La ciencia confirma y derriba algunos mitos del amor

“Es amor a primera vista”, “la persona infiel no quiere a quien tiene al lado”, “fue amor a primera vista” , “el amor es no pedir nada a cambio”. Frases que escuchamos, creímos, dijimos o nos las dijeron, pero ¿qué hay de cierto en ellas? ¿Son parte de la cultura popular o algunos de estos dichos entrañan alguna verdad?

Eugenia Plano

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Se suele decir que no hay nada más inexplicable en la vida que el amor. Definir las causas del enamoramiento es imposible, y quizá en su cualidad de inexplicable radique su magia. Pero, la ciencia tiene la misión de racionalizar y brindar causas, y algunos de los mitos más populares más allá del sentimiento tienen su base científica.

• ‘El amor es ciego’ y a veces no sólo en el aspecto físico sino que muchas veces hasta se olvidan o se pasan por alto grandes defectos, a favor del enamorado.

Este dicho popular lejos del mito es una realidad. Estudios realizados a través de Resonancia Magnética Funcional por los investigadores ingleses Zeki y Bartels permiten observar cuáles son las regiones del cerebro que se activan. El estudio indica que ante la foto del ser amado, las personas evaluadas han mostrado que el amor romántico activa dos procesos cerebrales que favorecen la ‘ceguera’. Por un lado, las áreas que se asocian a la distancia social y a las emociones negativas (corteza prefrontal y áreas parieto-temporales) tienden a disminuir ante la observación de estímulos provenientes del ser amado. A su vez, se activan centros del placer y apego. Entonces, estar enamorado produce una fuerte gratificación y genera un ‘olvido’ sobre las áreas negativas de la otra persona.

Cuando se está enamorado, es frecuente no poder concebir la vida sin ese otro. Pero estar enamorado locamente, es beneficioso o más bien perjudicial. Ante el dicho ‘está loco de amor’ , el reconocido psiquiatra Hagop Akiska lo considera bastante perjudicial. El especialista, sostiene que ‘estar enamorado más de seis meses puede ser hasta patológico’. Resulta que Akiska estudió personas enamoradas y encontró que sus niveles de serotonina (un neurotransmisor del sistema nervioso) eran similares a los de los pacientes con trastorno obsesivo-compulsivo.

• Todo lo contario sucede con la frase popular que dice: ‘No se puede vivir del amor’.

Una investigación publicada en el Journal of Psychosomatic Medicine comprobó que los hombres casados desarrollaban menor nivel de ateroesclerosis que los solteros. El estudio ratificó además ‘que la tranquilidad y la estabilidad emocional disminuían el nivel de estrés y generaban menor formación de ateroesclerosis’. En el sexo femenino, sucede pero de forma distinta. La investigación reveló, una conclusión reveladora: en las mujeres se desarrolla un menor nivel de ateroesclerosis si se encuentran en una relación de pareja feliz, el estar o no casada no era una variable determinante. Así, el estudio estableció que a los hombres les importa más el status que implica el estar casado, mientras que en las mujeres es central que sea un vínculo satisfactorio.

• Quizá algunos de los mitos más extendidos son los que legitiman malos hábitos en nombre del amor.

‘Si hay celos, hay amor’ o ’si no te cela es porque no te quiere’, son frases tan falsas como nocivas. En declaraciones al diario Clarín, Luis Buero, autor de ‘Cuando los celos te carcomen’, derriba la suposición popular que dice ‘un poco de celos está bien’ porque demuestra interés’. ‘Quien cree en este mito es evidente que no está recibiendo otras muestras de interés, más que la de los celos’, dice. El escenario se torna más oscuro y peligroso si los celos se vuelven patológicos, y allí entran en juego justificaciones que pueden dañar tanto a la pareja como al individuo en sí.

‘Los celos son un síntoma que tiene dos caras: una de sentido, por ejemplo, los de la persona que de chica vivió el abandono de alguno de sus padres y ahora carga con esa marca como mochila identificatoria. La otra cara es la satisfacción pulsional del síntoma: el goce mortífero que deviene en sostener ese terror a la pérdida y, a la vez, ese vínculo donde el deseo y lo placentero se vuelven insatisfechos o imposibles. Los celos patológicos son autodestructivos, destructivos del otro y del vínculo. A la vez son una demanda de amor netamente infantil’, advierte Buero. Lejos del amor sano, los celos perjudican y están distantes de cualquier prueba de interés o cariño.

• Uno de los mitos que circunda al amor romántico es el que reza: ‘Un gran amor nunca se olvida’.

La perpetuidad de las grandes historias está lejos del mito y cerca de la realidad. Así, lo confirma el neurobiólogo Antoine Bechara quien detectó un ‘conflicto cerebral’. Es decir, aunque el romance haya terminado años atrás, el cerebro sigue disparando imágenes y reacciones corporales, como palpitaciones o dolor de estómago al ver la imagen del amor perdido o al sentir un olor que la evoque ¿Por qué sucede? El investigador explica que una parte del cerebro llamada amígdala (el centro de la memoria emocional) fija con más intensidad las situaciones atípicas y desconocidas. Cuanto mayor sea la información que se grabó hacia ese gran amor , más reacciones contra las que no podemos luchar, va a seguir enviando.

Mitos y realidades que siguen confirmando que el amor es tan mágico e inexplicable, y hasta la ciencia puede confirmarlo.

® VidaPositiva.com



Las matemáticas de la expansión de las Creencias

Basta con que el 10% de la población tenga una creencia inquebrantable; para que ésta, con el paso del tiempo, acabe siendo adoptada por la mayoría de la sociedad

Basta con que el 10% de la población tenga una creencia inquebrantable; para que ésta, con el paso del tiempo, acabe siendo adoptada por la mayoría de la sociedad. Ésta es la singular conclusión, a la que ha llegado un equipo de científicos del Instituto Politécnico Rensselaer. Los científicos utilizaron métodos de cálculo y de análisis, para descubrir el umbral crítico; a partir del cual, la creencia de una minoría inicia el proceso que le llevará a convertirse en un convencimiento mayoritario.

El hallazgo puede tener aplicaciones en los estudios sobre las influencias de las interacciones sociales; incluyendo, desde la difusión de las innovaciones hasta la propagación de ideales políticos.

‘Cuando la cantidad de quienes sostienen un idea con plena convicción; es inferior al 10% de la población, no hay un progreso visible en la difusión de las ideas.

Se necesitaría una cantidad de tiempo; comparable literalmente a la edad del universo de la población, para que un grupo de éste tamaño llegase a ser mayoría’.

Explica Boleslaw Szymanski; del citado instituto Politécnico Rensselaer: ‘Cuando la cifra sobrepasa el 10%; la idea, se extiende como las llamas’.

Según Szymanski, lo que ha estado sucediendo en Túnez, Egipto y en otros países, es un ejemplo de éste proceso: ‘En esos países, los dictadores que estuvieron en el poder durante décadas, fueron repentinamente derrocados en unas pocas semanas’.

Pues conforme lo indicado por el gráfico de la expansión de una idea; un aspecto importante del hallazgo es que el porcentaje de defensores de una idea, necesaria para influir en la opinión mayoritaria, no cambia de manera significativa con el sistema que se use para propagar tal idea.

Por lo que el estudio antes expuesto claramente demuestra, que la mentira subyuga y desmejora; mientras que la verdad, libera y trae prosperidad. Pues si una población determinada adopta una idea que es falaz, cruel, inútil y egoísta; tal idea va a formar parte del cuerpo mental de la población y con el tiempo, por ser una convicción falsa y sin fundamentos en el mundo mental, traerá esclavización y atraso.

Pero si una idea alcanza demostrar que es verdadera, buena, útil y desinteresada; en la medida que pasa el tiempo y crece la población, tal idea irá a formar parte del cuerpo mental de la mayoría del público, para convertirse en una creencia inquebrantable que será usada como un elemento de liberación y progreso.

Información extraída e interpretada de: Noticias de la Ciencia y la Tecnología (NCYT), en: http://noticiasdelaciencia.com/not/2138/las_matematicas_de_la_expansion_de_las_creencias

Gentileza, Jorge E. Morales H. (Venezuela)

Perdonar no es olvidar, es recordar en paz

Y es que el rencor mata, corroe, esclaviza, asfixia. No hay nada mejor en el mundo que perdonar.

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Quizás hayan observado que, con inusitada frecuencia, a la hora de escribir estos artículos, el Señor me pide hacerlo sobre el tema del perdón y la reconciliación. Y yo feliz.
Y es que el rencor mata, corroe, esclaviza, asfixia. No hay nada mejor en el mundo que perdonar. Lo repito, nada hay mejor que perdonar. Y si no, hagan la prueba. No se lleven que yo lo dije, no. Hagan la prueba.
¡Haz la prueba! Decídete y perdona al que te ofendió o te causó algún daño. Si crees que el otro piensa que fuiste tú quien tuvo la culpa, pues igual, simple y llanamente pídele perdón, y asunto arreglado. Total, lo importante es lograr la paz, la convivencia, el poder saludar y sonreír y conversar con quien hasta hace poco le volteabas la cara, o le gruñías, o le deseabas el mal, o lo ignorabas, y arriba de eso afirmabas que no, que tú no habías dejado de quererlo, pero que no querías tener nada que ver con esa persona.

El problema es ese. Que lo que dice el Señor es muy distinto. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Difícilmente tu propia persona te sea indiferente.
A los que tengan algún tipo de rencilla, les ruego encarecidamente dediquen unos minutos y presten atención a lo que les voy a contar. Léanlo también los que como yo estamos en paz con el mundo, para la gloria de Dios, que les será útil para llevar este mensaje a los peleones.
Jesús relata la historia de aquel rey que perdona una gran deuda a uno de sus servidores, y al salir del palacio, éste se encuentra a un compañero que le debía unos centavos, y lo hace meter preso hasta que le pague. Al enterarse el rey, le recriminó su injusticia enviándolo a la cárcel. Concluye Jesús diciendo que “lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos”.
Entonces, te pregunto: De todas esas barbaridades que has cometido en tu vida, ¿recuerdas tan sólo una que Dios no te haya perdonado? ¿No? Y entonces, ¿quién eres tú para negarle tu perdón a alguien que mucho o poco te haya molestado, ofendido, irritado, perjudicado o llámese como sea lo que te haya hecho esa otra persona, y mucho peor si es un hermano?
No, mi querido amigo, no vale la pena vivir así. No hay tranquilidad. A mi me pasaba igual. Recuerdo una situación por la que viví, y a sabiendas de que a esa persona me la encontraba los domingos en misa, tenía la respuesta lista por si acaso se atrevía a saludarme: “¡Vade retro Satanás! ¡Retírate Satanás!” ¡Y eso se lo pensaba decir en plena iglesia!
Hoy, sin embargo, vivo tranquilo. A esa persona–¡y a tantas otras!–no tan sólo la perdoné, sino que le pedí perdón, porque estando ya en los caminos del Señor, me cuestioné seriamente si no habría sido yo quien la había ofendido. ¡Que bien se siente uno! Quise visitarla, y darle un abrazo, pero no quiso. Que pena. Siempre está presente en mis oraciones.
El perdón no borra lo sucedido. Lo hecho, hecho queda, y a menos que caigamos en Alzheimer, difícil es olvidar nuestra historia de vida. Pero qué distinto es recordar esos incidentes en paz. Ahí radica la gran diferencia. Perdonar no es olvidar, es recordar en paz.
Bendiciones y paz.


Una esperada llamada anual que evoca el otro atentado

Torres Gemelas: 10 años. Todos los 11 de septiembre, desde 2001, el profesor Charles Lewis escucha del otro lado del teléfono la voz del sargento al que salvó en el ataque al Pentágono; nota VII de X

19 luto

Por Silvia Pisani | LA NACION

WASHINGTON.- Hace nueve años que los meses de septiembre tienen, para el profesor Charles Lewis, un rito especial. Sabe que en algún momento de la primera quincena sonará el teléfono de su casa y que del otro lado de la línea estará un sargento para saludarlo, preguntarle cómo está y, en un silencio cargado de sentido, evocar el momento en que lo ayudó a mantenerse con vida.

‘Empezó a hacerlo en el primer aniversario del ataque y, desde entonces, lo ha hecho todos los años. Son sólo unas palabras pero, cada vez que ocurre, vuelvo a vivir aquellos instantes de miedo y desesperación, vuelvo a respirar ese humo caliente y a cegarme con el polvo’, afirma.

Lewis es un profesor de matemáticas, hoy retirado, que en la mañana del martes 11 de septiembre, caminaba cerca del Pentágono con la intención de alquilar una bicicleta en un negocio cercano. Su plan se desmoronó junto con la fachada del edificio alcanzada en el tercer ataque de aquella mañana. ‘El otro atentado’, como él lo define, en su diálogo con La Nación.

Para la memoria colectiva, el 11 de septiembre evoca inmediatamente la caída de las Torres Gemelas y el horror de la muerte televisada de casi 3000 personas en menos de dos horas. Pero ese día murieron también otras 184 personas en el tercer ataque, que tuvo como blanco la sede del Departamento de Defensa.

Casi desde ese mismo instante, una teoría conspirativa sostiene que el Pentágono fue atacado por un misil disparado por los Estados Unidos y no por el vuelo 77 de American Airlines que, con su tripulación y sus 124 pasajeros, fue secuestrado por terroristas suicidas para convertirlo en proyectil y embutirlo contra el edificio. ‘Que la gente piense lo que quiera’, dice Lewis.

Un cuarto avión, que cayó en un descampado en Pensilvania, se llevó la vida de otras 40 personas, convertidas hoy en ‘héroes’ por el gobierno norteamericano, que les reconoce haber doblegado a los terroristas que lo secuestraron e impedir que lo estrellaran contra algún blanco civil en esta ciudad. Fue el vuelo 93 de United Airlines.

En Washington, aquella mañana fatídica parecía prometer buenas cosas. ‘Era un día espléndido. De cielo claro, no muy caluroso y yo no tenía clases’, recuerda Lewis. En cuestión de segundos, todo se volvió pesadilla.

‘Lo primero que escuché fue un ruido de motores como que se me venía encima y luego, enseguida, una explosión estruendosa. Lo que vi fue una enorme llamarada que se desprendía del edificio y una gruesa columna de humo negro’, dice a La Nación, en una mañana tan soleada como la del ataque. ‘A veces cuesta creer que pasaron diez años’, dice, con la memoria hecha carne.

Recuerda que corrió hacia el edificio y, junto con él, corrieron otras personas. ‘Había que ayudar’, fue lo que se le cruzó por la cabeza. No tenía idea de cómo. No sabe cuánto tiempo transcurrió. Fueron largos minutos en los que no había ni bomberos ni rescatistas. ‘Sólo gente tratando de ayudar a otra en medio de la confusión más espantosa’, dice.

Vio personas con la piel tan quemada que le costaba decir si eran hombres o mujeres. ‘Salían del edificio como zombies’, describe. ‘Era un escenario paradojal. De un lado aparecían personas como huyendo del infierno mientras que, del otro, había empleados que no habían sufrido ni un rasguño’, cuenta. Supo después que, ese día, había 18.000 personas trabajando en el enorme complejo de cinco frentes.

Uno de ellos era el sargento, al que vio por primera vez hecho un manojo de carne chamuscada. ‘Corrí a sostenerlo y me quedé con él hasta que llegaron los paramédicos. Yo pensé que se moría. Recé con él’, dice Lewis.

Hoy, ambos hombre están unidos por un mismo recuerdo de espanto, solidaridad y supervivencia. ‘No somos los únicos’, asegura. Un recuerdo al que se le rinde tributo con el llamado telefónico de rigor. Separados hoy por miles de kilómetros, no volvieron a verse cara a cara nunca más.

La charla, en cambio, se desarrolla cerca del Museo Nacional de Historia Americana donde, por primera vez, acaba de montarse una pequeña exhibición con objetos evocativos de la tragedia .

Lewis viene de recorrerla. ‘En realidad, no pensaba ir. Pero, finalmente, di una vuelta’, dice. Cuenta que lo que más le llamó la atención fue una postal escrita por una pasajera del vuelo 77. Un texto de pocas líneas en el que una mujer, de nombre Leslie Whittington, se despide de su hermana Sara, minutos antes de emprender viaje junto con su marido y sus dos hijas, de 8 y 3 años y le deja la dirección de su casa de veraneo para que vaya a visitarla.

‘Mientras hablo con Usted, no puede dejar de pensar en esa chica, recibiendo la postal de su hermana muerta’ dice. ‘No puedo dejar de pensar en el mal que hicieron esos 19 terroristas, y en la bondad y en la enorme solidaridad que vi en aquella mañana de espanto’.

® LA NACION

Benedicto XVI: 11 de septiembre; nada justifica el terrorismo

Carta al presidente de la Conferencia Episcopal Estadounidense en el décimo aniversario de los ataques terroristas

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CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 11 de septiembre de 2011 (ZENIT.org).- Publicamos la carta que ha enviado Benedicto XVI al arzobispo de Nueva York y presidente de la Conferencia episcopal estadounidense monseñor Timothy M. Dolan en el décimo aniversario de los ataques terroristas contra los Estados Unidos.

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¡Gracia a vosotros y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo!

En este día, mis pensamientos se dirigen a los sombríos sucesos del 11 de septiembre de 2001, cuando se perdieron tantas vidas inocentes en la brutal agresión contra las torres gemelas del World Trade Center y los ataques sucesivos en Washington D.C. y Pensilvania. Me uno a vosotros al encomendar a las miles de víctimas a la infinita misericordia de Dios Omnipotente y al pedir a nuestro Padre celestial que siga consolando a quienes lloran la pérdida de sus seres queridos.

La tragedia de aquel día se agravó aún más por la reivindicación de sus autores de actuar en nombre de Dios. Una vez más, se debe afirmar inequívocamente que ninguna circunstancia jamás puede justificar actos de terrorismo. Cada vida humana es preciosa ante los ojos de Dios y no se debería escatimar ningún esfuerzo en el intento de promover en todo el mundo un respeto genuino por los derechos inalienables y la dignidad de los individuos y los pueblos en todo lugar.

El pueblo americano debe ser elogiado por la valentía y generosidad que mostró en las operaciones de rescate y por su tenacidad para seguir adelante con esperanza y confianza. Es mi ferviente plegaria que un compromiso firme por la justicia y una cultura global de solidaridad ayuden a liberar al mundo del rencor que tan a menudo desencadena actos de violencia; y creen las condiciones de mayor paz y prosperidad, ofreciendo un futuro más luminoso y seguro.

Con estos sentimientos, extiendo mi más afectuoso saludo a usted, a sus hermanos en el episcopado y a cuantos están encomendados a su cuidado pastoral, y con mucho gusto les imparto mi bendición apostólica como prenda de paz y serenidad en el Señor.

Vaticano, 11 de septiembre de 2011

Evangelio del domingo: Perdonar a nuestros hermanos

Por monseñor Carlos Escribano Subías

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TERUEL, viernes 9 de septiembre de 2011 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario al pasaje evangélico (Mateo 18, 15-20) de este  domingo, 11 de septiembre, XXIII del tiempo ordinario, redactado por monseñor Carlos Escribano Subías, obispo de Teruel y Albarracín.

* * *

En el Evangelio de este domingo Jesús, a través del relato de una parábola, nos muestra el rostro misericordioso de Dios. Sigue mostrándonos las características del Reino de Dios y en él debe imperar la misericordia.

La oportunidad surge cuando Pedro suscita una pregunta que seguro albergamos todos nosotros en nuestro corazón. ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano si me ofende? Su respuesta, teóricamente, nos parece estimulante, hermosa, digna de ser alabada: siempre. El problema surge, y lo sabemos por experiencia, cuando somos nosotros los ofendidos, en ocasiones con gravedad, y nos resulta muy difícil perdonar de corazón a nuestro hermano.

Para Jesús esta enseñanza es fundamental. La propone Él mismo, nada más y nada menos, como una de las siete peticiones del Padre Nuestro: “perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Dios nos pide con esta propuesta, que no olvidemos en nuestra relación con lo demás, nuestra relación con Él.

La primera lectura nos recuerda la Alianza que existe entre Dios y el hombre. Fruto de esa Alianza de amor que Dios establece con la humanidad y con cada uno de nosotros, debería surgir el perdón casi, podríamos decir, de modo espontáneo. Por eso el libro del Eclesiástico en la primera lectura nos advierte: “no tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?” Obviar la Alianza, es decir, olvidarnos en la práctica de Dios, tiene fatales consecuencias para el hombre y para el mundo. Nos lo recordaba el Papa Benedicto XVI en su mensaje a los jóvenes para la JMJ de Madrid (nº3): “En efecto, hay una fuerte corriente de pensamiento laicista que quiere apartar a Dios de la vida de las personas y la sociedad, planteando e intentando crear un “paraíso” sin Él. Pero la experiencia enseña que el mundo sin Dios se convierte en un “infierno”, donde prevalece el egoísmo, las divisiones en las familias, el odio entre las personas y los pueblos, la falta de amor, alegría y esperanza. En cambio, cuando las personas y los pueblos acogen la presencia de Dios, le adoran en verdad y escuchan su voz, se construye concretamente la civilización del amor, donde cada uno es respetado en su dignidad y crece la comunión, con los frutos que esto conlleva”.

No asumir la enseñanza de Jesús, como nos advierte el evangelio, crea una inquietante reacción en Dios: su enfado. Este procede del efecto que produce el hombre que actúa sin amor, en el amor infinito de Dios. Es el problema de circunscribir el perdón en un mundo en el que Dios ha sido desterrado. El hombre que no practica el amor, que no deja entrar en él la misericordia divina, se condena a sí mismo. El amor de Dios, no condena a nadie, el juicio consiste en que el hombre no acepta el amor de Dios.

Olvidar lo que Dios ha hecho con nosotros es, en la práctica, olvidar el hecho de que Dios está presente. Si olvidamos lo mucho que nos ama, y en ese amor, lo mucho que nos perdona, que difícil nos resultará perdonar a los demás. Quizá porque nuestro amor hacia ellos se haya quedado raquítico, empequeñecido por nuestro olvido de Dios. Recuperar Su presencia, valorar Su entrega y Su amor, revivir Su Alianza con todos y con cada uno de nosotros, nos ayudará a entender el mensaje del Evangelio de Jesús.

Frutos de la política antinatalista China: cosificación de la mujer y tráfico de niños

por Juanjo Romero
Categorías : Contracepción

16 JurassicPark

Ian Malcom, el matemático de Parque Jurásico, descubre que hay un problema cuando observa que la población de dinosaurios es normal. Cuando el hombre violenta el sistema, el sistema suele reaccionar para recuperar la normalidad, y sólo el hombre, ser libre, puede violentarlo, el resto de las criaturas siempre tienen un comportamiento natural de estímulo-respuesta.

La distribución de dinosaurios nunca podía haber sido normal, en origen eran todo hembras.

Con la política antinatalista del régimen socialista chino va a terminar ocurriendo lo mismo, el propio sistema se rebelará. La tragedia reside en que no son saurios de ficción quienes pagarán y ya están pagando las consecuencias.

Quizá una de las aberraciones más visibles de la «política de un solo hijo» sea la antinatural desproporción entre varones y mujeres. Puestos a tener solamente un hijo, se escoge —por que la técnica lo permite— al hombre, que por razones de supervivencia les parece que satisface mejor las necesidades de las parejas.

Los efectos de la carestía de mujeres empiezan a mostrar los primeros síntomas. La BBC contaba el impacto negativo en la economía mundial que tiene el esfuerzo de un chino para encontrar china. Y es que a la tradicional naturaleza ahorradora hay que añadir el sobrecoste que supone tener una hucha bien provisionada que facilite la tarea de acceder a una esposa.

Ese ahorro anormal retrae consumo, y en el caso de China un consumo brutal. Supongo que todavía no se admiten préstamos para poder encontrar ‘media naranja’, pero todo se andará, aunque en si se diera la situación, no sé cuál sería la garantía. O sí, lo intuyo, y prefiero ni imaginármelo.

En cualquier caso la visión de la mujer como un bien de lujo, accesible a pocos, acrecentará la cosificación de la persona y no es descartable un efecto rebote que tienda a una mayor producción de hembras tanto para el mercado matrimonial como para el sexual. Eso sí, ya serán hembras, cosas, no mujeres.

Lo que ya no es una hipótesis es que el tráfico de personas ha empezado. Según informa la revista Caixin, hace unos años la violación de las leyes antinatalistas suponía una sanción, que hasta 1997 se traducía en el peor de los casos en el derribo de la vivienda. Pero a partir de 2000 comenzaron a ‘embargar‘ a los niños.

Los llevan a los orfanatos que reciben entre 3.000 y 5.000 dólares por criatura colocada en el extranjero. De ese modo las autoridades locales cumplen un doble objetivo: muestran su celo en el cumplimiento de las políticas del socialismo real y obtienen unos ingresos ilegales extras a expensas de la violación de la más elemental dignidad de la persona.

Como Ian Malcom dice en uno de los diálogos:

Dios crea al dinosaurio. Dios destruye al dinosaurio. Dios crea al hombre. El hombre destruye a Dios. El hombre crea al dinosaurio.

¿Cómo ser una persona auténtica?

Todos queremos ser diferentes y originales, pero ¿qué hacen las personas que son verdaderamente auténticas? Aquí te lo decimos.

5 marta obregon

El deseo de superación siempre será bien visto, pero con relativa frecuencia perdemos tiempo en querer ser precisamente lo que no somos: porque en ocasiones gastamos más de lo que tenemos para dar la apariencia de una mejor posición económica, no se diga en el modo de comportarse o de vestir según el círculo social al que queremos pertenecer; copiar el estilo de hablar elocuente o gracioso que utiliza otra persona, o la tendencia a participar activamente en conversaciones como conocedor y erudito, sin tener el mínimo conocimiento. En resumidas cuentas, esta manera de ser se debe a la falta de aceptación de sí mismo.

En ocasiones la auto-aceptación se hace más difícil por lamentarnos de lo que no tenemos. En distintos momentos y circunstancias personas han dicho: “si hubiera nacido en una familia con mejor posición económica, otra cosa hubiera sido”; “si yo tuviera las cualidades que (aquel tiene…”; “si hubiera tenido la posibilidad de una mejor educación…”; “si se me hubiera presentado esa oportunidad…” ¿No es también una pérdida de tiempo de la que hablamos al principio?

Para ser auténticos hace falta algo más que copiar partes de un modelo, como si quisiéramos adueñarnos de una personalidad que no nos pertenece, o peor aún, pasar la vida esperando “la gran oportunidad” para demostrar lo que somos y lo que podemos lograr. Las experiencias, el conocimiento y la lucha por concretar propósitos de mejora, hacen que con el tiempo se vaya conformando una personalidad propia.

¿Qué hacer entonces para ser auténticos?

- Evitar la mentira y la personalidad múltiple. Ser el mismo siempre, independientemente de las circunstancias.

- Cooperación y comprensión para evitar el deseo de dominio sobre los demás, respetando sus derechos y opiniones.

- Ser fieles a las promesas que hemos hecho, de esta manera, somos fieles con nosotros mismos.

- Cumplir responsablemente con las obligaciones que hemos adquirido

- Hacer a un lado simpatías e intereses propios, para poder juzgar y obrar justamente.

- Esforzarnos por vivir las leyes, normas y costumbres de nuestra sociedad.

- No tener miedo a que “me vean como soy”. De cualquier manera, mientras no hagamos algo para cambiar, no podemos ser otra cosa.

La autenticidad da a la persona una natural confianza, pues con el paso del tiempo ha

sabido cumplir con los deberes que le son propios en el estudio, la familia y el trabajo, procurando perfeccionar el ejercicio de estas labores superando la apatía y la superficialidad, sin quejas ni lamentaciones. Por la integridad que da el cultivo de este valor, nos convertimos en personas dignas de confianza y honorables, poniendo nuestras cualidades y aptitudes al servicio de los demás, pues nuestras miras van más allá de nuestra persona e intereses.

http://www.encuentra.com/articulos.php?id_sec=131&id_art=2394&id_ejemplar=0

¿Afecta a la fe cristiana que haya extraterrestres? I

Por Julio de la Vega-Hazas Ramírez*

1 EXTRATERRESTRES

MADRID, junio de 2011 (ZENIT.org).-

La astronomía y astrofísica no pueden por sí mismas demostrar ni la existencia ni la inexistencia de Dios. Su método empírico se lo impide. Pero una cosa es la astronomía, y otra el astrónomo. Éste puede reflexionar a partir de su ciencia –lo cual, se dé cuenta o no, le hace salir de la misma y entrar en terreno filosófico–, y, como ser humano, tiene sus creencias y sus ideas. Tiene su propia cosmovisión, en la que las distintas teorías astronómicas encajan mejor o peor. Por eso, hay teorías que, por lo que se ve, aunque no demuestran nada al respecto inclinan a pensar en un Dios creador o en un universo autosuficiente que no necesita de ser trascendente alguno. Aquí hay un trasfondo que condiciona, más de lo que parece, la información que se da sobre estas materias.

Cuando Einstein publicó su teoría de la relatividad, todo el mundo científico pensaba en un universo estático, que de por sí existiría “desde siempre” y duraría indefinidamente. Einstein lo concibió como limitado en tamaño, pero seguía siendo estático. Georges Lemaître, un astrofísico belga que desarrollaba las teorías de Einstein, fue el primero que empezó a hablar de un universo en expansión, lo que Einstein no aceptaba. Y, en 1931, en una conferencia que había sido invitado a dar en Londres, Lemaître dio un paso más, proponiendo que el universo se expandía de un punto inicial, que denominó átomo primigenio. De inicio no se aceptó muy bien en la comunidad científica. En una entrevista radiofónica de la BBC, un prestigioso astrónomo y futuro premio Nobel, Fred Hoyle, la descalificó acuñando un término que sonaba despectivo: el Big Bang. Durante varios años lo utilizaron los “estaticistas”, quienes rechazaban la nueva teoría.

Desde el principio la polémica tuvo resonancias que rebasaban el ámbito de la astronomía y entraban en el de las creencias. No parecía casualidad que Lemaître fuera, además de científico, sacerdote católico, Hoyle un ateo convencido, y Einstein se inclinara por un etéreo panteísmo. El mismo Lemaître encendió la mecha cuando, en su exposición, calificó su teoría como “el huevo cósmico explotando en el momento de la creación”. Años después, con los ánimos más serenos, la madurez científica de los protagonistas y el Big Bang cada vez más confirmado por los datos obtenidos –el último que faltaba tardó en llegar hasta los años 60–, los tres cambiaron. Lemaître dejó su teoría en su preciso lugar declarando que no podía considerarse una demostración de la creación. Einstein pronto se rindió a la matemática del modelo de Lemaître y rectificó su propia teoría (calificó la constante que había introducido para preservar el modelo estático como el gran error de su vida). Hoyle, por otros derroteros, acabó por afirmar que el universo estaba tan ajustadamente sintonizado para permitir la vida inteligente que había que admitir una mente superior y trascendente.

Pero estas muestras de honradez intelectual no cambiaron el panorama general en bastantes años. El modelo “dinámico” del Big Bang inclinaba a admitir la creación divina, el “estático” a rechazarla. De ahí que, por regla general, los astrónomos ateos se aferraran al modelo estático. Conforme la teoría de Lemaître se precisaba (hoy se calcula que el Big Bang tuvo lugar hace unos 13.700 millones de años) y se demostraban sus implicaciones, se buscaron nociones que la hicieran compatible con un universo de duración indefinida. Esto cuajó en una visión según la cual el universo estaba en continuo proceso de expansión y contracción: la concentración motivaría la explosión, la gravedad volvería a contraer lo expandido; una especie de traslación al terreno astronómico del “eterno retorno” de los antiguos griegos, para quienes no cabían dudas de que el universo era eterno.

Los últimos descubrimientos no permiten sostener este modelo de continua expansión–contracción. El universo se expande aceleradamente, cuando para esta teoría tendría que ser al revés, o sea, deceleradamente. Lo cierto es que no se encuentra hoy por hoy explicación a este fenómeno, pero no es menos cierto que la realidad es ésa. Un último refugio del estaticismo lo constituye la idea de que puede haber un número indefinido de universos, entre los que de algún modo se compensen sus dinámicas para dar lugar a un resultado que “está ahí” desde siempre. Pero esto ya es muy poco científico. No es que sólo conozcamos este universo, es que no resulta posible conocer ningún otro, exista o no, por lo que se trata de una teoría insostenible desde un punto de vista científico y, lo que es peor para sus defensores, resulta muy fácil advertirlo. Por esta razón se está diluyendo cada vez más este punto de vista, y se admite pacíficamente el Big Bang –término que ya no se usa despectivamente en absoluto–. ¿Y antes de esos 13.700 millones de años qué había? Un “no se sabe” es científicamente correcto y neutro en cuanto a las creencias, por lo que es aceptable para todos. Uno verá ahí la creación; otro, el punto inicial de una evolución que por encontrar una explicación integral en la ciencia no necesita de la figura de Dios para dar razón de sí.

La cuestión de una visión cósmica que de alguna manera apoye la creencia en Dios o tienda a desmentirla se tenía que trasladar a otro lado, y lo ha hecho a la cuestión de si hay vida extraterrestre, sobre todo vida inteligente. En la actualidad, los avances en la observación espacial y en el procesamiento de los datos de esa observación permiten expandir nuestros conocimientos. La tierra, nuestro hogar, aparece cada vez más como un lugar minúsculo en el universo. En nuestra galaxia, la Vía Láctea, se estima que hay entre doscientos y cuatrocientos mil millones de estrellas (no todas son detectables), y sólo es una entre unos doscientos mil millones de galaxias. Parece un poco pretencioso, con estos números, afirmar que no hay más planetas habitables y no hay vida fuera de la tierra. Y, entre esa vida, en algún caso tendría que haber vida compleja como la nuestra,

¿Qué significa eso? Para más de uno, y sobre todo para muchos divulgadores de la ciencia –los científicos auténticos son más rigurosos– significa que se comprueba la falsedad de las religiones cuando colocan a la tierra o al sol en el centro del universo, que se hace difícil sostener que la creación ha sido hecha para el hombre, y que deja de tener sentido mantener la condición privilegiada que tiene el hombre en su relación con Dios. Esto último es particularmente importante con el cristianismo y el plan redentor divino que sostiene. ¿Habría que admitir que Dios se habría encarnado también en otro tipo de seres inteligentes? Y si no es así, ¿por qué iba a resultar el hombre privilegiado con respecto a otros seres posiblemente más inteligentes? De ahí que, quienes desean ver una ciencia que destruya la religión (sobre todo el cristianismo, y entre todo el cristianismo el católico en primer lugar), tengan verdadera prisa en que los descubrimientos confirmen su visión, y que aparezca vida. Se difunde así la creencia –porque eso es– de que esos hallazgos son inminentes, al menos los primeros indicios. No es raro que, al trasladarse algo nuevo a la prensa, se distorsione la información en este sentido.

Podemos poner un par de ejemplos. En 2007 se descubrió agua en un exoplaneta (un planeta que orbita una estrella distinta del sol) conocido por la referencia HD 209458b. Gran parte de la prensa dio la noticia como si por fin se hubiera descubierto un serio candidato a la vida, pues se necesita agua para la vida; además, la estrella (HD 209458a) es parecida al Sol. Si se buscaba más información –o se tomaba uno la molestia de leer el detalle de la noticia, según los casos–, el paisaje cambiaba mucho. Se trataba de un tipo de planeta conocido como “Júpiter caliente”: una gran bola gaseosa algo menor que Júpiter orbitando tan cerca de su estrella que su año era de apenas tres días y medio. Su cercanía a la estrella producía una temperatura de unos mil grados centígrados en su superficie, y que perdiera masa proyectando gas al espacio. En ese gas se había detectado algo de agua gaseosa –el descubrimiento era haberse podido hacer esa detección por primera vez–, pero el conjunto resultaba un entorno particularmente hostil a todo tipo de vida, tanto o más que, por ejemplo, en un cometa, que suele contener mucha agua, en este caso en forma de hielo.

El otro ejemplo es el descubrimiento, en diciembre de 2009, del exoplaneta GJ 1214b. Fue presentado por sus descubridores como una “supertierra”, término que designa planetas rocosos –o sea, como el nuestro– de mayor tamaño que la Tierra, en este caso de masa unas seis veces mayor que la terrestre, y un diámetro dos y medio veces mayor. El que dijeran que es lo más parecido a la Tierra descubierto hasta la fecha se tradujo en la prensa como el hallazgo de un planeta como la Tierra, lo cual no es lo mismo, e incluso que era posible o incluso probable que sostuviera vida. No se reparó mucho en que el tamaño de la estrella, mucho más pequeña que el Sol, convertía esa probabilidad en bastante improbable, pues para recibir la energía necesaria el planeta tiene que estar tan cercano que gira presentando siempre la misma cara a la estrella –como la Luna respecto a la Tierra–, y se expone a llamaradas como las producidas por el Sol, que tendrían un efecto mortífero al estar mucho más cerca los dos cuerpos. Pero, una vez pasadas las sensacionales –o sensacionalistas– cabeceras de los periódicos, las críticas de la comunidad científica dejaron más en evidencia lo afirmado a bombo y platillo. Con los datos que se aportaban, el planeta podía ser una supertierra, pero también podía ser un “minineptuno”, un planeta gaseoso con núcleo rocoso, como Neptuno pero de menor tamaño (era posible también alguna otra configuración). Después se puso en evidencia que el anuncio fue prematuro, aunque más tarde se confirmara. Todo esto da una cierta idea de cómo la auténtica ansia por encontrar vida extraterrestre distorsiona con enorme facilidad las noticias que salen a la luz pública y puedan tener una mínima relación con el tema.

¿Pero qué sabemos en realidad de la vida extraterrestre? O, mejor dicho, puesto que todavía no se ha encontrado nada, ¿qué expectativas razonables tenemos de encontrarla? Es famosa la frase del físico nuclear Enrico Fermi, pocos años después de la última guerra mundial: “Si hay extraterrestres… ¿dónde están?” No se puede contestar con certeza, pero sí se puede decir que, conforme la ciencia avanza, tendríamos que situarlos cada vez más lejos. Desde siempre, la imaginación humana ha situado la posibilidad de otros seres habitando los astros observados. Pero de entre todos los lugares posibles hay uno que ha destacado con mucha diferencia sobre el resto: Marte. Hace apenas un siglo, en 1908, apareció un libro escrito por un divulgador científico: Mars as the Abode of Life (“Marte como un lugar de vida”) del norteamericano Percival Lowell. Desde el observatorio de Marte que se había hecho construir en Arizona, describía a Marte como un lugar de vida, con sus canales de irrigación con los que la avanzada civilización que allí vivía había convertido el planeta en un vergel. Los “canales” habían sido observados por el italiano Schiaparelli, pero sin llegar a esas deducciones. El término italiano canali puede traducirse al inglés tanto como channels como por canals, siendo la diferencia el que la primera palabra se refiere a accidentes naturales, y la segunda a construcciones humanas. Lowell no dudó en utilizar la segunda. La comunidad científica recibió el libro con bastante escepticismo, pero eso no obstó para que las tesis de Lowell se impusieran en la opinión pública, y, lo que es más sorprendente aún, en la divulgación científica, que despertaba el interés del público con los misteriosos canales. Ese mismo año se publicó el artículo titulado The Things that Live in Mars (“Las cosas que viven en Marte”), del inglés Herbert Wells. Aunque sostenía que el contenido, una somera descripción de flora y fauna marcianas, se basaba en el razonamiento científico, se trataba de un escritor de ciencia ficción. Y los científicos no le tomaron en serio. Pero se hizo ilustrar el artículo por un dibujante, y los dibujos de unos marcianos altos, flacos y verdes calaron hondo en lo que hoy llamaríamos el imaginario popular. Cuando en 1938 Orson Welles desató el pánico con una descripción radiofónica de la invasión marciana –sacada de una novela de Wells–, indirectamente dio buena muestra de lo profundamente que había arraigado en la gente la figura de los marcianos.

Toda esta visión se vino abajo a partir de 1965, cuando la primera sonda Mariner –el Mariner 4– empezó a transmitir fotografías de Marte, seguida en los años sucesivos por otras sondas Mariner y Viking. Marte era árido, sin rastro de vida, y el único “canal” encontrado fue un enorme cañón ramificado de 4.500 kilómetros de longitud junto al ecuador marciano que en honor de la sonda descubridora ha recibido el nombre de Valles Marineris. De todas formas, los que esperaban encontrar vida no se han rendido. Marte es el único planeta que está cerca, comparte con la Tierra bastantes propiedades favorables al desarrollo de la vida, y permite ser explorado y analizado. Cualquier descubrimiento que pareciera favorable se ha anunciado con grandes titulares; los contrarios, en letra pequeña o no se han anunciado. Así, por ejemplo, sucedió con un meteorito marciano descubierto en la Antártida en 1984 (ALH84001), que contenía lo que parecía ser restos fósiles de una microbacteria. Ahora se tiene por algo no concluyente, y no sólo por la posibilidad de contaminación terrestre de la piedra, sino sobre todo porque la estructura hallada puede tener origen geológico y no biológico; aquí, como en otros lugares, el término “compuesto orgánico” se presta a equívocos, pues se aplica incluso a cualquier hidrocarburo incluido el más sencillo, el metano, un simple compuesto de carbono e hidrógeno muy común en objetos siderales en donde no hay vida ni la ha podido haber nunca (lo hay, por ejemplo, en Júpiter, y en Titán, satélite de Saturno, incluso llueve metano). También han merecido destacados titulares las pruebas de la existencia actual de agua helada en el subsuelo y de agua superficial en el pasado –aparte de la que queda hoy en los polos–. Pero con menos énfasis se han anunciado resultados de análisis de suelo cuyo resultado es muy desfavorable para albergar vida. El agua es necesaria para la vida, pero no suficiente. Lo cierto es que cada vez sabemos más de Marte, y no aparece rastro de vida por ninguna parte.

Fuera de la Tierra, Marte es, con diferencia, el lugar más apto para acoger vida dentro de nuestro sistema solar. Venus, teóricamente en buena posición, es, con sus 500 grados centígrados de temperatura y cien atmósferas de presión, un lugar mucho más hostil, sin apenas esperanzas. Por lo demás, se han buscado lugares en los entresijos del sistema solar –sobre todo algunos satélites de Júpiter como Europa, cubierta por un oceano de agua bajo un casquete de hielo–, y los resultados por el momento han hecho las delicias de los geólogos, pero no han dado nada a los biólogos. Las esperanzas de encontrar algún tipo de vida elemental –los tipos más sofisticados están ya descartados– en el sistema solar se desvanecen.

Son los descubrimientos científicos los que han empujado a buscar esa vida fuera. Pero “fuera” es muy lejos. Las estrellas más cercanas son las tres que forman el grupo Alfa Centauro. La más cercana, llamada por eso Próxima (Proxima Centauri) es demasiado pequeña para tener esperanzas fundadas y no se le han detectado planetas, pero, en cualquier caso, está a 4.2 años–luz de nosotros. La sonda más rápida lanzada hasta el momento, Voyager I, que ya ha traspasado la zona planetaria y se dirige al espacio interestelar, viaja a unos 17 kilómetros por segundo. A esa velocidad, una sonda necesitaría unos 75.000 años para alcanzar Próxima. De las otras dos del grupo, un poco más lejanas, Alfa Centauro A es muy parecida al Sol, pero forma un sistema binario con Alfa Centauro B, un poco más pequeña, lo que significa que orbitan entre sí, lo cual casi con seguridad distorsionaría una órbita de planeta lo necesariamente estable y circular como para albergar vida. Para encontrar una estrella apta para albergar un planeta con vida hay que mirar a Épsilon Eridani, a 10.5 años luz, aunque, si se confirma la existencia de un planeta tipo Júpiter orbitando de forma elíptica la estrella, se dificultaría seriamente la posibilidad de un planeta con una órbita más circular como el nuestro, y con ello la posibilidad de encontrar algún viviente. En un radio que llegue a 16 años luz encontramos dos estrellas candidatas, pero dos tienen bastante menos condiciones que el Sol: una, Tau Ceti (11.8 años luz) tiene demasiado pocos elementos más pesados que el helio como para poder encontrar planetas rocosos en los alrededores; la otra, Groombridge 1618 (15.8 años luz), parece –está sin confirmar aún– que tiene un planeta gaseoso de masa al menos cuatro veces la de Júpiter en un borde de la llamada “zona habitable” (donde puede haber agua líquida), y si es así no permitiría a otro planeta rocoso más pequeño orbitar tranquila y circularmente en esa zona.

Cada vez descubrimos más. Ya tenemos identificados más de quinientos exoplanetas, y muy pronto rebasaremos los mil. Lógicamente, hemos empezado por lo más fácil, planetas de gran masa –grandes bolas gaseosas que se miden en “Júpiters”– y planetas muy cercanos a la estrella que orbitan. La Tierra, así como cualquier planeta con esperanza de albergar vida, no encaja en ninguna de estas categorías, y de momento no se han detectado planetas del tamaño de la Tierra en una órbita idónea para albergarla. Con todo, se avanza en esta dirección. Ya hay unas 35 supertierras confirmadas, y casi 300 por confirmar, aunque en bastantes casos el método de detección no permite saber si son supertierras o minineptunos. También existen media docena de “tierras” por confirmar; la más segura tiene una masa ligeramente superior a la de la Tierra (1.35), y orbita a una estrella muy parecida al Sol, pero está demasiado pegada a ella (su año dura un poco más de un día), aparte de estar a la ya respetable distancia de 127 años luz. Lo previsible es que aparezcan pronto unos cuantos planetas rocosos de tamaño comparable al nuestro, y que serán anunciados con titulares del estilo de “encontrado un planeta como el nuestro”. Lo que se dirá menos es que la semejanza en solidez y tamaño es sólo un primer requisito, al que deben seguir muchos más. Y menos aún se cae en la cuenta de que todos estos descubrimientos son la cara alegre de la moneda. La otra cara es que conforme más se ha descubierto, más se descarta. Se abren nuevas posibilidades, pero cuanto más se conocen los requisitos necesarios para que se pueda encontrar vida, resulta que cada vez son más numerosos, y cada vez las posibles esperanzas reales están más lejos.

Se podría replicar que, de la misma manera que avanza la detección, puede avanzar el viaje. De momento, eso no es cierto: se ha descubierto mucho en los últimos treinta años, pero Voyager I, lanzado en 1977, sigue siendo el vehículo espacial más rápido (New Horizons, lanzado en 2006, llegó a superarlo por muy poco, pero actualmente viaja a cerca de 16 km/s). Para alcanzar velocidades que realmente permitan explorar un cuerpo celeste ajeno a nuestro sistema solar, hay que cambiar el actual sistema de propulsión, pues el cohete a reacción de propulsión por reacción química –lo que hoy se utiliza– no puede dar mucho más de sí de lo que ya da. Esto se sabe desde hace mucho tiempo, y por eso desde los años 50 ha habido investigaciones en marcha por parte de norteamericanos, rusos y británicos con el fin de hallar sistemas de propulsión alternativos. Los proyectos que contemplaban microrreacciones atómicas en cadena (Nuclear Pulse Propulsion) parecen ya descartados. Más prometedores han sido los motores de chorro de partículas (iones o plasma). Se trata de generar una corriente eléctrica que impulse a gran velocidad partículas, que por reacción muevan el vehículo en dirección contraria, como cualquier cohete. El rendimiento es bajo, pero puede ser continuo, que es lo que hace falta cuando se trata de enviar una sonda a enormes distancias, y lo que no proporciona un cohete convencional. De hecho, rusos y norteamericanos lo han experimentado, aunque solamente para movimientos auxiliares y obteniendo la electricidad de paneles solares. Los americanos declararon satisfactorio su experimento; los rusos –soviéticos entonces– lo habían utilizado antes, no dijeron nada y sencillamente lo abandonaron. El panel solar no sirve conforme se aleja la nave del sol, por lo que habría que sustituirlo por un reactor nuclear. Todo esto no pasa del proyecto, y tendrán que pasar bastantes años hasta que funcione debidamente. Además, por el momento los objetivos marcados no van más allá de una velocidad unas diez veces mayor que la del Voyager. Tendrán que pasar bastantes años hasta conseguir propulsar una sonda que llegue en un tiempo razonable –menos de 100 años– a Próxima.

En cualquier caso, sean cual sean los avances que se realicen en la propulsión y lo que se tarde en obtenerlos, hay un límite absoluto: la velocidad de la luz. Es físicamente imposible superarla. Nada ni nadie puede llegar a Próxima en menos de 4.2 años si saliera hoy. De todas formas, no parece un tiempo excesivo para una sonda emplear cinco años en llegar a una estrella. Es cierto, pero no es claro que sea posible. Los cuerpos pesados celestes rara vez superan los 100 kilómetros por segundo, y el viento solar, consistente en partículas elementales eyectadas por gigantescas explosiones en el Sol, se desplaza a una velocidad media de unos 400 kilómetros por segundo, muy lejos de los 300.000 kilómetros por segundo de la velocidad de la luz. Acerarse a esta velocidad puede suponer desestabilizar los átomos mismos del objeto, y una colisión con una partícula de polvo interestelar, teniendo en cuenta que la energía liberada está en función del cuadrado de la velocidad, parece que resultaría fatal. No hay experiencia alguna, ni natural ni experimental, de una cosa así, y no es nada temerario concluir que, cuanto menos, está todavía muy por encima de nuestras posibilidades. Y eso que hablamos de lanzar sondas no tripuladas. El sueño –vendido en más de una ocasión como algo que no tardará mucho– de colonizar otros mundos se enfría bastante cuando se sabe que un viaje a Marte, que en las condiciones actuales tardaría algo más de un año entre ida y vuelta, pone al límite la resistencia humana a la vida en condiciones de ingravidez.

Hay sin embargo algo que sí viaja a la velocidad de la luz: las ondas de radio en el espacio. Con la premisa de que una civilización avanzada –como la nuestra o más– las utilizaría de un modo u otro, se creó en los años 70 el proyecto SETI (Search for Extra Terrestrial Intelligence, “Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre”). Inicialmente era un proyecto de la NASA, impulsado sobre todo por Carl Sagan, un astrónomo –más divulgador que científico– que por lo demás no ocultaba la pretensión de utilizar los descubrimientos cósmicos como elementos de una apología de un naturalismo ateo. El proyecto consistía –y consiste– en la conexión del mayor número posible de computadores para analizar las señales de ondas provenientes del espacio y encontrar en ellas signos de emisión por parte de seres inteligentes. Con el paso de los años, la falta de resultados ha motivado la progresiva supresión de las subvenciones públicas, y la red ha pasado a ser una red privada de extensión mundial. Ahora cualquiera puede tener un ordenador personal de potencia suficiente en casa, y SETI busca en el gran público tanto fondos como nuevos procesadores que se añadan a la causa. En general, sus varios miles de componentes comparten la ideología y las esperanzas del ya difunto Sagan. Sigue de cerca la exploración espacial, y sabe dónde dirigir con prioridad los radiotelescopios con que puede contar en un momento dado; así, por ejemplo, recientemente se dedicaron 200 horas de radiotelescopio –las de ordenador no se pueden calcular– a enfocar a Épsilon Eridani. El resultado, tanto en este caso como en toda la actividad de SETI, es nulo: no se ha encontrado nada. Esto no prueba la inexistencia de civilizaciones inteligentes –podrían estar en un momento equivalente a nuestro neolítico–, pero sí que, como línea de investigación que consume dinero y recursos, no se sostiene. Quizás constituya en la actualidad la mayor pérdida de tiempo del último medio siglo. Lo cual no obsta para que SETI siga incansablemente buscando recursos financieros y personales con un entusiasmo propio de la más encendida apología. SETI, indudablemente, busca realizar descubrimientos científicos, pero no se mueve por criterios científicos, que exigirían desviar esos recursos a áreas más prometedoras, sino por una convicción: por una fe. Desde el punto de vista científico, lo único que permite concluir es que por aquí “cerca” no se encuentra lo que busca; puede seguir buscando, pero tendrá que ser más lejos, cada vez más lejos.

En esta búsqueda, los cálculos teóricos podrían ser de ayuda. No señalan ningún punto concreto, pero proporcionan una estadística aproximada; en este caso, de cuántos planetas candidatos a albergar vida podemos esperar encontrar en nuestra galaxia. Cuando son los partidarios de encontrar otros mundos habitados quienes tratan del asunto, siempre sale a relucir la llamada ecuación de Drake, llamada así porque la formuló en 1961 Frank Drake, profesor de astronomía en la Universidad de Santa Cruz de California, y uno de los pioneros de SETI. Básicamente su formulación consistía en el producto de una serie de funciones inversas, cada una de un factor necesario para un planeta con vida, sobre el total de estrellas en la galaxia. Por ejemplo, si una de las funciones es el porcentaje de estrellas con planetas (lo es en realidad), y resultara ser, pongamos por caso, la mitad, la función multiplicaría el número total por 1/2; o. dicho de otro modo, reduciría el número barajado hasta su mitad. Para el profano suena altisonante: ¿quién va a contradecir una formulación matemática elaborada por un astrónomo? El profesional piensa de otra forma: no se trata de contradecir nada, sino sencillamente de aclarar que esa ecuación se limita a plantear el problema según los conocimientos del momento, sin resolver nada. No es que sea incorrecta, lo que ocurre es que, si supiéramos bien qué funciones hay que aplicar y cuáles son los porcentajes, el problema podría resolverlo cualquier escolar de catorce años. La ecuación combina una serie de factores de los que no conocemos su valor exacto; y peor todavía, ni siquiera sabemos si tenemos todos los factores que deben ser tenidos en cuenta. De hecho, desde su primera formulación han variado mucho las dos cosas. Como señalaba un crítico un tanto ácidamente, “la ecuación de Drake consiste en un gran número de probabilidades multiplicadas juntas, Al tener garantías de que cada factor da una cifra entre el 0 y el 1, el resultado asimismo garantizado es un número que suena razonable entre el 0 y el 1. Por desgracia, todas las probabilidades son completamente desconocidas, dando un resultado peor que inútil” (por resultado final se refiere al cociente que hay que aplicar al número total de estrellas). Según se tomen las variables, puede dar desde los 100.000 planetas con vida inteligente que en un principio anunciaba Sagan –luego rebajó el número–, hasta menos de 1. Desde que Drake formuló su teoría, ésta ha cambiado mucho, pero siempre en un sentido: reduciendo las posibilidades. Hay factores cuya cifra sigue sin saberse a ciencia cierta como el número de planetas habitables por estrella con planetas, pero de lo que cabe poca duda con los conocimientos actuales es que la cifra que debe colocarse no es 2 como estimaba Drake, sino mucho menos. Algún otro factor, como que las galaxias mismas tienen zonas habitables y zonas hostiles a la vida, ni se podía pensar entonces. Lo cierto es que los descubrimientos lo que hacen es añadir más factores a la ecuación, con lo que el número resultante disminuye conforme se sabe más. No es precisamente una buena noticia para los buscadores de alienígenas.

La ciencia no es optimista ni pesimista, simplemente sabe lo que sabe. Y sobre los cuerpos celestes cada vez sabe más. Pero es un saber más que descarta muchas expectativas, las cuales, sean sostenidas por el gran público o por los científicos, no son propiamente ciencia, aunque la estimulen. Lo que de verdad se sabe tiene la tendencia a alejar la posible vida extraterrestre de la Tierra, y a considerarla como bastante más escasa –si es que la hay– de lo que se pensaba hasta el momento. La pretensión de encontrar esa vida en fechas próximas y de pensar que cada vez nos acercamos más a ese descubrimiento no obedecen a lo que muestra la ciencia, sino más bien al deseo de que suceda así. ¿Qué causa este deseo? En primer lugar el hecho de que el sensacionalismo vende. Muchos de los descubrimientos que son apasionantes para los especialistas resultan aburridos para el gran público. Hay que buscar algo que interese, y así se explican titulares como el de una revista de supuesta divulgación científica que anunciaba que pronto podremos comer lechugas cultivadas en Marte, algo que, se mire por donde se mire, es científicamente un desatino. También puede contribuir a este fenómeno el que, en cierto modo, gracias a la rapidez de los viajes y también a las salidas al espacio exterior, nuestro mundo se nos ha hecho pequeño, y queremos buscar algo útil fuera del mismo. Pero hay que contar también con ideologías como la de Sagan o parecidas, según las cuales la “vulgaridad” de nuestra condición en el cosmos prueba la falsedad de religiones como –o sobre todo– el cristianismo, que sostiene una situación privilegiada del ser humano tanto con respecto al universo como en su relación con Dios. De paso, daría lugar a un universo que se explica en su totalidad por sí mismo, y no necesita de Dios ni para existir ni para ser como es.

Desde luego, lo que la ciencia muestra con claridad es que ni la Tierra ni el hombre son una vulgaridad cósmica. Somos más bien un bicho raro, pero eso no zanja la cuestión, pues de lo que se trata es de ver si hay más bichos raros, y la repercusión religiosa que eso pueda tener. Lo primero es fácil de responder: habría que conocer al detalle el universo entero para dar una respuesta cierta, lo cual está muy lejos de nuestras posibilidades actuales (las futuras no las conocemos). La conclusión es clara: no lo sabemos.

Lo segundo es más complicado, y requiere una aclaración previa: ¿de qué religión hablamos? No vale con responder que el cristianismo, pues lo hay de varios tipos, y en este terreno la diferencia es importante. Muchos de los que contraponen religión y ciencia dirigen sus principales ataques al catolicismo, pero, especialmente en los Estados Unidos, parece que lo que tienen en mente cuando se refieren al cristianismo es más bien el protestantismo evangélico.

En los medios evangélicos la réplica al naturalismo ateo es la llamada teoría del diseño inteligente (Intelligent Design). Nació en los años 20 como contraposición al evolucionismo darwinista. Su tesis es que la biología respondía a un diseño tan complejo y ajustado que no podía proceder de un mecanismo ciego como la selección natural; como en el caso del ejemplo clásico del reloj, la comprobación de su sofisticado mecanismo no permitía otra opción como causa que la de un relojero inteligente. La teoría tenía un trasfondo: el literalismo bíblico. Si se descalificaba una explicación cientifista era para dejar cabida a un creacionismo “instantáneo”, el que se lee en el primer capítulo del Génesis. Por lógica, este argumento se tenía que trasladar a otras áreas del saber, como la astrofísica y astronomía. Aquí no resultaba tan convincente el argumento, pero el Génesis habla de que la Tierra apareció más o menos como está ahora en menos de una semana, y no en algo más de 10.000 millones de años como sostienen los cálculos contemporáneos.

Posiblemente el peor efecto de la teoría del diseño inteligente fue el implícito de que había que elegir entre las dos posiciones: o Darwin tenía razón, o la tenían ellos. En realidad, no la tenía ninguno. Hoy ningún evolucionista ve en la selección natural de Darwin la explicación última de la evolución de la vida. Pero la teoría del diseño inteligente, tal como se formulaba, tampoco resultaba muy aceptable. Al fin y al cabo, cualquier hembra animal preñada genera una estructura biológica muy compleja, es causa suya, y no es inteligente ni es consciente de esa complejidad. Con esto se quiere decir que remontar la causa última del universo y la vida a un ser supremo inteligente no descarta la existencia de verdaderas causas más inmediatas no necesariamente inteligentes, que son objeto del estudio de la ciencia natural. Aunque cuando el enemigo es la selección natural de Darwin el diseño inteligente tenga su atractivo, no deja por ello de no distinguir bien entre los diversos planos de causalidad, y la tendencia de atribuir a una acción directa de Dios cualquier fenómeno natural del que carecemos de explicación. O sea, si la ciencia no consigue explicarse algo, es que ha tenido que haber una intervención directa de Dios. Pero eso tiene poco peso, incluso desde el punto de vista religioso: el actuar divino no puede depender de lo que nosotros sepamos. Y es que, en el fondo, estamos ante un argumento teológico disfrazado: lo que en el fondo quiere decir es que, a falta de una explicación científica razonable, hay que dar la razón al Génesis.

Es un error incluir a Santo Tomás de Aquino entre los defensores de un diseño inteligente tal como aquí se expone. Tomás era teólogo pero también, particularmente en este punto, era un metafísico. Distingue bien. Sostiene que el orden del universo manifiesta una racionalidad que remite a su creador, pero éste es causa última que manifiesta mejor su poder dejando obrar a lo que llamaba “causas segundas”, que son las que estudia la ciencia. La ciencia ayuda a descubrir a Dios precisamente porque estudia la racionalidad del universo, pero Dios no sustituye a la ciencia, ni completa sus posibles lagunas. No es la ciencia natural la que demuestra la existencia de Dios: su método la limita a no poder salir de lo material. Es la reflexión a partir de la ciencia y de la observación del mundo lo que permite descubrir a Dios con la razón: es la filosofía (y hoy añadiríamos: la metafísica y la filosofía de la ciencia). Un protestante evangélico difícilmente puede aceptar eso, por el rechazo que el protestantismo tiene de la filosofía. La antropología de Lutero y Calvino era la de un ser humano corrompido en lo más profundo de su espíritu, del que por tanto no se podía esperar nada en el ejercicio de su razón especulativa. La filosofía, su máximo exponente, no sirve para nada concluyente. Así que tiene que ser en el ámbito mismo de lo directamente observable –la ciencia está ahí– donde tiene que sacar sus argumentos. Como Dios es trascendente, ese mismo pesimismo antropológico invalida cualquier salto racional de la observación o la ciencia a Dios. Pero en el fondo no importa tanto, ya que las pretensiones de la argumentación no van más allá de invalidar el rigor de la contraria; para afirmar a Dios creador está la Biblia.

El pensamiento católico distingue mejor los ámbitos del pensamiento, y defiende la autonomía de cada ciencia, que con su propia metodología saca sus propias conclusiones. Tiene también una lectura de la Biblia distinta de la del fundamentalismo protestante. La Biblia no enseña ciencia positiva –todo lo más, Historia–, pues no es ése su propósito. Su enseñanza son verdades referentes a Dios y su plan salvador del hombre. Afirma, eso sí, la creación. Pero la interpretación moderna del primer capítulo del Génesis lo ve como una pieza didáctica que enseña la universalidad de la creación, especificando que todo lo que adoraban los pueblos vecinos no son más que criaturas divinas, y proporcionaba un fundamento para la guarda del shabbat, el sagrado séptimo día judío. Querer sacar otras cosas –y en particular ciencia natural– es salirse de contexto. La misma extrapolación, en sentido inverso, se da en el campo contrario. Una ciencia, aquí la astronomía, que encuentre respuestas ciertas para todos sus interrogantes –algo, por cierto, muy lejos de nuestras posibilidades actuales– no es una ciencia que ha logrado excluir a Dios. Si las respuestas son auténticas, no ha podido salir de su propio ámbito, pues Dios no es una realidad empírica ni matematizable. Más bien habría que deducir que el hecho de dar respuesta científica a todo supone, tomando prestada una terminología de los antiguos griegos, que el universo es un cosmos –un todo armónico– y no un caos, y es precisamente esa característica la que requiere una explicación que cae fuera del ámbito de esa misma ciencia. Ése es el sentido del razonamiento de Tomás de Aquino (antes, de Aristóteles), y del pensamiento católico y lo que entiende por diseño inteligente. Una buena manera de entender cómo la ciencia puede servir de partida para una conclusión de este tipo la podemos ver, por paradójico que sea, en SETI. La idea que lo pone en marcha es que el registro de una emisión de ondas de radio que muestre una cadencia ordenada remite a un lenguaje, y por tanto a un emisor inteligente; del mismo modo, la cadencia ordenada resultante de las leyes tanto físicas como biológicas habla también un lenguaje de la naturaleza que remite a un Autor inteligente. La desgracia de esta visión es el verse atrapada entre dos fuegos: la ciencia que suplanta a Dios, o el Dios que suplanta la ciencia. La opinión pública norteamericana se ha visto impelida a elegir entre Sagan y los telepredicadores. Sí, es verdad que había más opciones, pero éstos eran prácticamente los únicos que salían en la televisión.

Un calvinista protestante quizás piense que debe tomarse al pie de la letra el pasaje del segundo capítulo del Génesis que pinta a Dios haciendo desfilar todos los animales delante del hombre para que éste diera a cada uno su nombre. Si es así, la existencia de formas de vida distintas en otros planetas constituiría un problema. Para un católico eso no es así. La lejanía de seres vivos en el espacio sería tan irrelevante como lo ha sido la lejanía en el tiempo. Nunca ha constituido un problema doctrinal en la Iglesia Católica la existencia de tiranosaurios o de trilobites, formas de vida extintas mucho antes de la aparición del hombre sobre la Tierra. Tampoco lo es ni lo va a ser el hipotético hallazgo de una bacteria, una planta o una especie de caballo cósmicos. La posible vida no inteligente extraterrestre, más simple o más compleja, es un asunto que interesa a la ciencia, no a la teología.

Sin embargo, se disimula a veces bastante mal que el descubrimiento de una bacteria cósmica sería considerado y proclamado por muchos como el hallazgo del primer eslabón que conduciría, poco menos que irremisiblemente, a la posterior aparición de vida inteligente. Dicho de otra manera, con frecuencia se piensa que la biología evoluciona de por sí a la vida inteligente. Esto ya resulta bastante más discutible. Desde luego, no puede significar que allí donde hay una bacteria tiene que haber un alienígena. Sería como admitir una evolución tan absurda, que el resultado final figuraría ya al principio siempre. En la búsqueda espacial, los datos de la Tierra misma no resultan muy aleccionadores como ejemplo. Aquí se calcula (los cálculos no son exactos y varían de unas estimaciones a otras) que la vida lleva unos 3.500 millones de años, y un solo millón la vida inteligente; o sea, de entre los planetas que pueden albergar vida, cabría esperar que sólo uno entre tres mil quinientos tendría seres inteligentes, y eso sin contar la posibilidad nada despreciable de que pueda haber planetas algo menos idóneos que el nuestro para la vida, donde no pueda llegar a formas demasiado complejas o llegue bastante más tarde (compensa muy ampliamente a la baja la rectificación al alza que hay que hacer al considerar que hay planetas más viejos que el nuestro).

Lo que quiere decir, claro está, es que, con el tiempo y las condiciones adecuadas, la vida evoluciona siempre hacia la inteligencia. Pero tomar esta afirmación como una verdad científica es por lo menos poco riguroso. Por una parte, apenas se conoce el “mecanismo” evolutivo. Y la estadística inductiva es imposible: en realidad sólo se conoce una sola especie en un solo planeta con vida inteligente, y de esa muestra, que es la mínima, no se puede inferir nada. Además, el proceso que ha desembocado en esa vida inteligente ha sido demasiado accidentado como para poder ponerlo sin más como modelo evolutivo. La especie humana, por lo que ahora sabemos, apareció en una zona muy concreta –es de suponer que especialmente favorable– en un momento dado, al parecer junto a otras ramificaciones de homínidos ninguna de las cuales prosperó –con otras ramas animales no ha sucedido así–, lo cual es un inicio muy frágil. Y sabemos que antes –millones de años antes– al menos en dos ocasiones el impacto de un asteroide en la Tierra modificó la trayectoria evolutiva. El último de los dos motivó la extinción de los hasta entonces animales predominantes, los dinosaurios, para dar paso a los mamíferos como nuevos señores del reino animal. No parece temerario concluir que también en este aspecto lo que mueve a sostener esta afirmación poco menos que como un axioma indiscutible es el deseo de que sea así, más que la ciencia propiamente dicha.

Pero la cuestión principal no es esa. Por inteligencia, al menos por inteligencia en su sentido más propio, no se debe entender un instinto altamente sofisticado que lleva al animal a crear una estructura social, utilizar instrumentos, fabricarse guaridas sofisticadas o seguir unas pautas de conducta muy complejas. Se debe entender más bien como una capacidad de abstracción y de pensamiento simbólico, que conducen a cosas como la reflexión consciente, el diseño o la conciencia de un pasado y un futuro. La ciencia positiva puede dar fe de este tipo de manifestaciones, como cuando se descubre un enterramiento de Neanderthales o las pinturas de Altamira. Pero su naturaleza escapa a las leyes de la materia, aunque se vea altamente influida por ellas, pues no estamos hablando de una biología con un pensamiento añadido, sino de un ser biológico que piensa. Esta capacidad no supone un escalón supremo en la línea instintiva que se va haciendo más perfecta y espontánea conforme se sube en la escala biológica. Es un grado superior a todo instinto; de hecho, las noticias de prensa hacen referencia frecuentemente a conductas humanas que contradicen los instintos más elementales, como el de conservación, como puede ser una huelga de hambre llevada hasta el final por una causa que no reporta ventajas inmediatas a quien la emprende. En la medida en que trasciende la biología, no corresponde a ésta ni a ninguna ciencia empírica tratar de la naturaleza del pensamiento, sino a la reflexión filosófica. Y aquí la teología sí tiene algo que decir.

La doctrina católica afirma la creación directa del espíritu humano –“alma” es el nombre más común–, principio del pensamiento y la voluntad, por parte de Dios. Recoge esa reflexión filosófica: puesto que no puede salir de la materia, sólo puede venir a la existencia por un acto creador de Dios. La evolución animal proporciona el cuerpo biológico: no un cuerpo cualquiera, sino uno apto para recibir ese espíritu. Un principio de acción espiritual que informara, pongamos por caso, un protozoo, resultaría completamente inoperante; hace falta algo más, bastante más, elaborado. Aquí se juntan creación y evolución. La vida inteligente extraterrestre también necesitaría esa intervención divina, pero eso no significa que pueda aparecer en cualquier parte. Necesita una materia apta, lo que significa un planeta apto para la vida compleja, y un grado de desarrollo de la vida que diera lugar a una biología idónea para albergar el tipo de ser resultante.

Es evidente que lo antedicho no descarta la existencia de seres extraterrestres con inteligencia. Dios puede crear espíritus como puede crear universos. La filosofía ya no tiene más que decir aquí. Y la búsqueda de alienígenas no se altera lo más mínimo: puede haber, puede no haber –la voluntad de Dios es incognoscible salvo que Él mismo la manifieste–, y hay que buscar en los mismos lugares y del mismo modo. En cierto modo, la razón humana puede verse inclinada a pensar que los debe haber, pues parece tener más sentido que su contrario. Crear un universo tan grande y tan poblado de astros parece ser más congruente cuando hay más hogares de vida inteligente que el nuestro. Ahora bien, esto no pasa de ser una pura especulación mental nuestra inconclusiva. Por el mismo precio, podríamos pensar que la enorme magnitud del universo ha sido hecha para que nos demos cuenta de la inmensidad de su Autor. En realidad, seguimos sin saber nada.

Queda por ver lo que tenga que decir la teología. De entrada, hay que hacer una aclaración importante. Ninguna de las verdades de fe católica se refiere a la existencia o la no existencia de extraterrestres. El mensaje bíblico, en sus dos Testamentos, bascula entre el Cielo –trascendente al universo visible– y la Tierra. Las estrellas son criaturas divinas –el interés en subrayarlo radica en que había pueblos vecinos que adoraban los astros–, manifiestan el poder divino y por lo demás son un decorado en el gran drama que se produce en la relación del Dios con el hombre. Nada más. Lo cual quiere decir que en el terreno que nos ocupa se juega no con verdades de fe en sentido estricto, sino con razonamientos elaborados a partir de los contenidos de fe.

En cuanto a lo que se suele denominar teología de la creación, no se encuentran especiales dificultades. El hombre como coronamiento de la creación visible lo es con respecto al mundo irracional que lo rodea, y como hecho a imagen y semejanza de Dios lo es debido a su carácter racional. El reinado del hombre alcanza hasta donde llega su poder y su presencia. Hay así hueco para otros posibles reinos sin que cambie nada. El verdadero problema viene con la teología de la redención. En ella contemplamos a Dios que, para redimirnos, se ha encarnado, haciéndose verdadero hombre en Jesucristo sin dejar de ser Dios, y como hombre ha recibido una gloria que, utilizando la expresión bíblica, le hace estar sentado a la diestra de Dios Padre. Si se tratara de una relación privilegiada con Dios, podría aceptarse la posibilidad de que otros compartieran ese privilegio. Pero parece tener los rasgos de una relación demasiado exclusiva. ¿O tendremos que admitir que Dios también se ha encarnado en un alienígena, y Cristo debe compartir la diestra del Padre con él, siendo además los dos la misma persona divina (el Hijo)? Lo cierto es que parece difícil de asumir, aunque conviene hacer dos observaciones. La primera es que el plan divino para con esos hipotéticos seres podría ser distinto, como podría haber sido distinto para con el hombre. La segunda es que, aunque fuera sustancialmente el mismo, no es ni contradictorio con lo relevado, ni incompatible, ni imposible. En Dios cabe todo lo bueno; lo que no cabe es lo absurdo, y esta posibilidad no lo es. El que pudiera haber otros que disfrutan por igual del don divino no nos quita absolutamente nada, tampoco del amor de Dios, que por ser divino es infinito. Por eso, si alguna vez apareciera un alienígena ello no supondría quiebra alguna a la fe católica.

De ahí que tengan poco sentido las posturas tanto del católico que mire con cierta aprehensión los descubrimientos astronómicos en el temor de que le vayan a suponer una quiebra de su fe, como la del ateo que piense que estamos cerca de hacer descubrimientos que pondrían en evidencia la fe cristiana. A la Iglesia Católica no le ha importado mucho este problema hasta la fecha, lo que no ha ocurrido con otros temas donde estaba implicada la ciencia natural, como el evolucionismo. De hecho, no ha hecho pronunciamientos o manifestaciones al respecto. Pero eso no quiere decir que sea lo más razonable sumarse al optimismo desmedido que con tanta frecuencia distorsiona lo que la auténtica ciencia descubre y sabe. Por caminos distintos, tanto la ciencia por un lado como la fe por otro convergen en invitar a un cierto escepticismo sobre la existencia de extraterrestres inteligentes, sin cerrarse a la posibilidad de que pueda suceder lo contrario a lo esperado. La ciencia, porque cada vez son más numerosos los requisitos para la existencia de semejante vida, y por tanto cada vez es estadísticamente más improbable encontrarla (y no lo sabemos todo: todavía puede haber más). La fe, porque ese tipo de vida –los demás tipos no le importan en absoluto– no es el resultado únicamente de la evolución sino también de una intervención específica divina que se considera poco probable. Si algún día apareciera una evidencia de lo contrario, la ciencia se alegraría (en principio: habría que ver cómo nos consideran y nos tratan), y a la Iglesia no le costaría mucho aceptarlo. Pero ese día, hoy por hoy, cada vez se ve más lejano.

Por Julio de la Vega-Hazas Ramírez, sacerdote español del Opus Dei, doctor en Teología y licenciado en Derecho, miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES), y autor, entre otros, de los libros El complejo mundo de las sectas (Grafite, Bilbao, 2000), El mensaje social cristiano (Eunsa, Pamplona, 2007) y Educar en la templanza (Cristiandad, Madrid, 2009).

Tecnología y juventud la fórmula del éxito

Tienen menos de 40 años, están en el centro de la escena y sus vocaciones los convirtieron en millonarios. Ellos son los nuevos poderosos: jóvenes, informales, urbanos y ambiciosos. Así, lo demuestra el raking realizado por la revista estadounidense Vanity Fair denominada “The New Establishment”.

Eugenia Plano

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El listado, compuesto por 50 personalidades de distintos rubros, se destaca este año por contar entre los más poderosos del mundo 15 personas que apenas pasan sus 30 años. Y no sólo eso, el puesto número uno del ranking es ocupado, por segundo año consecutivo, por un joven de tan sólo 27 años. Se trata del exitoso fundador de Facebook Mark Zuckerberg. Las razones de ser el más poderoso del mundo parecen indiscutibles: su red social cuenta con más de 750 millones de usuarios y , se estima que para el año próximo su empresa estará valuada entre los 50 y los 100 billones de dólares. Su nombre se encuentra en todas las listas cuya consigna es la riqueza, popularidad, fama, creatividad o poder.

La lista elaborada por Vanity Fair no sólo apunta a categorizar a distintas personalidades a partir de la solvencia de sus cuentas bancarias, también da cuenta de a la influencia social y de la generación de tendencias a nivel global. ‘Visionarios, prodigios y enterpreneurs’ son algunas de las característica que la revista describe como parámetros tenidos en cuenta en el 2011, para elegir a los más poderosos del mundo.

Vanity Fair destaca en su artículo que jamás en la historia alguien tan joven había alcanzado el primer lugar. El avance vertiginoso de la tecnología ha generado nuevos protagonistas, y los jóvenes son quienes encabezan la fluidez y la rapidez con la que se mueve el área cibernética. Por lo tanto, en la actualidad nadie parece sorprenderse que un joven de 27 años sea hoy en día una de las personas más influyentes del mundo. La sociedad global ha internalizado el éxito y la juventud, como dos caras de la misma moneda.

Todos los primeros puestos de ‘Los Nuevos Poderosos’ tienen un denominador común: la tecnología. Vanity Fair priorizó este año a aquellas personalidades que a través de su empresas han revertido diversas pautas culturales, como la manera de comunicarnos o de hacer negocios. Así, los nueve primeros puestos están relacionados o conectados con Internet: Sergey Brin y Larry Page de Google ocupan el número dos; Jeff Bezos, fundador de Amazon, el tres; Tim Cook (sucesor de Steve Jobs) y Jonathan Ive, de Apple, el cuarto puesto. El quinto y el sexto puesto le corresponden a dos inversores de capital de riesgo en el mundo de los negocios online, Marc Andreessen y Ben Horowitz.

Ocupando el puesto número nueve, lejos de la tecnología pero muy cerca de la juventud, se encuentra Lady Gaga. Controvertida, excéntrica y talentosa la cantante es la más joven de la lista. Tiene tan sólo 25 años y sin ningún lugar a dudas se ha convertido en una de las mujeres más influyentes de este último año.

Con respecto al género femenino, Vanity Fair ha incluido también a Sheryl Sandberg, la segunda de Zuckerberg en Facebook, en el puesto 26; J. K. Rowling, la autora que creó la saga Harry Potter; Angela Ahrendts, presidenta de Burberry’s, y Natalie Massenet, de la empresa de indumentaria online Net a porter Group.

Así, tan sólo 5 mujeres ocupan una lista de candidatos signada por la tecnología y la juventud. Otros jóvenes que también forman parte del raking son el actor Ashton Kutcher; el cantante y productor Justin Timberlake; el creador de Spotify, Daniel Ek; el fundador de Yelp, Jeremy Stoppelman y Dennis Crowley, ideólogo de la aplicación Foursquare, que permite a los usuarios situarse geográficamente en el mapa a través de Internet a cada momento y cuya información se ha convertido en uno de los tesoros más buscados por los anunciantes.

Algunos todavía no alcanzaron los 30 años y hoy son los más poderosos del planeta. El tiempo dirá, pero hoy no sólo tienen la vida por delante, son influencia en la vida de los otros.

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