El papel de un capellán a bordo en tragedias como la del Concordia

Declaraciones del director de la pastoral del mar de la Iglesia italiana

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ROMA, lunes 16 enero 2012 (ZENIT.org).-

Los cruceros que recorren el Mediterráneo son vistos en las publicidades como grandes centros lúdicos y lo son. Con la noticia del hundimiento de la nave Costa Concordia, entretanto vino a flote algo que normalmente no se tiene en cuenta sobre los cruceros: estas ciudades flotantes cuentan con la presencia de un capellán. En este caso el padre Raffaele Malena, que vivió en primera persona el naufragio. Junto a él, el párroco de la isla del Giglio ayudó a los náufragos y el director de la pastoral del mar de la Iglesia italiana, Giacomo Martino, explicó a ZENIT el papel de un capellán a bordo.

En una llamada telefónica a la central del Apostolado del Mar, el padre Raffaele Malena avisó de lo que estaba sucediendo. Le preguntaron si quería que lo fueran a buscar y sin dudar dijo: “Ahora es importante que me quede cerca de la tripulación y los pasajeros para confortarlos en este momento de gran confusión”.

El padre Malena, que conocía a muchos de los más de mil tripulantes indicó que el problema del desembarco fue principalmente el pánico y que el personal de a bordo se comportó bien.
En entrevista a Sergio Centofanti de la Radio Vaticano indicó que “el capellán donde es llamado tiene que correr. Les di coraje, había tantos niños, a una niña la tomé en mis brazos, dije que la mandaran antes con la mamá y la hicieron evacuar antes”. Y añadió que “había otro sacerdote a quien le agradece mucho, el párroco del Giglio, don Lorenzo Pasquotti, que inmediatamente abrió la iglesia”.

Recordó que en esta isla de 1.200 personas en verano y 700 en invierno “todas querían dar una mano: abrieron los hoteles, nos dieron de comer, nos dieron mantas y todo lo que tenían nos lo daban” y concluyó indicando que “a los habitantes de la isla del Giglio deberíamos hacerles un monumento”.

Don Lorenzo Pasquotti, párroco de San Lorenzo y San Mamiliano, de 61 años, por su parte abrió la iglesia y organizó todo lo que se podía para ayudar a los náufragos de este gigante de 17 pisos.

Ayer lunes, debido al mar picado y a un deslizamiento de la nave se suspendió la búsqueda de las 15 personas que continuaban desaparecidas.

El sacerdote Giacomo Martino, director de la Oficina para la pastoral de los trabajadores de la navegación marítima y aérea, de la Conferencia Episcopal Italiana, interrogado por ZENIT dijo sobre el naufragio que “los tripulantes probablemente aún no asimilaron enteramente el golpe, y las acusaciones que giran en los medios contra ellos les hacen sufrir como un segundo naufragio”.

Subrayó que “con tantas personas hemos visto que no era cierto lo de la incompetencia de la que hablaron algunos medios”. “Se hacen simulacros de naufragio –indicó- pero otra cosa es un naufragio verdadero en el que cunde el pánico”.

El papel de un capellán de a bordo

“¿Qué hace un capellán? Hace de hombre de Dios. Claro –prosiguió–, sin hacer diferencia entre los pasajeros y los tripulantes aunque su principal trabajo se desarrolla en el área de la tripulación”.

Recordó que “estos trabajadores cuentan con la presencia de un capellán, aunque sean de otras confesiones religiosas” y narró cómo “incluso cuando es el Ramadán por ejemplo, no automáticamente, pero muchas veces me piden que haga una oración final”.

En la tripulación de una nave, indicó, “las personas son de diversas nacionalidades y por lo tanto también de diversas religiones y además cada una tienen su especialización: los filipinos por ejemplo son muy buenos barman, los chinos en las lavanderías, cada uno aporta su profesionalidad. Por ejemplo, los sudamericanos no se encuentran en las naves de carga, sí en cambio en las de pasajeros. Los brasileños son buenos con la parte artística”.

¿Cuales son las inquietudes de los tripulantes? Como primera cosa quieren “agradecer a Dios y en segundo lugar piensan en sus familias”.

El director de la Oficina para la pastoral marítima dijo a ZENIT que, en el puerto de Grosseto, hizo un giro por los hospitales y hoteles para dar asistencia a los náufragos.

Y que el domingo, como aún no lo había hecho, celebró la santa misa en la que participaron muchos, aunque pocos comulgaron, o sea que probablemente los católicos no eran tantos.

“Lo que me gusta mucho de esta gente –añadió– es la absoluta naturalidad que tienen con Dios, pues viven la dimensión religiosa como otra actividad”.

Sobre la religiosidad de los navegantes precisó: “He notado que existe una cultura religiosa en ellos con un profundo conocimiento de la diferencia. No es que creemos todos en Dios pues tanto es uno sólo. Ellos saben que soy un sacerdote católico. Y en la conciencia de la diferencia se manifiesta la perfección de la unidad. No hay confusión –indica- no hay una fe que es una mermelada, aquí no”.

“Quien está abordo –concluyó- casi que está obligado a subrayar lo que nos une y no lo que nos divide. Es como cuando se mira el mar desde la tierra, se piensa que el mar nos divide, en cambio el marítimo que está sobre el barco dice: no, el mar nos une”.

Tripulación: “Somos el chivo expiatorio”

El director de la Oficina para la pastoral marítima ha dado a conocer a ZENIT algunos de los sms que ha recibido sobre la tragedia. Uno dice: “Hola don Giacomo. ¿Sabe lo que pienso oyendo las noticias? Se habla mal de la tripulación, todos los demás son estupendos y buenos pero nuestra tripulación se ha convertido en un chivo expiatorio. Espero que alguien de la empresa asuma la defensa de los miembros de la tripulación. He leído un artículo en un periódico que decía que “la gente rompía armarios de vidrio para robar salvavidas”, pero ¿quién ha publicado esto? Por favor, ¿quién ha visto los salvavidas en armarios de vidrio por los pasillos? Créame todos los de la tripulación nos sentimos mal, también hemos perdido a algunos acompañeros, también nuestros amigos sufren y no los encuentran. ¿Habrá alguien que nos defienda? Disculpe que me haya desfogado”.

Otro mensaje de un compañero de misión, capellán también: “Hermanos todos, estamos viviendo momentos de gran dolor por la tragedia del Concordia, nave que llevo en el corazón, ya que el Concordia es para mí el primer amor, habiendo pasado cerca de ocho meses a bordo, desde marzo a noviembre de 2011. ¡Ahora, pensar que hay víctimas y otras personas desaparecidas nos llena de dolor por su actual situación! (…) Estamos experimentando las atenciones que los miembros de la tripulación tienen con nosotros, se nota mucho esto. Estamos viendo que los muchachos están confundidos, se nota su preocupación y sufrimiento, debemos por tanto ser fuertes primero nosotros y en consecuencia estar cercanos a su situación de desorientación actual. El Señor no de la fuerza para desempeñar nuestra delicada misión de capellanes a bordo y vivirla del modo mejor (…) Me gusta recordar el pasaje del evangelio de Emaús que, de algún modo explicita nuestro estar a bordo de la nave: ‘Jesús se puso al lado de los dos discípulos y caminaba con ellos’”.

Por H. Sergio Mora

Dos años después del terremoto en Haití

Reconstrucción lenta en la isla caribeña devastada por el terremoto de 2010

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ROMA, lunes 16 enero 2012 (ZENIT.org).- La reconstrucción avanza lentamente en Haití, tras el terremoto de enero de 2010. Reproducimos un artículo de la edición italiana de ZENIT escrito por el padre Piero Gheddo, dedicado muchos años a la prensa misionera. Fue uno de los fundadores de la Editorial Misionera Italiana en 1955 y de la organización no gubernamental de desarrollo Mani Tese, en 1963. El padre Gheddo en su artículo habla de lo que han hecho los católicos y las ONG italianas en Haití. Otro tanto se podría decir de las numerosas iniciativas de ayuda católicas y del voluntariado mundial que siguen en Haití ofreciendo su apoyo de modo desinteresado.

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Padre Piero Gheddo

Hace dos años, el 12 de enero de 2010, Haití fue devastado por un terremoto catastrófico. Para el Instituto Italiano de Vulcanología fue mucho mayor que el registrado en 2009 en la región de Abruzzo. La capital, Puerto Príncipe, fue casi arrasada, en un caos de escombros y lodo, en que se destruyó también el Palacio de Gobierno, el Parlamento, la sede de la ONU, el hospital principal, entre otros. Los muertos llegaron a 250.000, y otros murieron después por el cólera, que aún hoy sigue infectando a varias decenas de haitianos semanalmente.

El presupuesto final ni siquiera se ha terminado y en las carreteras de las afueras de la ciudad están todavía los escombros del terremoto. Las ayudas y el auxilio fueron inmediatos y abundantes: el diario italiano Corriere della Sera dijo el 12 de enero de 2010: “El mundo entero, sacudido por las terribles imágenes de esos días –entre sms y donativos–, había recaudado trece mil millones de dólares, con una velocidad que hizo decir entonces a Bill Clinton: ‘Esta terrible tragedia marcará el renacimiento de Haití’”.

De hecho, la reconstrucción, por mil razones, es lenta. El nuncio apostólico, monseñor Bernardito Auza, quien narró al mundo el terremoto de 2010, antes de la llegada de los periodistas y medios de comunicación, declaró este 15 de enero a la agencia Fides: “Diré que recuperarse de un desastre natural es siempre difícil, y aún más difícil es la reconstrucción posterior a un gran desastre como el terremoto en Haití del 12 de enero de 2010. Añadiría que la reconstrucción en Haití ha sido y es particularmente difícil y costosa, porque todo es importado, incluso la arena”.

La “Comisión Internacional para la Reconstrucción de Haití”, presidida por el expresidente estadounidense Bill Clinton y el exprimer ministro de Haití Jean-Max Bellerive, terminó su mandato en octubre de 2011. Los comentaristas dicen que ha servido principalmente para distribuir los contratos para la reconstrucción, entre las empresas de los países que enviaron ayuda; sin embargo estudiaba la situación y orientaba los esfuerzos en distribuir la ayuda. Hoy ya no existe ninguna estructura similar, de modo que hay el riesgo de que las ayudas prometidas y programadas no lleguen ya a este devastado país. El Parlamento debe renovar la Comisión, pero no lo ha decidido aún: los problemas sobre quién maneja los fondos y quién los contratos, están actualmente en discusión.

Sin embargo, alrededor de 600.000 habitantes de la capital y sus alrededores (cerca de dos millones) todavía viven en carpas o tiendas de campaña. Incluso los seminaristas de los dos seminarios mayores de la isla –filosófico y teológico–, en espera de que los seminarios se reconstruyan, están instalados en forma precaria. Los graves problemas de Haití, que existían antes del terremoto, siguen hasta ahora. Por ejemplo, la asistencia sanitaria, que en tiempos de la emergencia después del terremoto fue gratuita para todos, ahora se tiene que volver a pagar en las estructuras públicas; los niños no asisten a la escuela, o van si la familia puede pagar: las escuelas públicas obligatorias son sólo cerca del 10% del total, y el 90% son escuelas privadas en las que hay que pagar.

Las noticias positivas provienen de las numerosas ONG presentes en Haití, son muchos los voluntarios comprometidos en Haití.

Pablo Beccegatto, responsable de la oficina pastoral de la Conferencia episcopal italiana en el ámbito internacional, dijo sobre Haití: “La situación ha mejorado gracias al nuevo gobierno y al desbloqueo de los mecanismos que estaban atascados por un año y medio. Casi dos tercios de los sin techo han salido de los campamentos, en parte regresando a las zonas rurales de las que provenían, y en parte pasando de las tiendas ya desgastadas a soluciones de vivienda más dignas.

El arzobispo de Puerto Príncipe, monseñor Guire Poulard, publicó un hermoso mensaje de aliento a todos, invitando a recordar a los muertos y alentando a los haitianos a tomar el control de la situación, diciendo que “la reconstrucción tendrá que ser haitiana, o no habrá reconstrucción”. La Iglesia local tiene decenas de proyectos de reconstrucción, pero las etapas de preparación técnica son largas y difíciles, hay proyectos que están casi listos, pero que no se consideran como una prioridad, mientras que para aquellas prioridades no se han concluido las fases preparatorias. La Iglesia, dice el arzobispo, no se desanima, y continúa trabajando a favor de los más pequeños y de los más pobres.

Cuando leo noticias o informes de este tipo, me emociono porque yo estaba en Haití en 1992, y mi alma se dirige hacia Dios en oración, pero luego me pregunto qué cosa puedo hacer yo, que vivo a ocho mil kilómetros de distancia, por aquellos hermanos y hermanas, además de la oración. No puedo ser sólo un espectador, como en una película de terror, sino que debo involucrarme espiritualmente y con ayuda material en la tragedia de esas personas que no conozco, pero que son mis hermanos y hermanas, porque son hijos e hijas de nuestro Padre que está en los cielos.

Como católico, nada que pasa en el mundo me es extraño. La tragedia de Haití me hace ver de modo provocador que la sociedad en que vivimos no funciona, y que todos estamos comprometidos con el cambio. El Reino de Dios no es de esta tierra, pero es posible, con la buena voluntad de todos, llevar a la humanidad hacia aquella meta de justicia, de paz y de verdadera fraternidad.


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