Que será de tí – Enrique Llopis canta al poeta Rafael Alberti

Cancionero Popular : Poesía Rafael Alberti (esp)
Intérprete : Enrique Llopis  (arg)
La música pertenece a la española Rosa León
El arte y las fotos del video me pertenecen: Lugar de tomas La Falda-Córdoba – Argentina
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El Gusanito – Dina Rot

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La canción pertenece a Jorge de la Vega;  coterráneo.

Canta Dina Rot. La grabó por el ‘73. Jorge fue un artista todo-terreno, comprometido con su época.

Dina , un manantial, donde bebíamos poesía y ternura.

Seleccioné  unas fotografías que mi hija Manuela Sol  agrupa de sus dibujos y pinturas y subí a You Tube la canción.

Osvaldo Bayer escribe hoy en Pàgina 12

CONTRATAPA

Llegar a ser humanos

 

 Por Osvaldo Bayer

Desde Bonn, Alemania

Agosto, verano. Bien temprano. La naturaleza sonríe. Nos invita a un romanticismo goethiano y a la paz eterna de Kant. Recojo el diario. Título: “La miseria de los niños”. “En Somalia mueren trece niños de hambre por día, por cada diez mil habitantes. Doce millones de africanos no tienen qué comer”. Siguen otros títulos: “En Siria otros cien muertos en la represión”. “Japón: Fukushima, cada vez más peligro nuclear.” “Hambre en Estados Unidos.” “Italia y España ante más desocupación”. “Bestial represión contra los estudiantes en Chile.” “En la Argentina continúa la represión contra pueblos originarios, el caso Ledesma.”

Cierro el diario. No me decido si quiero leer una poesía de Goethe o abro un libro de Kant. No. Me meto en el mundo. Leo a Marcia Pally, la docente en ciencias culturales de la Universidad de Nueva York. Describe, en un escrito titulado “Hurto famélico en Manhattan”, cómo la gente sin trabajo, en Estados Unidos, va a los parques estatales a buscar alimentos. Escribe: “No son gente sin techo. No, son de clase media: Y no revuelven la basura, sino que se llevan hojas, plantas y frutas de los árboles de los parques para la cena. Gente vecina al Parque Kissena, de Queens, informó que ha desaparecido un árbol entero de cerezas y se llevaron los peces y las tortugas de las fuentes. La búsqueda de alimentos ha alcanzado mientras tanto niveles increíbles. El gobierno podría acabar con los sueldos extra que se paga a la policía y repartir ese dinero entre la gente. Mejor se los mete presos y por lo menos comen la comida de la prisión”. Ironías plenas de rabia en el país que tiene tropas en todo el mundo y que es el máximo exportador de armas, el 34,6 por ciento de todas esas exportaciones provienen de Estados Unidos, cuyas empresas ganan miles de millones de dólares en un país que ahora se descubre que no puede ni alimentar a todos sus habitantes. No, ni siquiera en una novela podría ser creíble esto. Pero es la realidad. Claro, los economistas del sistema le quitan importancia señalando con voz grave: “No, se trata sólo de una crisis”. Y la pregunta es: ¿Cómo no es posible prevenir las crisis en el país más rico del mundo? No, la verdadera respuesta es: se trata de la irracionalidad del sistema.

Lo vemos en la Italia de Berlusconi. Este político, que ante la oposición dijo: “¿Crisis? No, ¿de qué crisis me hablan?”. La misma derecha italiana, su aliada, acaba de sentenciar a Berlusconi diciendo que “él mismo provocó su suicidio político”. Berlusconi, aquel de que “el capitalismo lo soluciona todo por sí mismo”. Los diarios del sistema lo califican hoy de “desconcertado en la crisis”. Un lunfardiano argentino lo hubiera bautizado tal vez mejor: “Chanta ante la realidad”.

Sí, porque la realidad está dada en el consumo irracional y en la explotación de las fuerzas del trabajo. Harald Welzer, director del Center for Interdisciplinary Memory Research en Essen, ha escrito un texto sabio sobre derechos humanos.

Comienza con una cita. La declaración general sobre Derechos Humanos de las Naciones Unidas de 1948. Repetimos, 1948. Recorrámosla una vez más en toda su sabiduría: “Cada uno de los seres humanos tiene derecho a un nivel de vida que le asegure a él y su familia salud y bie-nestar, inclusive alimentos, vestuario, vivienda, atención médica y servicios sociales, así como el derecho a seguridad en el caso de falta de trabajo, enfermedad, invalidez o viudez”. En contraposición a eso, Welzer muestra la realidad: “Una séptima parte de la humanidad está desnutrida, dos mil millones de personas no tienen atención médica alguna, mil millones no tienen acceso a agua limpia, 200 millones de niños son soldados, o están prostituidos, o son trabajadores nómadas o trabajan 18 horas por día tejiendo alfombras. Enfrente, las estadísticas dicen que 1200 personas poseen más del 3 por ciento de la fortuna privada mundial, mientras que la mitad de la humanidad apenas cuenta con el dos por ciento de esos bie-nes”. Todo esto en un mundo sin soluciones: con poblaciones hambrientas, niños que mueren por falta de comida, un planeta infectado por el mal uso de las materias de la naturaleza, con cada vez más autos de lujo y menos trabajo. La cantidad de ropa nueva comprada en el mundo occidental se ha duplicado en la última década, para no hablar de los aparatos técnicos de consumo, y en Europa y en Estados Unidos el 40 por ciento de la comida sobrante es tirada a la basura. Además, el armamentismo crece. Basta un ejemplo: en los Emiratos Arabes Unidos se está formando un ejército mercenario que está costando 500 millones de dólares. Lo organiza una empresa norteamericana. Los soldados contratados provienen en su mayoría de Alemania y Colombia, con muy buenos sueldos. Los oficiales provienen de Estados Unidos, Francia, Sudáfrica y Alemania. Para los Emiratos el principal enemigo es Irán. Todo esto a pocos kilómetros de Somalia, donde mueren niños de hambre.

Planeta Tierra, año 2011. Hay algo muy urgente que solucionar ya mismo. Los niños que mueren de hambre en Africa. Hay que hacer un llamado a la moralidad universal. Los países que explotaron como esclavos durante siglos al pueblo africano deben sentirse hoy con el deber de terminar con el hambre allí. Las iglesias cristianas todas, que callaron cuando se realizó el tráfico de esclavos, deben poner toda su organización en llevar alimentos a esos pueblos. Ni hablar de todos los países que tuvieron a la esclavitud durante siglos como algo normal. No repitamos lo que ahora aparece en televisión cuando llega a Somalia un avión con alimentos para tres mil personas como algo digno de hacer conocer. No, debe ser una cadena aérea que asegure la alimentación básica y con expertos que promuevan proyectos de producción de alimentos para el futuro.

¿Y cómo solucionar la crisis mundial? Seamos un poco utopistas. La crisis es demasiado grande, la injusticia reina desde hace siglos. El sistema vota a Berlusconi y a Macri. Pero ganemos distancia y veamos el futuro con fantasía, esa fantasía que nos muestra a todos los seres humanos que es posible un mundo sin hambre, sin guerras, sin fronteras, un mundo que quiere saber por fin lo fundamental: de dónde venimos, qué somos, qué es todo esto, la vida, la naturaleza, los pensamientos, el nacer y el morir. Para llegar a la utopía de la gran solución llamar a congresos mundiales. Como base, Naciones Unidas. Un congreso de filósofos, sociólogos y politólogos que busquen la forma de unir a todos los pueblos en un mundo sin fronteras, sin ejércitos, donde se respeten todos esos derechos proclamados por Naciones Unidas. Una sociedad mundial. Al mismo tiempo, un congreso de todas las religiones junto a científicos representantes de los adelantos de las ciencias, para que lleguen a un acuerdo a fin de seguir adelante y explicar esa duda universal sin contestación alguna: de dónde venimos, qué somos, qué es el universo, y a responsabilizarse de no llevar adelante ninguna agresión religiosa más y terminar leyendas de culto que han agraviado la paz entre los hombres. Encuentros donde tengan valor las palabras amplitud, generosidad, comprensión, grandeza.

Llegar a ser humanos.

Juan Forn en Pàgina 12 de hoy

Subo un artìculo de Pàgina 12 de hoy

CONTRATAPA

Había una vez un pájaro

Por Juan Forn

Tom Jobim fue a visitar al maestro Vilalobos. El maestro estaba en su estudio, escribiendo sobre la tapa del piano, mientras en el resto de la casa había un griterío imposible. Jobim le preguntó cómo podía trabajar así. Vilalobos contestó: “El oído de afuera no tiene nada que ver con el oído de adentro”. Clarice Lispector tenía el oído de adentro tan permanentemente prendido, que parecía estar siempre en otra. Es tristemente célebre que un día de 1967 se durmió con un cigarrillo prendido y se prendió fuego y se salvó de milagro. Igual de famoso es su terrible mito de origen. “Mi madre estaba enferma, y por una superstición muy difundida se creía que tener un hijo curaba a una mujer de su enfermedad.” La enfermedad era sífilis y se la habían contagiado los soldados rusos que la violaron, en Ucrania, durante los desmanes posteriores a la guerra civil bolchevique. Lispector fue concebida deliberadamente para eso: para curar a su madre. Ya estaban huyendo a América. “Pararon en una aldea llamada Tchechelnik para que yo naciera y siguieron viaje.” El plan era llegar a Brasil. Llegaron a Recife y muy pronto se hizo evidente que la madre no se había curado. Moriría cuando Clarice tenía nueve años. “Siento hasta el día de hoy esa culpa: me hicieron para una misión determinada y fallé. Sé que mis padres me perdonaron por haber nacido en vano. Pero yo no me perdono.”

Difícil toparse en la vida o en los libros con una persona tan enamorada a la vez de la vida y de la muerte como Clarice Lispector –salvo quizás Isaac Bashevis Singer, pero la gracia incandescente de Lispector es que sea mujer, además de judía ucraniana brasileña–. Si me conceden una breve incursión por la autopista de las generalizaciones, nadie entiende mejor el precio de la vida, en todos sus sentidos, que un judío. Y nadie entiende mejor la paga de la vida que un brasileño. Si esas dos naturalezas convergen en alguien, y no se neutralizan, se potencian de manera inconcebible. Uno de sus traductores, Gregory Rabassa, dijo una vez: “Si Kafka fuera mujer y brasileña, si Marlene Dietrich escribiera…” Yo lo diría así: no hay nada más glorioso que una mujer loca de amor por la vida, y nada más pavoroso que una loca de amor por la muerte. Lispector era las dos. Reaccionaba con todo su cuerpo a cada primavera (“Siento un perfume de polen en el aire. Tal vez sea mi propio polen”), era capaz de salir a la calle un día de sol después de una gripe y no poder contenerse de decir, a quien quisiera escucharla: “Qué lindo es estar con los demás”. Y a la vez escribir: “Después de morir no se va al paraíso: el paraíso es morir. Lo que llamo muerte me atrae tanto que sólo puede calificarse de valeroso el modo en que, por solidaridad con los otros, me aferro a lo que llamo vida y, a pesar de la intensa curiosidad, espero”.

Me faltó contar que el padre de Clarice también murió cuando ella y sus hermanas eran adolescentes. Ya vivían en Río para entonces. Clarice se las rebuscó para estudiar derecho, mientras trabajaba de secretaria y después de periodista, a los 22 se casó con un diplomático y estuvo veinte años cumpliendo ese triste papel en destinos varios europeos, hasta que se divorció y volvió a Brasil con sus dos hijos (uno esquizofrénico) y se instaló en el departamento entre Leme y Copacabana en el que viviría hasta su muerte en 1977. Había empezado a publicar sus libros rarísimos cuando era esposa de diplomático. Los siguió publicando cuando volvió a Brasil. Además, aceptaba el trabajo que fuese para parar la olla. Tradujo (con legendaria desidia) novelas de Agatha Christie y Simenon y Anne Rice. Escribió, con seudónimo, un consultorio sentimental en el que sólo recomendaba el uso de productos Ponds (era la marca que financiaba la columna). En la pared de aquel living en Leme tenía un retrato que le hizo De Chirico en Roma, en 1941 (no era a De Chirico a quien debió haber conocido, sino al hermano loco del pintor, que es el secreto mejor guardado de la literatura italiana, pero siempre pasan esas cosas: Duchamp pasó al lado de Gombrowicz en el Tortoni y ninguno de los dos lo registró, ninguno sabía quién era el otro). Creía en la magia, en cualquier magia. Nadie describió mejor que ella la relación con los ansiolíticos (“Cuando tomo una pastilla no oigo mis gritos. Sé que estoy gritando pero no me oigo”). Torturaba a los amigos por teléfono en medio de la noche. Mentía como nadie, y decía la verdad como ninguno.

Eso se hizo evidente en 1967 cuando aceptó hacer una columna semanal, cada sábado, en el Jornal do Brasil. Sus amigos, su editor, todos le dijeron lo que tenía que hacer: “Sea usted misma”. Ella, que se había pasado la vida preguntándose “si yo fuera yo, qué haría”, pidió a sus lectores: “Avísenme si empiezo a convertirme en demasiado yo misma”. Les dijo también: “Hoy sólo quería escribir, y serían dos o tres líneas, sobre cuando un dolor físico pasa. De cómo el cuerpo agradecido, todavía jadeando, ve hasta qué punto el alma es también el cuerpo”. Y también: “Me siento tan cerca de quien me lee”. La leían los taxistas y los filósofos, los juerguistas que miraban hacia su ventana a ver si había luz, cuando pasaban por su calle, y las vecinas que le dejaban de regalo ollas de moqueca de pulpo recién hecha. Escribió durante seis años esa columna, cada sábado. Dijo en una de ellas: “Quiero que los otros comprendan lo que jamás entenderé”. Les enseñó a los brasileños que se podía pensar sin ser racional (“Estoy habituada a no considerar peligroso pensar. Pienso y no me impresiono. Pero no soy intelectual, ni racional. Eso es usar sobre todo la inteligencia, y yo no hago eso: lo que uso es la intuición, el instinto. Voy a ver una película y no entiendo, pero siento. ¿Voy a verla de vuelta? No, no quiero arriesgarme a entender y no sentir”).

Estaba tan impresionada por los ojos tristes del joven Chico Buarque que quiso ayudarlo. El le dijo: “Rece por mí. No importa cómo. Porque tengo la secreta certidumbre de que usted está más cerca de Dios que yo, a pesar de lo maliciosa que es con El”. Ella le contestó desde una de sus columnas: “Son las cuatro de la madrugada y es una hora tan bella que cualquiera que esté despierto está de algún modo rezando. Así que yo estoy rezando por ti, Chico”. Sus hijos se quejaban de que nunca les contase un cuento que empezara Había Una Vez; la acusaban de no ser capaz. Ella dijo que sí era capaz. Y esto es lo que le salió: “Había una vez un pájaro. Dios mío”. Hay quien lamenta el triste destino de esos dos hijos. Yo creo que no ha de haber estado nada mal vivir al lado de una madre capaz de decir: “A medida que los hijos crecen, la madre debe disminuir de tamaño, pero la triste tendencia es seguir siendo enorme”. Una madre que confesaba: “Siempre fue y será una fiesta para mí cuando se rompe en casa un termómetro y se libera la gota gorda de mercurio plateado contenida en él, ese núcleo indomesticable”. El corazón del mundo le latía en el pecho. Se murió un día antes de cumplir 52 años. Había una vez un pájaro. Dios mío.