Prólogo al libro de cuentos No son ángeles del amanecer

Estaba parado ahí

No todo prólogo es un comienzo ni todo epílogo un final.

Para mí una librería es la impresión digital de una calle. Y esa sensación me persigue desde la secundaria, en el Colegio Rivadavia de la avenida San Juan y Virrey Cevallos. Por lo que debo agregar, que esa avenida era la columna vertebral de un desfiladero cotidiano al final de la década de los cincuenta.

Pero si uno se detenía entre las calles Sarandí y Combate de los Pozos, por ejemplo, podía distinguir una vieja, viejísima librería, atendida por unas señoritas casi tan antiguas y pulcras como esas vidrieras pobladas de libros inolvidables: El tigre de la Malasia; El Conde de Montecristo; Cumbres Borrascosas; La isla de las almas perdidas; El Lobo de mar; Robin Hood; El alma del pirata y los infaltables Svengali, Las minas del Rey Salomón o Aventuras de Rocambole, de Ponson du Terrail. Sí, la avenida San Juan, en barrio San Cristóbal, tuvo personajes que bien valían una novela. Recuerdo a uno llamado Il morto qui parla, porque resucitó en su propio velorio.

De la calle Cochabamba supe, por ejemplo, de un crimen monstruoso que espantaba a los chicos del barrio, cuando la dueña de una pensión que se volvió loca, decidió matar a su amante y hacer desaparecer su cabeza en una olla sopera.

Años más tarde, cerca del barrio San Telmo, tuve una aparición inolvidable, entre las calles Piedras y avenida Belgrano, la del escritor Jorge Luis Borges, en una esquina que hacía ángulo agudo con Diagonal Sur. Él, estaba parado ahí, con su bastón, fundamental, como la historia misma de la ciudad. De modo que yo, sin dudarlo, y debido a su ceguera, lo invité a cruzar: “¿Lo cruzo, maestro?-le dije. Y él, me contó una historia algo alarmante (como si hubiera venido hablando consigo mismo) algo, sobre las esquinas robadas a la memoria de Buenos Aires…”

En Buenos Aires hubo, hay, o tendría que haber, un lugar donde ciertamente la noche retenga para sí una congregación de almas, al estilo de Yeats.

A las calles del barrio Saavedra, por ejemplo (donde nací), le vienen voces por todos lados. Voces que provienen del río; voces del parque con fragancia a eucaliptos; voces de otras almas, se diría, que ya se han ido, y lamentos de un monumento colosal que todavía puede verse en la Avenida Cabildo y el puente de la General Paz: El Cajón de Muertos.

De modo que precisamente ahí, sí, hubo en otra época una amarga historia de amor que algún día tendré que contar para no morirme despierto. Una misteriosa cancioncilla de marineros y una persistente sensación aromática que alguna vez enamoraría a don Leopoldo Marechal en su florido Adán Buenosayres. Porque las calles de Saavedra (algunas increíblemente cortas o ya francamente desaparecidas por el abrumador avance urbanístico) se pierden en la letanía de una vegetación.

Entonces, sus dignidades son: Flor del aire; Aromo y, por si fuera poco, el vernáculo Amambay, donde hubo, hay o tendría que haber, abuelas que todavía tejen desde el olvido larguísimas bufandas de colores…

En resumidas cuentas, en todo esto hay gato encerrado. O tendría que haber una madre que señalase siempre, que más de una vez por el barrio merodeaban los fantasmas y que, de cuando en cuando, aparecía un brujo en bicicleta que muchos años después llegó a ser ministro y, por añadidura, un cura al que decían la Gata por andar en los tejados. Todo eso, unido a unos espectros bulliciosos de un caserón barrial que al ser descubiertos por un incrédulo, perdieron los zancos y la sábana con la que recubrían un extrañísimo pleito de propiedad.

Con el tiempo (según me contaron mis padres) el cajón de muertos se hizo célebre como la noche. Y por más que se le quiera atribuir un origen, siempre resulta falaz el intento. Ya que tampoco, se le podría prodigar un nombre de empresa de pompas fúnebres. Él, está enclavado ahí, en medio de una cofradía de estados de ánimo. Ergo, los grandes monumentos siempre tienen una canción; pero el Cajón de Muertos, no. Jamás le compusieron un tango o una balada. Modestamente, propondría (estoy seguro que propondría) para su maridaje con la noche, una estrofa así: “Cajón de Muertos encendido en la Noche/ ya sos la calavera enfundada del ayer/ como una carta manoseada que desnuda tu destino de insomne…”

La topografía de Buenos Aires es conceptual. Cada una de sus calles es una puerta abierta a un peregrinaje interior. Y hasta podría decirse, que establece una metáfora de doble dimensión: se habita esta ciudad hacia adentro como una pasión oculta; y hacia afuera, como un coleccionista de espejismos, de estatuas al aire libre, de fuentes inagotables, de granujas y perdularios, de filósofos naturales, que una vez me di a conocer… En consecuencia, Buenos Aires, se sueña subterráneamente. Se edifica en el territorio de los crepúsculos y se abandona en los amaneceres inesperados. Pero, rejuvenece en la noche como una mala mujer. Atormenta a los olvidados y a los tristes, en oficinas públicas, en fábricas de oficios rutinarios, en la que una desmesurada masa de hombres y mujeres hacen de los medios días, una jornada de soledades en comunidad. Por eso, Buenos Aires es también un estado de ánimo, es decir, una refutación en suspenso, que deja escuchar su alegato. A veces, también, su poesía. ¿Podría existir Buenos Aires sin su refugio natural, la poesía? Aunque esa partitura es también inescrutable en esos ambientes; porque Buenos Aires es un reloj de arena que debe voltearse en cada fragmento de tiempo transcurrido para reiniciar el nuevo ciclo. Así son de tenaces sus intrépidas criaturas que juegan como geniecillos que viajan de época en época. La caída y el resurgimiento. El recuerdo y el más penoso olvido; porque el reloj de arena es una conceptualización de la historia. Así lo dijo una vez Borges: “la arena de los ciclos es la misma/ e infinita es la historia de la arena;/ Así, bajo tus dichas o tu pena,/ La invulnerable eternidad de abisma.”

Con alguna serena sensatez podría decirse que Buenos Aires tiene, todavía, en sus recovecos habituales, sus personajes taciturnos, sus brújulas escondidas, los salones solitarios, los espejos solos, las sillas puestas sobre las mesas en los bares del centro después de la medianoche.

Cuando cierran los cines, empieza la hora de los desvelados. Siempre hay un café demorado en la mirada del transeúnte que se pierde en la acera de enfrente. El agua de la vereda. Las sombras, que no sé por qué, son como una vocación secreta de otras sombras. Esas que se arraciman en las librerías cerradas. Porque yo algo le robé a la noche, al insomnio que corrompe, quizá, en la antesala de la muerte. Allí vi, es verdad, la pérdida del último tren en la estación Retiro, el baño oliendo a desinfectante y la obsesión de los espejos que atrapan esos rostros de merodeadores nocturnos. De ahí que mi signo esté regido por Saturno, como ya lo dije una vez. Por eso siempre quise ser mago: Nada por aquí; nada por allá. El cielo es mi Babilonia en un barrio de Buenos Aires, de ese mismo cielo de Borges y de Gardel. De manera que este libro es mi razón de coherencia planetaria. Por eso, siempre quedo fascinado por el Arte de los espejos… Hay un epopta en mí que enigmáticamente se pierde en la noche. Nada por aquí; nada por allá. Digo esto porque a los trece años tuve una experiencia mesmérica inolvidable provocada por un famoso magnetizador español llamado Fassman, que me provocó, el sueño lúcido en una función en el teatro Ópera. Tanto es así, que el sueño naturalmente pasó; pero me dejó lúcido para siempre. Cuando no podía comprar un libro, me lo imaginaba por entero y enseguida escribía uno. Cuando no había dinero para ver una película, secretamente la “veía” con la mente interior.

Debo confesar que por ese entonces, fui tipógrafo, vendedor de puerta en puerta, oficinista, empleado de una librería francesa y, entre otros, ayudante de un ilusionista llamado Tu Sam que leía la mente de los demás; pero no leía la mía cuando tenía que pagarme. Por eso fui haciendo mi propio catálogo de espejos: el espejo de una casa pobre tiene paredes descascaradas; y entendí que “hay autores que son espejos de otros autores”; que una sala de espejos viola siempre la intimidad de los difuntos; que el espejo de un ladrón le devuelve siempre su dignidad, y que un gato encerrado en un espejo es un componente mágico. Nada por aquí; nada por allá. Hasta que aprendí a ser mi propio sonámbulo en espectáculos memorables para mi regocijo interior. Las palabras son testigos.

Mi cielo –ya lo dije- está regido por Saturno, es decir, mi Babilonia celeste.

Y todas estas reminiscencias, lo sé, han ido refundiéndose en estas historias de ángeles y demonios que son la memoria oculta de una ciudad. Y también de otras ciudades que he conocido allende la cordillera de los Andes o del misteriosímo ultramar. Por eso no todo prólogo es un comienzo, ni todo epílogo un final….

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Poesía de los sesentas

SIN SOL NI FORMA

Yazgo aquí sin sol ni forma.
Con un raro maleficio, exactamente.
Cualquier día me llevan de apurados.
Un buen día me confunden,
/ me atrapan con sus sombras.
Entonces mis huesos serán parte de otros huesos
y mis manos no sabrán qué hacer conmigo.
Y yo me preguntaré:
/ ¿cuántos cielos habrá lejos de mí?
/ ¿cuántas lunas recogerán mi semen?
/ ¿cuántos árboles tendrán parte de mi carne?
Pero en cambio mis ojos,
/ ¿dónde estarán mis ojos?
/ ¿en qué mundo?
Sin sol ni forma.
Y este grito se me evade de las manos,
irremisiblemente perdido.
Condenado con mi alma.
Sin posible sepultura.
Pues si ahora estoy,
/ si he venido,
soy un milagro de la historia.
Y ahora yazgo sin luz,
/ esotérico a veces,
/ sin forma.
Cualquier día me llevan de apurados,
/ me dan duro,
/ me confunden.
Un buen día, de obstinado,
cuando el cielo sea algo sin sentido,
investigarán mi muerte como buitres.
Pero algo surgirá de todas mis partículas,
de mi última molécula de vida.

(De Los gestos interiores, Losada, 1969, Buenos Aires)


Lo dijo Leopoldo Marechal en Los Gestos Interiores:

“Sigo con atención las tendencias de la nueva poesía,
y Manuel Ruano se cuenta entre los jóvenes poetas
cuya originalidad e inspiración están dando ahora sonidos
nuevos a la poesía nacional. No sólo trata él de bucear en
`lo posible´de los temas líricos: gracias a una severa conciencia
de su arte, busca y halla también una notable afinación
de su idioma poético. A mi entender, la poesía
continúa siendo la`
quintaesencia´ del arte
por la palabra; y Manuel Ruano trabaja en esa vieja
y perdurable afirmación.”

ISADORA TAMBIÉN BAILÓ EL TANGO

“Yo no había bailado nunca el tango,
pero un mozo argentino que me servía de guía
me obligó a intentarlo”.
Isadora Duncan, Memorias

Es hora de que envenene el ritmo a esa pagana.
Es hora de que la atraiga hacia mí,
como la luna atrae a los sonámbulos a las cuatro de la madrugada.
Parsifal, baila el tango con un sátiro de las pampas.
Se diría que de sus movimientos,
son racimos de uvas que estallan con el sol de mediodía.
(El humo del tabaco oculta al bandoneonista).
Y es hora de que la pagana se dirija hacia el poniente,
es decir, hacia el centro del salón.
Su cuerpo se deja llevar como ninfa en un bosque encantado.
Es hora de girarla con estilo hacia la multitud,
de hablarle en el oído de los dioses y la noche,
de dominarle el trote, la vuelta, la quebrada,
para que se encuentre “dominada por el éxtasis”.

Y la pagana sigue obediente al sátiro con sombrero a un lado,
como si se tratara de una tragedia griega.

(De Concertina de los rústicos y los esplendorosos,
El perro y la rana, Caracas, Venezuela, 2007)

Aniversario (1963-2009)

YO NO ERA POE, NI RILKE, NI BAUDELAIRE…

(O cómo el comandante Apollinaire se afantasmó
con el Mono Gatica en el Unione e Benevolenza)

“El dolor mata, amigo, la vida es dura
y ya que usted no tiene hogar ni esposa,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.”
Raúl González Tuñón, El violín del diablo

Yo no era Poe, ni Rilke, ni Baudelaire,

ni mucho menos un santo que se aparece un sábado en la madrugada

en el Salón Unione e Benevolenza;

pero te vi, lo sé, con un sobretodo gastado y la mirada de ojos verdes

y chiquitos;

de haber sido golpeado por debajo del vientre en el ringside urbano,

donde se desentienden las peleas más reñidas del corazón y la locura…

-”En esta noche memorable, amigos, en esta desilusión de los

abandonados a su propia suerte, de los que sin misericordia

se golpean en el quinto asalto…”

Y yo te veía pegar, Mono, te veía pegar con los puños sin guantes

en el vacío,

donde resuenan las campanadas de la adversidad y hay sangre en la lona,

de esas peleas que dejan cicatrices brutales,

es decir, costurones de la calle principal,

que nada tienen que ver con el Luna Park

y mucho menos con el Madison Square Garden.

¿En qué cuaderno escolar habrá quedado aquella contienda

que dividía la clase como dos zonas terribles de la noche?

Para que todavía jugaras en el cuadrilátero de las luces y las sombras.

En aquella pudorosa revancha de la existencia,

que quedara como un lamparón en pleno rostro del barrio Congreso,

donde cada áperca, o un jab a jab,

describía al campeón de la noche que derribaba contra la soga,

uno a uno sus fantasmas…

Yo no era ni Poe, ni Rilke, ni Baudelaire;

pero te vi con mis ojos de diecinueve años entrar en el Unione e

Benevolenza,

con el pelo al rape, y una barba de tres días, peleándote con tu soledad.

Convertido en el knock-out técnico de la desesperanza.

Yo te vi hacer fintas, rodeado de un público atroz

que te descubría en la madrugada como un farolito de andén destartalado,

con el ritmo de una orquesta con bandoneón y violín de fondo.

Yo tenía diecinueve años y ya había ganado mi propia soledad

como el mejor premio a la poesía.

Y no podía caerme todavía del simulacro cotidiano en mi coraza tornasol.

Tampoco (ahora lo sé) podía ser Apollinaire,

para que te oliera aquel Alcohols de los perdidos,

como si fuera tu vino triste.

Como desvelados fantasmas de seráficas iridiscencias,

acaso atrapados en la celda de una desconsolada visión,

donde se repartía en rodajas la miseria del mundo.

Como si el mundo mismo fuera el protagonista de tu desconsuelo.

Eras el Mono Gatica, el Campeón,

el que encendía sus habanos con billetes de cien dólares

y más tarde, cuando llegó el ocaso, te hizo caer de rodillas,

y te encaramabas a los trenes sin boleto para mirar con tus ojos verdes

y achicharrados por el odio,

haciendo fintas y lanzando golpes al aire,

maldiciéndolos a todos,

para fulminarlos con un directo “cross” en los siete dolores

de la remembranza.

Yo te veía pegar, Mono, dar de puñetazos en el vacío como un loco

y nadie te tiraba la toalla.

Después te fuiste peleando con la muerte, atropellado por un colectivo,

según los diarios.

Y yo que no era Poe, ni Rilke, ni Baudelaire,

para que me hicieras pasar cuarenta años en escribir estos versos;

supe que tenías un sobretodo gastado y ojos chiquitos de haber sido

vencido por la edad.

Sin embargo, yo leía por aquellos días Alcohols del comandante

Apollinaire,

y me golpeaba el corazón al verte como ídolo atrapado en un escenario

triste…

“Y bebes este alcohol quemante como tu vida

Tu vida que bebes como un aguardiente…”

Con el tiempo, también caí en el orgullo de perseguir sin paz un Dorado

imposible.

¡Y recibí soberana paliza por la angustia!

Fui un prófugo del adiós en primavera.

Y hube de palpar la muerte para encontrar el sueño.

Y tuve ese recuerdo como una pantalla prohibida.

Me imaginaba, lo sé, noqueado con los brazos abiertos en el décimo

round de la memoria.

-Como ves, Mono, yo también tenía los ojos anclados en esas

florescencias

que se ramificaban de azules cromos e ilusiones temibles …

—oo0oo—

NOTA AL POEMA

José María Gatica (Mono) nació en Argentina: un 25 de mayo de l925. Subió por primera vez a un cuadrilátero en 1945. Conoció la gloria y con el tiempo, el fracaso. Llegó a ser un excéntrico aplaudido y homenajeado por presidentes y gente de cierto renombre. Pero a los treinta y ocho años ya estaba viejo. Se hizo alcohólico y de la mañana a la noche, se convirtió en un trágico. Se cuenta de él, que destruía los cajoncitos de lustrabotas de los chicos del barrio Constitución, precisamente adonde él mismo lustraba, a cambio de un billete de mil pesos… Era una recompensa que les hacía por el dolor que llevaba dentro al verse reflejado en su pasado. Y también, compraba todos los diarios a los canillitas, por una cantidad similar. Eso sí: nunca pudo ser domado. Y en 1963 murió atropellado por un colectivo. La gente hizo una colecta para comprarle una corona que decía: “El Pueblo: a su ídolo”.

(Tomado del libro Concertina de los rústicos y los esplendorosos, El Perro y la Rana, Caracas, 2008)

Poesía de los setentas

A VECES EL MAR HACE SU SOMBRA

A veces, cuando me palpo la piel y reconozco;
porque establezco mi estado de alma y siento,
algo,
/ como si volviera realmente de una ciega claridad,
adonde queda,
/ suspendida en el aire la más extraña locura.
Adonde queda el nacimiento de mi voz,
/ la prehistórica sensación de voz,
que arranca mi manera de decir,
/ y siento,
como una danza tenaz, imaginaria.
Porque mi voz viene desde un hilo tenue donde,
desde un extremo,
/ un caos se acentúa indiferente.
O como si un desprendimiento de varios mundos se oyera.
Y desde el otro extremo, un lastimado corazón desfalleciente.

A veces, espero a que nadie pueda descubrir,
ninguno de mis himnos,
/ mis banderas ocultas.
O el salitre impenetrable de una aturdida y sórdida soledad.
Adonde hubiera una tímida esperanza.
Para volver a despertar el alma.
Para darle mayor sonoridad, algo crujiente,de alma.
A veces me recojo como el mar y suelo
sentirme así, como el mar, cuando está calmo y reposado.
/ Y vuelvo.
Porque voy hasta el fondo de mi cauce y vuelvo
como una niebla impenetrable;
para que nunca nadie se atreva a sacarme
de ese profundo sopor en que me encuentro.
Alerta de mí y prisionero.
Porque algo resbala en torno y va cayendo.
Para que nadie se atreva a respirar hondo;
para que nadie se sienta dueño del silencio.

A veces, cuando me palpo la piel y reconozco,
que la voz se ha vuelto algo agrio, incomprensible,
que habla en otro idioma que no entiendo;
tal vez para que nadie nunca, nunca nadie,
hable de esto que me pasa.

Para que nadie, nadie, nadie.

(Tomado de Según las reglas, Losada, Buenos Aires, 1972)




CONTAMINACIÓN

Contaminada está mi piel,
y no de caricias ni de tibias tempestades.
El aire es un refugio de pálidas reminiscencias.
Los diarios, como es costumbre,
corroen la flor hasta sus primeros incendios,
y aquí dice: “un cuartel de aves ha convertido
un instante en una calamidad”.

Contaminados están mis ojos
que repiten de atrás hacia adelante,
lo que el viento no llevó,
/ lo que perdura,
pero digamos, que el cielo tiene ahora
árboles de carne.

Contaminado está el corazón,
le han electrificado por dentro,
torturado siniestramente; le han puesto
electrodos en la sangre;
/ le han detonado bombas
y está aturdido por continuas sacudidas.
Está atolondrado, reloco; le han abierto
un orificio incalculable por donde se ve el sol.
/ Le han dejado mudo,
intransitable.

Me han contaminado los ojos, el corazón, el aire.

(Tomado de Según las reglas, Losada, Buenos Aires, 1972)

EL JARDÍN DE LOS ESCORPIONES

Si te comienzas a ir, si es que comienzas, anda,
no te detengas jamás. Toma tu saco y tus estrellas,
tu Guía de Viajes y anda; no empieces nunca por quedarte.
Pero si algún día te decides regresar, si te decides
y regresas, debes erguirte sobre los escorpiones y la lepra.
Porque si te decides a pelear, si te decides
a vivir tu guerra: ¡Sígueme! ¡Limpia tus dos manos!
¡No permanezcas fuera! O por silencio. O por la sangre.
Y después que vengan. Como viene la muerte a buscar a sus culpables.
Debes dirigirte imperturbable a tus jardines. Abrir los nidos
por donde la sombra almacena sus huevos negros.
Por donde comienzan a nacer sus venas.
En la tibieza desprendida de tus alas.
/ Si te decides regresar, si es que regresas, ven,
no te detengas. Cerraremos la noche y su gran boca.
Y después que vengan.Y revienten los frutos maduros.
He aquí tu arma.Algo duro, que duela. Que pueda
reventar como a los frutos. He aquí el viento. Olo que queda.
/ Si es que aquí regresas,ya sea por silencio
o por la sangre o por los escorpiones y la lepra.

(Tomado de Según las reglas, Losada, Buenos Aires,1972)

retrato

TODOS ME MALVERSAN

Los poetas a la moda me malversan;
los poetas que no están a la moda me malversan;
y yo, que nada sé de sus malversaciones,
me malverso también.
Sólo me siento gozoso en tu Casa de virtud, Poesía,
tu cielo siempre limpio es mi manjar
entre cantos y alabanzas.
Siento correr bajo mis pies el agua de tus fontanas;
huelo tus aromosos huertos de verdes racimos;
oigo las pajareras de los patios lavados
y me regocijo en soledad…
¡Me regocijo en soledad!…
Cuando quiero enterarme de tus últimas noticias
(lo confieso),
voy a tus clásicos.
Cuando quiero saber de tus viejas noticias,
voy a tus clásicos.
Entre libros y escrituras, soy mi propio bien.
Con ojos siempre limpios voy volando a tus clásicos.

(De Los Cantos del Gran Ensalmador, Monte Ávila Editores,
Caracas, Venezuela, 2005)

Crónica antigua

EL POEMA, ESA OBSCURA PERPETRACIÓN

Soy el bufón del rey (lo confieso) y como tal, quiero entrar en el banquete de la Poesía con una Premática particular. Quisiera ser la almendra amarga en el pastel de los bufones de moda.

Quevedo, el más grande y más moderno de los poetas del Siglo de Oro español, ya se refirió sobre los poetas “hueros,chirles y hebenes”,que en todo meten el tenedor de las argumentaciones. Yo, no soy más que un bufón, repito, sé de mis limitaciones y me contento en la tarea de ser un lector exigente en mis ratos libres de bufonerías. Hago una lectura en positivo y una lectura en negativo. Y de esa confrontación establezco una certeza: el lenguaje verdadero del falso. “Creo, -decía Pound-, que una obra de arte vale cuarenta prefacios y otras tantas apologías”. La poesía es de naturaleza alada y radiaciones extrañas, habría que agregar. En tanto, que el poema sigue siendo música y la música poesía.

Estoy tan fuera de la realidad, que soy de los que creen que no se lee un libro si no se convive con él. De ahí que proponga que por cada poeta haya cien menos. Y para cada poema lo que el incinerador aguante. Sólo así, la lectura existirá en su agosto y la poesía renovará su primavera depura originalidad. El atanor cósmico del alquimista está encendido. El secreto (para estos tiempos de la cantidad sobre la calidad), está en restar y dividir para lograr claridad. Separar lo sutil de lo fijo con atención extremada. “En teoría el autor de un buen libro –decía Auden- debería permanecer en el anonimato, ya que la legítima depositaria de la admiración del público es la obra, y no la persona del autor.” Los poetas griegos, los poetas latinos, navegaban por esas aguas. Había una secreta correspondencia entre poesía y belleza. Platón había previsto que el amor a la belleza ponía en orden el imperio de los dioses.

Un profesor apócrifo del siglo pasado, Mairena, nacido de la pluma de Antonio Machado, dirá pleno de lucidez: “La poesía, señores, será el residuo obtenido después de una delicada operación crítica, que consiste en eliminar de cuanto se vende por poesía todo lo que no es”.

Antes, cuando la poesía era escrita por poetas, el poema raramente estaba desasistido de sus dioses, musas, ángeles, demonios y hasta por príncipes amantes que darían su reino por un verso absolutamente logrado. Y un poeta ciego de nuestros días, Jorge Luis Borges, había asomado con ironía, parafraseando a Homero, (octavo libro de la Odisea) que era posible que los dioses hubiesen tejido las desdichas para que las futuras generaciones tuvieran algo que cantar. De ahí toda una épica y una dramática memorable que sacralizó el universo y sus cosmogonías.

Los grandes poemas están siempre esperando al fondo del abismo. Porque para quien sea poeta, un verdadero poeta, esas regiones no le son para nada extrañas. El abismo y sólo el abismo, es la medida de lo que se puede perder de la “dimensión de las cosas” y de lo que se puede ganar con lo perdido en aquella dimensión de las cosas. ¿No es ésta la quintaesencia lírica de la poesía de todos los tiempos?

Eliot, que era un gran lector de poesía, además de un gran poeta, decía que “el poema posee una existencia propia, ahí afuera: estaba antes que nosotros y estará cuando nosotros ya no estemos”.

Es posible que esa permanencia natural de la poesía del ser, sea ni más ni menos, que un continuo estado de gracia tal como el que viven los ángeles. Y a que la edad de la poesía es la encrucijada suprema de un poeta, habría que ver si ésta no es una época sublime donde se pasean por la calle los espantos. Lo que establecería, es verdad, que ésta es una época de identificación con los espantos.

Como bufón del rey puedo encaramarme al poder; pero enseguida caigo rodando haciendo sonar los cascabeles.

Para las multitudes (no para la conciencia crítica), todos son poetas. Así como todos los gatos de la noche son pardos. En las reuniones culturales y de palacio, todos son poetas. Para los desvalidos y los que disfrutan del poder, todos son poetas; pero a la hora de la verdad, cuando los entusiasmos se apagan y pasan a ser leña para otro fuego que nada perdona, el Parnaso, que admite tales digresiones, está decididamente solo, a lo más, con uno o dos visitantes gloriosos. De lo que se desprende, claro está, que el efecto del vino pasa y queda un gran dolor de cabeza. Cervantes señaló con anticipación algo de lo que ahora digo, en el Viaje del Parnaso, arrojando a unos cuantos intrusos por la borda.

Una vez soñé, como lector, en recopilar un Manual para protegernos de los malos poetas. Y voy a señalar por qué. Como primer bufón del rey que soy, todo el mundo me traía su poemario y ahí (perdón para quien se sienta aludido), tuve la sensación que detrás de la palabra poesía había una multitud de farsantes. Farsantes de todo tipo, de toda religión y hasta sin ninguna religión.

Ser lector de poesía exige una preparación: no correr con los ojos, ni ver con la velocidad. Leer es una faena intelectual más limpia; correr es propio del atleta, es decir, una actividad de competencias. Se vive una época de desenfreno en el que nadie lee, pero donde todo el mundo se desvive por demostrar que está al día con lo vertiginoso. Ahora: ¿para demostrar qué?

Baudelaire decía que la poesía es una flor rara que debe cultivarse en la religión de la soledad. Ergo, leer poesía es escapar del ruido cotidiano como se escapa de la alienación de la computadora, cuando ésta deja de ser una valiosa herramienta para convertirse en un semidiós. En una época finisecular, como la reciente de los últimos quince años, en la que se han descartándolos dioses (y se pretende descartar al libro) en aras de un libro sin “libro” del internet, de una inteligencia artificial, con poemas igualmente artificiales, de nuevas nomenclaturas, de atroces neologismos e íconos para analfabetos, qué se puede esperar… ¿Acaso una poesía de analfabetos?…

Y todos emiten su discurso. Ante cada naufragio se pierde el virtuosismo, se corrompen los entendimientos, se expulsa la melopeya poética. ¿Podrá quedar algo del necesario misterio de la poesía? Para ser sincero: todo parece indicar que nada puede ya salvar al lector del mal poema nacido de una comunidad que hace culto del feísmo y la trivialidad, cristalizada en la carencia de imaginación, en la sacralización de una conciencia mecánica, abominablemente aprendida en la frondosidad de una cocina del mal gusto. Pero yo tengo un antídoto para eso: Verlaine, Hölderling, Poe, etcétera.

La escritura poética, no obstante, se redime en estos tiempos de sombras; porque existe más allá del sexo y del entendimiento mismo de quienes manipulan la información. Atiende a la música del porvenir. Como lo anuncia Lautréamont en los Cantos de Maldoror: “Si la tierra estuviera cubierta de piojos, como de granos de arena la ribera del mar, la raza humana se vería aniquilada, presa de terribles dolores. ¡Qué espectáculo! ¡Yo con alas de ángel, inmóvil en los aires, contemplándolo!” Qué maravilla. Cabe imaginarnos si esa lucidez clarividente no es el vestigio irrefutable de un mundo perdido. Espantosamente perdido en la máscara de la simulación de los días que corren del imperio tecnocrático. Esto trae una fascinación abominable por la copia monótona de un mundo que se va unificando, valiéndose de cualquier estúpida fuente de publicidad, imposible todavía de justipreciar.

¡Ah, el poema, esa obscura perpetración!… La poesía, mal que les pese a los epígonos electrónicos, no es un objeto: Hace losobjetos. Definitivamente las canciones no son poemas; pero un poema puede ser una canción. ¿Podría ser el alma en pena de Villón?

Consiguientemente: ¿está la poesía herida de muerte? Mucho me temo que a pesar de que el futuro esté preso de autómatas de oficio y de audaces de la peor especie, la razón poética sea un aire incontaminado para la ensoñación. Saber soñar, es tarea de elegidos. Nerval decía que “hay años de angustias, de sueños, de proyectos que quisieran apiñarse en una frase, en una palabra”. Sin embargo, junto a la poesía también está agonizando el idioma, frente a los enlatados transculturales y la preconización de un estilo, justamente, de no tener “estilo”.

Sería deseable reconvertir ese imperio muy antiguo y muy moderno a la vez, del que la Poesía está edificada; pero, ya pueden ver, no soy el rey. Soy su monigote. Apenas un lector en la penumbra y la desconfianza. Y yo estoy más acá de las estrellas. Con ojos desnudos para las palabras… Entended mi tristeza.

(Publicado en Quevedo,Nro.7&8, 1996)

Un poema inédito de Olga Orozco

UN RELÁMPAGO APENAS

Frente al espejo, yo, la inevitable:
nada que agradecer en los últimos años,
nada, ni siquiera la paz con las señales de los renunciamientos,
con su color inmóvil.
Esta piel no registra tampoco el esplendor del paso de los ángeles,
sino sólo aridez, o apenas la escritura desolada del tiempo.
Esta boca no canta.
Ancha boca sellada por el último beso, por el último adiós,
es una larga estría en un mármol de invierno.
Pero ninguna marca delata los abismos
-ah intolerables vértigos, pesadillas como un túnel sin fin-
bajo el sedoso engaño de la frente que apenas si dibuja unas alas en vuelo.
¿Y qué pretenden ver estos ojos que indagan la distancia
hasta donde comienza la región de las brumas,
ciudades congeladas, catedrales de sal y el oro viejo del sol decapitado?
Estos ojos que vienen de muy lejos saben ver más allá,
hasta donde se quiebran las últimas astillas del reflejo.
Entonces apareces, envuelto por el vaho de la más lejanísima frontera,
y te buscas en mí que casi ya no estoy, o apenas si soy yo,
entera todavía,
y los dos resurgimos como desde un Jordán guardado en la memoria.
Los mismos otra vez, otra vez en cualquier lugar del mundo,
a pesar de la noche acumulada en todos los rincones,los sollozos y el viento.
Pero no; ya no estamos. Fue un temblor, un relámpago, un suspiro,
el tiempo del milagro y la caída.
Se destempló el azogue, se agitaron las aguas y te arrastró el oleaje
más allá de la última frontera, hasta detrás del vidrio.
Imposible pasar.
Aquí, frente al espejo, yo, la inevitable:
una imagen en sombras y toda la soledad multiplicada.

Antología preparada con la autora por Manuel Ruano,
para Biblioteca Ayacucho de Venezuela, en los años noventa.
Comprende Prólogo, selección, cronología y notas de
Manuel Ruano. La edición es del año 2000.

In vino veritas

TANGO DEL BODEGUERO

Abrigado vino de bodega milenaria.

Mi cuerpo te hizo botella y te guardó mezquino.

Yo te bebí como jarabe de añoranza,

pasé por el verso de Argensola

y brotaron versos remojados

en oportos clandestinos,

que tenían de común el verbo ateo.

Así, abundaron los jamones imperiales,

majestuosos cabritos de taberna,

que engullían los pícaros del sueño.

La cabeza quedó atrás,

sobre el agrio mesón de esos truhanes

que cantaban la paz de sus entierros.

Pero cantó la sombra.

Yo, me inscribí, es natural, en tus discursos,

y preparé al corazón con uvas más carnales.

La palabra es el mejor de los trapiches,

porque guarda el mejor de los recuerdos.

No hay rey como Baco,

en esencias a todas luces clericales,

como efímeros cantos de taberna.

¡Que se abran esas ventanas de huracanes!

¡Que entren de una vez

las sedientas almas de Villón,

de Verlaine y otros poetas ácratas,

arropados en su gloria eterna!

A lo mejor, empapados en el guiso

de un dios pagano,

que es el mejor de los dioses por ahora…

Tengo la espina dorsal

de aquellos poetas comunardos,

que secreteaban en húmedas bodegas.

Allí donde se oxidan en el llanto

esplendores de un renegado sol.

(¡Yo no podía saber que la muerte,

escuchaba mi oscuro tránsito en la tierra!)

Manuel Ruano

(De Poemas en carpeta)



Algunas consideraciones de oficio y Ars poética

La palabra adquiere para mí una relación oracular. Toda raíz, toda fuerza de expresión procede siempre de la naturaleza que mueve las emociones. Por consiguiente, no se debe pronunciar jamás la palabra que no vive en uno. Ordenar una escritura es separar, excluir, hasta lograr un sustratum incapaz de ser pronunciado por otro que no sea el propio poeta. De ahí mi tesis, de que oír es ver para el poema. Y ver, en consecuencia, es oír el universo de la forma. Sentir ambas cosas es la base de toda poesía crítica.


Creo que las posibilidades de mi poesía nacen de una técnica que toma de lo real su fantasía y de la fantasía su realidad, hasta establecer un código inviolable, definitivo, entrañablemente ligado a mi visión interior (a mi alter ego), corregido por la exigencia del vuelo mismo y sostenido por razones de imagen, ritmo, estilo, temple y función, para establecer el núcleo esencial. Destilamiento severo, paciente, del discurso poético que sugiere el movimiento de los cinco dedos de una mano invisible. Instrumento capaz, lo sé, de tomar sin someter; de dominar sin oprimir; de encantar sin mediatizar; de liberar sin perder la sensación ajustada a las reglas de construcción, ética y estética, del propio oráculo del poeta. La verdadera poesía ha conseguido desprenderse de la imitación. Tal idea, puede recordar aquellos viejos versos alquímicos: “Si le fixe tu sais dissoudre/ Et le dissous faire voler/ Puis le volant fixer en poudre/ Tu as de quoi te consoler.” (Si lo fijo sabes disolver/ Y lo disuelto hacer volar/ Y lo que vuela fijar en polvo/ Tienes de qué consolarte.)

Mi método se sintetiza en las siguientes premisas: anteponer a cualquier verso una intención verdadera, precisa. Darle a esa intención, visualidad, diafanidad, garra de tono. Hacer del tiempo una experiencia múltiple, nunca lineal. Mi plan consiste en hacer uso de la simultaneidad. Trato de atrapar la verdad de golpe. El poema no puede reducirse a un acumulamiento de imágenes ni a un empleo desmedido de la palabra. Me seducen los ritos. Me gusta enfrentarme a situaciones difíciles, a complicaciones verbales que integren un engranaje nuevo, oscilante, en rotación. Porque lo que no aspira al movimiento perpetuo está muerto. Quizás, esa razón hace que me gusten los triples saltos mortales de la poesía. He ahí, pienso, su anabasis, su pedrería secreta, el hechizo mismo. Si mi alma es compleja, mi poesía no puede dejar de serlo. Sin embargo nunca he confundido complejidad con aire enrarecido ni espíritu de suficiencia o empeño, a priori, hacia lo metafísico de lo que no lo tiene. Actitud muy frecuente en los niños mentirosos y en los malos poetas.

Mis claves, están en conseguir la respiración adecuada, la superposición de tiempos, la simultaneidad anecdótica de los arquetipos y fundir los significados en un precipitado mayor, que manifieste, claro está, esa función específica. La imaginación poética está condicionada al gusto creativo. El “gusto creativo”, es producto de la afinación permanente de la escala anímica. No obstante, todo eso se puede reducir a la invención, la fantasía y la elocución o arte de vestir con la originalidad, la idea principal. El poema está dividido en infinitas unidades. Y el poema mismo, es una unidad mayor. El sello es el individuo. O sea, el poeta que traza su preceptiva. Creo que cuando existe una oración para la tolerancia del movimiento, existe una puerta abierta para el porvenir. Esto acerca la épica a la lírica. El ritual consiste en saber que la poesía no está en las cosas, ni en la palabra misma; si no, en ese retablo antiquísimo donde se resuelven los amores, los sucesos dramáticos, las fatalidades del corazón. Por lo tanto, pienso en la poesía como en el Cántico conmovedor de las especies. Aquella práctica, responde siempre más a una modulación musical con sus propias disonancias, que al arranque del impulso inicial del entusiasmo. Sospecho de continuo, en la poesía hecha de abstracciones. Milosz, dice que “los poetas de la naturaleza cantan la belleza imperfecta del mundo sensible conforme a una antigua modulación sagrada”. Por eso, me atrae lo inusual. Me desvela la tarea de desnudar las apariencias. Ahora bien, al poetizar reformulo, estratifico, filtro, conjuro la luz y el paisaje dinámico que tiene la propiedad dejarse contemplar, en la profundidad del cosmos, en las ciudades de la iluminación, en la vegetación sonora que imagina las Bodas de los Elementos. Tejer, en ese huerto de las emociones, es algo así como captar a fondo el efecto de la claridad, a través de un vitraux sorprendente. El espectáculo siempre proviene de mi lenguaje, de aquella invención. El peor pecado de un poema está en no tener nada que decir. Y al tener qué demonios decir, la virtud está en el saber decirlo.



Ámsterdam, 1979.