la historia ignorada de harriet leigh y george waring
El sol caía detrás de las colinas de Alta Escocia. En el jardín oeste del castillo, Harriet Leigh y George Waring sellaban con un prolongado beso su compromiso, a escondidas. Recostados en el muro que exhalaba perfumes de verano, se prometieron esperarse un año. El tiempo que George debía pasar en el frente. Quizás a su retorno, victorioso tal vez, el padre de Harriet accedería a entregar la mano de su hija a Waring. La gloria le haría olvidar que George era tan sólo un soldado de la Armada Británica, sin más título que su valentía y sin ascendencia noble. Waring, cortándose un rulo rojizo de su cabello, lo escondió amorosamente en el corsé de Harriet, mientras ésta secaba sus lágrimas con un pañuelo bordado de puntillas que guardó en el bolsillo de su prometido. El cuerpo gallardo de George, caminando sendero abajo hacia el río, sería una imagen que Harriet recordaría para siempre.
No habían pasado treinta días cuando llegó al pueblo la noticia de la muerte de dos soldados escoceses a manos de los franceses. Uno de ellos era Waring. Su navío de línea, el Britania II, había atacado a una fragata francesa. En el enfrentamiento habían muerto seis ingleses y otros tantos del bando contrario. Las averías ocasionaron el hundimiento del buque francés y dejaron fuera de combate al Britania.
Harriet lloró a su prometido seis meses, seis días y seis horas. Luego de los dos primeros de llanto y encierro en una de las torres del castillo, herencia de sus antepasados, se ensimismó con entusiasmo obsesivo en la confección de un vestido de bodas. Sentada tras los ventanales románicos transitó el invierno entrelazando minuciosamente los bolillos mientras miraba caer serenamente la nieve. Los días y su consuelo se fueron alargando, y la primavera la sorprendió con su obra terminada y el corazón dispuesto a la búsqueda de nuevos afanes. Se probó secretamente el vestido y lo guardó en un arcón.
Lord Leigh agradeció a la providencia el giro de las circunstancias y se dedicó de lleno a la búsqueda de un candidato digno para su hija: el hijo de un amigo íntimo, Peter Campbell, escocés de pura cepa, primogénito del duque de Greenock.
Harriet recibió la estación de las flores sepultando su tristeza y las cenizas del recuerdo de George bajo los copos de la última nieve. Acomodó sus bucles y sus faldas y, como una ninfa que acaba de sufrir su última transformación, se lanzó a disfrutar el nuevo tiempo y el nuevo pretendiente. Era tal su deseo de iniciación que no puso reparos por la situación y se propuso a sí misma enamorarse de Peter. Menos apuesto que seductor, los doce años que le llevaba a Harriet lo convirtieron en el guía que ella necesitaba para su aprendizaje erótico. Amante de la cacería y los placeres mundanos, la introdujo en el mundo banal y despreocupado de la nobleza y el ocio. Lo recorrieron todo: bailes, festines, caminatas por el bosque y los tan ansiados momentos del amor. Harriet se entregó a ellos con avidez primigenia respondiendo más a sus instintos que a su imaginación. Sin embargo, a poco, comenzó a desilusionarse. No entendía por qué tras lo maravilloso del instante sobrevenía una sensación de zozobra. Hasta que descubrió la razón: no podía evitar que la imagen de George se le presentara como inquiriéndola. En ocasiones su presencia era tan intensa que Harriet comenzaba a sollozar. Peter la amaba. Su primera atracción sensual había mudado por una fascinación profunda y se desesperaba frente a esos desconsuelos sin explicación.
En honor a la moral y las buenas costumbres, la pareja no compartía la habitación en el castillo. Sus encuentros eran fortuitos y secretos. Cuando Peter permanecía allí, lo hacía en un cuarto de huéspedes ubicado en una de las torres que daban al este con vista al mar. Y fue allí donde una noche ocurrió lo inesperado. Había tormenta. En la pieza el viento húmedo se colaba con furia por todos los innumerables resquicios de las paredes. Peter dormía de espaldas, apenas cubierto por el plumón. Fue simultáneo: la ventana que se abrió como empujada por alguien y la caída brusca del candelabro que dio en la nuca de Campbell, quitándole la vida. La conmoción y el horror recorrieron el castillo al día siguiente. Los guardias revisaron la habitación sin observar nada extraño, mucho menos sobrenatural, y el deceso de Peter fue atribuido a una sinrazón del destino.
Harriet recibió el hecho como un alivio. No estaba enamorada de Peter y no lo podía confesar. Su padre en cambio, se creyó responsable en cierto modo de la tragedia. La impresión y su avanzada edad lo golpearon con dureza y se derrumbó en una depresión, de la que no logró salir. Murió a fines del invierno. De tristeza o de inanición. Nunca se supo.
Y nuevamente para Harriet, fue empezar la primavera y suspirar por el amor inalcanzable. Esta vez llegó de la mano de un primo cinco años menor que ella. La ausencia de su padre dio carta blanca para la relación, que se mostró abiertamente: Brian Scott era hijo de una prima de su madre y vivía en una población cercana. Todo él era una carcajada colorada. Alto y robusto, había heredado de su familia el noble oficio de constructor de catedrales. Enamorado de la vida la derrochaba a mansalva. Para Harriet fue como una campanada en el aire y se entregó a él con renovada confianza.
Sin embargo la imagen de George no la abandonaba. Cada vez que ella hacía el amor, él estaba allí. La muchacha se sentía extraña. Imaginaba que eran otras manos las que la acariciaban y que era Waring y no su nuevo pretendiente quien la penetraba. El pudor la obligaba a callar y las ideas y las sensaciones se entremezclaban en su mente. El marino era un presente permanente.
El noviazgo con Brian Scott no duró mucho. Un atardecer de septiembre, Brian había bebido cerveza hasta tarde con sus amigos y salió para retornar a la casa familiar. Dio unos pocos pasos afuera de la fonda y sintió un dolor brutal como si una daga se le hundiera en el pecho. Apareció muerto y ensangrentado al pié de su caballo. Nadie fue capaz de encontrar rastros del asesino ni dar con el arma blanca que lo había ajusticiado. Harriet asistió a las exequias que se hicieron en la abadía construida por los Campbell y lloró largamente su ilusión desvanecida. Sin que nadie notase nada extraño, y como en un suspiro, una mano transparente secó las lágrimas de la joven con un bellísimo pañuelo bordado de puntillas.
El otoño y el invierno vistieron y desvistieron de colores el paisaje. La primavera trepaba por la sangre cuando Walter y Harriet se descubrieron. Hacía varios años que Walter James trabajaba como cuidador de los caballos de la familia, pero su condición social había vedado el encuentro. Fueron las ansias y la desesperación de Harriet las que le abrieron los brazos a James, quien la admiraba calladamente.
Las tardes, las noches y las madrugadas con Walter, le hicieron alcanzar la máxima escala del placer, no porque James fuese un amante experto, sino por las imaginaciones que surgían en la mente de la muchacha, a partir de estar haciendo el amor con un plebeyo. Fascinada la joven, lo disfrutó todo: el sexo en la húmeda y lúgubre pieza del caballerizo, el secreto acogedor del heno en lo alto del establo, el escondite arriesgado en el carruaje. La seducción de lo prohibido alimentó la nueva relación con una fuerza insospechada y la excitó más que nunca antes. Harriet alcanzó su deseo. La imagen de Waring se fue desdibujando y esa sensación misteriosa pasó a ser sólo un recuerdo irreal.
La felicidad plena suele ser una estrella fugaz. Un anochecer, luego de haberse amado largamente, rodeados por el aroma a pasto seco y estiércol, Harriet volvió a sentir el vacío y la congoja final. Guardó en silencio su inquietud y aferró el cuerpo de James, durmiéndose sobre su hombro. Si hubiera presentido lo futuro, seguramente se habría quedado despierta: una fuerza sobrenatural detuvo el corazón de Walter para siempre. Los primeros rayos iluminaron el establo. El cuerpo ya frío del muchacho, espantó a la joven que, sin sujetar siquiera sus ropas, cruzó aterrada los jardines hasta refugiarse en su habitación.
La muerte de James trascendió como maleficio y Harriet se mantuvo encerrada días y días, apenas comiendo. Sus pensamientos deambulaban inestables, pero no quiso que nadie se hiciese cargo de ella.
La noche llegaba y Harriet peleaba consigo misma para no dormirse. Extrañas imágenes y pesadillas la perseguían noche tras noche. De a poco los párpados cedieron y un aroma a mar la fue invadiendo: bruma y humedad la rodeaban. Estaba en un barco. Entre la penumbra y la niebla se escuchaba ligera, casi sagrada, una gaita. Varios soldados realizaban alguna ceremonia. Harriet estaba próxima a ellos, pero no la percibían. Se acercó aún más y allí los vio. Sobre el puente seis hombres yacían bajo la bandera británica. Recibían los honores de la despedida. Uno de ellos era Waring. Los cuerpos se encontraban alineados en diagonal a la proa y cada uno tenía los ojos cubiertos por sendas monedas de cinco chelines. Harriet los miraba con una extraña serenidad. Se dirigía a George. Le acariciaba el rostro con las manos. Los marinos pasando casi por encima de ella, tomaban de a cuatro cada cuerpo, lo balanceaban siete veces y lo arrojaban al mar. El sonido y el agua helada y salada le salpicaban el rostro. Llegó el turno de George. Harriet trato de detenerlos. Tiró los brazos para sujetar las ropas deshilachadas de su amado, pero el vaivén la empujó contra la cubierta. En ese mismo momento vio caer una de las monedas que el muerto llevaba en sus ojos, y rodar hasta encajarse en una grieta de las tablas del puente. Harriet gritaba. Le pedía a los soldados que esperasen, que no lo tiraran todavía. Sabía que la tradición exigía que se portaran las monedas para entrar en el mundo de los muertos. Corría desesperada hacia la borda. Una Muerte gigante emergía de las aguas y decía: “George, vagarás por la tierra hasta que pagues”. Todo se volvía tan negro, como si no hubiese siquiera noche…
Harriet despertó llorando.
Sólo habían pasado seis días del sueño esclarecedor. Hacía muchas horas que Harriet Leigh no era vista. Un mayordomo golpeó su puerta y no recibiendo respuesta la empujó hasta abrirla. Harriet estaba muerta. Posiblemente por envenenamiento. Su boca se fruncía con una mueca pero su cuerpo lucía bellísimo en un blanco vestido de bodas. Sus ojos estaban ocultos por dos monedas. Nadie, excepto ella, supo lo que apretaban sus puños crispados: una esterlina de plata en el derecho y un bucle de cabello rojizo en el izquierdo.
(graciela castro)
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Magnífica historia. Sos Graciela? Excelente historia.
Muy interesante y sin palabreríos superfluos. Perdón porque no soy crítica literaria pero, si buena lectora.
Te invito a mi blog. Me encantaría ser tu amiga virtual.
Cariños desde mi valle.