El que reza nunca está solo

Cada vez que rezamos el Padre Nuestro nuestra voz se entrelaza a la de la Iglesia porque el que reza nunca está solo.

El que reza nunca está solo
El que reza nunca está solo

CIUDAD DEL VATICANO.

Benedicto XVI se asomó a mediodía al balcón del patio interior del palacio apostólico de Castelgandolfo para rezar el Ángelus con los fieles acudidos a esa localidad donde transcurre un período de descanso.

El Papa comentó el Evangelio de este domingo en que los discípulos piden a Cristo que les enseñe a rezar. “Jesús no hizo objeciones, no habló de fórmulas extrañas o esotéricas -observó el pontífice-, sino que con mucha sencillez dijo: “Cuando recéis, decid “Padre… y les enseñó el Padre Nuestro”.

“Estamos ante las primeras palabras de la Sagrada Escritura que aprendemos desde niños. Se graban en la memoria, plasman nuestra vida, nos acompañan hasta nuestro último respiro. (…) Esta oración acoge y expresa, también, las necesidades humanas materiales y espirituales. (…) Y precisamente a causa de las necesidades y dificultades de cada día Jesús nos exhorta con fuerza: (…) Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y os abrirán”, explicó el Santo Padre.

“No es un pedir para satisfacer las propias ganas, sino más bien para mantener despierta la amistad con Dios. (…) Lo experimentaron los antiguos “padres del desierto” y los contemplativos de todas las épocas, transformados merced a la oración en “amigos de Dios”. El Papa citó también las palabras de Santa Teresa de Ávila, cuando exhortaba a sus compañeras a “suplicar a Dios que nos libre de estos peligros para siempre y nos saque ya de todo mal. Y aunque no sea nuestro deseo con perfección, esforcémonos a pedir la petición. ¿Qué nos cuesta pedir mucho, pues pedimos a poderoso?”.

“Cada vez que rezamos el Padre Nuestro nuestra voz se entrelaza a la de la Iglesia porque el que reza nunca está solo. (…) ¡Que la Virgen María nos ayude a descubrir la belleza y la profundidad de la oración cristiana!”, concluyó Benedicto XVI.

En camino hacia Cristo

Estamos en camino, a la espera, en el Adviento, de una gran alegría: nace el Salvador, que es Cristo Señor.

En camino hacia Cristo

Caminar significa dejar un punto de partida, unas seguridades, quizá el propio hogar o la propia patria. En ocasiones, caminar es la consecuencia de quien reacciona ante el mal que agobia, y busca refugio en otra casa, en otra ciudad, en otro estado.

El cristiano vive en camino. Somos peregrinos, orientados a un encuentro definitivo, a un banquete en el que el Padre nos espera. Somos navegantes, que sienten la fuerza del mar y del viento, mientras anhelan la señal de un faro que indique la cercanía del puerto.

Pero el camino exige un modo de vida austero, puro, justo, bueno. No basta traer algo de ropa y de pertrechos. No basta un mapa de ruta más o menos claro. Hace falta una actitud interna abierta, generosa, disponible.

Con ella seremos capaces de superar voces de sirenas que nos tientan, que nos apartan de la meta, que nos aturden, que nos llevan incluso a la desconfianza.

Dios no es un ser extraño o una amenaza para el hombre, sino el que da pleno sentido a nuestra existencia, el que nos ofrece la salvación completa (cf. Benedicto XVI, exhortación “Verbum Domini”, n. 23). La vida humana no se comprende sin tener en cuenta el cielo hacia el que avanzamos poco a poco. Aquello que forma nuestra vida (penas, alegrías, esperanzas, fracasos) queda plenamente rescatado sólo por la acción de quien vino al mundo para iluminar a los ciegos, curar a los cojos, levantar a los caídos, dar esperanza a los oprimidos y encarcelados (cf. Lc 4,14-21).

Juan el Bautista levanta su voz en el desierto: el caminante tiene que estar listo para levantar valles y abajar montañas. Hay que dar frutos de justicia y de caridad (cf. Lc 3,1-18).

Estamos en camino, a la espera (Adviento) de una gran alegría: nace el Salvador, que es Cristo Señor (cf. Lc 2,8-10). El Esposo está por hacerse presente en el mundo. Es el momento de tomar el cayado y tener listo el vestido de bodas de las buenas obras. Es la hora de dar auténticos frutos de conversión, con un cambio profundo de vida, con una confesión bien hecha, con un propósito que nos aparte de males arraigados y nos introduzca, como peregrinos, en el mundo de la gracia y la esperanza.