
“Yo no había bailado nunca el tango,
pero un mozo argentino que me servía de guía
me obligó a intentarlo”.
Isadora Duncan, Memorias
Es hora de que envenene el ritmo a esa pagana.
Es hora de que la atraiga hacia mí,
como la luna atrae a los sonámbulos a las cuatro de la madrugada.
Parsifal, baila el tango con un sátiro de las pampas.
Se diría que de sus movimientos,
son racimos de uvas que estallan con el sol de mediodía.
(El humo del tabaco oculta al bandoneonista).
Y es hora de que la pagana se dirija hacia el poniente,
es decir, hacia el centro del salón.
Su cuerpo se deja llevar como ninfa en un bosque encantado.
Es hora de girarla con estilo hacia la multitud,
de hablarle en el oído de los dioses y la noche,
de dominarle el trote, la vuelta, la quebrada,
para que se encuentre “dominada por el éxtasis”.
Y la pagana sigue obediente al sátiro con sombrero a un lado,
como si se tratara de una tragedia griega.
El perro y la rana, Caracas, Venezuela, 2007)
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