Idilio

Los amantes se pierden en los turbios mataderos de la fantasía;

y tú, pequeña diosa andariega, te consumes en viejas heridas…

Te entregas a todos en el café de la resignación.

Para mí, tu corazón huele a flores marchitas donde el

amor se pierde.

No sé si han sido rotas las piedras del tiempo

como lápidas nocturnas de una eterna Afrodita .

No sé todavía qué vieja canción te llevó por esa calle indebida.

Qué tratado de los sueños te confunde,

para que no te vaya a tentar ese trozo del Cielo y del Infierno.

Los amantes se esconden y se besan hasta en la muerte,

como en un parque maravilloso,

y descubren un día que nacen mudos como estatuas,

con caprichosas poses encantadas, entre peces rojos y dorados.

Por tu pelo baja el sol hacia las plantas de los jardines solos,

que enciende el mar en sus ensoñaciones temibles.

Yo soy el extranjero que siempre toca la playa indebida,

el que guarda tus pensamientos en una cripta de fuego

y cierra la puerta de la desolación.

Acaso un cantor envenenado, por un raro licor que resplandece en

la sombra.

Mientras los amantes se acarician en la claridad de la luna.

Son falsas las estatuas después de las ausencias.

¡Debieras saber que desde hace mucho tiempo, están muertas de amor!


Circo

LA AMAZONA DE CHAGALL


La amazona de Chagall retozaba con su cabellera sonámbula.

Porque fuera del circo, las ánimas volaban en sentido contrario a su soledad.

Con boca de carmín, la amazona hacía piruetas sobre los caballos

/que corrían en círculo,

con ojos en los que palidecía el clamor de un sufrimiento secreto.

La amazona de Chagall, gritaba como una donna herida.

Hacía restallar el látigo sobre esas bestias desesperadas.

Y aquellos ojos se perdían en la noche.

Porque esa mujer era la amazona de Chagall,

con sus senos desnudos y un vestido cubierto de flores,

entre azules cobalto y violines gitanos…

¿Qué esperaban los del público?

¡Esos caballos eran su huída indetenible hacia la nada,

bajo la lona de las ilusiones perdidas!

Pero la musiquilla atravesaba mi corazón y esa donna,

relampagueaba ante mí como un ángel de la fatalidad.

De los poetas del Río de la Plata

IDA VITALE

OCASO DE SIRENAS

Entre Gómara, Oviedo y Anglería

va Durand de sirenas a manatos

con lírico-científicos boatos

y mitologizando zoologías.

Como todo va al fin, postrimerías

son de sirenas éstas, arrebatos

para que, unidos, últimos sensatos

salven sirenios por las aguas frías.

La ciencia acata, como estando en misa,

de quien rescata lo que ya prescribe.

Mas la caracoleante manatiza

mi confianza en el delfín no inhibe:

este Ocaso precioso solemniza

méritos magnos que su raza exhibe.

—oo0oo—

Juan C. Onetti

LA NOVIA ROBADA (fragmento)

Santa maría tiene un río, tiene barcos.Si tiene un río tiene niebla.

Los barcos usan bocinas, sirenas.Avisan, están, pobre bañista y

mirador de agua dulce. Con su sombrilla, su bata, su traje de baño,

canasta de alimentos, esposa y niños, usted, en un instante en seguida

olvidado de imaginación o debilidad, puede, pudo, podría pensar en el

tierno y bronco gemido del ballenato llamando a su madre, en el bronco,

temeroso llamado de la ballena madre. Está bien; así, más o menos,

sucede en Santa María cuando la niebla apaga el río.

—oo0oo—

Los Poetas y las Sirenas

CONRADO NALÉ ROXLO

LA SIRENA

Va la sirena muerta por el río

Con una flecha al corazón clavada,

Y desde la ribera desolada

Mis lágrimas la siguen por el río.

Mía no fue, pero fue un sueño mío.

¿Quién la devuelve al mar asesinada?

¿Por qué pasa ante mí, muerta y dorada?

¿Dónde perdió su corazón y el mío?

¿En qué arrecife de coral distante

irá a encallar su frágil hermosura?

Con ella encallará mi sueño amante.

Y del dardo mortal la pluma oscura

Indicará en la tarde el navegante

Que allí tiene la mar más amargura.

—oo0oo—

(De otro cielo, 1952)

Sirenas y otros duendecillos

DE LA CIUDAD DEL MAR DULCE Y OTRAS ESPEJERÍAS

“En este paraje, que es garganta de las dos indias, asisten
tarascas con hambre peligrosa de flotas y naves, dando
qué pensar a Lima y a Potosí (por afirmar la geografía) que
pueden paso entre paso, sin mojarse los pies, ir a rodar aquellos
cerros, cuando enfadados de navegar, no quieren resbalarse por
el río de la Plata, o irse, en forma de cáncer, mordiendo las costas
por Buenos Aires, y fortificarse trampantojos del pasaje.”
Don Francisco de Quevedo, de La hora de todos y la fortuna con seso


Las centurias y sus malos vientos, arrebataron a Buenos Aires de su Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora Santa María y, por si fuera poco, de su primitivo gentilicio del Buen Ayre. Desamparada por esos endemoniados vientos, también quedaron las ruinas de unas fortificaciones que han ido perdiendo sus defensas ante las aguas que don Juan Díaz de Solíz llamó Mar Dulce, por ser un mar y un río a la vez. Y a cuyas orillas murió él mismo en su intento por hacer pie en la playa y establecer así la primera piedra de fundación. Pero a cambio de ello, don Juan Díaz de Solíz fue despedazado por los aborígenes del lugar y seguidamente comido ante la mirada atónita de los demás integrantes de su expedición que observaban el espectáculo desde las naos. Pero aunque esto ya es historia y desprovista de toda fantasía o espejería de colonización, la ciudad tuvo su primera piedra de fundación recién en 1536, con el Adelantado don Pedro de Mendoza, y ese Mar Dulce tomó el nombre real de Río de la Plata, de aguas dulces que según sus primeros pobladores estaban habitadas de sirenas y volátiles de distintas especies.

Este río que por mucho tiempo también llevó el nombre de Solíz, fue asiento de la primera ciudad; pero oculto en algún lugar, le apareció un escudo de armas y una costanera portuaria que protege a una población que tomaría fuerza mucho después de 1580, o sea, después de su segunda piedra de fundación, por don Juan de Garay, con agua de mar dulce que se agolpan en pequeñas oleadas que dan rueda libre a los cielos, a los pájaros, a las proas perdidas venidas de ultramar, a la sirena “hermosa como una bella dama” al decir de don Martín del Barco Centenera y a otras especies acuosas como venidas en oleadas de un mapa renacentista. Cercada por potencias imperiales y piratas de las más oscuras procedencias. Hasta adquirir noción de su propio poder.

Se cuenta que de aquella segunda fundación, Garay reparte tierras entre sus capitanes, el 11 de junio de 1583, otorgándole a Don Rodrigo Ortiz de Zárate la lonja que incluía “Los ombúes”.

“En nuestro amor de Buenos Aires predomina, en cambio,una rara inquietud paternal, como si todavía, y en cierto modo, fuéramos los constructores de la ciudad que crece a nuestro lado, como si la infancia de la ciudad se prolongase más allá de nuestra muerte; por eso es que nuestros ojos no se apartan de su estatura, y es por eso que la contemplamos como se contempla a un niño, cabe decir, en enigma, en recelo y en esperanza.” (Leopoldo Marechal, Fundación espiritual de Buenos Aires, 1936)


Tal parece ser el primitivo esbozo geográfico de la tenida por cuarta ciudad más importante del nuevo mundo. Pero el estilo que se ha ido forjando, ensambladura tras ensambladura, con los nuevos tiempos, requiere un estilo de crónica que pinte esta ciudad en su prodigioso cambio, en sus relieves más significativos y en sus edificaciones inesperadas, de tierra firme, para lograr las alturas jamás vistas de “Reina del Plata”como se la ha apodado en épocas más recientes.

Y esta ciudad ha tenido cientos de cronistas y versificadores que descifraron los cuatro puntos cardinales de una brújula antañona que siempre gira hacia el sur. De ahí que bien entrada la época moderna fuera cobrando mayor esplendor. Ese es su linaje.

Los primeros destellos de ciudad

Los orígenes de Buenos Aires fueron humildes; pero nutridos de señorío y heroicidad.

De aquel extendido paralelogramo de planos y extraños dibujos de sus adelantados, hoy podría observarse que el proyecto –realmente curioso por su simplicidad- estaba dividido en cuadras de 150 caras cada una. De la que surgieron como una escritura urbanística, sus calles. Y de estas primitivas calles y callejuelas, su fisonomía edilicia fundacional, iglesias, municipios, plazuelas y casas de vecindad, que, en definitiva, irían esbozando con el tiempo y su desarrollo, una cultura y una mitología popular: la de monstruos marinos y doncellas con cola de pescado que merodeaban las costas envueltas en oleajes misteriosos.

Un escritor moderno, Manuel Mujica Laines, hace un estupendo retrato de la sirena de agua dulce, cuando dice en Misteriosa Buenos Aires: “Ya no regresó a la laguna de Itapuá. Nadaba perezosamente, semiescondida por el fleco de los sauces, y los pájaros acallaban el bullicio para oírla cantar (…) Va de un extremo al otro de los ríos patriarcales. No teme ni a los remolinos ni a los saltos que levantan cortinas de lluvia transparente; ni al rigor del invierno ni a la llama del estío. El agua juega con sus pechos y con su cabellera; con sus brazos ágiles; con la cola de escamas azules prolongada en tenues aletas caudales color del arco iris. A veces se sumerge durante horas y aveces se tiende en la corriente tranquila y un rayo de sol se acuesta sobre la frescura de su torso. Los yacarés la compañan un trecho; revolotean en torno suyo los patos y las palomas llamadas apicazú, pero presto se fatigan, y la Sirena continúa su viaje, río abajo, río arriba, enarcada como un cisne, flojos los brazos como trenzas, y hace pensar en ciertas alhajas del Renacimiento, con perlas barrocas, esmaltes y rubíes.” (1)

De aquellas monstruosas criaturas, que al decir del extremeño versificador D.Martín del Barco Centenera, como el que emerge de su Argentina, y del que hablan ya otros viejos poemas:

Un pece de espantable compostura

Del mar salió reptando por el suelo

Subióse ella huyendo en una altura

Con gritos que ponía allá en el cielo.

El pece la siguió: la sin ventura

Temblando está de miedo con gran duelo;

El pece con sus ojos la miraba,

Y al parecer gemidos arrojaba,

Salió en estado el galán de la montaña

Y el pece se metió en la mar huyendo…

Otros vientos, ahora benéficos, cambiaron la fisonomía de aquel Puerto que un día se llamó de Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre.

Génesis de una calle

Por Real Cédula de 1776, un nuevo virreinato, llamado de Buenos Aires, emerge en el contexto colonial. D. Pedro de Cevallos fue su primer Virrey y D. Baltazar Hidalgo de Cisneros, el último. Pero hubo otros.

Nuestro querido cronista, Don Leopoldo Marechal, describe el panorama de una calle que proviene de esta ciudad. Su paisaje era fangoso después de las lluvias. Porque esos caminos eran más bien desfiladeros forjados por el uso desde el río a tierra firme. Apenas si el traslado del puerto a la urbe iba dibujando un trayecto, al principio inhóspito, pero en la medida de los constantes traslados en carreta se iba dibujando el primer viaducto. Es decir, que más allá de sus primeros planos, la ciudad iba escribiendo con su propia letra la dimensión de sus calles.

El primer nombre que tomó de los ancestros fue San Nicolás, en época del Virrey Vértiz, es decir, el de un convento que hacía sonar sus campanas desde maitines hasta la hora nona. Pero que desde que canta el gallo, o sea después de la colonia, tomó el nombre de Corrientes, una callecita de apenas dos cuadras, en homenaje a la provincia del mismo nombre.

Y así, –nos dice Don Leopoldo- mientras las calles del sur se transforman y animan al paso del progreso, la de Corrientes inicia su destino de Cenicienta, sin luz para su noches y sin afirmados que pongan freno a sus polvaredas en verano ni a sus barriales en invierno. Cierto es que los ombúes de la Alameda, plantados por Vértiz, llegan hasta la desembocadura y aun la sobrepasan; pero el rumor de las cabalgatas elegantes permanece ajeno al espíritu de la calle norteña.” (2)

La parte sur quedaba librada a la imaginación de los curiosos.

Cuenta otro cronista que en 1768, los cabildantes, con el objeto de aumentar las tierras de la planta urbana que pagaban tributo, tomaron siete cuadras del ejido, y entonces nuestra calle ganó en importancia, porque se convirtió en el límite norte de la ciudad, donde se separaba del cono urbano del campo. Aquí ya reinaba el rancherío; era campo lejano; era la pampa. Poco a poco la calle se ensanchaba e iba tomando importancia. Al lado de las casas de adobe con patios rosados de malvones, se instalaron las pulperías modestas donde concurría el vecindario. Allí aparecieron los primeros cantores del ejido que al compás de la guitarra contaban historias lejanas, y que cuando eran perseguidos por la justicia se internaban, sin rimbo, en la inmensidad de la pampa verde…

De modo que desde su fundación, la calle es metáfora refundidora de voces, corolario de recuerdos y emblema de melancolías, donde se teje el acontecimiento lírico y épico de sus habitantes.

Pero para un catastro de almas, habría que comenzar por sus cronistas, después por sus edificaciones, sus veletas, sus chimeneas, sus pararrayos, sus angelotes de piedra y subterráneos suelos, que a veces son su contrapartida interior.

El primer trazado de esta calle aparece mucho después, como dijimos, de los planos iniciales de este enclave rioplatense que se llamó, hay que recordarlo, Ciudad de la Santísima Trinidad.

La iglesia San Nicolás de Bari


Como la población de Buenos Aires aumentaba y hacia el final del período colonial su caserío se extendía desde el Retiro hasta el Riachuelo, donde había aparecido, sobre sus márgenes una pequeña población portuaria. Como es de suponerse, la plaza era el centro de la ciudad y en sus proximidades estaba activa la mayor parte del comercio donde funcionaban las oficinas públicas y otros establecimientos que comprendían la vida cotidiana. Sobre el borde de la meseta, en la plaza, mirando hacia el río, se había construído el Fuerte, con el propósito de defender todo el movimiento portuario. Este fuerte, de acuerdo a los planos del ingeniero José Bermúdez de 1708, tenía una forma cuadrangilar, con sus ángulos salientes en forma de puntas, y sobre el frente del río dos grandes eminencias cuboides, cuyos paredones descansaban sobre la playa, encerrando entre ambas una especie de dársena abierta y seca casi siempre. La parte superior de esta fortaleza era una gran plataforma rodeada por una pared baja, y encerrada en un perímetro la casa del Virrey y algunas oficinas administrativas. Cabe agregar que estaba sólidamente construida en recia piedra y compactos ladrillos. Del otro lado, estaba la Catedral y, dividiendo transversalmente la plaza en dos secciones, se encontraba la recova, con sus mercados debajo de ella.

Dicen algunos cronistas que la ciudad vista desde el río “era un caserío blanco y chato”, no muy abigarrado, pues huertas y quintas separaban muchos de sus edificios, todos ellos de un sencillo estilo de tradición andaluza.

Desde la época colonial -como señala Marechal- hubo una callecita llamada originalmente de San Nicolás, de apenas dos cuadras; porque nacía en la iglesita del mismo nombre (San Nicolás de Bari) que cambió después de los acontecimientos de 1807, al de calle Inchaurregui, y luego de 1810, como resultado del proceso emancipador, pasó a llamarse Corrientes como homenaje a la provincia del mismo nombre situada en el extremo noreste de Argentina. En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Como se dijo, la nueva administración después del virreynato optó por cambiar el nombre y adecuar al proceso de transformación la calidad urbanística. Originalmente, como otras, fue parte de una calamidad que en épocas de lluvia, generaba dramáticos lodazales y espectaculares riachos artificiales, cuyo drenaje mortificaba a los porteños que con el pasar del tiempo, fueron subsanando a medida que el barro se los permitía. Sabido es que los españoles se resistían a empedrar las calles porque partían de la superstición de que hacerlo era un error romano.


Después de las invasiones inglesas

Nuestro cronista nos dice que al menos una columna inglesa entró por esta calle San Nicolás, para internarse en la ciudad el 5 de julio de 1807. Su destino se desconoce. Pero las gentes sepultaron su presencia en comunión con la población que rechazó a los invasores. Sobremonte no estuvo a la altura de los acontecimientos y por decisión popular el sucesor, Virrey Santiago de Liniers, redobló su espíritu defensor. Un Teniente Coronel inglés, Lancelot Holland, recuerda así el momento de la segunda invasión a Buenos Aires: “El propio Pack tenía cinco balazos en sus ropas, dos de los cuales le habían herido levemente; había perdido gran número de oficiales y soldados, entre muertos y heridos. Algunos fueron abandonados en las calles y unos pocos estaban con él. Habían sido tiroteados desde las casas.” (3)

En 1808 la calle San Nicolás cambió por la de Inchaurregui. En realidad, era en homenaje al regidor José Santos Inchaurregui, quien había tomado notoriedad durante la ocupación de las tropas imperialistas del Reino Unido.

Aunque no fue por mucho tiempo. Ya se sabe que después de la Revolución de Mayo, los patriotas no se demoraron en cambiar los nombres de las calles que evocaban la nomenclatura española. Sin embargo, la calle Inchaurregui recién sería bautizada con el gentilicio Corrientes, a partir del año 1822 cuando todavía pertenecía al suburbio porteño. Y fue durante el gobierno de Bernardino Rivadavia, en 1827, cuando se decretó oficialmente que era una de las avenidas de 30 varas de ancho que debía correr de Este a Oeste desde Callao.

Un poco más hacia Retiro, específicamente en los predios de Plaza San Martín, el propio Libertador don José de San Martín, entrenaba sus tropas de granaderos a caballo. Dando así orígen al legendario Ejército de los Andes.

Un poeta que colaboraba en “Proa” y en “Martín Fierro”, autor de La Calle del agujero en la media, hace una descripción de la Buenos Aires añeja en Polka de la “tarjeta de cartón”:

I

“¿Quién no conoció el peinado

que usaba misia Felisa,

su pollera con bordado,

su cara llena de risa,

sus patios con emparrado,

sus fiestas con pericón

y quién no estuvo invitado

“con tarjeta de carton”?

II

¿Quién no conoció la gloria

de matear bajo la parra

cuando cantaban victoria

los dedos de la guitarra,

cuando el mísero colado

salía por el balcón

porque no estaba invitado

“con tarjeta de cartón”?

En 1834 se construyeron en sus primeras cuadras algunas casas señoriales que fueron iluminadas con faroles de vela de sebo, que se encendían en noches de luna. Mientras que la calle Rivadavia (conocida antiguamente como la calle de las torres) se alejaba hacia el interior uniendo los pueblos de Belgrano y Flores, Corrientes no salía de su estancamiento. Y durante veinte años es la humilde calle de arrabal que tiene pretenciones de ciudadanía. Pero comenzó a tomar importancia cuando algunas familias linajudas habían fijado domicilio en la primera cuadra, como renunciando al barrio sur. Desde entonces, comenzó a tomar relieve.

La época de Rosas

En el período de la dictadura rosista se remodeló la fisonomía de esta calle y se empedró esta arteria vial hasta bien entrada la media centuria el siglo XIX. El gobernante también dictó resoluciones urbanísticas acerca de los tejados, fachadas de las casas, y sobre el alumbrado público, etcétera.

Marechal atribuye a la dictadura de Juan Manuel de Rosas algún sentido urbanístico y de crecimiento poblacional, haciendo ver que un censo levantado en 1836, los habitantes de color conformaban casi un tercio del total de sus habitantes, cifra que sólo la parroquia de Monserrat sobrepasaba por entonces: “En su mayor parte la población blanca de la calle Corrientes pertenecía, como en otras épocas, a la clase de los artesanos, servidores, pequeños industriales y mercaderes; el resto lo integraba la burguesía, que ya hemos visto ubicarse allí al comenzar el siglo, y un nuevo aporte social que inició el prestigio de nuestra calle: me refiero a las numerosas familias de tradición que a lo largo de la época rosista, y señalando la valorización creciente del norte porteño, fueron señalándose en la calle, desde San Martín hasta Suipacha.”

En esos años era común ver a los denominados serenos recorriendo las calles, encendiendo las lámparas del alumbrado y voceando a viva voz: “Las doce han dado y sereno. ¡Viva la Santa Federación! ¡Mueran los Salvajes Unitarios!” Era la época del Restaurador de las Leyes. El romántico Esteban Echeverría escribía desde su exilio:

Doquiera llevo

Mis tristes ojos,

Hallo despojos

Del dulce amor;

Doquier vestigios

De fugaz gloria,

Cuya memoria

Me da dolor.

Fue la época de Primera Campaña al Desierto y de la muerte, por orden de Don Juan Manuel de Rosas por fusilamiento, de Camila O´Gorman (1848) por el pecado de amar a un curita confesor llamado Gutiérrez. Y a propósito de lo cual, Don Domingo Faustino Sarmiento, escribió: “El oficial que hizo fuego se enloqueció, y en la vecindad quedó el terror de un grito agudísimo, dolorido y desgarrador que lanzó al sentirse atravesado el corazón.”

En el ambiente del Buenos Aires de entonces, la calle Corrientes no estuvo ajena a aquellos personajes vestidos de color punzó (tal era la divisa de los partidarios de la Dictadura) hasta que con el tiempo y caído el gobierno de Rosas (después de la batalla de Caseros) se cambiaron los frentes de las casas por otros colores, entre los cuales se veía el verde inglés y el azul en sus diversas tonalidades. Así también, con el tiempo, y el cambio de siglo, se convirtió en avenida; y de ser una asfaltada calle angosta de tranvías a caballo, pasó a ser una impetuosa avenida (específicamente en 1936) cuando se transformó en calle ancha en la que circulan todo tipo de transportes.

El cronista urbano


De la extensa e inabarcable obra de don Leopoldo Marechal (Argentina 1900-1970), éste, Historia de la Calle Corrientes, (1937), parece ser uno de esos libros que expresa el sentimiento, la fastuosidad y la gallardía de un escritor que ama su ciudad hasta límites desconocidos, en la medida que la ciudad se transforma y se rige por su historia, sus leyendas y sus personajes.

Evidentemente, para un poeta tan denso, y atraído por el lenguaje y la geografía de Buenos Aires y sus barrios de misteriosas fisonomías, la calle es un reducto singular, un laboratorio de melancolías, que va tomando forma y espíritu, como también, y al mismo tiempo, va conformando su obra, corpus y personalidad, una obra tan avasallante como la que este gran escritor argentino estaba apenas insinuando por en ese año de 1937. O sea que para ese entonces, don Leopoldo, ya tenía publicados: Los aguiluchos (1922); Días como flechas (1926); Odas para el hombre y la mujer (1929), que obtuvo el Premier Premio Municipal de Poesía; Laberinto de amor (1936). Y, como es natural, en un cronista como él, conocedor de paisajes urbanos en su dimensión literaria, estaba en pleno proceso su mayor pieza épica, Adán Buenosayres, novela que redimensiona y estratifica un paisaje interno revelador, cuya frondosidad es la estampa de una ciudad articulada como eje de un viaje homérico, entre personajes trashumantes del martinfierrismo de la década de los años veinte y los recovecos más inesperados de una ciudad alquímica. De esa pasión, nacerán, también, varias obras de la dramaturgia, de la ensayística y dos novelas fundamentales, El banquete de Servero Arcángelo y Megafón o la guerra, que cerrarán la tríada comenzada con Adán Buenosayres.

Una vez ubicado el cronista de esta calle Corrientes y expuesta al lector la alucinante obra literaria de este escritor, proscripto por muchos años en el contexto nacional por su pensamiento político, su obra no se detiene ahí, él es testigo de su tiempo y registra importantes acontecimientos latinoamericanos como la epopeya de la Revolución Cubana, tan tergiversada y negada a lo largo de estos años. En oportunidad de viajar como jurado del concurso casa de las Américas, él esbozó un texto, La isla de Fidel, que fue publicado y censurado en Argentina; pero repetidamente editado en distintos medios literarios del país. Texto que es un verdadero documento de un poeta e intelectual católico que desea expresar al mundo y al pensamiento de su época y de las generaciones futuras su visión acerca de aquel acontecimiento social.

Sus poetas de arrabal, sus cantores…

Las inmigraciones de fines del siglo XIX trajeron el cosmopolitismo de la ciudad. Eran otros vientos atraídos por el paisaje de Buenos Aires. A la sangre española se añadía la italiana y otras que también convergían en el lugar.

Fue nada menos que la pluma de uno de los más grandes escritores argentinos, don Leopoldo Marechal, quien a la usanza de los antiguos cronistas, escribió en 1937, una Historia de la calle Corrientes, como homenaje al cuarto centenario de la ciudad de Buenos Aires. Y así lo confiesa el maestro desde sus primeras páginas: “Merced a viejos planos y a censos antiguos de una poética ingenuidad trataría yo de seguir los primeros trazos de la calle abiertos en la llanura querandí junto al “río epónimo” como lo llamaba Ricardo Rojas, y avizorar el semblante lejano de sus primeros vecinos.”(1)

Fue cantada también por poetas, como Celedonio Flores, que ya soñaba con una mitología popular donde el tango y los teatros de revistas, pasaran a ser sus intérpretes obligados. Un célebre y paradigmático tango del lunfardo, Corrientes y Esmeralda, ha perdurado en el tiempo y dado vida a grandes pasiones que el polvo no ha conseguido borrar. Así dice en endecasílabos rimados:

Amainaron guapos junto a tus ochavas

cuando un cajetilla los calzó de cross

y te dieron lustre las patotas bravas

allá por el año… novecientos dos…

Esquina porteña , tu rante canguela

Se hace una mélange de caña, gin fizz,

Pase inglés y monte, bacará y quiniela,

Curdelas de grapa y locas de pris.

El Odeón se manda la Real Academia

Rebotando en tangos el viejo Pigall,

Y se juega el resto la doliente anemia

Que espera el tranvia para su arrabal.

De Esmeralda al norte, del lao de Retiro

Franchutas papusas caen a la oración

A ligarse un viaje, si se pone a tiro,

Gambeteando el lente que tira el botón.

En tu esquina un día, Milonguita, aquella

Papirusa criolla que Linning cantó,

Llevando un atado de ropa plebeya

Al hombre tragedia tal vez encontró.

Te glosa en poemas Carlos de la Púa

Y el pobre Contursi fue tu amigo fiel…

En tu esquina rea cualquier cacatúa

Sueña con la pinta de Carlos Gardel.

Esquina porteña, este milonguero

Te ofrece su afecto más hondo y cordial.

Cuando con la vida esté cero a cero

Te prometo el verso más rante y canero

Para hacer el tango que te haga inmortal.

Esta calle ya era una calle con historia. El segundo verso de este tango, alude a Jorge Newbery que más allá de sus hazañas aéreas también sobresalía en el boxeo.

En una palabra, la calle Corrientes, a lo largo de su existencia, pasó de ser un trayecto obligado en la fisonomía de la ciudad. Una calle que comienza en el puerto y culmina en el cementerio de la Chacarita, en Lacroze al 6200. Algo de eso debió de sentir Borges al escribir el poema Calle con almacén rosado: “Mis años recorrieron las veredas de la tierra y el agua/ y sólo a vos el corazón te ha sentido, calle/ dura y rosada…” También el poeta Nicolás Olivari, autor de la Musa de la mala pata, era un asiduo habitué de la calle Corrientes.

Y un cantante, conocido desde sus inicios como Carlos Gardel, pupilo del Mercado del Abasto en Corrientes y Agüero y de los boliches aledaños, se formó en ese viaducto porteño. En realidad, según sus documentos, nació en Francia y su verdadero nombre era Carlos Romualdo Gardés. Pero fue en Buenos Aires y en las postrimerías de la calle Corrientes, donde templó su voz y formó su temperamento de Zorzal Criollo. El conocido Mercado de Abasto, donde se faenaban y vendían los productos que eran el alimento de la población porteña, fue su refugio, su inspiración y florecimiento. Así empezó su carrera artística. ¿Habría que redimensionarlo a otro escenario cuando ese, claro está, era el natural? Y el homenaje que el pueblo le rindió a su muerte, lo estableció así, llevándolo por última vez a lo largo de esa calle que él amó desde sus primeros años.

El obelisco y la carta de ciudadanía

Se elevó este símbolo a raíz de cumplirse el centenario de su fundación. Mirando hacia el cielo y relacionando a la calle Corrientes con los cuatro puntos cardinales, como una rosa de los vientos, allí quedó para su memoria los versos del poeta Baldomero Fernández Moreno:

¿Dónde tenía la ciudad guardada

esta espada de plata refulgente

desenvainada repentinamente

y a los cielos azules asestada?

Ahora puede lanzarse la mirada

Harta de andar rastrera y penitente

Piedra arriba hasta el sol omnipotente

Y descender espiritualizada.

Rayo de luna o desgarrón de viento

En símbolo cuajado y monumento,

Índice, surtidor, llama, palmera.

La estrella arriba y la centella abajo,

Que la idea, el ensueño y el trabajo

Giren siempre a tus pies, devanadera.

Esta elevación que no dejó de despertar ciertos recelos metafísicos en los porteños, se dirige a los cuatro puntos cardinales. Y es un punto obligado de atención geográfica en el espectro ciudadano. En una palabra: el obelisco es la calle Corrientes.

Del Royal Keller al barrio Lacroze

El vanguardismo literario argentino tuvo sus polémicas propuestas en esa calle de los insomnes: el ultraísmo, derivado del movimiento español del mismo nombre. Sin embargo Marechal, prefiere la denominación martinfierrista, ya que sus participantes pertenecían a la revista Martín Fierro.

¿Porque ultraísmo?

Borges, a su regreso de la península, en 1921, trae la representación de la revista Ultra de Madrid, y es el impulsor, junto a poetas y escritores como Francisco Luis Bernárdez, Eduardo González Lanuza y Guillermo de Torre del grupo Florida, una vanguadia de perfil nacional.

Ante el cuestionamiento de cuál es el nombre correcto, si martinfierrismo o ultraísmo, las razones que invoca Marechal son tajantes: “He preferido siempre designarla con el nombre de ‘martinfierrista’.En rigor de verdad, sólo fueron ‘ultraístas’ dos o tres compañeros que recién llegaban de España o que conocían ese movimiento de suyo tan objetable en su originalidad (¡yo te saludo viejo Reverdy!).”

El mismo autor de Fervor de Buenos Aires, le explica al poeta César Fernández Moreno, que el ultraísmo argentino, “no fue Madrid, ni París, sino la Plaza Once y el café Royal Keller”. Dos años más tarde, al grupo de Florida, los martinfierristas y de la revista Proa, se une el poeta alquimista Leopoldo Marechal, como colaborador y cronista de sus publicaciones y contertulio literario. ¿Habría que llamarle también insomne de sus madrugadas?

El café Royal Keller es uno de los tantos sitios memorables de la calle que nunca duerme. Pero aquí, recobra un sentido especial para la crónica de don Leopoldo, al situar a este café de Corrientes y Esmeralda, como el lugar subterráneo por excelencia de encuentro de los intelectuales martinfierristas. Situado en el mismo lugar del Tabaris. Recuerda don Leopoldo las entradas de Macedonio al sótano del Royal Keller con la intención de celebrar a tal o cual escritor que se marchaba para las Europas. Y al mismo pintor Xul Solar, hablando de etimologías de ángeles y demonios. Es decir, de un carácter eminentemente metafísico. Allí se festejaba y se hacían bromas acerca de personalidades intelectuales como don Bartolomé Mitre, fundador del diario La Nación, ex presidente del país, traductor de la Divina Comedia y, entre otras épicas funciones, autor de numerosos libros de carácter histórico.

Una coplilla, que se traficaba anónimamente, decía:

En esta casa parduzca

Vive el traductor del Dante.

Apúrate, caminante,

No sea que te traduzca.

Las tertulias en el sótano del Royal Keller concentraban a los integrantes de la revista Martín Fierro e invitados ocasionales. El ánimo de sus frecuentadores era el de asistir al surgimiento de un nuevo temperamento artístico; aunque los criterios fueran disímiles entre los congregados. ¿Nueva sensibilidad a l´avant garde? Impensable. Sin embargo, había un ánimo común. Allí se estrecharían las pasiones y se desapasionarían las formalidades retóricas. Bajo el mismo signo del martinfierrismo podían verse a los poetas Oliverio Girondo, Norah Lange, Evar Méndez, Raúl Scalabrini Ortiz, entre otros, y al director de la revista oral que dirigía los días sábados el poeta arequipeño Alberto Hidalgo, y donde intervenían otros poetas martinfierristas ya sea como locutores leyendo sus editoriales, redactores o poetas y declamadores.

Yace aquí Jorge Max Rhode

Dejadlo dormir en pax

que de ese modo no xode

Max

De este Parnaso lírico, Marechal recuerda muchas travesuras que ya escapaban a lo meramente literario: Oliverio Girondo se puso a dirigir el tránsito en la esquina de Callao y Corrientes en un acto de arrojo humorístico-poético. Por otro lado recuerda que Paco Bernárdez disolvió “en un editorial injurioso para los oyentes”, la famosa revista oral de Hidalgo. Cerrando así un ciclo de estridencias noctámbulas de aquel cenáculo literario. Cuenta don Leopoldo en un arranque festivo de sus recuerdos veinteañeros “que no todo se resolvía en literatura: realizábamos también exploraciones en los barrios, y razzias punitivas, en una de las cuales Carlos de la Púa ( ), ‘que llamábamos el vate Muñoz’ o ‘el malevo Muñoz’, se dedicó una noche a arrancar en la calle Corrientes las chapas de los dentistas y las parteras. Debo advertirle -recuerda don Leopoldo- que el Buenos Aires de entonces aún conservaba ritmos de ‘la gran aldea’ y no tenía el semblante impersonal y abstracto que tiene ahora. No era incómodo en aquellos días cantar en público el himno de ‘Martín Fierro’ que compuso Oliverio Girondo sobre la música de La donna é movile, y que decía:

Un automóvil, dos automóviles,

Tres automóviles, cuatro automóviles,

Cinco automóviles, seis automóviles,

siete automóviles

y un autobús.

La calle Corrientes reunía un cuadro espectacular de mitos y leyendas con sonido de bandoneón y orquesta de fondo, que la memoria popular fue tejiendo de su historia cotidiana.

Muchos locales de comercio, restaurantes, cines y teatros han sido remodelados como el Teatro Odeón o sustituidos por una modernidad apresurada, a veces absurda, y por una necesidad urbanística la calle fue convertida en avenida y el legendario Mercado de Abasto (donde naciera el mito por excelencia del tango) hoy es un centro comercial más, entre las calles Agüero y Anchorena, con una estación de subterráneo llamada Carlos Gardel.

Pero eso sí, el tiempo, (que es gran escamoteador de almas y recuerdos) acabó por robarle a esta calle su gallo móvil de la veleta…

el liróforo confiesa sus primeras visiones…


COMO SI FUERA EL MISMO VALS DEL TIEMPO PERDIDO

Mi padre tenía un cuarto oscuro en lo más alto del corazón,
/ que era su gabinete mental,
para soñar a solas como si fuera un dios…
Se encerraba allí durante horas y encendía todas las lámparas
/ del olvido,
donde tenía por huéspedes a los mensajeros del sol,
apolíneos corsarios de un mundo extraviado
donde también mantenía largas conversaciones con la luna,
/ acerca de la soledad.
Allí revelaba sus fotografías extrañas, que bañaba en líquidos
que parecían reflejar un nido de murciélagos
en nitratos de plata e hiposulfitos imposibles para reinar en
/ soledad.

De esa manera abría de par en par las ventanas del mundo.
Le ponía alas a los días tristes y apalabraba los enigmas
/ en una gramática del llanto,
con la promesa de volver al día que vendrá;
porque las palabras eran tubérculos que crecían durante la
/ noche sin candados que cerrar…
Y florecían al amanecer como un viñedo de uvas negras
/ y relucientes.
Almacenaba esporas para arrojar al viento en tormentosas
/ madrugadas imprecisas.

Mi padre se encerraba en su cuarto de las revelaciones con
/ cianuros inesperados
y era sin duda un dios o alquimista osado al estilo de Méliés;
porque soplaba y soplaba su fuego lunario para que cobraran
/ vida sus criaturas.
Y cuando no podía desatar un sueño, le añadía una escalera
/ para llegar al mismo lugar,
y subía, subía, a una terraza iluminada de estrellas y cometas
/ surcadoras del espacio,
para abrirlo como si fuera un reloj de cuerda, noche tras noche,
hasta que todas las cuerdas del mundo sonaran al unísono.

Entonces, lo sé, era como conectarse al latido de las esencias intangibles.
Y aquellas escaleras que no irían a ninguna parte,
lo remontaban al infinito o hasta el mismo centro del planeta.

Por ese entonces bailaba él con mi madre el mismo vals del
/ tiempo perdido
del que nadie regresa, ni aún subiendo por una escalera.

Yo nací en el transporte excesivo de esos sueños un año antes
/ del terremoto de San Juan,
o sea, un año antes de que la foto saliera movida en mi primer
/ aniversario.

Por eso tengo la impresión de que era el mismo vals del tiempo
/ perdido el que me vio verlo llorar.
Entre maniquíes invisibles y solos que se mueven en la noche;
pero que nadie sabe por qué dejan alfileres que se clavan en el
/ viento de un adiós,
mientras mi padre y mi madre bailaban bajo el emparrado oscuro
/ con rebrotes de luna llena,
y mis ojos quedaban aclamados en sarmientos nacidos en la neblina,
en perfumes de heliotropos o jazmines que se mezclan con uvas
/ negras y dulces,
como néctar para servir a un dios…

Así los veía yo bailar a los dos, más allá del viento que me protegía
del olvido y de la miseria humana.
¡Amado vals del tiempo perdido!¡Odiado vals del tiempo perdido!

Era la tempestad, presumo, que giraba como la misma muerte.
Era la misma muerte que nos robaba el humo de su tabaco.
Y el sonido dulce de una guitarra con sus presencias tristes.

Como una lastimadura cruel de la existencia en su veneno ardiente.

Que giraba y giraba en círculos de polvo y de almas.
Como maniquíes invisibles al acecho, que nadie retiró del olvido
/ después de la lluvia.
O cuando se morían de amor las cartas en un armario secreto.
Como fotografías al magnesio en el cuarto de las revelaciones
/ clausurado ya para siempre.

Polvo en el polvo. Áspero vals. Vendimia amarga.
Hosca estirpe del regreso para un corazón infinito.

Memoria del mar dulce


De los Cafés y otras nostalgias

Editorial

“Ajedrez misterioso la poesía, cuyo tablero y cuyas piezas
cambian como en un sueño y sobre el cual me inclinaré
después de haber muerto.”

Jorge Luis Borges

La topografía de Buenos Aires es conceptual, como diría el poeta. Cada una de sus calles, es una puerta abierta a un peregrinaje interior. Y hasta podría decirse que establece una metáfora de doble dimensión: se habita esta ciudad hacia adentro, como una pasión oculta; y hacia afuera, como si uno fuera un coleccionista de espejismos, de estatuas al aire libre, de fuentes inagotables, de personajes buenos y malos, de granujas y verdularios, y hasta de filósofos naturales… Como dice el tango. En consecuencia, Buenos Aires, también, se sueña subterráneamente. Se edifica en el territorio de los crepúsculos y los amaneceres inesperados. Rejuvenece de pronto en la noche como una mala mujer. Atormenta a los olvidados y a los tristes, en oficinas públicas, en fábricas de oficios rutinarios, en la que una desmesurada masa de hombres y mujeres, hacen de los mediodías una jornada de soledades en comunidad. Por eso Buenos Aires es también un estado de ánimo, es decir, una refutación en suspenso que deja escuchar su alegato. Y muchas veces, también, su poesía. Por eso, Buenos Aires se me hace un retablo de memoria eterna.


“La ciudad también tiene su argumento;
su elegía con estrellitas de plata.”

Decía yo en aquel poema de Los gestos interiores, publicado en un ya lejano año de 1969.

La ciudad es un tatuaje de luces y de sombras, de hambre, de vértigo, de amores fatales, de desamores olvidados y otros enigmas de pasiones irredentas. Primero fue el barro, después el empedrado y, por último, el asfalto, tantas veces cantado por Gardel.

Por eso, se revive aquí un poema poco conocido de Ricardo Güiraldes, que Borges rescata para el libro El compadrito. (Su destino. Sus barrios. Su música). Y ese poema, Tango, pertenece a un libro que Güiraldes intentó destruir en 1915. A ese poema, le sigue otro, igualmente curioso, de Nicolás Olivari, en el que aparece la arquetípica figura de la sirena, evocada ya por poetas y cantantes rioplatenses del pasado. En conclusión, la poesía de Buenos Aires comienza con el primer poeta que recuerda Manucho Mujica Láinez en su Misteriosa Buenos Aires: Luis de Miranda:

“…Las cosas que allí se vieron
No se han visto en escritura…”

“Así leyó Fray Luis de Miranda, para el agua, para la luna, para los árboles, para las ranas y para los grillos, el primer poema que se escribió en Buenos Aires.”

Para este primer encuentro, se han seleccionado cuadros para la ilustración de los poemas, del célebre pintor Xul Solar, (1883-1963), tan unido al grupo vanguardista de los años veinte. Borges lo definió como “Hombre versado en todas las disciplinas, curioso de todos los arcanos, padre de escrituras, de lenguajes, de utopías, de mitologías y astrólogo, perfecto en la indulgente ironía y en la generosa amistad, Xul Solar es uno de los acontecimientos más singulares de nuestra época”.

Febrero del año 2009


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