, lentamente voy entendiendo que todo lo que alguna vez empezó quedará incompleto. El comienzo de la gira en París, la novela de detectives que me recomendó Lisa o la butaca vacía junto al viejo O`Sullivan, mientras se escuchan los vítores a Seabescuit en la última carrera del domingo. Todas esas posibilidades junto a tantas otras, quedarán en la lista de las cosas que jamás sucederán.
Entonces veo las pastillas multicolores que decoran la alfombra junto a una montaña de ropa sucia. Sobre la mesa he creado un gran parque de diversiones para moscas con las cajas de comida china y se puede trazar el mapa de mis caídas en la calle con sólo mirar el traje sucio que me espera arrugado en un rincón. A veces pienso que este departamento le pertenece a las botellas vacías, a los platos sucios y a los millares de colillas de cigarrillos, mientras que lo demás sobra y debería retirarse. La radio, los libros y el florero sin flores, parecen meditar el exilio voluntario.
Me acerco al fonógrafo y descubro que el último artista fue Bix Beiderbecke, cosa que me hace reír y pensar que Tánatos es en realidad un cómico disfrazado de transportista. Y entonces se me aparecen los muchachos de la banda y ese álbum que quedará a medias. Seguramente Norman encontrará a alguien que me reemplace; quizá Bunny o quizá decidan prescindir de mi parte, cansados de tanta impuntualidad acumulada convertida finalmente en ausencia.
Y entre los paquetes de cigarrillos encuentro la carta a la tía Claire hecha un bollo, solo escrita por la mitad con las últimas palabras como derretidas, como caídas presagiando el final. Y entonces busco la pluma pero vaya uno a saber dónde está, si debajo del mueble o si junto a los palillos chinos como una nueva atracción del parque para insectos.
Escucho a los vecinos hacer el amor de una manera que me genera envidia, nostalgia o algo entre ambas. Y repentinamente recuerdo que Valentine me espera en el Shangai, a solo unas manzanas, probablemente borracha ya, y Bill mirando de reojos mientras se caga en mi puta madre y le sirve otro trago, y la pobre Valentine esperando, y yo repasándolo todo con serenidad, con una calma que huele a solución de acertijo, mientras decido dejar el departamento, el cuerpo desnudo todavía agarrado al instrumento y estas ganas de seguir viviendo la vida de los vivos.
(matías castro sahilices)
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Siento la barca mecerse bajo mi cuerpo. Arriba, abajo, rítmicamente. Se aleja, se acerca. Hace tiempo que navego a la deriva sin saber dónde queda mi destino, no alcanzo a distinguir cuántos días y cuántas noches llevo así pero mis fuerzas son ya escasas. El sol cae feroz sobre mi cabeza, es el mediodía y no hay sombra proyectada que me indique un norte. El horizonte es mar, océano, agua ahora verde, ahora azul, y el cielo es de un celeste que se confunde con la lejana línea en una marca borrosa. Dónde termina uno y empieza el otro, no se distingue. Nadie en esta inmensidad, en esta planicie de olas que me rodea a izquierda y derecha, arriba y abajo. Se mece la barca. Siento la garganta reseca y mis labios arden por el sol y la sal. Intenté, creo (o soñé), beber el líquido que me rodea y aprendí que es veneno. Cuando el sol comience su descenso, al menos, sabré dónde queda el atardecer. Giro mi cabeza intentando adivinar el punto que oscurecerá el cielo y pienso si seré capaz de llegar hasta allí. Temo a la noche poblada de una nada misteriosa. Y yo sin llegar a puerto. Muevo mis brazos para tomar los remos y descubro que lo mismo da saber o no mi destino, ya mis fuerzas me abandonaron y no hay viento que impulse mi vela.
¡Dios! ¿Dónde queda? ¿Dónde estás? Un jadeo de risa amarga me sacude el pecho. ¿Vendrás a rescatarme caminando las inquietas aguas que me rodean? Sarcástica, intento reírme nuevamente y mis lágrimas no son las suficientes ya para rodar. Si pudiera llorar lamería cada una por amarga que fuera.
Ensayo un rezo y solo estalla un reclamo.
-Dios, algún rastro de que existís y que todo esto tiene un porqué- suplico-. Si tan solo muriera antes del anochecer…
Las horas que me separan de la noche no se miden en minutos ni en instantes sino en evocaciones que traicionan mi lucidez. Miro al cielo y el sol me quema los ojos con mil astillas ardientes. Los aprieto y recuerdo la luz que tantos moribundos reconocen antes de la muerte. Me río (o lloro, que ya es lo mismo); yo vi la luz y a quién se lo voy a contar, murmuro. En la duermevela escucho un llanto que me viene de lejos. Arrumaco a mi chiquita, ¡mi bebé! no llores mi muñequita, que mamá solo descansa. Despierto. Un abrupto cambio de ritmo en el vaivén de la barca me lleva el pensamiento a alguna orilla donde una piedra acaba de rodar al agua. O quizás un nuevo barco acaba de ser botado al mar, quién sabe dónde. Trato de abrir los ojos con la ilusión de encontrar la figura de un navío a quien pedir socorro, pero la sal se cristalizó en mis pestañas y las unió en cientos de diamantes que duelen como tantos otros alfileres clavados en mis pupilas. Los cierro y entonces una imagen me trae a mis hijos que me saludan desde un muelle, saltan y mueven sus brazos. Les grito, quiero advertirles pero ellos ríen y siguen saludando hasta desaparecer. Ahora lloro. En silencio porque mi garganta está seca y mi lengua hinchada. Por un instante me confundo, acaso sea el pezón tierno de mi madre lo que llena por entero mi boca. Quizás acabo de nacer y ella me hamaca en sus brazos. Pero no, es mi lengua dura, áspera y estancada en la oquedad de mi cara. El rítmico rumor de las olas y el viento me despabilan apenas un instante antes de caer en otra alucinación. Mi hijo está tocando su guitarra, la melena de oros y rojos le tapa la cara pero lo escucho tararear. De pronto deja de tocar, abrazado a su guitarra alza la cabeza y me sonríe, -Má, ¿como va? –me dice con ese tranco lento que tiene. Él no me ve pero yo sí puedo evocarlo y despedirme. Tocá, hijito, que así me duermo.
¿Habrán pasado horas o solo minutos? Una sombra apenas deslizada me hace pensar en el principio de la declinación del sol. Qué lenta es la muerte, cuánto tarda en llegar. El balanceo es ahora horizontal, suben mis pies a la par que mi cabeza baja, y suavemente el movimiento se invierte. Cabalgo el mar, quizás dios se apiade y me conduzca blandamente a una playa de arenas blancas, allí donde alcanzo a ver a mi marido. Ríe de sus bromas y también él me saluda risueño pero no viene a mi encuentro. Mi amor –sollozo- ¿no lo sabes aún? ¡Estoy muriendo! Ya no me digas adiós, que aquí por ahora no hay dios que se haya presentado y tengo miedo.
Quizás haya dormido y ahora sea de noche, quizás desvaríe nuevamente. Una quieta oscuridad me rodea, a los costados de mi barca un par de ondulaciones navegan ora entrando ora saliendo de la superficie, puedo ver un par de lomos azul negros con reflejos plateados de luna acompañando la estela de mi barca. Y uno a cada lado, entre impulso y empujo, le dan alas a mi nave y voy subiendo, flotando el aire, despegándome de la lámina acuosa. Me siento liviana, no siento ya mis brazos ardidos ni mi cara encendida. Una serenidad ocupa ahora el espacio donde antes llevaba lágrimas y con la paz que hallo me dejo llevar. Ahora sé que alguien guía mi travesía.
(catalina llorente)
Mayo 7, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
De día se refugia bajo el puente y sólo allí se siente seguro. A veces ve el cielo encendido de bombas o estrellas. No importa, para él es igual.
Su casa, la plaza, las calles ya no están. Camina perdido por su antiguo pueblo, lleno de extraños que hablan y se ríen como si estuvieran vivos, como si existieran.
Sólo el río es el mismo, quedó intacto y con memoria. El río los vio: allí vivían chicos, hombres, mujeres y viejos.
Los pájaros que vuelan y cantan son fantasmas. Y también algún espectro loco hace sonar la campana todas las mañanas como si aún, alguna vez, amaneciera.
Se sienta bajo el puente, se ampara acurrucándose junto al pilar y recuerda. Siempre los recuerdos van cayendo desde la infancia, como hojas secas de un otoño cualquiera, y poco a poco se duerme.
Los muertos, el fusil, el miedo, solo le llegan en los sueños donde también aparece ese hombre al que no reconoce, ese que esta siempre allí, en sus sueños. Un hombre como él que vivía en ese pueblo. Antes.
Una mañana avanzan sobre el puente los camiones, retumbando. Y los hombres, vestidos de overol azul, empiezan a bajar en el gran agujero donde antes había estado la escuela.
Vienen a levantar un pueblo nuevo. Valladolid, Zaragoza y Medina del Campo ya están reconstruidas.
Cavan en el piso barroso, vestidos de uniforme. Disciplinadamente.
Los mira escondido tras las piedras y en su mente confusa, esos uniformes le traen imágenes que emergen y ya no son un sueño. Se van deslizando borrosas, una tras otra. Ve también a ese hombre que sólo se le aparece en los sueños. Y se funde en él, vistiendo también un uniforme. Sus gestos son firmes y también, disciplinadamente, empuja a los prisioneros a las cárceles, al paredón, a las fosas. Con espanto se reconoce. Las ruinas y él son testigos de lo que pasó. Y los testigos tienen que desaparecer. No tiene que haber memoria para que todo pueda ser igual. Como antes.
Ahora que lo sabe camina decidido hacia el río, aferrado a su llanto.
(lydia bermúdez)
Mayo 5, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
(nota: el texto es largo para los usos y costumbres de internet. así y todo, recomendamos mucho mucho su lectura).
PRIMERA PARTE:
Venía viajando desde hacía unos meses por las playas nudistas de los países latinoamericanos, fotografiando gente y paisajes; una chamba para la revista mexicana TURISMO FREE. El último país de la lista era Uruguay, al que había llegado hacía unos días desde Brasil. Una vez enviado el reportaje fotográfico, yo no tenía ningún plan, o sólo uno, bajar hasta la Argentina, país donde había nacido, y al que mis padres habían abandonado a mediados de los setenta para instalarse en el D.F. Quería ver por mis ojos ese lugar del que sabía muy poco y sólo recordaba una imagen de cuando era chaval: un soldado apuntando por la espalda a una pareja de cara a una pared, los dos con los brazos en alto y las piernas abiertas. Y otra de adolescente en el Estadio Azteca: Maradona levantando la Copa del Mundo en 1986.
Estaba apostado en una mesa del balcón frente al mar, disparaba con mi cámara a la gente buscando captar escenas en las cuales pudiera imaginarme historias de amor; esa fue siempre mi inspiración, aunque después el redactor, pudiera escribir sobre otras cosas en las notas, sin transmitir eso que yo había visto. Las actividades de los nudistas, incluso familias enteras, eran iguales a las de cualquier balneario y yo intentaba resignificarlas con la lente de mi objetivo. En un momento me di cuenta de que estaba concentrado sólo en dos guapos muchachos que iban de la mano en una actitud casi ingenua; trotecitos, pasos descoordinados, algún giro. Eso traté de reflejar en un centenar clicks, mientras me tomaba una Corona. En ese rato que pasó, nunca me imaginé que el encuentro con esa pareja me haría cambiar de profesión.
Al ratito los dos amantes vinieron hacia el bar y aproveché para tomar más fotografías mientras se acercaban. Venían a las risas, persiguiéndose como dos chavales y llevaban en sus caras el semblante de los enamorados a fuego. Mientras subían, el de atrás vio mi cámara, se puso serio y me clavó los ojos (¡es idéntico a Tom Cruise!, pensé), su amigo entró al bar sin siquiera verme, anunciando que iba a buscar unas bebidas, y él, vino directamente a sentarse a mi mesa. Después de decirme su nombre y preguntarme quién era, a lo que respondí sin evasivas, me pidió que no publicara sus fotos, con firmeza pero con toda calma y una dulzura que me terminó de conquistar, dijo vos no tenés derecho a usar las imágenes de otros sin permiso. Al principio me negué aduciendo que estábamos en un lugar público. Además de que eran tomas inocentes y muy hermosas. Míralas y dime si no es así, dije; hay en ustedes dos algo único: se los ve transpirar amor. Pero… ¿sabes manito?: tienes razón, agregué mientras le ponía una mano en el hombro que él acató con una sonrisa. Pronto la plática se hizo amistosa y a los pocos minutos estábamos los tres como cuates.
Tom Cruise no tuvo que convencerme de que así lo llamara, le gustaba mi modo de pronunciarlo; y su amigo me hacía llamarlo Arnaldo, por Arnaldo André, ídolo de la televisión de su país y triunfador en Argentina, según ellos me contaron.
Los días siguientes nos seguimos viendo y así me fui enterando qué hacían ahí y por qué no pensaban volver a la Argentina.
Con ese acento guaraní encantador con el que hablaba, Arnaldo me fue haciendo saber por qué esa negación con lo de las fotos. Vos sabés: no es nada más que por una cuestión de intimidad, me dijo, Tom necesita una vida lejos de todo aquel horror; por más justicia que se haga, él no quiere vivir sobre el mismo suelo en que vive esa mujer. Y yo soy un prófugo.
Yo quiero ir donde vaya mi Tom Cruise, agregó.
SEGUNDA PARTE
La neta es que fue con Arnaldo con quien realmente platiqué aquellos días y quien me fue adentrando en la historia de Tom, o mejor dicho en el tramo final de las andanzas de esa mujer, Blanca La Carnier. Y fue tratar de imaginar esas escenas e imaginar cómo contarlas, lo que me empujó a dejar la fotografía y me impulsó a escribirlas.
Escuchando la voz de Arnaldo me fui hundiendo en aquella suerte de película. Aunque a la tal Blanca yo no la conocía, la podía ver, esa especie de momia de vendas de oro, acostumbrada a usar todo su poder.
Estas fueron más o menos las palabras con que Arnaldo comenzó:
“Yo ignoraba que esa mujer hubiera sido tan famosa tan sólo cinco años atrás, y en la TV, vos sabés, si desaparecés más de un par de años, dejás de existir. Yo hacía poco que había llegado desde mi querido Paraguay y menos de dos meses desde que trabajaba en La Residencia. Lo primero que hice cuando llegué a la Argentina fue ir al boliche que mis con-nacionales frecuentaban: EL ENCUENTRO; ahí, además de descubrir la noche porteña y reencontrarme con mis amigos, tropecé con Tom. Empezamos a charlar y a los cinco minutos estábamos en el reservado. Fue fulminante. A los dos días me dijo que sabía de un trabajo que me podía interesar. Así empecé a trabajar para Blanca La Carnier, una auténtica diva en el apogeo de su vejez. Pagaban bien por ocuparse de la doña, por hacerle masajes, maquillarla, escucharla hablar, en fin, atender sus caprichos.
Pero fue un par de semanas después cuando Tom me contó sobre su adopción sospechada de ilícita, de las posibilidades de que fuera hijo de desaparecidos y sobre una supuesta abuela que lo reclamaba. Y si lo era realmente, daba mucha pena, había sido la última persona con su misma sangre y había fallecido días después de que La Carnier era declarada inocente. Dicen que fue un caso muy escandaloso debido a la fama de la conductora y por los aplazamientos en las comparaciones del ADN de Tom con las muestras del banco genético, además parecía ser que las muestras estaban vencidas o fraguadas. Después de todo eso Tom se fue de la casa y no quiso que nadie supiera más nada de su persona.
A la doña, al parecer le habían aconsejado que dejara los canales televisión por algún tiempo y se recluyera en La Residencia.
Allí las semanas se sucedían unas idénticas a las otras. Cuando yo entré hacía unos cinco años de esto. Después de que Tom me contara, tuve un impulso como nunca había sentido de hacer algo por otro, miraba la cara de la vieja y me daban ganas de matarla.
La rutina de lunes a viernes era: temprano, Blanca elegía el vestuario y luego se consagraba a sus asistentes, le dábamos masajes, reiki, clases de gimnasia personalizada, yoga; luego era mi turno de hacerle el maquillaje. A las dos de la tarde estaba lista para empezar a grabar. Los sábados, en cambio, después de pasar por mis manos, Blanca los dedicaba a dictar a su secretaria los libretos para los programas del lunes al viernes. Algunos de esos sábados por la noche se hacía traer un joven para que la atendiera. Vos me entendés, mejicano: la doña con sus setenta y largos años todavía necesitaba que la atendieran allá abajo, cosa que yo al principio no sabía, ya que el sábado era mi noche libre. Los domingos, ella hacía un repaso de los libretos dando un paseo por el parque, mientras yo empujaba la silla de ruedas. Cerca del mediodía entrábamos en la capilla donde el padre Miller ofrecía misa, y luego almorzaban juntos bajo la glorieta.
Una vez al mes la visitaba el cirujano para ver de cerca si era necesario algún retoque. Así las arrugas en su piel reaparecían, así el doctor las borraba.
Las grabaciones del programa, en lo que Blanca llamaba el estudio, eran a las dos de la tarde en punto, ella misma decía: “un, dos, tres: grabando”, entonces yo encendía la cámara y me quedaba ahí escuchándola. Ella se ubicaba en la cabecera, frente a los reflectores y la cámara lista, volvía a acomodar las flores del centro de mesa y daba comienzo a su programa. Así La Carnier se largaba a hablar con ese estilo que, me habían dicho, supo ser el modo de conquistar al público durante más de cuarenta años. Luego la doña dormía la siesta, mientras otro asistente se ocupaba de editar el material que ella veía cada noche, acostada en su cama frente a la inmensa pantalla plana de su televisor.
Bebiendo su copa, Blanca se miraba y parecía volver a sentir la emoción de aquellos tiempos de diva, se escuchaba hablándoles a los inexistentes televidentes, con las mismas palabras, distintos recuerdos de su vida: Felices, buenas y maravillosas tardes amada tele-audiencia, empezaba. Como verán, hoy traigo puesto un vestido de organza de la colección Baudelaire. Llevo un peinado acorde rematado por un tocado Bouquet, realizado por Pierre, mi coiffeur… Díganme si no es hermoso. O cosas por el estilo como presentación. Y seguía. En el centro de nuestra mesa tenemos este bellísimo ramo de narcisos llegados especialmente desde Europa para mi programa…Un Aplauso para mis flores, por favor. Un aplauso para mi amigo Charlie que me las envió… Vamos queridos, que las manos no se gastan, ja, ja, ja…
Entonces empezaba con sus anécdotas.
Les voy a contar algo, mis queridos: Las cosas de la vida… hoy por la mañana cuando mi asistente me entregó el ramo, de inmediato me hicieron recordar a la primera vez que mis padres me llevaron a Grecia… Creo que nunca se los conté ¿no?…
Blanca por las noches escuchaba las preciosas anécdotas de su vida metida en su enorme cama de acolchados blancos y mullidas almohadas de plumas. Yo permanecía a su lado y asistía a su diversión pero lo único en lo que podía pensar era cómo y cuándo hacerla hablar. Había momentos en que ella era capaz de desatarse en alguna carcajada que enseguida reprimía estirando el maxilar hacia abajo, siguiendo las instrucciones del doctor. Entonces se detenía en unas meras sonrisas por sus chistes, que nadie, en realidad, escuchaba, salvo yo, acompañándola con una mano sobre la suya. Blanca sabía, aunque fingía no saberlo, que la generación entera de sus seguidores estaba muerta o esclerótica o padecía Alzheimer. Alguna vez me contó que cuando pensaba en ello y veía lo bien que ella estaba, respiraba hondo y cuando exhalaba se sentía como si le hubieran renovado la sangre. Así era como cada noche tomando su copa de Champagne se iba quedando dormida, mientras en la pantalla continuaba la programación que el editor debidamente preparaba para sostener el artificio.
Pero desde que Tom me había dicho sobre los gustos de su madre, yo había comenzado a provocarla cada noche, iba más allá de acompañarla y apoyar mi mano sobre la suya. Entonces me pedía que volviera a poner la grabación del programa y me proponía que le hiciera unos masajes, y yo aprovechaba para ir haciendo crecer su deseo. Hasta que llegó ese sábado en que el muchachito de turno no vendría: unos amigotes de EL ENCUENTRO se encargaron de que no llegara. Así que fui yo el que ese sábado se quedó en La Residencia”
Íbamos por el tercer tequila cuando apareció Tom caminando desde la playa. Así que pedimos otra ronda y tuve que esperar hasta la tarde siguiente para escuchar el epílogo.
TERCERA PARTE
En la misma mesa donde nos conocimos, sal, limón, tres tequilas de un trago. Después Tom que baja a la playa y camina hacia el mar.
-Ándale, cuéntame de una vez el final de la historia, Arnaldo. Mozo: otra ronda, por favor.
“Mirá, mejicano, lo que pasó la última noche en La Residencia no es más que una parte de toda esa historia. Si vieras la filmación, podría parecer otra cosa, pero la inmundicia no empezó ahí. Fue algo de lo que quisiera olvidarme, casi tanto como Tom. Así que escuchame bien: Lo que hicimos, lo que hice, fue lo que deseábamos: nada más, que la verdad saliera a la luz, dicha desde la boca de su propia dueña.
Hubiera preferido no contarle nada a Tom sobre lo que pasó en ese cuarto. Pero era inevitable. Aquel sábado después de dormirla de un golpe a La Carnier, yo estaba demasiado nervioso, porque tampoco me podía ir de La Residencia hasta el día siguiente: sabían que yo había cambiado mi franco. Empecé a tener miedo de haberla golpeado demasiado fuerte. Sin pensarlo, llamé a Tom por teléfono. Después de eso no volvimos a hablar más del tema”
Yo veía achicarse la figura de Tom que se adentraba en el mar, mientras escuchaba ansioso lo que Arnaldo me contaba.
“Ya está, mi amor, le dije. Se acabó, la vieja largó todo. El lunes nos vamos a la mierda. Quedate tranquilo, ahora está durmiendo. Estás loco, cómo te voy a contar los detalles. Fue repugnante, yo no hacía más que pensar en vos. Me muero de ganas de verte. Pero como te dije, mejicano, era inevitable, hubiera sido peor contárselo cara a cara. Entonces tuve que seguir”.
Por supuesto, me dijo Arnaldo, que a Tom esto no se lo conté tal cual.
“Por la tarde había montado la camarita donde ella no la pudiera ver. Una vez que se hizo de noche entré en su cuarto, anunciándole que de la recepción habían avisado que su invitado no vendría; y que yo no tenía problema en quedarme en su lugar. Entonces me acomodé a su lado para ver juntos el final de su programa mientras le iba acariciando el cuello, después los hombros, por encima de la seda dorada del deshabillé. De a poco fui bajando hasta los pechos y ella se dejaba hacer. Después me pidió que pusiera la grabación de nuevo, pero ahora en silencio. Aproveché para servir Champagne y encender la cámara, dejé las copas en una de las mesitas, me quité el pantalón y volví a su lado. Ella se había desprendido los botones y asomaban los pechos de siliconas debajo del encaje, también dorado, del corpiño. Estaba sentada al borde de la cama y me la empezó a acariciar. Yo la dejaba hacer sin mirarla hasta que empecé a sentir el calor de su boca y la erección. Entonces la agarré de la cabeza, la aparté un poco de mí y la hice mirarme a los ojos, bajé las manos por su espalda y le desprendí el corpiño, después me arrodillé y la terminé de desvestir. La empujé hacia atrás. Abrí esas piernas que colgaban como trapos por el borde de la cama, le arranqué la bombacha y la empecé a chupar. Cuando me pareció que se empezaba a estremecer, me detuve, me monte sobre ella y sosteniéndola de las muñecas, acerqué mi cara a la suya y le dije: Blanca, si quiere que siga, me tiene que decir si usted sabía quién era la verdadera madre de su hijo cuando lo adoptó.
-¿Y por qué te lo diría?- me preguntó, con una mueca parecida a una sonrisa.
-Conozco a su hijo. Él es como un náufrago y ahora está haciendo una nueva vida. Su hijo sólo quiere oir de mi boca la verdad que usted me diga. Y yo le prometo que si me la dice, él la va a volver a ver. Blanca: Sabemos que está enferma.
Yo le frotaba el pubis húmedo con la rodilla y le apretaba más las muñecas.
-Me lastimás-.Me dijo.
La solté. Entonces evitando mirarme a la cara se dio la vuelta, alzó un poco las caderas y empezó a hablar de frente a su propia imagen en el televisor, como si contara una anécdota más. Hablaba y movía las caderas; mientras yo me tocaba. Fue largando todo como un vómito lento, punto por punto, con nombres y fechas, empezó con lo de los negociados, siguió con los operativos, después las apropiaciones. Lo decía como si yo no estuviera ahí, pero cuando llegó a lo de su hijo, alzó más las caderas y me ordenó que la penetrara. Y siguió. Los espejos de las paredes multiplicaban nuestra imagen. Yo la tenía agarrada del pelo, con fuerza pero sin violencia, y empujaba adelante y atrás, mientras hacía un esfuerzo para imaginarme que ese no era yo. Hasta que al fin llegó al punto que nos importaba, el nombre de la madre biológica de Tom y el del capitán que la había violado.
Ya tenía lo que quería. Aunque esto último claro que a Tom no se lo dije: el esposo de La Carnier, el capitán, sí era su verdadero padre. Pero la vieja no paraba de hablar. Decía que lo que habían hecho era necesario, que había que terminar con toda esa mugre. ¡Cállese! Le dije. La desmonté y la di vuelta de un tirón. Los ojos se le estaban por salir. Tenía las mejillas rojas y los dientes apretados. Sentí tanta rabia que no pude evitar golpearla. Quedó con la cabeza colgando hacia atrás como si siguiera mirando el televisor. Busqué la cámara, salí del cuarto, guardé la cámara en mi bolso y llamé a Tom”.
Me quedé un rato en silencio. Arnaldo también.
Me puse a mirar hacia el mar.
Miré un rato a la derecha buscando la imagen Tom, después miré hacia la izquierda. Tenía un nudo en la garganta.
Volví a mirar a Arnaldo. Creo que se acababa de secar una lágrima. Él también miraba hacia el mar.
Finalmente, antes de despedirnos, me contó que ese mismo domingo a la madrugada dejó La Residencia. Por la tarde junto con Tom le entregaron a un amigo la película, que al día siguiente, él se encargaría de llevar a la Organización de Abuelas y Madres de desaparecidos, mientras ellos se iban del país.
La historia estaba completa. Me despedí de Arnaldo con un abrazo y dejé uno para Tom. Empecé a caminar hacia mi bungalow, donde me esperaba la maleta para tomar esa misma tarde al ómnibus rumbo a Buenos Aires.
(stephan lauscher)
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Entró en el bar cinco minutos tarde. Observó todos los rostros presentes, casi sin mover la cabeza a fin de pasar inadvertida. La desilusión opacó sus ojos. No estaba en ninguna mesa. No. Él no estaba. Tres horas antes había comenzado a prepararse para este momento. La esperanza acababa de desvanecerse. La misma ansiedad que devoraba su presente desde hacía tiempo, la invadió.
Después de los cuarenta, te quedás para vestir santos, decía la abuela. Todavía le faltaban algunos años, pero ya tenía los suficientes como para preocuparse. Y lo peor era que no sabía en qué se le habían ido los últimos cinco o seis. Luego de aquella intensa y larga relación con Juan Carlos, la vida se le había detenido, o más bien, eclipsado. Ni ella sabía por dónde buscar los indicios para reinventarla. Quizá iba siendo hora de hacer terapia. Su trabajo era la única certeza. Con algunas ausencias por males triviales, siempre estaba ahí. La oficina era como un rito de aparición. Y ni siquiera porque la tuviesen demasiado en cuenta. Ella lo sabía, pero no le importaba. Su mundo era lo de siempre: el laburo, el viaje de ida y vuelta, proveerse de las necesidades cotidianas. Un poco de plantas, un mucho de televisión y uno que otro libro. Salir cada tanto con algún “nuevo” de la oficina. No por calentura, sino para no parecer rara. A veces un café con su amiga. Los fines de semana, visita familiar y aburrimiento dominguero.
Lo del aviso, saltó como chispa mirando una película. Apenas la idea creció en su cabeza el corazón se iluminó. Buscó un boletín de barrio, de ésos que promueven talleres y reuniones por cuestiones artísticas, y cuentan con un sector discreto para clasificados varios. Sorpresivamente, el aviso tuvo un efecto inmediato y el llamado de teléfono no se hizo esperar. Quedaron en encontrarse en un bar céntrico y acordaron fecha y hora.
Ese día rompió sus rutinas: se fue del trabajo unos minutos antes en vez de quedarse tiempo extra. Para hacer más rápido pidió un taxi hasta su casa. Se dirigió a la pieza obviando el té habitual y dejó la pantalla del televisor sin encender. Buscó en el estante la remera negra. La miró. Se la probó frente al espejo. Le pareció demasiado sensual para un primer encuentro. La desechó. Y cambió por una camisita blanca con volados que aún no había estrenado. Quedaría perfecta con el jean. El chaleco de lana a telar completaría el look, algo ingenuo, que deseaba. Ya era bastante con haber puesto el aviso. Apurada, o más que apurada inquieta, se duchó. Mirando de reojo el reloj se arregló el pelo como habían quedado. A él también lo identificaría por el cabello. Eligió cuidadosamente el perfume y se maquilló sobre los colores que la circunstancia insinuaba naturalmente. Luego se vistió. Su sonrisa salió a la calle unos pasos antes que ella. Caminando lentamente se dirigió hacia el bar entre nerviosa y feliz, mientras absorbía la tarde por los poros.
Entró. Se quedó ahí, a pocos pasos de la entrada. Pasaron varios segundos. No estaba. No había venido. Imágenes salteadas de su vida desandaron su angustia en un instante. Cerró los ojos. Respiró profundo y volvió a recorrer las mesas con la mirada: Una señora mayor, un tipo de rulos entrecanos, una pareja. Nadie más. El cabello castaño lacio peinado con gel, estilo gomina, no se veía en ninguna parte. Miró el reloj. Resignada se sentó a esperar por si acaso, engañándose a sí misma, abandonando la esperanza. Al mozo que se le acercó le pidió un café cortado, sin quitar la mirada vidriosa de la ventana. Apoyó la cabeza en el brazo acodado sobre la mesa, mientras el alma se le escapaba en el aire buscando un poco de ternura.
El mozo retornó y sirvió lo pedido. Luego, ladeando la cabeza y con una expresión casi burlona en los ojos, buscó los de ella: Dice el de rulos, que si usted es la del aviso, la invita a tomar un café.
(graciela castro)
Abril 30, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
-Hola, solitario.
-Hola.
-¿No sientes miedo tan lejos del mundo?
-No, siento placer.
-¿Qué te hace sentir placer?
-Justamente la soledad, el río, el ruido del agua al caer en cascada, la espuma blanca.
-A mí me parece aburrido.
-Nada de aburrido. Es bello. El ruido del agua es una suave melodía, armoniosa, coherente. Ayer, hoy, mañana y siempre la misma caída, la misma espuma blanca, el mismo sonido.
-¿No te gustan los cambios?
-La vida cambia demasiado. Tan efímera, un vuelo de mariposa y en el ínterin todo sucede.
-¿Y eso no te divierte?
-Me abruma la rapidez del transcurrir vital, desde el primer llanto hasta la muerte. Esta caída de agua y este río, están y estarán para siempre. Eran una realidad cuando nací y lo seguirán siendo el día que me vaya de este mundo. Tan obstinados, tan insistentes, tan fieles.
- Eso es cierto.
-Mirá al cielo. Ante de llegar a él te encantarás con árboles de todas las formas y matices. Natura se viste de mil tonos de verde, amarillo, ocres. Y esa pared de inmutable piedra que desafìa al sol.
-En verdad, es imponente.
-Fíjate a la derecha: el lago azul, la cordillera, las cumbres nevadas.
-Una maravilla.
-Y a la izquierda, ¿qué ves?
-Una cascada más grande, un viejo puente de madera, pájaros.
-Pájaros majestosos. Libremente majestuosos.
-Buen lugar, solitario.
-¿Buen lugar para qué?
-Para que mueras, solitario. Enemigos poderosos acortan la vida.
-Todos morimos algún día.
-Este es tu día. Lo lamento.
El sonido del agua al caer escondió el ruido del disparo. La blanca espuma se tiñó de rojo.
(héctor manchini)
Abril 26, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
Me casé el dieciocho de octubre del setenta y cinco. Ese día marcó mi vida. A Beatriz la conocí un domingo a la hora del té en la casa de mi tía Emilia, quien al presentarnos, recalcó con voz pretenciosa que yo era el gerente general del Centro de Consignatarios de Hacienda. Mi sueldo era cuatro veces más de lo que ganaban mis hermanos y mis primos, eso me daba un gran prestigio familiar. Entré a trabajar en el Centro de Consignatarios siendo el pibe de los mandados pero, con ese empeño que pongo en todas las cosas que hago, a los pocos meses manejaba más información del negocio de las vacas y las vaquillonas que los cuatro empleados que ocupaban los lustrosos escritorios de la oficina. En un corto tiempo, reemplacé al viejo de gruesos anteojos y voz carrasposa del escritorio de la derecha. A los dos años, por infinitas causas entreveradas, yo ya ocupaba el cargo de gerente. Lo que me hacía un soltero codiciado. Explicación casi necesaria para justificar aquella invitación tan cortés de tía Emilia para tomar el té en su casa y presentarme a la vecina nueva.
Cuando la vi a Beatriz por primera vez supe el real significado de la palabra belleza. Unos sesenta kilos perfectamente distribuidos dentro de un ajustado vestido negro. Dos ondas precisas le enmarcaban la cara, unos ojos adornados de largas pestañas me miraban halagadores y en filas sus blanquísimos dientes asomaban, entre los carnosos labios pintados de rojo. Yo, fulminado, me enamoré.
Mi madre, sólo mi madre, trató de advertirme. Una visionaria. Pero yo canchero, conocedor ya de aquellas ideas freudianas de la eterna competencia entre madre y nuera, deseché la advertencia y seguí adelante, firme con el proyecto del casamiento.
Y ese dieciocho de octubre, a las diez de la mañana fuimos al registro civil y a las diez de la noche a la iglesia. Luego la fiesta, magnifica. Beatriz jugó toda la noche a ser la reina de la belleza y yo el súbdito que contemplaba absorto el tembloroso vaivén de sus carnes dentro del blanco vestido de novia. Todo tan lindo que casi no advertí la cantidad de parientes muertos de hambre que había invitado mi suegra. La vieja, aprovechadora, convidó hasta a los hijos ilegítimos de varios de sus primos.
Durante la luna de miel, asombrado, comprobé que el sistema de acoplamiento de Beatriz era casi profesional. Tanta experiencia me decepcionó. Fue mi primera pero no mi última decepción.
A partir de nuestro regreso de aquel viaje, y al instalarlos en forma definitiva ya en nuestra casa, Beatriz se dedicó, sin fatiga, a amargarme la vida. Su verdadera vocación.
Y así, poco a poco, se fueron amontonando varias razones para que yo haga lo que finalmente hice. El destino es inevitable.
Seré breve, contaré sólo algunos detalles.
Nada de abrir cajones y menos de prender la luz mientras ella plácidamente dormía. Así que, cuando yo me levantaba a la mañana para ir al trabajo, ya tenía que tener desde la noche anterior toda la ropa que usaría en la oficina, acomodada sobre una silla de la cocina. Un día, que aun recuerdo con asco, me olvidé la corbata. Sigiloso, prendiendo y apagando en forma intermitente el encendedor, fui hacia la cómoda pero de reojo vi el vasito con la dentadura de blanquísimos dientes sobre la mesita de luz. No iluminé su cara, pero me bastó la imaginación para ver hundidas sus mejillas y su abierta boca desdentada.
Adicta a los bombones de La Europa, la confitería más cara de la zona, fui notando al poco tiempo que iba desapareciendo el espacio que había entre sus caderas y los apoyabrazos del sillón, del cual Beatriz se levantaba en pocas ocasiones, fanáticamente enfrascada en sus teles novelas.
Ya no cuidaba su otrora magnifica apariencia. Dos anaranjados ruleros enmarcaban ahora, en forma permanente, su rostro. Y siempre estaban en su cajita, sobre la repisa del baño, aquellas magnificas y espesas pestañas que en nuestro primer encuentro me sedujeron. Por las noches la relación se hacía cada vez más distante. Su cuerpo, más corpulento día a día, iba desplazando al mío casi hasta el borde mismo del colchón. Y ese cuerpo, que tanto me había gustado en el pasado reciente, además de desparramarse en la cama hacía algunas noches unos ruidos groseros pero precisos.
Ella demostraba un desinterés total por las cosas que para mí eran importantes. Así que no consideré necesario contarle que mi sueldo, gracias a mis denodados esfuerzos, casi se había duplicado. Como cada día de cobro me palpaba, hasta encontrar y apoderarse sin ningún disimulo del sobre con el sueldo, opté por ocultar la diferencia de salario en una de mis medias y la fui guardando en una cajita de lata escondida en un lugar inaccesible para Beatriz e incluso para mi suegra, que ya se había aficionado a venir de visita todas las tardes.
Es decir, circunstancias múltiples me llevaron a tomar esta decisión.
Sin dudas, necesitaba un escape. Yo había caído en una trampa. Y comencé pausadamente a elaborar el proyecto, que poco a poco se fue trasformando en un inevitable mandato.
Las dudas me asaltaron imprevistamente, lo que demoró en más de un día mi decisión. No me decidía entre España o Méjico. Finalmente compré un pasaje solo de ida hasta Madrid.
Y cuando ya todo había ocurrido y me encontraba parado en mitad de la sala, junto a la valija y con un bolso colgando sobre la espalda, giró el picaporte y en el rectángulo amarillo de la puerta apareció, autoritaria, mi suegra. Pensé: ¿cómo le digo ahora que en la bañera está el cadáver de Beatriz?
Unos urgentes bocinazos me distrajeron. Y en silencio, casi empujándola, pasé a su lado rumbo al taxi que me esperaba.
(lydia bermúdez)
Abril 24, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
El teléfono sonó a la medianoche rompiendo el silencioso crujir nocturno. Trinó y retumbó un largo rato hasta que volvió a quedar mudo. Momentos más tarde, el hecho se repitió pero esta vez una voz pastosa respondió.
La mujer que atendió trató de incorporarse a pesar del sueño, los ojos le pesaban y se resistía a despertarse. Finalmente logró levantarse con un movimiento lento pero la voz del otro lado la repantigó y todo en su cuerpo denunció, de pronto, un estado de alerta. Luego, un sollozo profundo, casi un grito desesperado, un estertor de lo profundo del pecho estalló y el auricular rodó de sus manos. No podía ser, ¡no su Dani!
Quiso gritar, quiso llorar pero el espanto la dejó suspendida en un ademán de agobio. Su hijo no había respondido la llamada el día anterior. De pronto lo recordó. Trató de pensar. ¡Qué hacer! Se paró, caminó unos pasos y volvió a sentarse en la cama. ¡Esa Betty! Seguro fue ella, con su carita de tan triste color gris, con esos ojos pálidos y enrojecidos y ese pelo cayéndole tan tontamente sobre los hombros, sin gracia ni vida. ¡Por dios! ¿Qué se hacía en estos casos? Ensayó un sollozo pero el sonido de su propio graznido la asustó. Podía entender lo que había visto su hijo en esa chica: alguien a quien proteger, porque eso era lo que siempre había buscado Dani, proteger a los más débiles. Fueran plantas o bichos, fueran chicos, grandes, enfermos o simplemente descalzos indefensos. Y eso era lo que siempre lo había metido en problemas. Intentó nuevamente salir de la cama pero solo logró aferrarse aún más a la almohada. Los ojos secos y abiertos se le volvieron hacia adentro. Como relámpagos superpuestos le vinieron imágenes de las distintas disputas que había tenido su hijo a lo largo de la vida. Resaltaron algunas más que otras, al azar, caprichosamente. Lo vio a los once pelear con el gordo Valenzuela por defender al tontito de Andy, chico incapaz de incapacidad absoluta, ni siquiera interesado en ser defendido. Pero Daniel tenía que ser un poco héroe y se peleó y ligó un yeso en la mano y un ojo morado. Y luchó por defender un perro apaleado, pulgoso, acostumbrado más a los golpes que a las defensas y que terminó mordiéndolo. Y lo escuchó argüir, mate en mano, cuanta explicación fuera posible para ensayar un motivo altruista a la egoísta desaparición de su padre, que de pobre sólo tenía el bolsillo. Pero todas estas estampas no le aquietaron el desasosiego. ¡No! ¡Por dios! ¡No mi hijo!
La acometió la urgencia y se incorporó, a tientas se vistió, un poco trémula, a los tropiezos. Con dificultad abotonó su blusa sin notar el cuello dado vuelta ni que un par de botones sobraban. No recordó ponerse medias y apenas pisó su zapato para calzarlo, primero el izquierdo y luego el derecho. Tambaleó y salió presurosa buscando un taxi.
Ya llegando a la calle de su hijo vio las luces de los autos policía estacionados frente a la casa. Las cintas naranjas cortando el paso y a pesar de la hora, ya un par de transeúntes agolpándose en la esquina para chusmear. Sintió frío, sintió el vómito subir, sintió sus rodillas débiles y de pronto el llanto que antes se había negado estalló. No quería bajar, no quería verlo. Imposibilitada de moverse esperó al policía que se acercó a ayudarla y la condujo suavemente al interior de la casa. Traspusieron la puerta y todo giró en su cabeza. O todo estaba girado en ese lugar que conocía tan prolijo y ordenado. Ahora el suelo entero estaba teñido de sangre y por todos lados pedazos inanimados de un ser se esparcían arrancados de su todo. Trozos de carne, algunos aún vestidos, otros desechos en jirones, miembros y vísceras, coágulos, sangre y humus diseminados por la estancia. Alcanzó a distinguir el reloj de Dani en un retazo sanguinolento de carne y trapo y entonces su vómito estalló, sus piernas finalmente sucumbieron y una negrura fría le fue bajando desde la cabeza hasta desaparecerla y dejarla tirada sobre los restos de su hijo.
(catalina llorente)
Abril 23, 2010 | Por el gato es mío | # Enlace permanente
Se lo decía a sí misma una y otra vez, pero no se lo creía del todo. Tenía siempre a mano una excusa para desautorizar la idea fija que brotaba en su cerebro sin previo aviso; ésa que le decía con insistencia se te acabaron las palabras escritas.
¿Cómo podía ser que antes se sentara frente al teclado y las palabras fluyeran como un río desbocado? y mucho antes todavía, las cartas manuscritas a la familia, que las leían por etapas por lo largas y sustanciosas que eran. Pero ya, ni teclado ni lapicera, ni siquiera un culito de lápiz para la lista de las compras.
La firma era lo único a lo que accedía. Así fue como un día vio que su buena letra ya no estaba. Había desaparecido del papel. Sólo alcanzó a ver garabatos y, con vergüenza, volvió a firmar cuando el empleado le dijo que era ilegible. –Anda algo falta de práctica, abuela –se había dado el lujo de decirle.
Llegó a su casa bastante enojada, con el tipo y con ella misma. ¿Qué pasó hace tres años que desde entonces se negó a la palabra escrita? porque, lo que es la lengua oral, no descansaba. Las palabras escritas se le empantanaban en una ciénaga de la que no las podía arrancar. Las veía, ahí estaban, pegajosas, haciéndole burla, como diciéndole animate a sacarnos para ponernos en un papel.
Tengo un problema grave, se dijo, mientras furibunda aceleraba la mecedora, como si ésta fuera capaz de contestarle. Atravesó todo el ancho de la habitación, sin parar, hasta que sus rodillas dieron contra la pared y el envión la hizo chocar con la frente, desmayándola.
Por eso la historia quedó inconclusa.
(delia boucau)
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