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Prólogo al libro de cuentos No son ángeles del amanecer

Estaba parado ahí

No todo prólogo es un comienzo ni todo epílogo un final.

Para mí una librería es la impresión digital de una calle. Y esa sensación me persigue desde la secundaria, en el Colegio Rivadavia de la avenida San Juan y Virrey Cevallos. Por lo que debo agregar, que esa avenida era la columna vertebral de un desfiladero cotidiano al final de la década de los cincuenta.

Pero si uno se detenía entre las calles Sarandí y Combate de los Pozos, por ejemplo, podía distinguir una vieja, viejísima librería, atendida por unas señoritas casi tan antiguas y pulcras como esas vidrieras pobladas de libros inolvidables: El tigre de la Malasia; El Conde de Montecristo; Cumbres Borrascosas; La isla de las almas perdidas; El Lobo de mar; Robin Hood; El alma del pirata y los infaltables Svengali, Las minas del Rey Salomón o Aventuras de Rocambole, de Ponson du Terrail. Sí, la avenida San Juan, en barrio San Cristóbal, tuvo personajes que bien valían una novela. Recuerdo a uno llamado Il morto qui parla, porque resucitó en su propio velorio.

De la calle Cochabamba supe, por ejemplo, de un crimen monstruoso que espantaba a los chicos del barrio, cuando la dueña de una pensión que se volvió loca, decidió matar a su amante y hacer desaparecer su cabeza en una olla sopera.

Años más tarde, cerca del barrio San Telmo, tuve una aparición inolvidable, entre las calles Piedras y avenida Belgrano, la del escritor Jorge Luis Borges, en una esquina que hacía ángulo agudo con Diagonal Sur. Él, estaba parado ahí, con su bastón, fundamental, como la historia misma de la ciudad. De modo que yo, sin dudarlo, y debido a su ceguera, lo invité a cruzar: “¿Lo cruzo, maestro?-le dije. Y él, me contó una historia algo alarmante (como si hubiera venido hablando consigo mismo) algo, sobre las esquinas robadas a la memoria de Buenos Aires…”

En Buenos Aires hubo, hay, o tendría que haber, un lugar donde ciertamente la noche retenga para sí una congregación de almas, al estilo de Yeats.

A las calles del barrio Saavedra, por ejemplo (donde nací), le vienen voces por todos lados. Voces que provienen del río; voces del parque con fragancia a eucaliptos; voces de otras almas, se diría, que ya se han ido, y lamentos de un monumento colosal que todavía puede verse en la Avenida Cabildo y el puente de la General Paz: El Cajón de Muertos.

De modo que precisamente ahí, sí, hubo en otra época una amarga historia de amor que algún día tendré que contar para no morirme despierto. Una misteriosa cancioncilla de marineros y una persistente sensación aromática que alguna vez enamoraría a don Leopoldo Marechal en su florido Adán Buenosayres. Porque las calles de Saavedra (algunas increíblemente cortas o ya francamente desaparecidas por el abrumador avance urbanístico) se pierden en la letanía de una vegetación.

Entonces, sus dignidades son: Flor del aire; Aromo y, por si fuera poco, el vernáculo Amambay, donde hubo, hay o tendría que haber, abuelas que todavía tejen desde el olvido larguísimas bufandas de colores…

En resumidas cuentas, en todo esto hay gato encerrado. O tendría que haber una madre que señalase siempre, que más de una vez por el barrio merodeaban los fantasmas y que, de cuando en cuando, aparecía un brujo en bicicleta que muchos años después llegó a ser ministro y, por añadidura, un cura al que decían la Gata por andar en los tejados. Todo eso, unido a unos espectros bulliciosos de un caserón barrial que al ser descubiertos por un incrédulo, perdieron los zancos y la sábana con la que recubrían un extrañísimo pleito de propiedad.

Con el tiempo (según me contaron mis padres) el cajón de muertos se hizo célebre como la noche. Y por más que se le quiera atribuir un origen, siempre resulta falaz el intento. Ya que tampoco, se le podría prodigar un nombre de empresa de pompas fúnebres. Él, está enclavado ahí, en medio de una cofradía de estados de ánimo. Ergo, los grandes monumentos siempre tienen una canción; pero el Cajón de Muertos, no. Jamás le compusieron un tango o una balada. Modestamente, propondría (estoy seguro que propondría) para su maridaje con la noche, una estrofa así: “Cajón de Muertos encendido en la Noche/ ya sos la calavera enfundada del ayer/ como una carta manoseada que desnuda tu destino de insomne…”

La topografía de Buenos Aires es conceptual. Cada una de sus calles es una puerta abierta a un peregrinaje interior. Y hasta podría decirse, que establece una metáfora de doble dimensión: se habita esta ciudad hacia adentro como una pasión oculta; y hacia afuera, como un coleccionista de espejismos, de estatuas al aire libre, de fuentes inagotables, de granujas y perdularios, de filósofos naturales, que una vez me di a conocer… En consecuencia, Buenos Aires, se sueña subterráneamente. Se edifica en el territorio de los crepúsculos y se abandona en los amaneceres inesperados. Pero, rejuvenece en la noche como una mala mujer. Atormenta a los olvidados y a los tristes, en oficinas públicas, en fábricas de oficios rutinarios, en la que una desmesurada masa de hombres y mujeres hacen de los medios días, una jornada de soledades en comunidad. Por eso, Buenos Aires es también un estado de ánimo, es decir, una refutación en suspenso, que deja escuchar su alegato. A veces, también, su poesía. ¿Podría existir Buenos Aires sin su refugio natural, la poesía? Aunque esa partitura es también inescrutable en esos ambientes; porque Buenos Aires es un reloj de arena que debe voltearse en cada fragmento de tiempo transcurrido para reiniciar el nuevo ciclo. Así son de tenaces sus intrépidas criaturas que juegan como geniecillos que viajan de época en época. La caída y el resurgimiento. El recuerdo y el más penoso olvido; porque el reloj de arena es una conceptualización de la historia. Así lo dijo una vez Borges: “la arena de los ciclos es la misma/ e infinita es la historia de la arena;/ Así, bajo tus dichas o tu pena,/ La invulnerable eternidad de abisma.”

Con alguna serena sensatez podría decirse que Buenos Aires tiene, todavía, en sus recovecos habituales, sus personajes taciturnos, sus brújulas escondidas, los salones solitarios, los espejos solos, las sillas puestas sobre las mesas en los bares del centro después de la medianoche.

Cuando cierran los cines, empieza la hora de los desvelados. Siempre hay un café demorado en la mirada del transeúnte que se pierde en la acera de enfrente. El agua de la vereda. Las sombras, que no sé por qué, son como una vocación secreta de otras sombras. Esas que se arraciman en las librerías cerradas. Porque yo algo le robé a la noche, al insomnio que corrompe, quizá, en la antesala de la muerte. Allí vi, es verdad, la pérdida del último tren en la estación Retiro, el baño oliendo a desinfectante y la obsesión de los espejos que atrapan esos rostros de merodeadores nocturnos. De ahí que mi signo esté regido por Saturno, como ya lo dije una vez. Por eso siempre quise ser mago: Nada por aquí; nada por allá. El cielo es mi Babilonia en un barrio de Buenos Aires, de ese mismo cielo de Borges y de Gardel. De manera que este libro es mi razón de coherencia planetaria. Por eso, siempre quedo fascinado por el Arte de los espejos… Hay un epopta en mí que enigmáticamente se pierde en la noche. Nada por aquí; nada por allá. Digo esto porque a los trece años tuve una experiencia mesmérica inolvidable provocada por un famoso magnetizador español llamado Fassman, que me provocó, el sueño lúcido en una función en el teatro Ópera. Tanto es así, que el sueño naturalmente pasó; pero me dejó lúcido para siempre. Cuando no podía comprar un libro, me lo imaginaba por entero y enseguida escribía uno. Cuando no había dinero para ver una película, secretamente la “veía” con la mente interior.

Debo confesar que por ese entonces, fui tipógrafo, vendedor de puerta en puerta, oficinista, empleado de una librería francesa y, entre otros, ayudante de un ilusionista llamado Tu Sam que leía la mente de los demás; pero no leía la mía cuando tenía que pagarme. Por eso fui haciendo mi propio catálogo de espejos: el espejo de una casa pobre tiene paredes descascaradas; y entendí que “hay autores que son espejos de otros autores”; que una sala de espejos viola siempre la intimidad de los difuntos; que el espejo de un ladrón le devuelve siempre su dignidad, y que un gato encerrado en un espejo es un componente mágico. Nada por aquí; nada por allá. Hasta que aprendí a ser mi propio sonámbulo en espectáculos memorables para mi regocijo interior. Las palabras son testigos.

Mi cielo –ya lo dije- está regido por Saturno, es decir, mi Babilonia celeste.

Y todas estas reminiscencias, lo sé, han ido refundiéndose en estas historias de ángeles y demonios que son la memoria oculta de una ciudad. Y también de otras ciudades que he conocido allende la cordillera de los Andes o del misteriosímo ultramar. Por eso no todo prólogo es un comienzo, ni todo epílogo un final….

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Poesía de los sesentas

SIN SOL NI FORMA

Yazgo aquí sin sol ni forma.
Con un raro maleficio, exactamente.
Cualquier día me llevan de apurados.
Un buen día me confunden,
/ me atrapan con sus sombras.
Entonces mis huesos serán parte de otros huesos
y mis manos no sabrán qué hacer conmigo.
Y yo me preguntaré:
/ ¿cuántos cielos habrá lejos de mí?
/ ¿cuántas lunas recogerán mi semen?
/ ¿cuántos árboles tendrán parte de mi carne?
Pero en cambio mis ojos,
/ ¿dónde estarán mis ojos?
/ ¿en qué mundo?
Sin sol ni forma.
Y este grito se me evade de las manos,
irremisiblemente perdido.
Condenado con mi alma.
Sin posible sepultura.
Pues si ahora estoy,
/ si he venido,
soy un milagro de la historia.
Y ahora yazgo sin luz,
/ esotérico a veces,
/ sin forma.
Cualquier día me llevan de apurados,
/ me dan duro,
/ me confunden.
Un buen día, de obstinado,
cuando el cielo sea algo sin sentido,
investigarán mi muerte como buitres.
Pero algo surgirá de todas mis partículas,
de mi última molécula de vida.

(De Los gestos interiores, Losada, 1969, Buenos Aires)


Lo dijo Leopoldo Marechal en Los Gestos Interiores:

“Sigo con atención las tendencias de la nueva poesía,
y Manuel Ruano se cuenta entre los jóvenes poetas
cuya originalidad e inspiración están dando ahora sonidos
nuevos a la poesía nacional. No sólo trata él de bucear en
`lo posible´de los temas líricos: gracias a una severa conciencia
de su arte, busca y halla también una notable afinación
de su idioma poético. A mi entender, la poesía
continúa siendo la`
quintaesencia´ del arte
por la palabra; y Manuel Ruano trabaja en esa vieja
y perdurable afirmación.”

ISADORA TAMBIÉN BAILÓ EL TANGO

“Yo no había bailado nunca el tango,
pero un mozo argentino que me servía de guía
me obligó a intentarlo”.
Isadora Duncan, Memorias

Es hora de que envenene el ritmo a esa pagana.
Es hora de que la atraiga hacia mí,
como la luna atrae a los sonámbulos a las cuatro de la madrugada.
Parsifal, baila el tango con un sátiro de las pampas.
Se diría que de sus movimientos,
son racimos de uvas que estallan con el sol de mediodía.
(El humo del tabaco oculta al bandoneonista).
Y es hora de que la pagana se dirija hacia el poniente,
es decir, hacia el centro del salón.
Su cuerpo se deja llevar como ninfa en un bosque encantado.
Es hora de girarla con estilo hacia la multitud,
de hablarle en el oído de los dioses y la noche,
de dominarle el trote, la vuelta, la quebrada,
para que se encuentre “dominada por el éxtasis”.

Y la pagana sigue obediente al sátiro con sombrero a un lado,
como si se tratara de una tragedia griega.

(De Concertina de los rústicos y los esplendorosos,
El perro y la rana, Caracas, Venezuela, 2007)

Aniversario (1963-2009)

YO NO ERA POE, NI RILKE, NI BAUDELAIRE…

(O cómo el comandante Apollinaire se afantasmó
con el Mono Gatica en el Unione e Benevolenza)

“El dolor mata, amigo, la vida es dura
y ya que usted no tiene hogar ni esposa,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.”
Raúl González Tuñón, El violín del diablo

Yo no era Poe, ni Rilke, ni Baudelaire,

ni mucho menos un santo que se aparece un sábado en la madrugada

en el Salón Unione e Benevolenza;

pero te vi, lo sé, con un sobretodo gastado y la mirada de ojos verdes

y chiquitos;

de haber sido golpeado por debajo del vientre en el ringside urbano,

donde se desentienden las peleas más reñidas del corazón y la locura…

-”En esta noche memorable, amigos, en esta desilusión de los

abandonados a su propia suerte, de los que sin misericordia

se golpean en el quinto asalto…”

Y yo te veía pegar, Mono, te veía pegar con los puños sin guantes

en el vacío,

donde resuenan las campanadas de la adversidad y hay sangre en la lona,

de esas peleas que dejan cicatrices brutales,

es decir, costurones de la calle principal,

que nada tienen que ver con el Luna Park

y mucho menos con el Madison Square Garden.

¿En qué cuaderno escolar habrá quedado aquella contienda

que dividía la clase como dos zonas terribles de la noche?

Para que todavía jugaras en el cuadrilátero de las luces y las sombras.

En aquella pudorosa revancha de la existencia,

que quedara como un lamparón en pleno rostro del barrio Congreso,

donde cada áperca, o un jab a jab,

describía al campeón de la noche que derribaba contra la soga,

uno a uno sus fantasmas…

Yo no era ni Poe, ni Rilke, ni Baudelaire;

pero te vi con mis ojos de diecinueve años entrar en el Unione e

Benevolenza,

con el pelo al rape, y una barba de tres días, peleándote con tu soledad.

Convertido en el knock-out técnico de la desesperanza.

Yo te vi hacer fintas, rodeado de un público atroz

que te descubría en la madrugada como un farolito de andén destartalado,

con el ritmo de una orquesta con bandoneón y violín de fondo.

Yo tenía diecinueve años y ya había ganado mi propia soledad

como el mejor premio a la poesía.

Y no podía caerme todavía del simulacro cotidiano en mi coraza tornasol.

Tampoco (ahora lo sé) podía ser Apollinaire,

para que te oliera aquel Alcohols de los perdidos,

como si fuera tu vino triste.

Como desvelados fantasmas de seráficas iridiscencias,

acaso atrapados en la celda de una desconsolada visión,

donde se repartía en rodajas la miseria del mundo.

Como si el mundo mismo fuera el protagonista de tu desconsuelo.

Eras el Mono Gatica, el Campeón,

el que encendía sus habanos con billetes de cien dólares

y más tarde, cuando llegó el ocaso, te hizo caer de rodillas,

y te encaramabas a los trenes sin boleto para mirar con tus ojos verdes

y achicharrados por el odio,

haciendo fintas y lanzando golpes al aire,

maldiciéndolos a todos,

para fulminarlos con un directo “cross” en los siete dolores

de la remembranza.

Yo te veía pegar, Mono, dar de puñetazos en el vacío como un loco

y nadie te tiraba la toalla.

Después te fuiste peleando con la muerte, atropellado por un colectivo,

según los diarios.

Y yo que no era Poe, ni Rilke, ni Baudelaire,

para que me hicieras pasar cuarenta años en escribir estos versos;

supe que tenías un sobretodo gastado y ojos chiquitos de haber sido

vencido por la edad.

Sin embargo, yo leía por aquellos días Alcohols del comandante

Apollinaire,

y me golpeaba el corazón al verte como ídolo atrapado en un escenario

triste…

“Y bebes este alcohol quemante como tu vida

Tu vida que bebes como un aguardiente…”

Con el tiempo, también caí en el orgullo de perseguir sin paz un Dorado

imposible.

¡Y recibí soberana paliza por la angustia!

Fui un prófugo del adiós en primavera.

Y hube de palpar la muerte para encontrar el sueño.

Y tuve ese recuerdo como una pantalla prohibida.

Me imaginaba, lo sé, noqueado con los brazos abiertos en el décimo

round de la memoria.

-Como ves, Mono, yo también tenía los ojos anclados en esas

florescencias

que se ramificaban de azules cromos e ilusiones temibles …

—oo0oo—

NOTA AL POEMA

José María Gatica (Mono) nació en Argentina: un 25 de mayo de l925. Subió por primera vez a un cuadrilátero en 1945. Conoció la gloria y con el tiempo, el fracaso. Llegó a ser un excéntrico aplaudido y homenajeado por presidentes y gente de cierto renombre. Pero a los treinta y ocho años ya estaba viejo. Se hizo alcohólico y de la mañana a la noche, se convirtió en un trágico. Se cuenta de él, que destruía los cajoncitos de lustrabotas de los chicos del barrio Constitución, precisamente adonde él mismo lustraba, a cambio de un billete de mil pesos… Era una recompensa que les hacía por el dolor que llevaba dentro al verse reflejado en su pasado. Y también, compraba todos los diarios a los canillitas, por una cantidad similar. Eso sí: nunca pudo ser domado. Y en 1963 murió atropellado por un colectivo. La gente hizo una colecta para comprarle una corona que decía: “El Pueblo: a su ídolo”.

(Tomado del libro Concertina de los rústicos y los esplendorosos, El Perro y la Rana, Caracas, 2008)

Poesía de los setentas

A VECES EL MAR HACE SU SOMBRA

A veces, cuando me palpo la piel y reconozco;
porque establezco mi estado de alma y siento,
algo,
/ como si volviera realmente de una ciega claridad,
adonde queda,
/ suspendida en el aire la más extraña locura.
Adonde queda el nacimiento de mi voz,
/ la prehistórica sensación de voz,
que arranca mi manera de decir,
/ y siento,
como una danza tenaz, imaginaria.
Porque mi voz viene desde un hilo tenue donde,
desde un extremo,
/ un caos se acentúa indiferente.
O como si un desprendimiento de varios mundos se oyera.
Y desde el otro extremo, un lastimado corazón desfalleciente.

A veces, espero a que nadie pueda descubrir,
ninguno de mis himnos,
/ mis banderas ocultas.
O el salitre impenetrable de una aturdida y sórdida soledad.
Adonde hubiera una tímida esperanza.
Para volver a despertar el alma.
Para darle mayor sonoridad, algo crujiente,de alma.
A veces me recojo como el mar y suelo
sentirme así, como el mar, cuando está calmo y reposado.
/ Y vuelvo.
Porque voy hasta el fondo de mi cauce y vuelvo
como una niebla impenetrable;
para que nunca nadie se atreva a sacarme
de ese profundo sopor en que me encuentro.
Alerta de mí y prisionero.
Porque algo resbala en torno y va cayendo.
Para que nadie se atreva a respirar hondo;
para que nadie se sienta dueño del silencio.

A veces, cuando me palpo la piel y reconozco,
que la voz se ha vuelto algo agrio, incomprensible,
que habla en otro idioma que no entiendo;
tal vez para que nadie nunca, nunca nadie,
hable de esto que me pasa.

Para que nadie, nadie, nadie.

(Tomado de Según las reglas, Losada, Buenos Aires, 1972)




CONTAMINACIÓN

Contaminada está mi piel,
y no de caricias ni de tibias tempestades.
El aire es un refugio de pálidas reminiscencias.
Los diarios, como es costumbre,
corroen la flor hasta sus primeros incendios,
y aquí dice: “un cuartel de aves ha convertido
un instante en una calamidad”.

Contaminados están mis ojos
que repiten de atrás hacia adelante,
lo que el viento no llevó,
/ lo que perdura,
pero digamos, que el cielo tiene ahora
árboles de carne.

Contaminado está el corazón,
le han electrificado por dentro,
torturado siniestramente; le han puesto
electrodos en la sangre;
/ le han detonado bombas
y está aturdido por continuas sacudidas.
Está atolondrado, reloco; le han abierto
un orificio incalculable por donde se ve el sol.
/ Le han dejado mudo,
intransitable.

Me han contaminado los ojos, el corazón, el aire.

(Tomado de Según las reglas, Losada, Buenos Aires, 1972)

EL JARDÍN DE LOS ESCORPIONES

Si te comienzas a ir, si es que comienzas, anda,
no te detengas jamás. Toma tu saco y tus estrellas,
tu Guía de Viajes y anda; no empieces nunca por quedarte.
Pero si algún día te decides regresar, si te decides
y regresas, debes erguirte sobre los escorpiones y la lepra.
Porque si te decides a pelear, si te decides
a vivir tu guerra: ¡Sígueme! ¡Limpia tus dos manos!
¡No permanezcas fuera! O por silencio. O por la sangre.
Y después que vengan. Como viene la muerte a buscar a sus culpables.
Debes dirigirte imperturbable a tus jardines. Abrir los nidos
por donde la sombra almacena sus huevos negros.
Por donde comienzan a nacer sus venas.
En la tibieza desprendida de tus alas.
/ Si te decides regresar, si es que regresas, ven,
no te detengas. Cerraremos la noche y su gran boca.
Y después que vengan.Y revienten los frutos maduros.
He aquí tu arma.Algo duro, que duela. Que pueda
reventar como a los frutos. He aquí el viento. Olo que queda.
/ Si es que aquí regresas,ya sea por silencio
o por la sangre o por los escorpiones y la lepra.

(Tomado de Según las reglas, Losada, Buenos Aires,1972)

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