“El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.

Yo soy la salvación de mi pueblo, dice el Señor. Los escucharé en cualquier tribulación en que me llamen y seré siempre su Dios.

Hermanos míos:
Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males. En cambio, la sabiduría que viene de arriba es intachable y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de
misericordia y buenos frutos, imparcial, sincera. Los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia.
¿De dónde vienen las luchas y los conflictos que se dan entre ustedes? ¿No es acaso de las malas pasiones que siempre están en guerra dentro de ustedes? Codician lo que no pueden tener; y acaban asesinando. Ambicionan algo que no pueden alcanzar; así que combaten y pelean. No lo alcanzan porque no piden; piden y no reciben, porque piden mal, para derrocharlo en placeres.
Palabra de Dios.

Apóstol Santiago 3, 16-18; 4, 1-3

Evangelio según san Marcos 9, 30-37

El Hijo del hombre va a ser entregado. Si alguno quiere ser el primero que se haga el servidor de todos

En aquel tiempo Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía:
“El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará”.
Pero ellos no entendían lo que quería decir y tenían miedo de preguntarle. Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó:
“¿De qué discutían por el camino?”
Pero ellos se quedaron callados, porque por el camino habían discutido acerca de quién era el más importante.
Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
“El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.
Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
“El que recibe a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí,
no me recibe a mí, sino al que me ha enviado”.

Palabra del Señor.

Sorprende que, mientras el Maestro les comunicaba los padecimientos y la muerte que había de sufrir, los discípulos discutían a sus espaldas sobre quién sería el mayor. Por eso, al llegar a Cafarnaún, estando ya en casa, Jesús les preguntó por la discusión que habían mantenido en el camino. Ellos, quizá avergonzados, callaban. Entonces se sentó y, llamando a los Doce, les dijo: Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos. Y para hacer más gráfica la enseñanza tomó a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que recibe a uno de estos niños, a Mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a Mí, sino al que me envió.

El Señor quiere enseñar a los que han de ejercer la autoridad en la Iglesia, en la familia, en la sociedad, que esa facultad es un servicio que se presta. Nos habla a todos de humildad y abnegación para saber acoger en los más débiles a Cristo mismo. “En este niño que Jesús abraza están representados todos los niños del mundo, y también todos los hombres necesitados, desvalidos, pobres, enfermos, en los cuales nada brillante y destacado hay que admirar”

Se sirve al ejercer la autoridad, como sirvió Cristo; y se sirve obedeciendo, como el Señor, que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Y para obedecer hemos de entender que la autoridad es un bien, un bien muy grande, sin el cual no sería posible la Iglesia, tal como Cristo la fundó.
Para obedecer hemos de ser humildes, pues en cada uno de nosotros existe un principio disgregador, fruto amargo del amor propio, herencia del pecado original, que en ocasiones puede tratar de encontrar cualquier excusa para no someter gustosamente la voluntad ante un mandato de quien Dios ha puesto para conducirnos a Él. “Hoy, cuando el ambiente está lleno de desobediencia, de murmuración, de trapisonda, de enredo, hemos de amar más que nunca la obediencia, la sinceridad, la lealtad, la sencillez: y todo, con sentido sobrenatural, que nos hará más humanos”. Para que la virtud de la obediencia tenga esas características, acudimos al término de esta meditación al amparo de Nuestra Madre Santa María, que quiso ser Ancilla Domini, la Sierva del Señor. Ella nos enseñará que servir –tanto al ejercer la autoridad como al obedecer– es reinar

“Os he llamado amigos, porque os he manifestado todo lo que he oído a mi Padre. No me habéis elegido vosotros a mí, soy yo quien os he elegido y os he destinado a que os pongáis en camino y deis fruto, y un fruto que dure” (Jn 15,15).

Jesucristo Sumo Y Eterno Sacerdote

Oracion a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote

Oremos;
A tí, sumo y eterno Sacerdote de la Nueva Alianza,
se ofrecen nuestros votos y se elevan los corazones en acción de gracias.
Desde el seno del Padre descendiste, al de la Virgen Madre;
te haces pobre y así nos enriqueces: tu obediencia de esclavos libres hace.
Tú eres el Ungido, Jesucristo, el Sacerdote ÚNICO; Tiene su fin en Tí la ley antigua,
por tí la ley de gracia viene al mundo.
Al derramar tu sangre por nosotros, tu amor complace al Padre;
siendo la hostia de tu sacrificio. Hijo de Dios y hermano, tú nos haces.
Para alcanzar la salvación Eterna día a día se ofrese tu sacrificio,
mientras junto al Padre, sin sesar por nosotros intercedes.
A Tí Cristo, Pontífice, la gloria por los siglos de los siglos:
Tu´que vives y Reinas y te ofreses al Padre en el amor del Espiritu Santo.
Amén.