Posts etiquetados como ‘cárcel catamarqueña’

La vida más allá del encierro

Presentación tomo 3 La vida en la cárcel

En el Salón Amarillo de la UNCA fue presentado el tercer libro con informes del proyecto “La vida más allá del encierro: las prolongaciones de la sociedad en la organización de la vida comunitaria en la cárcel”, llevado adelante por el sociólogo Mario Alanís y un equipo conformado por Ana Cardoso, Gabriela Narváez, Brenda Hidalgo, Cecilia Mensa, Claudia Orellana, Claudia Zurita y Nancy Córdoba, de la Facultad de Humanidades.


Este tercer volumen del trabajo titulado “La vida en la cárcel. Intercambios, exclusión y control social”, realizado por un equipo de docentes e investigadores de la Facultad de Humanidades de la UNCA, lleva a pensar que, por comprensión histórica, más allá de una posición meramente epistemológica, lo que en verdad moviliza a quienes desarrollan el proyecto titulado “La vida más allá del encierro: las prolongaciones de la sociedad en la organización de la vida comunitaria en la cárcel” es un interés humanizador, comprometido y consciente de su lugar en el mundo.

Siempre me ha parecido que las universidades públicas, al menos en la Argentina, tienen la mirada puesta en algo que se puede considerar un “providencialismo inmanente”, que es una de las ideas que impulsó la obra civilizadora sarmientina, por mucho que podamos criticarlo por positivista y europeizante.

Esto es, la percepción de que el mundo avanza hacia un proceso de madurez inatajable, producto de un desarrollo sustentado en la solidaridad humana más que en la posesión y la acumulación de las riquezas, como durante décadas instaló el capitalismo neoliberal.

Luis Franco, nuestro gran maestro humanizador, escribió: “La vida no es mi costumbre, es mi pasión”. Y todo su ideario estético –y también político- gira en torno de esa cuestión tan antigua de que la existencia se hace plena cuando se encarna en el otro, en una armonización que abarca a toda forma que late.

Somos herederos de una cultura que no mira al otro, o si lo hace es desde una posición etnocéntrica o basada en un criterio de clase social que en realidad nos hace ciegos.

La literatura nacional, desde sus comienzos, ha dado cuenta de este posicionamiento mezquino, no dialoguista, que marca un límite entre nosotros y los otros, estableciendo una línea divisoria simbólica entre lo que se considera “cosmos” y “caos”, como en La Cautiva, el Facundo, el Martín Fierro o el cuento Casa tomada, de Julio Cortázar.

Pero, estamos siendo testigos privilegiados de un momento histórico crucial: el de la demanda colectiva –aún en los países centrales- de un capitalismo en serio, en el que lo importante no sea la acumulación material sino la distribución pareja del capital social y la circulación de los bienes simbólico-culturales.

Somos testigos de una especie de Mayo Francés a escala planetaria que busca incluir a todos en la esperanza de una mejor calidad de vida.

Y la cárcel sigue siendo un territorio del “caos” para la mayor parte de la sociedad, que parece amar los guetos, parapetándose en el temor al que es distinto a uno mismo.

Históricamente, han existido muchas formas de control social señalados por los teóricos, como el neuropsiquiátrico con sus métodos brutales, la escuela con la imposición y la reproducción de un pensamiento único, la excesiva burocracia que también victimiza y, obviamente, la cárcel, adonde se lleva a cabo el disciplinamiento de los cuerpos mediante la reclusión, buscando la “reeducación” para una “reinserción” social.

Exclusión y control

En años más recientes, en nuestro país y en el mundo, se ha construido otro dispositivo de control: la exclusión. Y muchos de los que van a parar a las cárceles han sido antes niños golpeados, abusados, en situación de calle; adolescentes que han clamado por ayuda para salir de las drogas, o jóvenes sin educación y, por lo tanto, sin trabajo, desorientados en un mundo que mira para otro lado.

Por eso celebro que la universidad, como ámbito de conocimiento académico, se deje atravesar por estas problemáticas, haciendo visible lo invisible; porque quiere decir que está viva y que es consciente de que las herramientas críticas que provee la razón no tienen otro fin que mejorar al mundo.

El primer volumen de informes de este proyecto, publicado en 2009 por la Editorial Científica Universitaria de la UNCA, ya tenía la impronta de instalar un debate público acerca de tres tópicos fundamentales: los intercambios, la inclusión y el control social.

En el planteo del problema se sostenía que “la vida en la cárcel transcurre de un modo similar a como se desarrolla la vida en la sociedad”, aunque reconociendo en aquélla “un carácter fuertemente constrictivo” y un valor como “espacio para la emergencia del sujeto” a través de “un conjunto de patrones simbólicos” vinculados con el lenguaje, los gestos y las actitudes.

De este modo los ensayos abordaban cuestiones como el lugar de la experiencia en la construcción de los lazos, la mirada del otro sobre el que interviene, las huellas del sistema punitivo en el discurso periodístico, los dilemas en la educación universitaria en ese contexto y el lenguaje carcelario, que es quizá la más decisiva herramienta de construcción de identidad.

En el segundo volumen, aparecido en 2010 y publicado por la misma editorial, hay un posicionamiento mucho más definitivo respecto del concepto de “la educación en prisiones como un derecho, una necesidad social y una exigencia democrática”. Por lo tanto, en principio se vuelca a analizar las dificultades en el acceso a la educación para las personas privadas de su libertad, con datos estadísticos acerca de los niveles de participación en programas que van de 2002 a 2009.

Por ejemplo, una cuestión clave que se señala es que en el sistema carcelario de Catamarca el 30% de los internos llega a cumplir su condena sin haber finalizado la educación básica. Y llama la atención respecto de la asequibilidad, accesibilidad, aceptabilidad y adaptabilidad que deberían regir, como obligaciones, la educación en tanto derecho.

También es interesante la exposición respecto de cómo funciona la ideología del aparato del Estado en el sistema carcelario, que se manifiesta incluso en la arquitectura de las cárceles, como una estructura del castigo, a contrapelo del objetivo de lograr que el sujeto pueda “reeducarse” para “reinsertarse en la sociedad”.

En este marco aparecen la escuela y la cárcel como instituciones antagónicas cohabitando un mismo espacio: una motivada por la necesidad de educar y contener, la otra por el objetivo de vigilar y castigar frente a lo que jurídicamente se considera delito.

Acuerdos para un mundo más humano

En cuanto al tercer volumen que presentamos hoy, el grado de descripción de los problemas se amplía más y se abordan otras realidades, como el rol de las creencias religiosas de los internos, las dificultades para la construcción de una identidad en estas personas, la escolarización como puente entre el “adentro” y el “afuera” del mundo carcelario, el valor simbólico de los espacios que se delimitan en ese ámbito y el de las estructuras jerárquicas que se establecen.

También, la diversidad de lectos que conviven y se entrecruzan en la cárcel en tanto comunidad lingüística y que muestran un modo de ser y de estar en ese mundo. Inclusive se aportan estrategias para la enseñanza de Ciencias Sociales en un contexto de encierro.

En mi parecer, lo central es la descripción de cómo se originan y desarrollan los itinerarios vitales de quienes terminan en la cárcel; la complejidad de las carencias, el abandono afectivo y otras cuestiones que vuelcan la existencia de un sujeto hacia lo delictivo.

Quiero recordar palabras de Julia Kristeva en una reciente conferencia aquí en el país, cuando dijo que “si no le damos importancia al microcosmos de lo íntimo vamos a la banalización de la especie humana”. Lo que quiere decir que si no reconocemos los derechos que le caben a cada uno, tanto en lo material como en lo psicológico, desde el comienzo de su existencia y atendiendo a la diversidad, corremos como sociedad el riesgo de caer en las enfermedades que han marcado la historia, como el autoritarismo, la violencia y la exclusión.

Hace poco, por ejemplo, se supo que la puesta en vigencia de la Asignación Universal por Hijo hizo posible que en Argentina, en dos años, 140.000 chicos que antes estaban fuera de la escuela ocupen ahora las aulas.

En nuestro país, cada vez son más los reclusos que estudian, aunque todavía –como algunos de los ensayos de este libro lo señalan- falta lograr que la educación sea un derecho para los presos, al igual que el trabajo.

Quizá una de las maneras de evitar que muchos sufran y vayan a parar a las cárceles sea esa: mejorar las condiciones de vida, brindar igualdad de oportunidades en cuanto a educación, salud, vivienda, trabajo y otros derechos. Porque lo que definitivamente necesitamos hoy es establecer acuerdos sobre cómo lograr una sociedad inclusiva y, por lo tanto, un mundo más humano.

Jorge Tula