Día 29 Domingo I de Adviento

Lc 21, 25-28. 34-36

“Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y sobre la tierra angustia de las gentes, consternadas por el estruendo del mar y de las olas: y los hombres perderán el aliento a causa del terror y de la ansiedad que sobrevendrán a toda la tierra. Porque las potestades de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del Hombre que viene sobre una nube con gran poder y gloria.
“Cuando comiencen a suceder estas cosas, erguíos y levantad la cabeza porque se aproxima vuestra redención.
“Vigilaos a vosotros mismos, para que vuestros corazones no estén ofuscados por la crápula, la embriaguez y los afanes de esta vida, y aquel día no sobrevenga de improviso sobre vosotros, porque caerá como un lazo sobre todos aquellos que habitan en la faz de toda la tierra. Vigilad orando en todo tiempo, a fin de que podáis evitar todos estos males que van a suceder, y estar en pie delante del Hijo del Hombre.


El Papa a Argentina y Chile: Paz es defender la vida y combatir la pobreza


Celebran en el Vaticano los 25 años del Tratado de Paz y Amistad

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 29 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).-

Benedicto XVI ha explicado a las presidentas de Chile y Argentina que la paz no sólo es evitar la guerra: la paz exige respeto del ser humano, apoyo a la familia, y lucha contra la pobreza y la corrupción.

La inédita celebración de los veinticinco años del Tratado de Paz y Amistad, que impidió una guerra entre ambos países por mediación de Juan Pablo II, le dio la oportunidad a su sucesor de presentar a Cristina Fernández de Kirchner, presidenta de Argentina, y Michelle Bachelet, de Chile, los desafíos más apremiantes que afrontan esas dos naciones mayoritariamente católicas.

“Para que la causa de la paz se abra camino en la mente y el corazón de todos los hombres y, de modo especial, de aquellos que están llamados a servir a sus ciudadanos desde las más altas magistraturas de las naciones, es preciso que esté apoyada en firmes convicciones morales, en la serenidad de los ánimos, a veces tensos y polarizados, y en la búsqueda constante del bien común nacional, regional y mundial”, explicó el Papa.

“La consecución de la paz –añadió en la Sala Clementina del Palacio Apostólico Vaticano–, requiere la promoción de una auténtica cultura de la vida, que respete la dignidad del ser humano en plenitud, unida al fortalecimiento de la familia como célula básica de la sociedad”.

Asimismo, siguió aclarando, “requiere también la lucha contra la pobreza y la corrupción, el acceso a una educación de calidad para todos, un crecimiento económico solidario, la consolidación de la democracia y la erradicación de la violencia y la explotación, especialmente contra las mujeres y los niños”.

Las dos presidentas llegaron al Vaticano abordo de un solo coche (algo también totalmente singular en este tipo de ceremonias). Ante todo, el pontífice les concedió audiencias separadas en su biblioteca privada. En primer lugar, con la presidenta argentina, y después con la de Chile. Ambos coloquios duraron veinte minutos.

Mientras una presidenta hablaba cara a cara con el pontífice la otra lo hacía con el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, acompañado por el arzobispo Dominique Mamberti, secretario vaticano para las Relaciones con los Estados.

Un comunicado emitido por la Santa Sede revela que “durante los cordiales coloquios se recordó con gratitud la meritoria obra de mediación realizada por el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II y por el difunto Cardenal Antonio Samoré, que ayudaron a los dos países, a través del camino del diálogo, a resolver un añeja controversia territorial”.

En particular, sigue diciendo la nota, “se recordó el hecho de que, en el curso de este cuarto de siglo, el acuerdo ha dado frutos concretos de bien y de prosperidad a dos pueblos hermanos y sigue siendo un ejemplo de modelo para los países de América Latina y para toda la comunidad internacional. También se ha dado un intercambio de puntos de vista sobre la actual situación internacional”.

A continuación, tuvo lugar el encuentro conjunto con las delegaciones chilena y argentina en la Sala Clementina, en el que el Papa pronunció su discurso: en el que constató cómo la mediación del Papa Karol Wojtyla no sólo sirvió para evitar una guerra por disputas fronterizas, sino sobre todo para edificar una amistad que ahora se ha solidificado.

“Aquel histórico evento ha contribuido benéficamente a reforzar en ambos Países los sentimientos de fraternidad, así como una más decidida cooperación e integración, concretada en numerosos proyectos económicos, intercambios culturales e importantes obras de infraestructura, superando de este modo prejuicios, sospechas y reticencias del pasado”.

Para el Papa, “Chile y Argentina no son sólo dos naciones vecinas sino mucho más: son dos Pueblos hermanos con una vocación común de fraternidad, de respeto y amistad, que es fruto en gran parte de la tradición católica que está en la base de su historia y de su rico patrimonio cultural y espiritual”.

Tras su discurso, el Papa saludó a las delegaciones. Entre los 29 miembros de la delegación argentina se encontraba el ministro de Asuntos Exteriores Jorge Enrique Taiana y una representante de las viudas de la Plaza de Mayo, Estela de Carlotto.

Entre los 27 miembros de la delegación chilena se encontraba el ministro de Asuntos Exteriores y dos representantes de organizaciones comprometidas con los derechos humanos, Ana González y Viviana Díaz.

A continuación, tuvo lugar el intercambio de dones entre el pontífice y las presidentas, que ofrecieron al Santo Padre una medalla en la que se pueden ver los perfiles de Juan Pablo II y Benedicto XVI, con la mirada dirigida hacia Chile y Argentina.

Tras despedirse del Papa, las dos presidentas descendieron a las Grutas de la Basílica de San Pedro para rezar ante la tumba de Juan Pablo II.

Más tarde, las jefes de Estado, en automóvil, visitaron los Jardines Vaticanos y, junto a sus delegaciones fueron acogidas en la Casina Pío IV, sede de la Academia Pontificia de las Ciencias, que fue testigo de las negociaciones de paz entre los dos países hace más de cinco lustros.

En el recuerdo de aquellos diálogos de paz, el cardenal Bertone rindió homenaje “a todas aquellas personas que, con generosa dedicación y firme voluntad de paz, lograron llevarlo felizmente a término, a pesar de las aparentemente insuperables dificultades que se presentaban en su camino”.

Más información:

Discurso del Papa a las presidentas de Argentina y Chile

Audiencia del Papa a Cristina Fernández y Michelle Bachelet

Cardenal Bertone sobre el Tratado de Paz y Amistad entre Chile y Argentina

Por Jesús Colina

Adviento: La espera de la Esperanza


Por Mario J. Paredes

NUEVA YORK, viernes 27 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos una reflexión sobre Adviento escrita por Mario J. Paredes, presidente de la Asociación Católica de Líderes Latinos (CALL) de los Estados Unidos, miembro del comité presidencial de enlace de la Sociedad Bíblica de los Estados Unidos con la Iglesia católica.

* * *

Con el tiempo de adviento comienza otro año en la vida litúrgica de los católicos. Adviento es vocablo latino que significa espera de lo que ha de venir, expectación de algo que está en advenimiento, de lo que llega, de lo que vendrá y plenificará el presente.

Que sería de la vida del ser humano sin la esperanza! Naufragaríamos en el mar de la incertidumbre, del sufrimiento, del dolor, del mal, sin que nada nos alentara a seguir confiando, luchando, trabajando, proyectando, amando, confiando, creyendo, esperando…

Los cristianos somos, esencial y fundamentalmente, hombres y mujeres de esperanza. Es decir, hombres y mujeres que viven en permanente adviento: en la espera de que el nacimiento de Dios llegue en la navidad, en la espera de los encuentros cotidianos con Dios mediante su creación, mediante el hermano especialmente el más pobre, mediante la liturgia, mediante los sacramentos, mediante tantos signos y circunstancias que Dios se nos acerca y viene a nuestro encuentro cada día. El cristiano vive en la espera de que las promesas de Dios lleguen a su cumplimiento, que el Reinado de Dios triunfe sobre el reinado del mundo, que la misericordia de Dios triunfe sobre el desamor y que el poder de Dios venza sobre los podercitos mezquinos del hombre.

Pero el cumplimiento de estas esperanzas, para que – como dice el salmo del adviento – en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente, exige que los cristianos construyamos, con nuestros hechos y palabras, con nuestros anuncios y denuncias, nuestros comportamientos, actitudes y trabajos, espacios y tiempos en los que la esperanza cristiana sea posible, es decir, espacio-tiempos en los que el Reinado de Dios se haga presente por medio nuestro.

Así, la esperanza que esperamos nos saca de una actitud resignada y pasiva y nos mueve a construir la esperanza que esperamos, el cielo y la tierra nueva que anhelamos. Más aún, el cristiano sabe que las esperas cotidianas de felicidad se plenifican sólo en nuestra esperanza: Cristo y su vida en nosotros. La esperanza cristiana no es una esperanza que se agota en las satisfacciones temporales y efímeras sino que empuja todo nuestro presente hacia un futuro plenificador y totalizante en Dios.

Adviento, este tiempo litúrgico que antecede a la espera de la Navidad, es – más que un tiempo litúrgico – una actitud de vida y un compromiso personal y comunitario del creyente y de los que en Iglesia creemos en el Evangelio de Jesucristo y de un mundo en el que lo divino nazca, aparezca y se manifieste en lo más humano y cotidiano de nuestra historia presente.

De esta esperanza que no se agota en el día a día, de la esperanza que anima todos nuestros instantes, de la esperanza infinita y sin condiciones, de la esperanza que no pasa y no muere, de la esperanza que nos abre al mas allá de esta intrahistoria limitada, de la esperanza que vence toda forma de mal, de dolor y de muerte nos habla la liturgia en este tiempo de Adviento.

Hoy más que nunca urge vivir el espíritu del Adviento. Nos circundan por todas partes manifestaciones de crisis: crisis del espíritu humano, crisis de logros que otrora soñó la humanidad, crisis de confianza en lo que puede el hombre y sus instituciones, hay crisis de confianza en los gobiernos, en los regímenes, en los modelos políticos y económicos, hay desconfianza entre los pueblos y las naciones, hay incredulidad en los lideres espirituales, hay desilusión, hay desesperanza porque hay hambre y mil formas de inequidad, de injusticia, de violencia y de muerte. Hay un sentir colectivo según el cual nuestro presente es de no-futuro. Hay incertidumbre, hay pérdida del sentido de la vida, hay angustia, vivimos tiempos difíciles en todos los ámbitos del quehacer humano y sin embargo, la liturgia católica, en este tiempo de Adviento nos invita, una vez más, a la espera de la Esperanza, al compromiso y construcción de tiempos mejores…

Deseo a todos que este Adviento 2009 nos llene de esperanza, de un aliento siempre renovado para hacer posible nuestra Esperanza: el Evangelio de Jesucristo entre nosotros, vivido y anunciado por nosotros, para la construcción de un mundo mejor, más justo, más humano y con ello más según el querer de Dios.

Gobernar la globalización con el principio de subsidiariedad

Tema central del último libro del cardenal Martino

CIUDAD DEL VATICANO, viernes 27 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).-

Gobernar realmente la globalización significa usar el principio de subsidiariedad para garantizar que todas las personas tengan los bienes fundamentales.

Éste es el mensaje central del libro “Servire la giustizia e la pace” (“Servir a la justicia y a la paz”) (Libreria Editrice Vaticana).

El volumen recoge algunas de las intervenciones más significativas del cardenal Renato Raffaele Martino, presidente del Consejo Pontificio Justicia y Paz y durante 16 años observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas en Nueva York.

En este libro, el purpurado afronta diversas problemáticas como la cooperación internacional, el trabajo, la paz, los derechos humanos ante la técnica, el bien común y la necesidad de una autoridad política mundial.

Y todo ello a la luz de la doctrina social de la Iglesia, entendida como instrumento de evangelización.

Globalización, subsidiariedad y gobierno global

El cardenal parte del concepto de comunidad internacional como comunidad natural y necesaria que encuentra su fundamento en la misma naturaleza humana, en la igualdad de todos los hombres y en su natural sociabilidad.

En este contexto, inserta la doctrina social como catalizador de un orden internacional, centrado en la persona humana, los valores éticos y el derecho a la convivencia entre las diversas comunidades políticas.

Aquí el purpurado reclama la necesidad de elaborar un nuevo “derecho de las gentes” y solicita la “constitución de poderes públicos a nivel mundial, una autoridad mundial, cuyo establecimiento depende del orden ético-jurídico que preside las relaciones internacionales”.

Una estructuración de los poderes a nivel internacional, por tanto, en función de las organizaciones políticas individuales y que no sea sustituida por ellas.

El purpurado destaca después la necesidad de “desarrollar el potencial pedagógico de las organizaciones internacionales”.

Afirma que la Declaración universal de los derechos humanos del 1948 y la Carta de las Naciones Unidas deben volver a ser “un “paradigma” ético-cultural vinculante para todos los Estados miembros”.

“El gobierno de la globalización -explica- necesita organismos internacionales, sin los cuales no hay un sistema de normativas, pero se corre el peligro de crear “superestados” que agarrotan el sistema”.

En esta propuesta, el purpurado sitúa el punto clave en el principio de subsidiariedad, entendido como “la ayuda que hay que dar a la persona para que pueda lograr de manera autónoma sus propios fines personales y comunitarios” y que implica “el valor de asumir responsabilidades y el de la participación”.

En una época dominada por la globalización, que a menudo aparece como un fenómeno “impersonal” y “suprapersonal” de rostro indefinido, fruto de la deriva tecnológica y que conduce a la “homogeneización cultural”, la Iglesia la ve como un momento de “con-división”, en el sentido de “valorar la diferencia (división), pero en un marco unitario y de colaboración con una finalidad”.

Frente a las consecuencias negativas de la globalización, en buena parte atribuibles, según el cardenal Martino, a “un gobierno inadecuado”, la Iglesia invoca “una globalización en la solidaridad, una globalización sin marginación”.

Así lo había destacado Juan Pablo II en el Mensaje para la Jornada mundial de la Paz del 1998.

Humanismo planetario del trabajo

Hay que replantearse, por tanto, el gobierno global, indica el purpurado, pero también hacer del decent work, es decir, del trabajo digno, un objetivo irrenunciable.

“El trabajo es, de hecho, la clave de la cuestión social”, la manera de reducir la pobreza y las desigualdades, porque “la posibilidad de trabajo transforma al pobre, de “problema” del que hay que hacerse cargo en “recurso”.

En el escenario actual, constata el purpurado, se asiste a una disminución de la solidaridad en el mundo del trabajo, no sólo entre los trabajadores de los países desarrollados, sino también en los países subdesarrollados, vistos cada vez más como “antagonistas”.

Respecto a décadas atrás, en las que se hablaba del “puesto fijo”, han cambiado además los tipos de trabajo y la misma configuración contractual y jurídica de los nuevos trabajos, que ocultan a veces verdaderas situaciones de precariedad.

Hoy se presta mayor atención a la movilidad, a la flexibilidad y a la reconversión, incentivando “el nomadismo laboral y la flexibilidad exasperada”, que permiten reducir la desocupación pero que a menudo crean “retornos negativos de tipo relacional”.

En el escenario actual, continúa, “el trabajo tiende a absorber el capital, contrariamente a lo que sucedía en la vieja sociedad industrial, cuando en cambio el sujeto acababa por ser aplastado por el objeto, por la máquina”.

Pero esto conduce a la “explotación de los nuevos trabajos, al super-trabajo, al trabajo-carrera que a veces roba espacio a dimensiones tan humanas y necesarias para la persona, a la excesiva flexibilidad del trabajo que hace precaria, y a veces imposible, la vida familiar”.

Por ello hay que volver a considerar a la persona como fin y no como medio, y pensar en la plena ocupación con en “un objetivo que mantener fijo y alto”.

Además, “hay que recuperar la solidaridad universal del mundo del trabajo, señalando el redescubrimiento del valor subjetivo del trabajo”.

El primado de la caridad sobre la justicia

Los derechos humanos reclaman el concepto de justicia, que “necesita ser purificada de la caridad”, señala el cardenal, refiriéndose a la encíclica “Deus caritas est” de Benedicto XVI.

Y, de hecho, “el verdadero modo de servir a los pobres no es partir de su pobreza en sentido sociológico, sino partir de Cristo pobre”.

“Sin referirse a la doctrina social de la Iglesia -continúa-, quien se compromete con la justicia y con los derechos humanos, con el desarrollo y la defensa de los pobres, corre constantemente el riesgo de perder de vista el “lugar teológico” desde el cual interpretar propiamente su compromiso”

Ésta es una consecuencia de la teología de la liberación -al menos en sus expresiones más radicales-, que “intentaba partir de la praxis de la liberación, en lugar de Cristo liberador”, acabando así produciendo un “efecto secularizante” y alimentando “la cultura relativista”.

La “erradicación de la pobreza” es el componente crucial del desarrollo sostenible. Pero si es cierto que la pobreza y la miseria constituyen amenazas a la sostenibilidad del desarrollo, explica el cardenal, también es verdad que los problemas medioambientales afectan en mayor medida a las poblaciones pobres, obligadas a vivir en las zonas degradadas o en las áreas más expuestas a los riesgos medioambientales.

La familia, estructura de base de la ecología humana

En el libro, el purpurado trata también sobre cómo es posible alcanzar una plena e integral realización de la persona humana y un auténtico humanismo social teniendo en cuenta el lugar central de la familia.

En este sentido, afirma que la familia, con la procreación, “se coloca como principio genético de la sociedad, mientras que con el cuidado y la educación de los hijos se configura como instrumento primario e insustituible para que cada persona pueda crecer adecuadamente en sus múltiples dimensiones e insertarse de manera positiva en el contexto social y cultural”.

“Una sociedad a medida de la familia es la mejor garantía contra toda deriva de tipo individualista o colectivista porque en ella, la persona está siempre en el centro de la atención como fin, y nunca como medio”, afirma.

Además, añade, “la solidaridad (···) pertenece a la familia como bien de origen, constitutivo, estructural”

Por ello, las familias deben ser no sólo sujeto activo de la acción política, sino también “protagonistas de su misma promoción”, “protagonistas esenciales de la vida económica”, porque se rigen por la “lógica de compartir y de la solidaridad entre generaciones”.

[Por Mirko Testa, traducción del original italiano por Patricia Navas]

La conciencia y las políticas públicas

Las instituciones católicas bajo presión

Por el padre John Flynn, L. C.

ROMA, 28 de noviembre de 2009 (ZENIT.org). –

La transición a una sociedad post cristiana en muchos países está trayendo consigo una creciente presión sobre los creyentes que trabajan en instituciones financiadas con dinero público. Uno de los últimos casos ha sido la ley de matrimonios del mismo sexo de Washington, D. C.

Como explicaba un artículo publicado en el Washington Post el 1 de noviembre, un análisis de la propuesta de legalizar los matrimonios del mismo sexo revela que las cláusulas que dicen proteger la libertad religiosa “son lamentablemente inadecuadas y proporcionan una protección más ilusoria que real”.

La legislación que se está proponiendo, detallaba el Post, no proporciona ninguna protección significativa contra la pérdida de beneficios del gobierno por negarse a reconocer los matrimonios del mismo sexo. También se da una falta de protección de quienes disienten de modo individual, que tengan objeciones religiosas ante las ceremonias de matrimonio del mismo sexo, con excepción de los celebrantes de matrimonios autorizados, que tenga. Esto incluye a quienes proporcionan el catering, a los músicos y a los fotógrafos.

Como resultado, la archidiócesis de Washington ha declarado que no podrá seguir proporcionando los programas de servicios sociales que ahora lleva, informaba el 12 de noviembre el Washington Post.

La archidiócesis teme, por ejemplo, que pudiera verse obligada a dar beneficios laborales a parejas del mismo sexo.

Según el artículo, las organizaciones de caridad católicas actualmente dan servicio a más de 68.000 personas en la ciudad. Además de los fondos públicos que recibe para estas actividades, la archidiócesis dedica otros 10 millones de dólares de sus propios recursos.

El 17 de noviembre, monseñor Donald W. Wuerl, arzobispo de Washington, escribía una opinión para la página web del Washington Post.

En ella precisaba que, aunque la Iglesia católica no está de acuerdo con la redefinición del matrimonio, lo que todos piden es que la ley plantee un equilibrio más equitativo entre los diversos grupos de interés.

Monseñor Wuerl indicaba que la archidiócesis y las organizaciones de caridad católicas se comprometen a proporcionar los servicios, pero las disposiciones de la nueva ley sobre los matrimonios del mismo sexo podrían restringir su capacidad para llevar a la práctica este deseo.

Esto no tiene importancia alguna para los editorialistas del Los Angeles Times, quienes animaran el 18 de noviembre a los funcionarios de Washington a quedar firmes. En dicho editorial, también pedían al gobierno federal que adoptar una postura más fuerte en cuanto a los fondos federales y a las organizaciones de trasfondo religioso, específicamente sobre la posibilidad de no contratar a gente que no comparta sus puntos de vista religiosos.

La obligación de abortar

En Australia, el mes pasado hizo un año desde que se aprobara en el estado de Victoria la legislación que niega a los médicos el derecho a la objeción de conciencia en caso de aborto.

Según Nicholas Tonti-Filippini, un experto en bioética del Instituto Juan Pablo II para el Matrimonio y la Familia de Melbourne, al menos dos doctores con objeción de conciencia ante el aborto se han negado a dirigir a sus pacientes a otro profesional para que les pudieran provocar un aborto.

“Estamos esperando ver si alguien toma medidas”, afirmaba Tonti-Filippini, según un artículo publicado el 10 de octubre en el periódico Age.

Como explicaba el artículo, junto con la despenalización del aborto el año pasado la nueva ley obliga a los médicos objetores de conciencia a hacer públicas sus creencias y también a dirigir a un paciente a otro médico que no ponga tales objeciones.

El 22 de octubre de este año, los obispos católicos del estado de Victoria publicaban una carta pastoral sobre el tema de la Ley de Reforma del Aborto de 2008.

En su carta los obispos observaban que, además de negar el derecho de los médicos a abstenerse de cooperar en un aborto, la ley también elimina la objeción de conciencia de las enfermeras.

“En los hospitales prevalece ahora una cierta clase de hipocresía”, afirmaba la carta. “En una habitación se salvará con gran esfuerzo y la mejor tecnología un bebé prematuro. En otro habitación, un niño no nacido, quizá mayor que el bebé prematuro, puede ser asesinado impunemente”.

Los obispos también precisaban que las mujeres que buscan abortar no tienen acceso a información precisa sobre qué le ocurre a su hijo o el riesgo que corren ellas mismas.

Problemas más profundos

“No debemos ver la legalización del aborto en Victoria como un problema aislado, sino como un síntoma de un problema cultural más profundo de un secularismo y un relativismo crecientes”, advertía la carta.

“Leyes como la Ley de Reforma del Aborto de 2008 representan una amenaza directa a toda la cultura de los derechos humanos porque la teoría de los derechos humanos se basa en la afirmación de la persona humana no puede someterse a la dominación de otros”, continuaba la carta.

El arzobispo de Melbourne, monseñor Denis Hart, presidió el 25 de octubre un servicio de oración ecuménico en la Catedral de San Patricio, en reparación por el aborto. En su homilía apuntaba que, desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado el mal moral de cualquier aborto procurado.

“Puesto que el embrión debe ser tratado como una persona desde el momento de la concepción, se debe defender su integridad, cuidarlo y curarlo lo mejor posible como a cualquier otro ser humano”, afirmaba.

Más al norte, en la capital del país, Canberra, los líderes católicos están preocupados por la propuesta de venta al gobierno local del Hospital del Calvario por parte de la Little Company of Mary Health.

Como el Canberra Times informaba el 29 de octubre, el cardenal George Pell de Sydney expresó su preocupación por el hecho de que los motivos del gobierno sean ideológicos y dirigidos por elementos anticristianos.

El artículo también observaba que antes el vicario general de la archidiócesis de Canberra, Mons. John Woods, había expresado también su preocupación de que la misión de la Iglesia de proporcionar cuidados sanitarios se viera comprometida por la venta.

Como escribía Angela Shanahan en el periódico Australian el 31 de octubre, hay sospechas de que el gobierno, bajo el control de una coalición entre los verdes y la izquierda, “quiera simplemente sacar a la Iglesia católica de la sanidad pública en la capital del país”.

Citaba un informe del antiguo miembro de la asamblea por parte de los Verdes, Kerrie Tucker, que recomendaba que el hospital se quitara de manos católicas o se vendiera al gobierno porque no quería hacer abortos, esterilizaciones o “toda una serie de servicios reproductivos”.

Personal sanitario

Los Estados Unidos han sufrido estos debates a principios de este año cuando la administración Obama rescindió las normas que protegían al personal sanitario que no desease participar en abortos.

En febrero, el departamento de sanidad y servicios sociales dio la noticia de que a se atendría a dichas normas, informaba el 28 de febrero el New York Times.

En una declaración con fecha de 23 de marzo, la secretaría de la plenaria de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos declaraba que: “La protección del derecho básico de conciencia adquiere incluso una urgencia mayor cuando los miembros de las profesiones sanitarias están sometidos a presión, o a riesgo de ser presionados, para participar en la muerte de una vida humana inocente, conducta que es directamente hostil al papel y función de la medicina”.

La declaración señalaba también la contradicción fundamental entre la postura de la administración federal al comprometerse con una política de “elección” en cuanto al aborto mientras que, al mismo tiempo, quita la posibilidad de elección a las enfermeras, médicos y hospitales de proporcionar o facilitar los abortos.

Monseñor Raymond Burke, prefecto del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica, trató el tema de la cultura de la vida en el actual contexto político en una cena el 18 de septiembre.

“Aunque la verdadera religión enseña la ley moral natural, la observancia de la ley moral no es una práctica confesional”, observaba. “Es más bien una respuesta a los que está inscrito en lo profundo de todo corazón humano”, afirmaba.

“Si los cristianos fallan a la hora de articular y respaldar la ley moral natural, fallan en su deber fundamental de patriotismo, de amar a su país sirviendo al bien común”, señalaba. Violar los derechos de conciencia, por tanto, no sólo es una afrenta a los creyentes, sino también una negación de los principios fundamentales que deberían guiar una sociedad laica.

El Adviento, preparación para la Navidad

Tiempo para prepararse y estar en gracia para vivir correctamente la Navidad


El Adviento, preparación para la Navidad
El Adviento, preparación para la Navidad

Significado del Adviento

La palabra latina “adventus” significa “venida”. En el lenguaje cristiano se refiere a la venida de Jesucristo. La liturgia de la Iglesia da el nombre de Adviento a las cuatro semanas que preceden a la Navidad, como una oportunidad para prepararnos en la esperanza y en el arrepentimiento para la llegada del Señor.

El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa penitencia.

El tiempo de Adviento es un período privilegiado para los cristianos ya que nos invita a recordar el pasado, nos impulsa a vivir el presente y a preparar el futuro.

Esta es su triple finalidad:

- Recordar el pasado: Celebrar y contemplar el nacimiento de Jesús en Belén. El Señor ya vino y nació en Belén. Esta fue su venida en la carne, lleno de humildad y pobreza. Vino como uno de nosotros, hombre entre los hombres. Esta fue su primera venida.

- Vivir el presente: Se trata de vivir en el presente de nuestra vida diaria la “presencia de Jesucristo” en nosotros y, por nosotros, en el mundo. Vivir siempre vigilantes, caminando por los caminos del Señor, en la justicia y en el amor.

- Preparar el futuro: Se trata de prepararnos para la Parusía o segunda venida de Jesucristo en la “majestad de su gloria”. Entonces vendrá como Señor y como Juez de todas las naciones, y premiará con el Cielo a los que han creido en Él; vivido como hijos fieles del Padre y hermanos buenos de los demás. Esperamos su venida gloriosa que nos traerá la salvación y la vida eterna sin sufrimientos.

En el Evangelio, varias veces nos habla Jesucristo de la Parusía y nos dice que nadie sabe el día ni la hora en la que sucederá. Por esta razón, la Iglesia nos invita en el Adviento a prepararnos para este momento a través de la revisión y la proyección:

Revisión: Aprovechando este tiempo para pensar en qué tan buenos hemos sido hasta ahora y lo que vamos a hacer para ser mejores que antes. Es importante saber hacer un alto en la vida para reflexionar acerca de nuestra vida espiritual y nuestra relación con Dios y con el prójimo. Todos los días podemos y debemos ser mejores.

Proyección: En Adviento debemos hacer un plan para que no sólo seamos buenos en Adviento sino siempre. Analizar qué es lo que más trabajo nos cuesta y hacer propósitos para evitar caer de nuevo en lo mismo.
Algunas ideas para vivir el Adviento
La Corona de Adviento

Algo que no debes olvidar

El adviento comprende las cuatro semanas antes de la Navidad.
El adviento es tiempo de preparación, esperanza y arrepentimiento de nuestros pecados para la llegada del Señor.
En el adviento nos preparamos para la navidad y la segunda venida de Cristo al mundo, cuando volverá como Rey de todo el Universo.
Es un tiempo en el que podemos revisar cómo ha sido nuestra vida espiritual, nuestra vida en relación con Dios y convertirnos de nuevo.
Es un tiempo en el que podemos hacer un plan de vida para mejorar como personas.

Cuida tu fe

Esta es una época del año en la que vamos a estar “bombardeados” por la publicidad para comprar todo tipo de cosas, vamos a estar invitados a muchas fiestas. Todo esto puede llegar a hacer que nos olvidemos del verdadero sentido del Adviento. Esforcémonos por vivir este tiempo litúrgico con profundidad, con el sentido cristiano.
De esta forma viviremos la Navidad del Señor ocupados del Señor de la Navidad.

Audiencia del Papa a Cristina Fernández y Michelle Bachelet

En el XXV aniversario del Tratado de Paz y Amistad entre los dos países

CIUDAD DEL VATICANO, sábado 28 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el comunicado que emitió este sábado la Oficina de Información de la Santa Sede sobre la audiencia que Benedicto XVI concedió a Cristina Fernández de Kirchner, presidenta de la República de Argentina, y Michelle Bachelet, presidenta de la República de Chile, con motivo del XXV aniversario del Tratado de Paz y Amistad entre los dos países.

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Esta mañana, en el Palacio Apostólico Vaticano, con ocasión del XXV aniversario de la firma del Tratado de Paz y Amistad entre Chile y Argentina, el Santo Padre Benedicto XVI ha recibido en audiencias separadas a la Presidenta de la Nación Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, y a la Presidente de la República de Chile, Michelle Bachelet Jeria. Posteriormente las Presidentas se han encontrado con el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, acompañado por el arzobispo Dominique Mamberti, secretario para las Relaciones con los Estados. A continuación, el Santo Padre ha pronunciado un discurso a las delegaciones de las dos Presidentas, reunidas en la Sala Clementina.

Durante los cordiales coloquios se ha recordado con gratitud la meritoria obra de mediación realizada por el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II y por el difunto Cardenal Antonio Samoré, que ayudaron a los dos países, a través del camino del diálogo, a resolver un añeja controversia territorial. En particular, se ha recordado el hecho de que, en el curso de este cuarto de siglo, el acuerdo ha dado frutos concretos de bien y de prosperidad a dos pueblos hermanos y sigue siendo un ejemplo de modelo para los países de América Latina y para toda la comunidad internacional. También ha habido un intercambio de puntos de vista sobre la actual situación internacional.

Cardenal Bertone sobre el Tratado de Paz y Amistad entre Chile y Argentina

CIUDAD DEL VATICANO, sábado 28 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció el cardenal Tarcisio Berton S.D.B., secretario de Estado de Benedicto XVI; durante la ceremonia conmemorativa del XXV aniversario del Tratado de Paz y Amistad entre Argentina y Chile, que se celebró en la Casina Pío IV en los Jardines Vaticanos.

El discurso fue pronunciado en la sala de conferencias, antes de develar una placa conmemorativa de aquel acontecimiento acaecido en 1984, en el momento en el que también pronunciaron sus discursos Cristina Fernández de Kirchner, presidenta de la República de Argentina, y Michelle Bachelet, presidenta de la República de Chile.

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Excelentísimas Señoras Presidentas de Argentina y Chile,
eminencias reverendísimas,
queridos hermanos en el episcopado,
excelentísimos señores embajadores,
queridos amigos:

El 18 de octubre de 1984, en este mismo lugar de la Casina Pío IV, y en presencia del Cardenal Agostino Casaroli, se les entregó a los Representantes de las Delegaciones de las Repúblicas de Argentina y Chile el texto oficial del Tratado que, para la solución del diferendo austral, se había previamente concordado en distintas sesiones de estudio. Más tarde, el 29 de noviembre de ese mismo año, en el marco incomparable de la Sala Regia del Palacio Apostólico, fue firmado el mencionado Tratado de Paz y Amistad que, bajo el amparo moral de la Santa Sede, ponía fin a dicha controversia.

En el día de hoy, transcurridos 25 años desde aquel histórico Tratado, queremos rendir homenaje a todas aquellas personas que, con generosa dedicación y firme voluntad de paz, lograron llevarlo felizmente a término, a pesar de las aparentemente insuperables dificultades que se presentaban en su camino. En particular, recordamos al querido Papa Juan Pablo II que, confiando en la gran experiencia diplomática y en la prudencia del Cardenal Antonio Samorè, emprendió el proceso de Mediación, como respuesta al pedido de los Episcopados argentino y chileno, los cuales se hicieron así intérpretes de la angustia e inquietud tanto de los fieles de sus respectivas Iglesias locales como de la población en general de ambos Países. Debemos reconocer, asimismo, la labor determinante de los miembros de los dos gobiernos y sus respectivas delegaciones diplomáticas, que en momentos de especial gravedad y tensión ofrecieron ante el mundo un ejemplo de sensatez y voluntad pacificadora.

Chile y Argentina, aunque separadas físicamente por los Andes, son dos naciones hermanas que están estrechamente unidas por un idéntico patrimonio religioso, cultural y lingüístico. Esta insondable riqueza espiritual, junto al inquebrantable anhelo de paz, integración y concordia de sus gentes, es la base de este histórico Tratado de Paz y Amistad. En efecto, el texto del Acuerdo comienza con estas palabras: “En el nombre de Dios Todopoderoso”, aludiendo así a ese tesoro común de fe y valores morales que constituye una fuente continua de inspiración para no dejarse vencer por los obstáculos, ni permitir que las discordias, la rivalidad o la cerrazón, tengan la última palabra, sino la perseverancia incansable en la búsqueda de la convivencia, el respeto y el entendimiento recíproco.

Señoras Presidentas, quisiera terminar renovándoles el compromiso de la Santa Sede de seguir ofreciendo su sincera y humilde aportación en todo aquello que contribuya a incrementar y consolidar los frutos del Tratado de Paz y Amistad que hoy conmemoramos, deseando además que el clima de cooperación y la concordia alcanzada en el extremo austral se extienda por todo el Continente americano y el mundo entero. Muchísimas gracias.

Una eterna deuda de gratitud con Angelo Roncalli

Por Baruj Tenembaum, fundador de la Fundación Raoul Wallenberg

NUEVA YORK, sábado 28 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario que ha compartido con ZENIT Baruj Tenembaum, judío nacido en Argentina y fundador de la Fundación Internacional Raoul Wallenberg, en recuerdo del aniversario de nacimiento de Juan XXIII.

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Angelo Giuseppe Roncalli (luego conocido como Papa Juan XXIII) nació hace 128 años, el 25 de noviembre de 1881.

Su misión como Papa es bien conocida, en especial su contribución decisiva en el establecimiento de un diálogo respetuoso entre católicos y judíos, tal como lo demuestra el “Decretum de Judaeis” (Decreto sobre los judíos), elaborado por el Segundo Concilio Vaticano. El documento menciona abiertamente los “males realizados a los judíos tanto en el pasado como en el presente. Quien desprecie o persiga a este pueblo comete un perjuicio contra la Iglesia Católica”. Roncalli fue el padre de ese Concilio e insistió en la necesidad de referirse a las enseñanzas de la Iglesia acerca del judaísmo e Israel. En 2000 fue beatificado.

Por otra parte, las acciones de Roncalli anteriores a su asunción como Sumo Pontífice son poco conocidas. Como Delegado Apostólico en Estanbul, durante el Holocausto, Roncalli cumplió un rol estratégico realizando esfuerzos para salvar judíos.

Una investigación exhaustiva publicada por el Comité Angelo Roncalli, la Casa Argentina en Israel Tierra Santa y la Fundación Internacional Raoul Wallenberg, con la participación de destacados académicos, muestra que Roncalli fue más allá del cumplimiento de su deber como Delegado Apostólico y extendió una mano de ayuda a los judíos perseguidos. Entre otras acciones despachó “Certificados de Inmigración” a Palestina a través del correo diplomático del Vaticano y, también, “Certificados de Bautismo”. Asimismo, intervino abiertamente en favor de judíos búlgaros y eslovacos.

Las tres ONG mencionadas, las cuales he tenido el privilegio de fundar con muchos otros factores, presentarán los resultados de las investigaciones a Yad Vashem (la Autoridad para el Recuerdo de los Mártires y Héroes del Holocausto) y solicitarán que se le confiera a Roncalli el título de “Justo entre las Naciones”.

Aún menos conocido es el relato que escuché en una reciente reunión con el ex ministro de inmigración Iair Tzaban, relacionado a la cálida actitud de Roncalli hacia los judíos y a su contribución al establecimiento del Estado de Israel.

En los años ‘50 Tzabam era el asistente personal del doctor Moisés Sneh, quien en 1947 era el jefe del departamento político de la Agencia Judía en Europa y también estaba a cargo de la aliá, así como de los asuntos relacionados a la inmigración ilegal de judíos a Palestina. Fue el doctor Sneh quien reveló la participación de Roncalli, la cual, muchos consideran, fue de gran importancia para la creación del Estado de Israel.

En 1947, Moshe Shertok (luego Moshe Sharet, Primer Ministro de Israel entre 1953 y 1955), jefe de Sneh por entonces, estaba preocupado por la incertidumbre que le provocaba el destino del voto de los países latinoamericanos en la inminente Asamblea General de las Naciones Unidas que trataría el plan de partición. En particular, lo preocupaba la influencia que el Vaticano tenía sobre esos países y temía que la Santa Sede estimulara un voto negativo, contrario a las intenciones originales de los países de esa región. Shertok convocó a Sneh y lo instruyó para que convenciera al Vaticano de que no objetase las preferencias de los países de latinoamérica.

Shertok sabía que la partición sería aprobada sólo si era aprobada por dos tercios de la Asamblea. Los países latinoamericanos se inclinaban a favor de la moción. Sin esos votos el plan sería rechazado.

El doctor Sneh se sorprendió por el pedido de Shertok y le dijo, en Idish, a su asistente: “¿Como podría yo, Moshe Ben Shimon Klainboim, del pequeño pueblo de Radzin, hablar con el Papa?”

Sneh se dirigió entonces a su amigo, el sacerdote Alexander Glasberg, con quien había estado en contacto a propósito de gestiones de este último relacionadas con la asistencia a inmigrantes ilegales a Palestina. Antes de ello, durante el Holocausto, Glasberg había auxiliado judíos.

Abbe Glasberg le dijo al doctor Sneh que conocía a la persona indicada para el trabajo, “un gran humanista que ayudó a los judíos durante el Holocausto”, y le presentó a Angelo Roncalli, quien en ese momento cumplía funciones como Nuncio Apostólico en París. La reunión de Sneh con Roncalli se desarrolló en un clima de cordialidad. Roncalli le prometió que haría todo lo posible para ayudar y unos días más tarde le confirmó una audiencia con el Secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Domenico Tardini. La reunión fue programada para el 3 de octubre 1947 y Roncalli adelantó especialmente su viaje a Roma para estar cerca de la escena, sólo en caso de que pudiera ser necesario.

A pesar de que el cardenal Tardini no le hizo ninguna promesa al Dr. Sneh, este consideró haber tenido éxito. Después de la audiencia Sneh se reunió con Glasberg y Roncalli y les relató sus impresiones. Roncalli no estaba satisfecho. Obviamente, él esperaba un compromiso firme de Tardini y fue aún más lejos al señalar que “el Papa Pio XII podría perder la oportunidad de redimirse por su falta de acción en favor de los judíos durante el Holocausto”.

En rigor de verdad la misión de Sneh resultó exitosa. Sin duda, otros factores pudieron haber contribuido a la consumación del logro, pero se puede suponer que la reunión con el cardenal Tardini tuvo un impacto positivo. La mayoría de los países latinoamericanos votaron a favor de la partición. Unos pocos se abstuvieron. Sólo Cuba votó en contra.

Algunos años antes de mi conversación con Tzaban, Moshe Tov, un hábil diplomático israelí quien, como yo, nació en Argentina, me relató los cabildeos que precedieron a la votación. De hecho, Tov fue una figura fundamental para convencer a los países latinoamericanos de votar por el plan de partición, aún antes de la misión de Sneh.

En enero de 2004 Abbe Glasberg (junto con su hermano Vila) fue reconocido póstumamente como “Justo entre las Naciones” por Yad Vashem. No se trató de una decisión fácil; el sacerdote era un judío convertido al cristianismo y, de acuerdo a las normas de la organización, los judíos no pueden recibir el prestigioso título. A pesar del obstáculo, Iair Tzaban, junto a otras personas, logró que Yad Vashem considerara cristiano a Glasberg, sólo a los efectos del otorgamiento de la distinción. Parte de la historia aquí relatada está incluída en el discurso de Tzaban durante la ceremonia de concesión del título a los hermanos Glasberg.

En sólo una década Angelo Roncalli ayudó a los judíos en dos encrucijadas históricas: el Holocausto y el establecimiento del Estado de Israel.

Judíos e israelíes, así como personas de todas las creencias que adhieren a los valores más elementales de la solidaridad humana, le deben gratitud eterna a este gran héroe.

Las presidentas de Chile y Argentina ante la tumba de Juan Pablo II

El pontífice que logró la paz entre los dos países

CIUDAD DEL VATICANO, sábado 28 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).-

Las presidentas de Argentina y Chile, Cristina Fernández de Kirchner y Michelle Bachelet, rindieron homenaje en las grutas de la Basílica de San Pedro, donde descansan los restos del Juan Pablo II. Cada una de ellas depositó una ofrenda floral y juntas elevaron una oración por la paz.

Cristina Fernández y Michele Bachelet fueron acompañadas por el cardenal Angelo Comastri, arcipreste de la Basílica de San Pedro, y tras ese homenaje las mandatarias se dirigieron a la Casina de Pío IV, sede de la Academia Pontificia de las Ciencias, para recordar las negociaciones de la intervención del Papa Juan Pablo II en el conflicto entre ambos países por el canal de Beagle.

El cardenal Comastri resaltó el espíritu de paz y de amistad de los pueblos argentino y chileno, en momentos en que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su par trasandina, Michelle Bachelet, ofrecieron un homenaje al Papa Juan Pablo II con motivo de la mediación papal en el conflicto por el Canal de Beagle.
El cardenal recordó al Papa Juan Pablo II como un “verdadero artífice de la paz” que “tomó como norma la frase bienaventurados los que construyen la paz porque ellos eran los verdaderos hijos de Dios”.