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SUERTE

El ruido del tren avanzando por el paso a nivel de la calle Ocampo despertó a  Evaristo, como todas las mañanas desde hacía una semana. Miró la hora sabiendo que era tarde, que la alarma programada en su teléfono celular no lo había despertado a la hora señalada. Al segundo día que era el tren y no el celular que lo despertaba hizo varias pruebas para ver si funcionaba y estaba todo en orden.

Hoy empezó a preocuparse seriamente porque los síntomas de avance de su sordera eran más agudos. Ya no podía disimular ese gesto de girar levemente la cabeza orientando su oído hacia quien le hablaba. Le daba vergüenza pedir que le repitieran las cosas y sobre todo tenía terror de que lo despidieran en su trabajo.

¿Cómo podría dar clases de Iniciación Musical si quedaba sordo? Previendo su futuro y la falta de ahorros había aceptado ser incluido en el grupo que compraba todos los años un billete de lotería para “La grande de Navidad”  El acuerdo era que el original lo guardaba una semana cada uno,  en una especie de rito de la buena suerte y con la convicción que tenerlo siete días lo acercaba a toda una vida de felicidad.

Siempre aceptó su mala suerte, sus constantes fracasos en el estudio, en el trabajo y en las relaciones amorosas. Como si fuera una comedia escrita para Hollywood  seguía siendo “virgen a los 50”, viviendo con su anciana madre y sus gatos. Comenzó tres carreras que nunca pasaron del primer año y de las que guardaba como suvenir los apuntes y libros que compraba entusiasmado, pero de los que nunca más podía desprenderse aunque durmieran inútiles en un cajón del cuarto de herramientas. Sus trabajos fueron una sucesión de promesas de progreso que quedaban truncos por culpa de los amigos, parientes o minifaldas de turno que lograban arrebatarle la gloria del merecido ascenso.

Cavilaba en todo esto camino al estudio jurídico donde cumplía funciones de cadete. Siempre tomaba el camino que pasaba por el Bar Quitapenas y se detenía a preguntarle al tuerto Juan, lustrabotas eterno de esa esquina, los números de la Quiniela. Si alguno coincidía con los del boleto custodiado lo embarga una inexplicable alegría. Su estado de ánimo migraba a un profundo mutismo e introspección en caso contrario.

Sin embargo hoy cambió su camino y fue directamente a la Agencia La Herradura a mirar la trasmisión en vivo desde la Lotería Nacional del Sorteo Extraordinario de Navidad, que repartía la grandiosa suma de $ 4.500.000

Nada era más importante en ese momento. Si en el trabajo lo suspendían por llegar otra vez tarde o peor aún lo despedían a él no le importaba. Iba a ser rico y nunca más iba a trabajar. Con su parte de 1.500.000 compraría un título en el mercado negro, cualquiera, de Ingeniero, o de Contador, o tal vez de Profesor.

Renovaría todo su guardarropa y con la billetera gorda seguramente atraería la compañía de Eva que tanto le había esquivado hasta ahora. ¿No dice el refrán “billetera mata galán”?. Ahora podría ver los rostros estupefactos de sus compañeros de oficina cuando Eva, envuelta en un tapado de piel paseara de su brazo sonriente y cariñosa.

El sorteo comenzó justo a la hora anunciada. Un grupo de jugadores parecían suricatos estirándose para ver la transmisión. Su mirada iba constantemente de sus manos temblorosas al bolillero que giraba en Canal 7.  Un niño gordo pecoso se encarga de dar vuelta la manivela y una niña rubia, flaca y desabrida alcanzaba la bolilla al escribano.

Al aparecer en pantalla el primer plano de la bolilla el corazón le dio un vuelco. Coincidían ubicación y número con el cuarto digito impreso en su boleto. Al repetirse la coincidencia con el segundo un estado de arrobamiento lo embargo y mecánicamente escuchó y marcó todos los otros números anunciados por el escribano.

A pesar de que siempre tuvo la seguridad de que tenía el billete ganador se pellizcaba a sí mismo como queriendo despertar de un sueño. En estado arrobamiento tomó su celular para llamar al Estudio Jurídico avisando que no iba y confirmar el encuentro con sus 4 compañeros en el bar.

A la semana siguiente los televisores de Quitapenas repetían cada media hora la noticia de cuatro abogados que con fotocopias color del billete ganador del Gordo de Navidad reclamaban el pago del premio mayor y denunciaban haber sido estafados por Evaristo Domínguez, cadete del buffet de abogados. Una foto de archivo en blanco y negro mostraba a un hombre de 50 años con expresión melancólica mientras el epígrafe anunciaba: “Evaristo Domínguez, el cadete millonario”

Sentado en la mesa de un rincón Walter remojaba la medialuna de grasa en su café con leche. Había aceptado un trabajo en la morgue judicial porque “se entendía mejor con los muertos”. Su gran timidez  le impedía mirar a la cara a las personas y por eso nunca recordaba un rostro.

Masticaba con fruición el trozo de medialuna mientras Evaristo lo miraba desde la deslucida foto que estaban trasmitiendo. “Seguramente el cincuentón estaría disfrutando de la buena vida en una isla de Ibiza  a costa de haberse burlado de los leguleyos chupasangre .

Media hora después con total pericia e indiferencia dada por la práctica comenzó a meter en una bolsa negra etiquetada “crematorio” los restos del cuerpo destrozado por el tren rápido en el paso a nivel de Ocampo hacía una semana, y que nadie reclamara. Según los testigos parecía que no había escuchado venir el tren. Leyó el informe resumido: “Hombre caucásico, contextura mediana, edad aproximada 50 años. No tiene marcas de anillo de bodas, tatuajes ni cicatrices. Piezas dentales completas. Huellas digitales ilegibles. Degradación notoria de aparato auditivo que presume sordera avanzada”.

Miró el rostro hinchado de esa cabeza desprendida del cuerpo por acción de las ruedas sobre los rieles y le hizo un gesto respetuoso de despedida. Evaristo no puedo devolver el gesto…