La Iglesia participa en el Grupo para el Desarrollo de los Pueblos Amazónicos

Conformada una Mesa de Diálogo tras los conflictos en la región peruana


LIMA, martes, 30 junio 2009 (ZENIT.org).-

El arzobispo de Trujillo y presidente de la Conferencia Episcopal Peruana, monseñor Miguel Cabrejos Vidarte, O.F.M., ha participado, junto a varios ministros y miembros de los pueblos indígenas amazónicos, en una reunión del Grupo Nacional de Coordinación para el Desarrollo de los Pueblos Amazónicos.

La reunión se celebró el 22 de junio en la Sala del Acuerdo Nacional de la Presidencia del Consejo de Ministros, en Lima.

En la reunión, informa la Conferencia Episcopal Peruana, los representantes de los pueblos amazónicos pidieron el levantamiento del Estado de Emergencia y toque de queda en las regiones afectadas.

Así mismo, pidieron debatir un Plan de Desarrollo de la Amazonía, pero consultando con los pueblos amazónicos y con un enfoque intercultural.

Por su parte, los representantes del Estado reconocieron que la política sobre pueblos amazónicos debería elaborarse con la participación de ellos.

También anunciaron la creación del Decreto que levanta el Estado de Emergencia y toque de queda.

En su intervención, monseñor Miguel Cabrejos resaltó la importancia del levantamiento del Estado de Emergencia y toque de queda en varias zonas de la Amazonía peruana.

El prelado también subrayó la necesidad de conformar una Comisión de la Verdad, a petición de muchos representantes de los pueblos amazónicos, para que se esclarezcan los hechos ocurridos en Bagua, donde murieron policías y nativos.

Finalmente, los participantes de esta Mesa de Diálogo acordaron instalar el Grupo Nacional de Coordinación.

Este Grupo tomará en cuenta la conformación de Mesas de Trabajo Regionales (con la participación de Gobiernos Regionales, gobiernos locales y representantes regionales y locales de las comunidades indígenas amazónicas).

¿Alejamos o acercamos a Cristo?

A veces no podemos acercar a alguien a Cristo porque, simplemente, nosotros estamos muy lejos del Señor.

¿Alejamos o acercamos a Cristo?

Sabemos que Cristo es el centro de los corazones, la plena realización del hombre, el Salvador del mundo, el Amigo que anhelamos desde lo más profundo de nuestro ser.

Sabemos, además, que millones de seres humanos buscan, de modo casi errático, otras aguas, otros “salvadores”, otras esperanzas. Pero no encuentran la verdad, no consiguen la paz, porque están lejos de Cristo.

Cristo va detrás de la oveja perdida, sigue las huellas de cada uno de sus hijos. Pero hay hijos que prefieren seguir en el mundo de la mentira en vez de caminar hacia la Verdad del Amor de Dios.

Tenemos claro todo lo anterior. Pero muchas veces, los católicos no somos capaces de ayudar a la gente a encontrarse con Cristo. Incluso a veces alejamos a la gente, les impedimos llegar a Cristo. ¿Por qué? ¿Qué nos ocurre? ¿Dónde está el fallo?

La respuesta no es fácil. A veces no podemos acercar a alguien a Cristo porque, simplemente, nosotros estamos muy lejos del Señor. Nos decimos católicos por la cultura, por la tradición, “de nombre”. Creemos que basta con ir a misa los domingos (no todos, por desgracia), con la confesión una vez al año y lo más rápido posible, con llevar a los hijos al bautizo y a los difuntos a un funeral católico. Pero hacemos eso sin el corazón, sin la fuerza de quien de verdad sabe que Cristo perdona, salva, nos ama y nos conoce profundamente. ¿Es que puede convencer de Cristo uno que tiene al Señor como un objeto de adorno en alguna pared de su casa mientras luego no es capaz de iluminar su vida con las bellezas que nos ofrece el Evangelio?

Otras veces no acercamos a Cristo porque proponemos un Cristo falso. Tenemos miedo de hablar de Jesús, creemos que la gente no está preparada para comprender que Él es el Hijo de Dios. Entonces, algunos organizan cursos de autoestima vacíos de la verdadera caridad cristiana, conferencias sobre programación neurolingüística, explicaciones del reiki y de todo tipo de doctrinas confusas y con elementos claramente anticristianos, como si así se ayudase a las personas a acercarse a Cristo, cuando lo único que se logra es crear confusión y, muchas veces, alejar del Maestro.

Ofrecer pseudociencias y pseudoprácticas psicológicas no sólo no prepara al Evangelio, sino que muchas veces hace que las personas nos digan un educado “adiós”. Les damos lo que ya el mundo les ofrece sin Cristo, les proponemos lo que una sociedad materialista y relativista difunde todos los días con una insistencia casi obsesiva.

Otras veces no acercamos a Cristo porque caemos en actitudes de desprecio, de altanería, de soberbia, de condena. Acusamos a los demás de herejes, les repetimos una y otra vez que son sinvergüenzas, apóstatas, miserables, sincretistas, adúlteros, lujuriosos, avaros… y toda una lista de adjetivos despectivos. Muchas veces no insultamos con los labios (quien tiene un mínimo de educación no llega al insulto fácil), pero sí con el corazón. Y quien recibe nuestra mirada nota una condena, siente que falta amor en nuestras almas.

La clave para acercar a alguien a Cristo consiste simplemente en Cristo. No es un error: si Dios es Amor, y si Cristo es Dios, la clave está en el Amor, está en Cristo que es Amor.

Ofrecemos realmente a Cristo a un alma atribulada, a un esposo infiel, a una mujer que ha abortado, a un empresario que ha cometido fraudes, a un político oportunista, a un joven arruinado por la droga o el alcohol… cuando nuestros ojos y nuestro corazón penetran en el otro con la misma dulzura, mansedumbre, humildad y benevolencia de Jesús de Nazaret.

Eso es posible si nosotros vivimos ya dentro de ese Amor, si estamos locos de alegría al recordar una y otra vez que quien murió en el Calvario quería perdonar nuestros pecados y darnos la vida de gracia, si sentimos que hay un lugar para nosotros, para mí, en el cielo. Para mí… y para tantos hombres y mujeres con los que me cruzo cada día, y que tienen un hambre profunda de cariño, de comprensión, de acogida, de respeto que va más allá del pecado para convertirse en inicio de salvación.

Todos estamos llamados a acercarnos a Cristo y a acercar a los demás al Señor. Dios mismo desea encontrarse con cada uno de sus hijos. Dios nos ama, desde la grandeza de su misterio eterno, desde la sencillez del llanto de un Niño nacido en Belén, desde la mansedumbre de un Cordero que dio su vida por nosotros en el Calvario.

Hoy puedo acercar algún corazón al tesoro más grande, al Amor eterno, a la dicha completa. Porque ese corazón lo necesita, porque Dios ya lo está buscando, porque mi pobre vida también quiere unirse a ese abrazo que puede producirse gracias a mi sonrisa, a mi afecto, a mis deseos sinceros de acercar, al menos a un poquito, a alguien al Maestro.

El Papa a arzobispos: sed pastores ejemplares para guiar a los sacerdotes

Audiencia tras la entrega del palio

CIUDAD DEL VATICANO, martes 30 de junio de 2009 (ZENIT.org).-

Benedicto XVI pidió a los arzobispos metropolitanos que recibieron el palio este lunes que sean pastores ejemplares para poder guiar y apoyar a los sacerdotes.

Lo hizo al recibirles en audiencia, junto a sus familiares y fieles de sus respectivas diócesis, este martes en el Aula Pablo VI.

“En este Año Sacerdotal apenas iniciado, llevad muy dentro de vuestro corazón a vuestros presbíteros, quienes esperan de vosotros un trato afable, como padres y hermanos que los acogen, escuchan y se preocupan de ellos”, les dijo.

“Estad preocupados por ser pastores ejemplares, diligentes y llenos de amor por el Señor y por vuestra comunidad”, les dijo.

Y añadió: “Así podréis guiar y apoyar firmemente a los sacerdotes, vuestros primeros colaboradores en el ministerio pastoral, y cooperar eficazmente en la difusión del Reino de Dios”.

En lengua española, se dirigió a los arzobispos Domingo Díaz Martínez, de Tulancingo; Manuel Felipe Díaz Sánchez, de Calabozo; José Luis Escobar Alas, de San Salvador; Carlos Osoro Sierra, de Valencia; Víctor Sánchez Espinosa, de Puebla de los Ángeles; Carlos Aguiar Retes, de Tlalnepantla; Ismael Rueda Sierra, de Bucaramanga, y Braulio Rodríguez Plaza, de Toledo, y a sus acompañantes.

“Que las cruces de seda negra que el palio lleva bordadas, os recuerden que debéis configuraros cada día más con Jesucristo”, les dijo.

Y les pidió: “Siguiendo sus huellas de Buen Pastor, sed siempre signos de unidad en medio de vuestros fieles, afianzando vuestros lazos de comunión con el sucesor de Pedro, con vuestros obispos sufragáneos y con todos los que colaboran en vuestra misión evangelizadora”.

“Bajo el amparo de María Santísima, Reina de los Apóstoles, que es tan venerada en las tierras de las que procedéis, México, Venezuela, El Salvador, Colombia y España, pongo vuestras personas y vuestras comunidades diocesanas”, añadió.

En otras lenguas, se dirigió también a los demás arzobispos en términos similares, destacando el valor del palio como símbolo de unidad.

“Purificar la memoria, servir a la verdad, pedir perdón”

Mensaje de los obispos vascos sobre los sacerdotes ejecutados en 1936-1937

VITORIA, martes, 30 junio 2009 (ZENIT.org).-

La catedral de Vitoria acogerá el próximo 11 de julio una celebración en memoria de los catorce sacerdotes que fueron ejecutados en los años 1936-1937 por los vencedores de la Guerra Civil.

Con el título “Purificar la memoria, servir a la verdad, pedir perdón”, los obispos de Bilbao, San Sebastián y Vitoria publicaron un mensaje sobre el tema este martes.

Los obispos vascos señalan que, con ocasión de la beatificación en Roma, el 28 de octubre de 2007, de 498 mártires del siglo XX en España, bastantes de los cuales eran originarios de estas diócesis, así como en otras ocasiones anteriores y posteriores, “se nos ha recordado que catorce sacerdotes -también de nuestras diócesis- fueron ejecutados en los años 1936 y 1937 por quienes vencieron en aquella contienda”.

Los prelados recuerdan que “no se hicieron por ellos los debidos funerales y en la mayor parte de los casos no se registró su muerte en el Boletín Oficial diocesano”.

Por ello, los obispos de las diócesis de Bilbao, San Sebastián y Vitoria han escuchado la petición que se les ha dirigido, han reconocido las razones y han considerado oportuno cumplir este deber pendiente.

En consecuencia, se proponen realizar juntamente con sus comunidades diocesanas un ejercicio de “purificación de la memoria”.

Lo hacen siguiendo las orientaciones del Papa Juan Pablo II para nuestro tiempo, tratando de reforzar “nuestros pasos en el camino hacia el futuro, haciéndonos a la vez más humildes y atentos en nuestra adhesión al Evangelio”.

En primer lugar, en su mensaje, los obispos recuerdan los hechos.

“Han pasado más de siete décadas desde la trágica ruptura de la convivencia originada por la Guerra Civil, con efectos dolorosos en la entonces única diócesis de Vitoria, presidida por monseñor Mateo Múgica, a quien recordamos ante el Señor, honrando su memoria”, explican.

“Sirvió a la diócesis de Vitoria como su obispo en una complicada situación que le proporcionó innumerables trabajos y sufrimientos”, destacan.

“Aquella contienda provocó muchos muertos, desaparecidos, encarcelados y desterrados”, prosigue el mensaje.

“La comunidad eclesial no fue en absoluto ajena al sufrimiento: a numerosos laicos, religiosos y presbíteros les fue arrebatada la vida; muchos otros sufrieron represalias y pérdidas irreparables”, destaca.

Concretamente, “fueron más de setenta los sacerdotes y religiosos ejecutados en la diócesis de Vitoria, en los territorios controlados por uno u otro bando”.

“Centenares de personas fueron ejecutadas, víctimas de odios y venganzas”, subrayan los obispos.

Recordándolas a todas, la declaración “pretende traer de modo especial a la memoria a aquellos presbíteros que, habiendo sido ejecutados por los vencedores, han sido relegados al silencio”.

Sus nombres son Martín Lecuona Echabeguren, Gervasio Albizu Vidaur, José Adarraga Larburu, José Ariztimuño Olaso, José Sagarna Uriarte, Alejandro Mendicute Liceaga, José Otano Míguelez, C.M.F., José Joaquín Arín Oyarzabal, Leonardo Guridi Arrázola, José Marquiegui Olazábal, José Ignacio Peñagaricano Solozabal, Celestino Onaindía Zuloaga, Jorge Iturricastillo Aranzabal y Román de San José Urtiaga Elezburu, O.C.D.

Los obispos vascos afirman que “no contaron con una celebración pública de exequias”.

Así mismo, en el Boletín Oficial y en el registro diocesano de sacerdotes fallecidos solamente constan los nombres de los dos primeros, ejecutados antes de la salida forzosa de la diócesis del obispo Mateo Múgica.

Tampoco figuran como fallecidos en los libros parroquiales correspondientes.

Los hechos mencionados, indican los obispos vascos, “nos interpelan a nosotros y a nuestras comunidades diocesanas”.

Por ello, hacen una serie de consideraciones. En primer lugar, desean “prestar un servicio a la verdad, que es uno de los pilares básicos para construir la justicia, la paz y la reconciliación”.

“No queremos reabrir heridas, sino ayudar a curarlas o a aliviarlas–añaden–. Queremos contribuir a la dignificación de quienes han sido olvidados o excluidos y a mitigar el dolor de sus familiares y allegados”.

Expresan su deseo de “pedir perdón e invitar a perdonar”.

“De ninguna manera pretendemos erigirnos en jueces de los demás –destacan–, sino reconocer ante Dios nuestras limitaciones en el pasado y en el presente.

“Sabemos que ‘por el vínculo que une a unos y otros en el Cuerpo místico, y aun sin tener responsabilidad personal ni eludir el juicio de Dios, el único que conoce los corazones, somos portadores del peso de los errores y de las culpas de quienes nos han precedido’”, indican.

Al pedir perdón, señalan, “la Iglesia se dirige, ante todo, a Dios, fuente de la vida y de la paz.

“A Él le pedimos ‘la luz y la fuerza necesarias para saber rechazar siempre la violencia y la muerte como medio de resolución de las diferencias políticas y sociales’ –concluyen–. Que Él perdone nuestras ofensas y nos enseñe así a perdonar a los que nos ofenden”.

Los obispos vascos han propuesto diversas acciones en este sentido.

En primer lugar, la celebración de un funeral conjunto, con mención y reconocimiento especial de quienes en su día no lo tuvieron.

El acto, que estará presidido por todos los obispos vascos, tendrá lugar el sábado 11 de julio en la Catedral Nueva de Vitoria a las doce del mediodía.

A esta celebración está invitado todo el pueblo de Dios y, particularmente, los familiares de las víctimas y los presbíteros de esas diócesis.

En segundo lugar, está prevista la publicación de una reseña en el Boletín Oficial de cada diócesis que recoja los datos de la vida y muerte de quienes fueron ignorados.

Y finalmente, se incluirán sus nombres en los registros diocesanos de sacerdotes fallecidos y en los libros parroquiales correspondientes.

Los obispos vascos concluyen su mensaje afirmando que “purificando la memoria; sirviendo a la verdad; pidiendo, ofreciendo y acogiendo el perdón, queremos mirar al pasado para aprender a construir un presente y un mañana nuevos”.

Por Nieves San Martín

Entrevista a San Pedro y San Pablo

¿Qué nos platicarían estos grandes apostoles? ¡Cuántas cosas nos enseñarían!

Entrevista a San Pedro y San Pablo

Entrevista a San Pedro en el cielo

Vamos a hacer una entrevista a aquel pescador de Galilea llamado Simón Pedro:

Pregunta: ¿Qué sentiste al negar a Cristo?

Respuesta: Fue el día más triste de mi vida; no se lo deseo a nadie. Yo era muy duro para llorar, pero ese día lloré a mares; no lo suficiente, porque toda la vida lloré esa falta. Sin embargo, por haber negado al Señor un día, lo amé muchísimo más que si nunca lo hubiera hecho. Esas negaciones fueron un hierro candente que me traspasó el corazón.

Pregunta: ¿Prefieres el nombre de Pedro al de Simón?

Respuesta: Sí, porque el nombre de Simón me lo pusieron mis padres; el de Pedro, Cristo. Además, es un nombre que encierra un gran significado. Por un lado me hace feliz que Él me haya hecho piedra de su Iglesia; por otro lado, me produce gran confusión, porque yo no era roca, sino polvo vil. Cristo ya no me llama Simón, Él prefiere llamarme roca; y en el cielo todos me llaman Pedro.
Mi antiguo nombre ya se me olvidó. Cuando pienso en mi nuevo nombre, cuando me llaman Pedro, inmediatamente pienso en la Iglesia. Me llaman así con un sentido muy particular los demás vicarios de Cristo que me han seguido, y yo siento ganas de llamarles con el mismo nombre, porque todos somos piedra de la misma cantera, todos sostenemos a la Iglesia.

Pregunta: ¿Por qué dijiste al Señor aquellas palabras: «Señor, a quién iremos, si Tú tienes palabras de vida eterna»?

Respuesta: Me salieron del corazón. La situación era apurada, y había que hacer algo por el Maestro; veía a mis compañeros indecisos, y sentí la obligación de salvar la situación y confiar; por eso dije en plural: «¿A quien iremos Señor? Tú tienes palabras de vida eterna». Yo mismo no comprendía en ese tiempo muchas cosas del Maestro. Ni pienses que entendía la Eucaristía, pero dejé hablar al corazón, y el corazón me habló con la verdad.
Yo amaba apasionadamente al Maestro y aproveché aquel momento supremo para decir bien claro y bien fuerte: «Yo me quedo contigo». Y, de lo que entonces dije, nunca me arrepentí.

Pregunta: ¿Qué sentiste cuando Cristo Resucitado se te apareció?

Respuesta: Es difícil, muy difícil de expresar, pero lo intentaré. Por un segundo creí ver un fantasma, luego sentí tal alegría que quise abrazarlo con todas mis fuerzas. «¡Es Él!» pensé, pero luego sentí cómo se me helaba la sangre, y quedé petrificado sin atreverme a mover. Él fue quien me abrazó con tal ternura, con tal fuerza… Y oí muy claras sus palabras: «Para mí sigues siendo el mismo Pedro de siempre».

Pregunta: ¿Qué consejo nos das a los que seguimos en este mundo?

Respuesta: Puedo decirles que mi actual sucesor, Benedicto XVI, es de los mejores. Háganle caso y les irá mejor.

Pedro es el típico hombre, humilde de nacimiento, que se hizo grande al contacto con Cristo. El típico hombre, pecador como todos, pero que, arrepentido de su pecado, logró una santidad excelsa.

Entrevista en el cielo a San Pablo

Quisiéramos hoy hacerle algunas preguntas al fariseo Pablo de Tarso.

Pregunta: ¿Qué sentiste en el camino hacia Damasco, caído en el suelo, tirado en el polvo?

Respuesta: Yacía por tierra, convertido en polvo, todo mi pasado. Mis antiguas certezas, la intocable ley mosaica, mi alma de fariseo rabioso, toda mi vida anterior estaba enterrada en el polvo.

Fue cuestión de segundos. Del polvo emergía poco a poco un hombre nuevo. Los métodos fueron violentos, tajantes, «es duro dar coces contra el aguijón», pero sólo así podía aprender la dura lección.

En el camino hacia Damasco me encontré con el Maestro un día que nunca olvidaré.

Aquella voz y aquel Cristo de Damasco se me clavaron como espada en el corazón. Cristo entró a saco en mi castillo rompiendo puertas, ventanas; una experiencia terrible; pero considero aquel día como el más grande de mi vida.

Pregunta: ¿Sigues diciendo que todo lo que se sufre en este mundo es juego de niños, comparado con el cielo?

Respuesta: Lo dije y lo digo. Durante mi vida terrena contemplé el cielo por un rato; ahora estaré en él eternamente. El precio que pagué fue muy pequeño. El cielo no tiene precio. ¡Qué pena da ver a tantos hombres y mujeres aferrados a las cosas de la tierra, olvidándose de la eternidad!

Vale la pena sufrir sin fin y sin pausa para conquistar el cielo. El Cristo de Damasco será mío para siempre; llegando aquí lo primero que le he dicho al Señor ha sido: «Gracias Señor, por tirarme del caballo»; pues Él me pidió disculpas por la manera demasiado fuerte de hacerlo.

Pregunta: ¿Qué querías decir con aquellas palabras: “¿Quién me arrancará del amor a Cristo?”

Respuesta: Lo que las palabras significan: que estaba seguro de que nada ni nadie jamás me separaría de Él, y así fue. Y, si en la tierra pude decir con certeza estas palabras, en el cielo las puedo decir con mayor certeza todavía.
El cielo consiste en: “Cristo es mío, yo soy de Cristo por toda la eternidad” ¿Sabes lo que se siente, cuando Él me dice: «Pablo, amigo mío?».

Pregunta: Un día dijiste aquellas palabras: “Sé en quién he creído y estoy tranquilo”. Explícanos el sentido.

Respuesta: Cuando llegué a conocerlo, no pude menos de seguirlo, de quererlo, de pasarme a sus filas; porque nadie como Él de justo, de santo, de verdadero.
Supe desde el principio que no encontraría otro como Él, que nadie me amaría tanto como aquél que se entregó a la muerte y a la cruz por mí.

Pregunta: ¿Un consejo desde el cielo para los de la tierra?

Respuesta: Uno sólo, y se los doy con toda la fuerza: “Déjense atrapar por el mismo Señor que a mi me derribó en Damasco”.

Si todos los enemigos del cristianismo fueran sinceros como Pablo de Tarso, un día u otro, la caída de un caballo, una experiencia fuerte o una caricia de Dios les haría exclamar como él: «Señor, ¿qué quieres que haga?».

El Papa clausura el Año Paulino en San Pablo Extramuros

En las Vísperas de la solemnidad de San Pedro y San Pablo

ROMA, domingo 28 de junio de 2009 (ZENIT.org).-

Aunque el Año Paulino se concluye, hay cosas que siempre formarán parte de la vida cristiana como “estar en camino junto con Pablo, con él y gracias a él conocer a Jesús, y como él ser iluminados y transformados por el Evangelio”.

Así lo señaló el Papa Benedicto XVI en su homilía durante las vísperas solemnes que presidió este domingo en la basílica de San Pablo Extramuros con motivo de la clausura del Año Paulino.

Orar ante los restos de San Pablo

A las seis de la tarde, el Pontífice entró en la basílica, donde fue recibido en primer lugar por su arcipreste, el cardenal Andrea Cordero Lanza, así como por el vicario de la diócesis de Roma, el cardenal Agostino Vallini.

Todos los cardenales y obispos de la Curia Romana, así como una delegación del patriarcado ecuménico de Constantinopla, participaron también en la ceremonia.

Cientos de peregrinos que no lograron entrar a la basílica clamaban desde el exterior con consignas como “Benedetto” y “Viva el Papa”.

Antes de iniciar las Vísperas, el Santo Padre descendió para orar unos minutos ante el sarcófago donde, según la tradición, yacen los restos del Apóstol de las Gentes.

La tumba de San Pablo estuvo cerrada al público durante varios siglos.

Con motivo de la celebración del Año Paulino, los restos fueron sometidos a un riguroso análisis de Carbono 14 que concluye que existe una alta probabilidad de que efectivamente los restos pertenezcan al apóstol.

“Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente” (Rm 12, 1 –2) fue la lectura que los fieles pudieron meditar durante estas Vísperas.

“¿Qué nos dice San Pablo en este pasaje?”, preguntó el Papa, y prosiguió: “En primer lugar, afirma, como algo fundamental, que con Cristo se ha iniciado un nuevo modo de venerar a Dios, un nuevo culto”.

“Consiste en que el hombre viviente se convierte en adoración, “sacrificio” del propio cuerpo”, afirmó.

“Ya no existen las cosas ofrecidas a Dios ; es nuestra existencia la que debe convertirse en una alabanza a Dios”, añadió.

Peregrinos agradecidos con San Pablo

Desde tempranas horas de la tarde, cientos de personas rodeaban la basílica de San Pablo Extramuros.

Algunos movían sus abanicos para darse un poco de aire ante los calores típicos del verano romano, otros llevaban cámaras de fotos, y muchos, la invitación en la mano para entrar a la basílica.

Uno de los peregrinos era el Padre Luca, que había viajado a Roma con una peregrinación de jóvenes de la diócesis de Bologna.

“Para mí como sacerdote ha sido un año muy importante; San Pablo es un modelo de hombre dedicado totalmente al Evangelio hasta los confines de la tierra; su mayor riqueza fue la de haber encontrado en Cristo la belleza de ser salvado del pecado”, comentó el sacerdote.

“Hemos podido profundizar, leer junto con los fieles –añadió-. La clave de su pensamiento es el encuentro con Jesús que nos libera del pecado”.

Por su parte, la hermana Silvia, perteneciente a la comunidad de las hermanas salesianas, de la Madre del Cenáculo, aseguró que este año “lo sentimos como un proyecto de renovación espiritual y misionero”.

“San Pablo es importante para nuestro carisma salesiano, que es la emergencia educativa y el sistema preventivo”, dijo.

También aseguró que, durante este año, su comunidad ha logrado profundizar en sus Cartas, especialmente las cartas a los corintios y a los romanos.

“Hemos buscado poner en práctica la Palabra de Dios como comunidad y no sólo como personas individuales”, explicó.

ZENIT habló también con la voluntaria de la Asociación Nacional San Pablo en Italia Luisa Aspi, que, durante el Año Paulino, ha asistido a los peregrinos en la basílica, explicándoles el significado de la llama Paulina.

“Este año ha crecido mucho el número de peregrinos –destacó-. Se ve muchísima fe, muchas personas dejan una pequeña vela con lágrimas en los ojos”.

“Por aquí han pasado personas de todo el mundo: japoneses, chinos, coreanos, españoles, alemanes, ingleses, franceses, italianos, polacos, latinoamericanos, estadounidenses,… ”, testimonió Luisa.

“Para mí, San Pablo es un personaje importantísimo porque representa una persona que, a pesar de no haber visto lo que vieron los apóstoles, logró transmitir un espíritu grandísimo del cristianismo”, dijo.

“Nos ha enseñado a permanecer en la vía recta y a no dejarnos atrapar por las cosas más ligeras que al final no sirven”, concluyó Luisa.

Una vez finalizadas las Vísperas, el Papa atravesó la Puerta Paulina, la cual permanecerá abierta, igual que el acceso a la tumba del Apóstol de las Gentes, tras el final del Año Paulino.

Pedro y Pablo, Santos

Fiesta, Junio 29

Pedro y  Pablo,  Santos


Apóstoles y Mártires

Origen de la fiesta San Pedro y San Pablo son apóstoles, testigos de Jesús que dieron un gran testimonio. Se dice que son las dos columnas del edificio de la fe cristiana. Dieron su vida por Jesús y gracias a ellos el cristianismo se extendió por todo el mundo.

Los cadáveres de San Pedro y San Pablo estuvieron sepultados juntos por unas décadas, después se les devolvieron a sus sepulturas originales. En 1915 se encontraron estas tumbas y, pintadas en los muros de los sepulcros, expresiones piadosas que ponían de manifiesto la devoción por San Pedro y San Pablo desde los inicios de la vida cristiana. Se cree que en ese lugar se llevaban a cabo las reuniones de los cristianos primitivos. Esta fiesta doble de San Pedro y San Pablo ha sido conmemorada el 29 de Junio desde entonces.

El sentido de tener una fiesta es recordar lo que estos dos grandes santos hicieron, aprender de su ejemplo y pedirles en este día especialmente su intercesión por nosotros.

San Pedro

San Pedro fue uno de los doce apóstoles de Jesús. Su nombre era Simón, pero Jesús lo llamó Cefas que significa “piedra” y le dijo que sería la piedra sobre la que edificaría Su Iglesia. Por esta razón, le conocemos como Pedro. Era pescador de oficio y Jesús lo llamó a ser pescador de hombres, para darles a conocer el amor de Dios y el mensaje de salvación. Él aceptó y dejó su barca, sus redes y su casa para seguir a Jesús.

Pedro era de carácter fuerte e impulsivo y tuvo que luchar contra la comodidad y contra su gusto por lucirse ante los demás. No comprendió a Cristo cuando hablaba acerca de sacrificio, cruz y muerte y hasta le llegó a proponer a Jesús un camino más fácil; se sentía muy seguro de sí mismo y le prometió a Cristo que nunca lo negaría, tan sólo unas horas antes de negarlo tres veces.

Vivió momentos muy importantes junto a Jesús:

  • Vio a Jesús cuando caminó sobre las aguas. Él mismo lo intentó, pero por desconfiar estuvo a punto de ahogarse.
  • Prensenció la Transfiguración del Señor.
  • Estuvo presente cuando aprehendieron a Jesús y le cortó la oreja a uno de los soldados atacantes.
  • Negó a Jesús tres veces, por miedo a los judíos y después se arrepintió de hacerlo.
  • Fue testigo de la Resurrección de Jesús.
  • Jesús, después de resucitar, le preguntó tres veces si lo amaba y las tres veces respondió que sí. Entonces, Jesús le confirmó su misión como jefe Supremo de la Iglesia.
  • Estuvo presente cuando Jesús subió al cielo en la Ascensión y permaneció fiel en la oración esperando al Espíritu Santo.
  • Recibió al Espíritu Santo el día de Pentecostés y con la fuerza y el valor que le entregó, comenzó su predicación del mensaje de Jesús. Dejó atrás las dudas, la cobardía y los miedos y tomó el mando de la Iglesia, bautizando ese día a varios miles de personas.
  • Realizó muchos milagros en nombre de Jesús.
  • En los Hechos de los Apóstoles, se narran varias hazañas y aventuras de Pedro como primer jefe de la Iglesia. Nos narran que fue hecho prisionero con Juan, que defendió a Cristo ante los tribunales judíos, que fue encarcelado por orden del Sanedrín y librado milagrosamente de sus cadenas para volver a predicar en el templo; que lo detuvieron por segunda vez y aún así, se negó a dejar de predicar y fue mandado a azotar.

    Pedro convirtió a muchos judíos y pensó que ya había cumplido con su misión, pero Jesús se le apareció y le pidió que llevara esta conversión a los gentiles, a los no judíos.
    En esa época, Roma era la ciudad más importante del mundo, por lo que Pedro decidió ir allá a predicar a Jesús. Ahí se encontró con varias dificultades: los romanos tomaban las creencias y los dioses que más les gustaban de los distintos países que conquistaban. Cada familia tenía sus dioses del hogar. La superstición era una verdadera plaga, abundaban los adivinos y los magos. Él comenzó con su predicación y ahí surgieron las primeras comunidades cristianas. Estas comunidades daban un gran ejemplo de amor, alegría y de honestidad, en una sociedad violenta y egoísta. En menos de trescientos años, la mayoría de los corazones del imperio romano quedaron conquistados para Jesús. Desde entonces, Roma se constituyó como el centro del cristianismo.

    En el año 64, hubo un incendio muy grande en Roma que no fue posible sofocar. Se corría el rumor de que había sido el emperador Nerón el que lo había provocado. Nerón se dio cuenta que peligraba su trono y alguien le sugirió que acusara a los cristianos de haber provocado el incendio. Fue así como se inició una verdadera “cacería” de los cristianos: los arrojaban al circo romano para ser devorados por los leones, eran quemados en los jardines, asesinados en plena calle o torturados cruelmente. Durante esta persecución, que duró unos tres años, murió crucificado Pedro por mandato del emperador Nerón.

    Pidió ser crucificado de cabeza, porque no se sentía digno de morir como su Maestro. Treinta y siete años duró su seguimiento fiel a Jesús. Fue sepultado en la Colina Vaticana, cerca del lugar de su martirio. Ahí se construyó la Basílica de San Pedro, centro de la cristiandad.

    San Pedro escribió dos cartas o epístolas que forman parte de la Sagrada Escritura.

    ¿Qué nos enseña la vida de Pedro?

    Nos enseña que, a pesar de la debilidad humana, Dios nos ama y nos llama a la santidad. A pesar de todos los defectos que tenía, Pedro logró cumplir con su misión. Para ser un buen cristiano hay que esforzarse por ser santos todos los días. Pedro concretamente nos dice: “Sean santos en su proceder como es santo el que los ha llamado” (I Pedro, 1,15)
    Cada quien, de acuerdo a su estado de vida, debe trabajar y pedirle a Dios que le ayude a alcanzar su santidad.
    Nos enseña que el Espíritu Santo puede obrar maravillas en un hombre común y corriente. Lo puede hacer capaz de superar los más grandes obstáculos.

    La Institución del Papado

    Toda organización necesita de una cabeza y Pedro fue el primer jefe y la primera cabeza de la Iglesia. Fue el primer Papa de la Iglesia Católica. Jesús le entregó las llaves del Reino y le dijo que todo lo que atara en la Tierra quedaría atado en el Cielo y todo lo que desatara quedaría desatado en el Cielo. Jesús le encargó cuidar de su Iglesia, cuidar de su rebaño. El trabajo del Papa no sólo es un trabajo de organización y dirección. Es, ante todo, el trabajo de un padre que vela por sus hijos.

    El Papa es el representante de Cristo en el mundo y es la cabeza visible de la Iglesia. Es el pastor de la Iglesia, la dirige y la mantiene unida. Está asistido por el Espíritu Santo, quien actúa directamente sobre Él, lo santifica y le ayuda con sus dones a guiar y fortalecer a la Iglesia con su ejemplo y palabra. El Papa tiene la misión de enseñar, santificar y gobernar a la Iglesia.

    Nosotros, como cristianos debemos amarlo por lo que es y por lo que representa, como un hombre santo que nos da un gran ejemplo y como el representante de Jesucristo en la Tierra. Reconocerlo como nuestro pastor, obedecer sus mandatos, conocer su palabra, ser fieles a sus enseñanzas, defender su persona y su obra y rezar por Él.

    Cuando un Papa muere, se reúnen en el Vaticano todos los cardenales del mundo para elegir al nuevo sucesor de San Pedro y a puerta cerrada, se reúnen en Cónclave (que significa: cerrados con llave). Así permanecen en oración y sacrificio, pidiéndole al Espíritu Santo que los ilumine. Mientras no se ha elegido Papa, en la chimenea del Vaticano sale humo negro y cuando ya se ha elegido, sale humo blanco como señal de que ya se escogió al nuevo representante de Cristo en la Tierra.

    San Pablo

    Su nombre hebreo era Saulo. Era judío de raza, griego de educación y ciudadano romano. Nació en la provincia romana de Cilicia, en la ciudad de Tarso. Era inteligente y bien preparado. Había estudiado en las mejores escuelas de Jerusalén.
    Era enemigo de la nueva religión cristiana ya que era un fariseo muy estricto. Estaba convencido y comprometido con su fe judía. Quería dar testimonio de ésta y defenderla a toda costa. Consideraba a los cristianos como una amenaza para su religión y creía que se debía acabar con ellos a cualquier costo. Se dedicó a combatir a los cristianos, quienes tenían razones para temerle. Los jefes del Sanedrín de Jerusalén le encargaron que apresara a los cristianos de la ciudad de Damasco.

    En el camino a Damasco, se le apareció Jesús en medio de un gran resplandor, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” ( Hechos de los Apóstoles 9, 1-9.20-22.).
    Con esta frase, Pablo comprendió que Jesús era verdaderamente Hijo de Dios y que al perseguir a los cristianos perseguía al mismo Cristo que vivía en cada cristiano. Después de este acontecimiento, Saulo se levantó del suelo, y aunque tenía los ojos abiertos no veía nada. Lo llevaron a Damasco y pasó tres días sin comer ni beber. Ahí, Ananías, obedeciendo a Jesús, hizo que Saulo recobrara la vista, se levantara y fuera bautizado. Tomó alimento y se sintió con fuerzas.
    Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco y después empezó a predicar a favor de Jesús, diciendo que era el Hijo de Dios. Saulo se cambió el nombre por Pablo. Fue a Jerusalén para ponerse a la orden de San Pedro.

    La conversión de Pablo fue total y es el más grande apóstol que la Iglesia ha tenido. Fue el “apóstol de los gentiles” ya que llevó el Evangelio a todos los hombres, no sólo al pueblo judío. Comprendió muy bien el significado de ser apóstol, y de hacer apostolado a favor del mensaje de Jesús. Fue fiel al llamado que Jesús le hizo en al camino a Damasco.

    Llevó el Evangelio por todo el mundo mediterráneo. Su labor no fue fácil. Por un lado, los cristianos desconfiaban de él, por su fama de gran perseguidor de las comunidades cristianas. Los judíos, por su parte, le tenían coraje por “cambiarse de bando”. En varias ocasiones se tuvo que esconder y huir del lugar donde estaba, porque su vida peligraba. Realizó cuatro grandes viajes apostólicos para llevar a todos los hombres el mensaje de salvación, creando nuevas comunidades cristianas en los lugares por los que pasaba y enseñando y apoyando las comunidades ya existentes.

    Escribió catorce cartas o epístolas que forman parte de la Sagrada Escritura.

    Al igual que Pedro, fue martirizado en Roma. Le cortaron la cabeza con una espada pues, como era ciudadano romano, no podían condenarlo a morir en una cruz, ya que era una muerte reservada para los esclavos.

    ¿Qué nos enseña la vida de San Pablo?

    Nos enseña la importancia de la labor apostólica de los cristianos. Todos los cristianos debemos ser apóstoles, anunciar a Cristo comunicando su mensaje con la palabra y el ejemplo, cada uno en el lugar donde viva, y de diferentes maneras.

    Nos enseña el valor de la conversión. Nos enseña a hacer caso a Jesús dejando nuestra vida antigua de pecado para comenzar una vida dedicada a la santidad, a las buenas obras y al apostolado.

    Esta conversión siguió varios pasos:
    1.Cristo dio el primer paso: Cristo buscó la conversión de Pablo, le tenía una misión concreta.
    2. Pablo aceptó los dones de Cristo: El mayor de estos dones fue el de ver a Cristo en el camino a Damasco y reconocerlo como Hijo de Dios.
    3. Pablo vivió el amor que Cristo le dio: No sólo aceptó este amor, sino que los hizo parte de su vida. De ser el principal perseguidor, se convirtió en el principal propagador de la fe católica.
    4. Pablo comunicó el amor que Cristo le dio: Se dedicó a llevar el gran don que había recibido a los demás. Su vida fue un constante ir y venir, fundando comunidades cristianas, llevando el Evangelio y animando con sus cartas a los nuevos cristianos en común acuerdo con San Pedro.

    Estos mismos pasos son los que Cristo utiliza en cada uno de los cristianos. Nosotros podemos dar una respuesta personal a este llamado. Así como lo hizo Pablo en su época y con las circunstancias de la vida, así cada uno de nosotros hoy puede dar una respuesta al llamado de Jesús.

    Don Bosco

    Llega a América

    29 de Junio, 2009 – Las reliquias de Don Bosco llegan hoy al Aeropuerto Internacional de Santiago, Chile, para comenzar la peregrinación por Latinoamérica.

    A las 17 se realizará la celebración de bienvenida en la Catedral de Santiago, que presidirá el Cardenal Arzobispo de esa ciudad, Francisco Javier Errázuriz, y acompañará toda la Familia Salesiana.

    La urna de Don Bosco peregrinará a lo largo de Chile hasta el 17 de julio, día previo al inicio del camino en Argentina.

    sitio web:http://www.encaminocondonbosco.com.ar/diario_de_viaje.php

    Día 28 XIII Domingo del Tiempo Ordinario

    Evangelio: Mc 5, 21-43


    Y tras cruzar de nuevo Jesús en la barca hasta la orilla opuesta, se congregó una gran muchedumbre a su alrededor mientras él estaba junto al mar.
    Viene uno de los jefes de la sinagoga, que se llamaba Jairo. Al verlo, se postra a sus pies y le suplica con insistencia diciendo:
    —Mi hija está en las últimas. Ven, pon las manos sobre ella para que se salve y viva.
    Se fue con él, y le seguía la muchedumbre, que le apretujaba.
    Y una mujer que tenía un flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho a manos de muchos médicos y se había gastado todos sus bienes sin aprovecharle de nada, sino que iba de mal en peor, cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la muchedumbre y le tocó el manto –porque decía: “Con que toque su ropa, me curaré”
    . Y de repente se secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que estaba curada de la enfermedad. Y al momento Jesús conoció en sí mismo la fuerza salida de él y, vuelto hacia la muchedumbre, decía:
    —¿Quién me ha tocado la ropa?
    Y le decían sus discípulos:
    —Ves que la muchedumbre te apretuja y dices: “¿Quién me ha tocado?”.
    Y miraba a su alrededor para ver a la que había hecho esto. La mujer, asustada y temblando, sabiendo lo que le había ocurrido, se acercó, se postró ante él y le dijo toda la verdad. Él entonces le dijo:
    —Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu dolencia.
    Todavía estaba él hablando, cuando llegan desde la casa del jefe de la sinagoga, diciendo:
    —Tu hija ha muerto, ¿para qué molestas ya al Maestro?
    Jesús, al oír lo que hablaban, le dice al jefe de la sinagoga:
    —No temas, tan sólo ten fe.
    Y no permitió que nadie le siguiera, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.
    Llegan a la casa del jefe de la sinagoga, y ve el alboroto y a los que lloraban y a las plañideras. Y al entrar, les dice:
    ¿Por qué alborotáis y estáis llorando? La niña no ha muerto, sino que duerme.
    Y se burlaban de él. Pero él, haciendo salir a todos, toma consigo al padre y a la madre de la niña y a los que le acompañaban, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice:
    —Talitha qum
    que significa: “Niña, a ti te digo, levántate”.
    Y enseguida la niña se levantó y se puso a andar, pues tenía doce años. Y quedaron llenos de asombro. Les insistió mucho en que nadie lo supiera, y dijo que le dieran a ella de comer.

    Nada es extraordinario para Dios

    Aquella jornada –una de tantas que pasó Jesús en Palestina– fue, sin duda, memorable sobremanera para los protagonistas de los dos milagros que describe en esta ocasión san Marcos. Lo en gran medida extraordinario sorprende como es lógico. Tenemos muy claro el límite de lo natural, de lo razonable humanamente. Además, aquella mujer y la niña con su familia recibieron un regalo inmenso que, por así decir, revaloró de modo extraordinario sus vidas.

    Para Jesús –en cambio– nada sale de lo natural. En el ámbito divino no se da lo extraordinario. De hecho, más de una vez y con toda naturalidad, diríamos, se extraña de que no terminen de entender que lo suyo es la omnipotencia. “¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?”, murmuran, por ejemplo, algunos escribas, cuando perdonó los pecados a un paralítico, puesto que el pecado, como es ofensa a Dios, que sólo puede perdonar el ofendido. Y, a continuación, cura de inmediato paralítico a la vista de todos, manifestando con un prodigio visible su poder como Dios y, por tanto, para perdonar los pecados. Otro tanto sucedió cuando los Discípulos, llenos de miedo por la tempestad en el lago, lo despiertan y con apenas su gesto calmó el viento: “¡Señor, sálvanos, que perecemos! Jesús les respondió: ¿Por qué os asustáis, hombres de poca fe?”, les reprocha.

    Deberíamos suplicar humildemente el auxilio divino necesario para contemplar el mundo y nuestra vida cotidiana con todo realismo; sin olvidar, por tanto, que, junto a nuestras fuerzas y ante todo, tenemos en favor nuestro la fuerza amorosa de Dios. Más aún, debemos persuadirnos de que no es tan importante la propia capacidad, los logros personales o los méritos adquiridos. Todo lo nuestroa –unque imprescindible–, por grande que sea, por valioso que parezca, por mucho de sea el esfuerzo puesto en lograrlo, es en proporción insignificante frente a la Gracia de Dios. Es necesario el deseo de cada uno por agradar a Dios con lo cotidiano, y ese deseo también es válido, si tenemos muy claro el pobre límite de nuestro talento y que arrastramos no pocos defectos.

    Es Dios mismo quien quiere –quien ha querido desde el principio– nuestras santidad y nuestra felicidad ya en este mundo. Esa santidad y esa felicidad que es completamente imposible –vale la pena insistir en ello– por más que la queramos, con nuestra solas fuerzas y por muchas cualidades y medios que podamos tener. La humildad, que es el sencillo reconocimiento de la verdad sobre el hombre y, en particular, sobre el concreto individuo que somos cada uno, nos lleva, si lo pensamos con calma, a que nos hace falta Dios. “Sin mí no podéis hacer nada”, aseguró Jesús con franqueza durante su Última Cena.

    Pero podemos ahora considerar también, que ese favor divino tan decisivo para la felicidad y plenitud de sentido de la humana existencia, no es en absoluto un escondido y arduo tesoro accesible a duras penas. Por el contrario, Dios quiere enriquecer a su criatura querida. De hecho, Jesús nunca negó su favor sobrenatural, bien consiente de hasta qué punto nos es necesario y siendo incapaz de negar el bien a quienes tanto ama.

    Los dos milagros del pasaje que hoy consideramos nos enseñan, por una parte que Dios es de suyo favor hacia los hombres: se diría que casi “sin querer” cura a la hemorroisa; por otra que está en la realidad concreta y práctica de lo cotidiano, incluso de las necesidades más meramente humanas y materiales: “y dijo que le dieran de comer”, fueron sus palabras después de resucitar a la niña. ¿Dudamos a veces de que a Dios le importa mucho nuestra vida o de que hace siempre lo mejor?

    Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, ejemplo, estímulo y consuelo nos asiste –pidámsselo confiadamente– para ganar en fe y esperanza; para que nuestro amor a Dios sea de paz confiada y feliz.

    Un año en el que la Iglesia ha redescubierto el mensaje de san Pablo

    Explica a ZENIT el cardenal Andrea Cordero Lanza de Montezemolo


    CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 26 junio 2009 (ZENIT.org).- El Año Paulino no sólo ha batido records de visitas de peregrinos a la tumba del apóstol san Pablo en Roma, ha servido además para que la Iglesia universal redescubra la importancia y el mensaje del apóstol de las gentes, explica el cardenal Andrea Cordero Lanza di Montezemolo. El purpurado italiano, arcipreste dela Basílica de San Pablo Extramuros, hizo este viernes un balance sintético de estos doce meses para ZENIT al margen del encuentro que mantuvo con este motivo con los periodistas en la Sala de Prensa de la Santa Sede.

    Redescubrimiento del mensaje de Pablo

    Según explicó el cardenal, quien propuso al Papa la convocación de este año para la toda la Iglesia, el gran fruto recogido ha sido “dar a conocer mejor y meditar el riquísimo mensaje del apóstol de las gentes en sus escritos que, a menudo son difíciles y poco conocidos o interpretados mal”.

    “Lo que Pablo presenta es la Palabra de Dios como norma para nuestra vida de todos los días”, sintetiza el purpurado al recoger el mensaje del apóstol.

    Según el cardenal, nacido hace 83 años en Turín, este fruto ha podido recogerse en parte y sobre todo gracias al magisterio que durante estos doce meses ha ofrecido el Papa Benedicto XVI sobre la figura de Saulo de Tarso.

    En particular, el cardenal evoca con gusto el momento en el que el Papa le anunció que al inicio de este años decidió interrumpir las catequesis de los miércoles sobre las grandes figuras de la historia de la Iglesia para dedicarse a profundizar en la vida y mensaje de Pablo.

    El Papa como doctor de la Iglesia como teólogo tiene una capacidad extraordinaria para hacer fáciles las cosas difíciles”.

    Por este motivo, reconoce, el gran fruto de este año ha podido tener lugar gracias a las catequesis del Santo Padre, pronunciadas entre el 2 de julio de 2008 y el 4 de febrero de 2009 y que ahora la Librería Editora Vaticana presenta en un volumen.

    Entre los eventos eclesiales de este año, el cardenal subraya “la apertura del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios, que el Papa llevó a cabo el pasado mes de octubre en la basílica de San Pablo”.

    De hecho, en esa cumbre mundial de obispos, San Pablo, después de Jesucristo, fue el autor más citado.

    Impacto ecuménico

    Este fruto del Año Paulino, añade, no sólo ha podido constatarse en la Iglesia católica, sino que además se ha extendido “a todos los cristianos”, alcanzando así un real impacto ecuménico.

    Como ejemplo, cita la “Sinaxis”, el encuentro de los patriarcas de las Iglesias Ortodoxas en Constantinopla, celebrado en octubre, en el que se propuso un congreso sobre san Pablo.

    El otro fruto ecuménico de este año, explica, son las visitas de los patriarcas con amplias delegaciones de Iglesias orientales, católicas y no católicas, a la Basílica de san Pablo en Roma.

    Han sido numerosas también las peregrinaciones a San Pablo Extramuros promovidas por Iglesias surgidas de la Reforma.

    La Puerta Paulina sigue abierta

    “El Año Paulino concluye”, reconoce el cardenal, “pero los beneficios espirituales que ha suscitado en todo el mundo deben continuar”

    La Puerta Paulina de la Basílica de la que es arcipreste seguirá abierta, y la llama que Benedicto XVI encendió al inicio de este año seguirá encendida, como manifestación de que estos frutos deben continuar irradiando a la Iglesia y al mundo.

    En este sentido, el cardenal cree que este nuevo Año Sacerdotal, en el 150 aniversario del fallecimiento de san Juan María Vianney, santo cura de Ars, es una oportunidad para profundizar en los frutos del Año Paulino.

    Con esta iniciativa, constata, el Papa presenta a los sacerdotes la figura de Pablo como modelo para sus vidas y de relación con Dios.

    Por Mercedes de la Torre