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El Evento

Por Anila Rin  / Twitter: @anilarin

Apenas habían terminado de ajustar la pantalla, ubicar el retroproyector y ultimar los detalles de las copas distribuidas estratégicamente sobre las mesas en el salón,  ya empezaban a llegar los primeros invitados; pero a mí  lo único que me importaba era el final de la reunión para poder presentar mi factura en la oficina del primer piso.

Hacía más de dos semanas que venía escuchando a los dueños de la concesionaria, que entusiasmados con la inauguración, pedían detalles imposibles de implementar, pero yo, aún sabiendo que iba a resolver las cosas a mi manera, es decir de la forma más práctica posible logrando una reunión correcta, donde al final se olvidaran de sus delirantes pedidos y me terminaran felicitando por algo que a mi me resulta de lo más cotidiano, los escuchaba con real atención.

No es que no me preocupara el éxito del evento. Todo lo contrario. Me aseguraba personalmente de supervisar hasta el último detalle. Pero la práctica me había enseñado a no desesperar si al principio me pedían por ejemplo, que descendiera un helicóptero  en el medio del salón con una estrella de rock arriba, porque cuando veían los números que yo inflaba en exceso, por si acaso estaban locos y decidieran pagarlo complicándome la vida, cosa que por suerte casi nunca ocurría, se excusaban enseguida y no seguían insistiendo con el tema.

Como yo estaba segura de mi gente, dado que tenían terror de que no  los vuelva a contratar en caso de que algo saliera mal, una vez que empezaban a llegar los invitados, me quedaba paradita por ahí atrás, simulando con mi rostro interés y atención, pero en realidad, me divertía observando la danza que se producía entre los invitados, los dueños del lugar, los del marketing que venían de Bs. As,  y esos otros invitados que  se repetían en muchas de las reuniones que me tocó organizar y que  nunca supe bien como llegaban, quién los convocaba o  si eran extras. Yo no los tenía pactados. Aparecían sonrientes, impecablemente vestidos, lustrosos; saludaban a todo el mundo y eran los que más comían y bebían, aunque dudo que alguna vez hayan concretado alguna operación. Tenían más pinta de colados que de posibles clientes. Eso sí, aparecían siempre en “TOP TV”, un programa que sale los sábados a la noche y que muestra los acontecimientos  comerciales más importantes de la ciudad. En la tele se ve todo perfecto. ¡ Hasta los sojeros salen lindos! Esos, los sojeros, son los que se ubican casi siempre, en alguna esquina arrinconada del salón en pequeños grupos de dos o tres. Generalmente, un tanto excedidos de peso y sin llegar a desprolijos llevan puestas camisas, que en ocasiones parecen estar a punto de explotar y en esa abertura que queda entre botón y botón,  hasta se puede ver un pedacito de abdomen blanco con algunos pelitos queriéndose escapar. Un detalle que de frente no se percibe, pero estando de lateral se puede ver en todo su esplendor. Justamente para esos caballeros, es que se hace todo el evento porque son los únicos que pueden concretar la compra de vehículos tan costosos como los que vende esta concesionaria. Pero los del marketing,  que sufren de miopía no los ven; les pasan por al lado con sus zapatos de suela que retumban en el piso brillante haciendo un ruido espantoso, que de no ser por el saxofonista, que contraté por una ganga, y que tiene a todos embelesados, dado que lo obligué a atarse el pelo y a peinarse con gel, con lo cual creen que están frente a un músico de elite. Suena bien sí, es cierto, por eso a Ricardito lo tengo fijo, aunque hay que andar atrás de él con el tema de la pilcha. Una vez me apareció con unos jeans rotos y en camiseta, justo en el salón de Marta Cura. Por suerte el traje de uno de mis asistentes le quedaba bien, así que lo hice cambiar y a mi asistente lo mandé a cuidar autos a la puerta para que se haga  unos mangos extras. Yo no lo necesitaba en el salón, pero lo llevé porque lo había incluido en el presupuesto.

La rutina se desarrolló con normalidad. Todo de acuerdo a lo planeado. Primero desfilaron los canapés, las copas de champagne, que iban y venían al compás del brillo de los relojes. La presentación de los del marketing, con algunos gráficos que nadie comprendió, pero que  todos aplaudieron ni bien se  hizo una pausa y así dieron por finalizada la misma. Las rubias de siempre acompañando a los señores, Ricardito con el saxo, el pianista con la intérprete, que les dio el gusto a casi todos, el mago, que se lució con sus trucos de salón, todos quedaron encantados con su actuación. las recepcionistas todas parejitas, de la misma estatura, flaquitas y al final el brindis y las palabras de agradecimiento. Ahí es cuando yo empiezo a actuar de nuevo y me salgo de mi trance observatorio, para aplaudir con euforia,  mimetizándome  entre las otras rubias. Luego, las promotoras ya saben que con sutileza tienen que  empujar a los invitados a salir para el show final de fuegos artificiales. Ese es el momento en el cual aprovecho para ir al baño, porque a esa altura ya no aguanto más.  Al rato desde adentro, ¡los veo irse por fin!.

Luego, entra el dueño, ya con la corbata floja, junto con los del marketing  y algunos íntimos; me levanta el pulgar en señal de que todo salió bien y yo sonrío simulando alivio, pues  ya sabía  de antemano que todo iba a ser un éxito, (parte de mi trabajo es parecer siempre preocupada). La señal, me habilita implícitamente a subir al primer piso para dejar la factura y retirar el cheque.

Bajo las escaleras y le doy libertad a mi gente para que se retire. Todos me saludan y se van, saben que el lunes arreglamos. Al único que le pago de mi bolsillo en el momento es a Ricardito, pero bueno, eso ya estaba pactado.

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