Algunas consideraciones de oficio y Ars poética
La palabra adquiere para mí una relación oracular. Toda raíz, toda fuerza de expresión procede siempre de la naturaleza que mueve las emociones. Por consiguiente, no se debe pronunciar jamás la palabra que no vive en uno. Ordenar una escritura es separar, excluir, hasta lograr un sustratum incapaz de ser pronunciado por otro que no sea el propio poeta. De ahí mi tesis, de que oír es ver para el poema. Y ver, en consecuencia, es oír el universo de la forma. Sentir ambas cosas es la base de toda poesía crítica.

Creo que las posibilidades de mi poesía nacen de una técnica que toma de lo real su fantasía y de la fantasía su realidad, hasta establecer un código inviolable, definitivo, entrañablemente ligado a mi visión interior (a mi alter ego), corregido por la exigencia del vuelo mismo y sostenido por razones de imagen, ritmo, estilo, temple y función, para establecer el núcleo esencial. Destilamiento severo, paciente, del discurso poético que sugiere el movimiento de los cinco dedos de una mano invisible. Instrumento capaz, lo sé, de tomar sin someter; de dominar sin oprimir; de encantar sin mediatizar; de liberar sin perder la sensación ajustada a las reglas de construcción, ética y estética, del propio oráculo del poeta. La verdadera poesía ha conseguido desprenderse de la imitación. Tal idea, puede recordar aquellos viejos versos alquímicos: “Si le fixe tu sais dissoudre/ Et le dissous faire voler/ Puis le volant fixer en poudre/ Tu as de quoi te consoler.” (Si lo fijo sabes disolver/ Y lo disuelto hacer volar/ Y lo que vuela fijar en polvo/ Tienes de qué consolarte.)
Mi método se sintetiza en las siguientes premisas: anteponer a cualquier verso una intención verdadera, precisa. Darle a esa intención, visualidad, diafanidad, garra de tono. Hacer del tiempo una experiencia múltiple, nunca lineal. Mi plan consiste en hacer uso de la simultaneidad. Trato de atrapar la verdad de golpe. El poema no puede reducirse a un acumulamiento de imágenes ni a un empleo desmedido de la palabra. Me seducen los ritos. Me gusta enfrentarme a situaciones difíciles, a complicaciones verbales que integren un engranaje nuevo, oscilante, en rotación. Porque lo que no aspira al movimiento perpetuo está muerto. Quizás, esa razón hace que me gusten los triples saltos mortales de la poesía. He ahí, pienso, su anabasis, su pedrería secreta, el hechizo mismo. Si mi alma es compleja, mi poesía no puede dejar de serlo. Sin embargo nunca he confundido complejidad con aire enrarecido ni espíritu de suficiencia o empeño, a priori, hacia lo metafísico de lo que no lo tiene. Actitud muy frecuente en los niños mentirosos y en los malos poetas.
Mis claves, están en conseguir la respiración adecuada, la superposición de tiempos, la simultaneidad anecdótica de los arquetipos y fundir los significados en un precipitado mayor, que manifieste, claro está, esa función específica. La imaginación poética está condicionada al gusto creativo. El “gusto creativo”, es producto de la afinación permanente de la escala anímica. No obstante, todo eso se puede reducir a la invención, la fantasía y la elocución o arte de vestir con la originalidad, la idea principal. El poema está dividido en infinitas unidades. Y el poema mismo, es una unidad mayor. El sello es el individuo. O sea, el poeta que traza su preceptiva. Creo que cuando existe una oración para la tolerancia del movimiento, existe una puerta abierta para el porvenir. Esto acerca la épica a la lírica. El ritual consiste en saber que la poesía no está en las cosas, ni en la palabra misma; si no, en ese retablo antiquísimo donde se resuelven los amores, los sucesos dramáticos, las fatalidades del corazón. Por lo tanto, pienso en la poesía como en el Cántico conmovedor de las especies. Aquella práctica, responde siempre más a una modulación musical con sus propias disonancias, que al arranque del impulso inicial del entusiasmo. Sospecho de continuo, en la poesía hecha de abstracciones. Milosz, dice que “los poetas de la naturaleza cantan la belleza imperfecta del mundo sensible conforme a una antigua modulación sagrada”. Por eso, me atrae lo inusual. Me desvela la tarea de desnudar las apariencias. Ahora bien, al poetizar reformulo, estratifico, filtro, conjuro la luz y el paisaje dinámico que tiene la propiedad dejarse contemplar, en la profundidad del cosmos, en las ciudades de la iluminación, en la vegetación sonora que imagina las Bodas de los Elementos. Tejer, en ese huerto de las emociones, es algo así como captar a fondo el efecto de la claridad, a través de un vitraux sorprendente. El espectáculo siempre proviene de mi lenguaje, de aquella invención. El peor pecado de un poema está en no tener nada que decir. Y al tener qué demonios decir, la virtud está en el saber decirlo.
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El arte del buen decir, que no va de la mano con el bienestar, termina por añadidura produciendo mayor satisfacción en la vida de aquellos que pueden aunar su ética con su estética.
Por la fecha de tu texto se desprende que llevas, por lo menos, treinta años siendo coherente y consecuente en la firmeza de tus palabras y exquisitez de tus palabras.
¡Gracias!
Alicia