El padre Pepe encara otros desafíos

El cura que denuncio la droga en la Villa 21 llego a Campo Gallo. La pobreza, el conflicto por la tierra caracterizan su nuevo destino en Santiago del Estero

Silvina Premat

Enviada especial

Domingo 06 de febrero de 2011- CAMPO GALLO, Santiago del Estero.- Poco después del mediodía de ayer, en plena y calurosísima siesta santiagueña, José María Di Paola -para todos padre ‘Pepe’- llegó a esta pequeña localidad ubicada a unos 1200 kilómetros de Buenos Aires, en una de las zonas más abandonadas y olvidadas del país. Lo esperan no pocos desafíos.

El sacerdote que condujo el equipo de curas villeros en la ciudad de Buenos Aires y fue amenazado de muerte por denunciar las villas como zonas liberadas para el consumo de drogas a través de una ‘despenalización de hecho’ asumirá hoy aquí como párroco de una iglesia que atiende a una treintena de parajes a unos 100 kilómetros a la redonda dispersos por el monte.

En una misa a las 20.30, el obispo de Añatuya, monseñor Adolfo Uriona, lo pondrá en posesión de su nueva parroquia -Nuestra Señora del Carmen- frente al intendente, Tomás Chamorro, de los vecinos de Campo Gallo y de cerca de medio centenar de villeros y colaboradores de la parroquia Virgen de Caacupé, en la villa 21 de Barracas, que Di Paola condujo desde 1997 y que viajaron desde Buenos Aires para esta ocasión.

El padre Pepe llegó acompañado por su sucesor como vicario de la villa de emergencia de la arquidiócesis de Buenos Aires, el padre Jorge Torres Carbonell y los párrocos de la villa 31, de Retiro, Guillermo Torre, y del Buen Pastor, de Caballito, Rodolfo Arroyo. Lo esperaban el párroco saliente, Juan Pablo Ortiz; el padre Duilio Guerrieri, que vive en Santiago del Estero desde 1973, y jóvenes de esta localidad que comparte con las demás poblaciones de la zona los efectos de haber sido devastada en sus riquezas naturales.

‘La diócesis de Añatuya es como si hubiese atravesado una guerra’, dijo a La Nacion monseñor Uriona. No obstante, ‘este gobierno provincial en los últimos años está haciendo muchas obras muy necesarias, como caminos, escuelas y hospitales’, agregó el obispo de la diócesis más pobre del país, con una superficie de 68.000 hectáreas y unos 120.000 habitantes, el 65% de los cuales está desempleado y vive de subsidios estatales.

Entre los desafíos sociales ‘que son enormes’, como la pobreza extrema, Uriona destaca la falta de fuente genuina de trabajo. Aun cuando en los últimos años se instalaron en la zona grandes hacendados para la explotación ganadera y agrícola (sobre todo para el cultivo de soja), los beneficios todavía no se perciben en la población local. ‘Son pocos los que pueden vivir de esto’, agregó el obispo, y explicó que ‘más bien se generaron problemas’ porque la mayor actividad revalorizó tierras que ahora comenzaron a ser vendidas, y la mayor parte de los nuevos dueños desalojan a las familias que vivieron allí durante medio siglo.

Di Paola se encontrará entonces con problemas conocidos para él como son la tenencia y la ocupación de tierras, la falta de trabajo y las consecuencias económicas y sociales de la ausencia del Estado durante décadas. Cambia para él el escenario geográfico y las condiciones de vida. ‘Acá hay problemas estructurales muy serios, como la falta de agua en las napas debajo de nuestro suelo’, dijo a La Nacion el intendente de Campo Gallo. La mayor parte de los pobladores de los parajes viven del agua de lluvia que conservan en aljibes y represas caseras durante los meses de verano.

Y cambian las distancias. En la villa de Barracas, de 70 hectáreas, Di Paola podía visitar varias veces a la semana la treintena de capillas y ermitas que dependían de su parroquia. Acá no podrá hacerlo. ‘En la diócesis, no hay otra parroquia con tanto territorio como ésta’, dijo el padre Ortiz, que deja Campo Gallo después de seis años. Pertenecen a la jurisdicción de la parroquia 28 parajes ubicados hasta a 110 kilómetros de distancia. Muchos de ellos no tienen radio ni buenos caminos de acceso.

Entre los vecinos de Campo Gallo la llegada de Di Paola generó poca expectativa. ‘Muchos no lo conocen porque no ven televisión ni leen diarios, y otros, que sí lo conocen por los medios, no se enteraron todavía. Todos supimos que venía el padre Pepe hace muy pocas semanas’, dijo el padre Ortiz.

Diciembre 2010: El padre Pepe se despidió de la villa, durante una caminata por la 21-24 y una misa posterior, recibió el saludo emocionado de sus pobladores

Silvina Premat

LA NACION

Globos y flores multicolores, chamamés y polca paraguaya. Abrazos, lágrimas y sonrisas y una misma frase repetida sin fin: ‘Gracias, padre Pepe’. La despedida de José María Di Paola, el sacerdote que vivió casi catorce años en la villa 21-24, en Barracas, alteró la tranquilidad del feriado en la vida de los cerca de 50.000 habitantes de esa barriada.

‘Me cuesta despedirme, como les costó a ustedes irse del lugar que querían, porque ésta es mi casa, mi tierra y mi familia real’, les dijo el padre Pepe a los fieles que ayer, como nunca antes para una misa a las 8, llenaron el tinglado, el templo, la vereda y la calle Osvaldo Cruz frente a la parroquia Virgen de los Milagros de Caacupé.

La figura y la obra de Di Paola trascendieron las fronteras de la iglesia cuando el año pasado fue amenazado de muerte, luego de dar a conocer un documento firmado por la veintena de sacerdotes que integran el Equipo para las Villas de Emergencia. En el documento afirmaban que la droga, en esos barrios precarios, está despenalizada de hecho. En esa oportunidad el padre Pepe dijo que no se imaginaba yéndose de la villa, a menos que fuera por una necesidad de la Iglesia.

Como es habitual desde hace años, en el Día de la Inmaculada Concepción -y festividad de Caacupé, patrona de Paraguay-, el padre Pepe celebró ayer esa misa en idioma guaraní, dado que la mayoría de los vecinos de la villa 21-24 son paraguayos. ‘Muchos de ustedes han dejado sus casas, que están a más de mil kilómetros de acá, para venir a formar una familia o por algún otro motivo. Ahora me toca a mí irme a un lugar que está a más de 1000 kilómetros, para hacer un camino parecido’, les dijo el cura, que se trasladará a Santiago del Estero.

Sin embargo, el momento más emotivo de la celebración fue el de la eucaristía. El encuentro de miradas entre el sacerdote y el fiel que extendía sus manos para recibir la comunión provocaba que los ojos de ambos se llenaran de lágrimas. Nadie intentó disimular la emoción y al llanto siguieron las oraciones y los cantos a la Virgen.

El traslado de Di Paola a una provincia norteña fue originado por un pedido de ese sacerdote y confirmado a La Nacion por el cardenal Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires. A fines de octubre Bergoglio dijo que las amenazas de muerte que había recibido Di Paola no tenían vinculación con la decisión del padre Pepe de ‘ir a misionar al interior’.

‘No importa dónde vayas, para nosotros serás siempre nuestro padre’, decía uno de los tantos pasacalles que engalanaban ayer la villa 21, que recibió la visita del padre Pepe, otros sacerdotes de su parroquia, seminaristas y cientos de personas que lo acompañaron.

Como todos los 8 de diciembre, Di Paola encabezó la procesión que lleva la imagen de la ‘Virgen azul’, como llaman los paraguayos a su patrona, hasta la puerta misma de la casa de los vecinos. Este año el gesto tuvo dos notables diferencias. Se llevó también en andas una imagen de la Virgen de Luján -que en enero será entronizada en una ermita cercana al santuario de Itapé, en Paraguay- y todos los mensajes y saludos estaban dirigidos al sacerdote que se despedía.

La caminata por dentro del barrio duró casi diez horas. En su transcurso, los sacerdotes y seminaristas bendijeron las imágenes religiosas que las familias sacaban a la puerta de sus casas y rendían homenaje al párroco. ‘Te decimos muchas gracias por creer que este barrio podía ser algo mejor cuando nadie más lo creía’, le dijo, micrófono en mano, Isidora Resquin, una de las vecinas que construyeron la primera ermita apenas llegó el padre Pepe a Barracas, en 1997.

Mensajero de esperanza

Dificultada por la emoción, Isi, como la llaman, leyó un mensaje a Di Paola, que la escuchó conmovido. ‘Te pusieron piedras en el camino pero no te dejaste caer. Caminaste cada pasillo de este barrio llevando esperanza donde no había. Lograste que muchos chicos se alejaran de la droga y se acercaran a Dios, que los niños tengan un lugar donde estudiar, que jóvenes y adultos puedan estudiar un oficio y tener un título, que haya comedores para que cada chico coma antes de ir a las escuelas’, dijo la mujer, y agregó: ‘Tenemos la sensación de que nos quedamos huérfanos, pero sabemos que tenés que ir, que tenés que seguir tu camino’.

Los actos para despedir a Di Paola comenzaron el lunes, con la actuación de Opus 4, que interpretó en el templo de Caacupé ‘La Misa Criolla’, luego de un cálida actuación de los 25 alumnos de la escuela de música de esa parroquia. El martes se colocó la piedra fundamental del edificio de la escuela secundaria parroquial, acto en el que participó el ministro de Educación de la Nación, Alberto Sileoni. ‘Pepe para mí es un maestro; el ministro está agradeciendo a un maestro’, dijo el funcionario, que afirmó que Di Paola ‘a veces se pone crítico’. Cuando eso pasa ‘no nos duele, simplemente nos obliga a ser mejores y a redoblar nuestro esfuerzo’, dijo Sileoni.

Como otra demostración más de afecto a su párroco, muchos de los más de 600 colaboradores que tiene Caacupé vistieron remeras con frases alusivas tales como la de San Alberto Hurtado: ‘En nuestras obras el pueblo sabe que comprendemos su dolor’.

Bergoglio: ‘El dio la cara por Jesús’

El pequeño templo de Caacupé fue visitado ayer por una multitud de fieles durante todo el día. El arzobispo de Buenos Aires y primado argentino, cardenal Jorge Bergoglio, que suele visitar ésta y otras villas, celebró la misa de despedida del padre Di Paola en un altar erigido frente a la parroquia. Bergoglio agradeció al padre Pepe por lo que consideró ‘un gesto repetido en él: dar la cara por los demás’. Y añadió que Di Paola es ‘un ejemplo de que vale la pena dar la cara por Jesús, cueste lo que cueste’.

Fuentes: www.lanacion.com.ar