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DÍAS DE DICHA

 

Jagüel 1

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Era cantado. El suicidio era lo único que lo salvaría del linchamiento. Su cabeza engominada hasta el tálamo sólo emitía señales de alarma. Una palabra demás, un gesto inconveniente, una sonrisa mordaz, un saludo ventajero eran como resortes para sus entrañas hambrientas de sangre.

Era la peste. La peste disfrazada de hombre común. Nada lo destacaba. Era casi invisible para el resto pues su aura ardía de dolor. Y el dolor era tan mal visto por esos lares…

La hora de las sombras lo abrazaba con un cariño imposible de rechazar. Salía seguro, firme en su oscuridad. Con su faca bien a mano en el bolsillo izquierdo; por zurdo nomás.

Dar un sencillo susto le recordaba que estaba vivo. Y ya no había vuelta atrás. Rapidito caminaba casi sin dejar huellas por el ansia del buscar, por la avidez de encontrar.

Los tramos eran largos pero el pueblo era chico. Siempre pudo faenar sin testigos. De tan conocido era como una sombra más en ese paraje parco y blando.

Trataba que los huesos queden limpios. Esa era su obsesión. Saboreaba con deleite cada palmo de su presa, sus aromas, sus tensiones. El ámbar que los mantenía en forma.

Su lengua aguda reconocía el sabor de su linaje. En el fondo era familiero…

En un jagüel alejado guardaba sus porquerías como trofeos. A esa altura ya no le importaba mucho con qué tapar lo que nadie se atrevía a ver. Cualquier cosa servía. Chapas, ramas, piedras, tierra floja, floja como todos los que se cruzaba.

No veía la hora que la muerte lo demande por usufructo descarado… no la veía. Sólo vio llegar, en un amanecer nublado, una horda de auras dispuestas a todo. Y el susto le clavó la faca bien profundo entre los ojos, que nunca más pudo cerrar.

Y ahí sigue. Y seguirá. Deambulando torpemente entre sus propios restos; disfrutando, si es que eso se puede decir, del recuerdo de sus días de dicha…

fantalmas

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Cla9

27|1|11

 

Que sea un varón…

Desde hacía mucho tiempo que vivía con esa sensación extraña, angustiante, opresora en el pecho. Los días de sol me deprimían, por las noches no dormía. Cuando todos estaban apesumbrados  por los cortos, grises y fríos días de invierno yo me sentía un poco mejor. Tan solo un poco.

Con mi mujer ni nos hablamos. No tengo muchos amigos, me sobran los dedos de la mano para contarlos, pero ni esos pocos que supuestamente me debían contener y comprender lo entendían. “Hacé terapia”, “Ya se te vá a pasar”, “¿te estás alimentando bien?”. “¿hace cuanto que no tenés una “alegría”? eran frases típicas de su repertorio de palabras bienintencionadas. Y la realidad que había un poco de razón en cada una…

Hace diez días decidí revisar la cartilla de la Obra Social y ver si tenía algún psicólogo cerca. En la lista había un “Centro de Salud Mental”. Me gustó, después de todo más de una mujer me dijo que yo era un “enfermito”. Decidí probar suerte y una noche sin luna me apersoné cerca de las 20:00 horas en la recepción del loquero.

- Buenas noches…

- Buenas noches señor. ¿en que le puedo ser útil?

- Es la primera vez que vengo y quería turno para una consulta psicológica.

- Bueno, ¿me permite su carnet y documento?

Hasta acá venía fácil la cosa… La recepcionista comienza a cargar mis datos en una computadora… y empieza con las preguntas de rigor:

- ¿Domicilio?

- Av. De Las Lilas 1251

- ¿recuerda el código postal?

- Nop (¿para que lo voy a saber si no escribo ni recibo cartas?)

- Okay. Lo busco… (cómoda la chiruza…)

- ¿teléfono?

- 15-6969-6969 (como me gusta ese número…)

- ¿estado civil?

- Desgraciado

- ¿Cómo?

- Casado…

- Okay. Ya tengo todos sus datos. Lo voy a poner en lista de espera y la semana que viene lo llamamos para darle fecha de la primera consulta.

- ¡¿La semana que viene?! (¿tantos locos andan sueltos?)

- Mire señor, no hay sobre turnos. Si quiere puede consultar en otro centro…

- No, está bien. Quedo a la espera de su llamada… Buenas noches

Eso fue el 18 de enero, para el 28 de enero no había recibido la bendita llamada y yo me sentía cada vez más raro, cada vez dormía menos y rehuía de la luz. No había alimento que me llamara la atención y me la pasaba mordisqueando la ropa, las cortinas, los tapizados, las sábanas, y toda tela no sintética que encontrara.

Cuando viajaba en el subte o en el 60 lleno hasta el tope me sentía irresistiblemente atraído especialmente por las blusas y remeras de algodón, o de seda que vestían las mujeres, condimentadas con perfumes y desodorantes de fragancias penetrantes. Me tenía que bajar y continuar mi viaje un rato más tarde, cuando se había disipado la excitación.

Decidí llamar el jueves de la semana pasada porque temía que mi ansiedad me hiciera perder el control.

- Centro de Salud Mental, buenas tardes

- Buenas tardes. Estuve la semana pasada y me dijeron que esta semana me llamarían para darme un turno. Como la semana termina mañana no quisiera que me avisen a última hora y tenga que cambiar toda mi agenda…

- ¿Me dice su número de documento?

- 16.969.696 (como me gusta el 69…)

- Okay. Lo tenemos en lista de espera

- Si, es lo que me dijeron la semana pasada, y que en esta semana me iban a llamar…

- Si no lo llamamos es porque todavía no sabemos cuando tendrá turno, puede demorar unas dos semanas más…

- ¿Y eso es un centro de salud mental? ¿y si decido colgarme de un árbol antes?..

No esperé respuesta y corté bruscamente mientras notaba que el recuerdo de la bonita blusa lila de la recepcionista me excitaba el ánimo…

A los cinco minutos recibo una llamada en mi celular de un número que no tengo agendado

- ¿hola?

- Hola, lo llamamos del Centro de Salud Mental

- Ajá…

- Usted solicitó un turno para consulta Psicológica

- Sep

- ¿podría explicarme brevemente que le anda pasando?

- No, brevemente no, pero tengo una angustia muy grande y siento que no soy yo…

- Okay. Le agendé un turno con la Lic. Mendizábal para el martes 1 de Febrero a las 9 de la mañana ¿le parece bien?

- Mmm….., ¿y no podría ser mejor con un varón? Es medio delicado lo mío…

- Le aseguro que la Lic. Mendizábal es una profesional competente…

- Y bueno, si no queda otra…

- Okay. Hasta el martes entonces…

LLegué unos 5 minutos antes a la cita. La recepcionista no vestía la misma blusa lila que hace dos semanas, sino una remera barata, de algodón, seguramente comprada en el once. Mientras esperaba en la sala adornada con reproducciones de Warhol y Quinquela Martín (seguro que algún paciente trastornado sugirió tan extraña combinación) el aroma que desprendían las cortinas, y la ropa de las otras pacientes que esperaban me estaban poniendo sumamente ansioso. Tenía el impulso de retirarme, rápidamente, pero sabía que necesitaba curarme.

Luego de 15 minutos de espera, se abrió el consultorio 4 y la Lic. Mendizábal, treintañera, alta y morena,  pronunció mi nombre. Me quedé clavado al sillón luchando contra la corriente interior que me desbordaba al verla. Cuando repitió mi nombre me levanté cansinamente y acepté su gesto de “pase” al ingresar al consultorio.

Este era cálido y acogedor. No como las de las películas donde hay un  diván donde acostarse y  cerrar los ojos mientras hablas lo que puedes. En su lugar hay una gran mesa de madera con dos sillas ¿o eran tres? Justo al lado hay dos sofás grandes

Ella tiene una voz apacible y serena, de esas que crean buen ambiente. Su acento es centroamericano. Después de saludarnos y demás formalidades me ha preguntado cual era el motivo de mi visita. Las palabras se me atragantaron, luego empezaron a salir a borbotones mientras me acercaba a ella gesticulando y levantando mi voz…

Y ahora que estoy huyendo desesperadamente con el gusto a sangre en la boca pienso que no tendría que haber ido a esa cita. Si me hubieran hecho caso y me daban turno con un hombre tal vez, solo tal vez, no me hubiera sentido poseído por esa fuerza tan extraña.

La Lic. Mendizábal vestía un pantalón de sarga color caqui, y una blusa de seda en tonos mostaza impregnada de una fragancia Dior que hizo se me hiciera agua la boca. Primero arremetí con las botamangas del pantalón, de entrada. Lo desgarré a mordiscones sin importar que en la intensidad de mi hambre terminaron entre mis dientes lonjas de sus rosadas nalgas. Sus gritos, que pronto acallé tapando firmemente su boca con mi mano izquierda, me excitaron aún más. Los botones forrado en seda fue lo segundo que devoré salvajemente hincando mis dientes a la altura de su vientre sin importarme desgarrar esa piel suave dejando a la vista sus intestinos, para luego atragantarme con el resto la blusa, y finalmente saborear los encajes del soutien junto con sus pezones color chocolate ideales para postre.

Incuestionablemente tendría que haberme visto un médico varón… ¡malditas sirenas!

No conviene meterse con él

El pozo era de más de un metro de diámetro, las raíces llegaban a un metro y medio por encima de la superficie, y la copa estaba sumergida totalmente en el agua. El lago estaba calmo. Calmo como nunca. Y el sol se reflejaba. Era como ver una película yanqui, con esos paisajes de ensueño donde la parejita se escapa para vivir su historia de amor que seguramente terminará mal. Era exactamente la idea que se me paso por la cabeza mientras miraba la escena.

Él debería tener unos 26 y ella unos 22. Notaba que estaban enamorados. Se sacaban  fotos que más tarde subirían a facebook, como hacen todos los chicos ahora. Sentí algo de envidia al verlos. Recordé mis fotos del año pasado y me hice a la idea de que sola estaba mejor. Pero volvamos a ellos. Él me parecía medio pavote, se subía a las raíces del árbol caído y jugaba allí, mientras ella le gritaba que se bajara. Era evidente que lo hacía para impresionarla, pero a diferencia de ello la ponía cada vez más nerviosa.

Ella había preparado un pic nic, sobre las piedras había desplegado una manta y colocado comida. Tenía una botella de vino tinto sin abrir, algunas frutas, y un pequeño reproductor de música. Era el preludio de una tarde romántica.

Luego todo sucedió muy rápido.

A lo lejos divisé la figura y quise gritarles, pero la imagen me paralizó. Era cierto entonces, en el lago existía.  Corrí a buscar mi cámara, que no sé porque había quedado en el auto (los que me conocen saben que jamás salgo sin ella) y comencé a fotografiarla. Tenía un lomo con tres protuberancias, que se sumergía y salía con un ritmo de 15 segundos entre uno y otro. El cuello no se veía pero la cabeza de tamaño menor que una pelota número cinco salía a la superficie a unos 80 cm después del resto de cuerpo. Los chicos no lo notaron, pero si la gente que se encontraba del otro lado del lago. Al igual que yo, corrieron tras sus cámaras.

El animal era algo así como una especie de dinosaurio como los que se ven en Jurassic Park, los de cuello alto, esos de la escena en que el doctor llega a la isla y va en el auto con la novia y de fondo se escucha la musiquita que caracteriza a la película. Mil veces escuché que aparecía los días en que el lago estaba manso, pero jamás creí que eran ciertas esas historias, más bien supuse que eran cuentos para asustar niños o atraer turistas.

El chico seguía jugando sobre el tronco cuando ella vio lo que los demás veíamos, y le pidió que se baje, lejos de hacerlo, él se acercó lo más que pudo al agua, caminando por ese árbol semi sumergido. Llevaba en su mano un celular y comenzó a filmar al animal.

Sé que podrán no creerme, pero pareció haberle molestado la filmación, porque a los pocos segundos desapareció. Todos quedamos atónitos y emocionados. Lo habíamos visto y era verdad. Él chico más que nosotros, él tenía una prueba irrefutable. Su novia se reía desde la superficie. Y lo llamaba tirándole besos.

Ahí fue cuando se desencadenó la tragedia, un golpe sobre el tronco lo hizo trastabillar, cayó al agua y se enredó entre las hojas de la copa sumergida, aun tenía medio cuerpo sobre la superficie. Gritaba, desde la distancia trate de entender que decía, supuse que le pedía a ella que lo ayudara porque con miedo intentó subir. Ya cuando se encontraba cerca de él, le tendió la mano para intentar sacarlo y no pudo. Ahí comenzaron a desesperarse y ambos empezaron a pedir ayuda. Un nuevo golpe al tronco se sintió y ahora fue ella la que cayó.

Varios de los que estábamos allí no acercamos corriendo, era imposible que los chicos salgan solos del lago, que además está siempre muy frío en primavera por el deshielo. Si no los sacábamos en ese momento iban a morir de hipotermia. Cuando llegamos nos sorprendimos con un espectáculo desolador, ella no estaba allí, solo se encontraba el cuerpo desmembrado de él.  Mezclado entre las ramas sumergidas del árbol fragmentos de sus brazos y piernas, la cabeza, incrustada en uno de los nudos del tronco, con una expresión de horror en sus ojos abiertos, el torso rasgado  y  manchas de sangre que se perdían en el agua.

Gritamos y lloramos. Sentimos terror, salimos rápido de la zona y esperamos la llegada del personal del Parques Nacionales

Nunca se encontró el cuerpo de ella, en los medios se dijo que fue un accidente trágico. Que se ahogaron. No nos permitieron hablar del espantoso estado en que estaba el chico. Quisieron hacernos creer que eran puras fantasías. Pero nosotros sabemos que pasó aquella tarde allí.  Nosotros vimos los golpes por los movimientos del tronco, los vimos caer y desaparecer, vimos el cuerpo destrozado del muchacho, la sangre y nunca encontramos a ella.

Desde ese día creo más que nunca que existe, y que no conviene meterse con él.

nahuelito

Nahuelito (1)

* Los lugareños aseguran que no es una leyenda. Este verano una decena de personas relataron haberlo visto. Siempre con el mismo argumento, el lago calmo, se ve el lomo y a la distancia la cabeza. Yo quiero creer que existe.